Soledad, que entraba cuando Salvador concluía de leer la carta, notó su
palidez y agitación.
—¿Qué tienes, hermano? —dijo llena de pesadumbre—. ¿Ese papel te dice
algo desfavorable a mi pobre padre?
—No, no —replicó el hermano con desesperación—. Es todo lo contrario.
Sola, abrázame, abraza a tu hermano.
La muchacha se arrojó llorando en brazos de Salvador.
—¿Pero te causan pena las buenas noticias?
—¡No, no!... la carta no dice nada —afirmó él sofocando la tempestad
que bramaba en su alma—. Estoy alegre, hermana, hermana querida,
abrázame otra vez. Tu padre se ha salvado.
* * * * *
Pasó Monsalud todo el día y toda la noche en un estado de agitación muy
viva. A la mañana siguiente, cuando entró en casa del duque del Parque,
un criado le dijo: «Han estado aquí dos mujeres buscándole a usted.
Parecían ama y criada.»
—Si vuelven —repuso— dígales que he salido de Madrid.
Para evitar un encuentro que temía, salió del palacio por una puerta de
servicio que daba a otra calle. Pero más tarde, al entrar en su casa,
don Patricio Sarmiento repitió la noticia.
—Aquí han estado dos damiselas a preguntarme cuándo volvía usted.
Parecen ama y criada... ¡Oh, edad dichosa esta en que nos vienen a
buscar dos y tres veces en el breve espacio de unas horas!... Yo
también, en mis juveniles años...
Sarmiento exhaló un suspiro.
—Si vuelven, dígales usted que he salido de Madrid, y que no volveré
hasta dentro de un mes.
—¡Cuánta esquivez!... Pero en esa edad feliz... También uno ha tenido
sus dulzuras ¿eh? No crea usted: este arrugado semblante y este flaco
y débil cuerpo no han sido siempre así. Aquí, amiguito Salvador,
aquí se sabe lo que es afán de amores; aquí se comprende bien eso de
despreciar a una por apasionarse de la otra, volando de flor en flor
cual inconstante mariposa... Pues, ¿y estar penando días y días por una
mirada, solo por una mirada?... ¡ay!... ¿y aquello de estar cavilando
por qué me miró así o dejó de mirarme?... Todos hemos tenido nuestro
abril; todos hemos revoloteado y sacado la miel hiblea del cáliz de las
frescas flores, señor Monsalud.
Cuando este se dirigió después de medio día a una tienda de la calle
Mayor, donde solía hacer tertulia, un mancebo le dijo la muletilla:
—Han estado dos hembras a ver si había usted venido.
Más tarde pasó por la parte baja de la calle de Atocha. Detúvose de
repente porque un objeto lejano llamó su atención: era el Observatorio
astronómico. Singular trastorno debió producir en las ideas del joven
la vista del hermoso edificio, porque apresuró el paso como quien huye
de un fantasma temible.
¡Cosa extraña! Al anochecer, cuando fue al local ocupado por la
masonería, en la calle de las Tres Cruces, con objeto de hacer unas
preguntas a Sócrates, o como si dijéramos, a Canencia, un portero le
cantó el atormentador estribillo de todo el día:
—Aquí han estado dos damas a preguntar si vendría usted esta noche.
Después marchó a _La Cruz de Malta_, café situado en la calle del
Caballero de Gracia. Aguardábale allí don José Manuel Regato.