La logia era un salón cuadrangular, muy mal alumbrado y peor ventilado,
de techo plano y no muy alto, de paredes sucias y más parecido a cuadra
o almacén que a templo de una religión que dicen tenía entonces en
todo el mundo ocho o diez mil logias. En los cuatro testeros, otras
tantas palabras de doradas letras indicaban los puntos cardinales,
correspondiendo el _Oriente_ a la presidencia, presbiterio, _sancta
sanctorum_, altar mayor o como quiera llamársele, a cuyo sitio, más
elevado que el resto del local, se subía por tres escalones. Para que
todo se pareciera a un recinto religioso serio, había un doselete de
terciopelo, en cuyo centro resplandecía un triangulillo, al cual, para
hablar con la menor claridad posible, llamaban ellos _Delta_. Dentro de
él se veían unos garabatos que indicaban el nombre de Dios puesto en
hebreo, también para mayor claridad; pero ya es sabido que ningún signo
masónico ha de estar al alcance de los tontos. Lo que sí se entendía
perfectamente era el sol y la luna, dos caricaturas de aquellos astros
pintadas a derecha e izquierda del Delta, o como si dijéramos, al lado
del evangelio y al de la epístola.
En igual disposición respecto al presidente estaban los sitios del
hermano orador y del secretario. Cierto es que las mesillas de que
se servían fueran más útiles teniendo la forma cuadrada; mas era
indispensable no abandonar el triangulillo siempre que se pudiera,
y por esto las mesas eran de tres picos. También tenían un poco más
abajo bufetes tripicos el tesorero y el hospitalario. En el remoto
_occidente_, es decir, junto a la puerta, se elevaban dos columnas
rematando en granadas entreabiertas. Una columna tenía la J. y otra la
B., letras que al parecer querían decir Juan Bautista, pues también al
precursor del Mesías le metieron de cabeza en la heterogénea liturgia
masónica, donde los misterios egipcios y mil desabridas fábulas se
mezclan gárrulamente con el mosaísmo, el paganismo, la religión
cristiana, la revolución inglesa y la filosofía del siglo de Federico.
Junto a las columnas se repetían las mesillas triangulares, una para
el primer vigilante y otra para el segundo.
El techo no carecía de interés. Por encima del doselete destinado
a guarecer la calva del presidente, asomaban unas listas doradas
representando los rayos del sol con dudosa fidelidad. En el friso había
varios garabatos, obra de indocto pincel, a los cuales se atribuían
intenciones de querer expresar los signos del zodiaco; y por debajo de
ellos corría, también pintada, una soga, símbolo de unión y fuerza. La
estrella pitagórica andaba también de paseo por aquellos altos cielos,
testimonio de grandeza del supremo _Demiurgos_ (Dios), y en su centro
llevaba la letra G., significando _gnos_, palabreja que hasta los niños
entienden, sin necesidad de aprender, que significa _generación_.
Completaban el sublime ajuar cuatro candelabros con sendas _estrellas_
que en el mundo ordinario llamamos velas, y, por último, la consabida
batería de trastos, espada ondulante, compás, escuadra y el ejemplar
de los estatutos. No había ventanas, ni más puertas que la de entrada,
porque era de rito el ahogarse.
El _Venerable_ o presidente era un hombre como de sesenta años,
de agradable y aun hermosa presencia, fisonomía simpática,
sonrisa esculpida, más bien de cortesía que de burla. En todo él
había marcadísima expresión de contento de la vida, un singular
convencimiento de que el mundo era bueno, y si se quiere, de que el
_Arte-Real_ era óptimo. Vestía con elegancia, y los atributos y arreos
de la masonería, que no tienen comúnmente nada de airosos, le sentaban
a maravilla. Había en su bizarra apostura corpulenta cierto aire de
obispo, y también algo de hombre de mundo, sin que pudiera adivinarse
cómo se verificaba la síntesis de estos dos términos tan diversos.
Aquel personaje, que a pesar de su indudable influjo en los sucesos
de su época, ha escapado, por extraño fenómeno, a las fiscalizaciones
entrometidas de la Historia, se llamaba don José Campos. Este era su
verdadero nombre, y no anagrama impuesto por el novelador para tapar
una celebridad; mas no lo busquéis en la Historia, como no sea en
algún olvidado y oscuro libro de masones; buscadlo en la _Guía de
forasteros_, porque era director general de Correos.
A pesar de la poca resonancia de su nombre, y de no estar asociado
este a ningún mérito político ni oratorio, ni menos a batallas o
sediciones, es indudable que el portador de él fue uno de los hombres
más importantes del célebre trienio. A él se debió la organización de
la masonería en aquel pie de ejército poderoso. Lo que no se comprende
fácilmente es la razón de su modestia. Campos no quiso nunca salir
de la dirección de Correos, aunque su familiaridad con ministros,
generales y consejeros, le ponía en la mejor situación del mundo para
satisfacer su vanidad si la hubiera tenido. De las más verosímiles
tradiciones masónicas se desprende que el _Venerable_ en cuestión era
de los que se agachan para dejar pasar las turbonadas y los pedriscos,
conservando siempre el mismo sitio y no dejándose arrastrar por la
furia de las pasiones, con lo cual si aparentemente adelantan poco,
en realidad salen siempre ganando, y no están sujetos a las caídas y
vaivenes de la gente muy visible y talluda. Más hábil vividor no le
conocieron los pasados ni conocerán los venideros siglos.
Los anales masónicos están conformes con asegurar que Campos tenía en
las logias el nombre de _Cicerón_.
Tomaron todos asiento, siendo de notar que algunos tenían mandil y
banda, y otros no. Hubo no pocos pasos de baile francés, tocamientos y
signos que no describiremos por ser demasiado conocidos. La patriarcal
fisonomía y espesa cabellera blanca de Canencia se destacaban al
lado de la epístola, y al verle tan circunspecto y hasta con cierta
expresión beatífica, se creería que los templos elevados a la gloria
del Gran Arquitecto _Iod_ también tenían sus santos. El Venerable,
usando las fórmulas rituales, mandó al primer vigilante que _se
asegurase si el templo estaba a cubierto_, y el primer vigilante,
después de hacer la pantomima de salir y volver a entrar, declaró que
no _llovía_, es decir, que el templo estaba libre de entrometidos y que
podían empezar los trabajos. Un martillazo presidencial abrió estos en
el grado convenido.
El _Maestro de ceremonias_, que era uno de los oficiales dignatarios,
recorrió los asientos presentando el _saco_ de las proposiciones.
Algunos masones depositaron un papelillo como los que se usan en las
rifas domésticas. El Venerable extrajo todas las proposiciones, y
escogiendo la que le pareció más grave, leyó lo siguiente:
«_Proposición de Aristogitón. — G.·. 18: Salvador Monsalud._ — Pido
a este Grande Oriente de Madrid se sirva declarar que reprueba
las prisiones ordenadas por el gobierno con motivo de inofensivas
conspiraciones absolutistas, y que se apresure a interponer su
mediación benéfica para que don Matías Vinuesa y los demás infelices
encarcelados por causa del ridículo plan descubierto el 21 de enero,
se libren no solo de ejecución capital, sino del largo cautiverio a
que los condenará la pasión política.»
Cuando el Venerable concluyó de leer, rumores de desaprobación sonaron
en la logia; pero el martillo del Venerable impuso silencio, y algunos
instantes después, Aristogitón se expresaba en estos términos:
—He presentado esa proposición por pura fórmula y para cumplir con
los Estatutos del Orden, que disponen sean tratados todos los asuntos
en sesión reglamentaria, y no en conciliábulos reservados entre dos o
tres hermanos bullidores que arreglan el mundo y la nación para su uso
particular.
Nuevos rumores interrumpieron al orador, y Cicerón, después de
acallarlos a golpes, recomendó a todos moderación.
—Temprano empiezan las interrupciones —prosiguió el masón del gr.·.
18—, y lo siento, no por mí, que estoy dispuesto a decir todo lo que
sea preciso, sino por mis queridos hermanos, que van a perder la
paciencia y la voz, si continúan haciéndome coro hasta el fin de mi
discurso... Decía que desconfío de que mi proposición tenga éxito aquí,
a pesar de ser la expresión más leal y clara del espíritu y de las
prácticas constantes de este respetable Orden en todos los países del
mundo; y no tendrá éxito, porque este Gran Oriente y los individuos que
en diversos grados dependen de él, han olvidado completamente los fines
benéficos, desinteresados y filantrópicos de tan antiguo instituto,
para desvirtuarlo y corromperlo, haciéndole instrumento de intereses
políticos y de la codicia...
El martillo del Venerable, interpretando el descontento de la asamblea,
advirtió al orador que hablaba con la pasión y vivacidad propias de un
Congreso. Cicerón rogó en breves palabras al orador tuviese presente
que aquello era un templo y no un club.
—Hermano Venerable —indicó Aristogitón—: si la condición de templo
impide a este local oír la verdad, me callaré. Cuantos me escuchan
saben ya por su conciencia lo que yo estoy diciendo. ¿Por qué no me
lo han de oír a mí, si ya lo saben, y no les digo nada nuevo?...
Continuaré, pues, procurando ser breve y herir lo menos posible la
susceptibilidad de mis hermanos, a quienes ofende más lo dicho que lo
sentido; más las palabras que los hechos... Al proponer al Oriente
que temple en lo posible el ardor de las luchas políticas, he querido
protestar contra la tendencia a fomentarlas y exacerbarlas. El
instituto masónico debe ser extraño a la política, debe ser puramente
humanitario, debe proteger a los desvalidos sin pedirles cuenta de sus
ideas, y aun sin conocer sus nombres. Está fundado en la abnegación
y en la filantropía. Lo dicen así su historia, sus antecedentes, sus
símbolos, que o no representan nada, o representan una asociación de
caridad y protección mutua. Lejos de practicarse estos principios en
España, el Orden se ha olvidado de los menesterosos, constituyéndose en
agencia clandestina de ambiciones locas, en correduría de destinos y
en...
Protestas, amenazas, y tal cual palabreja puramente española, que no
fue conocida de Salomón ni de Hiram-Abí, ahogaron la voz del orador. El
tumulto fue tan grande como cuando en el templo de Salomón se dispuso
que la multitud prorrumpiese en gritos para que la palabra Jehová,
pronunciada por el Gran Maestro, no llegase a oídos profanos. Del mismo
modo los martillazos de Campos-Cicerón no llegaban a profanas orejas.
Por último, entre Canencia y el Venerable lograron restablecer el orden.
—Esto no se puede tolerar —gritó un compañero—. Si el hermano
Aristogitón quiere abogar por los absolutistas, que tanto nos han
perseguido; si es absolutista él mismo, dígalo de una vez, sin
necesidad de insultarnos, ni de manchar tan audazmente la honra
inmaculada de esta santa Sociedad.
—Hermano Arístides, o mejor Pipaón, pues no puedo acostumbrarme a
prescindir de los nombres verdaderos —dijo Salvador, sin perder ni un
instante su serenidad—: tú que has cantado en todos los corrales y
has venido aquí mandado por los absolutistas, para referirles lo que
hacemos, debes callar para no exponerte a que se descubra bajo la piel
de ese ridículo celo, la verdadera oreja asnal de tu conciencia negra.
—Que se _burilen_, que se escriban ahora mismo esos insultos —gritó
Pipaón fuera de sí—. Hermano Venerable, pido que el Oriente formule
ahora mismo el acta de acusación contra el hermano Aristogitón, y que
pase a la Cámara de Justicia.
—¿Para qué se ha de escribir lo que he dicho? —añadió Monsalud—. Mejor
es que lo repita, y lo repetiré cuantas veces queráis.
—¡Orden, orden!
Cicerón rompía la mesa a martillazos.
—¡Fuera, fuera!
—Hermanos queridos —dijo el Venerable haciendo un esfuerzo para que su
sonora voz fuese oída—. Tengamos calma. Ruego al orador tenga presente
que estamos en un templo, en el santo templo abierto a las luces,
a la honradez pura, a la filosofía pura, a los nobles sentimientos
filantrópicos de la humanidad toda, sin distinción de clases, iglesias,
castas ni estados...
—¡Bien, muy bien!
—Pues digo al orador que estamos en un templo y no en un Congreso, y
menos en un club.
—¡Muy bien!
—Hecha esta advertencia, y rogando a los hermanos de las columnas
septentrional y meridional que se calmen y tengan prudencia, oigamos
a nuestro hermano; que después el Oriente tomará las medidas que crea
necesarias. Adelante, hermano Aristogitón.
—Es el colmo de la insolencia —gritó un hermano sin hacer caso del
martillo o cachiporra ciceroniana— que dentro se levante una voz a
defender al cura Vinuesa y a los demás conspiradores absolutistas.
—Yo no defiendo a los conspiradores —prosiguió el orador—. Lo que pido
al Oriente es protección para los que padecen, martirizados por una
populachería indigna que no sabe oponerse a las conspiraciones de la
corona sino insultando al rey; que no sabe sofocar las conspiraciones
realistas, porque perdona, tolera y agasaja a los hombres
verdaderamente temibles, mientras encarcela y atormenta y ahorca a
infelices clérigos y ancianos ineptos, incapaces de hacer cosa alguna
de provecho contra el régimen establecido. El populacho a cuyo servicio
se ha puesto este Orden, no ve los enemigos reales y poderosos que se
unen astutamente al pueblo y se meten aquí minando el terreno en que
la libertad, trata de fundar, sin poderlo conseguir, un edificio más o
menos perfecto. La pleble, mientras deja trabajar en silencio a los que
odian la libertad, se entretiene en dar tormento a la gente menuda.
»Señores masones, o señores liberales templados, que ahora todo viene
a ser lo mismo, sois como aquel emperador romano que se ocupaba en
cazar moscas, y mientras mortificaba a estos pobres insectos, no veía
a los pretorianos que se conjuraban para echarle del trono. Este era
Domiciano. Así sois vosotros. Yo quiero que variéis de conducta, y
principio por pedir que se deje en paz a las moscas... No conozco a
Vinuesa; pero sí a compañeros y amigos suyos, que comparten su suerte
en la cárcel de la Villa o de la Corona. He visto la feroz excitación
que existe en el pueblo contra ellos, y esta excitación, creada y
fomentada por este Orden, y más aún por la asamblea de los comuneros,
es una barbarie y al mismo tiempo una imprudencia política. El vil
populacho a quien instruís en el inicuo arte de hacerse justicia por
sí mismo, aprenderá al cabo, y una vez maestro, querrá dar todos
los días una prueba de esa atroz soberanía que le habéis enseñado.
Tengo la seguridad de que si el tribunal que va a juzgar a Vinuesa
se mostrase benigno, la canalla destrozaría a Vinuesa, al tribunal y
luego a vosotros, que habéis hecho creer a la bestia en la necesidad
de los sacrificios humanos. Mientras la corte juega con vosotros y os
lanza de desacierto en desacierto para desacreditaros, para que os
devoréis los unos a los otros, os entretenéis en menudencias ridículas,
os debilitáis en rivalidades indignas y aduláis las pasiones de la
canalla, que si hoy ladra libertad, ladrará mañana absolutismo. Todo
depende de la mano que arroje el pedazo de pan.
»Poniéndome, pues, en el terreno político, a pesar de creerlo
impropio de esta Sociedad; hablando el único lenguaje que entienden
aquí, declaro que la persecución de Vinuesa, y mucho más la sañuda
irritación del pueblo contra ese hombre infeliz, me parecen una
desgracia casi irreparable para la libertad, un mal gravísimo que
este Orden debe evitar a toda costa, principiando por propagar la
tolerancia, la benignidad, la cordura, y concluyendo por emplear toda
su influencia en pro de los procesados. Si no se hace así, esto que
llamamos templo merece que el mejor día entren en él cuatro soldados
y un cabo, y que después de entregar todos los trastos del rito a los
chicos de las calles para que jueguen, recojan a los hermanos todos
para llenar otras tantas jaulas en el Nuncio de Toledo.
Las últimas palabras del orador apenas fueron entendidas, a causa
del gran alboroto que se armó dentro del templo, que representaba la
grandeza y maravillosa arquitectura del mundo.
—¡Fuera, fuera!... Él mismo se ha desenmascarado, y ya sabemos lo que
quiere.
—A votar... que se vote la proposición en escrutinio secreto.
—Ahora mismo se va a redactar el acta de acusación.
—¡Fuera!
—¡El acta de acusación!...
—Pedimos que pierda en absoluto los derechos masónicos. Tanta
insolencia, esas brutales amenazas, la defensa de nuestros enemigos no
pueden quedar sin castigo...
Estas y otras frases pronunciadas en indescriptible tumulto, indicaban
la efervescencia que en el templo reinaba, y por largo rato Cicerón se
rompía las manos dando martillazos sin poder calmar las olas de aquel
mar embravecido. Al fin, auxiliado de Canencia y de otros, lograron
serenar un tanto los irritados ánimos, librando asimismo al insolente
orador de las manifestaciones un poco brutales que el grupo más
entusiasta, la columna del septentrión, si no estamos equivocados, se
dispuso a emplear contra él.
—Después de ver lo que veo, me preocupa poco que se vote o no lo que
he propuesto —dijo Salvador—. Y en cuanto al acta de acusación, no se
tomen mis hermanos el trabajo de redactarla, porque no es preciso que
me expulsen. Me expulsaré yo mismo, abandonando para siempre este Orden
inútil, enfermo, podrido, que si aún respira y habla como los vivos, ya
infesta como los cadáveres.
¡Escándalo inaudito! Aunque lo normal en las _tenidas_ era que se
discutiera con tranquilidad, cuando la congregación salomónica se
alborotaba parecía un club de los más fogosos. Unos rugían tan
cerca del atrevido Aristogitón, que fue necesario que interviniera
personalmente el Venerable para impedir cosas mayores entre hermanos,
olvidados de la santidad que infunde un mandil de cocinero. De las
columnas septentrionales partía el más atroz nublado de amenazas y
recriminaciones. Las columnas del mediodía estaban más tranquilas.
Indudablemente había allí no pocos compañeros que opinaban lo mismo
que el orador, hallando tan solo reprensible la forma violenta del
discurso.
—¡_Radiación, radiación_! —gritaron algunos—. Sin alborotar se puede
imponer castigo al delincuente.
_Radiar_ significaba dar de baja.
—Que se le inscriba en el _Libro rojo_.
Era un librote donde se inscribían los hermanos _radiados_ por
sentencia masónica.
—Que se vote antes por _esferas_ esa absurda proposición.
_Esferas_ llamaban a las bolas.
—Queridos hermanos —repetía el Venerable con mansedumbre—. Estamos en
un templo, no en un club. Orden.
El orador se hubiera marchado de la logia sin esperar las resoluciones
del templo; pero un resto de consideración hacia los que aún le
llamaban hermano, detúvole allí. Vio que Canencia desde su tripódica
mesilla le hacía señas de reprobación y pesadumbre; vio que el
Venerable le miraba con expresión de lástima; oyó algunas palabras
rencorosas de tal cual hermano que no lejos de él tenía su asiento;
observó que muchos, mayormente los del mediodía, guardaban una actitud
reservada, como hombres demasiado prudentes que no se atreven a poner
su opinión frente a la opinión de la mayoría; vio después que votaban
su proposición, y por unanimidad la desechaban; pero lo que más
sorpresa le causó fue que en la sala de _Pasos perdidos_, concluida la
sesión, le dijera al oído algún hermano de los más callados bajo la
_bóveda del universo_:
—Hermano Aristogitón, yo pienso como usted en lo de dejar en paz a las
moscas y hacer puntería a los pajarracos; pero esto no se puede decir
aquí. Conviene seguir la corriente y no chocar con la mayoría. A donde
nos lleven iremos.
Y otro le dijo, también en secreto:
—Lo mismo que usted hubiera dicho yo, aunque en tono menos agresivo. No
conviene ensoberbecer al pueblo, ni adular sus instintos sanguinarios;
pero, amigo, la consigna de estos días es sacrificar algún absolutista
a la implacable furia populachera, y como no ha caído en nuestras
redes, ni caerá, ningún tiburón, fuerza es echar en la sartén los
pececillos de redoma. Vinuesa morirá.
Y un tercero le dijo, también en secreto:
—Le hubiera aplaudido a usted con toda mi alma; pero, amigo, estas
cosas se sienten y no se dicen. Ni vale la pena de que pierda uno
su destino y el pan de sus _lobatones_ (hijos) por una apreciación
política. Yo creo que esto se lo lleva la trampa. Estamos dentro de un
torbellino que nos arrastra, nos hace dar mil vueltas, nos marea, que
no para nunca, y nos llevará a donde quiera el gran _Demiurgos_. Creo
que hace usted mal en manifestar tan crudamente sus ideas. La masa
popular tiene ya a Vinuesa entre los dientes, y no seré yo el guapo que
pretenda quitárselo. Ese clérigo es bastante criminal, es un disoluto,
un perdido. ¿Por qué le defiende usted?
Y un cuarto le dijo, en secreto también:
—Siento mucho que le tengamos que _radiar_ a usted y apuntarlo en el
Libro rojo; pero no hay más remedio. No se puede tratar al Orden como
usted lo ha tratado... Por mi parte, acepto esa idea de no hacer caso
del bajo pueblo; pero ¿quién le pone el cascabel al gato? Soltamos los
mastines, y ahora tenemos que andar brincando y corriendo y huyéndoles
el bulto, para que no nos muerdan. Si he de hablarle a usted con
franqueza, creo que nada se pierde con quitar de en medio a los autores
de ese monstruoso plan; pero al mismo tiempo opino como usted que hay
otros peores, sí, señor; otros que trabajan en obra fina, y no digo
más... Dios nos tenga de su mano, Aristogitón, y lo que fuere sonará...
Allí veo a Argüelles, a Calatrava y a Feliú que acaban de entrar.
Esta noche hay _tenida de Maestros sublimes perfectos_... Parece que
en Palacio anda la cosa mal, y que las Cortes nuevas no serán muy
sumisas... Yo me voy, porque según me ha dicho Campos, debo perder la
esperanza de un ascenso, por ahora.
Y un quinto le dijo en voz alta:
—¡Buena la has hecho...! Yo que pensaba decirte que te empeñaras con
Campos para que me trasladasen a la vacante de la secretaría...
—El duque del Parque acaba de entrar —le dijo un sexto—. Hay _tenida
de Valientes y soberanos Príncipes_. Sentiré que te _radien_, hermano
Aristogitón. Aunque grité contra ti, y te llamé insolente y procaz,
no hagas caso. Somos amigos. Algo de lo que dijiste, me gusta;
principalmente el apóstrofe a Pipaón. Ese canalla va a ser presentado
esta noche en un grado superior. No hay quien pueda con él. ¿Creerás
que la plaza que estaba destinada para mí, la pescó Pipaón para su
criado?
Otros pasaban sin mirarle, o mirándole con provocativo enojo.
Mientras entraban diversos hermanos, que en el siglo respondían a los
nombres de Quintana, Argüelles, Valdés, San Miguel, etc., salieron
otros, entre los cuales también había nombres que después fueron
ilustres, pero que callamos por varias razones.
Quedose Monsalud en la sala de _Pasos perdidos_, esperando el resultado
de la _tenida de Maestros sublimes perfectos_.
La logia se iba a abrir en uno de los grados superiores.