VI

Todavía no se había _descubierto_ el templo. No era aún la hora de

la _tenida_, y los _Hijos de la Viuda_, descansando de las fatigas

políticas en sus casas o en los cafés, esperaban que la luz astral de

la noche marcase la hora propia para los trabajos del _Arte-Real_. Los

_Maestros sublimes perfectos_, los _Valientes Príncipes del Líbano_ o

_de Jerusalén_, los _Caballeros Kadossch_, los que antaño se llamaban

_Gerográmatas_, los _Hierorices_, los _Epivames_, los _Dadouques_,

los _Rosa-Cruz_ de hogaño, los hermanos todos, desde el _terrible_

hasta el _sirviente_; los aprendices, compañeros y maestros, desde

los de mallete hasta los de cuchara, estaban ocupados en el _ágape_

doméstico, o bien conversando con sus _mopsses_, jugando con sus

_lovatone_ o matando el tiempo en las reuniones profanas, lejos de

la _verdadera luz_. Las _estrellas_ no se habían encendido todavía,

ni el _mirto eleusiaco_ exhalaba su aroma. Imperaba la rosa, emblema

del silencio, y la imponente exclamación _Ossé_ no había resonado aún

bajo las _bóvedas_ orientales. En una palabra (y hablando con claridad

para inteligencia de los ignorantes), la sesión de la logia no había

empezado todavía.

En la _Caverna del Mithra_, o sea el universo, hay un punto que se

llama _Mantua_, o Madrid, en cuyo punto es evidente la existencia de

una calle llamada de las Tres Cruces. En esa calle cualquier curioso,

aunque no tenga sus oídos abiertos a la _verdadera luz_, podrá ver una

tienda de sastre; y si penetra en ella para que el supremo arquitecto

de las levitas le tome medida de una; si durante esta fastidiosa

operación alza los ojos a la _bóveda del firmamento_, vulgo cielo raso,

verá sin duda que por aquellos descoloridos y descascarados yesos se

pasean soles, lunas, rayos que fueron de oro, cordones, triángulos,

estrellas pitagóricas, y otros signos. Al ver esto, sentirá en su alma

profundísima emoción de respeto, y dirá: «Aquí estuvo el gran templo

masónico en los tres _llamados_ años, del 20 al 23.»

Siguiendo nuestra relación (y dejando que pasen algunos días después

de las escenas últimamente referidas, lo cual nos lleva a los últimos

de febrero de 1821), nos dirigimos allá. Es temprano: es la hora en

que hierven los clubs; la hora en que _Lorencini_, _La Cruz de Malta_

y _La Fontana_ son otras tantas ollas donde burbujean con rumoroso

y mareante zumbido las pasiones políticas, entre el chisporroteo de

las envidias y el resoplido de las ambiciones. Todavía es temprano,

porque los trabajos masónicos _se abren_ (este tecnicismo obliga

frecuentemente a no hablar en castellano) a hora más avanzada.

Aún está a oscuras el edificio de la calle de las Tres Cruces.

Reconocemos el _vestíbulo_; la sala de _Pasos perdidos_, donde campean

los _Cuadros lógicos_, y no hallamos persona viva. Óyense tan solo los

pasos de un _hermano sirviente_ que va y viene, poniendo en su sitio

las lámparas de aceite que bien pronto se han de llamar _estrellas

polares_, _astros_ o _nebulosas_. Por último, vemos que entra un hombre

con ademán resuelto, como persona muy hecha a semejantes lugares, y

observando que adelanta sin recelo alguno, nos apresuramos a seguirle

tomándole por guía en el laberinto de galerías y salas. El desconocido

se acerca al _sirviente_, y después de saludarle con signos que no nos

es posible determinar, pronunciando una especie de santo y seña, le

hace esta pregunta:

—¿Está el señor Canencia?

—En la _Cámara de meditaciones_ le hallará usted, señor Monsalud.

Le seguimos denodadamente, aunque el nombre de _Cámara de meditaciones_

nos da cierta comezoncilla de miedo, por haber oído que es un recinto

pavoroso que hace enflaquecer el ánimo más esforzado. A pesar de

esto, penetramos detrás del gallardo joven, y desde el mismo instante

sentimos temblores y escalofríos al ver una habitación toda colgada de

negro, no puede decirse que alumbrada, sino entristecida por macilenta

luz. Damos diente con diente y el cabello se nos eriza, al observar

que en diversas partes de la triste estancia, cuelgan, cual objetos

en testero de tienda, cantidad de huesos y calaveras, y que medio

esqueleto se apoya contra la pared mirando con desconsuelo al otro

medio, o sea los fémures y tibias que fueron de su pertenencia y ora

yacen en el suelo.

En la sepulcral pieza hay una mesa, y junto a esta mesa se ocupa

en _burilar una plancha_, o sea extender un acta (hablando a lo

cristiano), un viejo de cabellos blancos. No atendemos a las

demostraciones amistosas que hace a nuestro introductor, ni a las

palabras de este: por ahora, atentos solo al conocimiento del local,

fijamos los atónitos ojos en algunos letreros que entre hueco y

hueco adornan las paredes, y leemos: «_Si vienes impulsado por una

mera curiosidad o por otro móvil aún peor, retírate: no trates de

descubrirla, porque penetraremos tus intenciones._» Volvemos la

cabeza y nos sale al encuentro otro parrafillo: «_Si tu conciencia

está tranquila, ¿por qué sientes disgusto ante estos despojos que te

recuerdan el fin de tu vida?_» Otro letrero dice: «_¿Siente tu alma

temor? Pues retírate, porque solo un espíritu fuerte puede soportar

las pruebas a que has de ser sometido._» «_¿Te hallas dispuesto a

sacrificar tu vida en aras del progreso humano?_»

Poco a poco nos vamos familiarizando con el fúnebre y medroso

espectáculo, y echamos de ver que la Cámara, lo mismo que su extraño

mueblaje, tienen cierto sello de arrinconados cachivaches de teatro,

dicho sea con perdón de las humanas calaveras. El polvo que los cubre,

el desorden y abandono con que están colocados los huesos y las

inscripciones, indican que todo aquello está en lamentable desuso.

Era la _Cámara de las meditaciones_ un recinto donde encerraban al

catecúmeno para que preparara su ánimo antes de ser recibido como

aprendiz por la congregación masónica. Lo primero que tenía que hacer

el pobre profano una vez que lo metían bonitamente allí, era otorgar

su testamento y contestar por escrito a varias preguntas, con objeto

de mostrar su manera de discurrir y los gramos de sal que tenía en

la mollera. Formuladas las respuestas, un hermano entraba con el

rostro cubierto en la Cámara, y recogiendo aquellas, las entregaba

al _Venerable_, que ya estaba presidiendo la sesión o _tenida_.

Leíanse las pruebas del talento del neófito, y si no resultaba alguna

barbaridad estupenda, concedíanle el goce de la verdadera luz. Aquí

empezaba una serie de ceremonias de que la gente de todos tiempos se ha

reído mucho; pero dicen los masones que hasta sus más insignificantes

gestos y signos tienen un sentido no menos profundo que los ritos de

las religiones india, judaica y cristiana. Digan lo que quieran, las

ceremonias de estas religiones, aun consideradas tan solo bajo el punto

de vista artístico, tienen un sello especial de grandeza e idealidad;

las masónicas, que solo vagamente responden a una idea filosófica,

parecen, por lo general, un juego de chiquillos, dicho sea con perdón

de los _Valerosos y soberanos Príncipes_.

Cuando se acordaba que el profano tenía bastante entendimiento para

ser masón (y no debían de ser grandes las exigencias del tribunal),

vendábanle a mi hombre los ojos para conducirle a la logia, que

estaba comúnmente a dos pasos de la _Cámara de meditaciones_. Daba

él un golpecito en la puerta, y un masón, a cuyo cargo corrían las

funciones de _primer celador_, decía con la voz más campanuda posible:

«Venerable, llaman profanamente a la puerta del templo.»

El _Venerable_, aunque sabía bien quién llamaba y por qué llamaba, se

hacía el sorprendido, diciendo con acento solemne: «Ved quién es.»

Intervenía entonces otro funcionario que se llamaba el _guarda

interino_. Este salía en averiguación del profano forastero que a

deshora turbaba la tranquilidad augusta de la logia, y entonces el

hermano que acompañaba al neófito decía: «Es un profano que desea ser

iniciado en nuestros secretos.»

Por fin, después que habían mareado bastante al pobre lego, le dejaban

entrar, no sin que dijera antes su nombre, edad, naturaleza, estado,

religión, profesión y domicilio. El hermano que le presentaba ponía fin

a su alta misión con estas palabras: «Ahí os lo entrego; ya no respondo

de él.»

Sería molesto y ocioso referir la serie de preguntas que el

_Venerable_, desde la celeste luminosa altura del Oriente, dirigía

al neófito. Después de las preguntas empezaban las pruebas, a fin

de ver, según el código masónico, _hasta qué punto la tortura física

influye en la lucidez de las ideas del neófito, y conocer su energía,

su carácter_, etc. Aquí venían las figuradas copas de sangre; los

homicidios de mentirijillas; los testarazos que no pasaban de broma;

los _cálices de amargura_, cuyo licor ha sido siempre muy conocido en

la Fuente del Berro; las abluciones en un pilón denominado _Mar de

bronce_, y otros sainetes, algunos de los cuales recibían el nombre de

_viajes_, y lo eran, en efecto, por los imaginarios países de Babia. Al

_recién nacido_ le asistía en tales actos un individuo a quien llamaban

el _hermano terrible_, siendo común que desempeñara tal comisión y

llevase el atroz mote, algún bonachón tendero de la Plaza Mayor, o

manso escribientillo de cualquier oficina.

En seguida juraba el recipiendario, prometiendo realizar cosas muy

buenas, para las cuales no es preciso seguramente hacer el payaso,

pues multitud de personas socorren a sus hermanos en la _Caverna del

Mithra_, vulgo mundo, sin necesidad de que se lo mande un _Venerable_,

ni de que le mareen con preguntas vanas después de bailar el _minuetto_

entre un _Caballero Kadossch_ y un _Príncipe del Líbano_. El juramento

no era la última ceremonia, pues ningún profano podía dejar de serlo

hasta que no le sobaban de lo lindo. Al golpe de los _malletes_, o

sea martillos de palo, caía la venda de los ojos del neófito y se

encontraba rodeado de llamas y espadas.

¡Tremendo, crítico instante para aquel que creyera iba a ser mechado y

asado culinariamente!... pero las llamas eran pintadas y las espadas

de hoja de lata. El _Venerable_, compadecido entonces sin duda de

la situación de aquel pobre hermano metido dentro de una hoguera y

entre punzantes aceros, procuraba tranquilizarle diciéndole que las

llamas y espadas no eran otra cosa que una imagen del remordimiento

que _desgarraría el alma del recién nacido_ si llegaba a vender los

secretos de la Sociedad. Con esto quedaban terminadas las fórmulas, y

respiraba con libertad el iniciado viendo concluidas las pesadeces del

rito. Pero a lo mejor tomaba la palabra el _Venerable_, que era por

lo común un hombre, si no digno de veneración, muy convencido de la

importancia de aquellas comedias, y le espetaba un discursazo, llamado

entre ellos _pieza de arquitectura_, encareciendo la sublimidad de la

masonería, y revelándole algo de lo concerniente al grado primero o de

aprendiz. Este dejaba de llamarse Juan o Pedro, y tomaba con singular

modestia el nombre de Catón, Horacio Cocles, Leibniz u otro cualquier

personaje célebre.

No puede formarse juicio exacto de la masonería por lo que esta

institución ha sido en España. Los masones de todos los países

declaran que la Sociedad del compás y la escuadra existe tan solo para

fines filantrópicos, independientes en absoluto de toda intención y

propaganda políticas. En España, por más que digan los sectarios de

esta Orden, cuyos misterios han pasado al dominio de las gacetillas,

los masones han sido en las épocas de su mayor auge, propagandistas

y compadres políticos. Tampoco puede formarse juicio de la masonería

española de antaño por los restos de ella que existen hoy, y que,

al decir de los devotos, se reducen a unas juntillas diseminadas

e irregulares, sin orden, sin ley, sin unidad, aunque cumplen

medianamente su objeto de dar de comer a tres o cuatro hierofantes.

Esta antigualla oscura que algunos sostienen como una confabulación

caritativa para fines positivos o menudencias individuales, y para

protegerse en uno y otro continente (por lo cual son masones casi todos

los marineros que hacen la carrera de América), no tiene nada de común

con la asociación de 1820.

Era esta una poderosa cuadrilla política, que iba derecha a su objeto;

una hermandad utilitaria que miraba los destinos como una especie de

religión (hecho que parcialmente subsiste en la desmayada y moribunda

masonería moderna), y no se ocupaba más que de política a la menuda,

de levantar y hundir adeptos, de impulsar la desgobernación del reino;

era un centro colosal de intrigas, pues allí se urdían de todas clases

y dimensiones; una máquina potente que movía tres cosas: gobierno,

Cortes y clubs, y a su vez dejábase mover a menudo por las influencias

de Palacio; un noviciado de la vida pública, o más bien ensayo de ella,

pues por las logias se entraba a _La Fontana_ y _La Cruz de Malta_,

y de aprendices se hacían diputados, así como de _Venerables_ los

ministros. Era, en fin, la corrupción de la masonería extranjera, que

al entrar en España había de parecerse necesariamente a los españoles.

Durante la época de persecución, es notorio que conservó cierta

pureza a estilo de catacumbas; pero el triunfo desató tempestades de

ambición y codicia en el seno de la hermandad, donde al lado de hombres

inocentes y honrados, había tanto pobre aprendiz holgazán que deseaba

medrar y redondearse. Apareció formidable el compadrazgo, y desde la

simonía, el cohecho, la desenfrenada concupiscencia de lucro y poder,

asemejándose a las asociaciones religiosas en estado de desprestigio,

con la diferencia de que estas conservan siempre algo del simpático

idealismo de su instinto original, mientras aquella solo conservaba,

con su embrollada y empalagosa liturgia, el grotesco aparato mímico y

el empolvado _atrezzo_ de las llamas pintadas y las espadas de latón.

A medida que iba avanzando el triunfo, iba decayendo el ritual

masónico, simplificándose los símbolos, ralajándose la disciplina en

lo relativo a juramentos, pruebas, iniciación. Por eso hemos visto

tan empolvados y rotos los tarjetones y huesos de la _Cámara de

meditaciones_, cuya inutilidad empezaba a ser reconocida. Es propio de

gente tocada del afán de codicia el no preocuparse de detalles tontos,

y bien se sabe que hambre o ambición no tienen espera.

El Grande Oriente · 第 9 / 33 题