Salvador observó la diversidad de fisonomías que presentaba en su
innoble recinto la _Plaza de armas_, y halló entre sus compañeros de
caballería muchas caras conocidas. Algunos, pocos, eran diputados
en el Congreso; allí estaba también el célebre Mejía, que algunos
meses después fundó _El Zurriago_. Aunque el elemento principal de
la Sociedad era la juventud, había bastantes viejos, no todos tan
inocentes como don Patricio Sarmiento. Milicianos nacionales los
había por docenas; la gente de poca instrucción y de locos apetitos
burocráticos imperaba, y en todos los incidentes de la sesión salía
a la superficie un espumarajo de patriotería gárrula, que era la
fermentación de aquel elemento. No habrían transcurrido veinte minutos
después de la admisión del nuevo caballero comunero, cuando un hombre
desenfrenado que se ocupaba del asunto puesto a discusión, pronunció
estas palabras:
—Yo propongo a nuestra asamblea que cesen las contemplaciones con la
corte y que se dé el grito de ¡_Viva la República_!
Alborotose la guarnición con tales palabras, que algunos calificaron
de admirable ocurrencia, otros de desatino mayúsculo; y si bien el
presidente trató de volver la discusión al terreno que marcaba el tema,
no fue posible conseguirlo. Entonces el señor Regato, manifestando
ruidosamente que deseaba exponer algunas ideas que agradarían a la
reunión, usó de la palabra en estos términos:
—«Señores: lo que ha dicho nuestro ilustre y valerosísimo compañero
de armas, el caballero X..., ha asombrado a muchos; pero a mí no me
asombra, porque yo soy más liberal hoy que ayer, y mañana más que
hoy, porque mi lema, señores, es adelante y siempre adelante. Estamos
cansados de sufrir, estamos cansados de esperar. ¿Os aterra la palabra
_república_? Pues yo digo que a mí no me ha causado nunca terror
esa palabra, ni me aterra hoy. Perdamos el miedo y seremos fuertes.
Amenacemos y nos temerán. Somos los más, somos lo más granado de la
España liberal. La Europa nos contempla, el Piamonte nos imita, Nápoles
nos copia, Portugal se llama nuestro _discípulo_. Señores, seamos
dignos de la Europa liberal, y ante nosotros temblarán el trono y los
masones.»
Después de dar las gracias por los aplausos y de limpiarse el sudor, el
orador prosiguió así:
—«No creáis que la idea republicana es nueva en España. Padilla y
Lanuza, nuestros maestros, fueron republicanos. Viniendo a los tiempos
modernos, en la proclamación de los derechos del hombre hecha por Muñoz
Torrero en las Cortes del año 10, veo yo también la idea republicana.
Leed las obras de Mariana y de Sempere, y veréis que en ellas palpita
la república. (_Gran estupor._) Ahora, señores, volved los ojos a
todos los ámbitos de la hispana península —el orador, excitado por
la admiración general, se cree en el caso de tener estilo—; volved
los ojos por doquiera: ¿qué veis? (_Gran silencio: indicio cierto de
que nadie veía nada._) Pues veréis allá en las Andalucías, allá en
la populosa ciudad de Málaga, bañada por las ondas del Mediterráneo,
a Lucas Francisco Mendialdúa que concibió el plan de establecer la
República, como consta en la proclama que imprimió, encabezada con las
mágicas palabras _República española_ y firmada por _Un tribunal del
pueblo_. Como acontece a los grandes genios innovadores, como aconteció
a Colón, Galileo, Savonarola, etc., etc... Mendialdúa fue preso.[4]
Pero así como de la noche sale el claro día, de las cárceles sale la
libertad. (_Atronadores aplausos._)
[4] En enero del 24.
»Volved ahora los ojos al llamado reino de Aragón, y veréis allí a
nuestro insigne jefe, al valiente entre los valientes, al político
entre los políticos, al altísimo Riego, que desempeña el cargo de
capitán general en aquella extensa y rica provincia. ¿Creéis que no
hace nada? Indigno sería esto de su perspicua mirada, que cual la
del águila penetra en lo más alto del cielo. No creáis que nuestro
jefe está mano sobre mano, no; nuestro jefe trabaja por la República.
(_Asombro general e innumerables bocas abiertas._) En Zaragoza están
a la sazón algunos beneméritos patriotas franceses, cuyos nombres no
pronunciaré.[5] Esos patriotas, pertenecientes a la gran Confederación
francesa, están de acuerdo con nuestro jefe; no lo dudéis, están de
acuerdo. Unidos todos, discurren cuál será el mejor medio de ponernos
la República en España... ¡Guay de nosotros si no les ayudamos!...
¡Guay de nosotros si nos dormimos mientras ellos velan!... ¡Guay,
guay!... Lo que puedo aseguraros es que si no nos ven dispuestos y
valientes, irán con su proyectillo a Francia. Aquel país no se anda con
chiquitas ni repara en niñerías. Estad seguros de que si nuestro jefe
se presenta en el Pirineo enarbolando la bandera tricolor y gritando:
¡_Viva la República_!, todo el ejército francés se le unirá en seguida,
y llegará a París en triunfal paseo, como Napoleón cuando volvió de la
isla de Elba. (_Los comuneros acogen esta bola con grande algazara,
señal cierta de que se la han tragado._)
[5] Llamábanse Uxón y Cugnet de Montarlot.
»Ahora volved los ojos a Galicia, donde está el general Mina; volvedlos
luego a Barcelona, donde está el gran patriota Jorge Bessieres y veréis
que estos campeones de la libertad tampoco están mano sobre mano.
¿Seremos menos aquí? ¿Nos espantaremos de la libertad? No, señores.
Adelante, siempre adelante. ¡Viva la libertad! Yo, el más humilde de
esta asamblea; yo, que he venido aquí porque me repugnaban los infames
manejos de los de allá; yo, que estoy pronto a derramar hasta la última
gota de mi sangre, hasta la última, señores, por el triunfo de la
causa; yo, que jamás recibí destino de los tibios ni lo solicité; yo,
que soy hombre puro, si hay hombres puros en España, os propongo con
el corazón henchido de patriotismo que aceptéis desde luego la idea
republicana, como ha propuesto mi esclarecido amigo el ciudadano X...»
Varios oradores pidieron la palabra. Después de una breve disputa sobre
quién había de usarla, don Patricio Sarmiento se levantó y habló de
este modo:
—Después del elocuentísimo discurso del fénix de los ingenios
comuneros, don José Manuel Regato, ¿qué puedo decir yo, que soy un
triste maestro de escuela, un oscuro preceptor de la tierna juventud?
Pero si de algo sirven los consejos de un viejo que se ha quemado las
cejas estudiando la historia del pueblo romano, quiero alzar esta noche
mi humilde voz en este augusto recinto para enseñaros lo que no sabéis.
Vuelvo los ojos en torno mío y veo zapateros, sastres, talabarteros,
comerciantes, taberneros, colchoneros y otros artífices, gente toda
muy honrada, muy patriota, muy digna, pero que no está versada en la
historia romana. (_Rumores de disgusto._) No trato de ofender a nadie:
afirmo un hecho y nada más, y como yo creo que para tratar ciertos
asuntos, es necesario haberse quemado las cejas... (_Interrupciones
donosas_), haberse quemado las cejas, como me las he quemado yo, de
aquí infiero... Esas interrupciones y cuchicheos no hacen mella en mi
ruda entereza, no señor; (_El orador se amostaza_) y así digo como el
gran Temístocles: «pega, pero escucha.» ¿De qué se trata? De adoptar
la idea republicana. Bien, yo pregunto a la docta asamblea: ¿Cuándo se
estableció la República en Roma? Y la docta asamblea me contestará que
el año 509 antes de Jesucristo. Muy bien contestado. ¿Y cuándo concluyó
la República de Roma? El año 29. Total de tiempo en que existió la
forma republicana: 480 años. Está muy bien. (_Más fuertes rumores._)
Ahora pregunto: ¿cuáles fueron las causas que determinaron a los
romanos a cambiar de forma de gobierno?
Los rumores se trocaban en tumulto y una voz gritó:
—¡Que se calle ese pedante!
—¡Que se vaya a la escuela!
—Al indocto grosero que de este modo me interrumpe —gritó don Patricio
agitando los brazos y poniéndose muy encendido—, le contestaré que él
es quien debe ir a la escuela a aprender lo que ignora.
—¡Aquí no se quieren estafermos! —aulló una voz, de la cual no se
tendrá idea sino considerando de qué modo puede hablar el aguardiente.
—Señores —dijo el presidente con aquel formulismo parlamentario que
algunos hombres quieren llevar a donde quiera que se oiga el sonsonete
de un discurso—, no demos a España y a Europa el triste espectáculo de
una discordia entre individuos de esta nobilísima asamblea. No se diga
que andamos a la greña como los masones, a quienes yo aplico aquello
de _riñen los pastores y se descubren los hurtos_. (_Prolongadas
risas._)
—¡Que se calle don Patricio!
—¡Que se calle Pelumbres!
—Pues a mí no me da la gana de callarme... ¡a ver! —exclamó una voz que
salía del formidable pecho de un hombre tiznado, fiero, corpulento, que
parecía personificación de una fragua—. Y si a mi no me da la gana de
callarme, a ver quién es el guapo que me cierra el pico... ¡A ver!
Diciendo esto, se levantaba el señor Pelumbres entre la multitud
apiñada en los bancos. Su figura, así como su voz, pondrían miedo en
toda asamblea que no fuera la de los Comuneros.
—Ciudadano Pelumbres —dijo el presidente—, ¿qué dirá la Europa si no
guardamos la compostura propia de hombres de gobierno?... ¿Qué dirá?
—Eso es, ¿qué dirá? —repitieron don Patricio y los que deseaban que
hablase.
—Es preciso tener moderación —continuó el presidente—. Puesto que el
ciudadano Sarmiento estaba en el uso de la palabra, continúe su erudito
discurso, que tiempo tiene de hablar el ciudadano Pelumbres. Yo le
concederé la palabra, esperando en tanto de su finura y buen sentido
que no interrumpa al orador en este importantísimo debate.
Ya entonces empezaba a ser costumbre el llamar _importantísimo debate_
a cualquier inútil disputa suscitada por la envidia o la vanidad.
—Señor presidente —gruñó Pelumbres, tambaleándose como un yunque sin
equilibrio—, lo que digo es que el ciudadano Sarmiento es un animal...
y a mí no me soba nadie.
Cayó en el asiento como quien se echa a dormir.
—Señor presidente —dijo con trémula voz Sarmiento—. La asamblea conoce
bien mi carácter y mis servicios... no necesito responder a los cargos
que me ha dirigido el ciudadano Pelumbres, porque la asamblea sabe muy
bien que yo...
—Sí, sí —gruñó la asamblea.
Estaba el buen Sarmiento en pie, con el cuerpo doblado por la cintura,
recogiéndose a un lado y otro los faldones de la levita, como quien se
va a sentar y no se sienta.
—Agradezco las manifestaciones de simpatía de este ilustre areópago
—dijo el orador—, y me parece que no debo molestar más al ilustre
areópago, y que los injustos cargos que el ciudadano Pelumbres me ha
dirigido, no deben contestarse sino con un magnánimo silencio.
—Bien, muy bien.
—Por lo cual me siento, dejando a nuestro esclarecido presidente la
alta honra de continuar este _importantísimo debate_, para que nos diga
su opinión, que es lo que más nos importa.
Rumores diversos manifestaban el deseo de que hablase el Castellano.
Romero Alpuente se dispuso a hacer el gusto a sus presididos. Antes de
copiar aquí su discurso, convendrá decir que el célebre demagogo de
los tres años no era un jovenzuelo fogoso, como algunos creen, sino un
vejete atrabiliario y furibundo, alto, flaco, descuadernado, anguloso,
de gárrula elocuencia, de vulgares modos. Era tanta su fealdad, debida
en primer término a la longitud de sus narices, que no es fácil se
encontrara entonces ni se haya encontrado después su pareja. Alcalá
Galiano, al lado suyo, se tenía por un Adonis.
Había sido magistrado de la Audiencia de Madrid, y en su vida privada
era el hombre más inofensivo, más manso y para poco que imaginarse
puede. El mismo que en público encarecía la necesidad de cortar
no sé cuántos miles de cabezas, era incapaz de matar un mosquito.
¡Pobre carnero viejo que, habiendo leído algo de Robespierre y de
Marat, quería parecerse a ellos! Pero solo los tontos confundían su
clueco balido con el rugir de leones y panteras. Sus discursos, que
alborotaban las Cortes y los clubs, eran un conjunto de garrulidades
terroríficas, de chascarrillos y vulgares idiotismos. Carecía de formas
literarias, y su lenguaje familiar era a veces tan divertido como
sus amenazas demagógicas, que aquella bendita generación no tomaba
siempre en serio. Algunos le llamaban el _Guzmán_ (el gracioso) de las
Cortes. Tuvo además el pobre don Juan Romero Alpuente la desgracia de
que en lo mejor de sus triunfos parlamentarios le saliera un enemigo
folletinista, que usando el nombre de _don Pedro Tomillo Alvado_, le
puso de hoja de perejil.
—«Caballeros comuneros —dijo Alpuente con voz que no tenía nada de
temerosa—, o hay confianza en los hombres del partido, o no hay
confianza en los hombres del partido. Si hay confianza en los hombres
del partido, no se planteen cuestiones prematuras. Si algo debe hacerse
se hará. No conviene precipitarse, no conviene comprometerse. Las cosas
vendrán por sus propios pasos. El partido es el partido, y el que no
crea que el partido es como debe ser, espere a ver en qué para el
partido y se convencerá. (_Rumores. Asentimiento general._)
»Por consiguiente —prosiguió, satisfecho del éxito de su exordio—,
esperemos, llenos de patriotismo, y no hablemos por ahora de
republicanismo. El partido es un partido que debe estar preparado para
empuñar el timón de la nave del Estado si se le llama con este fin.
(_Muestras de regocijo._) Y se le llamará, ciudadanos caballeros, pues
¿quién lo duda? El segundo gobierno constitucional sigue la misma
desatentada senda que el primero. El país está lo mismo hoy que ayer.
El pueblo soporta las mismas cadenas; los tiranos no han cambiado,
los mandarines siguen, los peligros crecen. El gobierno cree que va
a durar mucho, ¿pues no lo ha de creer? Pero yo quiero ver cómo se
las compone con las tramas de la Junta Apostólica en Galicia, con los
guardias destituidos, con los obispos rebeldes, con la conspiración de
Vinuesa, con la del Abuelo, con los tumultos de Zamora, con el motín de
Alcoy, donde han sido destrozadas todas las máquinas, con el robo de la
valija de Aragón, con los sucesos de Valladolid... Me parece que les
cayó quehacer, ¿eh? (_Risas._) Yo pregunto: ¿cuál es el medio de que se
acaben los trastornos? Establecer la libertad en toda su integridad.
Esto es axiomático. Que los absolutistas vean una mano terrible
dispuesta a caerles encima en cuanto chisten, y entonces se meterán
bajo una silla. Y no me hablen a mí de conspiraciones demagógicas y
republicanas. Aquí no hay nada de eso, y si lo hay es amaño de los
constitucionales masones para desacreditar a nuestro partido. Ellos
tienen el lema de _dar palos y gritar “que nos pegan”_, lo cual ya
no hace efecto porque se va descubriendo la picardía. (_Carcajadas y
bravos._)
»Seamos prudentes, seamos cuerdos. Sigamos defendiendo nuestros
sacrosantos principios... hoy más libertad que ayer y mañana más que
hoy... No nos arredremos, no volvamos la cara atrás. Adelante, siempre
adelante. Pero vayamos con pie seguro. A su tiempo se enseñarán los
dientes. Pues, ¡qué!, ¿creen que si logramos empuñar el timón de la
nave del estado (esta figura de la _nave_ era la única que se había
asimilado en su carrera parlamentaria el orador comunero), estaremos
mano sobre mano, sin hacer nada, como el gobierno de la _coletilla_? Y
ahora viene el repetir lo que ya se dijo en 1811:
¡Mirad qué gobernación!
¡Ser gobernados los buenos
por los que tales no son!
»No, señores, es preciso que no se pueda decir de nosotros lo que
de estos mandarines chinos. No seguirá el tole-tole de oprimir al
patriota y ensalzar al que no lo es. Se encomendarán los destinos
de la nación a los comprometidos por el sistema, no a los que no lo
están. Se harán castigos ejemplares, se volverá todo del revés para
que los pillos bajen y los patriotas suban. (_Muy bien._) No se dará
el caso de que de los veinte millones de españoles, suden y trabajen
los dieciocho, y apenas puedan llevar a la boca un pedazo de pan
moreno, para que los otros dos millones se abaniquen y vivan rodeados
de placeres. Entonces se permitirá que eso que llaman los infames
_populacho_, se reúna donde le dé la gana, y grite y diga todos los
defectos del ministerio. La suspirada libertad será un hecho y no
llevarán _albarda_ más que los que quieran llevarla.[6] (_Grandes
aplausos._)
[6] Casi todos los párrafos de este discurso son auténticos.
»En suma, señores, el partido declara por mi conducto que no quiere
ser _vasayo_; que planteará el sistema en toda su pureza. Si para esto
es preciso la violencia, venga la violencia. Si es preciso la guerra
civil, venga la guerra. La Providencia salvará al partido. No olvidéis,
señores, que _el Criador del Universo bendijo también los esfuerzos que
hicieron Matatías y sus hijos para evadirse de la justa dominación del
impío Antioco Epifáneo_. Entre tanto desechemos la idea de República.
La Constitución establece la monarquía y nosotros respetamos al rey
constitucional. No se diga que el partido ha sido el primero en alterar
la augusta ley. Dejémosles que ellos se caigan solos; y si nos
hicieren ascos y no quisieren nuestra ayuda para mantenerse derechos,
¿me entiende usted?, si prefieren apoyarse en la Santa Alianza y en
sus diplomáticos, enviados, farsantes, zascandiles, espías y soplones,
en los que fueron pajes de escoba del rey Pepillo, en los serviles
españoles de todas clases y ropajes, con bandas, cruces y calvarios,
en los de mitra, bonete e hisopo, en los seráficos, angélicos, en los
tostadores y sus familiares, plumistas, guardas, alfileres, corchetes
y agarrantes, en los que dicen _el rey mi amo_... entonces nos
retiraremos, dejándoles que vayan a donde quieran, pues como dicen en
mi tierra, _cuanto más se desvía el borrego, mayor topetazo pega_.»
Atronadoras exclamaciones de entusiasmo acogieron la frase final del
discurso de Romero Alpuente, orador que, como se ha visto, no ha dejado
de tener herederos en la política española.
Una voz que parecía cien voces, gritó:
—¡Viva Riego!
Contestó un alarido, y desde entonces el _importantísimo debate_ se
convirtió en un importantísimo aquelarre. Romero Alpuente se fue, y
en su lugar el señor Regato se dispuso a presidir (no hay otro verbo
que pueda emplearse propiamente) el resto de lo que es forzoso llamar
sesión.
Un orador pidió que se hiciesen manifestaciones contra la Santa Alianza
en la persona de sus plenipotenciarios, idea que fue acogida con
satisfactorio y general asentimiento por la asamblea, y procediose al
nombramiento de una comisión que se encargase de rociar con peladillas
los cristales de las casas donde vivían los embajadores de Austria y
Rusia. No se había calmado la efervescencia causada por este suceso
cuando un joven de buen porte, tan correcto de traje como de estilo
y hasta afeminado, pronunció un discurso de energúmeno sobre el plan
de Vinuesa y el escarmiento que debía hacerse en la persona de aquel
malvado _aborto del infierno, compendio de todos los crímenes_.
Aseguró también que Vinuesa estaba conspirando dentro de la cárcel,
y que si no se ponía remedio en ello, imaginaría un nuevo plan
absolutista para matar la libertad. Acusó al infante don Carlos de
complicidad con el cura de Tamajón, y afirmó que todo porrazo dado
a Vinuesa sería porrazo dado a la corte. Aumentando en fogosidad a
cada instante, llegó a sostener que el gobierno se estaba _portando
traidoramente_ en este negocio, y que a él (al orador) le constaba que
había intenciones de absolver al de Tamajón y aun darle una mitra, si
era menester. Aseguró que el pueblo no debía consentir tal iniquidad,
porque si la consentía no era digno de la fama que había adquirido
en Portugal, Nápoles y el Piamonte, países que nos habían tomado por
modelo, estableciendo la libertad al mágico grito de «¡_Vivan los
discípulos de España_!»
Al discurso del joven, contestó otro mozalbete de muy distinta figura,
educación y modales (pues en aquella asamblea había locos de todas
clases), diciendo que la culpa de todo la tenían los masones, que
dando a la nación el nombre de populacho y haciendo el bu con la
anarquía, estaban poniendo las cosas como en los tiempos ominosos. Hizo
reír al auditorio, afirmando que bien pronto se prohibiría _con pena de
pecado mortal_ pronunciar el nombre de Riego; pero que él (el orador)
estaba resuelto a exhalar el último suspiro diciendo ¡_Viva Riego_!,
en atención a que Riego _había enjugado el llanto del pueblo español_.
Esta figura, tan original como patética, produjo gran entusiasmo, con
el cual, excitándose el espíritu del orador, dijo que él sabía el modo
de resolver el asunto de Vinuesa; que el pueblo, como soberano que era,
podía hacer su real gana, porque el gobierno recibía dinero de la Santa
Alianza para ir arreglando la cama al despotismo, y esto no se debía
consentir.
Mezclando berzas con capachos, aseguró que él había entrado en la
prisión de Vinuesa y le había visto escribiendo planes y más planes;
que corría mucho dinero absolutista para sacarle de la prisión
y ponerle al frente de un gobierno despótico, y que el orador y
Pelumbres, al salir una mañana de la taberna, habían oído una
conversación sospechosa entre dos clérigos, de la cual dedujeron que
Vinuesa se comunicaba constantemente con sus cómplices. Concluyó
diciendo que él (el orador) no se pararía en barras, y que si los
conspiradores vieran media docena de cabezas clavadas en otras tantas
pértigas junto a la Mariblanca de la Puerta del Sol, doblarían la
_cerviz_ (única palabra pedantesca que se permitió el orador en su
largo discurso) ante el pueblo _re-soberano_.
Después de este joven plebeyo, otro joven decente habló de los que
_clavaban constantemente el puñal en las entrañas de la madre patria_,
y anunció su resolución de ocupar el primer puesto el día del peligro,
sacrificando su existencia al triunfo de la libertad. Puso cual no
digan dueñas a los masones, acusándoles de afrancesados e impostores,
pues muchos, dijo, profanaban el nombre de Riego, tomándole en sus
_asquerosas bocas_, siendo así que para pronunciar palabra tan
angélica, _debían enjuagarse un mes antes con miel rosada_. Afirmó que
Calatrava era un bajo adulador, Feliú un traidorzuelo, Martínez de la
Rosa un mandria, Cano Manuel un bobo, Toreno un pedante, Argüelles
un embustero. Después de mucho divagar, propuso a la asamblea que se
diese un voto de gracias a don José Manuel Regato por lo bien que
había conducido los diversos asuntos de la Comunería desde su origen.
Regato estuvo a punto de llorar de emoción, y para demostrar de un
modo incompleto su agradecimiento, convidó a cenar a varios de los más
granaditos. La sesión terminó alegremente entre las alegres endechas
del himno, que sonaban bajo las bóvedas de la fortaleza:
Es en vano calumnie la envidia
al caudillo que adora el ibero;
hasta el borde del hondo sepulcro
nuestro grito será: ¡viva Riego!
El lector no será español si no recuerda al punto la música.