En la calle que hoy se llama de Isabel la Católica, y antes de la
Inquisición, pasando así bruscamente del nombre más horrible al más
hermoso, hay una casa que hoy lleva el número 25 y antes tenía el
2, edificio perteneciente en su juventud al conde de Revillagigedo
y que después fue Conservatorio de Música y Declamación. Diversas
oficinas se han sucedido en dicha casa, y hoy sirve de albergue, si no
estamos equivocados, a una dirección del ramo de Fomento. Pero lo más
importante de este caserón en su variada y larga historia es que dentro
de él estuvo la _Asamblea de los Comuneros_ durante los tres _llamados
años_. Ya se habrá comprendido quiénes eran estos bravos hijos de
Padilla. Cualquiera que haya vivido en España y prestado atención a
sus cosas políticas, comprenderá que en aquella época, como en todas,
los descontentos y los cesantes, los atrevidos, los pretendientes y
los envidiosos, que son siempre el mayor número, no podían tolerar que
determinada pandilla gobernase siempre el país y las Cortes. Este afán
de renovación periódica del personal político, que en otras partes se
hace por razón de ideas y de aspiraciones elevadas, se suele hacer
aquí, y más entonces que hoy, por el turno tumultuoso de las nóminas.
Esto es una vulgaridad tan manoseada, y ha trascendido de tal modo
hasta llegar a las inteligencias más oscuras, que casi es de mal gusto
ponerlo en un libro.
Los comuneros querían reformar la Constitución, porque no era bastante
liberal todavía. Los ministeriales (nos referimos a la primera mitad
de 1821) o doceañistas, o si se quiere los _masones_, convencidos
de que su Constitución era la mejor de las obras posibles, y que la
mente no concebía nada más perfecto, querían que se conservase intacta
y sin corrección ni reforma como la naturaleza. De repente apareció
un tercer partido, llamado de los _anilleros_, que quiso modificar
la Constitución en sentido restrictivo, aspirando a una especie
de transacción con la corte y la Santa Alianza. Sobre estas tres
voluntades giraba aquel torbellino, que empezó con una sedición militar
y terminó con una intervención extranjera.
Los comuneros, que nacieron del odio a los masones, como los hongos
nacen del estiércol, creyendo que los ritos y prácticas de la masonería
eran una antigualla desabrida, antiespañola, prosaica y árida,
imaginaron que les convenía establecer un simbolismo caballeresco
y nacional, propio para exaltar la imaginación del pueblo y aun de
las mujeres, que por entonces tenían parte muy principal en estos
líos. Siendo la representación primaria de los masones un templo
en fábrica y los hermanos, arquitectos o albañiles, formaron los
comuneros su partido de Comunidades, divididas en Merindades, Torres y
Casas-Fuertes, y a sus logias llamaron _Castillos_ y a sus Venerables,
_Castellanos_, _Alcaides_ a sus Vigilantes, y así sucesivamente. En
los ritos y ceremonias modificaron todo lo que hay de teatral en la
masonería, dándole forma caballeresca, o ideando ilusorias fortalezas,
puentes levadizos, barbacanas, recintos, salas de armas, cuerpos de
guardia, almacenes de enseres y demás mojigangas, todo creado por sus
exaltadas fantasías, de tal modo, que más que militantes caballeros
parecían rematados locos.
Su color distintivo era el morado, así como los masones adoptaron
el verde. La asamblea general recibía el nombre de _Alcázar de la
libertad_, y el recinto donde se reunía, llamado _Plaza de armas_,
estaba adornado con embadurnados lienzos y telones, representando
torreoncillos con banderolas, lanzas y las indispensables inscripciones
patrioteras. El presidente llamaba a los socios la _guarnición_,
y a los neófitos, _reclutas_. Abríanse y cerrábanse las sesiones
con fórmulas que harían reír a la misma seriedad, siendo de notar
principalmente el parrafillo con que se despedían después de discutir
largamente sobre mil innobles temas sugeridos por el egoísmo, el hambre
o la envidia: «Retirémonos, compañeros, a dar descanso a nuestro
espíritu y a nuestros cuerpos, para restablecer las fuerzas y volver
con nuevo vigor a la defensa de las libertades patrias.»
Poco después de las diez de la noche Salvador Monsalud, acompañado del
señor Regato, penetró en el _Alcázar de la libertad_ de la calle de
la Inquisición. Era el local grande y espacioso, consistente en una
serie de salas abovedadas a las cuales se descendía por media docena
de escalones. Pobres farolillos que aquí no cometían la fatuidad
de llamarse _estrellas_ las alumbraban, y un sordo rumor de gente
anunciaba desde el vestíbulo que la colmena se había llenado ya de
zánganos.
—El ceremonial nos manda esperar aquí —dijo Regato a su recluta,
deteniéndose en la primera sala—. Voy a llamar al Alcaide.
Durante el breve rato de espera, Monsalud tuvo que resignarse a oír
las felicitaciones de don Patricio Sarmiento, que a la sazón entraba,
y que atronó la estancia con sus gritos y encarecimientos por el feliz
suceso de aquella iniciación. Todo su porvenir caballeresco comunero
diera el joven por sacudírsele de encima; pero al fin sacole de tan mal
paso el Alcaide, apareciendo con Regato, y en seguida vendaron los ojos
del recluta, mandándole que marchase apoyado en el brazo del comunero
proponente.
—¿Quién es? —preguntó una voz.
—Un ciudadano —respondió Regato con toda la seriedad posible— que se ha
presentado en las obras exteriores con bandera de parlamento a fin de
ser alistado.
La misma voz gritó:
—Echad el puente levadizo.
Oyó entonces el neófito un espantable ruido que en derredor suyo
sonaba, con tal estrépito, que no parecía sino que todos los alcázares
y torres de España caían en ruinas; mas no se turbó por esto su
esforzado corazón, ni aun se le mudó la color del rostro, que para
mayores trances tenía coraje y alientos el bravo recluta. Además, bien
sabía él, como todos, que aquel rumor provenía de una plancha de hierro
semejante a las que usan en los teatros para imitar los fragorosos
ecos del trueno, y que el ruido de hierros y cadenas era producido por
una sarta de cacharros que tras de la puerta agitaba bestial paleto,
simulando de este modo con notoria perfección el acto de bajar el
puente levadizo.
Quitáronle la venda; retiráronse Alcaide y proponente, y quedó solo
con el centinela, que estaba enmascarado. Estaba en el _Cuerpo de
guardia_, y allí, como en la _Cámara de meditaciones_, debía el
candidato reflexionar sobre su situación y contestar por escrito a
varias preguntas referentes a las obligaciones y derechos del comunero.
Monsalud observó el local, de cuyas paredes pendían varias armaduras
mohosas y algunas espadas mojadas en sangre de cabrito, que para tan
terrorífico uso suministraba un día sí y otro no el conserje de la
Sociedad. Leyó los letreros conteniendo sentencias vulgares de la
religión del honor, y se dispuso a tomar asiento junto a la mesa donde
debía extender sus respuestas.
El centinela, que había permanecido tieso y grave, desempeñando su
imponente papel, soltó de repente la risa y dijo al neófito:
—¿También tenemos por aquí al señor Monsalud?
Monsalud miraba a su interlocutor y no veía más que una máscara
horrible, una figura espantosa con casco empenachado de gallináceas
plumas, y un babero a guisa de celada de encaje.
—¡Qué!, ¿no me conoce usted? Soy Pujitos —dijo el centinela quitándose
la máscara.
—Cómo te había de conocer, vecino, si parecías un valiente. ¿También tú
te diviertes con estas mojigangas?
—Vaya un modo de prepararse... ¡Llamar mojigangas a una cosa tan seria,
que va a derribar el ministerio y a poner un gobierno republicano!
Señor don Salvador, ¿usted viene aquí a burlarse? Le aviso que los que
se han burlado de esto no lo han hecho dos veces. Conque escriba el
papelito y me volveré a poner la careta. Acabe usted pronto, que me
sofoco y este demonche de cartón huele muy mal.
—¿No te fatiga esta tarea? ¿No es mejor que descanses en tu casa toda
la noche después de haber trabajado todo el día?
—¡Quia! Si ya no hago más zapatos —dijo el gran patriota con expresión
de hombre perspicuo—. El señor Regato me ha prometido darme un destino
en la Contaduría de Propios. Don Patricio me enseña a echar la firma,
que es lo que necesito, y salga el sol por Antequera.
—Ya sabía que eres de los que vocean en los motines, patean en _La Cruz
de Malta_, y apedrean el coche del rey. ¿A cómo pagan esto?
Pujitos se puso serio al oír tamaña injuria.
—Vamos —dijo—. Está visto que usted viene aquí a mofarse. Pero siempre
seremos amigos, o mejor dicho, compañeros de armas. Escriba el papelito
y despache pronto. Me pongo la careta porque el Alcaide va a venir.
—No hay prisa. Dime, Pujitos, ¿vienes aquí todas las noches?
—Todas, desde el primer día. Soy caballero fundador, y el día lo paso
en las cosas de la Milicia. Soy teniente, ¡uf, usted no sabe el trabajo
que da esto! A la parada, a pasar lista, a revisar los uniformes, a
hacer ejercicio de tiro, a aprender los reglamentos, a echar unas
copas con los oficiales para discutir lo que ha de hacerse el día
siguiente... y luego guardias y más guardias.
—¿Haces guardias de noche?
—Pues no. Anoche me tocó en el Principal, y mañana me toca en la cárcel
de la Corona.
—¡En la cárcel de la Corona... mañana! —dijo Monsalud con interés—.
Ya sé... es donde están presos esos cleriguchos que han hecho planes
horribles para quitar la libertad.
—Y algunos que no son clérigos. Pero esos tunantes morirán, o no hay
justicia en España. Dicen que el gobierno quiere condenarles a presidio
nada más: esto se llama protección, ¿no es verdad?
—¿Y me has dicho que eres teniente?
—Nada menos; y si no fuera por las intrigas que hay en el batallón...
—Yo también seré miliciano y me afiliaré en tu batallón, gran Pujos
—dijo Monsalud riendo—. Se me figura que entre tú y yo hemos de hacer
algo extraordinario.
—Me alegraría de ello.
—Nos veremos pronto, y hablaremos... quizás mañana... Pero el tiempo
pasa y hay que contestar a estas endiabladas preguntas.
—Escriba usted... Me parece que vienen ya.
Salvador escribió sus respuestas, que fueron llevadas a la _Plaza de
armas_ para que las examinara la guarnición. No tardaron el Alcaide y
el proponente en conducirle, vendado otra vez, a la puerta del salón de
sesiones, que estaba cerrada. Por dentro una voz gritó:
—¿Quién es?
«Esta voz áspera y hueca, como una campana rajada —dijo Monsalud para
sí—, es la de Romero Alpuente.»
Entre tanto el Alcaide respondía:
—Soy el Alcaide de este castillo, que acompaño a un ciudadano que se ha
presentado a las avanzadas pidiendo parlamento.
—Por Dios, amigo Monsalud —indicó en voz baja Regato—, no se ría usted,
le suplico encarecidamente que sofoque toda manifestación de burlas.
Usted no quiere creerme, y yo repito que esto es serio, pero muy serio.
Abrieron la puerta de la _Plaza de armas_, que más parecía bodega que
plaza, con diversas series de asientos ocupados por los caballeros, y
un estradillo donde estaba el presidente, teniendo detrás fementido
torreón de lienzo embadurnado, y un harapo que llamaban estandarte de
Padilla, y una urna donde _se debían colocar todas las cenizas de los
comuneros que se pudieran haber_.
El presidente le preguntó su nombre, edad, pueblo natal, empleo,
profesión; luego le habló de las obligaciones que contraía, y del valor
y constancia que había de mostrar para desempeñarlas. Levantáronse en
seguida los caballeros, y Monsalud vio que todos ellos tenían una banda
morada en el pecho, y una como espada o asador en la mano.
—Ya estáis alistado —le dijo el presidente—. Vuestra vida depende del
cumplimiento de las obligaciones que habéis contraído, y vais a jurar.
Acercaos y poned la mano sobre este escudo de nuestro jefe Padilla,
y con todo el ardor patrio de que seáis capaz, pronunciad conmigo el
juramento que debe quedar grabado en vuestro corazón.
Hecho lo que al neófito se le mandara, empezó este la retahíla del
juramento, que abrazaba diversos puntos, y que concluía con la
consabida conterilla que tanto ha hecho reír a la generación siguiente:
«Juro que si algún cab. com. faltase en todo o en parte a estos
juramentos, le mataré luego que la Confederación le declare traidor;
y si faltase yo, me declaro yo mismo traidor y merecedor de ser
muerto con infamia por disposición de la Confederación de cab. com.;
y para que ni memoria quede de mí después de muerto, se me queme, y
las cenizas se arrojen a los vientos.»
—Cubríos —le dijo el presidente— con el escudo de nuestro jefe Padilla.
Tomó entonces el joven un mohoso broquel que le presentaron, y
cubierto pecho y cara con tal defensa, pusieron en él los demás
comuneros la punta de sus espadas, mientras el presidente dijo entre
otras majaderías:
—Si no lo cumplís, todas estas espadas no solo os abandonarán, sino
que os quitarán el escudo para que quedéis al descubierto, y os harán
pedazos en justa venganza de tan horrendo crimen.
Poseídos algunos caballeros, como gente candorosa, del papel que
estaban desempeñando, hincaban con excesiva fuerza la punta de sus
asadores o espadas en el escudo o sartén que resguardaba la cara y
busto del joven. El señor Regato, temeroso de que por desmedido celo de
los caballeros se agujerease el escudo y perdiera un ojo su ahijado,
creyó necesario interrumpir por un momento la majestad del ceremonial,
diciendo:
—Cuidado, señores, que es de hojalata.[3]
[3] Todavía vive un comunero que corrió igual peligro.
La farándula no había terminado aún, porque tras la ceremonia del
escudo, el Alcaide calzó la espuela al caballero, dándole espada y
banda, con lo cual, y con acompañarle a recorrer las filas para que
fuera dando la mano uno por uno a todos los confederados, el novel
comunero descansó a la postre de tantas fatigas.