Durante gran parte del día, se ocupó Salvador en diversos asuntos que
no podía abandonar, por muy perturbado que su ánimo estuviese. Cuando
fue a su casa, mucho más temprano que de costumbre, Solita con toda la
inocencia de su alma le dijo estas palabras:
—Hermano, hoy sí que te ha soltado pronto tu novia.
Quedose la muchacha muda de asombro y terror al ver que su broma no era
recibida, como de costumbre, con simpatía y buen humor. El semblante de
su hermano indicaba una agitación extrema, y sus labios descoloridos
articulaban sílabas silenciosas.
—Déjame en paz —le dijo con bruscos modos—. No seas impertinente.
Solita temblaba como un criminal arrepentido. Su impertinencia se
le representaba en la imaginación cual horrendo delito. Después de
meditar breve rato, creyó que el mejor medio para lavar su falta, era
pronunciar algunas palabras que destruyeran el deplorable efecto de las
anteriores.
—¿Te pasa algo? —preguntó con mucho interés—. ¿Estás enfermo?
Monsalud alzó la cabeza, mostrando a los atónitos ojos de Solita los
suyos llenos de extraño fuego.
—No me pasa nada. Ya hace media hora que estás plantada en la puerta
—dijo el hermano en tono durísimo—. ¿Me dejarás al fin en paz? Sola,
Sola, ¿por qué eres tan pesada?
Esta reprensión era demasiado fuerte para el alma asustadiza de la hija
del señor Gil. Sintió una congoja que le desgarraba el corazón, y casi
casi estuvo dispuesta a arrojarse de rodillas delante de su hermano,
pidiéndole que la perdonase. Pero el temor de enojarle más la contuvo.
Tal era su sobresalto, que hasta temía molestarle con el ruido de sus
pasos al retirarse. Hubiera deseado poder huir sin moverse, sin correr,
sin andar, desapareciendo como sombra, o apagándose como una luz.
—Te he dicho que no necesito nada —repitió Salvador deteniéndose ante
ella, después de dar varios pasos por la habitación.
Un instante después Monsalud se hallaba solo consigo mismo. Midió la
pieza de largo a largo varias veces con agitado paseo; sentose luego, y
apoyando los codos en la mesa, puso la cabeza entre las manos, como si
necesitara aquella de estos dos puntales para no caerse del busto. Al
cabo de un rato de dolorosa meditación sobre su desaire, la voluntad,
o mejor dicho, la misteriosa fuerza reparadora que en el orden físico
poseemos, empezó a trabajar dentro de él. Trataba de consolarse,
imaginando razones positivistas que atenuaran el desconsuelo total de
su alma, curando además la profunda herida abierta en su amor propio.
Pero en estos casos de sensibilidad hondamente excitada, las razones
positivistas, por ingeniosas que sean y aunque emanen de la dialéctica
más segura, son como los medicamentos que el criterio vulgar llama
paños calientes, que o no hacen nada o exacerban el mal.
El dolorido razonaba admirablemente, y mientras mejor razonaba,
argumentando contra su propio dolor, más crecía este, con más fuerza
hincaba su agudo diente, más avivaba sus inextinguibles ascuas. Una
lógica incontrovertible demostraba que habría sido gran error contraer
matrimonio con Andrea: en el carácter de la americana había un germen
maléfico cuyas consecuencias érale fácil prever a la razón fría. Pero
armas tan sutiles no eran poderosas contra la sensibilidad inflamada.
Calmada esta, consideraba Monsalud con elevación el mal que padecía,
generalizando sus desgracias y sometiendo todas las ocurrencias
desdichadas de su vida a una ley fatal, que presidía sus tristes
destinos, como las estrellas de la antigua nigromancia.
—Otra equivocación —decía—, otra caída, otro desengaño. Todo aquello en
que pongo los ojos se vuelve negro. Si mi corazón se apasiona por algo,
persona o idea, la persona se corrompe y la idea se envilece. Conspiro
y todo sale mal. Deseo la guerra y hay paz. Deseo la paz y hay guerra.
Trabajo por la libertad y mis manos contribuyen a modelar este horrible
monstruo. Quiero ser como los demás y no puedo. En todas partes soy una
excepción. Otros viven y son amados; yo no vivo ni soy amado, ni hallo
fuente alguna donde saciar la sed que me devora. ¿Amigos? Ninguno
me satisface. ¿Artes? Las siento en mí; pero no tengo educación para
practicarlas. ¿Amor? Siempre que me acerco a él y lo toco, me quemo.
¿Religión? Los volterianos me la han quitado sin ponerme en su lugar
más que ideas vagas... Dios mío, ¿por qué estoy yo tan lleno, y todo
tan vacío en derredor de mí? ¿En dónde arrojaré este gran peso que
llevo encima y dentro de mi alma? Voy tocando a todas las puertas, y
en todas me dicen: «Aquí no es, hermano; siga usted adelante.» Voy
siempre adelante. Algún ser existe, sin duda, que está sentado junto
a su casa, esperándome con ansiedad; pero yo paso y vuelvo a pasar,
subo y bajo, entro y salgo con mi carga a cuestas, y no doy jamás con
la puerta de mi semejante. Voy aburrido y desesperado; ando sin cesar.
«¿Será aquel?», me pregunto. Creo haber acertado, y una brutal mano me
lanza al camino diciendo: «Sigue adelante, que aquí no es...» «Aquí
no es, aquí no es, aquí no es.» En toda mi vida no oiré sino estas
desesperantes palabras. «Aquí no es», me dijo Jenara. «Aquí no es», me
dijo el partido jurado. «Aquí no es», me dijo la emigración. «Aquí no
es», me dijo la patria. «Aquí no es», me dijeron las logias del año 19.
«Aquí no es», me han dicho los liberales de ahora. «Aquí no es», me
acaba de decir Andrea. No es en ninguna parte, y yo moriré de cansancio
y fastidio en medio del camino. ¡Maldita sea la hora en que nací! Hijo
soy del crimen, y la expiación de él tomó carne y vida en mi persona
miserable... ¿Por qué soy tan distinto de los demás, que en ninguna
parte encajo? ¿Por qué ningún hueco social cuadra a mi forma? Mejor es
desbaratarse y morir, ¡Dios mío!, que estar siempre de más...
Al concluir esta serie de razonamientos que brotaban en su cerebro como
chispas de un hierro candente herido en la fragua por el martillo, dio
repetidos golpes con la frente en la dura tabla de la mesa.
¡Pobre hombre! La verdad es que teniendo los medios vulgares para
ser feliz, no podía serlo, sin duda por repugnar a su naturaleza
los vulgares medios. Pero se equivocaba al echar la culpa de sus
contrariedades al destino, a las estrellas, a una crueldad sistemática
de la Providencia, como es frecuente en los que razonan poco: las
causas de su constante desaliento y de sus caídas teníalas dentro de
sí mismo, y se atormentaba constantemente, en virtud de una poderosa
fuerza crítica, compañera de todos sus actos. Sin quererlo, su mente le
presentaba con claridad suma todas las abominaciones y fealdades de los
hombres y de la vida, exagerándolas quizás, pero sin perder ninguna.
Por eso cuando el natural orden de compensaciones que preside a la
existencia le conducía a una situación lisonjera y optimista, el amor,
por ejemplo, se abrazaba a ella con la desesperación del náufrago;
y despertando todas las fuerzas de su ser, las dirigía al caro
objeto; se apasionaba y exaltaba tanto, como si toda la vida debiera
condensarse en una semana, y el universo entero en las sensaciones
y los espectáculos de un día. Cuando el desengaño llegaba, natural
invierno que con orden incontrovertible sigue al verano de la pasión
y del entusiasmo, le sorprendía a tanta altura que sus caídas eran
desastrosas. Otros caen de una silla y apenas se hacen daño. Él, que
siempre se encaramaba a las más altas torres, quedaba como muerto.
Otra causa le hacía infeliz: la desproporción inmensa entre sus
condiciones sociales o de nacimiento, y la superioridad ingénita de su
inteligencia y de su fantasía. La fantasía le incitaba a todas horas
con vivaces estímulos: era como un aguijón constante que intentara
hacer correr a quien carece de pies. Considerad una inspiración
ardiente sin medios de manifestarse, semejante a la curiosidad óptica
del ciego; una inspiración que daba el fuego sin combustible, el agua
sin vaso, la idea sin la palabra, sin la línea, sin la nota; considerad
un alto ingenio que no sabe más que leer y escribir en una época en
que el arte tiene que ser letrado, porque han desaparecido los bardos
y los trovadores de camino, y comprenderéis cómo pesa sobre un alma la
fantasía cuando la falta de educación la ha privado de sus sentidos
propios. Es verbo inencarnado que lucha en las tinieblas con horrendo
torbellino, queriendo ser forma y sin satisfacer jamás su anhelo
doloroso.
Salvador tenía pasión por la música. Al establecerse en Madrid el año
18, creía en su candor (pues su alma era en el fondo excesivamente
candorosa) que aquel arte estaba al alcance de todo el mundo. Ignoraba
las inmensas dificultades técnicas, jamás vencidas después de la
infancia, que caracterizan el arte más amable y más profundamente
patético en la vaguedad soñadora de su expresión. Con estas ideas,
Monsalud compró un piano. Creía que en el clave todo es, como
vulgarmente se dice, coser y cantar. El desengaño vino al instante,
y el pobre joven se encorvaba con desesperación sobre el ingrato
instrumento, y sus dedos de hierro herían las teclas sin poder hacerles
hablar más que un lenguaje discorde y estrepitoso. Al mismo tiempo
trataba de explorar el mundo de aritmética y de armonía comprendido
en las cinco rayas de la cábala musical, y su mente caía rendida
ante un trabajo que exige paciencia sin fin y árida práctica. Un día
le sobrevino un arranque de ira durante los estudios musicales, que
asemejaban su casa a un conservatorio de locos, y tomando un martillo,
dijo a las teclas:
—¿No queréis responderme? Pues tocad ahora.
Y las despedazó. La caja no tuvo mejor suerte, y una vez vacía, la
llenó de legajos. El clave sufrió la suerte de los hombres que a cierta
edad se vacían de ilusiones y se llenan de positivismo.
La poesía escrita le cautivaba sobremanera. También se le antojó ser
poeta escrito, lo cual es muy distinto de poeta sentido; pero tropezó
con el inconveniente de no saber de nada, grave contrariedad que
estorba mucho, aunque no tanto como al músico la ignorancia técnica de
su arte. El poeta puede salir de su atolladero con libros, y en aquel
tiempo, aunque pocos, había libros. Lo que principalmente faltaba era
espíritu literario, que es la atmósfera del artista; faltaban público
y amigos tocados de la misma debilidad versificante, porque cuanto
respiraba, respiraba entonces con los pulmones de la política. Salvador
creyó, sin embargo, que en sí mismo encontraría todo lo necesario, es
decir, poeta, espíritu poético, público y hasta el aplauso, que también
es musa. Compró libros, empezó a desflorar aquí y allí; pero, ¡ay!, a
las primeras tentativas vio que le faltaba una musa imprescindible,
una musa sin cuya condescendencia no es posible hacer absolutamente
nada: le faltaba tiempo. No sabemos lo que habrían hecho Homero y el
Dante con su inmensa inspiración, si no hubieran podido consagrar a
los versos ni aun medio minuto; si hubieran tenido que ganarse la vida
trabajando dieciséis horas en áridas cuentas y fatigosos menesteres; si
la obligación sagrada de mantener a su madre les hubiera quitado toda
ocasión de renunciar al trabajo lucrativo para emprender la gloriosa,
agitada y vagabunda vida de la imaginación.
Un día Salvador se sintió muy malhumorado. Cogió los poetas, y
acordándose de Felipe II, les trató como a herejes.
Aún le quedaba un respiradero, un escape, una vía libre, aunque muy
estrecha para salirse a sí mismo y quebrantar la ley de concentración y
encierro que le estaba emparedando el alma, digámoslo así; le quedaba
el periodismo, y entonces había una prensa no despreciable, donde la
juventud podía hacer sus juegos. _El Espectador_ y _El Universal_, que
hoy nos hacen reír, eran órganos hasta cierto punto afinados y sonoros.
Salvador no dejó de hacer la prueba; pero bien pronto aquel displicente
espíritu crítico de que antes hablamos le hizo aborrecibles las
redacciones, como le hizo aborrecibles más tarde las logias, los clubs
y la política.
De repente descendió para él de ignorado cielo la hermosa figura de
Andrea. Entonces las artes todas, que antes no habían tenido nota ni
palabra, se realizaron. Andrea era la música, la poesía, la pintura,
la estatuaria, hasta la arquitectura y la danza; era también, si se
quiere, el periodismo, la gran política, la vida toda, en fin. El arte
tiene distintos caminos para satisfacer el alma: unas veces va por el
camino de los lienzos y de las notas; otras por los derrumbaderos de
la pasión entre tormentos y goces infinitos. Como quien lo tiene todo,
como quien recoge a manos llenas abundantes frutos y flores en todas
las ramas del gran árbol del espíritu, Salvador estaba satisfecho: las
teclas habían respondido, y sin notas ni versos, poesía y música habían
saciado su sediento afán.
Corrieron días felices. Él, sin embargo, se proporcionaba el placer
de atormentarse pensando en la probabilidad de perder a su amada;
y su cavilación, despertando otros recuerdos y estableciendo los
términos sistemáticos de su desgracia, llegó a darle la seguridad
completa de un conflicto. El alma se defendía rabiosamente contra
aquella alevosa guerra de distingos y sutilezas. Por adorar, hasta
adoraba los defectos de Andrea, mejor dicho, veía en ellos gracias
nuevas y donaires desconocidos, por cuyo motivo, en el momento de la
catástrofe, le hemos visto rechazando las razones positivistas con
que el pérfido _intellectus_ trataba de arrancarle su hermoso sueño.
Andrea era para él la totalidad de las satisfacciones humanas y el
ideal de la vida. La amaba en globo, con sus defectos, conociéndolos y
aceptándolos como se aceptan sin la más leve protesta de los ojos las
manchas del sol. Ni por un momento pensó en apartarse de ella por causa
de tales lunares, accidentes encantadores que se confundían con las
perfecciones, sin que el ciego amor pudiera decir dónde acababa Dios
y empezaba Satán. El egoísmo estupendo del amor ahogaba entonces en
Monsalud la potencia crítica que en él hemos reconocido. Para que uno y
otro se separaran, era preciso, pues, que mediase una gran violencia o
una traición de ella. Esta vino, como hemos visto, y el pobre hombre,
dolorido y desesperado por la conmoción de la caída, meditaba en la
noche que siguió al día del desengaño, buscando una especie de recreo
en su propia pena, y golpeaba en la tabla del bufete con su cabeza,
cual si esta fuera un caldero lleno de absurdos, que merecía ser roto y
desocupado.
Entre tanto, Solita, llena de consternación por lo que había visto y
oído, se retiró. No se apartaba de su mente la idea de que Salvador
sufría algún mal muy grande. ¿Cómo consolarle, cómo aliviarle al menos?
Por último, cavilando durante largo rato, sus ideas variaron.
—Ya adivino lo que es —dijo—. Salvador está triste y enojado porque
tiene malas noticias de la causa de mi padre.
Al instante corrió en busca de doña Fermina. Manifestole lo que había
pasado, y las dos deliberaron si debían esperar a que él revelase la
causa de su malestar o interpelarle desde luego sin miedo.
—Esperemos —dijo la madre—. Si da en callar, no le sacaremos una
palabra.
No había concluido de decirlo, cuando sintieron la voz de Monsalud.
—¡Madre, madre... Soledad!
Corrieron allá.
—Madre... Soledad... —repitió Salvador viéndolas entrar—. Aquí no
tiene uno quien le acompañe... le dejan a uno morirse de tristeza. Ni
siquiera vienen a preguntar si se me ofrece algo.
El semblante del joven expresaba una reacción viva en sentido
consolador. En lo más extremado de su pena, sintió que esta se
agrandaba con el aislamiento, y un poderoso instinto de restauración le
impulsaba a rodearse de personas queridas.
—¡Hijo, si estamos aquí!... Sola me ha dicho que la has despedido con
dos piedras en la mano —dijo doña Fermina.
—Ha sido una broma —indicó Monsalud, sintiendo remordimiento por haber
tratado mal a su protegida—. Solilla, siéntate aquí y trabaja en mi
cuarto. Necesito que me acompañes.
—¿Tienes que decirnos algo desfavorable del pobre don Urbano?
—Nada, nada; todo lo contrario. Espero sacarle pronto de la cárcel. Hoy
precisamente han variado las cosas.
Solita miró con expresión de incredulidad a su hermano.
—¿No lo crees?... Pronto verás que no te engaño... Una circunstancia
imprevista lo arreglará todo. ¿Estás enfadada conmigo porque te llamé
impertinente?
—¡Qué tonto eres! —respondió la de Gil de la Cuadra toda ruborosa
y turbada—. Nada de lo que tú hagas o digas me puede enfadar. ¿Qué
importa una palabra de más o de menos? Bien sé que eres muy bueno para
mí.
—Gracias, hijita. Haces bien en tener esa confianza en el hombre que va
a ser...
—¿Qué?
—Padrino de tus muñecos. Tengo ganas de ser padrino de algo. Sin
embargo, más vale que no sea yo padrino de ellos.
—¿Por qué?
—Porque se morirían.
—¿Pero es verdad que no nos engañas? ¿Hay esperanzas de que el señor
don Urbano?... —volvió a preguntar doña Fermina.
—Sí, empiezo a creer que lograré mi objeto. ¡De qué caminos tan
extraños se vale la Providencia!
—¿Pero es cierto, es verdad lo que dices? — exclamó Sola derramando
lágrimas de ternura—. ¡Mi padre libre!
—El corazón —dijo doña Fermina— me ha estado diciendo todo el día que
se nos preparaba un acontecimiento feliz.
—¡Y yo —añadió Solita con emoción profunda— también he tenido hoy unas
corazonadas!... Anoche soñé que me asomaba al balcón y que veía a mi
padre entrando en la calle. El pobrecito me saludaba con la mano,
dándose tanta prisa a entrar y subir la escalera, que tropezaba a cada
momento.
—Es particular —dijo la madre—. Yo también soñé anoche una cosa
parecida.
—Es particular —dijo Monsalud—. Sin duda es esta la casa del sueño.
Hace poco me quedé aletargado y soñé...
—¿Que mi padre estaba libre?
—Sí; pero mira de qué modo tan extraño: Yo me dirigía por la calle de
la Cabeza a la cárcel de la Corona. Llegué a la puerta y me salió al
encuentro, ¿quién creerás que me salió al encuentro?
—¿Un centinela?
—¿Un carcelero?
—Un perro.
—Lo mismo da.
—Un perro, no de tres cabezas, como el del infierno, sino de una sola;
pero tan horrible, que su vista me hacía temblar de sobresalto y pavor.
Sus ojos despedían fuego, y su espantosa boca, llena de cuajarones
de sangre, se abría hasta las orejas dejando ver feroces dientes
agudísimos y una lengua que vibraba como hoja de metal. Era la bestia
más repugnante y fea que imaginarse puede. Pero lo más raro era que
aquel horrendo animal hablaba.
—¿Hablaba?...
—Yo le dije que iba a buscar a un infeliz encerrado en la cárcel. El
perro fijó en mí sus ojos de fuego, cuya claridad me llegaba al alma,
estremeciéndome todo.
Las dos mujeres se estremecían también, y los ojos de Solita no estaban
menos espantados que si tuvieran enfrente al temible can.
—El perro dio un gruñido —continuó Monsalud—, y con su voz, que
resonaba como si saliera de honda caverna, me dijo: «Está bien, amigo
mío...»
—¡Amigo mío!... Pues no dejaba de ser cortés.
—Está bien, amigo mío —me dijo—; puedes llevarte al preso, con una
condición. Ya sabes que yo me alimento de corazones. Dame el tuyo, y
hemos concluido...
—¿Y se lo diste?... pero hombre... pero hijo... —gritó doña Fermina con
impaciencia.
—Me clavé las uñas en el pecho, apreté fuertemente, metí la mano....
—¡Jesús! —exclamó Solita apartando el rostro.
—Metí la mano, me saqué el corazón y se lo arrojé a la bestia, que con
su feroz boca lo cogió en el aire. Entré, y cuando salía, sacando al
señor Gil, vi que el perro mascullaba el pedazo de carne, saciándose en
él. ¡Ay, cuánto me dolía!