XX

En lo restante de la noche oíase por aquellos barrios el aullido de

la Orden de Padilla, suelta por las calles. El himno, el _lairón_,

cántico que por aquellos días había sustituido al feroz _trágala_,

sonaba de calle en calle, como el ronquido de vinoso trasnochador.

Íbanse perdiendo en el silencio de la noche, a medida que los

grupos desaparecían, entrando en las tabernas, botillerías y cafés

patrióticos. En uno de estos se vio que a deshora penetraba el señor

Regato, acompañado de Pelambres, Pujitos, dos de los jóvenes que

pronunciaron discursos aquella noche, Salvador Monsalud y otros.

Cenaron alegremente, sin dejar de la boca los negocios políticos,

y sus proyectos eran atrevidos y grandiosos como concepciones del

genio. No pagó Regato todo el gasto, sino que ofreció dinero a

los más necesitados, los cuales no tuvieron escrúpulo en tomarlo

patrióticamente, por aquello de que tripas llevan pies, que no pies

tripas.

Si Salvador Monsalud no se separara antes de tiempo de tan escogida

sociedad, pretextando una enfermedad que no tenía, hubiera visto que

el señor Regato, hombre opulentísimo aunque nadie le conocía rentas,

ni sueldo, ni industria, recompensó largamente a todos, dándoles lo

necesario para la existencia y sostén de sus respectivas familias.

Cuando esto pasaba, habíanse retirado también los dos oradores con

el gran Pujitos, y solo quedaban en compañía del generoso comunero,

Pelumbres, don Bruno, _Chaleco_, y otros padres de la patria, de

cuyas hazañas no puede tenerse idea sino presenciándolas, como las

presenciará el lector en lo restante de este libro.

Cerca del día fue Salvador Monsalud a su casa. Su cabeza era un volcán.

Los discursos que había oído, las caras de los oradores, la fisonomía

astuta de Regato, la candidez estúpida de otros, el ramplón jacobinismo

de Romero Alpuente, hervían dentro de ella. Trató de dormir; pero la

asamblea, sin apartarse de sus excitados sentidos, continuaba zumbando

y gesticulando con sus cien voces roncas y sus doscientas manos

amenazadoras. Al punto comprendió que era producto infame de candidez y

de perversidad, gárrula bastardía del entendimiento, explotada por una

diplomacia diabólica. Comprendió que se había metido entre hombres, la

mitad tontos, la mitad feroces, que marchaban juntos a un fin claro,

con alianza parecida a la del asno y el lobo en más de una fábula. Del

esfuerzo que necesitaba hacer su espíritu para descender al trato con

tales gentes no hay que hablar, porque se comprenderá fácilmente.

Avanzado había la mañana, sin que el novel hijo de Padilla hubiera

podido conciliar el sueño, cuando entró Campos lleno de zozobra y

agitación.

—Esto ya pasa de broma —le dijo—. La niña no parece. Hemos ido al

Retiro, y no está en el sitio que me indicaste. Valiente bromazo nos

está dando la tonta... ¡Por los clavos de Cristo!, si casualmente no

se hallara Falfán de los Godos fuera de Madrid, no sé como podríamos

ocultarle que su novia se ha escapado de mi casa anteayer, y a estas

horas no sabemos donde está.

—En la carta que enseñé a usted me decía que no volvería a su casa.

—Temo cualquiera necedad... Salvador, estoy muy inquieto —dijo Campos

perdiendo aquella serenidad que indicaba en él un gran contento de la

vida—. Sin duda esa loca está vagando por Madrid, y te busca de casa en

casa, de café en café, como una perdida. ¡Qué deshonra!

—Creo lo mismo. Pero esto tiene que concluir.

—¿Estuvo ayer aquí?

—Dos o tres veces. Como no me ha encontrado en ninguna parte presumo

que volverá. Si vuelve, señor Campos, ofrezco remitírsela a usted sin

pérdida de tiempo.

—Es que debes hacerlo —dijo Cicerón con energía—. Es que si no lo

haces, faltas a la solemne palabra que me diste, y entonces, amiguito,

no hay nada de lo dicho. Ya tengo en mi casa tu nombramiento para

la cárcel de la Corona; pero como yo no recoja hoy mismo esa oveja

descarriada, creeré que me estás engañando, creeré que estás de acuerdo

con ella, que la escondes en alguna parte, y...

El plácido semblante de Campos se enrojeció todo por la congestión que

determinaba la ira.

—Mi determinación es irrevocable —contestó el joven—. Supongo..., casi

estoy seguro de que volverá hoy. Avisaré a Lucas para que la deje subir.

—¿Convendrá traer acá dos individuos de la policía y un coche, que debe

esperar en la calle de Bordadores? Conozco a Andrea y sé que no cederá

por buenas.

—Nada de eso me corresponde a mí. Usted puede emplear los medios que

quiera para llevársela. Yo no tengo que hacer sino poner fin a sus

correrías y convencerla de que por más que me busque, no me encontrará

en ninguna parte.

—Te comprendo —dijo Campos con viveza y señales de contento—. Tomaré

mis medidas. No me moveré en todo el día de la tienda de Requejo.

Sarmiento y yo nos pondremos de acuerdo para que, si la oveja viene a

este aprisco, no se nos escape.

Después de este diálogo, que se prolongó un poco más, aunque sin

ofrecer en el resto de él nada digno de contarse, Campos se retiró.

Monsalud, contra su costumbre, hizo propósito de permanecer en su casa

todo el día. Sin hacer nada en ella, tenía la inquietud y la movilidad

exaltada de quien trae entre manos una ocupación grave. Iba y venía de

una pieza a otra; hacía a su madre y a su hermana preguntas que ninguna

de ellas entendía; se asomaba al balcón; hacía subir a don Patricio

para darle órdenes; censuraba a veces que la casa no estuviese mejor

dispuesta, y reprendía luego a las dos mujeres porque se agitaban

arreglando las habitaciones.

Cerca del medio día se retiró a su cuarto. Solita entró en él. Llevaba

un pañuelo atado alrededor de la cabeza para resguardarse del sutil

polvo que zorros y escobas levantaban, y cubría su cuerpo con una falda

bastante antigua, pieza de desecho cuyas funciones se concretaban a los

días de limpieza. La figura de la joven no era con tal atavío un modelo

de elegancia.

—Hermana, estás que no se te puede mirar —dijo Salvador observándola

con cierta pena—. Es preciso que te pongas guapa.

—¿Yo?... ¿Cuándo? —repuso la joven con la mayor turbación—. ¿Y a qué

vienen ahora esas guapezas?

—Me gustaría verte hoy arregladita y linda, como tú sabes ponerte

cuando quieres. No es esto decir que me disguste verte así. Acá para

entre los dos, siempre estás bien; pero...

—¿Vamos a algún baile? —preguntó Sola con malicia.

—No vamos a ningún baile —dijo Salvador con la torpeza que acompaña

a las ideas de difícil explicación—; pero quisiera verte hoy como

realmente eres; quisiera que cuantos entraran aquí te admirasen y

reconocieran en ti...

—Bien te burlas de mí —dijo Solita llena de rubor—. Yo siempre estaré

mal.

—¡Oh!, te equivocas —manifestó Salvador con un tono que antes era de

benevolencia que de convicción—. Vamos, ¿también querrás sostener que

no eres guapa? Más de cuatro quisieran...

—No sé por qué me dices esas tonterías.

—Mira, hermana, te agradeceré mucho que te pongas tu mejor vestido, que

te arregles bien; pero muy bien.

—Ya sabes que estando mi padre en la cárcel no puedo ir a paseo ni al

teatro.

—Si no pretendo llevarte a ninguna parte —dijo Salvador con

impaciencia—. En fin, ¿te compones o no?

—Me compondré.

—Hazme ese gusto, hermana. Así no estás bien, y tú vales mucho. Yo

quiero que se vea que tengo una hermana simpática, bonita... ¿me

entiendes?

—Como si hablaras en griego.

—Pues vístete: ponte tu mejor vestido, ya sabes. Figúrate por un

momento que soy tu novio. Vaya, ¿no tendrías interés en agradar a tu

novio; no tendrías interés en que él te encontrara siempre linda?

—Si dijera que no, sería una melindrosa —respondió Soledad fingiendo

que ponía en orden las sillas para que, vuelto el rostro, no se le

conociera la emoción—. Pero como no eres mi novio ni lo serás...

—¿Te vistes, sí o no?

—Al momento, hombre, al momento.

Voló fuera del cuarto. Algún tiempo después regresaba vestida y

ataviada con lo mejor que tenía.

—¡Oh, qué bien! —dijo Monsalud con sincera admiración—. Hermosa prenda

se va a llevar ese bruto de Anatolio. Hermanita, estás preciosísima: te

lo digo sinceramente.

El rostro de Soledad se encendió más, y viose en aquel puro cielo de

modestia una chispa de vanidad que lo iluminó momentáneamente. Salvador

no mentía, porque de muy distintas maneras está preciosa una mujer. En

las incorrectas facciones de la hija del absolutista, en su descolorido

semblante que a intervalos se inflamaba, en sus ojos, donde jugueteaba

el alma, escondiéndose en la penumbra del pudor, o mostrándose en la

claridad del cariño, había lo bastante para turbar la paz de cualquiera.

—Siéntate a mi lado —le dijo Salvador—; parece que estás asustada.

—¿Yo?... no.

—Dame acá esa mano. Tienes las manos más bonitas que he visto. ¿Por qué

están tan frías y temblorosas?

—Es que las tuyas echan fuego y cuanto tocan lo encuentran helado.

—Ahora te has puesto como el papel... ¡qué palidez! Pues mira... así

descoloridita es como estás mejor. En tu cara se ve tu alma bondadosa.

Me consuela mucho verte a mi lado. Necesita uno personas así, que le

compadezcan mucho, que le tengan lástima, que le mimen.

—Y por qué te he de compadecer, si tienes todo lo que deseas; si estás

como nadie. Yo sí que soy digna de lástima.

—Pero tú tendrás a tu padre, y yo jamás, jamás recobraré lo que he

perdido.

Ambos callaron, inclinando cada cual su cabeza cargada de pesos enormes.

—Me parece que siento ruido —dijo Solita vivamente—. Bueno será

prevenir a Rosa, para que si llega esa mujer que ayer estuvo tres veces

y que tanto te molesta, no la deje entrar.

—No; ya he advertido a Rosa que la deje pasar —dijo Salvador con

turbación—. Quizás no venga más.

El ruido cesó; la casa continuaba en silencio.

—Me alegro de que mi madre haya salido hoy —indicó Salvador.

—Me parece que está ahí —repuso Solita poniendo atención—. Siento pasos

en la escalera.

—No, no es mi madre —indicó Monsalud con ansiedad vivísima.

—Los pasos son precipitados... Se oye una voz de mujer... ¿Voy a ver?

—No; estate aquí, y no te muevas de mi lado.

Callaron los dos. Solita miró a su hermano como asombrada. Salvador

clavaba sus ojos en la puerta, donde no había nada todavía; pero de

antemano su alma, llena de ansiedad, observaba lo que había de venir.

Andrea apareció en la puerta. Estaba desfigurada por enfermiza palidez;

sus ojos miraban todo con febril extravío, y el desmelenado cabello,

así como el vestido en desorden, indicaban largas horas de insomnio, de

lucha y de amargura.

Su primer movimiento fue un impulso poderoso hacia el hombre que

buscaba y que había encontrado. Viose en su semblante la contracción

que acompaña a un repentino desbordamiento de lágrimas. Pero dio tres

pasos, y viendo que no estaba solo se detuvo. ¡Qué choque de ideas

en aquella cabeza! El impulso, el tierno avance expansivo habían

encontrado un obstáculo, un muro frío, y contra este la exaltada

mujer se estrellaba palpitando y llena de congoja. Sus ojos atónitos,

enrojecidos por el llanto, preguntaban sin pestañear: «¿Qué chiquilla

es esta?»

Salvador se levantó. Estaba lívido.

—Tengo que hablarte —balbució Andrea, viendo que daba un paso hacia

ella.

Después dirigió a Soledad miradas recelosas e impacientes, como

diciendo: «¿Qué hace aquí esta mujer extraña? Que se vaya.»

—Es un error —dijo Salvador—. Usted no tiene nada que decirme, y se ha

equivocado sin duda. Yo no sé quién es usted.

—¿No sabes quién soy?... Yo te lo diré —exclamó Andrea, cruzando las

manos—. ¡Que se marche esa mujer!

Con imperioso gesto señaló la puerta.

Soledad, tan aterrada como curiosa, pero sumisa siempre, se levantó.

Salvador le dijo severamente:

—Quédate.

—¡Conque, es decir...! —gritó Andrea con espantosa alteración de voz y

de semblante.

—Que usted es quien no está en su sitio aquí y debe retirarse

—respondió Monsalud—. Sin duda ha padecido una equivocación.

—¡Perverso!... ¿dices eso de veras?

Andrea, al pronunciar estas palabras, que salían de su pecho como

bramidos, adelantó con los brazos abiertos hacia su amante. Los brazos

tropezaron con dos manos de acero que los retorcieron, rechazando el

hermoso cuerpo a que pertenecían.

—¡Oh, qué vil soy!... —gritó la indiana cayendo al suelo de rodillas—.

¡Rebajarme así!...

—¡Rebajarse así una marquesa!... —murmuró Salvador con sorda voz—.

Señora, sentiré mucho que se ponga usted mala. ¿Quiere usted que mande

traer un coche para llevarla a su casa?

Andrea se levantó de un salto. La mirada que arrojó a su amante, como

una saeta furibunda, turbó tanto a Monsalud que este en breve rato no

supo qué decir.

—Yo creí que eras un caballero —dijo la americana.

Se le conocía que estaba haciendo esfuerzos terribles para conservar

una actitud digna. Los impulsos naturales la incitaban a gritar, a

arrancarse el cabello, a coger entre las manos al hombre, como se coge

un abanico, un juguete cualquiera, y destrozarle haciéndole pedazos

pequeñitos.

Monsalud se dirigió hacia la puerta. Sus ojos y su gesto decían:

«Váyase usted.»

—¡Pero si tú me oyeras...! —murmuró Andrea, pasando súbitamente de la

ira a una aflicción profunda.

—No, no puedo oír a quien no conozco —repuso el hombre volviendo el

rostro.

—¿No me conoce usted? —gritó Andrea con voz semejante a un rugido.

Diríase que se alzaba sobre las puntas de los pies. La mujer crecía.

Sus brazos tiesos hacia atrás; sus puños cerrados; sus labios

descoloridos, que temblaban; su fina nariz, que con nerviosas

contracciones también expresaba la pasión desbordada; los músculos de

su hermoso cuello, tirantes; sus ojos, que amenazaban entre llamaradas

de despecho; el golpe violento de su pie en el suelo, como buscando

apoyo para levantarse más... todos estos accidentes hubieran puesto

miedo en el corazón más acostumbrado a tales embates.

—¿No me conoce usted? —repitió.

—No —repuso Monsalud.

—¿No me conoció usted?

—Tal vez, pero... ya no me acuerdo.

—Pues me conocerá usted —dijo Andrea con sofocada voz.

Dio algunos pasos fuera de la habitación; pero de súbito, con brusco

movimiento se volvió y entró resueltamente. Detúvose; miró a Solita.

Hubo un momento de esos en que se ve inminente e inevitable el peligro

de un choque material, aun contando con la reconocida dignidad de las

personas.

Con la voz más áspera, más impertinente, más insolente y procaz que

puede imaginarse, Andrea hizo esta pregunta:

—¿Y tú quién eres?

Solita quedose muerta de espanto. Su propia turbación le impidió

correr hacia su hermano y abrazarse a él buscando un refugio.

—Eso no se pregunta a los que están en su casa, sino a los que vienen

de fuera.

Al oír esto Solita se reanimó. En aquel momento pensaba una cosa.

Pensaba que si ella fuera mujer valerosa, echaría a escobazos de la

casa a la insolente dama.

—¡Oh, qué vil soy! —repitió Andrea corriendo otra vez hacia la puerta—.

¡Rebajarme así...!

Apartando el rostro para no ver el de su amante, salió precipitada y

atropellándose de la casa. Habiéndosele unido su criada en la escalera,

ambas bajaron.

Salvador se dejó caer en una silla, y apretando su cabeza entre las

manos, se clavaba en el cráneo las uñas.

—¡Oh, Dios mío, qué infeliz soy!... Sola, Sola, ¿has visto...? ¡Maldito

sea yo mil veces! ¡Maldito sea el día en que nací!

—Pero esa mujer —balbució la muchacha saliendo de su estupefacción—,

¿es un demonio...? Comprendo que te cause tanto furor...

—¡No es demonio, es un ángel; y no me causa furor, sino que la

adoro!... ¿No la viste? ¿Has visto mujer más hermosa?

—¿Tú...?

—¡La adoro, me muero por ella!... Pero tú eres una tonta y no puedes

comprender esto. Sola, hermana mía, lloro porque... no puedo... Ten

compasión, ten lástima, mucha lástima de mí.

Solita tuvo tanta lástima, que se echó a llorar.

El Grande Oriente · 第 23 / 33 题