VIII

La logia era un salón cuadrangular, muy mal alumbrado y peor ventilado,

de techo plano y no muy alto, de paredes sucias y más parecido a cuadra

o almacén que a templo de una religión que dicen tenía entonces en

todo el mundo ocho o diez mil logias. En los cuatro testeros, otras

tantas palabras de doradas letras indicaban los puntos cardinales,

correspondiendo el _Oriente_ a la presidencia, presbiterio, _sancta

sanctorum_, altar mayor o como quiera llamársele, a cuyo sitio, más

elevado que el resto del local, se subía por tres escalones. Para que

todo se pareciera a un recinto religioso serio, había un doselete de

terciopelo, en cuyo centro resplandecía un triangulillo, al cual, para

hablar con la menor claridad posible, llamaban ellos _Delta_. Dentro de

él se veían unos garabatos que indicaban el nombre de Dios puesto en

hebreo, también para mayor claridad; pero ya es sabido que ningún signo

masónico ha de estar al alcance de los tontos. Lo que sí se entendía

perfectamente era el sol y la luna, dos caricaturas de aquellos astros

pintadas a derecha e izquierda del Delta, o como si dijéramos, al lado

del evangelio y al de la epístola.

En igual disposición respecto al presidente estaban los sitios del

hermano orador y del secretario. Cierto es que las mesillas de que

se servían fueran más útiles teniendo la forma cuadrada; mas era

indispensable no abandonar el triangulillo siempre que se pudiera,

y por esto las mesas eran de tres picos. También tenían un poco más

abajo bufetes tripicos el tesorero y el hospitalario. En el remoto

_occidente_, es decir, junto a la puerta, se elevaban dos columnas

rematando en granadas entreabiertas. Una columna tenía la J. y otra la

B., letras que al parecer querían decir Juan Bautista, pues también al

precursor del Mesías le metieron de cabeza en la heterogénea liturgia

masónica, donde los misterios egipcios y mil desabridas fábulas se

mezclan gárrulamente con el mosaísmo, el paganismo, la religión

cristiana, la revolución inglesa y la filosofía del siglo de Federico.

Junto a las columnas se repetían las mesillas triangulares, una para

el primer vigilante y otra para el segundo.

El techo no carecía de interés. Por encima del doselete destinado

a guarecer la calva del presidente, asomaban unas listas doradas

representando los rayos del sol con dudosa fidelidad. En el friso había

varios garabatos, obra de indocto pincel, a los cuales se atribuían

intenciones de querer expresar los signos del zodiaco; y por debajo de

ellos corría, también pintada, una soga, símbolo de unión y fuerza. La

estrella pitagórica andaba también de paseo por aquellos altos cielos,

testimonio de grandeza del supremo _Demiurgos_ (Dios), y en su centro

llevaba la letra G., significando _gnos_, palabreja que hasta los niños

entienden, sin necesidad de aprender, que significa _generación_.

Completaban el sublime ajuar cuatro candelabros con sendas _estrellas_

que en el mundo ordinario llamamos velas, y, por último, la consabida

batería de trastos, espada ondulante, compás, escuadra y el ejemplar

de los estatutos. No había ventanas, ni más puertas que la de entrada,

porque era de rito el ahogarse.

El _Venerable_ o presidente era un hombre como de sesenta años,

de agradable y aun hermosa presencia, fisonomía simpática,

sonrisa esculpida, más bien de cortesía que de burla. En todo él

había marcadísima expresión de contento de la vida, un singular

convencimiento de que el mundo era bueno, y si se quiere, de que el

_Arte-Real_ era óptimo. Vestía con elegancia, y los atributos y arreos

de la masonería, que no tienen comúnmente nada de airosos, le sentaban

a maravilla. Había en su bizarra apostura corpulenta cierto aire de

obispo, y también algo de hombre de mundo, sin que pudiera adivinarse

cómo se verificaba la síntesis de estos dos términos tan diversos.

Aquel personaje, que a pesar de su indudable influjo en los sucesos

de su época, ha escapado, por extraño fenómeno, a las fiscalizaciones

entrometidas de la Historia, se llamaba don José Campos. Este era su

verdadero nombre, y no anagrama impuesto por el novelador para tapar

una celebridad; mas no lo busquéis en la Historia, como no sea en

algún olvidado y oscuro libro de masones; buscadlo en la _Guía de

forasteros_, porque era director general de Correos.

A pesar de la poca resonancia de su nombre, y de no estar asociado

este a ningún mérito político ni oratorio, ni menos a batallas o

sediciones, es indudable que el portador de él fue uno de los hombres

más importantes del célebre trienio. A él se debió la organización de

la masonería en aquel pie de ejército poderoso. Lo que no se comprende

fácilmente es la razón de su modestia. Campos no quiso nunca salir

de la dirección de Correos, aunque su familiaridad con ministros,

generales y consejeros, le ponía en la mejor situación del mundo para

satisfacer su vanidad si la hubiera tenido. De las más verosímiles

tradiciones masónicas se desprende que el _Venerable_ en cuestión era

de los que se agachan para dejar pasar las turbonadas y los pedriscos,

conservando siempre el mismo sitio y no dejándose arrastrar por la

furia de las pasiones, con lo cual si aparentemente adelantan poco,

en realidad salen siempre ganando, y no están sujetos a las caídas y

vaivenes de la gente muy visible y talluda. Más hábil vividor no le

conocieron los pasados ni conocerán los venideros siglos.

Los anales masónicos están conformes con asegurar que Campos tenía en

las logias el nombre de _Cicerón_.

Tomaron todos asiento, siendo de notar que algunos tenían mandil y

banda, y otros no. Hubo no pocos pasos de baile francés, tocamientos y

signos que no describiremos por ser demasiado conocidos. La patriarcal

fisonomía y espesa cabellera blanca de Canencia se destacaban al

lado de la epístola, y al verle tan circunspecto y hasta con cierta

expresión beatífica, se creería que los templos elevados a la gloria

del Gran Arquitecto _Iod_ también tenían sus santos. El Venerable,

usando las fórmulas rituales, mandó al primer vigilante que _se

asegurase si el templo estaba a cubierto_, y el primer vigilante,

después de hacer la pantomima de salir y volver a entrar, declaró que

no _llovía_, es decir, que el templo estaba libre de entrometidos y que

podían empezar los trabajos. Un martillazo presidencial abrió estos en

el grado convenido.

El _Maestro de ceremonias_, que era uno de los oficiales dignatarios,

recorrió los asientos presentando el _saco_ de las proposiciones.

Algunos masones depositaron un papelillo como los que se usan en las

rifas domésticas. El Venerable extrajo todas las proposiciones, y

escogiendo la que le pareció más grave, leyó lo siguiente:

«_Proposición de Aristogitón. — G.·. 18: Salvador Monsalud._ — Pido

a este Grande Oriente de Madrid se sirva declarar que reprueba

las prisiones ordenadas por el gobierno con motivo de inofensivas

conspiraciones absolutistas, y que se apresure a interponer su

mediación benéfica para que don Matías Vinuesa y los demás infelices

encarcelados por causa del ridículo plan descubierto el 21 de enero,

se libren no solo de ejecución capital, sino del largo cautiverio a

que los condenará la pasión política.»

Cuando el Venerable concluyó de leer, rumores de desaprobación sonaron

en la logia; pero el martillo del Venerable impuso silencio, y algunos

instantes después, Aristogitón se expresaba en estos términos:

—He presentado esa proposición por pura fórmula y para cumplir con

los Estatutos del Orden, que disponen sean tratados todos los asuntos

en sesión reglamentaria, y no en conciliábulos reservados entre dos o

tres hermanos bullidores que arreglan el mundo y la nación para su uso

particular.

Nuevos rumores interrumpieron al orador, y Cicerón, después de

acallarlos a golpes, recomendó a todos moderación.

—Temprano empiezan las interrupciones —prosiguió el masón del gr.·.

18—, y lo siento, no por mí, que estoy dispuesto a decir todo lo que

sea preciso, sino por mis queridos hermanos, que van a perder la

paciencia y la voz, si continúan haciéndome coro hasta el fin de mi

discurso... Decía que desconfío de que mi proposición tenga éxito aquí,

a pesar de ser la expresión más leal y clara del espíritu y de las

prácticas constantes de este respetable Orden en todos los países del

mundo; y no tendrá éxito, porque este Gran Oriente y los individuos que

en diversos grados dependen de él, han olvidado completamente los fines

benéficos, desinteresados y filantrópicos de tan antiguo instituto,

para desvirtuarlo y corromperlo, haciéndole instrumento de intereses

políticos y de la codicia...

El martillo del Venerable, interpretando el descontento de la asamblea,

advirtió al orador que hablaba con la pasión y vivacidad propias de un

Congreso. Cicerón rogó en breves palabras al orador tuviese presente

que aquello era un templo y no un club.

—Hermano Venerable —indicó Aristogitón—: si la condición de templo

impide a este local oír la verdad, me callaré. Cuantos me escuchan

saben ya por su conciencia lo que yo estoy diciendo. ¿Por qué no me

lo han de oír a mí, si ya lo saben, y no les digo nada nuevo?...

Continuaré, pues, procurando ser breve y herir lo menos posible la

susceptibilidad de mis hermanos, a quienes ofende más lo dicho que lo

sentido; más las palabras que los hechos... Al proponer al Oriente

que temple en lo posible el ardor de las luchas políticas, he querido

protestar contra la tendencia a fomentarlas y exacerbarlas. El

instituto masónico debe ser extraño a la política, debe ser puramente

humanitario, debe proteger a los desvalidos sin pedirles cuenta de sus

ideas, y aun sin conocer sus nombres. Está fundado en la abnegación

y en la filantropía. Lo dicen así su historia, sus antecedentes, sus

símbolos, que o no representan nada, o representan una asociación de

caridad y protección mutua. Lejos de practicarse estos principios en

España, el Orden se ha olvidado de los menesterosos, constituyéndose en

agencia clandestina de ambiciones locas, en correduría de destinos y

en...

Protestas, amenazas, y tal cual palabreja puramente española, que no

fue conocida de Salomón ni de Hiram-Abí, ahogaron la voz del orador. El

tumulto fue tan grande como cuando en el templo de Salomón se dispuso

que la multitud prorrumpiese en gritos para que la palabra Jehová,

pronunciada por el Gran Maestro, no llegase a oídos profanos. Del mismo

modo los martillazos de Campos-Cicerón no llegaban a profanas orejas.

Por último, entre Canencia y el Venerable lograron restablecer el orden.

—Esto no se puede tolerar —gritó un compañero—. Si el hermano

Aristogitón quiere abogar por los absolutistas, que tanto nos han

perseguido; si es absolutista él mismo, dígalo de una vez, sin

necesidad de insultarnos, ni de manchar tan audazmente la honra

inmaculada de esta santa Sociedad.

—Hermano Arístides, o mejor Pipaón, pues no puedo acostumbrarme a

prescindir de los nombres verdaderos —dijo Salvador, sin perder ni un

instante su serenidad—: tú que has cantado en todos los corrales y

has venido aquí mandado por los absolutistas, para referirles lo que

hacemos, debes callar para no exponerte a que se descubra bajo la piel

de ese ridículo celo, la verdadera oreja asnal de tu conciencia negra.

—Que se _burilen_, que se escriban ahora mismo esos insultos —gritó

Pipaón fuera de sí—. Hermano Venerable, pido que el Oriente formule

ahora mismo el acta de acusación contra el hermano Aristogitón, y que

pase a la Cámara de Justicia.

—¿Para qué se ha de escribir lo que he dicho? —añadió Monsalud—. Mejor

es que lo repita, y lo repetiré cuantas veces queráis.

—¡Orden, orden!

Cicerón rompía la mesa a martillazos.

—¡Fuera, fuera!

—Hermanos queridos —dijo el Venerable haciendo un esfuerzo para que su

sonora voz fuese oída—. Tengamos calma. Ruego al orador tenga presente

que estamos en un templo, en el santo templo abierto a las luces,

a la honradez pura, a la filosofía pura, a los nobles sentimientos

filantrópicos de la humanidad toda, sin distinción de clases, iglesias,

castas ni estados...

—¡Bien, muy bien!

—Pues digo al orador que estamos en un templo y no en un Congreso, y

menos en un club.

—¡Muy bien!

—Hecha esta advertencia, y rogando a los hermanos de las columnas

septentrional y meridional que se calmen y tengan prudencia, oigamos

a nuestro hermano; que después el Oriente tomará las medidas que crea

necesarias. Adelante, hermano Aristogitón.

—Es el colmo de la insolencia —gritó un hermano sin hacer caso del

martillo o cachiporra ciceroniana— que dentro se levante una voz a

defender al cura Vinuesa y a los demás conspiradores absolutistas.

—Yo no defiendo a los conspiradores —prosiguió el orador—. Lo que pido

al Oriente es protección para los que padecen, martirizados por una

populachería indigna que no sabe oponerse a las conspiraciones de la

corona sino insultando al rey; que no sabe sofocar las conspiraciones

realistas, porque perdona, tolera y agasaja a los hombres

verdaderamente temibles, mientras encarcela y atormenta y ahorca a

infelices clérigos y ancianos ineptos, incapaces de hacer cosa alguna

de provecho contra el régimen establecido. El populacho a cuyo servicio

se ha puesto este Orden, no ve los enemigos reales y poderosos que se

unen astutamente al pueblo y se meten aquí minando el terreno en que

la libertad, trata de fundar, sin poderlo conseguir, un edificio más o

menos perfecto. La pleble, mientras deja trabajar en silencio a los que

odian la libertad, se entretiene en dar tormento a la gente menuda.

»Señores masones, o señores liberales templados, que ahora todo viene

a ser lo mismo, sois como aquel emperador romano que se ocupaba en

cazar moscas, y mientras mortificaba a estos pobres insectos, no veía

a los pretorianos que se conjuraban para echarle del trono. Este era

Domiciano. Así sois vosotros. Yo quiero que variéis de conducta, y

principio por pedir que se deje en paz a las moscas... No conozco a

Vinuesa; pero sí a compañeros y amigos suyos, que comparten su suerte

en la cárcel de la Villa o de la Corona. He visto la feroz excitación

que existe en el pueblo contra ellos, y esta excitación, creada y

fomentada por este Orden, y más aún por la asamblea de los comuneros,

es una barbarie y al mismo tiempo una imprudencia política. El vil

populacho a quien instruís en el inicuo arte de hacerse justicia por

sí mismo, aprenderá al cabo, y una vez maestro, querrá dar todos

los días una prueba de esa atroz soberanía que le habéis enseñado.

Tengo la seguridad de que si el tribunal que va a juzgar a Vinuesa

se mostrase benigno, la canalla destrozaría a Vinuesa, al tribunal y

luego a vosotros, que habéis hecho creer a la bestia en la necesidad

de los sacrificios humanos. Mientras la corte juega con vosotros y os

lanza de desacierto en desacierto para desacreditaros, para que os

devoréis los unos a los otros, os entretenéis en menudencias ridículas,

os debilitáis en rivalidades indignas y aduláis las pasiones de la

canalla, que si hoy ladra libertad, ladrará mañana absolutismo. Todo

depende de la mano que arroje el pedazo de pan.

»Poniéndome, pues, en el terreno político, a pesar de creerlo

impropio de esta Sociedad; hablando el único lenguaje que entienden

aquí, declaro que la persecución de Vinuesa, y mucho más la sañuda

irritación del pueblo contra ese hombre infeliz, me parecen una

desgracia casi irreparable para la libertad, un mal gravísimo que

este Orden debe evitar a toda costa, principiando por propagar la

tolerancia, la benignidad, la cordura, y concluyendo por emplear toda

su influencia en pro de los procesados. Si no se hace así, esto que

llamamos templo merece que el mejor día entren en él cuatro soldados

y un cabo, y que después de entregar todos los trastos del rito a los

chicos de las calles para que jueguen, recojan a los hermanos todos

para llenar otras tantas jaulas en el Nuncio de Toledo.

Las últimas palabras del orador apenas fueron entendidas, a causa

del gran alboroto que se armó dentro del templo, que representaba la

grandeza y maravillosa arquitectura del mundo.

—¡Fuera, fuera!... Él mismo se ha desenmascarado, y ya sabemos lo que

quiere.

—A votar... que se vote la proposición en escrutinio secreto.

—Ahora mismo se va a redactar el acta de acusación.

—¡Fuera!

—¡El acta de acusación!...

—Pedimos que pierda en absoluto los derechos masónicos. Tanta

insolencia, esas brutales amenazas, la defensa de nuestros enemigos no

pueden quedar sin castigo...

Estas y otras frases pronunciadas en indescriptible tumulto, indicaban

la efervescencia que en el templo reinaba, y por largo rato Cicerón se

rompía las manos dando martillazos sin poder calmar las olas de aquel

mar embravecido. Al fin, auxiliado de Canencia y de otros, lograron

serenar un tanto los irritados ánimos, librando asimismo al insolente

orador de las manifestaciones un poco brutales que el grupo más

entusiasta, la columna del septentrión, si no estamos equivocados, se

dispuso a emplear contra él.

—Después de ver lo que veo, me preocupa poco que se vote o no lo que

he propuesto —dijo Salvador—. Y en cuanto al acta de acusación, no se

tomen mis hermanos el trabajo de redactarla, porque no es preciso que

me expulsen. Me expulsaré yo mismo, abandonando para siempre este Orden

inútil, enfermo, podrido, que si aún respira y habla como los vivos, ya

infesta como los cadáveres.

¡Escándalo inaudito! Aunque lo normal en las _tenidas_ era que se

discutiera con tranquilidad, cuando la congregación salomónica se

alborotaba parecía un club de los más fogosos. Unos rugían tan

cerca del atrevido Aristogitón, que fue necesario que interviniera

personalmente el Venerable para impedir cosas mayores entre hermanos,

olvidados de la santidad que infunde un mandil de cocinero. De las

columnas septentrionales partía el más atroz nublado de amenazas y

recriminaciones. Las columnas del mediodía estaban más tranquilas.

Indudablemente había allí no pocos compañeros que opinaban lo mismo

que el orador, hallando tan solo reprensible la forma violenta del

discurso.

—¡_Radiación, radiación_! —gritaron algunos—. Sin alborotar se puede

imponer castigo al delincuente.

_Radiar_ significaba dar de baja.

—Que se le inscriba en el _Libro rojo_.

Era un librote donde se inscribían los hermanos _radiados_ por

sentencia masónica.

—Que se vote antes por _esferas_ esa absurda proposición.

_Esferas_ llamaban a las bolas.

—Queridos hermanos —repetía el Venerable con mansedumbre—. Estamos en

un templo, no en un club. Orden.

El orador se hubiera marchado de la logia sin esperar las resoluciones

del templo; pero un resto de consideración hacia los que aún le

llamaban hermano, detúvole allí. Vio que Canencia desde su tripódica

mesilla le hacía señas de reprobación y pesadumbre; vio que el

Venerable le miraba con expresión de lástima; oyó algunas palabras

rencorosas de tal cual hermano que no lejos de él tenía su asiento;

observó que muchos, mayormente los del mediodía, guardaban una actitud

reservada, como hombres demasiado prudentes que no se atreven a poner

su opinión frente a la opinión de la mayoría; vio después que votaban

su proposición, y por unanimidad la desechaban; pero lo que más

sorpresa le causó fue que en la sala de _Pasos perdidos_, concluida la

sesión, le dijera al oído algún hermano de los más callados bajo la

_bóveda del universo_:

—Hermano Aristogitón, yo pienso como usted en lo de dejar en paz a las

moscas y hacer puntería a los pajarracos; pero esto no se puede decir

aquí. Conviene seguir la corriente y no chocar con la mayoría. A donde

nos lleven iremos.

Y otro le dijo, también en secreto:

—Lo mismo que usted hubiera dicho yo, aunque en tono menos agresivo. No

conviene ensoberbecer al pueblo, ni adular sus instintos sanguinarios;

pero, amigo, la consigna de estos días es sacrificar algún absolutista

a la implacable furia populachera, y como no ha caído en nuestras

redes, ni caerá, ningún tiburón, fuerza es echar en la sartén los

pececillos de redoma. Vinuesa morirá.

Y un tercero le dijo, también en secreto:

—Le hubiera aplaudido a usted con toda mi alma; pero, amigo, estas

cosas se sienten y no se dicen. Ni vale la pena de que pierda uno

su destino y el pan de sus _lobatones_ (hijos) por una apreciación

política. Yo creo que esto se lo lleva la trampa. Estamos dentro de un

torbellino que nos arrastra, nos hace dar mil vueltas, nos marea, que

no para nunca, y nos llevará a donde quiera el gran _Demiurgos_. Creo

que hace usted mal en manifestar tan crudamente sus ideas. La masa

popular tiene ya a Vinuesa entre los dientes, y no seré yo el guapo que

pretenda quitárselo. Ese clérigo es bastante criminal, es un disoluto,

un perdido. ¿Por qué le defiende usted?

Y un cuarto le dijo, en secreto también:

—Siento mucho que le tengamos que _radiar_ a usted y apuntarlo en el

Libro rojo; pero no hay más remedio. No se puede tratar al Orden como

usted lo ha tratado... Por mi parte, acepto esa idea de no hacer caso

del bajo pueblo; pero ¿quién le pone el cascabel al gato? Soltamos los

mastines, y ahora tenemos que andar brincando y corriendo y huyéndoles

el bulto, para que no nos muerdan. Si he de hablarle a usted con

franqueza, creo que nada se pierde con quitar de en medio a los autores

de ese monstruoso plan; pero al mismo tiempo opino como usted que hay

otros peores, sí, señor; otros que trabajan en obra fina, y no digo

más... Dios nos tenga de su mano, Aristogitón, y lo que fuere sonará...

Allí veo a Argüelles, a Calatrava y a Feliú que acaban de entrar.

Esta noche hay _tenida de Maestros sublimes perfectos_... Parece que

en Palacio anda la cosa mal, y que las Cortes nuevas no serán muy

sumisas... Yo me voy, porque según me ha dicho Campos, debo perder la

esperanza de un ascenso, por ahora.

Y un quinto le dijo en voz alta:

—¡Buena la has hecho...! Yo que pensaba decirte que te empeñaras con

Campos para que me trasladasen a la vacante de la secretaría...

—El duque del Parque acaba de entrar —le dijo un sexto—. Hay _tenida

de Valientes y soberanos Príncipes_. Sentiré que te _radien_, hermano

Aristogitón. Aunque grité contra ti, y te llamé insolente y procaz,

no hagas caso. Somos amigos. Algo de lo que dijiste, me gusta;

principalmente el apóstrofe a Pipaón. Ese canalla va a ser presentado

esta noche en un grado superior. No hay quien pueda con él. ¿Creerás

que la plaza que estaba destinada para mí, la pescó Pipaón para su

criado?

Otros pasaban sin mirarle, o mirándole con provocativo enojo.

Mientras entraban diversos hermanos, que en el siglo respondían a los

nombres de Quintana, Argüelles, Valdés, San Miguel, etc., salieron

otros, entre los cuales también había nombres que después fueron

ilustres, pero que callamos por varias razones.

Quedose Monsalud en la sala de _Pasos perdidos_, esperando el resultado

de la _tenida de Maestros sublimes perfectos_.

La logia se iba a abrir en uno de los grados superiores.

El Grande Oriente · 第 11 / 33 题