_En cuanto Lisuarte sanó de las heridas en aquella ocasión recibidas,

reuniéronse en la Ínsola Firme las familias de todos aquellos reyes,

con gran cortejo de damas y caballeros, para celebrar no sólo las bodas

de Oriana y Amadís, sino las de don Galaor con la hermosa reina de

Sobradisa, Briolanja; las del nuevo emperador de Roma con Leonoreta,

hija segunda del rey Lisuarte; las de Agrajes, Melicia, Mabilia, y

en general de gran número de caballeros y doncellas de los que habían

vivido en torno a Oriana y Amadís, entre los cuales había repartido

éste, poco antes de aquel día, los grandes estados ganados en la última

guerra, sin reservar otra cosa para sí que el señorío de la Ínsola

Firme, que, como bien sabemos, de antes poseía. También Urganda la

Desconocida habíase presentado inopinadamente, en una sierpe de fuego,

para ser testigo de las bodas de su caballero favorito._

Venido el día señalado, todos los novios se juntaron en la posada de

Amadís, y se vistieron de tan ricos y preciados paños como su gran

estado en tal auto demandaba, e asimesmo lo ficieron las novias; e

los reyes e grandes señores los tomaron consigo, e cabalgando en

sus palafrenes, muy ricamente guarnidos, se fueron a la huerta,

donde fallaron las reinas e novias asimesmo en sus palafrenes; pues

así salieron todos juntos a la iglesia, donde por el santo hombre

Nasciano la misa aparejada estaba. Pasado el auto de los matrimonios e

casamientos con las solemnidades que la santa Iglesia manda, Amadís se

llegó al rey Lisuarte e díjole:

--Señor, quiero demandaros un don que os no será grave de lo dar.

--Yo lo otorgo --dijo el Rey.

--Pues, señor, mandad a Oriana que antes que sea hora de comer pruebe

el Arco encantado de los Leales Amadores, e la Cámara Defendida, que

hasta aquí, con su gran tristeza, nunca con ella acabar se pudo, por

mucho que ha sido por nosotros suplicada y rogada; que yo fío tanto

en su lealtad y en su gran beldad, que allí donde ha más de cien años

que nunca mujer, por extremada que de las otras fuese, pudo entrar,

entrará ella sin ningún detenimiento; porque yo vi a Grimanesa en tanta

perfición como si viva fuese, donde está hecha por gran arte con su

marido Apolidón; e su gran fermosura no iguala con la de Oriana; e en

aquella cámara tan defendida a todas se hará fiesta de nuestras bodas.

Y el Rey le dijo:

--Buen hijo señor: liviano es a mí complir lo que pedís, mas he recelo

que con ello pongamos alguna turbación en esta fiesta, porque muchas

veces contece, e todas las más, la grande afición de la voluntad

engañar los ojos, que juzgan lo contrario de lo que es; e así podría

acaescer a vos con mi hija Oriana.

--No tengáis cuidado deso --dijo Amadís--, que mi corazón me dice que

así como lo digo se complirá.

--Pues así os place, así sea --dijo el Rey.

Entonces se fué a su hija, que entre las reinas e las otras novias

estaba, e díjole:

--Mi hija, vuestro marido me demandó un don, e no se puede complir sino

por vos; quiero que mi palabra hagáis verdadera.

Ella fincó los hinojos delante dél y besóle las manos, e dijo:

--Señor, a Dios plega que por alguna manera venga causa con que os

pueda servir, e mandad lo que os ploguiere, que así se fará si por mí

complir se puede.

El Rey la levantó e la besó en el rostro, e dijo:

--Hija, pues conviene que antes de comer sea por vos probado el Arco de

los Leales Amadores e la Cámara Defendida; que esto es lo que vuestro

marido me pide.

Cuando esto fué oído de toda aquella gente, a muchas plogo de ver

que la prueba se ficiese e a otras puso gran turbación. Pues así

como estaban, salieron de la iglesia, e cabalgando, llegaron al

marco donde allí adelante a ninguno ni a ninguna era dada licencia

de entrar, si dinos para ello no fuesen. Pues allí llegados, Melicia

e Olinda, _la mujer de Agrajes_, dijeron a sus esposos que también

querían ellas probar aquella aventura, de lo cual gran alegría en los

corazones dellos vino, por ver la gran lealtad en que se atrevían.

Allí descabalgaron todos e acordaron que entrasen delante Melicia e

Olinda; e así se fizo, que la una tras la otra pasaron el marco, e

sin ningún entrévalo fueron so el arco y entraron en la casa donde

Apolidón e Grimanesa estaban; e la trompa, que la imagen encima del

arco tenía, tañió muy dulcemente; así que todos fueron muy consolados

de tal són, que nunca otro tal vieran, sino aquellos que ya lo habían

visto e probado. Oriana llegó al marco e volvió el rostro contra

Amadís e paróse muy colorada; e tornó luego a entrar, y en llegando

a la mitad del sitio, la imagen comenzó el dulce són; e como llegó

so el arco, lanzó por la boca de la trompa tantas flores e rosas en

tanta abundancia, que todo el campo fué cubierto dellas; y el són fué

tan dulce e tan diferenciado del que por las otras se fizo, que todos

sintieron en sí tan gran deleite, que en tanto que durara tovieron por

bueno de no partirse de allí; mas como pasó el arco, cesó luego el són.

Oriana falló a Olinda e a Melicia, que estaban mirando aquellas figuras

e sus nombres, que en el jaspe hallaron escritos; e como la vieron,

fueron con mucho placer contra ella, e tomáronla entre sí por las

manos e volviéronse a las imágines; e Oriana miraba con gran afición

a Grimanesa, e bien veía claramente que ninguna de aquéllas, ni de

las que fuera estaban, no era tan fermosa como ella; e mucho dudó en

la prueba de la Cámara, que para haber de entrar en ella la había de

sobrar en fermosura; e por su voluntad dejárase de la probar, que de lo

del Arco nunca en sí puso duda; que bien sabía el secreto enteramente

de su corazón, cómo nunca fuera otorgado de amar sino a su amigo Amadís.

Así estovieron una pieza, y estovieran más, sino por ser el día tal

que las esperaba; e acordaron de salirse así todas tres juntas como

estaban, tan contentas e tan lozanas, que a los que las atendían

e miraban les paresció que habían gran pieza acrecentado en sus

hermosuras, e bien cuidaron que cualquiera de ellas era bastante para

acabar la aventura de la Cámara. Sus tres maridos, Amadís e Agrajes e

don Bruneo, que aquella aventura habían acabado, como ya el segundo

libro desta historia vos lo ha contado, fueron contra ellas, lo

cual ninguno de los que allí estaban podieran hacer; e como a ellas

llegaron, la trompa comenzó el son e a echar las flores, que les daban

sobre las cabezas, e abrazáronlas e besáronlas, e así todos seis se

salieron. Esto hecho, acordaron de ir a la prueba de la Cámara, mas

algunas había que gran recelo llevaban de lo no poder acabar. Pues

llegando al sitio que en la sala del castillo estaba, _primero se

acercó_ Olinda la mesurada, trayéndola Agrajes por la mano, que le

daba gran esfuerzo, aunque no con mucha esperanza que en sí toviese,

que el gran amor ni afición dél a ella no le quitaba el conocimiento

de ver que no igualaba a la fermosura de Grimanesa; pero bien pensó

que llegaría con las más delanteras; y llegando al sitio, dejóla de

la mano, y ella entró e fuése derechamente al padrón de cobre, e de

allí pasó al de mármol, que nada sintió; mas, como quiso pasar, la

resistencia fué tan dura, que por mucho que porfió no pudo más de una

pasada pasar más adelante, e luego fué echada fuera, tan desacordada,

que no tenía sentido.

Melicia entró con gentil continencia e lozano corazón, que así era ella

muy lozana e muy fermosa, e pasó por los padrones ambos, tanto, que

cuidaron todos que entraría en la cámara; e Oriana, que así lo pensó,

fué toda demudada de pesar; mas llegando un paso más que Olinda, luego

fué tollida e sacada sin ninguna piedad, como la otra, tan desacordada

como si muerta fuese, que así como más adelante entraban, mucho más

la pena les era dada a cada una en su grado, e así se hacía a los

caballeros antes que Amadís lo acabase. Las rabias que don Bruneo por

ello hacía a muchos movían a piedad; mas a los que sabían el poco

peligro que de allí redundaba, reíanse mucho de lo ver. Esto así fecho,

llevó Amadís a Oriana, en quien toda la fermosura del mundo ayuntada

era, y llegó al sitio con pasos muy sosegados y rostro muy honesto,

e santiguóse e encomendóse a Dios, y entró adelante, e sin que nada

sintiese pasó los padrones, e cuando a una pasada de la cámara llegó

sintió muchas manos que la pujaban e tornaban atrás, tanto, que tres

veces la volvieron hasta cerca del padrón de mármol; mas ella no hacía

sino con las sus muy fermosas manos desviarlos a un cabo e a otro, e

parecíale que tomaba brazos e manos; e así con mucha porfía e gran

corazón, e sobre todo su gran fermosura, que muy más extremada era que

la de Grimanesa, como dicho es, llegó a la puerta de la cámara muy

cansada, e trabó de uno de los umbrales; entonces salió aquel brazo

e mano que a Amadís tomó, e tomó a ella por la una mano, e oyó más de

veinte voces que muy dulcemente cantando dijeron:

--Bien venga la noble señora, que por su gran beldad ha vencido la

fermosura de Grimanesa, e hará compaña al caballero que, por ser más

valiente y esforzado en armas que aquel Apolidón, que en su tiempo

par no tuvo, ganó el señorío desta ínsola, y de su generación será

señoreada grandes tiempos con otros grandes señoríos que desde ella

ganarán.

Entonces el brazo e la mano tiró, y entró Oriana en la cámara, donde

se halló tan alegre como si del mundo fuera señora, e no tanto por su

fermosura como porque, seyendo su amigo Amadís señor de aquella ínsola,

sin empacho alguno le podía facer compaña en aquella fermosa cámara,

quitando la esperanza desde allí adelante de se venir a probar ninguna,

por fermosa que fuese. Isanjo, el caballero gobernador de aquella

ínsola, dijo entonces:

--Señores, los encantamentos desta ínsola a este punto son todos

deshechos, sin ninguno quedar; que así fué establecido por aquel que

aquí los dejó; que no quiso que más durasen de cuanto se hallase señor

e señora que estas aventuras acabasen, como estos señores lo han fecho;

e sin embargo alguno, pueden allí entrar todas las mujeres, así como lo

facen los hombres después que por Amadís acabada fué.

Entonces entraron los reyes e reinas, e todos los otros caballeros, e

dueñas e doncellas cuantas allí estaban, e vieron la más rica e más

sabrosa morada que nunca fué vista, e todas abrazaron a Oriana, como si

por luengo tiempo no la hobieran visto; era tanto el placer e alegría

de todos, que no tenían memoria de comer, ni de otra alguna cosa, sino

de mirar aquella cámara tan extraña. Amadís mandó que luego fuesen en

aquella gran cámara traídas las mesas, e así se fizo; e finalmente,

los novios e novias, e los reyes e los que allí cupieron, folgaron e

comieron en la cámara, donde de muchos e diversos manjares, e frutas de

muchas maneras, e vinos, fueron muy bien servidos.

Pasadas estas grandes fiestas de las bodas que en la Ínsola Firme

se ficieron, el Emperador demandó licencia a Amadís, porque, si le

ploguiese, quería con su mujer tornarse a su tierra; todos los otros

reyes e señores aderezaron para se ir también, y quedó en la Ínsola

Firme Amadís con su señora Oriana al mayor vicio e placer que nunca

caballero estovo, de lo cual no quisiera él ser apartado porque del

mundo le ficiesen señor.

A DIOS SEAN DADAS GRACIAS. ACÁBANSE AQUÍ

LOS CUATRO LIBROS DEL ESFORZADO

E MUY VIRTUOSO CABALLERO

AMADÍS DE GAULA.

PALMERÍN DE INGLATERRA

[Ilustración: ¶ Libro del muy eſforçado Cauallero Palmerín de

inglaterra hijo del rey dõ Duardos: y de ſus grandes proezas: y de

Floriano del desierto ſu hermano: con algunas del príncipe Florendos

hijo de Primaleon. Impreſſo Año.M.D.xlvij.]

[Ilustración]

CAPÍTULO PRIMERO

LA FLORESTA ENCANTADA

Saliendo un día don Duardos, _príncipe de Inglaterra_, a monte a la

floresta _del Desierto_, llevando consigo a Flérida, _su joven esposa,

hija del emperador de Grecia Palmerín_, mandó asentar sus tiendas en

un verde prado, junto de una ribera que por allí corría, que con sus

corrientes y claras aguas consolaba los corazones tristes.

No pasó mucho tiempo después que allí llegaron, que hacia la parte do

la floresta se hacía mayor, comenzó a sonar la vocería de los monteros,

e yendo don Duardos hacia aquella parte, vió un puerco grande, que,

acosado de los perros, trasponía por un recuesto; mas él, fiándose en

la ligereza de su caballo, le siguió de manera que en pequeño trecho le

alcanzó de vista y los suyos le perdieron a él. Los que seguían a don

Duardos fueron por el rastro en cuanto la claridad del día les duró;

mas como les fué faltando, la escuridad les hizo desatinar de manera

que perdieron el rastro.

Don Duardos, enlevado en el gusto de la caza y olvidado de cualquier

peligro que de allí se pudiese suceder, siguió tanto tras el puerco,

hasta tanto que el caballo de cansado no se podía menear; entonces

se apeó dél, y quitándole el freno, le dejó pacer de la yerba para

que tomase algún esfuerzo, y se acostó al pie de un árbol pensando

dormir algún poco; mas viniéndole a la memoria con cuánta pena Flérida

estaría por su tardanza, nunca pudo reposar, pasando en esto y en otras

imaginaciones hasta la mañana.

_Al otro día_, caminó hacia aquella parte que a su parecer su gente

quedara; mas su camino era tan apartado, que cuanto más caminaba, más

se alongaba della, y desta manera anduvo hasta tanto que el sol se

quería poner, que se halló en un campo verde, cubierto de deleitosos

árboles, tan altos, que parecían tocar las nubes; por medio dellos

pasaba un río de tanta agua, que en nenguna parte parecía haber vado,

y tan clara, que quien por junto a la orilla caminaba podía contar las

guijas blancas que en el suelo parecían; y como la tarde fuese serena,

y los árboles con gracioso aire se meneasen, juntamente con el cantar

de las aves de que los árboles estaban poblados, caminó por el río

abajo tan transportado y desacordado de sí, que soltando las riendas

al caballo, le guió para aquella parte para donde su fortuna le tenía

ordenado, y así anduvo tanto, hasta que le puso al pie de una torre

que en medio del río, encima de una gran puente estaba edificada, bien

obrada y fuerte, y allende desto muy hermosa para mirar de fuera y

mucho más para recelar los peligros de dentro; la entrada della, así

de la una parte como de la otra, era por la puente, la cual era tan

ancha, que se podían combatir en ella cuatro caballeros. Don Duardos,

recordando de su desacuerdo, y viendo la novedad del castillo y

fortaleza dél, llamó a unas aldabas de hierro que en la puerta estaban.

No tardó mucho que en las almenas se paró un hombre, que, por lo ver

desarmado, le fué luego a abrir. Al cual preguntó cúyo era aquel

castillo. El portero le respondió que subiese arriba, que allá se lo

dirían, y como su corazón no temió los peligros antes que los viese,

perdido todo temor, entró en el patio, y de ahí subió a una sala, donde

fué recebido de una dueña, que en su presencia representaba ser persona

de merecimiento. Don Duardos, después de hacelle la cortesía que le

pareció necesaria, le dijo:

--Señora, estoy tan espantado de lo que aquí veo, que quería saber de

vos quién sois y cúya es esta casa tan encubierta a todos y tanto para

no encubrirse a nenguno.

La dueña le tomó por la mano, y le llevó a una ventana que sobre el río

caía, diciendo:

--Señor don Duardos, la fortaleza y el dueño della está toda a vuestro

servicio; reposá aquí esta noche, que por la mañana sabréis lo que

deseáis.

No tardó mucho que llamaron a cenar, siendo tan bien servido como

lo pudiera ser en casa del rey su padre; de ahí le llevaron a una

cámara, donde había de dormir, en la cual estaba una cama tan bien

obrada e rica, que parecía más para ver que para ocuparla en aquello

para que fué hecha. Don Duardos se acostó, espantado de lo que vía;

aunque pensar en Flérida no le dejase descansar, el trabajo pasado le

hizo bien dormir. La señora del castillo, que no esperaba otra cosa,

viéndole vencido y ocupado del sueño, mandó a una doncella, que en la

cámara entró, tomar la su muy rica espada que traía siempre consigo,

que la tenía a la cabecera, y después de tomada, sintiendo que su deseo

podía venir a lo que siempre deseara, dijo a otra:

--Di a mi sobrino que venga, que con menos trabajo de lo que pensamos

puede tomar venganza de la muerte de su padre, pues en nuestro poder

está éste, que es nieto y yerno de aquel que le mató.

En esto bajó de lo más alto de la torre un gigante mancebo, acompañado

de algunos hombres armados, y entró dentro en la cámara así acompañado,

diciendo:

--¡Don Duardos, don Duardos! --en alta voz--: con menos reposo que eso

habías de estar en esta casa.

Don Duardos recordó a sus voces; queriendo tomar su espada, no la

halló. Entonces _el gigante_ le mandó prender, sin él poderse resestir,

que sólo con el corazón, sin otras armas, le tomaron; de ahí le

llevaron a una torre en lo más alto de la fortaleza, adonde, cargado de

hierro, le dejaron con intención de nunca soltalle. Cuando don Duardos

se vió solo y así tratado, con ira que de sí mesmo tenía, comenzó a

decir palabras de tanto dolor y lástima, que nenguno lo pudiera oír que

no la hubiera dél.

_¿Qué motivo había para que tan preclaro caballero fuera tratado de

este modo? Dice la historia que en el tiempo en que Palmerín de Oliva,

antes de ser emperador de Grecia y padre de Flérida, había estado en

la corte del rey de Inglaterra, abuelo de don Duardos, como caballero

andante, había libertado en brava pelea a la reina y su hija, que eran

llevadas prisioneras por el temido gigante Franaque, el cual, por mano

de Palmerín, había quedado muerto en el campo de batalla._

Este Franaque tenía una hermana, muy gran sabidora en las artes de

encantamento, llamada Eutropa, que en su tiempo pasó a todas las

personas que de aquel arte sabían. Y sabiendo la triste nueva de

aqueste su hermano, tomando en sus brazos un pequeño hijo que le

quedaba, que tenía por nombre Dramusiando, con grandes llantos lloraba

la muerte de su padre, prometiendo que, con sus artes y con las fuerzas

de aquel niño, tomaría tal venganza del que lo mató y de todos los

que de su linaje pudiese haber, que quedase dello perpetua memoria.

Pasados los días del ímpetu de su pasión, quísose proveer como sabía en

aquello que vió que era menester para su guarda; y haciendo de nuevo

aquel castillo en que don Duardos fué preso, se metió en él con toda su

familia, fortificándole todo lo que más pudo; y no se confiando desto,

encantó de tal suerte toda aquella floresta al derredor, que ninguna

persona podía entrar dentro si no fuese por su voluntad. En este

castillo crió su sobrino hasta edad de ser caballero, _el cual_, como

tuviese edad y entendimiento, y tuviese el ánimo muy grande, supiendo

la muerte de su padre, el esfuerzo de su ánima le provocaba a ir por el

mundo a vengar su muerte; mas Eutropa se lo impidió siempre, diciendo

que viviese contento, que ella le prometía de le traer a su poder en

quién pudiese tomar muy cruel venganza.

CAPÍTULO SEGUNDO

LOS MELLIZOS DE FLÉRIDA

Estando Flérida en la Floresta del Desierto, que quedara con _sus_

damas junto con la ribera folgando y cogiendo de las flores de que

el campo está cubierto, que esto era en el mes de mayo tiempo en el

cual ellas tienen su gracia, esperó a don Duardos hasta las horas

que le pareció que debía venir, y viendo que tardaba, comenzó de

entristecerse, anunciándole el corazón el desastre. Allegada la noche,

parecióle más escura a Flérida de lo que de su natural lo podía ser;

ninguna consolación la podía alegrar; los monteros acudían y su don

Duardos no venía; Flérida no durmió en toda la noche, porque siempre en

estos casos el cuidado vence el sueño.

Ya que la mañana esclarescía, el duque _de Galez_ mandó a toda aquella

gente que, repartidos, corriesen toda la floresta y mirasen si lo

hallarían, y tornasen allí con el recaudo, porque Flérida tenía

ordenado no hacer de allí mudanza hasta saber lo que dél era hecho.

Pridos, hijo del duque, primo de don Duardos y muy grande amigo suyo,

se metió por lo más espeso de la montaña, contra aquella parte do la

mar batía, lo anduvo revolviendo todo, e ya desconfiando de le hallar,

creyendo que de las alimañas bravas de que aquella montaña era poblada

lo matarían por ir desarmado, tornóse tan triste que, desacordado de

sí, con los ojos llenos de agua, las riendas sueltas sobre el cuello

del caballo, haciendo muy grandes lástimas por aquellas muy grandes

concavidades que la mar tenía hechas, y retumbando dentro el tono con

que las decía, parecía que le ayudaban a sentir su pasión con aquellas

mismas palabras que él mismo se quejaba.

No tardó mucho que por la ribera de aquella playa vió venir una

doncella encima de su palafrén muy negro, vestida de la mesma color.

Llegándose a Pridos, le tomó por la rienda, diciendo:

--Señor caballero, esforzad, que esa gran tristeza no puede guarecer a

lo que buscáis. Sabed que don Duardos es vivo, puesto que no está en su

libertad, ni saldrá tan presto de la prisión en que lo tienen; decid

a Flérida que se consuele, y que tenga por muy cierto que esto todo

vendrá a muy buen fin. Porque la soledad que agora comenzará a sentir

se le tornará en mayor alegría.

Aun bien no acababa de decir estas palabras, cuando, dando del azote al

palafrén, ella y él desaparecieron.

_Pridos tornó_ con esta nueva donde Flérida estaba, _la que_, puesto

que con ella le certificaba don Duardos ser vivo, quedó más triste de

lo que antes estaba.

[Ilustración]

Y como pocas veces una pasión venga sola, con este acidente le dieron

dolores de parto, y porque también ya el tiempo era llegado, sin mucho

trabajo parió dos hijos, tan crecidos y hermosos que en aquella primera

hora parecía que daban testimonio de lo que después hicieron. _Las_

damas los tomaron, y envolviéndolos en ricos paños, se los presentaron

delante, creyendo que con la vista dellos mitigaría la pena; Flérida

los tomó en sus brazos con amor de madre; con palabras de mucha lástima

decía:

--¡Oh hijos sin padre! ¡Cuánto más próspero pensé que vuestro

nacimiento fuera! Mas en lugar de las fiestas que él para entonces

aparejaba, yo moriré con este dolor y vosotros quedaréis sin él y sin

mí y sin edad para sentir tan gran pérdida.

Luego un capellán, que allí estaba, los bautizó. Pusieron nombre al

que nació primero Palmerín, que después se llamó de Inglaterra, y al

segundo Floriano del Desierto, así por que la floresta en que naciera

se llamara del Desierto, como por ser en tiempo que el campo estaba

cubierto de flores. Acabado de bauptizar, les dió de mamar, así de la

leche de sus pechos como de las lágrimas de sus ojos, porque las que

ella vertía eran tantas, que, corriendo por sus mejillas, iban a parar

a aquel lugar donde todo se juntaba.

Dice la historia que, estando en esto, llegó hacia aquella parte un

salvaje que en aquella montaña vivía. Este se mantenía de la caza de

las alimañas que mataba, vestíase de los pellejos dellas, y traía dos

leones atados por una trabilla, con los cuales cazaba. Y viniendo

aquel día allí, metido entre unas matas espesas, vió el nacimiento

de aquellos infantes, y usando de lo que su inclinación brutal le

inclinaba, determinó cebar sus leones en aquellas inocentes carnes,

porque en todo el día no había cazado, y saliendo de súpito al

campo, los que en él estaban, con el miedo, desmampararon a Flérida,

escondiéronse entre las matas. El duque de Galez, que muy viejo era y

estaba desarmado, no pudo defender que el salvaje no tomase a los niños

debajo del brazo, y caminando contra la cueva, se fué sin hacer más

daño. Flérida quedó tal, que perdido el sentido no se acordaba de cosa

ninguna; perdida la calor natural, parecía más muerta que viva; mas

tomando algún tanto en sí por las palabras que le decían, comenzó otro

planto de nuevo, deseando mil veces la muerte, porque sólo en ella se

halla reposo de todos los males.

CAPÍTULO TERCERO

DESIERTO Y PALMERÍN

Aqueste salvaje, después de haber tomado aquellos infantes, anduvo

tanto hasta llegar adonde tenía la cueva, y hallando a la entrada della

a su mujer, que le estaba esperando con un niño en los brazos, el cual

era hijo de entrambos, que sería de edad de hasta un año; allí le dió

la caza que traía, diciendo que en todo el día no había podido hallar

otra, y que de aquella cenarían los leones; mas como las mujeres de

su natural son inclinadas a piedad, túvola tamaña de aquellas vidas

inocentes, que no quiso consentir lo que su marido traía ordenado;

antes, tomando de otra carne, les dió de comer y a los chiquitos de

mamar, con tan grande amor como a su hijo propio; y con esto los crió

a la leche de sus pechos hasta que la edad los enseñó a sustentar de

otro mantenimiento.

Libros de caballerías Selección · 第 9 / 12 段