Duró la reunión de los padres graves bastante tiempo, porque además
de que en ella trataron diversos asuntos de política elevada, hubo
admisión de un hermano que había recibido _aumento de salario_, es
decir, ascenso en la escala masónica. La ceremonia de recepción en
los grados superiores no era más seria que en el grado de aprendiz, y
se hablaba mucho de la _Acacia_, de la _Sala de en medio_, de la _Luz
opaca_ y otras lindezas. Para explicarlas sería preciso entrar con
brío en la leyenda del _Arte-Real_; pero como esta y cuanto a ella
se refiere es fastidioso en grado sumo, nos limitamos a recomendar
al lector se abstenga de perder el tiempo averiguando el significado
de los millares de emblemas diversos usados por las doscientas o
trescientas disidencias o cisma del primitivo francmasonismo, entre
los cuales el rito _escocés y aceptado_, que parece predominante
en nuestros tiempos, tiene por liturgia un enredado berenjenal de
alegorías, entre místicas y filosóficas, donde fracasa la más segura y
sólida cabeza.
Los _Maestros sublimes perfectos_ se retiraron muy tarde, y a la
madrugada no quedaban en el local más que cuatro individuos, reunidos
en torno a la mesa en la _Cámara de meditaciones_. Eran _Cicerón_,
Monsalud, don Bartolomé Canencia, y otro cuyo nombre y persona serán
conocidos en el transcurso del diálogo. Este (que acababa de entrar
concluidas las sesiones) y Canencia fijaban su atención en unos papeles
llenos de guarismos y en un saquillo de monedas, contando a ratos, y a
ratos apuntando cifras. Los otros dos hablaban.
—La _Cámara de perfección_ —dijo Campos—, no ha querido mostrarse
severa contigo. Ha decidido que no seas _radiado_ por ahora, y que, en
vez de _dormir_, pidas una licencia ilimitada, que se te dará.
—Tonterías y debilidades —respondió Salvador riendo—. Ni yo quiero
licencia, ni la necesito, ni la pediré, ni me importa que me _radien_ o
me escriban en todos los libros rojos o amarillos.
—Hazme el favor —indicó Campos con socarronería— de no echártela de
hombre superior. No valemos tan poco como crees. El discursillo
de esta noche que tan justamente alborotó la logia, y la carta que
me escribiste renunciando las comisiones que yo quería encargarte
en provincias, me prueban que estás en un período de hipocondría o
satánico orgullo. Señor Aristogitón, hay que civilizarse; hay que
aceptar las cosas como son; hay que renunciar a esos humos de hombre
puro, so pena de anularse y caer en triste olvido... Es particular: yo
te alargo la mano para sostenerte y elevarte, y me la rasguñas. ¡Pobre
gatillo inocente! El discurso de esta noche bastaría para expulsarte
definitivamente de entre nosotros, y, sin embargo, gracias a mí te
quedarás; gracias a mí...
—Para nada quiero seguir.
—Seguirás —repitió Campos con benévola insistencia—, y no solo
seguirás, sino que nos serás útil. ¡Tunante! Más de cuatro quisieran
verse en tu lugar. Has de saber que tus salidas de tono y tus desaires,
en vez de ocasionarte disgustos, te proporcionan gangas. Ya verás qué
pedrada te voy a dar esta noche.
—A nada conduce tanto hablar, señor Campos —repuso Aristogitón con
impaciencia—. Es tarde: de una vez dígame usted si han tratado esos
señores algo referente a Vinuesa y su conspiración.
—Eres en verdad sospechoso. ¿En qué se funda tu interés por ese Gil de
la Cochera, de la Cuadra o no sé de qué?
—Es pariente mío.
—¿Cercano?
—Muy cercano.
«Quizás sea su padre —dijo para sí—. Estos hijos de nadie se exponen a
que de buenas a primeras les salga un padre en cualquier calabozo.»
—¿Se ocupan de esto? ¿Sí o no?
—Nos ocupamos, sí. El castigo de Vinuesa y sus cómplices es una de las
cosas que más preocupan a la gente política. No han sido olvidados
otros asuntos graves, como la disolución del cuerpo de Guardias; los
insultos al rey; las nuevas Cortes, que se abrirán dentro de unos días;
la Sociedad de los comuneros, que está metiendo demasiado ruido, y las
partidas de guerrilleros que comienzan a aparecer. Es un hormiguero de
asuntos graves, que hacen de España un país de delicias.
—Por supuesto, no habrán resuelto nada. Los _Maestros sublimes
perfectos_ se parecen al gobierno como una calabaza a otra. Aquí como
allí se procede de la misma manera. Habrán decidido que no conviene
absolver a Vinuesa, ni tampoco condenarlo; que no conviene castigar
a los insultadores del rey, ni tampoco alentarles; que el cuerpo de
Guardias está bien disuelto, pero que se debe crear otro; que la mejor
manera de acallar el ruido que hacen los comuneros, es alborotar mucho
aquí; que las nuevas Cortes no son buenas, pero tampoco malas, y que
la política debe ser exaltada para contentar al populacho, y al mismo
tiempo despótica para contentar a la corte.
—Atacas el justo medio, que es el arte político por excelencia, bribón
—dijo Campos riendo—. ¿Tú qué entiendes de eso? Sin este tira y
afloja; sin esta gracia de Dios que consiste en no hacer las cosas
por temor de hacerlas a disgusto de Juan o de Pedro, no hay gobierno
posible.
—En una palabra, los _sublimes_ no han decidido nada. Ya dijo Voltaire
hace muchos años: _La masonería no ha hecho nunca nada, ni lo hará_.
Tenía razón.
—Protesto —gritó Canencia, apartando por un momento su atención de las
monedas, de los guarismos y del amigo que con él contaba y escribía—.
El buen Arouet no ha dicho semejante cosa. No calumniemos al gran
filósofo, señores.
—Quienes le calumnian, querido Sócrates —dijo Campos en un momento de
ira—, son los volterianos, que fuera de aquí se fingen beatos para
halagar a los curas.
—Pero si halagan a los curas honrados —repuso Canencia volviendo a
contar—, no trabajan por la impunidad de los curas absolutistas que
escandalizan al país con sus conspiraciones... Cuarenta y cinco reales
en medias pesetas.
—Usted, papá Sócrates —dijo Monsalud con mal humor—, reparta el _dinero
de la Viuda_ y deje lo demás.
—Volviendo a nuestro asunto, hermano Aristogitón —manifestó Campos—, te
conviene mucho no meterte a redentor de cautivos. El Grande Oriente no
puede aplacar la efervescencia del pueblo contra Vinuesa, ni absolver
a este, aunque hará todo lo posible porque no se le condene a muerte,
ni tampoco pondrá en libertad al de Tamajón, ni a tu Gil de la Cuadra,
porque si lo hiciera se supondrían complicidades absurdas. Ya sabes lo
que es el vulgo... y por más que digan, los gobiernos deben dar algo al
señor vulgo en compensación de lo mucho que a todas horas le piden.
—Pues yo me retiro —dijo Monsalud resueltamente.
—Aguarda, torpe, ingrato. Te he dicho que iba a darte una pedrada esta
noche.
—No estoy para bromas.
—Vamos, será preciso cogerte con lazo, y luego atarte las manos para
que no des bofetadas a tus favorecedores.
Campos sacó del bolsillo un pliego doblado en cuatro.
—Aquí tienes tu destino.
—¿Qué destino? —preguntó el joven con asombro.
—No te hagas el tonto, Salvador, ni vengas acá con ridículas y
mentirosas modestias. Con esta clase de latigazos se domestica a las
fieras catonianas. Ya se que no te gusta pedir nada; ya sé que te falta
boca para proclamar tu horror a los destinos públicos, y censurar la
ambición y a los ambiciosos. Todos hacemos lo mismo; pero cuando nos
dan algo... lo tomamos.
—Yo no entiendo una palabra de lo que usted me dice.
—Vamos, que no te falta ya más que hacerte anacoreta, y excomulgarme
por favorecerte. No tanto, joven modesto. Aquí tengo una credencial de
treinta mil reales, una canonjía admirable en la secretaría del Consejo
de Indias. Poco trabajo, ninguna responsabilidad. Con los suspiros que
otros han exhalado por esta plaza, se podría dar a la vela un navío. El
ministro, al dármela esta noche en el capítulo, me dijo que desde que
vacó ese puesto, lo han solicitado unos cien o doscientos _adictos_.
Pero yo la había pedido para ti con muchísimo empeño, y el ministro
no podía desairarme; el ministro me ha dado la plaza, a pesar de tu
irreverente y sacrílego discurso de esta noche.
—Estoy muy agradecido a usted, pero no acepto.
—Es el primer caso que veo en España, querido Salvador —dijo Cicerón
con la malicia escéptica que le era habitual—; es el primer caso que
veo de un hombre a quien le dan esta bendición de Dios que yo tengo
en la mano, y se queda sereno y frío como tú estás ahora. Tú no eres
hombre, tú no eres español.
—¿Pero usted por su propia iniciativa ha pedido para mí ese destino, no
habiéndolo solicitado yo? —preguntó el joven tratando de averiguar el
motivo de aquella protección sospechosa.
—Hombre, la verdad... a mí no se me ocurría tal cosa; pero mi
sobrina Andrea, que a todo atiende, que todo lo prevé, que sabe tan
bien adivinar las necesidades, me dijo no hace muchos días: «Es una
vergüenza que hayan colocado tanta gente inepta, y esté sin destino
Salvador Monsalud.» Comprendí que tenía razón, y le contesté que tú
nunca habías pedido nada, y que en la casa del señor duque del Parque
estabas muy bien... Ella me dio a entender que deseas la plaza.
—¡Yo!
—Tú. Andrea es excelente, es caritativa como ninguna, y estima mucho
a todos mis amigos. Me ha dicho que habías estado en casa a verme;
que no hallándome, esperaste largo rato; que estabas meditabundo y
cariacontecido; que te dio conversación para distraerte; que hablando
de cosas de la vida, le diste a entender con frases delicadas y
parabólicas que deseabas un buen empleo; en suma, según mi sobrina, tú
le rogaste con buenos modos que influyera conmigo para que el Grande
Oriente te proporcionara una pingüe colocación.
—¡Qué falsedad!... Pero, ¿lo dice usted seriamente? —preguntó Monsalud
con ira.
—¿Desmentirás a mi sobrina?
—Yo no desmiento a nadie. Simplemente digo que muchas gracias, y que
guarde usted su credencial para otro.
Diciendo esto, Salvador clavó tenazmente los ojos en el semblante de
Cicerón, tratando de leer en él los móviles de conducta tan extraña.
Aquella extemporánea protección del _Maestro sublime perfecto_,
otorgada precisamente a quien acababa de hacer a la congregación una
ofensa grave, encerraba sin duda algún misterio. Conocía bastante
Monsalud el carácter de Campos para creer en su benevolencia, y
conocía bastante el Orden para suponerle capaz de dar a los que no
pedían. Ni consideraba tampoco verosímil la intervención de Andrea en
aquel asunto. Hizo diversos juicios y sentó varias hipótesis; pero
ni de aquellos ni de estas resultó nada concreto. También fue inútil
la observación analítica del plácido rostro de Campos, pues el gran
masón no era hombre que a su cara permitía vender los secretos del
entendimiento.
—Yo lo agradezco mucho —repitió el joven—; pero de ningún modo puedo
aceptar.
—Basta: para fórmula modesta, para vergüencilla de niño bien educado,
basta ya —dijo Campos burlonamente—. Pues esto que ahora te doy, no
es más que para hacer boca. Ya he hablado al ministro de enviarte a
desempeñar una de las superintendencias de Indias, con la cual puedes
ser hombre rico en diez años.
Aquel proyecto de envío a Ultramar, aumentando al principio la
confusión del joven, confirmó sospechas dolorosas que en su alma
empezaban a nacer.
—¡Repito que no y que no! —dijo con la mayor energía—. Muchas gracias
por todo; pero celebraré que no me vuelva usted a hablar de eso.
—Entonces —indicó Campos, cruzando los brazos en señal de perplejidad—,
pide por esa boca. Imagina algún imposible; pide la luna, a ver si te
la podemos dar.
—Lo que deseo, ya lo pedí en la _tenida_.
—Pues eso es un disparate. Ya te he dicho que no podemos decidir nada.
Hay cuestiones que no se resuelven sino dejándolas sin resolución. ¿Te
ríes...? ¡Maldita sea tu filantropía! Yo quisiera comprender en qué
consiste tu interés por Gil de la Cuadra.
—En que le debo la vida.
—¿Y qué es eso de deber la vida?
—Una cosa que no entienden los egoístas.
—Tú estás loco —dijo Cicerón haciendo gestos de desdén—. Señor Regato,
¿qué le parece a usted la pretensión de nuestro joven filántropo?
El señor don José Manuel Regato alzó los ojos del montón de dinero para
fijarlos en el cercano grupo. Hombre tan célebre merece algunas líneas.
X
Era de mediana edad y fisonomía harto común: ni alto ni bajo, moreno y
curtido de rostro, a excepción de la frente, que era muy blanca. Sus
pobladas cejas negras y el pelo espeso y cerdoso indicaban fortaleza.
Había en sus ojos la vaguedad singular propia de los tontos o de
los que aparentan serlo, y a menudo reía, como tributando de este
modo complaciente lisonja a cuantos le dirigían la palabra. Vestía
completamente de negro, asemejándose, por esta circunstancia, a una
persona de estado eclesiástico; afectaba la más refinada compostura,
y al mirar contraía los párpados a manera de los miopes. Si los abría
en momentos de sorpresa, de miedo o de ira, distinguíanse los verdosos
y dorados reflejos de su iris, muy parecido al de los gatos. Cuando
quería hablar algo de interés, iba acercándose poco a poco al asiento
de su interlocutor, y su manera de acercarse, su especialísima postura
al sentarse, arrimando el codo o el hombro a la persona, eran fiel
copia de los zalameros arrumacos del gato. Muchos habían observado esta
semejanza, y hasta en el apellido de Regato, es decir, reiteración en
las cualidades gatunas, hallaban motivo de burla los maliciosos.
—Antes de pedir con tanto empeño la impunidad de Vinuesa y compañeros
—dijo don José Manuel—, yo me pondría en paz con Dios por lo que
pudiera tronar. Defendiendo a tales víctimas, se corre el peligro de
ser una de ellas. Gil de la Cuadra es uno de los peores. ¡Valiente
pajarraco defiende usted, amiguito Monsalud! Con la mitad de lo que él
ha hecho se va de bureo a la plazuela de la Cebada. No es crueldad,
señores; pero si a este candoroso anciano no le ponen la corbata de
cáñamo, no hay justicia en el mundo.
—A quien hay que poner la corbata de cáñamo —dijo Salvador con súbita
ira— es a los serviles que impulsaron a Vinuesa y compañeros mártires,
para abandonarles en el momento del peligro. Quizás celebran hoy que
la muerte de esos infelices borre la huella de trabajos más formales;
quizás se mezclan hipócritamente a la canalla soez que pide horca y
hogueras... para distraer de sí la atención del pueblo honrado y del
gobierno.
—Quizás... —repitió serenamente Regato.
—Si sigues por esa senda de sentimentalismo —afirmó Campos, dando a
Monsalud familiar espaldarazo—, es muy posible, ¡oh joven!, que te
pongan entre los sospechosos o poco adictos al sistema.
—Pónganme donde quieran —manifestó Salvador—. Yo sé dónde estoy y
conozco bien los sitios y las personas. Desprecio los juicios malignos
que aquí o fuera de aquí puedan hacerse de mi conducta.
—Enérgico estás —dijo Cicerón con jovialidad—. Verdad es que quien se
ha extralimitado en el templo, bien puede salir de sus casillas en la
sacristía.
—¿Qué es eso de sacristía? —indicó Canencia, desperezándose, después de
contado el dinero, como hombre que ha terminado un gran trabajo—. No se
pongan motes de clerigalla a estos venerables lugares. Esto se llama
la _Cámara de meditaciones_... Cuente usted otra vez lo suyo, señor
Regato. Son 836 reales y tres maravedises.
—No vuelvo a ensuciar mis manos en esta inmundicia —dijo Regato—.
¡Válgame Santa Mónica, cuánta calderilla! Parece mentira que una
hermandad tan ilustre y a la cual pertenece tanta gente adinerada, no
ponga más que estos miserables huevecillos.
—Los gordos son para el hermano Sócrates —dijo Monsalud—. Mire usted,
señor Regato, cómo va echando carrillos y rejuveneciéndose el buen
masón de Salamanca.
—Cállate, picarillo —repuso Canencia—. Ya sabes que puedo sacarte los
colores a la cara siempre que quiera.
—Señal de que tengo vergüenza.
—O de que la tuviste... Pero basta de boberías. Cobre usted, señor
Regato, y venga recibo.
—Las cuentas de estos señores —dijo Salvador— son tan embrolladas como
las leyes masónicas.
—Es sencillísimo —contestó Regato—. Se me deben 1233 reales. Aquí
está mi cuenta... «Por dos calaveras que mandó traer de la bóveda de
San Ginés en 6 de noviembre, 42 reales... Por el bordado de cuatro
mandiles, 268... Por echar una pieza al sol, 12... Por pintar las
llamas, 30... Por una escuadra nueva y siete malletes, 58... Por
aguardiente que se dio a los de policía el 5 de enero, 14... Por lo que
se repartió cuando tiraron la pedrada al coche de _Narices_, 410...
Por papel de circulares, 60... Por saldo del piquillo que se le debía
a Grippini, el cafetero de _La Fontana_, 140... y así sucesivamente,
señores. Total, 1233 reales.» Ahora papá Sócrates ajusta las cuentas
de otro modo, y no quiere darme más que 836 reales. Estas mermas son
las recompensas de un hombre de bien que consagró su tiempo a ser
secretario de la masonería durante cinco meses... ¡Vean ustedes qué
pago! Adelanta uno su dinero para que el Orden no carezca de nada, y al
pagar... ¡Luego se espantan de que me haya hecho comunero!...
—Bendito don José —dijo vivamente Cicerón—, poco a poco. No nos
espantamos de que usted se haya hecho comunero: nos espantamos y
nos enojamos de que usted, tan favorecido por este Gran Oriente,
prescindiendo de piquillos, alcances y descuentos, fomentara la
escisión funesta que acaba de realizarse en la Sociedad; que arrastrara
fuera del Orden a esos desgraciados fundadores de la gárrula Comunería,
y que ahora, después que forman iglesia aparte, les incite contra
nosotros, les predique la anarquía y el desorden, convirtiéndoles en
desalmados jacobinos.
—Yo me marché de la masonería —dijo Regato con firmeza—; yo fomenté
el cisma; yo contribuí a fundar la Sociedad de los Hijos de Padilla,
porque la masonería vino a ser rápidamente una sociedad ñoña y que no
sirve para nada, como dijo Voltaire. Yo no oí las verdades amargas que
dijo el señor Monsalud esta noche, porque como hermano _durmiente_ a
perpetuidad, no puedo pasar de la sacristía ni aun entrar aquí sino
recatadamente y a ciertas horas; pero por lo que me contó el señor
Canencia, sé que este joven puso el dedo en la llaga. Señores, esto
es una farsa; esto no conduce más que a un servilismo no menos infame
que el servilismo del año 14. Aquí se hacen los decretos a gusto de
dos o tres maestros del grado sublime; aquí se eligen los diputados;
aquí no hay otra cosa que los manejos de cuatro fatuos que mandan
y a su gusto disponen de todo. No les quiero citar, porque no hay
para qué. Pero ellos quieren establecer el gobierno perpetuo de los
tibios, y adjudicarse todos los destinos. Esto no puede ser, y no será.
Hemos fundado la Comunería para establecer la verdadera libertad,
sin boberías de orden y servilismo encubierto; para darle al pueblo
su total soberanía, y que se hagan todas las cosas como al santo
pueblo le dé la gana; para desenmascarar a tanto pillo farsante, y
hacer que obtengan destinos los verdaderos hombres de bien, adictos
al sistema. Basta de papeles y comedias bufonas. Nosotros vamos a
la verdad, a la realidad. Odio eterno, señores, entre unos y otros;
queremos separación eterna, irreconciliable de los que desterraron
a nuestro querido héroe, de los que contemporizan con la corte y la
Santa Alianza, de los que disuelven el ejército libertador, de los que
persiguen a las sociedades patrióticas de _La Fontana_ y _La Cruz de
Malta_, de los que hacen la mamola a los obispos y al Papa, de los que
ponen dificultades a la organización de la Milicia nacional; separación
eterna de los que en una mano tienen el libro de la Constitución y en
otra el cetro de hierro del _Rey neto_. Este es el Orden de Padilla;
esta es la Confederación de Padilla, que hará en España la revolución
verdadera, que establecerá el sistema constitucional en toda su pureza,
y pondrá fin al reinado de los pillos e hipócritas. El Orden de Padilla
derribará al infame ministerio de las _páginas_ y de los _hilos_ antes
de ocho días, señores; óiganlo bien, antes de ocho días.
Nadie contestó en los primeros momentos. Cicerón meditaba apoyando su
sien en el dedo índice. Canencia sonreía. Monsalud, indiferente a la
perorata, se levantó para retirarse.
—¡Gran suerte será para nosotros —dijo al fin Campos— que el señor
Regato nos perdone la vida!
—Yo no amenazo. Al contrario, invito a todos los buenos amigos a que se
vengan conmigo.
—Es muy cómodo eso —indicó Cicerón—. Vivir con la masonería, cobrar 800
reales por calaveras, remiendos echados al sol y aguardiente dado a la
policía, y marcharse después con los comuneros para hacernos la guerra.
—No pueden ustedes acusarme de interesado —dijo Regato, levantándose
también para marcharse—. La Comunería es pobre; no da destinos.
—Pero los dará tal vez dentro de ocho días. Ya se puede esperar.
—Antes que se me olvide, señor don José Manuel —dijo el filósofo
Canencia, que no se apartaba de lo positivo—. Me han dicho que allá
tienen falta de espadas y broqueles. Aquí tenemos algunas piezas de
sobra.
—Veo que esto acabará en Rastro —repuso el comunero guardando sus
cuartos—. Nosotros usamos espadas de acero, no de latón.
—Pues buen provecho, hombre, buen provecho.
—Para mis amigos soy el mismo de siempre —dijo Regato echándose la capa
sobre los hombros—. ¡Quién sabe si...!
—El hermano Sócrates y yo tenemos que ajustar ahora otra especie de
cuentas. Buenas noches, señor Regato.
—Yo me retiro también —dijo Monsalud—. Repito lo del destino, señor
Marco Tulio. Muchas gracias, muchas gracias por la secretaría; pero que
sea para otro.
—Adiós, puerco-espín... Señor Regato, mucho cuidado con ese granuja que
sale con usted... Es capaz de hacerse comunero si usted se lo dice tres
veces.
Cuando ambos salieron a la calle, el más joven dijo:
—Señor don José Manuel Regato, yo quiero ser comunero.
Uno y otro hablaron breve rato, separándose después.