El estruendo destos primeros encuentros fué tan grande que parecía que

un monte se acabase de caer, quedando por el campo muchos caballos sin

señores, quedando ellos en el suelo y algunos maltratados. Después de

quebradas las lanzas echaron mano a las espadas, dándose tan grandes

golpes que parecía que un gran ejército fuese allí junto. Lebusante

de Grecia, descontento del desastre del primer encuentro, ayudado de

los suyos tornó a cabalgar, y entrando por lo más áspero del torneo

fería a una parte y a otra de tan duros golpes que por fuerza le hacían

lugar, mirando por quién le derribara para enmendar la vergüenza en

que le pusiera; yendo con este deseo, _puso en el mayor aprieto a los

noveles, aunque éstos se defendían tan bien que_ el emperador tuvo

en tanto el alto comienzo destos noveles que todas las cosas pasadas

le parecían pequeñas; mas de la parte de los estranjeros recreció

tanta gente, que los noveles no se podían amparar, y por fuerza los

arrancaron del campo, y en aquel tiempo no se halló el esforzado

Palmerín de Ingalaterra, que aquel día había hecho tanto que ya no

hallaba en quien emplear sus fuerzas; y siendo animado del aprieto en

que los otros estaban, acudió aquella parte con el infante Platir,

_hijo de Primaleón y Gridonia, y con otros caballeros_, y rompieron

por medio de los contrarios con tanta fuerza, que los golpes que

dellos recibieron no fué parte para enpedir su llegada. Platir, que

vió al príncipe Florendos su hermano trabado con Trofolante, llegó a

él, dándole muchos y grandes golpes, tanto que le hizo desatinar, y a

este tiempo Lebusante de Grecia salió tan maltratado de las manos del

príncipe Beroldo _de España_, que sin nengún acuerdo se tornaron a

retraer, por no poder resestir a los golpes de Palmerín y de aquellos

esforzados noveles sus compañeros; con tanto placer del emperador y

de la hermosa Polinarda, que, no lo pudiendo encubrir, estaba loando

a sus damas su hermoso doncel. Ya que los contrarios iban de vencida

fuera del campo donde la batalla se hacía, entraron de su parte por un

costado del torneo dos caballeros armados de armas verdes, al parecer

airosos y bien puestos, con sus lanzas bajas, y antes que las quebrasen

derribaron a algunos de la otra parte, y sacando sus espadas, en poco

tiempo hicieron tanto, que por fuerza los suyos tornaron a cobrar todo

lo que del campo habían perdido. Mas Palmerín vió aquellos caballeros

y el estrago que hacían en los suyos, temiendo que la vitoria de aquel

día fuese al revés, porque los noveles estaban casi destrozados del

trabajo que habían pasado, y los otros cobraron esfuerzo con la nueva

ayuda; por donde, como se le acordase que todo pendía dél, _salió al

encuentro_ de un caballero de los otros, el más esforzado, que por

ser mejor conocido traía el escudo en campo blanco un salvaje con dos

leones por una traílla, el cual, pasando por fuerzas de armas todo el

ímpetu de los noveles, y conociéndole por las grandes cosas que aquel

día le viera hacer, se vino a él, el cual lo recibió con el mismo

deseo, y comenzaron una brava batalla, tal que bien pareció que allí se

juntaba toda la valentía del mundo; en la cual anduvieron tanto, hasta

que las armas quedaron tan deshechas y los caballos tan cansados que

no se podían menear, y apeándose de los caballos se pusieron a pie,

que fué causa de doblarse más la furia de su batalla, trabándose a

brazos algunas veces, confiándose cada uno en sus fuerzas; y con todo

lo que probaban nunca pudieron conocerse ventaja. _Entre tanto Platir

y Florendos lograban echar de nuevo a los caballeros forasteros fuera

del campo._ El emperador, que la batalla de Palmerín y del caballero

del Salvaje veía, estaba tan ocupado en el espanto que le ponía que

no miraba por otra cosa, tiniéndola por la mayor que nunca viera, y

temiendo, según lo que vía, que entramos pudiesen allí morir, quiso

escusar cosa tan mal empleada en tales dos caballeros, mandóles decir

de su parte que pues el torneo era acabado, dejasen la batalla en que

estaban; mas como cada uno deseasen saber lo que había de sí al otro

no se pudo acabar con ellos, ni la infanta Polinarda se halló tan

libre que dejase de sentir y recelar la afrenta en que su Palmerín

estaba. En esta porfía duraron tanto, que la noche sobrevino, tan

escura que les fué necesario apartarse, sin nenguno quedar con más que

con muchas heridas y el deseo de la vitoria. El emperador mandó tocar

las trompetas y recoger cada uno a su capitanía; los dos caballeros

de las armas verdes se tornaron hacia la parte de donde vinieron. El

emperador quiso que hubiese sarao, para pagar a los noveles el trabajo

de aquel día danzando cada uno con su señora, y algunos hubo entrellos

que por gozar de aquel contentamiento estuvieron engañando el dolor de

sus heridas con aquella paga de su gusto. Palmerín, que no sabía con

quién danzar por no atreverse a su señora, danzó con una camarera de

la infanta Polinarda y mucho su privada; el príncipe Florendos con la

infanta su hermana, que aquel día salió tan hermosa que podía tener

su madre envidia y su agüela en el tiempo que florecieron; Platir con

Floriana, nieta del rey Frisol; y así los otros cada uno con quien más

tenía en su voluntad. Acabado el sarao, el emperador se recojó al

aposento de la emperatriz, acompañado de Palmerín y sus nietos, todos

envueltos en el placer de su vitoria, y él algún tanto triste por no

saber quién fuese el caballero del Salvaje, a quien entonces hiciera

muy grandes mercedes si lo pudiera haber para su servicio, porque sólo

para sustentar la honra se han de desear los bienes de fortuna.

CAPÍTULO SEXTO

EL CABALLERO DE LA FORTUNA

_Entre tanto, sin que nadie pudiera saber cómo ni dónde, los más

famosos caballeros del mundo, que lo recorrían en busca de don Duardos

y Primaleón y de los otros desaparecidos, iban quedando presos en

las redes de Dramusiando, de modo que, al cabo de los años, llegó a

estar cautiva en su castillo toda la flor de la caballería. En tales

circunstancias, parecióle al novel caballero Palmerín, aunque mucho

le costaba apartarse de la vista de su amada Polinarda, que no era

decoroso seguir por más tiempo gozando de la regalada vida de la corte

imperial cuando tan falto de caballeros era el mundo, y así, luego de

despedirse en secreto de Polinarda, con la más viva pena, sin ser visto

de nadie, salió de Constantinopla con la sola compañía de Selvián su

fiel escudero, llevando por nombre el de El Caballero de la Fortuna._

_Después de correr diversas aventuras en las que conquistó glorioso

renombre, púsose en camino para la Gran Bretaña, con ánimo de probar

aquella en que se habían perdido tan insignes caballeros._

_Eutropa, la tía de Dramusiando, sabiendo por sus artes el gran peligro

que para ella y su sobrino se encerraba en aquel nuevo caballero, hizo

de modo que cuando el de la Fortuna estaba llegando a Londres, se le

presentara, toda deshecha en llanto, una dueña con la súplica de que la

vengara de no sé qué ofensas que fingía haber recibido del Caballero

del Salvaje. Desafiólo el de la Fortuna, que nada deseaba tanto en el

mundo como volver a medir sus armas con su enemigo de Constantinopla,

y lucharon ante el rey y la corte de Inglaterra con tanto brío y

fortaleza que en todo el día ninguno de ellos pudo conseguir victoria

sobre el otro y cuando se puso el sol ambos estaban llenos de terribles

heridas y con las armas destrozadas --aunque en peor situación el del

Salvaje-- pero tan enteros de ánimo que ni el propio rey los logró

separar para que no acabaran de darse muerte uno a otro._

El rey, que ningún descanso ni reposo sufría en su corazón, fuese

adonde estaba Flérida, diciendo:

--Señora hija, don Duardos es vivo y por mano de alguno ha de ser

libre; no hay en el mundo en quien el hombre espere sino en el uno

destos que tan cerca están de perder las vidas; pídoos que luego los

vais apartar, que por mí no lo quisieron hacer, y si no, si ellos

mueren, yo he por muerta la esperanza que tuve hasta aquí de algún bien.

Flérida, que hasta entonces nunca había salido de su aposento ni

ninguno la viera, tuvo por muy grave lo que el rey le pedía, mas quiso

hacer su voluntad, y así salió por la plaza llevándola el rey por la

mano, acompañada de cuatro dueñas vestidas de negro y ella con un

hábito de la misma color de paño grueso conforme a su cuidado, en su

cabeza una beatilla de lino que le cubría los ojos, mas tan hermosa

como en el tiempo de su alegría. En la plaza de palacio hubo muy gran

alboroto viéndola venir, y el espanto y rebullicio de la gente tamaño,

que los caballeros se tornaron apartar por ver lo que era; Flérida

llegó a ellos, y tomando al de la Fortuna por la manga de la loriga, le

dijo:

--Pídoos por merced, caballero, si en algún tiempo por alguna dueña tan

mal tratada de la fortuna habéis de hacer alguna cosa, que sea dejar

esta batalla, pues en ella no se gana sino el riesgo en que vuestra

vida y de esotro caballero está.

El de la Fortuna puso los ojos en ella, y parecióle tanto a su señora

Polinarda, que no supo si pensase que era ella, y puniendo las rodillas

en tierra, le dijo:

--Señora, esta fué la batalla que más deseé acabar en mi vida, y

agora la dejo si en ello recebís servicio, y la honra della sea dese

caballero, pues tan bien la merece.

--Esa no quiero yo --dijo el del Salvaje-- sino cuando por mí la

ganare, y si vos deseastes acaballa, también deseé lo mismo; mas pues

hacéis lo que mi señora Flérida manda, mal podré yo hacer al contrario,

que soy suyo y se lo debo de obligación.

Flérida se lo agradeció, y tornándose para su aposento, sin saber que

no era aquella la primera vez que de su mano recibieran la vida.

_Una vez sano de sus heridas, el caballero del Salvaje acometió la

aventura del Valle de la Perdición --que ya por los escuderos de los

caballeros presos en el castillo de Dramusiando se sabía donde habían

quedado sin libertad don Duardos, Primaleón y todos los otros--, y

si no logró darle cima, estuvo más cerca de la victoria que nadie lo

había estado, pues, después de haber vencido a don Duardos y todos los

gigantes, si no triunfó de Dramusiando tampoco fué derrotado por éste,

sino que, después de luchar horas y horas, cuando cerraba la noche

cayeron ambos en tierra, más muertos que vivos, de la sangre que se

escapaba de sus muchas heridas. Entonces, un encantador que protegía

extremadamente a la familia del rey de Inglaterra, llamado Daliarte,

envuelto en una negra niebla, llevóse del patio del castillo el cuerpo

del caballero del Salvaje, sin saber nadie cómo, mientras Eutropa y

las gentes del castillo trataban de reanimar a Dramusiando._

CAPÍTULO SÉPTIMO

LOS ENEMIGOS HERMANOS

_El caballero de la Fortuna, que no había querido aceptar la

hospitalidad que para que se curara de sus heridas le había ofrecido

el rey, cuando sintió que sus fuerzas eran recobradas, se armó de las

nuevas armas que Selvián le había encargado y se puso en busca de la

fortaleza de Dramusiando. Anduvo así_ muchos días sin hallar aventura

que de contar sea, en fin de los cuales le tomó una noche en un valle

donde vió estar una tienda armada, con lumbre de hachas dentro; y

llegándose más cerca por ver lo que sería, no halló otra cosa si no

fué un caballero muerto metido en unas andas, y otro que con palabras

de mucho dolor mostraba sentir su muerte, y conociendo que aquel era

Rosirán de la Brunda, sobrino del rey de Inglaterra, parecióle que el

de las andas no sería persona de poco precio; apeándose del caballo

entró así armado en la tienda, y comenzóle de consolar. Mas don

Rosirán, que en viéndole conoció al de la Fortuna, se levantó en pie

diciendo:

--Ya, señor caballero, seréis contento, pues es muerto el caballero a

quien vos por mayor enemigo teníades; este es el caballero del Salvaje,

de quien ya deseastes vitoria y no la podistes haber.

El de la Fortuna le vinieron las lágrimas a los ojos, que esto tienen

los corazones piadosos, aun del mal de sus enemigos tener compasión,

diciendo:

--Por cierto, nunca yo de nenguno más la deseé; _pero_ si en la vida

fué la enemistad tan grande como vos sabéis, en la muerte quiero que

veáis lo que en su venganza haré; por eso querría que dixésedes en qué

parte le aconteció esta desventura, porque quiero también pasar por

ella o vengar a él.

--Señor, yo llego aquí --dijo don Rosirán-- habrá media hora, y no sé

más que lo hallé en este estado y un hombre que de aquí se fué me dijo

que estas feridas recibió en la fortaleza del gigante Dramusiando,

donde se cree que todos o los más excelentes caballeros del mundo son

perdidos; y puesto que hiciera en armas cosas tan estremadas cuales de

otro nunca se vieron, al fin quedó tal como veis, sin poder dar fin

aquella tan peligrosa aventura.

El caballero de la Fortuna, que el dolor de tal acaecimiento sentía

dentro en el alma, viendo que él no había acabado aquella aventura,

túvola en más que hasta allí; tomando las armas en las manos para ver

los golpes, las halló tan despedazadas, que no tan solamente tuvo en

mucho la grandeza dellos, mas tuvo en mucho más ver a hombre en el

mundo que con tamañas heridas se sostuviese algún espacio; llegándose

más a él por ver si del todo era muerto, quitóle un paño de seda con

que el rostro estaba cubierto; afirmando los ojos, le dió un sobresalto

el corazón como si del todo le conociera, y porque la naturaleza en

estos casos lo descubre todo, ella le trujo a la memoria la pérdida de

su hermano, viéndole algunas señales en que sospechó ser aquél, y llamó

a Selvián para que le viese, y tanto le estuvo mirando, que entramos

conformaron en aquella sospecha; mas el de la Fortuna, que aún no

estaba satisfecho, dijo contra don Rosirán:

--Pídoos por merced, señor caballero, que me digáis su nombre si lo

sabéis, y cúyo hijo es, pues vos ni él perdéis en ello nada, y aun me

quitáis de una duda en que estoy.

--Aventúrase ya tan poco en esto --dijo él--que no quiero negar lo que

sé; su propio nombre es Desierto; padre ni yo ni otro le conoce, puesto

que a mí como al mayor amigo que siempre tuvo confesó algunas veces que

un salvaje le criara y a éste conocía por padre, llamándose siempre en

su poder el mismo nombre de Desierto.

El caballero de la Fortuna, a quien estas palabras tocaron en el alma,

viendo ser su hermano, cayó sobre las andas tan sin acuerdo como si su

corazón no fuera para mayores afrentas; en esta hora entraron en la

tienda cuatro hombres, y puniendo las andas en dos palafrenes que para

eso trujeron, se partieron con aquel cuerpo muerto.

El de la Fortuna se quisiera ir tras él, mas no se lo consintieron,

diciendo que creyese que si algún remedio de la vida tuviese, que sin

él se le darían; entonces lo dejó llevar, por le parecer escusado

seguillo; preguntó a don Rosirán qué quería hacer de sí, porque su

determinación era acabar donde el otro caballero recibió sus heridas, o

ver si las podía vengar.

--Yo --dijo don Rosirán-- tórnome a Londres con estas sus armas, y

amostrallas al rey de cuya mano fué hecho caballero, que las mande

guardar y tenellas en tanta veneración en la muerte como sus obras

merecían en la vida.

--¿Sabríadesme decir --dijo el de la Fortuna--a qué parte está esta

fortaleza donde todos acaban?

--No lo sé, ni creo que nenguno lo sabe --dijo él.

Luego se despidieron el uno del otro, siguiendo cada uno su viaje.

CAPÍTULO OCTAVO

LA LIBERTAD DE LOS CABALLEROS

Tanto que el caballero de la Fortuna se apartó de Rosirán, no anduvo

mucho por el valle abajo que no se abajase del caballo, echándose al

pie de un árbol con propósito de dormir lo que de la noche quedaba

por pasar, mas no lo pudo hacer con el dolor que las heridas del

caballero del Salvaje le hicieron, pasándole también por la memoria la

tristeza en que vivía de no saber cuyos hijos fuesen; esto le hacía

desear hacer obras con que todas esotras cosas se olvidasen, deseando

ya verse en la torre de Dramusiando y esperimentar su fortuna o a

hacer fin juntamente con los otros; tanto que la mañana esclareció,

Selvián le llegó el caballo y en él empezó a caminar por aquella

tierra, preguntando siempre por nuevas del castillo del gigante; todos

lo sabían tan mal que nunca halló nuevas de lo que deseaba, y puesto

que cada día pasase cerca de él, no quería Eutropa que entrase en el

sitio defendido hasta que los gigantes y su sobrino estuviesen en

disposición de hacer batalla; así que desta manera andó atravesando

aquel reino por espacio de más de cuarenta días (_en uno de los cuales

Daliarte, el encantador que protegía a su familia, hizo llegar a sus

manos un escudo invulnerable_); al fin dellos, estando ya el gigante

Dramusiando y su gente para sufrir cualquier trabajo, se halló dentro

del valle de la Perdición, a riberas del río, de la parte de arriba;

pareciéndole el sitio y tierra tan fresca, la juzgaba por la mejor

cosa del mundo; yendo ocupando los ojos en la verdura del campo, la

clareza y mansedumbre del agua y el cuidado en su señora Polinarda,

comenzó hacer entre sí mil diferencias enamoradas que le llevaban tan

sin acuerdo, que solamente para pensar en el peligro en que estaba no

tenía memoria; acordó deste pensamiento a las voces que Selvián le

daba hallándose junto de una torre y don Duardos en medio de la puente

apercebido de justa.

[Ilustración]

En esto vió que don Duardos le dió voces que justase, y abajando las

lanzas, cubiertos de los escudos, se encontraron de todas sus fuerzas;

la lanza de don Duardos fué hecha pedazos en el escudo del de la

Fortuna; el escudo de don Duardos fué falsado y las armas también, y

él algún tanto herido, mas no de muerte, y porque no tenían más lanzas

para poder justar, y batalla de las espadas don Duardos no la podía

hacer según la ordenanza del castillo, fué luego abierta la puerta

de mano de aquel temido Pandaro; don Duardos se recogió mal tratado

del encuentro; el de la Fortuna, que ya deseaba esperimentar la suya,

entró tras él; Pandaro, que no esperaba otra cosa, tanto que le vió

dentro le cerró la puerta cubierto de su escudo, con su maza en la mano

hecha de nuevo se vino a él; el de la Fortuna le recibió cubriéndose

con su fuerte escudo, adonde los golpes hacían tan poco daño como si

dieran en una roca, hiriendo también al gigante tan mortalmente, que en

pequeño espacio le trató tan mal cuanto él nunca se viera de las manos

de otro si no fué del caballero del Salvaje; y porque sintió cuán poco

daño hacían sus golpes en el escudo de su contrario, se esforzó tanto

para sostenerse en la batalla, que aquel día fué en que mostró el

fin de sus fuerzas y el esfuerzo. El caballero de la Fortuna andaba

tan vivo, que allende de le tener deshecho el escudo en el brazo, le

tenía hiriéndole por tantas partes, que Dramusiando y Primaleón y don

Duardos, y los otros que miraban la batalla, hallaban en ella por

milagro, loándole tanto cuanto su ardideza era dina de hacello.

En este tiempo andaba el gigante tan flaco, que cerca no se podía

tener; el de la Fortuna, conociendo su flaqueza, le cargó de tantos

golpes, que le hizo venir al suelo tan sin acuerdo como aquel que

del todo era muerto; luego le desenlazó el yelmo para le cortar la

cabeza, mas no lo hizo, lo uno por no ser necesario y lo otro porque

Daligán no le dió tanto espacio; y puesto que en aquella hora hobiese

menester descansar, comenzó de defenderse, viendo que la intención

del gigante no era tal; mas en menos de una hora él le paró tal, que

le hizo desear reposar un poco; mas luego se apartaron afuera. El

caballero de la Fortuna, mirando hacia sí, vió su escudo tan sano como

si no le hubieran dado ningún golpe, mas las armas estaban rotas por

algunos lugares, y pasándole por la memoria los peligros de aquella

casa, conoció que sin un compañero tal como él traía no lo pudiera

sufrir. Daligán estaba mal tratado, y Dramusiando puesto en tamaño

recelo que no sabía qué se pensase. En esto se tornaron a juntar

Daligán y el caballero de la Fortuna con mayor ímpetu y braveza, mas

la batalla duró entrellos poco, que puesto que el esfuerzo de Daligán

no fuese pequeño, el de la Fortuna, vió las ventanas y almenas llenas

de sus amigos, y acordándose que estaban presos y la confianza que en

él tenían, combatióse con tal esfuerzo, que dió con él a sus pies, y

desenlazándole el yelmo le cortó la cabeza.

Dramusiando quedó tan enojado, que luego pidió sus armas; el de la

Fortuna se asentó en un poyo tan cansado que no se atrevió a subir la

escalera sin tomar algún reposo, y de ahí estuvo hablando con algunos

sus amigos; don Duardos le rogó que se quitase el yelmo, que le deseaba

ver; _otro cautivo_, viéndole dudar, dijo:

--Caballero, quien esto pide es don Duardos.

El de la Fortuna, oyendo nombrar a don Duardos, puso los ojos en él,

y en el parecer de su persona juzgaba que debía de ser él; entonces,

quitándose el yelmo, quedó tan abrasado del trabajo pasado, que el

mismo trabajo le hizo parecer más hermoso de lo que era él de su

natural.

--Ya yo creo --dijo don Duardos-- que quien Dios hizo en el parecer tan

diferente de los otros, que no le guardó sino para en todas las otras

cosas lo ser; pidos por merced que si vuestra buena ventura llegase al

cabo con ese gigante que agora allá va para hacer batalla con vos, que

uséis con él de toda cortesía, porque nunca vistes hombre de su manera

tan merecedor della.

El caballero de la Fortuna le quisiera responder, mas vió que

Dramusiando estaba ya abajo, y no tuvo tiempo para más que enlazar

el yelmo, poniéndose a una parte del patio cubierto de su escudo a

esperalle. Dramusiando, como algún tanto viniese señoreado de la ira

por la muerte de Daligán, quiso luego gastar el tiempo en su batalla

antes que palabras, y juntándose entramos comenzaron a ferirse de

tales golpes, que en pequeño tiempo se hicieron mucho daño; los de

Dramusiando entraban por el escudo del de la Fortuna tan gravemente

como si fuera alguno de los otros, de que al de la Fortuna nació algún

recelo y temor, si bien conoció que quien se le envió le debió de hacer

ansí, para que si la vitoria de tamaña impresa hobiese de alcanzar,

no fuese todo atribuída a la fortaleza del escudo, y guardándose de

Dramusiando con mayor tiento de lo que hasta allí hiciera, hacíale dar

sus golpes en vano, que de otra manera cualquier dellos que le acertara

en lleno le pusiera en gran peligro; mas no se podía guardar tanto que

no le diese algunos, de que le hacía andar bien maltratado, el escudo

todo deshecho; las armas andaban eso mesmo; puesto que las del gigante

no le llevasen ventaja, la sangre que les salía era mucha, así que en

ellos no había más que la braveza con que peleaban, y esta era tal, que

allende de destruír a ellos, hacía dolor a quien con amor los estaba

mirando; mas sus corazones incansables, y que en aquel tiempo podían

sufrir mal reposo, no los dejaba descansar, antes renovando la batalla

se trabaron de manera que quien de fuera los miraba no juzgaba que

nenguno dél no quedaba para poder entrar en otra parte, que los más de

aquellos príncipes y caballeros sentían tamaña pena que antes tomaran

por partido ser siempre presos que libres si su libertad había de ser

con la muerte de tal caballero. Dramusiando y él se quitaron a fuera

por tomar algún descanso; Dramusiando, temiendo que aquel sería el

destruidor de sus fuerzas y que allí se cumplía lo que Eutropa siempre

anunciara, pensó en si le cometería algún partido con que dejase la

batalla; después, acordándose que tal cometimiento para su honra era

dañoso, quiso antes dejarse morir en ella que vivir con tal menoscabo

a su honra. El caballero de la Fortuna, que en el mismo recelo estaba

metido, comenzó a decir entre si: --Si mi muerte ha de ser por causa

de la libertad de tantos, aquí mejor que en otra parte es ella bien

empleada--; mas volviendo a su señora, decía: --Señora, si algún tiempo

esperáis acordaros de mí, sea éste, o al menos para que sepáis que con

vuestro favor se alcanzó tamaña vitoria--. Estándole encomendando el

peligro de su batalla vió que Dramusiando venía contra él tomada la

espada con entramas manos, porque ya nenguno tenía escudo con que se

amparar, y apartándose del golpe le hizo dar en vano, como todos los

otros, dando los suyos de manera que le hacía muchas heridas: mas por

eso Dramusiando no dejaba algunas veces de empecelle, de manera que

se llevaban poca diferencia; ya se habían parado tales que casi no se

podían tener. Los que miraban la batalla estaban pasmados de la ver;

mas como les fuese faltando la sangre y aliento, fué tan grande la

flaqueza de Dramusiando, que cayó en el suelo sin nengún sentido, y

el caballero de la Fortuna se sentó no pudiéndose tener en pie; luego

bajaron de lo alto de la fortaleza todos los prisioneros, y don Duardos

quitó el yelmo a Dramusiando para que le diese el aire, pidiendo al

de la Fortuna, pues la vitoria claramente era suya, no quisiese más

venganza, que de lo hecho se contentase.

--Pues que mi intención era otra --respondió el de la Fortuna--, dejaré

de le cortar la cabeza pues vos lo mandáis, y también porque pienso que

será escusado, que él y yo estamos tales que más muertos que vivos nos

podéis contar.

El príncipe Primaleón, Polendos y otros señores le tomaron en brazos;

viendo que con la falta de sangre le venían algunos desmayos, tenían

esta vitoria con mucho descontento hasta ser ciertos de la salud de tal

caballero; en esto llamaron a la puerta de la torre con mucha priesa;

Platir fué a abrir, por ver quién era, y halló un hombre antiguo a

manera de griego, que entró dentro, y dos doncellas con él; cada una

traía en la mano una bujeta dorada, en que venían algunos ingüentos

necesarios; a tal tiempo y sin más detenerse le buscó las heridas,

tomando la sangre así al uno como al otro, untándolos a entramos con

igual diligencia, sin consentir que otro nenguno tocase a ellos, y

mandando llevar cada uno a su cama, dijo contra aquellos señores que

se consolasen, que no eran aquellas heridas de que nenguno dellos

peligraría, por donde el placer fué algún tanto; mas sabiendo que en el

vencimiento del gigante se quebraban los encantamentos de aquel valle,

y que la salida estaba en ellos, tuvieron más de que se contentar.

CAPÍTULO NOVENO

LAS FIESTAS DE LONDRES

_Días después fué enviado a la corte de Inglaterra, con noticia de lo

que en el castillo de Dramusiando había ocurrido, uno de los caballeros

que habían estado allí prisioneros y es imposible describir la alegría

que en todos produjeron tan dichosas nuevas. Cuando las heridas de los

caballeros lo consintieron, pusiéronse en camino para la Corte los

antiguos cautivos de Dramusiando, llevando a éste con el mayor honor

entre ellos, por la afección y gratitud que en todos había despertado

la gran humanidad que con ellos en toda ocasión había usado, aunque

fueran sus prisioneros._

Libros de caballerías Selección · 第 11 / 12 段