VII

—Gracias a Dios que se te ve por aquí —dijo Canencia dando un apretado

abrazo al joven—. Sé que has venido de Francia hace más de veinte

días..., ¡tunante!, y no te has dignado dar una vuelta por la logia...

¡Cuando sabes que te queremos tanto; cuando sabes que los señores te

estiman mucho y desean hacerte hombre de pro...!

—Por tener ocupaciones graves no he podido venir —repuso Monsalud

sentándose—. Me han dicho que esto anda muy revuelto, papá Canencia.

—No es esto un modelo de paz y concierto —dijo el anciano con cierto

desconsuelo—. Las diversiones crecen, y la reciente fundación de los

comuneros ha hecho mucho daño a la Sociedad... ¿Y tú en qué piensas? Me

han dicho que los negocios del duque del Parque te dan de comer... Lo

celebro.

—Vivo regularmente; no como ustedes, los hombres mimados de la

situación, que están hechos unos bajás.

—¿Lo dices por mí? ¡Pobre Aristogitón! —exclamó Canencia con filosófica

humildad—. Yo no disfruto otras delicias de Capua que las emanadas de

un miserable destino en Correos. Pero estoy contento, contentísimo. Ya

sabes que no soy ambicioso, que me precio de filósofo en la verdadera

acepción de la palabra... Hijo mío, un pedazo de pan, un vaso de agua

clara, un buen libro, un tiesto de flores: he aquí mis tesoros, he aquí

mis necesidades, he aquí mi sibaritismo. Recordarás lo que dice el gran

Juan Jacobo acerca de...

—Yo no recuerdo nada.

—Pues el filósofo de los filósofos dice que no hay verdadera felicidad

sin sabiduría... ¡Oh!, ¿de qué sirven las grandezas humanas? Hasta

el heroísmo es cosa que no tiene simpatías, porque, como dice el

ginebrino: «la continuidad de pequeños deberes bien cumplidos no

exige menos fuerza moral que las acciones heroicas.» Mira tú cómo un

hombre humilde que no va más que de su casa a la de Correos, y de

la casa de Correos a la suya o a la logia, y carece de esposa y de

prole, puede ser un grande hombre, es decir, un sabio, o si lo quieres

más claro, un hombre feliz... Que suban los comuneros; que bajen o

suban o se estén quedos los masones... es cuestión que no me importa

mucho. El zoquete de pan, la cántara de agua, el tiesto de flores y

el buen libro no han de faltar. Convéncete, ¡oh joven inexperto!, de

que la ambición no ocasiona más que disgustos y enfermedades en el

hépate..., en el hígado, para hablar claramente... Se me figura que tú

estás carcomido por la ambición, ¿eh? Tú traes algo entre manos. Dime

—añadió poniéndole la mano en el hombro con patriarcal cariño—, ¿por

qué has escrito aquella carta a Campos, diciéndole que te retiras de la

masonería, y poniéndonos de oro y azul?... ¿Tratas de pasarte a los

comuneros? Ahí tienes una apostasía que me parece tonta. Pareces un

chiquillo. El creer que esto es una casa de locos, no es motivo para

querer salir de ella, señorito Aristogitón. Quédate aquí, quédate, sin

perjuicio de que _in foro conscienciæ_ te rías un poquillo de la parte

externa, ¿entiendes? Yo también, si he de decirte la verdad, me río

algunas veces.

—Pues si usted se ríe, amigo don Bartolo —dijo Monsalud siguiendo el

consejo del anciano—, es un hipócrita; porque usted es el hermano

secretario y orador de la Sociedad; usted es el erudito, el que explica

las leyes de la masonería, el consultor general, el que lo sabe todo

dentro de esta casa, el que ordena los ritos, el que explica lo que los

demás no entienden; usted es el sacerdote, el mago, el patriarca, el

senescal, el archimandrita, el santón, el hierofante o no sé qué nombre

darle, porque no sé todavía qué especie de religión, secta o jerigonza

es esta. Usted es el que predica cosas enrevesadas y enigmáticas que no

entendemos; usted es el que dibuja garabatos en los diplomas; usted,

asistido de su ayudante el señor Regato, fue quien puso aquí esos

huesos y esas calaveras que están abriendo la boca para decir que las

vuelvan a la tierra; usted escribió estos tarjetoncillos y puso las

granadas abiertas, las columnas, los triángulos y la soga, y lo que

llaman el _Delta_, el sol, la luna, el dosel, la J y la B, el cirio y

demás signos y majaderías. Si después de hacer esto se ríe usted de los

masones... vamos, se comprende en qué consiste el ser sabio y filósofo.

Durante el discursillo, el anciano Canencia sonreía socarronamente

acariciándose la barba. Cuando le tocó hablar volvió a poner su mano en

el hombro del amigo, y bondadosamente le dijo:

—¿Tú no sabes que al pueblo, al vulgo, al común de las gentes, o como

quiera llamarse a esa turbamulta ignorante e impresionable, es preciso

meterle las ideas por los ojos? Ya es un gran adelanto que hayamos

desterrado los símbolos y fórmulas absurdas de las religiones. Para

inculcar en esas cabezas de estuco el culto y veneración del ser

supremo, hay que proceder con paciencia. ¿Hemos de decirles que lo

mejor es adorar a Dios bajo la bóveda de los cielos? No, mil veces no:

mientras haya hombres, es preciso que haya templos, y mientras haya

templos, es preciso que haya simbolismo, y mientras haya simbolismo es

preciso que haya imágenes, o a falta de imágenes, garabatos, cositas

raras y de difícil inteligencia... Vaya, amiguito, no repitas la

vulgaridad de que soy un farsante. Equivaldría esta calumniosa especie

a llamar farsantes al Papa y demás gigantones del catolicismo, y no

lo son: dentro de su esfera, bajo su punto de vista, no lo son... Lo

que yo siento es que la gente va perdiendo el respeto al ritual, y

llegará día en que miren todo esto como miran los curas dentro de la

sacristía los objetos de su oficio. ¡Pícara humanidad! Verdaderamente

es una bestia. No se la puede tratar sino a palos. Acá para entre los

dos, Aristogitoncillo de mil demonios, desde que se planteó aquí la

libertad, voy creyendo que Atila, Omar, Felipe II y Bonaparte han

tratado a los hombres como se merecen. Mientras todo no vuelva al

estado primitivo... ¡Oh! Pero tú no entiendes de esto, ¿no es verdad?

¡El estado primitivo! ¡Ah! ¡Imagínate el estado anterior a este

funesto pacto que hemos hecho para destrozarnos los unos a los otros,

y hacernos todo el daño posible!... No hay nada comparable al pacto.

La verdadera sabiduría debe dirigirse a ese fin; un fin, muchacho, que

consiste en volver al principio. Mas no puede formar idea de esto quien

está devorado por la ambición, y tiene lleno el espíritu de ansiedades

mundanas, en vez de conformarse a vivir modesta y primitivamente con un

pedazo de pan y un vaso de agua cristalina, un tiesto de flores y un

buen libro...

Monsalud no podía tener la risa. Durante un rato, Canencia, poniéndose

las antiparras, siguió _burilando_, o sea escribiendo, _la plancha_, o

mejor, el acta.

—Tú te ríes —dijo en el momento en que echaba polvos para volver la

hoja— porque crees que ganarse la vida de esta manera, no cuesta

trabajo. Niño mimado de la fortuna, yo quisiera saber qué sería de ti

sin la prebenda que tienes en casa del duque del Parque.

—Las prebendas —repuso Salvador— no existen hoy sino en este manejo de

la J. y la B., y en este cepillo o tronco masónico, que es el mejor del

mundo después del de las Ánimas. ¡Ah, papá Canencia, ya podía usted

echar un remiendo a estas pobres calaveras, que están diciendo con sus

bocas sin lengua la inmensa tacañería del sacristán mayor de este

templo!

—Así como no tienen lengua para pedir —dijo don Bartolomé con malicia—,

tampoco tienen paladar, y puesto que no comen más que polvo, no puede

haber cocina más económica, y limpiarlas sería ponerlas a dieta. Bien

dijo el otro, que en polvo nos hemos de convertir.

—No lo dije por usted, que se está convirtiendo en momia de Egipto

forrada en oro y plata, por obra y gracia de los misterios de Isis, de

Eleusis o de Patillas.

—Esa es la opinión de esos bobos de comuneros —dijo Canencia algo

amostazado—. ¿Por ventura este granuja se nos ha hecho comunero?

—Tal vez —replicó Salvador—. Allá parece que están por la formalidad.

¿Hay también cepillo y colectas?

—Más que aquí. Pregúntaselo al señor Regato, que ha contribuido a

fundar aquella Sociedad, después de haber comido a dos carrillos en

nuestro plato, y hecho _salvas_ con nuestra _pólvora_.

Los masones llamaban al vino _pólvora roja_, al vaso, _cañón_, y a

los brindis, _salvas_. No es fácil comprender la misteriosa relación

simbólica entre la embriaguez y la artillería.

—Pero te advierto —continuó Canencia—, por si es tu intención pasarte a

los comuneros, que aquí no tienes más que boquear para obtener lo que

mejor te cuadre. Campos te quiere mucho... anoche mismo habló mucho de

ti, y aun se me figura que te va a sorprender con un buen regalito.

Has hecho bien en venir esta noche.

—Lo celebro, porque vengo a pedir.

—¿A pedir?... Gracias a Dios, hombre. Eres de los nuestros. Veo que

entras en el buen camino —dijo Canencia mirando su reloj—. El acta está

lista. Ya es hora de empezar la _tenida_. ¿Y qué pides?

—Dígame, señor Canencia —preguntó Monsalud con gran interés—, cuál es

el criterio del Orden respecto a la suerte de los que están presos por

conspiraciones absolutistas.

—¿Cuál ha de ser? Que los ahorquen. ¿Te has echado a filántropo? ¿Hay

algún pariente tuyo en la cárcel de Villa?

—Sí, señor: hay un pariente mío en la cárcel de la Corona —repuso

Salvador con firmeza—, y es preciso sacarlo de allí.

—¿Es rico?

—Es pobre.

—Pues veo muy difícil que tu pariente coma los buñuelos del San Isidro

de este año... Sin embargo, puedes trabajar. Campos te quiere mucho. El

duque pertenece al Supremo Consejo. Ya sabes que lo que aquí se ata,

atado será en el gobierno, y lo que allá dentro desatemos, desatado

será... allá arriba. Esta noche, después de la _tenida_ ordinaria, hay

_tenida de Príncipes del grado 31_. Creo que se tratará de cosas muy

altas. Si consigues tener de tu parte a Campos...

—En la _tenida_ ordinaria, ¿quién preside esta noche?

—El mismo Campos... Ya comienza a venir gente. Señor Aristogitón,

orden y compostura.

Ambos personajes se trasladaron a la sala de _Pasos perdidos_, donde

encontraron a varias personas. La concurrencia aumentaba cada instante

con la entrada de nuevos hermanos, entre los cuales los había de todas

clases, edades y figuras; muchos militares, aunque sin uniforme, y

no pocos clérigos, aunque sin hábitos. El hermano Aristogitón, que

por espacio de algunos meses había estado _dormido_, saludó a sus

compañeros de taller. Pasó algún tiempo en animadas conversaciones

particulares, hasta que el templo _fue descubierto_, mejor dicho, se

abrió una puertecilla que daba entrada a la logia.

El Grande Oriente · 第 10 / 33 题