En lo restante de la noche oíase por aquellos barrios el aullido de
la Orden de Padilla, suelta por las calles. El himno, el _lairón_,
cántico que por aquellos días había sustituido al feroz _trágala_,
sonaba de calle en calle, como el ronquido de vinoso trasnochador.
Íbanse perdiendo en el silencio de la noche, a medida que los
grupos desaparecían, entrando en las tabernas, botillerías y cafés
patrióticos. En uno de estos se vio que a deshora penetraba el señor
Regato, acompañado de Pelambres, Pujitos, dos de los jóvenes que
pronunciaron discursos aquella noche, Salvador Monsalud y otros.
Cenaron alegremente, sin dejar de la boca los negocios políticos,
y sus proyectos eran atrevidos y grandiosos como concepciones del
genio. No pagó Regato todo el gasto, sino que ofreció dinero a
los más necesitados, los cuales no tuvieron escrúpulo en tomarlo
patrióticamente, por aquello de que tripas llevan pies, que no pies
tripas.
Si Salvador Monsalud no se separara antes de tiempo de tan escogida
sociedad, pretextando una enfermedad que no tenía, hubiera visto que
el señor Regato, hombre opulentísimo aunque nadie le conocía rentas,
ni sueldo, ni industria, recompensó largamente a todos, dándoles lo
necesario para la existencia y sostén de sus respectivas familias.
Cuando esto pasaba, habíanse retirado también los dos oradores con
el gran Pujitos, y solo quedaban en compañía del generoso comunero,
Pelumbres, don Bruno, _Chaleco_, y otros padres de la patria, de
cuyas hazañas no puede tenerse idea sino presenciándolas, como las
presenciará el lector en lo restante de este libro.
Cerca del día fue Salvador Monsalud a su casa. Su cabeza era un volcán.
Los discursos que había oído, las caras de los oradores, la fisonomía
astuta de Regato, la candidez estúpida de otros, el ramplón jacobinismo
de Romero Alpuente, hervían dentro de ella. Trató de dormir; pero la
asamblea, sin apartarse de sus excitados sentidos, continuaba zumbando
y gesticulando con sus cien voces roncas y sus doscientas manos
amenazadoras. Al punto comprendió que era producto infame de candidez y
de perversidad, gárrula bastardía del entendimiento, explotada por una
diplomacia diabólica. Comprendió que se había metido entre hombres, la
mitad tontos, la mitad feroces, que marchaban juntos a un fin claro,
con alianza parecida a la del asno y el lobo en más de una fábula. Del
esfuerzo que necesitaba hacer su espíritu para descender al trato con
tales gentes no hay que hablar, porque se comprenderá fácilmente.
Avanzado había la mañana, sin que el novel hijo de Padilla hubiera
podido conciliar el sueño, cuando entró Campos lleno de zozobra y
agitación.
—Esto ya pasa de broma —le dijo—. La niña no parece. Hemos ido al
Retiro, y no está en el sitio que me indicaste. Valiente bromazo nos
está dando la tonta... ¡Por los clavos de Cristo!, si casualmente no
se hallara Falfán de los Godos fuera de Madrid, no sé como podríamos
ocultarle que su novia se ha escapado de mi casa anteayer, y a estas
horas no sabemos donde está.
—En la carta que enseñé a usted me decía que no volvería a su casa.
—Temo cualquiera necedad... Salvador, estoy muy inquieto —dijo Campos
perdiendo aquella serenidad que indicaba en él un gran contento de la
vida—. Sin duda esa loca está vagando por Madrid, y te busca de casa en
casa, de café en café, como una perdida. ¡Qué deshonra!
—Creo lo mismo. Pero esto tiene que concluir.
—¿Estuvo ayer aquí?
—Dos o tres veces. Como no me ha encontrado en ninguna parte presumo
que volverá. Si vuelve, señor Campos, ofrezco remitírsela a usted sin
pérdida de tiempo.
—Es que debes hacerlo —dijo Cicerón con energía—. Es que si no lo
haces, faltas a la solemne palabra que me diste, y entonces, amiguito,
no hay nada de lo dicho. Ya tengo en mi casa tu nombramiento para
la cárcel de la Corona; pero como yo no recoja hoy mismo esa oveja
descarriada, creeré que me estás engañando, creeré que estás de acuerdo
con ella, que la escondes en alguna parte, y...
El plácido semblante de Campos se enrojeció todo por la congestión que
determinaba la ira.
—Mi determinación es irrevocable —contestó el joven—. Supongo..., casi
estoy seguro de que volverá hoy. Avisaré a Lucas para que la deje subir.
—¿Convendrá traer acá dos individuos de la policía y un coche, que debe
esperar en la calle de Bordadores? Conozco a Andrea y sé que no cederá
por buenas.
—Nada de eso me corresponde a mí. Usted puede emplear los medios que
quiera para llevársela. Yo no tengo que hacer sino poner fin a sus
correrías y convencerla de que por más que me busque, no me encontrará
en ninguna parte.
—Te comprendo —dijo Campos con viveza y señales de contento—. Tomaré
mis medidas. No me moveré en todo el día de la tienda de Requejo.
Sarmiento y yo nos pondremos de acuerdo para que, si la oveja viene a
este aprisco, no se nos escape.
Después de este diálogo, que se prolongó un poco más, aunque sin
ofrecer en el resto de él nada digno de contarse, Campos se retiró.
Monsalud, contra su costumbre, hizo propósito de permanecer en su casa
todo el día. Sin hacer nada en ella, tenía la inquietud y la movilidad
exaltada de quien trae entre manos una ocupación grave. Iba y venía de
una pieza a otra; hacía a su madre y a su hermana preguntas que ninguna
de ellas entendía; se asomaba al balcón; hacía subir a don Patricio
para darle órdenes; censuraba a veces que la casa no estuviese mejor
dispuesta, y reprendía luego a las dos mujeres porque se agitaban
arreglando las habitaciones.
Cerca del medio día se retiró a su cuarto. Solita entró en él. Llevaba
un pañuelo atado alrededor de la cabeza para resguardarse del sutil
polvo que zorros y escobas levantaban, y cubría su cuerpo con una falda
bastante antigua, pieza de desecho cuyas funciones se concretaban a los
días de limpieza. La figura de la joven no era con tal atavío un modelo
de elegancia.
—Hermana, estás que no se te puede mirar —dijo Salvador observándola
con cierta pena—. Es preciso que te pongas guapa.
—¿Yo?... ¿Cuándo? —repuso la joven con la mayor turbación—. ¿Y a qué
vienen ahora esas guapezas?
—Me gustaría verte hoy arregladita y linda, como tú sabes ponerte
cuando quieres. No es esto decir que me disguste verte así. Acá para
entre los dos, siempre estás bien; pero...
—¿Vamos a algún baile? —preguntó Sola con malicia.
—No vamos a ningún baile —dijo Salvador con la torpeza que acompaña
a las ideas de difícil explicación—; pero quisiera verte hoy como
realmente eres; quisiera que cuantos entraran aquí te admirasen y
reconocieran en ti...
—Bien te burlas de mí —dijo Solita llena de rubor—. Yo siempre estaré
mal.
—¡Oh!, te equivocas —manifestó Salvador con un tono que antes era de
benevolencia que de convicción—. Vamos, ¿también querrás sostener que
no eres guapa? Más de cuatro quisieran...
—No sé por qué me dices esas tonterías.
—Mira, hermana, te agradeceré mucho que te pongas tu mejor vestido, que
te arregles bien; pero muy bien.
—Ya sabes que estando mi padre en la cárcel no puedo ir a paseo ni al
teatro.
—Si no pretendo llevarte a ninguna parte —dijo Salvador con
impaciencia—. En fin, ¿te compones o no?
—Me compondré.
—Hazme ese gusto, hermana. Así no estás bien, y tú vales mucho. Yo
quiero que se vea que tengo una hermana simpática, bonita... ¿me
entiendes?
—Como si hablaras en griego.
—Pues vístete: ponte tu mejor vestido, ya sabes. Figúrate por un
momento que soy tu novio. Vaya, ¿no tendrías interés en agradar a tu
novio; no tendrías interés en que él te encontrara siempre linda?
—Si dijera que no, sería una melindrosa —respondió Soledad fingiendo
que ponía en orden las sillas para que, vuelto el rostro, no se le
conociera la emoción—. Pero como no eres mi novio ni lo serás...
—¿Te vistes, sí o no?
—Al momento, hombre, al momento.
Voló fuera del cuarto. Algún tiempo después regresaba vestida y
ataviada con lo mejor que tenía.
—¡Oh, qué bien! —dijo Monsalud con sincera admiración—. Hermosa prenda
se va a llevar ese bruto de Anatolio. Hermanita, estás preciosísima: te
lo digo sinceramente.
El rostro de Soledad se encendió más, y viose en aquel puro cielo de
modestia una chispa de vanidad que lo iluminó momentáneamente. Salvador
no mentía, porque de muy distintas maneras está preciosa una mujer. En
las incorrectas facciones de la hija del absolutista, en su descolorido
semblante que a intervalos se inflamaba, en sus ojos, donde jugueteaba
el alma, escondiéndose en la penumbra del pudor, o mostrándose en la
claridad del cariño, había lo bastante para turbar la paz de cualquiera.
—Siéntate a mi lado —le dijo Salvador—; parece que estás asustada.
—¿Yo?... no.
—Dame acá esa mano. Tienes las manos más bonitas que he visto. ¿Por qué
están tan frías y temblorosas?
—Es que las tuyas echan fuego y cuanto tocan lo encuentran helado.
—Ahora te has puesto como el papel... ¡qué palidez! Pues mira... así
descoloridita es como estás mejor. En tu cara se ve tu alma bondadosa.
Me consuela mucho verte a mi lado. Necesita uno personas así, que le
compadezcan mucho, que le tengan lástima, que le mimen.
—Y por qué te he de compadecer, si tienes todo lo que deseas; si estás
como nadie. Yo sí que soy digna de lástima.
—Pero tú tendrás a tu padre, y yo jamás, jamás recobraré lo que he
perdido.
Ambos callaron, inclinando cada cual su cabeza cargada de pesos enormes.
—Me parece que siento ruido —dijo Solita vivamente—. Bueno será
prevenir a Rosa, para que si llega esa mujer que ayer estuvo tres veces
y que tanto te molesta, no la deje entrar.
—No; ya he advertido a Rosa que la deje pasar —dijo Salvador con
turbación—. Quizás no venga más.
El ruido cesó; la casa continuaba en silencio.
—Me alegro de que mi madre haya salido hoy —indicó Salvador.
—Me parece que está ahí —repuso Solita poniendo atención—. Siento pasos
en la escalera.
—No, no es mi madre —indicó Monsalud con ansiedad vivísima.
—Los pasos son precipitados... Se oye una voz de mujer... ¿Voy a ver?
—No; estate aquí, y no te muevas de mi lado.
Callaron los dos. Solita miró a su hermano como asombrada. Salvador
clavaba sus ojos en la puerta, donde no había nada todavía; pero de
antemano su alma, llena de ansiedad, observaba lo que había de venir.
Andrea apareció en la puerta. Estaba desfigurada por enfermiza palidez;
sus ojos miraban todo con febril extravío, y el desmelenado cabello,
así como el vestido en desorden, indicaban largas horas de insomnio, de
lucha y de amargura.
Su primer movimiento fue un impulso poderoso hacia el hombre que
buscaba y que había encontrado. Viose en su semblante la contracción
que acompaña a un repentino desbordamiento de lágrimas. Pero dio tres
pasos, y viendo que no estaba solo se detuvo. ¡Qué choque de ideas
en aquella cabeza! El impulso, el tierno avance expansivo habían
encontrado un obstáculo, un muro frío, y contra este la exaltada
mujer se estrellaba palpitando y llena de congoja. Sus ojos atónitos,
enrojecidos por el llanto, preguntaban sin pestañear: «¿Qué chiquilla
es esta?»
Salvador se levantó. Estaba lívido.
—Tengo que hablarte —balbució Andrea, viendo que daba un paso hacia
ella.
Después dirigió a Soledad miradas recelosas e impacientes, como
diciendo: «¿Qué hace aquí esta mujer extraña? Que se vaya.»
—Es un error —dijo Salvador—. Usted no tiene nada que decirme, y se ha
equivocado sin duda. Yo no sé quién es usted.
—¿No sabes quién soy?... Yo te lo diré —exclamó Andrea, cruzando las
manos—. ¡Que se marche esa mujer!
Con imperioso gesto señaló la puerta.
Soledad, tan aterrada como curiosa, pero sumisa siempre, se levantó.
Salvador le dijo severamente:
—Quédate.
—¡Conque, es decir...! —gritó Andrea con espantosa alteración de voz y
de semblante.
—Que usted es quien no está en su sitio aquí y debe retirarse
—respondió Monsalud—. Sin duda ha padecido una equivocación.
—¡Perverso!... ¿dices eso de veras?
Andrea, al pronunciar estas palabras, que salían de su pecho como
bramidos, adelantó con los brazos abiertos hacia su amante. Los brazos
tropezaron con dos manos de acero que los retorcieron, rechazando el
hermoso cuerpo a que pertenecían.
—¡Oh, qué vil soy!... —gritó la indiana cayendo al suelo de rodillas—.
¡Rebajarme así!...
—¡Rebajarse así una marquesa!... —murmuró Salvador con sorda voz—.
Señora, sentiré mucho que se ponga usted mala. ¿Quiere usted que mande
traer un coche para llevarla a su casa?
Andrea se levantó de un salto. La mirada que arrojó a su amante, como
una saeta furibunda, turbó tanto a Monsalud que este en breve rato no
supo qué decir.
—Yo creí que eras un caballero —dijo la americana.
Se le conocía que estaba haciendo esfuerzos terribles para conservar
una actitud digna. Los impulsos naturales la incitaban a gritar, a
arrancarse el cabello, a coger entre las manos al hombre, como se coge
un abanico, un juguete cualquiera, y destrozarle haciéndole pedazos
pequeñitos.
Monsalud se dirigió hacia la puerta. Sus ojos y su gesto decían:
«Váyase usted.»
—¡Pero si tú me oyeras...! —murmuró Andrea, pasando súbitamente de la
ira a una aflicción profunda.
—No, no puedo oír a quien no conozco —repuso el hombre volviendo el
rostro.
—¿No me conoce usted? —gritó Andrea con voz semejante a un rugido.
Diríase que se alzaba sobre las puntas de los pies. La mujer crecía.
Sus brazos tiesos hacia atrás; sus puños cerrados; sus labios
descoloridos, que temblaban; su fina nariz, que con nerviosas
contracciones también expresaba la pasión desbordada; los músculos de
su hermoso cuello, tirantes; sus ojos, que amenazaban entre llamaradas
de despecho; el golpe violento de su pie en el suelo, como buscando
apoyo para levantarse más... todos estos accidentes hubieran puesto
miedo en el corazón más acostumbrado a tales embates.
—¿No me conoce usted? —repitió.
—No —repuso Monsalud.
—¿No me conoció usted?
—Tal vez, pero... ya no me acuerdo.
—Pues me conocerá usted —dijo Andrea con sofocada voz.
Dio algunos pasos fuera de la habitación; pero de súbito, con brusco
movimiento se volvió y entró resueltamente. Detúvose; miró a Solita.
Hubo un momento de esos en que se ve inminente e inevitable el peligro
de un choque material, aun contando con la reconocida dignidad de las
personas.
Con la voz más áspera, más impertinente, más insolente y procaz que
puede imaginarse, Andrea hizo esta pregunta:
—¿Y tú quién eres?
Solita quedose muerta de espanto. Su propia turbación le impidió
correr hacia su hermano y abrazarse a él buscando un refugio.
—Eso no se pregunta a los que están en su casa, sino a los que vienen
de fuera.
Al oír esto Solita se reanimó. En aquel momento pensaba una cosa.
Pensaba que si ella fuera mujer valerosa, echaría a escobazos de la
casa a la insolente dama.
—¡Oh, qué vil soy! —repitió Andrea corriendo otra vez hacia la puerta—.
¡Rebajarme así...!
Apartando el rostro para no ver el de su amante, salió precipitada y
atropellándose de la casa. Habiéndosele unido su criada en la escalera,
ambas bajaron.
Salvador se dejó caer en una silla, y apretando su cabeza entre las
manos, se clavaba en el cráneo las uñas.
—¡Oh, Dios mío, qué infeliz soy!... Sola, Sola, ¿has visto...? ¡Maldito
sea yo mil veces! ¡Maldito sea el día en que nací!
—Pero esa mujer —balbució la muchacha saliendo de su estupefacción—,
¿es un demonio...? Comprendo que te cause tanto furor...
—¡No es demonio, es un ángel; y no me causa furor, sino que la
adoro!... ¿No la viste? ¿Has visto mujer más hermosa?
—¿Tú...?
—¡La adoro, me muero por ella!... Pero tú eres una tonta y no puedes
comprender esto. Sola, hermana mía, lloro porque... no puedo... Ten
compasión, ten lástima, mucha lástima de mí.
Solita tuvo tanta lástima, que se echó a llorar.