_Entre tanto, el rey de Inglaterra, Fadrique, padre de don Duardos, en

el gran dolor de lo ocurrido a su hijo y nietos, envía un embajador

a Constantinopla para hacerlo saber al anciano emperador de Grecia.

Llega éste a la ciudad al tiempo en que se celebran grandes fiestas

con motivo del nacimiento de Polinarda, nieta del emperador, hija

de Primaleón el hermano de Flérida. Al momento son suspendidos los

festejos, y el emperador Palmerín, muy alterado con tales nuevas,

retírase a sus habitaciones. Mas el príncipe Primaleón, que grandes

obligaciones debe a su cuñado don Duardos, dejando a su amada

esposa Gridonia y a su recién nacida hija, toma sus armas y se pone

secretamente en camino para lograr la libertad del prisionero. Lo mismo

van haciendo los más famosos caballeros de la corte del emperador; y

cuando la noticia de la pérdida de don Duardos se extiende por las de

Francia, España, Alemania y otras tierras, no hay caballero que quiera

ser el último en salir en su demanda._

Aquí deja la historia de hablar dello, y torna a los infantes, que

la mujer del salvaje criaba con tanto amor como a sus propios hijos;

así como iban creciendo se hacían tan hermosos y bien dispuestos, que

parecían de mayor edad de lo que entonces eran: su ejercicio era cazar,

siendo en ello tan diestros, que casi tenían despoblada la mayor

parte de aquélla floresta de las alimañas que en ella había; y el que

mayor montero y más gusto de cazar llevaba era Floriano del Desierto,

en cuya compañía los leones siempre andaban; traía un arco con muchas

flechas, y salió tan singular flechero, que el salvaje no le igualaba

con mucha parte; en esta vida continuaron hasta edad de diez años, en

el fin de los cuales, un domingo por la mañana, Floriano se salió solo

con sus leones por la trabilla, como algunas veces lo acostumbraba,

por ver si mataría alguna caza, y andando todo el día a una parte y a

otra sin hallar ninguna, al tiempo que el sol se quería poner, vió en

una mata estar un venado muy grande, y adonde le tiró, y le dió con

tanta fuerza que lo atravesó de la otra parte; mas el ciervo, que se

sintió herido, se levantó con tan gran priesa, que los leones, a quien

Floriano soltó la trabilla, no le pudieron alcanzar, antes corriendo

ellos tras el venado y él tras ellos se desviaran tanto de la cierva,

que Floriano perdió el tino della y a los leones de vista, andando

toda la noche dando voces por ver si acudirían; y caminó tanto hacia

donde le pareció que la cierva estaba, que fué a parar al propio lugar

adonde naciera, que era allí cerca, y asentóse al pie de una fuente que

allí estaba; no tardó mucho que por el mesmo camino hacia la fuente

vió un caballero encima de un caballo bayo, las riendas caídas sobre

el cuello del caballo, y él tan triste de su cuidado que parecía que

nenguna cosa sentía; tanto que llegó a la fuente, con el detenimiento

que el caballo hizo en beber, tornó en sí, y viendo a Floriano, fué en

él el sobresalto tan grande como si viera a don Duardos; porque éste

se parecía mucho a él; preguntándole cúyo hijo era, Floriano le dió la

cuenta de lo que sabía; el caballero le rogó que se fuese con él para

Londres, y que le llevaría al rey, que le criaría y le haría mercedes.

Este caballero era el esforzado Pridos, que, cansado de correr todo el

mundo en busca de don Duardos sin hallar ningunas nuevas, se tornaba

para Londres, y tomando a Floriano consigo, le llevó a la corte, adonde

del rey fué recebido como persona a quien mucho amaba, y le ofreció

aquel doncel vestido de pieles de alimañas, con quien el rey fué tan

alegre como si supiera ser aquél su nieto. Y tomándole por la mano, se

fué adonde la reina y Flérida estaban, mostrando nuevo contentamiento,

y puestos los ojos en Flérida, le dijo:

--Señora, vedes aquí el fruto que Pridos sacó de su tardanza; este

doncel, tan parecido a mi hijo y a vuestro don Duardos, que me hace

creer que puede tener algún deudo con él.

Flérida, a quien la naturaleza ayudase a conocelle, tomóle en los

brazos con entero amor de madre, y pidiéndoselo al rey que se lo diese

para su servicio, quiso que tuviese por nombre Desierto, sin saber que

aquél era con el que naciera. Desta manera el infante Desierto se crió

sirviendo a su mesma madre, sin ella ni él saber el mucho parentesco

que entre ellos había.

Aquel día que el infante del Desierto salió a cazar, el salvaje

esperó hasta la noche, y viendo que no venía él, ni los leones

tampoco, comenzó de entristecerse, y gastando las horas del sueño en

pensamientos que se le hacían perder, estuvo hasta otro día, que los

leones llegaron ensangrentados de la sangre del venado que mataron; mas

él que los vió sin su guardador, los mató, sin se le acordar la pérdida

que en hacello recibía. Mas Palmerín se tornó tan triste que ninguna

cosa le podía contentar, pasando el tiempo en irse a pasar su soledad

riberas de la playa donde la mar batía. Tanto continuó esto, que una

vez vió venir a la costa una galera, y llegando hacia aquella parte do

Palmerín estaba, el capitán mandó poner la proa en tierra, hallando

aquellos donceles, porque también Selvián, _el hijo del salvaje_,

estaba en la compañía de Palmerín; espantado del parecer de entramos y

de la manera de su traje, después de estar algún rato platicando, puso

en su voluntad de llevarlos consigo por fuerza, si de otra manera no

quisiesen; mas Palmerín no hubo menester muchas palabras, porque su

naturaleza le inclinaba a no se contentar de aquella vida.

Entonces, entrando en la galera, el capitán hizo su camino como de

antes llevaba; en esto continuaron tantos días, volviendo la costa

de España y travesando la de Levante, tanto que un día en la tarde

allegaron al gran puerto de Constantinopla, que en aquel tiempo era

poblada de voluntades tan tristes como en otro tiempo lo era de

invenciones alegres y días contentos.

El esforzado Polendos, rey de Tesalia, que era el capitán de la galera

que venía de correr y atravesar todos los mares, así Océano como

Mediterráneo, sin hallar ninguna nueva de Primaleón ni de don Duardos,

dió cuenta _al emperador_ de las tierras que anduvo y de lo poco que en

aquella demanda hiciera, de lo cual el emperador quedó muy descontento.

Polendos le presentó el hermoso infante, con quien fué algún tanto

consolado, pareciéndole que tan fermosa cosa había de traer consigo

algo que diese contentamiento a quien le había menester, y llamando

a un duque, lo mandó llevar a Gridonia, para que sirviese a su hija

Polinarda, que ya en aquel tiempo comenzaba a ser tan hermosa que se

creía que su madre y agüela no lo fueron tanto como ella en el tiempo

que florecían.

La emperatriz y Gridonia lo recibieron con aquella voluntad que una

persona inocente y cosa tan bella se había de recebir; y así comenzó a

servir a Polinarda, hija de Primaleón y de Gridonia, con tan aparejado

deseo, que le puso después en muchas afrentas, de las cuales nunca

pensó salir.

No tardó mucho que por la puerta del palacio entró una doncella, la

cual había venido en un palafrén blanco; traía vestida una ropa a la

francesa, de invención nueva, bordada de trozos de oro, los cabellos

echados a las espaldas, tomados con un muy rico prendedós, y allegando

al estrado, sacó una carta del seno, y haciendo el acatamiento que a

tan gran príncipe era necesario, se la metió en la mano. El emperador

la mandó leer alto, en la cual decía: “A ti, el invictísimo e muy

famoso Palmerín, emperador de Grecia: yo, la dueña señora del Lago de

las Tres Hadas, te hago saber que el doncel que hoy te fué traído, de

entrambas partes deciende de los más poderosos reyes cristianos que hay

en el mundo; por tanto, tratalde como a gran príncipe, porque, en el

tiempo que tu corona e imperial estado estuviere en el más bajo asiento

de la fortuna, le tornará en la más alta grandeza que nunca fué, y por

él serán restituídos en alegría los dos más afortunados príncipes que

ahora están sin ella.”

El emperador se fué para la emperatriz, mostrándola la carta; haciendo

venir delante de sí al hermoso doncel, platicando con él algunas cosas

quiso que hobiese por nombre Palmerín, no sabiendo que allende de

ponerle aquel nombre, le tenía dende su nacimiento. Mas la emperatriz

y Gridonia tenían por tan gran pérdida no saber ninguna nueva de

Primaleón, que ningún placer otro las podía hacer olvidar este cuidado.

CAPÍTULO CUARTO

PRIMALEÓN

El gigante Dramusiando, tanto que tuvo a don Duardos en su prisión,

supo de su tía Eutropa que a su fortaleza vendría un caballero que le

prendería o le mataría a él; y porque tenía sus cosas por ciertas vivía

con tanto cuidado, que esto le hacía usar de mayores cautelas de lo

que hasta allí hacía; y como entonces la fama de los temidos gigantes

Daligán de la Escura Cueva y del temido Pandaro fuese tan sonada que

sólo con los nombres hacían espanto, tuvo manera que con grandes

promesas los trujo para fortalecer su castillo, ordenando que cada uno

de los que allí viniesen a la entrada de la puerta justase primero

con don Duardos, y a la salida della hobiesen batalla con el temido

Pandaro y venciéndole se combatiesen con Daligán de la Escura Cueva;

y siendo el caballero tal que todas estas afrentas pasase a su honra,

que hobiese batalla con el mesmo Dramusiando, que era tal, que si no

fuera por las palabras de su tía, bien creyera que ninguna ayuda le era

necesaria para defender su castillo y ofender a cuantos a él viniesen.

Una tarde aportó en aquel valle el muy esforzado príncipe Primaleón,

cansado de las muchas aventuras que por él pasaron y muy triste porque

ninguna della fué tal que le diesen nuevas de don Duardos. Venía en

un caballo morcillo, vestido de armas de verde y leonado, trayendo

ocupados los ojos en la suavidad que aquellos árboles y corrientes de

aguas hacían a quien a vista della caminaba; y así allegó a la puente

al tiempo que don Duardos acababa de enlazar el yelmo y de tomar una

gruesa lanza; estaba en un hermoso caballo alazán del gigante, armado

de armas negras sembradas de fuegos, en el medio dellas unos corazones

que ardían; en el escudo, en campo negro, la tristeza, puesta por

tal arte, que ella misma enseñaba su nombre a quien no la conocía.

Primaleón, que así le vió, le dijo:

--Señor caballero, ¿no daréis licencia a quien desea ver esa fortaleza

que lo pueda hacer sin pasar por la furia de vuestras manos?

--La costumbre de la entrada os diré --_dijo don Duardos_--, y es

que habéis de justar conmigo; y si me venciéredes, pasares por otros

peligros dudosos, y entonces podréis ver lo que deseáis.

_Dicho esto_, apartándose lo necesario se encontraron con tanta fuerza,

que las lanzas volaron en menudas piezas; y tomando otras dos lanzas

muy más gruesas que las otras, pasaron la segunda y tercera y cuarta

carrera sin ninguno llevar ventaja; mucho se espantaron de la fortaleza

uno del otro, mas a la quinta se toparon de los cuerpos con tanta

fuerza, que juntamente vinieron al suelo; mas como en entramos hobiese

tanto ánimo, luego se levantaron. Primaleón, con gran coraje de se ver

así caer, echó mano a su espada, y embrazando su escudo se vino para

don Duardos. Mas don Duardos, como hobiese probado muchos caballeros

y ninguno tanto le había durado en la silla como aquél y le había

así derocado, púsole luego en muy gran sospecha lo que podría ser y

oyéndole hablar conoció verdaderamente ser aquel que había pensado, y

apartándose afuera, le dijo:

--Señor Primaleón, yerro sería pensar ninguno que en ninguna cosa se

puede igualar con vos.

Primaleón le conoció en la habla, y dejando la espada le fué abrazar,

mas en esto abrieron las puertas y Pandaro le llamó que se recogiese,

que Dramusiando lo mandaba. Así que no tuvo tiempo para más que decille

que se iba a su prisión. Primaleón se fué tras él, y a la entrada de

la puerta el gigante le recibió armado de hojas de acero, de que todo

venía cubierto; en la mano derecha traía una maza de hierro pesada y en

la otra traía un escudo, cercado de arcos del mismo metal, diciendo:

--Agora quiero ver si esfuerzo o maña os salvan de mis manos.

--Mayor detenimiento --dijo Primaleón-- sería querer responderte lo que

esas palabras locas merecen que quebrar la soberbia con que son dichas.

Mas Pandaro bajaba ya con un golpe tal, que el escudo de Primaleón, en

que dió, fué hecho piezas, de que quedó muy poco contento por no tener

con qué se cubrir en tiempo de tanta necesidad, y tornándole con otro,

tomó al gigante en descubierto por una pierna, con tanta fuerza que,

no le valiendo las armas, le cortó gran parte della, de que Pandaro

quedó tan lisiado que casi no se podía tener en ella, y acudiéndole con

otros tan a menudo que lo hacía desatinar, y con tanta desenvoltura

que ninguno que el gigante diese aprovechaba, que todos se los hacía

perder. Dramusiando, que los miraba a una ventana, juntamente con don

Duardos, le preguntó quién era aquel caballero; él se lo dijo con asaz

tristeza por ver el estado en que su amistad le había traído, de que

Dramusiando en saberlo quedó del todo contento. Pues tornando a la

batalla, el temido Pandaro echó el escudo a las espaldas, y tomando

la maza con dos manos, se fué contra su enemigo, hiriéndole con tanta

fuerza, que allí fuera el fin de sus días si tan bien no se guardara,

dándole luego el pago con golpes más ciertos, de que la maza con cuatro

dedos de la mano cayó en el suelo. Pandaro se quiso abajar por ella,

mas él le dió de las manos tan recio que dió con él en el suelo casi

sin acuerdo, e quiriéndole meter la espada por la visera del yelmo, vió

sobre sí aquel espantoso Daligán de la Escura Cueva, que le dixo:

--A mí, a mí, caballero, que no a quien ya no se puede defender.

Primaleón, que vió tal contrario delante de sí, viendo que no tenía

con qué resistiese sus fuertes golpes, se abrazó por el escudo de

Pandaro, y cubriéndose con él, que muy pesado era, comenzaron entre sí

otra batalla, tal que la primera, en comparación de ésta, parecía nada,

porque como el gigante viniese holgado y fuese de los más fuertes del

mundo, y como a Primaleón viniese a la memoria que en aquella fortaleza

estaba don Duardos preso, peleaba tan animosamente que el patio por

donde andaban estaba lleno de sangre que de entramos salía, puesto

caso que el gigante andaba peor por la ligereza de Primaleón, que se

le defendía trayéndole ya el escudo tan deshecho que no tenía con qué

se amparar; y desta manera anduvieron en la batalla la mayor parte

del día, trayendo cada uno tales heridas que el desfallecimiento de

sangre que dellos salía hacía los golpes ser de menos fuerza; en este

tiempo fué el gigante tan congojado y ahogado del trabajo de las armas

que cayó como si fuera muerto. Primaleón, que así lo pensó, se sentó

sobre un poyo, tan cansado de lo mucho que había hecho, que no podía

menearse. Dramusiando, que vió el fin de la batalla, bajaba al patio al

tiempo que Primaleón quería subir allá riba. Dramusiando le dijo:

--Caballero, si quisiésedes haber duelo de vos, bien sería que os

rindiésedes a mí y curaran de vuestras heridas, ganadas con tanta honra

y que os ponen la vida en tanto peligro.

_Negóse a ello Primaleón, y entonces el gigante_ arremetió a él con

la espada alta, dándole tales golpes, que le hacía revolver a todas

partes; Primaleón comenzóse a defender lo mejor que pudo, que para

ofendello otro reposo le fuera necesario; la batalla fué entre ellos

tal, que hacía olvidar las pasadas; mas los golpes del gigante eran

tales, que adonde alcanzaban hacían tanto daño que las armas no lo

podían resistir; y viendo la bondad de Primaleón, pesábale tanto velle

morir, que, quitándose afuera, le dijo:

--Ce, caballero, agora conocerás que más con voluntad de favorecer tus

heridas que con miedo de tus fuerzas te cometí que dejases la batalla;

vee si lo quieres hacer, si no esta espada será castigo de tu locura,

porque la vida no se ha de dejar a quien della no se contenta.

Primaleón, poniendo los ojos en sí, y viendo sus armas rotas y así

herido de muchas heridas, vinósele a la memoria su Gridonia, y con

una soledad triste comenzó a sentir lo que ella dél sentiría; y dijo

consigo mesmo:

--Señora, hoy es el postrero día que vuestros cuidados me pueden dar

que pensar; yo moriré en esta batalla, y ninguno dirá que con temor

de la muerte perdí nada de mi honra. ¡Oh emperador Palmerín, cuán mal

agora sabes el poco descanso que para tu edad te aparejo! ¡Oh mi señora

Gridonia, este es el bien que la fortuna a vos y a mí tenía guardado!

Mas agora ¿por qué no me acuerdo que en vuestro nombre cometí tan

grandes cosas como ésta, y que en ellas quedé siempre con vitoria?

Y estas palabras le pusieron tamaño esfuerzo, que casi no sintiendo las

heridas que tenía, se fué contra él gigante, diciendo:

--Haz lo que pudieres, trabaja por defenderte, porque si hasta aquí

peleaste comigo, agora con otras fuerzas y otro hombre te combates.

Y el gigante se fué a él, y comenzaron esta batalla tan diferente

de las pasadas que don Duardos se espantaba de lo que vió, que a su

parecer era la cosa más notable del mundo, en la cual anduvieron tanto

que Dramusiando fué puesto en recelo de ser vencido, porque los golpes

de Primaleón no parecían de hombre tan mal herido; mas como los del

gigante no tuviesen resistencia, porque no tenía armas ni escudo con

que se cubrir, fué puesto en tanta flaqueza, que casi no tenía fuerzas

para sostener el espada, y lo que hacía era lo que el corazón le

prestara, y ésta, como fuese sola y sin tener otra ayuda, dió con su

señor en el suelo más muerto que vivo, con gran placer del gigante, y

así como estaba le mandó llevar al aposento de don Duardos para que

fuese curado, y primero que entendiese en la cura de su persona le hizo

curar, porque, como se dijo, este Dramusiando fué el hombre que más

deseó conservar la vida de los buenos caballeros que hubo en el mundo,

por el poco temor que los tenía.

CAPÍTULO QUINTO

EL TORNEO

Tanto tiempo el infante Palmerín se crió en casa del emperador de

Grecia su agüelo, que ya era en edad para ser caballero, y tan amado y

estimado de todos por sus buenas costumbres, como después fué temido

de sus enemigos por su persona; y como él desease muchas veces verse

en aquel aucto para que se criara, temía de pedillo al emperador, por

no se ver apartado del servicio de la hermosa Polinarda su señora, con

quien viviera desde el primer día que Polendos le trajera. Y porque

ella sentía en él este deseo, pagábaselo con otro igual al suyo, el

cual sabía muy bien encubrir, porque la hermosura de Palmerín traía

consigo el merecimiento desta afición. Pues el emperador, que en muy

continua tristeza vivía por la pérdida de sus hijos y apartamiento de

sus caballeros, que ya tenía por muertos, viniéndole a la memoria las

palabras de la carta de la sabia del Lago de las Tres Hadas, que la

doncella le trajo el día que Palmerín llegó, quísole hacer caballero,

creyendo que con él cobraría el descanso perdido en que al presente no

vivía, si ellas fuesen verdaderas. Y por deshacer la tristeza de los

suyos, que de tanto tiempo estaba ya arraigada, porque esta pérdida era

tan general que a todos cabía parte, ordenó de juntamente con él de

darla a todos los donceles que en su corte andaban, que eran muchos,

y algunos dellos eran príncipes e infantes, y concertóse que el día

desta cerimonia tornasen contra los otros caballeros que en la corte al

presente se hallasen, porque esto hacía el emperador para esperiencia

de las cosas que de Palmerín esperaban. Y mandóles aparejar para el

día de Pascua de flores, y luego ordenaron cadahalsos sumptuosos en el

campo adonde habían de ser los torneos. Los noveles velaron sus armas

en la capilla, víspera de Pascua, y venido el día, el emperador y la

emperatriz y Gridonia oyeron misa, la cual se dijo con gran solemnidad,

y acabada, hizo por su mano caballero al infante Palmerín de Inglaterra

primero que a otro ninguno. El rey Frisol de Hungría, que allí se

halló, le calzó la espuela, y la hermosa infanta Polinarda le ciñó

la espada, porque el emperador lo quiso así para más obligalle a sus

hechos; y él lo tuvo en tanto, que acordarse desto en muchos peligros

le dió nuevo esfuerzo. Tras él armó _caballeros a todos los otros

príncipes e infantes que en su corte se habían criado_.

Esto acabado, él y la emperatriz, con Gridonia y el rey Frisol,

comieron en la sala imperial con tanto aparato de fiesta como en el

tiempo pasado, servidos con todo el estado real, habiendo tantos

estrumentos y música como si en aquella corte no faltara nada del

placer que poseían en el tiempo en que ellos más se acostumbraban.

Acabado de comer, el emperador se fué al cadahalso donde había de ver

los torneos, acompañado de algunos señores a quien las edades antiguas

detenían en Costantinopla; porque a los otros, a quien aún les ayudaba,

despendían el tiempo en la demanda destos asignados príncipes de quien

entonces ninguna nueva se sabía. La emperatriz y Gridonia, con sus

dueñas y doncellas, se pusieron en otro que para ellas estaba señalado,

y a esta hora, de la parte de los caballeros estranjeros estaba tanta

gente en el campo, que a la fama destas fiestas habían venido, que

el emperador temió que los noveles no lo pudiesen sofrir, que a este

tiempo salían de la ciudad armados de armas blancas, tan airosos y

bien puestos que comenzaron de dar testimonio de lo mucho que después

hicieron, trayendo por capitán al esforzado Palmerín. Puestos en orden,

al son de muchas trompetas arremetieron unos a otros con tamaño ímpetu,

como la codicia de la honra quería a quien la desea alcanzar; Palmerín,

que era el delantero, antes que ronpiese, puestos los ojos en la

fermosa Polinarda, dijo consigo mismo:

--Señora, para mayor afrenta quiero vuestra ayuda; por eso no os la

pido en ésta, que sé que ante vos no me puede acontecer cosa que la

vitoria sea de otro, pues que vos ya la tenéis de mí.

No eran estas palabras bien acabadas, cuando él y Lebusante de Grecia

se encontraron con tanta fuerza que Lebusante fué al suelo por las

ancas del caballo, quedando Palmerín tan entero como si no le tocara,

de que el emperador fué tan contento como espantado, porque este

Lebusante era entonces el mejor caballero de toda Grecia. _Los demás

caballeros noveles también se portaron con mucha gallardía._

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