Con placer caminaron hasta que estuvieron a vista de la cibdad; la

gente que de la cibdad salía era en tanta cantidad, que todo el camino

venía lleno, de manera que los de a caballo no podían andar; unos

se llegaban a don Duardos por velle por el gran amor que le tenían;

algunos después de velle a él iban a ver al gigante Dramusiando y al

caballero de la Fortuna, teniendo por cosa espantosa por un caballero

ser vencido un hombre como aquél; así allegaron a vista de la gran

ciudad de Londres, adonde viendo don Duardos por entre los otros

edificios el aposento de Flérida, no pudo estar tan libre que sus

ojos no sintiesen la soledad de tanto tiempo; mas acordándose cuán

cerca estaba de vella, le hizo olvidar con la gloria presente toda

la tristeza pasada, y esforzóse lo mejor que pudo para que ninguno

le sintiese aquella flaqueza; llegando junto de la ciudad, el rey

los vino a recebir con una solene fiesta; el rey recibió a cada uno

según la valía de su persona; don Duardos llegó de los postreros con

Dramusiando, y después de besar la mano al rey con las rodillas por el

suelo, le dijo:

--Señor, si ante vuestra alteza yo puedo valer alguna cosa, sea hacerme

tanta merced que a este gigante trate, no como hijo de su padre, sino

como el mejor hombre del mundo, pues él lo es.

El rey levantó a don Duardos, tomándole por entre los brazos le apretó

consigo, derramando muchas lágrimas le dijo:

--Hijo don Duardos, ¿quién es el que tanto deseara veros y que en este

tiempo os negara ninguna cosa?

Entonces volvió hacia Dramusiando, que le quería besar las manos, y

abrazándole, dijo:

--Por cierto, Dramusiando, mal pensaba yo que quien tanto mal me hizo

quisiese tanto; mas vuestras noblezas pudieron tanto conmigo, que

allende de me hacer perder el enojo, volví la voluntad tanto de vuestra

parte, que agora no sé ya quién puede ser vuestro enemigo que también

no lo fuese mío.

En esto vió que el caballero de la Fortuna se venía para él, y

tomándole en los brazos comenzó a decir:

--¿Quién me dijo a mí siempre que si algún bien me había de venir había

de ser por vuestras manos?

--Por las de Dios puede vuestra alteza decir, que así lo quiso

--respondió él--, que las mías no son para tanto.

Acabado este razonamiento, se fueron para la iglesia principal de la

cibdad, adonde oyeron misa con tanta solenidad como era razón; acabada

la misa, aquellos príncipes y caballeros casi por fuerza hicieron

cabalgar al rey, y ellos le fueron acompañando hasta el palacio, donde

hallaron a la reina y a Flérida que los salieron a recebir; entramas

juntas tomaron a don Duardos, aun no creyendo que le tenían allí. El

rey tomó a la reina por la manga de una ropa que traía, diciendo:

--Señora, vuestro hijo ya está en vuestra casa, y cada día le podéis

ver; agora habla a estos príncipes y caballeros, a quien tanto debemos

por el peligro que por nosotros se pusieron con deseo de la libertad de

don Duardos.

Entonces, mostrándole a Primaleón, la reina le recibió como a tan gran

persona convenía, y luego a todos los otros príncipes y caballeros

mancebos.

_De allí a poco, en un brillante torneo que se celebró en honor

del emperador de Alemania, que había venido a visitar al rey de

Inglaterra, lucharon de un lado los caballeros ingleses y del otro

los de Constantinopla que habían venido a libertar a don Duardos,

menos el de la Fortuna, que no tomaba parte por expreso deseo del

soberano. Los caballeros griegos, a pesar de sus muchas proezas,

iban de vencida cuando_ en esto entraron por medio del torneo tres

caballeros de parte del emperador _de Constantinopla_, armados de armas

amarillas y leonado; el uno traía en campo negro en el escudo el dios

Saturno, cercado de estrellas; el otro traía en campo negro la casa

de la tristeza; el tercero traía el suyo cubierto con un cuero negro,

de manera que no se parecía la devisa; éstos, viendo que la sobra de

los muchos hacía perder la bondad de los pocos, abajando las lanzas

arremetieron, con las cuales, antes que las quebrasen, derribaron

algunos caballeros; sacando sus espadas, en pequeño espacio, por

su esfuerzo, cobraron los del emperador lo que habían perdido, con

tanta ventaja que los contrarios, no pudiendo sostenerse, comenzaron

a retraerse. _Así quedó la victoria por los caballeros del emperador

griego._

_Aquella noche, después de un banquete_, hobo sarao real en el aposento

de Flérida, adonde la emperatriz y la reina aquella noche cenaron; al

cual vinieron los más caballeros que en el torneo se hallaron; ya que

se quería recoger cada uno a su aposento, entraron por la sala los

tres caballeros esforzados que en el torneo fueron en ayuda de los

del emperador, vestidos de las mesmas armas que en él tuvieron, tan

bien dispuestos y de tan bien parecer, que no hubo allí nenguno que

no tuviese codicia de sus obras y parecer, y con este contentamiento,

cada uno les daba lugar para que allegasen adonde estaba el rey; siendo

ya al pie del estrado donde él e los otros príncipes estaban, hízose

una escuridad en la sala, de tal manera que nenguna persona se vía a

otra; en las damas fué el miedo tan grande que cada una se abrazaba con

el que más cerca de sí hallaba; esto no duró mucho, que la escuridad

se deshizo y allí delante de todos quedó un león y un tigre envueltos

en batalla, hiriéndose tan sin piedad como aquellos que no la sabían

tener de sí mesmos; en esto entró por medio de la sala una doncella

con un bastón dorado en las manos, y tocándolos a entramos cayeron en

el suelo tan muertos como si nunca tuvieran vida; mas esto no fué tan

presto hecho, cuando ellos se tornaron a levantar en figura de toros

grandes y fieros, que la mayor parte de la gente estuvo para huír de

ellos, sino algunos caballeros famosos, que allende deste miedo hacer

poca impresión en ellos, consolaban a las damas de vellas los colores

perdidos, riéndose del temor que recebían. Los toros se apartaron el

uno del otro algún poco, y arremetiendo el uno al otro, se encontraron

con tanta fuerza, que la sala parecía asolarse, e de la fortaleza con

que se encontraron vinieron entramos al suelo, echando por la boca y

narices un humo tan negro, que se tornó a escurecer la sala como la

primera vez; deshecha la escuridad, que no duró mucho, quedaron los

tres caballeros armados de sus armas con los rostros descubiertos, y

el que de antes traía el escudo cubierto hallóse con él desatapado, y

en él la devisa que solía, que era en campo blanco un salvaje con dos

leones por una traílla: llegándose al rey, que ya le quería abrazar por

habelle conocido, le besó las manos, diciendo:

--Señor, haga vuestra alteza honra a este caballero que aquí está, que

es el gran sabio Daliarte, vuestro servidor, a quien vuestro cuidado

siempre dolió mucho para lo sentir y deseo para os servir en todo.

El rey, que ya le conoció por su fama, tomándole en los brazos con

mucho amor, decía:

--Por cierto, Daliarte, aunque yo no os debiese más que entregarme

vivo a Desierto, cosa que yo no esperaba, es cosa que no se puede pagar.

--Señor --dijo Daliarte--, la razón que yo tengo para serviros es

tamaña, que ella me puso siempre en esta obligación, por donde vuestra

alteza me es en menos cargo que lo que piensa; y porque el mayor

servicio que yo en alguna hora os podía hacer está aún encubierto,

siéntese vuestra alteza y óigame, porque querría que mis palabras

acrecentasen estas fiestas con más razón de las que ellas se hacen.

El rey, puesto que no sospechaba lo que podía ser, por ser cosa que el

tiempo traía olvidado, creyendo que sería alguna cosa de placer, se

tornó a sentar y llamó junto consigo a Desierto, que estaba de rodillas

hablando con Flérida y con don Duardos; después de todos sosegados, el

gran sabio Daliarte, puniendo los ojos a todas partes, los afirmó en

Flérida, diciendo:

--Por cierto, señora, claro está que la vista de don Duardos os

quita de la memoria el acuerdo de las otras cosas, y mucho más la de

vuestros hijos, e para vos acordar desto no debía ser así, porque a

quien sus obras más placer dieron fué a vos, e la fortuna, que en su

nacimiento los puso en trabajo y estado que su alta sangre estuvo para

ser sacrificada a dos leones por mano del salvaje que los hurtó, esa

les tornó a poner en tamaña alteza de fama en las armas, que no tan

solamente pasaron a los de su tiempo, mas en el otro pasado no hubo

quien tanta gloria dejase como la suya será, ni por venir por muy

largos años yo no alcanzo quien con mucha parte los iguale; pues quien

tales hijos perdió no debía vivir tan sin cuidado de tamaña pérdida

que los otros placeres la hiciesen ausente deste acuerdo; por tanto

acuérdeseos de las palabras que Pridos os dijo el día de su nacimiento,

y del perdimiento de don Duardos, que le dijera una doncella; ya veis

cuán verdaderas salieron; vuestros hijos están juntos con vos, y son

tales, que han sabido pagar el pesar que ya os dieron. Vedes allí a

Palmerín de Inglaterra, que tantas lágrimas os tiene costado y a quien

vos posistes el nombre por su nacimiento conforme al de vuestro padre,

y después el emperador su agüelo, sin lo saber, le tornó a confirmar

casi por espiración divina; pues Floriano del Desierto no es otro sino

este caballero del Salvaje que vos como madre criastes y como a hijo

ajeno tenéis olvidado.

Flérida puso los ojos en don Duardos tan reciamente turbada, que no

sabía de sí, porque también el placer como el pesar hace aquestas

mudanzas en quien las recibe de cosa que no espera; y don Duardos puso

también los suyos en ella, y así Palmerín en Desierto; mas conociéndose

se fueron abrazar, y el rey, que su edad no era para tan grande

sobresalto, se acostó en la silla, llamando a Daliarte le dijo:

--¡Oh Daliarte!, no quisiera este placer tan súpito, porque mi

flaqueza no es para sufrir sobresalto tamaño y tan poco esperado;

ruégoos que me digáis cómo sabéis vos esto, que puesto que siempre lo

sospeché, no lo creo por el placer que de ahí recibo.

Daliarte le dijo:

--Señor, yo os mostraré la verdad tan clara como es necesario para

creer lo que digo.

Entonces sacando un pequeño libro del seno, leyó poco por él, porque

aquello bastó para hacer venir ante sí al salvaje que los criara y

a su mujer, y entrando por la sala como personas que nunca en otra

parte como aquella se vieron, Palmerín, que le conoció por haber menos

días que le viera, se fué a abrazar con él, y Floriano con su mujer,

y Selvián su hijo, asimesmo con la rodilla en el suelo, cortesía poco

acostumbrada entrellos; mas Selvián no por la naturaleza, mas por la

crianza lo aprendiera; mas ella, con lágrimas en los ojos, no sabía

cuál primero recibiese. Después que Palmerín tuvo metido en acuerdo al

salvaje, llególe al rey, que juntándole consigo le preguntó por estenso

la crianza de aquellos infantes, e informado públicamente de lo que

pasara, apretando consigo a Palmerín, puestos los ojos en el cielo,

decía:

--Señor, esto era el postrero bien que deseaba ver; ruégote que agora

me lleves antes que la fortuna no me enseñe algún revés dél.

Entonces, tomándolos a entramos por la mano, los entregó a Flérida, a

la cual con las rodillas en el suelo besaron las manos muchas veces;

ella los tuvo abrazados algún tanto, saliéndole algunas lágrimas de

placer acordándose de la batalla en que ya los viera dentro en Londres,

e cuán presto estuvieron de morir en ella. Don Duardos los abrazó,

no pudiendo encubrir tan grande alegría; porque cuando es grande o

de cosa que mucho se desea, puédese más disimular, y luego por su

mandado hicieron su cortesía al emperador _de Alemania y los demás

caballeros principales_ como a personas que de nuevo conocían, puesto

que Palmerín, cuando llegó a Primaleón a le hacer su acatamiento,

acordándose ser padre de su señora, fué con mucha más obidiencia que

a los otros, cosa que a todos pareció que lo hacía por ser hijo del

emperador, cuyo criado era; en palacio fué el placer tan grande, que

bien se parecía que era general; la reina estaba con sus nietos tan

contenta que no quería que nadie los gozase sino ella. El salvaje y su

mujer, con Selvián, tan alegres de le ver tan gentil mancebo y fuera de

su traje como de cosa no esperada.

_Y en la corte y fuera de ella fué indecible la alegría de ver acabado

con tanto bien y dicha lo que había tenido principios tan fieros._

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ÍNDICE

AMADÍS DE GAULA

PÁGS.

LIBRO PRIMERO: _La Corte de Lisuarte_ 9

CAP. I.--El Doncel del Mar 9

CAP. II.--La sin par Oriana 13

CAP. III.--La bola de cera 25

CAP. IV.--La guerra de Gaula 30

CAP. V.--Los anillos del rey Perión 39

CAP. VI.--Don Galaor 45

CAP. VII.--El manto y la corona 51

CAP. VIII.--Las Cortes de Londres 56

CAP. IX.--Los ardides de Arcalaus 61

CAP. X.--La prisión del Rey 67

CAP. XI.--La libertad de Oriana 71

CAP. XII.--Las proezas de don Galaor 78

LIBRO SEGUNDO: _Beltenebrós_ 85

CAP. I.--La Ínsola Firme 85

CAP. II.--El Arco de Los leales Amadores 91

CAP. III.--Los celos de Oriana 98

CAP. IV.--El ermitaño 104

CAP. V.--La Peña Pobre 109

CAP. VI.--El castillo de Arcalaus 114

LIBRO TERCERO: _El Caballero de la Verde Espada_ 125

CAP. I.--La muerte del Endriago 125

CAP. II.--Las coronas de la Infanta 137

CAP. III.--Las cuitas de Oriana 148

CAP. IV.--La batalla naval 151

LIBRO CUARTO: _La guerra por Oriana_ 160

CAP. I.--Los tres ejércitos 160

CAP. II.--El primer día de lucha 166

CAP. III.--El fin de la batalla 172

CAP. IV.--Las gestiones de paz 176

CAP. V.--La derrota de Arcalaus 181

CAP. VI.--Las bodas 188

PALMERÍN DE INGLATERRA

CAP. I.--La floresta encantada 201

CAP. II.--Los mellizos de Flérida 206

CAP. III.--Desierto y Palmerín 212

CAP. IV.--Primaleón 219

CAP. V.--El torneo 226

CAP. VI.--El Caballero de la Fortuna 233

CAP. VII.--Los enemigos hermanos 237

CAP. VIII.--La libertad de los Caballeros 240

CAP. IX.--Las fiestas de Londres 250

[Ilustración]

Libros de caballerías Selección · 第 12 / 12 段