—Gracias a Dios que se te ve por aquí —dijo Canencia dando un apretado
abrazo al joven—. Sé que has venido de Francia hace más de veinte
días..., ¡tunante!, y no te has dignado dar una vuelta por la logia...
¡Cuando sabes que te queremos tanto; cuando sabes que los señores te
estiman mucho y desean hacerte hombre de pro...!
—Por tener ocupaciones graves no he podido venir —repuso Monsalud
sentándose—. Me han dicho que esto anda muy revuelto, papá Canencia.
—No es esto un modelo de paz y concierto —dijo el anciano con cierto
desconsuelo—. Las diversiones crecen, y la reciente fundación de los
comuneros ha hecho mucho daño a la Sociedad... ¿Y tú en qué piensas? Me
han dicho que los negocios del duque del Parque te dan de comer... Lo
celebro.
—Vivo regularmente; no como ustedes, los hombres mimados de la
situación, que están hechos unos bajás.
—¿Lo dices por mí? ¡Pobre Aristogitón! —exclamó Canencia con filosófica
humildad—. Yo no disfruto otras delicias de Capua que las emanadas de
un miserable destino en Correos. Pero estoy contento, contentísimo. Ya
sabes que no soy ambicioso, que me precio de filósofo en la verdadera
acepción de la palabra... Hijo mío, un pedazo de pan, un vaso de agua
clara, un buen libro, un tiesto de flores: he aquí mis tesoros, he aquí
mis necesidades, he aquí mi sibaritismo. Recordarás lo que dice el gran
Juan Jacobo acerca de...
—Yo no recuerdo nada.
—Pues el filósofo de los filósofos dice que no hay verdadera felicidad
sin sabiduría... ¡Oh!, ¿de qué sirven las grandezas humanas? Hasta
el heroísmo es cosa que no tiene simpatías, porque, como dice el
ginebrino: «la continuidad de pequeños deberes bien cumplidos no
exige menos fuerza moral que las acciones heroicas.» Mira tú cómo un
hombre humilde que no va más que de su casa a la de Correos, y de
la casa de Correos a la suya o a la logia, y carece de esposa y de
prole, puede ser un grande hombre, es decir, un sabio, o si lo quieres
más claro, un hombre feliz... Que suban los comuneros; que bajen o
suban o se estén quedos los masones... es cuestión que no me importa
mucho. El zoquete de pan, la cántara de agua, el tiesto de flores y
el buen libro no han de faltar. Convéncete, ¡oh joven inexperto!, de
que la ambición no ocasiona más que disgustos y enfermedades en el
hépate..., en el hígado, para hablar claramente... Se me figura que tú
estás carcomido por la ambición, ¿eh? Tú traes algo entre manos. Dime
—añadió poniéndole la mano en el hombro con patriarcal cariño—, ¿por
qué has escrito aquella carta a Campos, diciéndole que te retiras de la
masonería, y poniéndonos de oro y azul?... ¿Tratas de pasarte a los
comuneros? Ahí tienes una apostasía que me parece tonta. Pareces un
chiquillo. El creer que esto es una casa de locos, no es motivo para
querer salir de ella, señorito Aristogitón. Quédate aquí, quédate, sin
perjuicio de que _in foro conscienciæ_ te rías un poquillo de la parte
externa, ¿entiendes? Yo también, si he de decirte la verdad, me río
algunas veces.
—Pues si usted se ríe, amigo don Bartolo —dijo Monsalud siguiendo el
consejo del anciano—, es un hipócrita; porque usted es el hermano
secretario y orador de la Sociedad; usted es el erudito, el que explica
las leyes de la masonería, el consultor general, el que lo sabe todo
dentro de esta casa, el que ordena los ritos, el que explica lo que los
demás no entienden; usted es el sacerdote, el mago, el patriarca, el
senescal, el archimandrita, el santón, el hierofante o no sé qué nombre
darle, porque no sé todavía qué especie de religión, secta o jerigonza
es esta. Usted es el que predica cosas enrevesadas y enigmáticas que no
entendemos; usted es el que dibuja garabatos en los diplomas; usted,
asistido de su ayudante el señor Regato, fue quien puso aquí esos
huesos y esas calaveras que están abriendo la boca para decir que las
vuelvan a la tierra; usted escribió estos tarjetoncillos y puso las
granadas abiertas, las columnas, los triángulos y la soga, y lo que
llaman el _Delta_, el sol, la luna, el dosel, la J y la B, el cirio y
demás signos y majaderías. Si después de hacer esto se ríe usted de los
masones... vamos, se comprende en qué consiste el ser sabio y filósofo.
Durante el discursillo, el anciano Canencia sonreía socarronamente
acariciándose la barba. Cuando le tocó hablar volvió a poner su mano en
el hombro del amigo, y bondadosamente le dijo:
—¿Tú no sabes que al pueblo, al vulgo, al común de las gentes, o como
quiera llamarse a esa turbamulta ignorante e impresionable, es preciso
meterle las ideas por los ojos? Ya es un gran adelanto que hayamos
desterrado los símbolos y fórmulas absurdas de las religiones. Para
inculcar en esas cabezas de estuco el culto y veneración del ser
supremo, hay que proceder con paciencia. ¿Hemos de decirles que lo
mejor es adorar a Dios bajo la bóveda de los cielos? No, mil veces no:
mientras haya hombres, es preciso que haya templos, y mientras haya
templos, es preciso que haya simbolismo, y mientras haya simbolismo es
preciso que haya imágenes, o a falta de imágenes, garabatos, cositas
raras y de difícil inteligencia... Vaya, amiguito, no repitas la
vulgaridad de que soy un farsante. Equivaldría esta calumniosa especie
a llamar farsantes al Papa y demás gigantones del catolicismo, y no
lo son: dentro de su esfera, bajo su punto de vista, no lo son... Lo
que yo siento es que la gente va perdiendo el respeto al ritual, y
llegará día en que miren todo esto como miran los curas dentro de la
sacristía los objetos de su oficio. ¡Pícara humanidad! Verdaderamente
es una bestia. No se la puede tratar sino a palos. Acá para entre los
dos, Aristogitoncillo de mil demonios, desde que se planteó aquí la
libertad, voy creyendo que Atila, Omar, Felipe II y Bonaparte han
tratado a los hombres como se merecen. Mientras todo no vuelva al
estado primitivo... ¡Oh! Pero tú no entiendes de esto, ¿no es verdad?
¡El estado primitivo! ¡Ah! ¡Imagínate el estado anterior a este
funesto pacto que hemos hecho para destrozarnos los unos a los otros,
y hacernos todo el daño posible!... No hay nada comparable al pacto.
La verdadera sabiduría debe dirigirse a ese fin; un fin, muchacho, que
consiste en volver al principio. Mas no puede formar idea de esto quien
está devorado por la ambición, y tiene lleno el espíritu de ansiedades
mundanas, en vez de conformarse a vivir modesta y primitivamente con un
pedazo de pan y un vaso de agua cristalina, un tiesto de flores y un
buen libro...
Monsalud no podía tener la risa. Durante un rato, Canencia, poniéndose
las antiparras, siguió _burilando_, o sea escribiendo, _la plancha_, o
mejor, el acta.
—Tú te ríes —dijo en el momento en que echaba polvos para volver la
hoja— porque crees que ganarse la vida de esta manera, no cuesta
trabajo. Niño mimado de la fortuna, yo quisiera saber qué sería de ti
sin la prebenda que tienes en casa del duque del Parque.
—Las prebendas —repuso Salvador— no existen hoy sino en este manejo de
la J. y la B., y en este cepillo o tronco masónico, que es el mejor del
mundo después del de las Ánimas. ¡Ah, papá Canencia, ya podía usted
echar un remiendo a estas pobres calaveras, que están diciendo con sus
bocas sin lengua la inmensa tacañería del sacristán mayor de este
templo!
—Así como no tienen lengua para pedir —dijo don Bartolomé con malicia—,
tampoco tienen paladar, y puesto que no comen más que polvo, no puede
haber cocina más económica, y limpiarlas sería ponerlas a dieta. Bien
dijo el otro, que en polvo nos hemos de convertir.
—No lo dije por usted, que se está convirtiendo en momia de Egipto
forrada en oro y plata, por obra y gracia de los misterios de Isis, de
Eleusis o de Patillas.
—Esa es la opinión de esos bobos de comuneros —dijo Canencia algo
amostazado—. ¿Por ventura este granuja se nos ha hecho comunero?
—Tal vez —replicó Salvador—. Allá parece que están por la formalidad.
¿Hay también cepillo y colectas?
—Más que aquí. Pregúntaselo al señor Regato, que ha contribuido a
fundar aquella Sociedad, después de haber comido a dos carrillos en
nuestro plato, y hecho _salvas_ con nuestra _pólvora_.
Los masones llamaban al vino _pólvora roja_, al vaso, _cañón_, y a
los brindis, _salvas_. No es fácil comprender la misteriosa relación
simbólica entre la embriaguez y la artillería.
—Pero te advierto —continuó Canencia—, por si es tu intención pasarte a
los comuneros, que aquí no tienes más que boquear para obtener lo que
mejor te cuadre. Campos te quiere mucho... anoche mismo habló mucho de
ti, y aun se me figura que te va a sorprender con un buen regalito.
Has hecho bien en venir esta noche.
—Lo celebro, porque vengo a pedir.
—¿A pedir?... Gracias a Dios, hombre. Eres de los nuestros. Veo que
entras en el buen camino —dijo Canencia mirando su reloj—. El acta está
lista. Ya es hora de empezar la _tenida_. ¿Y qué pides?
—Dígame, señor Canencia —preguntó Monsalud con gran interés—, cuál es
el criterio del Orden respecto a la suerte de los que están presos por
conspiraciones absolutistas.
—¿Cuál ha de ser? Que los ahorquen. ¿Te has echado a filántropo? ¿Hay
algún pariente tuyo en la cárcel de Villa?
—Sí, señor: hay un pariente mío en la cárcel de la Corona —repuso
Salvador con firmeza—, y es preciso sacarlo de allí.
—¿Es rico?
—Es pobre.
—Pues veo muy difícil que tu pariente coma los buñuelos del San Isidro
de este año... Sin embargo, puedes trabajar. Campos te quiere mucho. El
duque pertenece al Supremo Consejo. Ya sabes que lo que aquí se ata,
atado será en el gobierno, y lo que allá dentro desatemos, desatado
será... allá arriba. Esta noche, después de la _tenida_ ordinaria, hay
_tenida de Príncipes del grado 31_. Creo que se tratará de cosas muy
altas. Si consigues tener de tu parte a Campos...
—En la _tenida_ ordinaria, ¿quién preside esta noche?
—El mismo Campos... Ya comienza a venir gente. Señor Aristogitón,
orden y compostura.
Ambos personajes se trasladaron a la sala de _Pasos perdidos_, donde
encontraron a varias personas. La concurrencia aumentaba cada instante
con la entrada de nuevos hermanos, entre los cuales los había de todas
clases, edades y figuras; muchos militares, aunque sin uniforme, y
no pocos clérigos, aunque sin hábitos. El hermano Aristogitón, que
por espacio de algunos meses había estado _dormido_, saludó a sus
compañeros de taller. Pasó algún tiempo en animadas conversaciones
particulares, hasta que el templo _fue descubierto_, mejor dicho, se
abrió una puertecilla que daba entrada a la logia.