Halló Monsalud al señor Gil de la Cuadra en un gabinete estrecho,
donde tenía cama y mesa de escribir. Estaba el taciturno sentado en un
viejo sillón, donde se hundía su flaco y miserable cuerpo, y todo en
él revelaba perniciosa mezcla de abatimiento y exaltación, cual si su
espíritu aumentase en actividad y la perdiera a toda prisa el cuerpo,
reclamando el final descanso de la sepultura. Sus ojos brillaban,
moviéndose en los irritados huecos, y con vaguedad calenturienta y
voluble fijábase en todos los objetos. Movía la cabeza y los brazos
sin descanso, asemejándose su inquietud a tentativas de acciones
concebidas rápidamente y desechadas antes de la realización. Cada
segundo determinaba en aquella alma llena de zozobra un nuevo proyecto,
un nuevo plan, un deseo nuevo. Las luchas del insomnio le conmovían,
pugilato horrendo que el alma sostiene consigo misma creyéndose otra,
y en el cual hay formidables encuentros, caídas y elevaciones, un
espantoso temblor de congojas, contra las cuales no hay voluntad ni
razón que prevalezcan.
El personaje que ahora nos ocupa no es desconocido para los lectores de
estos libros.[1] Apareció brevemente cuando describimos la retirada de
los franceses en 1813. Entonces abandonaba el suelo patrio como adicto
al Intruso, a quien había servido, desempeñando una plaza de oidor en
la Chancillería de Valladolid. Estableciose con su esposa doña Pepita
Sanahuja en un pueblecillo del Poitou, y poco después de estar allí,
hizo que le llevaran su hija única, Soledad, a quien, por no exponerla
a los peligros de la retirada, dejó en el pueblo natal confiada a los
parientes de su primera esposa. Gil de la Cuadra había sido casado dos
veces, y Solita era hija del primer matrimonio, pues la señora que el
lector conoció en los campos de Álava, no tuvo prole. La emigración
fue tristísima para el oidor de la Chancillería de Valladolid, a pesar
de la dulce compañía de su adorada hija, porque después de haber
perdido casi toda su fortuna en el gran conflicto de la monarquía
extranjera, tuvo el dolor de ver expirar a su segunda mujer en el
invierno del año 18.
[1] Véase _El equipaje del rey José_.
De regreso a España, cuyas puertas abrió para los infelices renegados
la revolución de 1820, se estableció con su hija en La Bañeza; pero
circunstancias funestas que él mismo nos dará a conocer le obligaron
a trasladarse a Madrid, donde la casualidad le llevó a la misma casa
que habitaba Salvador Monsalud, cuya suerte tan unida estuvo, después
de la batalla de Vitoria, a la del fugitivo matrimonio. A pesar de la
amistad contraída en la fatal jornada del 21 de junio y de las buenas
relaciones que sostuvieron en la emigración, pues Salvador vivió
también algunos meses en Poitiers, Gil de la Cuadra se mostraba en
Madrid muy poco comunicativo y afectuoso con su vecino. Era su carácter
en verdad inclinado a la reserva, a cierta aspereza misantrópica que
entibiaba las amistades. Visitábanse, sí, con frecuencia, y Soledad
pasaba algunos ratos acompañando a doña Fermina; pero Gil de la Cuadra,
en sus entrevistas con el antiguo jurado, mostraba el singular recato
y la estudiada sobriedad de palabras que indican empeño de ocultar
ocupaciones o designios. Por esta misma razón causó sorpresa al joven
verse llamado tan a deshora y con tanto anhelo.
Indicándole con una seña que se sentara a su lado, Gil de la Cuadra le
habló de este modo:
—Dispénseme usted si me he tomado la libertad de hacerle subir, para
confiarle un asunto grave. Sepa usted que yo soy muy desgraciado,
el más desgraciado de los hombres... Necesito el amparo de un ser
generoso, de un buen amigo, de una persona discreta y al mismo tiempo
poderosa.
—Yo no puedo ni valgo nada —replicó Salvador—; pero lo que de mis
escasas facultades dependa, está a disposición de usted.
—Revelaré todo y decidiremos —dijo Gil de la Cuadra con esforzada voz—.
Mi estado nervioso, la furia y exaltación de mi cerebro son tales
esta noche, que creo moriré si no tomo una determinación salvadora...
¿Quiere usted que le hable con toda franqueza? Pues, amigo mío, yo soy
muy cobarde.
Después de esta declaración, Monsalud creyó que el señor Gil iba a
poner en su conocimiento cualquier contrariedad insignificante.
—Muy cobarde —añadió el extraño enfermo—. Verdad es que lo que me pasa
es gravísimo. Si no tuviera una hija a quien adoro, a estas horas,
señor Monsalud, ya me habría dado muerte. En un momento de exaltación,
casi llegué a olvidarme de mi pobre Solita, y abrí esa ventana para
arrojarme a la calle. Vivir así, no es vivir.
—Dígame usted con calma lo que tanto le mortifica, y resolveremos.
—Ante todo, debo recordarle a usted una deuda que conmigo tiene —indicó
el taciturno fijando en su amigo los ojos con expresión patética—.
Mi esposa, que en gloria esté, y yo le salvamos a usted la vida en
aquellos aciagos días de junio de 1813, que no puedo recordar sin
espanto.
—Tampoco yo —dijo Monsalud palideciendo.
—Le salvamos a usted la vida —añadió Gil de la Cuadra complaciéndose en
esta idea fundamental de su argumentación—. Después de ocultar a usted
diferentes veces, yo autoricé a mi esposa para que, cediendo todas sus
alhajas, que eran gran parte de nuestra fortuna, le rescatara a usted
del poder de aquellos malvados guerrilleros que querían sacrificarle.
—¡Es cierto! —murmuró Salvador con voz grave.
—¿Cabe mayor abnegación tratándose de un desconocido?
—No, no cabe más. Cien vidas de agradecimiento no bastarían para pagar
eso que usted llama deuda, y como tal con todo mi corazón la reconozco.
—¿De modo que usted, amigo mío, se halla dispuesto a hacer por mí, si
me veo en un conflicto supremo, lo que mi esposa y yo hicimos por usted
cuando peligraba su vida?
—Dispuesto con toda mi alma —afirmó el joven lleno de piedad y
efusión—. Ordene usted lo que debo hacer. Cuanto tengo, cuanto valgo,
mi vida y mi nombre están a disposición de usted. No es un sacrificio,
es un deber; y si no recuerdo mal, no ha sido preciso que llegaran
ocasiones supremas para hacer este ofrecimiento, porque desde nuestra
primera entrevista en Madrid me declaré deudor eterno de usted.
—Es verdad: gracias, gracias —dijo el enfermo, estrechando con sus
flacas y amarillas manos las de Monsalud—. Mucha atención a lo que voy
a referir. Creo haber indicado a usted, cuando estábamos en Francia,
que mis ideas han sido siempre favorables a los derechos absolutos de
la corona y a la monarquía pura, tal como durante siglos la disfrutaron
las más gloriosas naciones de la tierra. La ambición de mi segunda
esposa, y debilidades mías, que deploro amargamente, me indujeron
a reconocer y servir al intruso Bonaparte. No necesito recordar la
ignominiosa caída del partido afrancesado. Yo, que no pertenecí a él
de corazón, sino por las sugestiones de mi mujer, tengo más derecho
que los demás a quejarme de mi detestable suerte. Volví del destierro
sin que mis ideas sufriesen mudanza alguna, y es singularísimo, y a la
par muy triste, que los absolutistas del 14, con quienes mi corazón
simpatizaba, me cerraran las puertas de la patria, y que me las
abriesen los liberales, a quienes tengo la desgracia de aborrecer. Esta
contradicción real y molesta entre mi modo de pensar y mi gratitud,
obligome el año pasado a huir prudentemente de las cosas políticas.
Retireme a mi pueblo natal, La Bañeza. Como allí conocían todos mis
ideas, un día los liberales me acometieron con palos ordenándome que
diese vivas a la Constitución; negueme a tal vilipendio, y aquella
deuda que para con ellos contrajeron mis honrados labios, pagáronla
mis costillas con buenos cardenales. No obstante, tuve paciencia, señor
y amigo mío, y seguí pacíficamente en mi casa, pidiéndole a Dios que
ponga fin a esta insoportable tiranía del populacho, mas sin buscar
venganza, resistiéndome a tomar parte en los trabajos que algunos
realistas traían entre manos para levantar partidas. En estas andadas,
organizose en La Bañeza la llamada Milicia nacional, que yo llamaría
infernal, hablando propiamente, y para dar pruebas de su existencia y
hacer el estreno de su bárbaro poder, emprendiendo con brillo el camino
de la gloria, creyó que lo mejor era adjudicarme una nueva paliza,
como lo hizo el 3 de septiembre del año pasado, pretextando que yo
conspiraba.
—Ya van dos, señor Gil. En verdad que admiro la resignación y
sufrimiento de usted.
—Mes y medio de cama me costó la hazaña de los milicianos de mi pueblo.
¿Creerá usted que ni tales razones pudieron persuadirme a que dejara mi
pacífico y santo retiro? Aguanté, callé y esperé. Mi actitud digna y
cristiana debió ponerme a cubierto de nuevos ataques, ¿verdad?
—Seguramente.
—Pues no fue así. Precisamente por la razón de que yo sufría y callaba,
debieron aplacarse en ellos la feroz intolerancia y salvajismo; pero no
fue así, sino que mi humildad les hacía más bravos cada vez, y alegando
conspiraciones que solo en su obtusa mente existían, me atacaron de
nuevo...
—¿Otra vez?
—Sí, señor, y se lo digo a usted francamente. A la tercera paliza ya
no pude aguantar más, y lo que no había hecho hasta entonces, lo hice
desde aquel día.
—¿Conspirar?
—Justamente. Ellos se empeñaron en que conspirara, y conspiré. Aquí
tiene usted la sabiduría de los liberales. Con su imbécil sistema de
apalear a los que no piensan como ellos, van poco a poco convirtiendo
en enemigos a todos los españoles. Yo, que había hecho propósito firme
de no mezclarme en la política activa, ni contribuir al levantamiento
de partidas, ni conspirar, salí de mi casa decidido a todo, a todo
absolutamente; vine a Madrid, y mi mala suerte deparome aquí el
encuentro con un amigo de mi juventud, don Matías Vinuesa, cura que
fue de Tamajón, y a quien Su Majestad, en premio de los méritos que
contrajo durante la guerra, hizo capellán de honor y arcediano de
Tarazona.
—Ya sé a dónde va usted a parar —dijo Monsalud con benevolencia—.
Vinuesa le indujo a usted a intervenir en esa descabellada conspiración
que le ha llevado a la cárcel, y que probablemente le llevará también
al patíbulo.
Al oír esto, el enfermo palideció y sus labios pronunciaron algunas
palabras a guisa de oración.
—Puesto que todo se lo he de confesar a usted —añadió exhalando un
suspiro—, diré que, en efecto, he sido confidente y amigo de don Matías
Vinuesa. Obra de muchos es el célebre plan, cuyo descubrimiento ha
ocasionado la prisión de ese bendito, y que, con perdón de usted, no
es descabellado ni mucho menos, y nos habría conducido al glorioso
objeto que anhelamos los buenos españoles, si la imprudencia, el
soborno o la traición no lo hubieran descubierto. Presumo yo que
alrededor del trono, donde tanto se trabaja por derrotar al gobierno y
a los liberales, existen la venalidad y la corrupción más que en parte
alguna, y que de los mismos que nos han incitado a conspirar, partió
la infame denuncia, fundada en móviles que no comprendo. Ya estoy
aburrido, desengañado de la mala fe de todos, convencido de que tan
pícaro es Juan como Pedro, y de que no es posible tomar parte activa en
la cosa pública sin meterse en fango hasta la coronilla.
—¡Lástima que no lo conociera usted antes de pringarse en la desdichada
conjuración palaciega de Vinuesa, que es, según he oído, una de las
mayores aberraciones que puede concebir la imaginación!
—Siento que usted califique tan duramente un plan que no conoce —repuso
Gil de la Cuadra en el tono del amor propio herido—. Y como no puede
conocerlo si yo no se lo revelo, lo haré, porque después de la prisión
de mi amigo, no hay en ello inconveniente. La primera condición de
nuestro plan era el secreto. Solo debían tener noticia de él Su
Majestad, el infante don Carlos, el duque del Infantado y el marqués
de Castelar, como los únicos encargados de ponerlo en ejecución.
Llegado el momento del golpe, Su Majestad debía llamar a los ministros,
al capitán general y al Consejo de estado, y una vez que los tuviera
a todos bien agazapados en la real cámara, debía entrar una partida
de guardias de Corps, mandada por el serenísimo señor infante, y
prenderlos a todos, luego qué el rey saliese de la estancia. Vea usted
qué ardid tan sencillo y al mismo tiempo tan fácil.
—Sí; todo es fácil y sencillo en las cabezas de los conspiradores.
Prosiga usted.
—Inmediatamente después el mismo señor infante don Carlos debía pasar
al cuartel de guardias y mandar arrestar a todos los individuos poco
afectos a Su Majestad y a nuestras ideas.
—¿También eso es fácil y sencillo?
—Déjeme usted seguir. Al mismo tiempo el señor duque del Infantado...
bien le conoce usted: ¡qué imponente figura, qué aire marcial! Solo
con presentarse inclina los ánimos a la obediencia... pues digo que el
señor duque debía marchar en el mismo momento a Leganés a ponerse al
frente del batallón de guardias que hay allí.
—Suponga usted que los guardias de Leganés le recibieran a tiros, que
también puede ser...
—No es probable que a tan grande prócer y cumplido caballero le
faltaran de ese modo... Pero aún resta algo... Excuso decirle a usted
que todo debía hacerse en un momento dado.
—Es natural, y en un mismo momento dado también debía hundirse todo.
Adelante.
—Se sobrentiende que ese momento había de ser nocturno —contestó el
anciano—. Dado el primer golpe, veamos ahora su desarrollo. A las doce
en punto, ni minuto más ni minuto menos, debía ponerse en camino para
Madrid el batallón de Leganés, entrando en esta corte a las dos. A las
tres en punto el regimiento del Príncipe, con cuyo coronel se contaba,
debía ocupar todas las puertas de la villa, y a las cinco y media,
ni minuto más ni minuto menos, debían las tropas y el pueblo empezar
a dar _vivas_ a la religión, al rey, a la patria, y _mueras_ a la
Constitución y a los ministros... Luego el plan contenía una multitud
de determinaciones, consecuencia natural del triunfo. Debían ordenarse
varias cosas, verbigracia: que se celebrase un Concilio nacional...
que los cabildos se encargaran otra vez de la administración del
_Noveno_... que hubiese tres días de rogativas... que se rebajase la
tercera parte de la contribución... que los gastos de iluminaciones y
festejos fueran muy moderados... que los milicianos sirvieran en el
ejército ocho años o pagaran veinte mil reales de redención... que se
trasladara al obispo de Mallorca... que se imprimieran por cuenta del
Estado las cartas del padre Rancio... que el obispo auxiliar, portador
del libro de la Constitución del año 20, lo llevase también ahora y con
su propia mano se lo diese al verdugo para quemarlo... en fin, ya ve
usted que nada faltaba.
—Nada faltaba, a no ser sentido común. ¿Son también obra de usted los
papeles _El grito de un Español_ y _La papeleta de León_?
—En esta misma mesa he escrito parte de ellos —repuso el enfermo con
disgusto—. Pero no disputemos ahora sobre la ruindad o excelencia
del plan. Yo sigo creyendo que sin los infames sobornos y traiciones
que han mediado, nuestra obra nos habría proporcionado un verdadero
triunfo. No es posible formar juicio de lo que no ha podido pasar
del pensamiento a la irrecusable prueba de los hechos. Lo real, lo
positivo, lo que vemos y tocamos, amigo mío, es que yo me encuentro
comprometido, expuesto a perder la libertad y quizás la vida, si no
hallo un hombre discreto, astuto, hábil y poderoso que me ampare en
trance tan aflictivo.
—Pero la corte, esa corte que es la que alienta, paga y sostiene las
conspiraciones realistas, no le abandonará a usted...
—¡Ah, señor Monsalud de mis pecados! —exclamó Gil de la Cuadra con
amarga tristeza—, la corte, o no puede nada, o teme comprometerse
dándome el amparo que de ella he solicitado. Preso don Matías, sin que
ni rey ni Roque hayan podido evitarlo; hecha pública la conjuración,
no hay ningún prócer ni potentado de Palacio que no proteste de su
adhesión al liberalismo. ¡Pecador de mí! ¡Mil veces pecador! La
circunstancia de haber sido afrancesado me hace sospechoso a los
absolutistas. Esa es mi fatalidad; esa es mi estrella negra; esa es la
funesta herencia que me dejó mi esposa. ¡Si viera usted cuántas puertas
se han cerrado hoy ante mí! Es particular: de la noche a la mañana ya
nadie me conoce. Soy un extraño, un importuno; creen sin duda que les
voy a pedir un socorro pecuniario, y me reciben de malísimo talante.
La única muestra de benevolencia que he recibido es muy triste, señor
Monsalud. Diómela un caballero de Palacio, avisándome hoy el peligro
que corro, porque halladas varias cartas y notas mías entre los papeles
de Vinuesa, no han de tardar en venir por mí para embaularme en la
cárcel, donde, si Dios no lo remedia, nos pudriremos el cura y yo, a no
ser que nos cuelguen en la plazuela de la Cebada. ¿No es verdad, señor
Monsalud, que debí preferir el tratamiento de los milicianos de La
Bañeza?
—¿Espera usted que le prendan? ¿Lo sabe?
—Lo sé.
—Pues en tal caso —dijo Salvador con asombro—, ¿por qué no huye usted?
¿Por qué no se oculta al menos?
—Precisamente de eso quiero hablarle —manifestó Gil de la Cuadra,
cayendo de nuevo en el lúgubre abatimiento en que Salvador le
encontrara—. ¡Huir!... creo que no habrá otro remedio.
—Es el más seguro por ahora.
—Mis achaques me hacen de tal modo cobarde, que no acertaré a dar un
paso... ¡Si parece que me convierto en un niño!... ¡Cómo se me oprime
el corazón!... Luego doy en pensar en la desdichada suerte y desamparo
de mi pobre hija... ¿qué será de ella si muero? De tal manera se
perturba mi alma y se enflaquece mi razón pensando en esto, que no
puedo discurrir los medios de mi fuga o escondite. Piense usted por
mí, pues no con otro objeto he solicitado su protección; dígame usted
lo que debo hacer... tráceme un plan.
—No solo indicaré lo conveniente, sino que haré cuanto pueda para que
usted quede en salvo esta misma noche. Es preciso tomar una resolución
pronta. Ánimo, señor Gil; no acobardarse, y triunfaremos.
—¡Oh!, gracias, gracias mil —exclamó el enfermo estrechando las manos
de Salvador.
El infeliz conspirador lloraba.
—No perdamos tiempo... Saldremos juntos para que vaya usted más
tranquilo —dijo Monsalud, restaurando más a cada palabra la energía
moral y física de su vecino—. No carecerá usted de nada.
—¡De nada!... ¡qué bendición de Dios! Usted me devuelve la vida... Yo,
que empezaba a carecer de todo, hasta de lo más preciso...
—Este conflicto, amigo don Urbano, es poca cosa. Creo que nadie nos
estorbará la fuga. Le llevaré a usted a paraje seguro, donde vivirá
tranquilo y oculto hasta que podamos conseguir un sobreseimiento, una
absolución... allá lo veremos.
—¡Benditas mil veces sean esa boca y esas manos! —dijo Gil de la Cuadra
con emoción profunda—. Usted me salva; yo me arrojo en sus brazos
como en una playa hospitalaria, después de ser juguete de las olas...
¿Conque usted, después que me ponga en lugar seguro, conseguirá un
sobreseimiento, una absolución?... ¡Cuánto lo agradeceremos mi hija
y yo!... Sola, Solita, ¿dónde estás? Ven, corre a abrazar a este
caballero.
—Vale más que nos dediquemos sin perder un instante a preparar todo lo
necesario... ¿Qué hora es?
—Las once —dijo el anciano levantándose con dificultad—. Me siento
mejor; me siento más ligero; se me ha despejado la cabeza; muevo las
piernas con flexibilidad; en fin, soy otro... ¿Conque a disponer...?
—Sí, a disponerlo todo. Arregle usted lo que ha de llevar de su casa.
Yo me encargo de todo lo demás.
—¡Oh idolatrada hija mía, ya tienes padre otra vez; viviremos tú y yo!
—exclamó Gil de la Cuadra con viva excitación de espíritu—. Lo que
va a hacer por mí, señor Monsalud, supera a cuanto hicimos por usted
en aquel horrendo día. Si consigue ponerme en salvo esta noche, me
parecerá que resucito, y el horroroso aspecto de la cárcel dejará de
atormentar mi imaginación... Conque apresurémonos. Soledad, hija mía,
ven... Una vez que esté libre de las garras de esos infames, fácil
le será a usted sacarme del atolladero de la causa. Las sociedades
secretas a que usted pertenece lo hacen y deshacen todo. Además, el
señor duque del Parque, de quien es usted secretario, administrador o
no sé qué, pasa por uno de los hombres de más valimiento que existen en
España.
—Antes de media noche estaremos fuera de Madrid —dijo Monsalud haciendo
sus cálculos—. No conviene perder tiempo.
—Ese ánimo y decisión me regeneran —dijo Cuadra dando algunos pasos
vacilantes por la habitación—. Déjeme usted que antes de ocuparme en
los preparativos de la fuga, le dé a usted un abrazo, un estrecho
abrazo de amigo... así... Ahora veamos lo que se lleva... ¡Soledad,
Solita!
La muchacha apareció de repente, pálida, desconcertada. Su semblante
expresaba el terror más vivo, y sus descoloridos labios no acertaban
a pronunciar palabra alguna. El padre participó al punto por simpatía
natural del pavor de su hija; miró a Monsalud; este formuló con
ansiedad una pregunta.
No pudo dar contestación la atribulada niña. Oyéronse terribles golpes
que resonaban en la puerta de la casa, haciendo retemblar a esta de
los cimientos al tejado... Oyéronse al mismo tiempo pasos de mucha
gente, palabras, un rumor soez que llenó de espanto el alma de los tres
personajes.
—¡Ahí están! —murmuró con voz tétrica Gil de la Cuadra.
—¡Ahí están! —replicó Monsalud, golpeando el suelo con tanta fuerza que
la casa redobló su temblor convulsivo y profundo, como contestando a
las llamadas de los polizontes.
V
El amigo de Vinuesa, cayendo en el sillón se oprimió con ambas manos la
desnuda calva.
—Se me ha partido el alma... —exclamó sordamente—. Parece que me han
arrancado la última raíz de la vida... ¡yo me muero!... ¡Pobre hija
mía!...
Solita corrió hacia él. Hija y padre se unieron en estrecho abrazo.
—Ya no hay remedio —dijo el segundo con amargura.
Los golpes se repetían con más fuerza. Salvador, agitado por violenta
cólera y despecho, se golpeaba la frente con el puño. En algunos
momentos se sentía impulsado a una resolución desesperada; pero tenía
demasiado buen sentido para no refrenarse al punto.
—No hay remedio —dijo Cuadra con acento solemne—. Hija mía, oye lo que
voy a decirte. ¿Ves este hombre?...
Solita fijó en Monsalud sus ojos llenos de lágrimas.
—Salve usted a mi padre —gritó—. Discurra usted algún medio para
ocultarle, para sacarle de la casa sin que esos malditos le vean.
El tétrico silencio del joven indicó claramente que no podía discurrir
medio alguno que no fuese una locura.
—No puede ser, no puede ser —dijo el anciano—. ¿Ves este señor? Es
el único que puede hacer algo por mí, por nosotros. Mientras vivamos
separados, recuérdale un día y otro que tu padre está en la cárcel. Se
me figura... se me figura que será un buen hermano para ti.
Los golpes redoblaron. Parecía que cien puños de hierro martillaban la
puerta; la campanilla, sin cesar movida, cayó de su sitio.
—Es preciso abrir al instante —manifestó con vivísima agitación Gil
de la Cuadra—. Una palabra más, amigo mío, hija de mi alma. Mientras
viene de Asturias tu primo Anatolio, que ha de ser, amén de tu marido,
tu único amparo después que yo falte, te dejo encomendada a este buen
amigo. Él será tu padre y tu hermano. Señor Monsalud, si acepta usted
el encargo, me voy más tranquilo a la cárcel, y de allí...
—Acepto —dijo con grave acento el joven—. Solita será mi hermana.
Además, juro por todos los santos y por Dios, que es mi padre, que le
he de sacar a usted de la cárcel a donde va esta noche.
Los tres se abrazaron sin añadir una palabra más. En el mismo instante,
despedazada la puerta de la casa, entró en la estancia un hombre brutal
y grosero, uno de estos que no creen representar bien a la autoridad si
no la hacen antipática y aborrecible.
—¿Quién es aquí el bribón de Gil de la Cuadra? —dijo mirando
alternativamente al joven y al anciano... ¡Ah!, conozco al mozo, que es
Monsalud... supongo que Cuadra será el vejete... Véngase usted conmigo
a la cárcel de Villa... no, a la de la Corona, porque en aquella no
cabe más gente.
—El señor es Gil de la Cuadra —dijo Salvador—. Por el bribón no
preguntes, que aquí no hay otro que tú.
Dos, tres, cuatro individuos no menos simpáticos que su lindo jefe,
penetraron en la estancia.
—¿Y a esta tortolilla, la llevamos también? —preguntó uno, atreviéndose
a poner la mano en el hombro de la joven.
—Para preguntar una estupidez —repuso Monsalud rechazándole
violentamente— no se necesita dar coces.
—Juan Violín, no seas bruto —gruñó el jefe—. Deja a esa señorita y
alcánzame las esposas.
Gil de la Cuadra, al ver que le iban a atar las manos, huyó despavorido
a la pieza inmediata. Siguiéronle todos. Rogole Salvador que se
sosegase, no haciendo resistencia a sus bárbaros aprehensores; cedió al
fin el anciano, y ofreció sus manos a las argollas de hierro. Abrazole
estrechamente Solita, diciendo con lastimeros ayes y lamentos que no
se apartaría de él, y fue necesario separarla. En la sala, Gil de la
Cuadra, agobiado por la amarga pena, exánime y aturdido, cayó al suelo.
Los polizontes tiraron de él como se tira de un perro que se detiene a
hociquear en el suelo. Ayudole Salvador a levantarse, y salieron de la
casa.
Cuando bajaban la escalera, don Patricio y su hijo salieron a ver la
tristísima comitiva, y Fermina Monsalud quiso que Soledad entrase
desde luego en su casa. Detuviéronla todos, procurando consolarla; pero
ella insistió en bajar, y luchando con todas sus fuerzas, que no eran
muchas, procuraba desasirse de los brazos de Sarmiento y doña Fermina.
—Le soltarán pronto... no llore usted, niña —le decía el preceptor—.
Este gobierno es como Dios lo ha hecho... no persigue más que a los
liberales... ¿Conque el señor Gil de la Cuadra era la mano derecha de
don Matías Vinuesa?...
Soledad bajó rápidamente, y tras ella Sarmiento. En la calle arrojose
otra vez la joven en brazos de su padre, manifestando inquebrantable
resolución de seguirle; pero las fuertes manos de los corchetes la
separaron. Gil de la Cuadra, negándose a dar un paso en compañía de
la soez cuadrilla, dejose caer en el suelo, y otra vez el egregio
polizonte tiró de la soga.
—Tengo sed —dijo el anciano, respirando con ansia.
Delante de él estaba don Patricio, con las manos a la espalda, fijando
en el reo una mirada maliciosa y nada compasiva.
—Tengo sed —repitió Gil de la Cuadra.
—Señor Sarmiento—dijo Monsalud vivamente—, en la escuela de usted hay
una alcarraza con agua...
—¡Mire usted qué demonches de casualidad! —repuso Sarmiento sin moverse
del sitio en que al anciano contemplaba—: se me ha olvidado dónde puse
esta tarde la dichosa alcarraza.
—Subiré yo —dijo Soledad procurando sobreponerse a su pena.
—Subiré yo —dijo Monsalud tomándole la delantera con rapidez suma—.
Aguarde usted abajo y procure calmar al pobre viejo.
Pocos instantes después, Salvador daba de beber a su amigo.
—La noche está fría —manifestó imperturbable y sin dejar su sonrisa
picaresca el gran Sarmiento—; y cuando la noche está fría... y el
tiempo fresco... pues... no se tiene sed.
Los polizontes tiraron de la soga, acompañando su movimiento de ese
chasquido de lengua que tan bien entienden los animales.
—Ánimo, amigo —le dijo Monsalud—. No olvide usted mi promesa.
Pareció que el infeliz colega de Vinuesa recibía ánimo y vida al oír
estas palabras.
—¡Pobre hija mía! —exclamó bebiéndose las lágrimas que copiosamente
corrían por sus mejillas.
—Solita es mi hermana —dijo Salvador abrazándola—. Vamos, esto debe
acabarse. Se reúne gente.
Cuadra se levantó con dificultad. En su espíritu había seguramente
poderoso anhelo de colocarse a la altura de su situación, sofocando la
ruin pusilanimidad que le abatía.
—¡Mi hija!... ¡mi pobre hija! —gritó clavando los tristes ojos en el
semblante del joven, su vecino.
Con aquella mirada su afligido corazón de padre dijo cuanto las
circunstancias exigían que dijera.
Solita perdió el conocimiento. Don Patricio, que estaba a dos pasos de
ella, la sostuvo en sus brazos.
—¿En dónde pongo esto? —murmuró festivamente.
—Subiré a Soledad a mi casa —dijo Salvador tomando en brazos a la joven
como si fuese un niño—, y después, señor Gil, le acompañaré a usted a
la prisión.
Como lo dijo lo hizo, y poco después de media noche todo estaba
terminado.