—Pues lo pasado, pasado —dijo Campos—. Amigos otra vez. Olvidemos las
ofensas que mutuamente nos hayamos hecho.
—_Pasemos la trulla_.
_Trulla_ era la cuchara de albañil, y la idea de _pasarla_ indicaba
olvido y perdón de las injurias, idea que bien podía expresarse
hablando como la gente.
—Ahora me toca a mí —dijo Salvador.
—Ahora te toca a ti —añadió Campos sacando dos cigarros habanos y
ofreciendo uno a su amigo—. Ahí va esa _pólvora del Líbano_. Fumemos.
—¿Usted me promete que Gil de la Cuadra no será condenado a muerte?
—Eso no.
—¿Me promete usted que se sobreseerá su causa?
—Tampoco.
—Entonces...
—Lo que prometo es que tu padre, tu tío, tu pariente o lo que sea,
saldrá de la cárcel.
—¿Cómo?
—Escapándose de ella, lo cual no es fácil; pero sí posible, sobre
todo si tú y yo nos proponemos hacerlo. No hay que pensar en que el
gobierno suelte la presa absolutista que tiene entre las garras. Es
preciso ofrecer un par de víctimas al pueblo, y como no se le puede dar
un león, se le da un conejo. Ya sabes que el cura Merino ha hecho la
gracia de aparecer en Castilla; el _Abuelo_ ha levantado también una
partida cerca de Aranjuez, y Aizquibil recorre con su gente el país de
Álava. El _Pastor_ entra también en campaña, y a varios de su partida,
que han sido cazados, se les encontraron muchos ochentines de los que
acuñó el gobierno hace poco. Estos ochentines se dieron todos a la
Casa Real, de modo que no hay duda alguna respecto a la mano que está
moviendo esta vil máquina de las partidas.
—El rey.
—Sí, y cuando los ministros le hicieron notar la coincidencia,
respondió tranquilamente: «Es muy extraño eso», y no dijo más. La
corte trabaja con desesperación por encender la guerra civil,
y los curas y los guerrilleros amparados por ella y por las
juntas extranjeras, harán un esfuerzo terrible para restablecer
el absolutismo. Nos aguarda un porvenir de rosas. Ya sabes lo
que significan en nuestro amado país estas dos fuerzas: _curas,
guerrilleros_.
—No tengo ilusiones en ese particular. La estupidez de los liberales,
su corrupción y falta de sentido, anuncian a voces que volverá el
absolutismo.
—Pues bien: cuando por todas partes no se ven más que peligros; cuando
el gobierno se mira amenazado y provocado por los absolutistas, ¿no es
natural que si logra poner la mano encima de alguno, apriete y apriete
firme hasta ahogarle?
—Es natural. Los pobres gazapos que se han dejado coger pagarán las
culpas de los lobos y de la corte, que los azuza.
—Evidentísimo. Por consiguiente, amigo Monsalud, no hay que pensar
en que el gobierno perdone a ninguno de los que hoy están presos por
conspiraciones realistas.
—Serán condenados...
—A muerte. El juez, señor Arias, confiesa privadamente que no halla
motivo para tanto; pero la presión popular y la necesidad de hacer un
escarmiento, la conveniencia de amedrentar a la corte, levantará el
cadalso. Aquí tienes a la señora Libertad en tales trances que no puede
pasarse sin el verdugo.
—¿De modo que no hay que soñar con un sobreseimiento?
—Locura. Vinuesa no se escapa de la horca. Los demás serán condenados a
presidio... Puesto que no podemos evitar la sentencia, tratemos ahora
de salvar a tu hombre. Yo estoy tan comprometido a ello moralmente como
tú. Planteemos la cuestión. Primer punto. Todo el personal de la cárcel
está en poder de gentuza comunera o milicianos nacionales de los más
majaderos.
—Lo sé, y he resuelto hacerme comunero.
—Admirable idea —dijo Campos en tono de lisonja—. Y si procuras retener
en la memoria todos los disparates y gansadas de los hijos de Padilla
para contármelos, tu idea será sublime.
—Yo iré allá tan solo con el fin de contraer amistades que me sirvan
para nuestro objeto.
—Excelente plan. En tanto el Grande Oriente se encarga de hacer en el
personal de cárceles alguna variación.
—Cosa facilísima.
—No tanto, joven, no tanto. Tú no sabes cuánto se ha alambicado ya en
la cuestión de destinos. No se puede estar trasegando la gente todos
los días. Lo peor de todo es que hacemos una variación, y al punto nos
conquistan los comuneros el nuevo personal. Se varía otra vez, y la
defección se repite. Hacemos tercera hornada; pero llega un momento
en que no se puede más, porque se acaban los carniceros, panaderos y
pasteleros que quieren ser empleados públicos, en las porterías de los
ministerios, en cárceles, en correos... Por este camino desaparecerá en
Madrid toda la clase menestral.
—Pero los cambios traen numerosas cesantías.
—Pero los cesantes, esos insignes patricios desairados, no quieren
volver a las panaderías, carnicerías y molinos de chocolate de donde
salieron. Encuentran más fácil encastillarse en las _Fortalezas_ de
Padilla, donde, haciendo comedias, se van adiestrando en la oratoria y
en el arte de conspirar.
—¿Y cómo viven?
—Ese es el misterio. Lo evidente es que tienen dinero. ¿Ves esa
turbamulta de vagos que aúllan en los cafés, que alborotan en la plaza
de Palacio, que apedrean las casas de los ministros, que van a cantar
coplas indecentes junto a la reja de la prisión de Vinuesa?... Pues
todos ellos viven, y viven bien.
—Los ochentines del _Pastor_ harán ese milagro.
—Eso creo yo. Los ochentines...
—Pero contra los ochentines, el gobierno tiene los empleos públicos.
Póngame usted en la cárcel de la Corona a un empleado que se preste a
favorecer nuestro plan.
—Precisamente hay una vacante. Me he informado hoy.
—Mejor que mejor.
—Bueno; pues elige tú el candidato.
Salvador meditó breves instantes.
—Lo mejor será un hombre de bien, pues no se trata de salvar a
ladrones y asesinos; se trata de hacer una buena obra, librando a un
pobre anciano inocente, inocente, sí... porque Gil de la Cuadra, aun
conspirando con todas sus fuerzas, no es capaz de hacer daño a un
semejante ni a la sociedad.
—Pues mi opinión es que elijamos un tonto. Es fácil de encontrar.
—Ya tengo mi hombre —dijo vivamente y con alegría Monsalud.
—¿Has hallado el tonto?
—Un maestro de escuela.
—Viene a ser lo mismo. Apuesto a que has pensado en Sarmiento.
—No: lo echaríamos todo a perder —dijo Salvador arrepintiéndose—.
Sarmiento es sencillo, pero su fanatismo rabioso le transfigura,
haciéndole cruel. Me parece que debemos elegir un discreto.
—Bien puedes coger la linterna de Diógenes. Échate a buscar el discreto.
—Ya lo hallé —exclamó Monsalud, dándose una palmada en la frente.
—¿Quién?
—Yo mismo.
—Hombre... la idea no es mala —repuso Campos sonriendo—. Pero la
verdad... ese destino no es propio para ti. Vales tú mucho más.
—¿Y qué me importa?
—El duque del Parque no querrá tener a su servicio a un sota-alcaide.
—Dejaré el servicio del duque del Parque
—¿Pero no se te ocurre otra persona?
—No me fío de nadie. Estoy decidido. Seré sota-alcaide.
—Vas a bregar con la gente más cruel, más perdida y más infame de la
sociedad. El personal de cárceles allá se va con el de encarcelados.
—No me importa. He tenido una idea feliz.
—Pues adelante, y realicemos la idea feliz. Serás sota-alcaide. En
tanto que te nombro... pues no creas que es cosa de un momento: lo
menos hay treinta candidatos... hablaré a Copóns.
—¿El jefe político?
—¡Ah! —exclamó Campos con gozo—. Le tengo cogido, le tengo preso en mis
redes. Precisamente anda tras de mí para que le favorezca en ciertas
pretensiones que trae en Gracia y Justicia. Una bicoca: tres primos
que fueron beneficiados y ahora se les antoja ser deanes. Son de la
pacotilla de los que llaman modestos... ¡pobrecitos! Copóns es muy
exaltado; el gobierno, que le puso en lugar de Palarea, no está muy
contento con él. Necesita todo el arrimo del Grande Oriente para no
venir a tierra. Muy bien: esto va a pedir de boca. Tu padre, tu abuelo,
o lo que sea, se ha salvado.
Hablaron algo más, determinando algunos detalles del plan, y se
separaron. Campos tenía que revisar unas cartas detenidas por orden
superior. Salvador debía consagrarse a sus ocupaciones. Cuando volvió a
su casa, entregáronle un billete que acababa de llegar. Conociendo en
el sobre la letra de Andrea, sintió tanta ansiedad como pavor. La carta
estaba trazada con indecisos rasgos, a prisa, y decía:
«Arrepentida, arrepentida, arrepentida de lo que he hecho.
»Ven al instante. Estoy esperándote en el Retiro, junto al
Observatorio. Me he escapado de mi casa. Querido mío, mi vida y mi
muerte: si no me perdonas, si no vienes al instante a mi lado, me
moriré de desesperación.
»Lo que he hecho contigo es una villanía, una ofuscación.
»Un poco tarde lo he conocido; pero lo conozco al fin, lo confieso y
te pido perdón.
»Te adoro, y ni Dios podrá hacer que yo pertenezca a otro. Eres mi
dueño y puedes abofetearme, puedes matarme si me porto mal.
»Salvador, sácame del infierno en que estoy. Ven, no tardes ni un
segundo. No vuelvo más a mi casa. Iré contigo a donde quieras:
seré tu esposa, tu criada o lo que tú quieras... Sácame los ojos y
dentro de ellos verás tu cara. Ya me parece que te siento venir...
¿Vendrás?... En el Retiro junto al Observatorio. Voy corriendo, no
sea que llegues antes que yo. Adorado mío, te quiere con toda su alma
y te ofrece el corazón y la vida,