Salvador se inquietaba bien poco de un acontecimiento que por
aquellos días, los primeros de marzo, agitaba hondamente el mar de la
política, produciendo borrascas, zozobras y naufragios. ¿Necesitaremos
recordarlo, a pesar de haber hablado de él, por cierto con mucha
discreción, el marqués de Falfán de los Godos? Olvidando las prácticas
constitucionales o haciéndose el tonto, que es la opinión más
autorizada, añadió el rey al discurso de la Corona un parrafillo de
su invención, en el cual se quejaba de los insultos que diariamente
recibía, y acusaba con este motivo a los ministros y a las autoridades
de Madrid. Alborotose el congreso, alborotáronse más los clubs, los
ministros estaban con medio palmo de boca abierta, sin saber lo que les
pasaba, y mientras el rey les destituía arrebatadamente, dábales el
Congreso un voto de confianza y una pensioncita de sesenta mil reales;
admirable almohada para reclinar la gloriosa cabeza después de una
caída.
Su Majestad, firme en el propósito de hacerse el tonto (y quien
crea otra cosa no sabe hasta dónde llegaba la malicia del astuto
_Rey neto_), pidió consejo a las Cortes para la formación del nuevo
ministerio, inaudita aberración constitucional, pues el gabinete caído
tenía mayoría. Los diputados contestaron al mensaje del rey con un
refunfuño de desconfianza, achacaron a la _mano oculta_ los insultos
consabidos, y negáronse a proponer los nuevos ministros, dando a
entender al soberano que el ministerio Argüelles era el mejor de los
ministerios posibles. Fernando consultó entonces al consejo de Estado,
y de esta consulta salió el ministerio del 4 de marzo.
Era natural que el nuevo Gabinete no gustase a nadie. Los tibios le
tenían por exaltado, y los exaltados por tibio. Procedente como el
anterior de la mayoría, el gabinete Valdemoro-Feliú representaba las
mismas ideas, la propia indecisión, idéntica dependencia de manejos
secretos; representaba también la debilidad frente a los alborotadores,
las pedradas al coche del rey, la tolerancia de las grandes
conspiraciones y la persecución sañuda de las pequeñas. De entonces
data, si no estamos equivocados, la célebre frase de _los mismos perros
con distintos collares_. Más adelante, cuando Feliú pasó de Ultramar
a Gobernación, el gabinete se enderezó como una planta cuya savia se
regenera, y supo desplegar contra los alborotadores y los clubs una
energía que hasta entonces no se había visto en el gobierno después de
la revolución.
Tal era la situación política a principios de marzo. En el gobierno,
debilidad; en el congreso, confusión; en Palacio, solapadas intrigas,
cuyas resultas se verán más adelante. El pueblo desbordado y sin
reconocer ley ni freno alguno, expresaba su voluntad ruidosa y
groseramente en los clubs. A fuerza de oír hablar de su soberanía,
empezaba a creer que consistía esta en el uso constante de la
iniciativa revolucionaria y en el ejercicio atropellado de la sanción
popular en asonadas, violencias y atrocidades sin cuento. Romero
Alpuente, un vejete furibundo a quien después conoceremos, había dicho
que _la guerra civil era un don del cielo_. Istúriz, joven y exaltado,
había dicho que _la palabra rey era anticonstitucional_. Moreno Guerra,
que _el pueblo tiene derecho a hacerse justicia y vengarse a sí
propio_. Golfín, que _la anarquía purgaba la tierra de tiranos_. Otro
llamaba al trono _cadalso de la libertad_.
Entre tanto las sociedades secretas estaban desconcertadas; porque si
bien el nuevo ministerio saliera de ellas como el anterior, no había
gran seguridad de que se dejase gobernar por los _Valerosos príncipes_.
—Estamos —decía Campos— en la situación más oscura que puede
imaginarse. Yo no he tenido nunca a Feliú por muy afecto a nuestro
Orden, y temo mucho que se nos vuelva en contra. Sin embargo, anoche
nos ha echado un discursejo con muchos ofrecimientos y palabrotas; pero
no me fío, no me fío.
Esto lo decía el gran Cicerón sentado junto a una mesa del café
de _La Fontana_, teniendo enfrente a Salvador Monsalud, que entre
sorbo y sorbo de café leía _El Espectador_. Cómo se habían juntado
después de su violenta separación, cómo habían ido allí, apareciendo
amistosamente reconciliados, merced a un par de tazas y otras tantas
copas, es cosa que se explica fácilmente. Campos fue a casa de Monsalud
una mañana, anunciole que tenía que hablar de asuntos igualmente graves
para los dos, y aunque el joven le recibió con los peores y más ásperos
modos, como Cicerón no se daba por ofendido y era hombre que respondía
con risas a las palabras duras, bien pronto uno y otro, a pesar de
su desacuerdo, hallaron un término común de reconciliación pasajera.
Campos convidó a Aristogitón a pasar un par de horas en _La Fontana_, y
una vez allí, sentáronse en el más apartado y oscuro rincón del local,
tras la tribuna y no lejos del mostrador. Casi estaban solos, porque en
tal hora, el célebre club _de los amigos del orden_ descansaba de sus
fatigas.
—Pero a pesar de todo, nosotros no hemos perdido nada todavía —añadió
Campos—, y yo quiero ver quién es el guapo que se atreve a dar un golpe
a las sociedades secretas, autoras, no solo de la revolución de España,
sino de las de Portugal y Nápoles. Este poder inmenso no se pierde
por una veleidad ministerial... Conque, amado Aristogitón, yo planteo
nuestra cuestión en los mismos términos en que la planteé en mi casa
hace ocho días, cuando te pusiste como un basilisco, y aun creo que
intentaste pegar a tu maestro... pero hombre de Dios, ¿no me haces caso
de lo que te digo? Mientras hablo, tú lees.
—Oigo perfectamente —dijo Monsalud dejando el periódico y tomando la
taza—. La cuestión planteada en los mismos términos de aquel día...
—Cuando me quisiste pegar —repitió Campos con burla—. Después me estuve
riendo de ti dos horas. Si yo fuera un hombre terrible, te hubiera
echado por el balcón; estaba en mi derecho.
—No lo niego. Si yo hubiera sido un hombre imprudente le hubiera roto a
usted la cabeza; también estaba en mi derecho por haber sido engañado.
Usted intentó comprarme con viles ofertas de destinos y menudencias.
—Y ahora te compro por el precio que tú te has puesto: por la concesión
de una gracia a que das suma importancia. La cosa en sí es la misma, no
varía más que el precio y la clase de moneda. Tú me dejas en paz a mi
sobrina...
—Y usted me pone en la calle a un pobre preso, que será ahorcado si las
cosas siguen por el camino que llevan.
—Perfectamente. Trato clarísimo y que no da lugar a engaños ni malas
interpretaciones. _Do ut des_.
Campos, como hombre que ve adelantar satisfactoriamente una negociación
de importancia, respiró con fuerza, embaulando después media taza.
_Robespierre_[2] subió a sus rodillas. Uno y otro se acariciaron.
[2] Un gato. Véase _La Fontana de Oro_.
—No debieras extrañar —añadió— que yo quisiera favorecerte con un buen
destino y aun alejarte. A mí me gusta hacer las cosas con delicadeza.
De este modo se llega al objeto sin ofender a nadie, sin ruido y sin
dimes ni diretes. Creí que tú, hombre listo, me entenderías después
del primer avance, y tomando lo que te daba, te dispondrías a callar
y obedecer, dejándome el campo libre. Pero no entendiste. Tienes un
candor honradillo que exige se te digan las cosas claras, y en verdad,
a mí me repugnaba hablarte con claridad en asunto tan espinoso.
—Algo creí entender; pero como no contaba con la traición de Andrea, no
pasé de sospechas vagas.
—¡La traición! —dijo Campos con gravedad irónica—. Pero hombre... ¡qué
palabrotas se estilan ahora! Di más bien que mi sobrina comprendió lo
que sacaba del noviazgo contigo. Por mi parte, de algún tiempo acá me
desvelo porque disfrute una posición tónica y como corresponde a sus
méritos. Es tiempo ya de que tenga un padre vigilante y cariñoso. Te
confieso, amigo Aristogitón, que cuando sospeché tus niñadas con ella,
y más aún, cuando las sospechas se trocaron en certidumbre..., ¡ay!,
sentía impulsos de despedazarte. Pero meditando bien, resolví tener
mucha calma, abordar la cuestión con astucia, evitar un escándalo que
pudiera turbar la paz espiritual del buen Falfán de los Godos. De esta
manera todos quedan contentos. No creas que me ha costado poco cautivar
a Andreílla. La pícara se nos escapaba como una mariposa, cuando
creíamos tenerla segura; pero conquistado tú, que eres el Montjuich, la
rendición de la ciudadela es inevitable... ¿Te das por conquistado?
—Me doy por conquistado.
—¿Renuncias por completo y en absoluto a ella? ¿Huirás de su trato y de
su vista, y en caso de que la casualidad te la ponga delante, harás con
ella como si nunca la hubieras conocido?
—Lo haré.
—¿La despreciarás, la arrojarás de tu lado, le harás ver de una manera
indudable que tú y ella sois como el agua y el fuego que no pueden
juntarse?
—Como el agua y el fuego.
—Y si la tempestad arrecia, ¿serás capaz hasta de hacerle creer que
estás enamorado de otra?
—También.
—Vamos, eres un hombre. Tus declaraciones merecen una _salva_. Echemos
_pólvora fulminante_ en el _cañón_ y disparemos.
Los masones llamaban pólvora fulminante al _ron_. El _cañón_ y la
_salva_ ya sabemos lo que eran.
—¡_Fuego_! —dijo Monsalud llevando la copa a sus labios.
—¡_Fuego_! —repitió Campos.
Los del _Arte-Real_, en sus _tenidas_ de banquetes, pronunciaban esta
voz de mando para indicar los brindis.
—¿Pero a qué vienen tantas exigencias, que parecen pruebas masónicas
—dijo Salvador—, si Andrea no necesita de mis desdenes para obedecerle
a usted? ¿No ha dado su consentimiento?
¡Ah, ah!..., fíate de consentimientos. Dicen que la palabra _veleidad_
es femenina en todas las lenguas. Prueba de que todas las mujeres son
veleidosas. Es verdad que Andrea, a fuerza de ruegos, de razones, de
regalos, de mimos, de promesas, me prometió ser marquesa... ¡Marquesa,
ya ves qué pedrada!..., y la muy tonta... Por algo se ha dicho que
_entre el sí y el no de una mujer no se puede poner la cabeza de un
alfiler_.
—Ella apetece más. La ambición, una vez desarrollada, no se satisface
fácilmente. Creerá que Falfán de los Godos no es bastante rico.
—¡Si es millonario! No va por ahí la corriente —dijo Campos con
desaliento—. Es que Andrea vuelve los ojos a este tunante y se
arrepiente, se arrepiente la muy pícara de la promesa que me dio. Desde
el otro día... Pero yo quisiera saber qué tienes tú para trastornar de
este modo un cerebro, que después de todo es un cerebro de la raza de
Campos, fecundo en gente sesuda.
—Andrea tiene conciencia: no es una muchacha corrompida —afirmó
Monsalud, disimulando el interés que aquella parte de la conversación
le producía.
—Qué conciencia ni conciencia... Resabios tontos de su enamoramiento
infantil. Yo sé que eso desaparecerá; pero por de pronto me tiene
inquieto. Desde aquel día que tú y yo estuvimos a punto de machacarnos
las liendres, no sabes cómo se ha puesto esa muñeca. Está loca,
rematadamente loca, y anoche tuve que encerrarla, porque quería salir.
—¿Salir?
—A buscarte; y se nos escapará, porque la niña es sutil. Por eso quiero
estar seguro de ti. Querido Aristogitón, si tú no me ayudas, todo se
pierde. No puedes tener idea de cómo está esa criatura. En mi casa no
se oyen más que suspiros, y con las lágrimas que unos ojitos negros han
derramado estos días se podía haber hecho otro estanque del Retiro.
Sorprendila ayer desenvainando el puñal que conserva como recuerdo de
su padre. ¡Ay, qué susto! Te aseguro que si no llego a tiempo, tenemos
en casa una degollina, un suicidio, una de esas gracias que mi sobrina
ha leído en las historias de griegos y romanos, y que ahora las novelas
sentimentales tratan de poner en moda. ¿Has leído el _Werther_? Es un
Dido macho que se mata por amor.
Salvador estaba pálido y no acertaba a decir nada.
—Por esta causa he querido prevenirte, asegurarme de tu formal
renuncia, que espero cumplirás con honradez. Es posible que recibas
alguna esquelita, aunque la hemos privado de tinta y papel; es también
muy probable que la mariposa tienda sus alas y se eche a volar
poéticamente por las calles de Madrid, y te busque y te encuentre...
Veo que suspiras... mira, no vengas tú también con suspiros. En una
mujer pase, pero un hombre es un hombre, Salvador, y sobre todo, un
hombre que tiene a su padre en la cárcel a punto de ser ahorcado,
debe tener corazón de bronce, portarse caballerosamente y cumplir su
palabra.
—Yo la cumpliré —murmuró Salvador.
—Bueno, señor _Caballero Kadossch_. ¿Repites las ofertas que hace poco
me has hecho?
—Las repito.
¿Acabaste para mi sobrina? —preguntó Cicerón en un tono que indicaba la
idea de las resoluciones categóricas.
—Acabé —respondió Salvador en el propio tono del suicida que dice adiós
a la vida.
—¿De modo que no harás caso de esquelitas, ni de recados, ni de visitas?
—No.
Se frotó los ojos con la mano derecha, cual si quisiera reducírselos a
polvo.
En aquel momento arrojaba su corazón al perro.