contra ellos venir, e cuando fueron cerca los unos de los otros,
Amadís conoció que la seña del emperador de Roma traía la delantera, e
hobo muy gran placer porque con aquellos fuesen los primeros golpes,
que como quiera que al rey Lisuarte desamase, siempre tenía en la
memoria haber sido en su corte, y de las grandes honras que dél había
rescebido; e sobre todo, lo que más temía e dubdaba, ser padre de su
señora, a quien él tanto temor tenía de dar enojo; y en su corazón
llevaba puesto, si hacerlo pudiese sin mucho peligro suyo, de se
apartar de donde el rey Lisuarte andoviese.
_Rompieron después las batallas unas contra otras, al son de las
trompetas y añafiles_ y cuando se juntaron, el ruido e las voces fué
tan grande que se no oían unos a otros, e allí veríades caballos sin
señores, e los caballeros, dellos muertos y dellos feridos, e pasaban
sobre ellos los que podían. Amadís tomó consigo a Gandalín, e con gran
saña, viendo que los romanos tan bien se defendían, entró lo más recio
que pudo por el un costado de la haz, e aquellos que le seguían, e
dió tan grandes golpes del espada, que no había hombre que lo viese
que mucho no fuese espantado; e mucho más lo fueron aquellos que le
esperaban, que tan gran miedo les puso, que ninguno le osaba atender,
antes se metían entre los otros, como hace el ganado cuando de los
lobos son acometidos. Don Cuadragante e los otros caballeros que por la
otra parte se combatían apretaron tanto los contrarios, que si no fuera
porque llegó la segunda haz en su socorro, todos fueran destrozados e
vencidos; mas como éste llegó, todos fueron reparados e cobraron gran
esfuerzo, e por su llegada cayeron a tierra de los caballos más de mill
de los unos e de los otros.
El Emperador llegó en su gran caballo e como era grande de cuerpo, y
venía delante de los suyos, paresció tan bien a todos los que lo veían,
que era maravilla, y metió mano a la espada e comenzó a decir a grandes
voces:
--Roma, Roma; a ellos, mis caballeros; no vos escape ninguno.
E luego se metió por la priesa, dando muy grandes e fuertes golpes a
todos los que delante sí hallaba, a guisa de buen caballero.
_Mas con todo, eran tales_ las cosas extrañas que _Amadís_ facía e
los caballeros que dejaba por el suelo por do quiera que iba, _que el
romano_ fué tan espantado, que no podía creer que fuese sino algún
diablo que allí era venido para los destruír, y a grandes voces decía:
--A éste, a éste herid y matad; que éste es el que nos destruye sin
ninguna piedad.
_Merced a las hazañas de Amadís y sus compañeros, los romanos, aunque
eran tantos, acabaron por llevar la peor parte, e iban de vencida
cuando, al ponerse el sol, fueron separados los contendientes._
Aquella noche pasaron con grandes guardas e curaron de los feridos, e
los otros descansaron del gran trabajo que habían pasado. Venida la
mañana, _como había sido concertada tregua de un día_, fueron muchos
a buscar a sus parientes, e otros a sus señores. E allí viérades los
llantos tan grandes de ambas las partes, que de oírlo pone gran dolor,
cuanto más de lo ver. Todos los vivos llevaron al real del Emperador,
e los muertos fueron soterrados, de manera que el campo quedó
desembargado. Así pasaron aquel día enderezando sus armas e curando de
sus caballos.
CAPÍTULO TERCERO
EL FIN DE LA BATALLA
_No menos brava que la del primer día fué la lucha que se armó, acabada
la tregua. Los guerreros de ambos bandos se acometieron con tanta furia
que_ todos fueron mezclados unos con otros, de manera que no podían
haber concierto ni aguardar ninguno a su capitán. Mas andaban tan
envueltos e tan juntos, que se no podían herir ni aun con las espadas;
e trabábanse a brazos, y derribábanse de los caballos, e más eran los
que murieron de los pies dellos que de las feridas que se daban. El
estruendo y el roido era tan grande, así de las voces como del reteñir
de las armas, que todos aquellos valles de la montaña facían reteñir,
que no parescían sino que todo el mundo era allí asonado; e por cierto
así lo podéis creer, que no el mundo, mas todo lo más de la cristiandad
e la flor della estaba allí, donde tanto daño en ella se recibió aquel
día que por muchos y largos tiempos no se pudo reparar.
Pues estando la cosa en tan gran revuelta y peligro, sobrevino de la
parte del rey Lisuarte el Emperador con más de tres mil caballeros, _y
cargó sobre el rey Perión, que muy a punto estuvo de perderse_. Así
estando en esta priesa como oídes, llegó aquel muy esforzado caballero
Amadís, que traía en su mano la su buena espada tinta de sangre hasta
el puño, y como vió tanta gente sobre su padre, y sobre los suyos vió
estar al Emperador delante combatiéndose, como cosa que ya por vencida
tenía, puso las espuelas a su caballo, y metióse tan recio y tan
denodado por la gente, que fué maravilla de lo ver.
Amadís, como llevaba los ojos puestos en el Emperador, e más en el
corazón de lo matar si podiese, metióse con muy gran rabia por le
ferir; e como quiera que de todas partes grandes golpes le diesen
por gelo defender, nunca tanto pudieron facer los contrarios, que le
estorbasen de se juntar con él; e como a él llegó, alzó la espada
e hirióle de toda su fuerza, e dióle tan gran golpe por encima del
yelmo, que le desapoderó de toda su fuerza, y le hizo caer el espada
de la mano; e como Amadís vió que iba a caer del caballo, dióle muy
prestamente otro golpe por cima del hombro, que le cortó todas las
armas e la carne fasta el hueso, de manera que todo aquel cuarto con el
brazo le quedó colgado, e cayó del caballo tal, que dende a poco fué
muerto.
_Flaquearon entonces los romanos, hasta el punto de que sólo las
fuerzas del rey Lisuarte sostenían en realidad la lucha con sus
enemigos._ Estando la batalla en tal estado como oís, Amadís vió cómo
la parte del rey Lisuarte iba perdida sin ningún remedio, y que si la
cosa pasase más adelante, que no sería en su mano de lo poder salvar,
ni aquellos grandes amigos suyos que con él estaban; y sobre todo, le
vino a la memoria ser éste padre de su señora Oriana, aquella que sobre
todas las cosas del mundo amaba e temía, e las grandes honras que él e
su linaje los tiempos pasados habían dél recebido, las cuales se debían
anteponer a los enojos, y que toda cosa que en tal caso se ficiese
sería gran gloria para él, contándose más a sobrada virtud que a poco
esfuerzo. E vió que muchos de los romanos llevaban a su señor faciendo
gran duelo y que la gente se esparcía. Y porque venía la noche, acordó
de probar si podría servir a su señora en cosa tan señalada; y fuése
cuanto pudo por entre ambas las batallas, a gran afán, porque la gente
era mucha e la priesa grande; que los de su parte, como conoscían la
ventaja, apretaban a sus enemigos con gran esfuerzo, y en los otros
ya cuasi no había defensa, sino por el rey Lisuarte y el rey Cildadán
e los otros señalados caballeros; y llegó al rey Perión, su padre, e
díjole:
--Señor, la noche viene; que a poca de hora no nos podríamos conocer
unos a otros, e si más durase la contienda sería gran peligro, según
la muchedumbre de la gente, que así podríamos matar a los amigos como
a los enemigos y ellos a nosotros; paréceme que sería bien apartar la
gente; que, según el daño que nuestros enemigos han recebido, bien creo
que mañana no nos osarán atender.
El Rey, que gran pesar en su corazón tenía en ver morir tanta gente sin
culpa ninguna, díjole:
--Hijo, fágase como te parece, así por eso que dices como porque más
gente no muera; que aquel Señor que todas las cosas sabe, bien ve que
esto más se deja por su servicio que por otra ninguna causa; que en
nuestra mano está toda su destruición, según son vencidos.
Entonces el rey Perión e don Cuadragante por una parte, e Amadís e
Galtines por la otra, comenzaron a apartar la gente, e hiciéronlo con
poca premia, que ya la noche los partía. El rey Lisuarte, que estaba
en esperanza ninguna de poder cobrar lo perdido y determinado de morir
antes que ser vencido, cuando vió que aquellos caballeros apartaban
la gente mucho fué maravillado, e bien creyó que no sin algún gran
misterio aquello se facía, y estovo quedo hasta ver qué dello podría
redundar. E como el rey Cildadán vió lo que los contrarios hacían, dijo
al Rey:
--Paréceme que aquella gente no os seguirá, e honra nos facen; y pues
que así es, recojamos la nuestra, e vamos a descansar, que tiempo es.
Así se partió esta batalla como oídes; e las gentes apartadas e
tornadas a sus reales, pusieron treguas por dos días, porque los
muertos eran muchos, e acordóse que seguramente cada una de las partes
pudiese llevar los suyos. El trabajo que pasaron en los soterrar e los
llantos que por ellos ficieron, será excusado decirlo.
_El rey Lisuarte, después de rendidos los debidos honores al cadáver
del Emperador, estaba sumido en las más hondas vacilaciones, que bien
advertía que con las fuerzas que le restaban no podría sostener una
tercera batalla sin ser vencido en ella._
_Con todo, porque no sufriera su honra, juntó a sus aliados y les
manifestó que estaba dispuesto a morir en la pelea, pero nunca a
solicitar paces. Todos le aseguraron que querían correr su misma suerte
y se prepararon para continuar la guerra cuando fueran las treguas
pasadas._
CAPÍTULO CUARTO
LAS GESTIONES DE PAZ
_Entre tanto, un anciano ermitaño que moraba en aquella comarca,
llamado Nasciano, y que gozaba de gran fama y prestigio entre todos
los contendientes por su santidad y virtudes, tenía gran pesar en su
corazón de que así se destrozara la flor de la caballería de tantos
reinos, y como sabía el secreto de los amores de Oriana y Amadís, que
muchas veces se había confesado con él la Princesa, se encaminó a la
Ínsola Firme para rogar a Oriana que le permitiera revelar al rey
Lisuarte lo que mediaba entre ella y Amadís, confiando en que sólo con
aquello quedaría ya la guerra acabada._
_Habló con Oriana al tiempo que los caballeros luchaban con mayor
furia, y la Princesa, acongojadísima, no sólo le permitió que
comunicara a su padre aquel secreto, sino que le suplicó que hiciera
cuanto le fuera posible para que cesara tan espantosa guerra, en la
que, venciera quien venciera, Amadís a Lisuarte o Lisuarte a Amadís,
siempre había de salir destrozado el corazón de la Princesa._
_Durante las treguas, consiguió el santo ermitaño llegar a la tienda de
Lisuarte. Habló a solas con el Rey, refirióle los amores de Oriana, y
en nombre de Dios le suplicó, postrándose a sus pies, que diera fin a
la tremenda lucha con unas alegres bodas._
_El Rey estuvo largo rato meditando, y aparte de la seguridad de ser
vencido en la guerra, dada la escasez de las fuerzas que le quedaban,
pensó que, muerto el Emperador, con nadie podría casar a Oriana mejor
que con Amadís, cuyo altísimo valer nadie tanto como él conocía, y así
le respondió al ermitaño que, siempre que su honra quedara a salvo,
estaba muy dispuesto a concertar paces y a que se celebrara aquel
enlace._
_Muy contento, trasladóse entonces el santo hombre al campo de Amadís,
habló en secreto con éste y encontró que también él estaba deseoso de
terminar la guerra por no verse en el caso de derrotar al padre de
su señora. Oído esto, refirióle el ermitaño cómo, por mandado de la
Princesa, había revelado al rey Lisuarte los amores de ésta con Amadís
y cómo el Rey se manifestaba conforme con el matrimonio._
Amadís, cuando esto oyó, el corazón y las carnes le temblaban con la
gran alegría que hobo, e dijo al ermitaño:
--.Mi buen señor, si el rey Lisuarte dese propósito está y por su hijo
me quiere, yo lo tomaré por señor e padre para le servir en todo lo que
su honra sea.
_El ermitaño y Amadís comunicaron al rey Perión todo cuanto ocurría,
quien, no menos inclinado a la paz, de acuerdo con sus principales
aliados nombró dos representantes suyos, que, con los del rey Lisuarte,
discutieran y acordaran las condiciones del término de la guerra, y
antes de otra cosa, una y otra parte dispusieron levantar los reales y
que se retirara una jornada atrás cada uno de los ejércitos, yendo a la
Ínsola Firme los de Amadís, y a la villa de Luvaina los de Lisuarte.
De este modo_, la mañana venida, las trompas fueron sonadas por los
reales, e alzadas las tiendas; y con mucho placer de los unos y de los
otros movieron los reales, cada uno donde debía ir.
Ya vos habemos contado cómo el rey Arábigo e Barsinan, señor de
Sansueña, e Arcalaus el Encantador e sus compañas estaban metidos en
lo más bravo y más fuerte de la montaña, aguardando el aviso de las
escuchas que continuamente muy secreto sobre los reales tenían; las
cuales vieron muy bien las batallas pasadas, _y dieron cuenta de ellas
al rey Arábigo, cuyo_ pensamiento fué de esperar a lo postrimero;
que bien cuidaba que al cabo la una parte había de ser vencida, e
mucho placer tomaba consigo porque de la primera no se mostraba el
vencimiento, que durando la porfía, más se acrecentaba el daño;
que a la fin quedarían tales, que con poco trabajo y menos peligro
despacharía a los que quedasen, e quedaría señor de toda la tierra sin
haber en ella quien gelo contradijese.
Pues así estando, con mucho placer e alegría, vinieron las escuchas,
e dijéronle cómo las gentes habían alzado los reales, e armados se
volvían por los caminos que habían allí venido, que no podían pensar
qué cosa fuese. Oído esto por el rey Arábigo, luego pensó que sobre
alguna avenencia se podrían partir. Acordó de antes acometer al rey
Lisuarte que a Amadís; pero dijo que no sería bien acometerlos fasta
la noche, porque los tomarían más descuidados e a su salvo, e mandó
_espías que acechasen sus pasos_.
El rey Lisuarte, que iba por su camino, fué avisado de algunos de la
comarca cómo habían visto gente de caballo ir encobiertos por encima de
los cerros de aquella sierra. El Rey pensó que no se podría partir de
aquella gente, si a su parte acostasen, sin gran batalla, la cual por
entonces temía, por ver su gente tan maltrecha de las batallas pasadas,
y no facía sino andar su camino con harta priesa, porque la afruenta,
si viniese, le tomase cerca de aquella su villa _de Luvaina_, que facía
cuenta que, aunque bien cercada no estoviese, que mejor en ella que
en el campo se podría reparar; así que, en poca de hora se alejó gran
pieza de la montaña.
_Avisadas por sus espías las fuerzas del rey Arábigo iban tras él
esperando la ocasión conveniente para el ataque._
_Ocurrió entonces que el santo ermitaño tuvo que enviar con un recado
para Lisuarte a dos donceles de Amadís, los cuales, llegados al real,
encontraron que ya eran las fuerzas partidas para Luvaina. Siguieron
sus huellas, y de allí a poco vieron cómo bajaban de la montaña y
seguían al rey Lisuarte los temibles ejércitos del rey Arábigo._
_Volvieron riendas y, galopando toda la noche, llegaron al alba a la
tienda de Amadís, a quien despertaron haciéndole saber lo que ocurría.
Este acordó con su padre ir con todas sus fuerzas en socorro del Rey de
la Gran Bretaña; pero por ganar tiempo, Amadís partió delante llevando_
consigo a don Cuadragante, e a don Florestán, su hermano, e Angriote de
Estravaus e Gandalín y cuatro mil caballeros, e al maestro Elisabat,
que así en esta jornada como en las batallas pasadas hizo cosas
maravillosas de su oficio, dando la vida a muchos de los que haber no
la podieran sino por Dios y por él. Con esta compaña tomó el camino, y
el Rey su padre e todos los otros en sus batallas ordenadas tras él.
CAPÍTULO QUINTO
LA DERROTA DE ARCALAUS
_Siempre seguidos por las huestes del rey Arábigo, Lisuarte y los suyos
anduvieron todo el día y toda la noche y al rayar el alba estaban ante
los muros de Luvaina. El rey de la Gran Bretaña quería meterse en la
ciudad, sin dar batalla, para reparar allí algún tanto sus armas, que
todos las traían hechas pedazos, y dar descanso a hombres y a caballos,
que ya no podían consigo de fatiga._
_Mas los de Arcalaus los acometieron fieramente, antes de que pudieran
ganar las puertas de la villa, y trabóse una muy dura batalla en la que
las fuerzas de Lisuarte, peleando a la desesperada, se batieron con
mucho mayor brío del que de su cansancio se podría esperar. Con todo,
tales eran los ímpetus del contrario, que el propio rey de la Gran
Bretaña, a quien le mataron el caballo y cayó en medio de los enemigos,
habría sido muerto o hecho prisionero si no hubieran acudido temeraria
y heroicamente a cubrir su cuerpo los mejores de sus caballeros. De
este modo, al cabo de muchas horas de pelea y con grandes pérdidas,
logró Lisuarte hacer entrar el resto de su gente por la puerta de
Luvaina, siendo el propio Rey uno de los últimos que consintió en
acogerse a tal defensa._
_Los muros de la villa eran bajos y débiles y no podían oponer
larga resistencia. Sin embargo, el Rey, una vez dentro, después de
haber hecho que comieran sus fatigadas tropas de lo que los de la
villa pudieron darles, las repartió por las murallas, guarneciendo
especialmente los puntos más flacos, a lo que también acudió cuanta
gente útil en la villa habitaba. Pero como ya era pasada la mayor parte
del día, los del rey Arábigo acordaron cercar por aquella noche los
muros de Luvaina, aplazando para la mañana siguiente el asaltarlos._
_Por mucho que se apresuró Amadís con los que le acompañaban, no pudo
evitar, con gran desesperación suya, que la noche les sorprendiera
lejos aún de Luvaina. Moderaron el paso y los fuegos del real del rey
Arábigo, que descubrieron desde lejos, sirviéronles para no errar
camino, tanto que descubrieron ante sí la villa como a una legua de
distancia, cuando comenzaba a romper el alba._ Pues el día venido, el
rey Arábigo y todos aquellos caballeros se aparejaron para el combate
con muy gran esfuerzo e placer; e como armados fueron, llegaron todos
al muro e a los portillos de la cerca; mas el rey Lisuarte con los
suyos se los defendía muy bravamente; mas al cabo, como la gente era
mucha y esforzada con la próspera fortuna, e los del Rey pocos, y
los más dellos heridos y desmayados, non podieron tanto resistir ni
defender que los contrarios no los entrasen por fuerza con muy grande
alarido; así que el ruido era muy grande por las calles, por las cuales
el Rey e los suyos se defendían reciamente, y desde las ventanas les
ayudaban las mujeres e mozos, e otros que no eran para más afruenta de
aquella. La revuelta de las cuchilladas e lanzadas y pedradas era tan
grande y el sonido de las voces, que no había persona que lo viese que
mucho no fuese espantada.
_Los de Lisuarte se defendían con la mayor bravura_, mas todo no valía
nada: que tanta gente cargaba por todas partes sobre ellos y les
tomaban las espaldas, que si Dios por su misericordia no socorriera
con la venida de Amadís, no tardaran media hora de ser todos muertos
y presos, según las feridas tenían e las armas todas fechas pedazos;
mas a esta hora llegó Amadís e sus compañeros con aquella gente que ya
oístes; que después que el día vino aguijó cuanto pudo, porque ante
que se apercibiesen los podiesen tomar. E como llegó a la villa e vió
la gente dentro, e otros algunos que andaban de fuera, dió luego e
tornó al derredor, e firieron e mataron cuantos pudieron alcanzar, y
él por una puerta e don Cuadragante por la otra entraron con la gente,
diciendo a grandes voces:
--Gaula, Gaula; Irlanda, Irlanda.
E como fallaban las gentes desmandadas e sin recelo, mataron muchos, e
otros se les encerraron en las casas.
Los delanteros que peleaban oyeron las voces y el gran roido que con
los suyos andaban, e los apellidos; luego pensaron que el rey Lisuarte
era socorrido, e desmayaron mucho, que no sabían qué facer, si pelear
con los que tenían delante o ir socorrer los otros. El rey Lisuarte,
como aquello oyó, e vió que sus contrarios aflojaban, cobró razón
e comenzó a esforzar los suyos, e dieron en ellos tan bravamente,
que los llevaron hasta dar en los que venían huyendo de Amadís e de
los suyos, así que no tovieron otro medio sino poner espaldas con
espaldas y defenderse. El rey Arábigo e Arcalaus, como vieron la cosa
perdida, metiéronse en una casa; que no tovieron esfuerzo para morir
en la calle, mas luego fueron tomados y presos. Amadís daba tan duros
golpes, que ya no hallaba quien lo esperase, _y cuando vió que ya
estaban deshechos los enemigos, pues tampoco don Cuadragante se había
descuidado en su negocio_, dijo a Gandalín:
--Ve, di a don Cuadragante que yo me salgo de la villa, y que pues esto
es despachado, que será bien que nos vamos sin ver al rey Lisuarte.
E luego fué por la calle hasta que llegó a la puerta de la villa por
donde había entrado, e fizo cabalgar la gente que con él iba, e él
cabalgó en su caballo. El rey Lisuarte, como tan presto vió el socorro
de su vida e sus enemigos muertos e destrozados, estaba de tal manera
que no sabía qué decir, e llamó a don Guilán, que cabe sí tenía, e
díjole:
--Don Guilán, ¿qué será esto, o quién son éstos que tanto bien han
hecho?
--Señor --dijo él--, ¿quién puede ser sino quien suele? No es otro sino
Amadís de Gaula, que bien oístes cómo nombraban su apellido, e bien
será, Señor, que le deis las gracias que merece.
Entonces el Rey dijo:
--Pues id vos adelante, e si él fuere, deteneldo, que por vos bien lo
hará, e yo luego seré con vos.
Estonces fué por la calle, e cuando don Guilán llegó a la puerta de la
villa, luego supo que era Amadís, e ya había cabalgado e se iba con su
gente, que no quiso esperar a don Cuadragante porque lo no detoviese, e
don Guilán le dió voces que tornase, que estaba allí el Rey.
Amadís, como lo oyó, hobo gran empacho, que conoció muy bien aquel
que lo llamaba, a quien él preciaba mucho e lo amaba; e vió al Rey
cabe él estar, e volvió, e cuando fué más cerca miró al Rey, e tenía
todas las armas despedazadas y llenas de sangre de sus feridas, e hobo
gran piedad de así lo ver; que aunque su discordia tan crecida fuese,
siempre tenía en la memoria ser éste el más cuerdo, más honrado e más
esforzado Rey que en el mundo hobiese: e como fué más cerca descabalgó
del caballo, e fué para él, e fincó los hinojos e quísole besar las
manos, mas él no las quiso dar, antes lo abrazó con muy buen talante e
lo alzó suso, _lo_ tomó por la mano e díjole:
--Señor, bien será, si a vos ploguiere, que demos orden de descansar e
folgar, que bien nos hace menester. Amadís le dijo:
[Ilustración]
--Señor, sea la vuestra merced de nos dar licencia porque nos podamos
con tiempo tornar yo y estos caballeros al rey Perión, mi señor, que
con toda la otra gente viene.
--Por cierto esa licencia no vos daré yo; que aunque en virtud ni
esfuerzo ninguno os pueda vencer, en esto quiero que seáis de mí
vencido, y que aquí esperemos al Rey vuestro padre; que no es razón que
tan brevemente nos partamos sobre cosa tan señalada como agora pasó.
--Así se haga como lo mandáis --dijo Amadís.
Entonces mandaron a la gente que descabalgasen e pusiesen los caballos
por aquel campo, e buscasen algo de comer.
_Poco después_ vieron venir las batallas de la gente que el rey Perión
traía, que venían a más andar. El rey Lisuarte demandó un caballo e
dijo al rey Cildadán que tomase otro y que irían a rescebir al rey
Perión.
Amadís le dijo:
--Señor, por mejor habría, si por bien lo tovierdes, que descanséis y
curen de vuestras feridas, que el Rey mi señor no dejará de venir su
camino hasta vos ver.
El Rey le dijo que en todo caso quería ir. Entonces cabalgó en un
caballo, y el rey Cildadán e Amadís en los suyos, e fueron contra
donde el rey Perión venía. Amadís mandó a Durín que pasase adelante
dellos e hiciese saber a su padre la ida del rey Lisuarte. Así fueron,
como oídes, e muchos de aquellos caballeros con ellos, e Durín andovo
más y llegó al Rey e díjole el mandado de Amadís; y él tomó consigo a
_varios caballeros_ e llegó al rey Lisuarte, e como se vieron, salieron
entrambos adelante el uno al otro, e abrazáronse con buen talante,
e cuando el rey Perión le vió así llagado e mal parado, e las armas
despedazadas, díjole:
--Paréceme, buen señor, que no partistes del real tan mal trecho como
agora vos veo, aunque allá vuestras armas no estovieron en las fundas,
ni vuestra persona a la sombra de las tiendas.
--Mi señor --dijo el rey Lisuarte--, así tove por bien que me viésedes,
porque sepáis qué tal estaba a la hora que Amadís y estos caballeros me
socorrieron.
Entonces le contó todo lo más de la gran afruenta en que había estado.
El rey Perión hobo muy gran placer en saber lo que sus fijos habían
fecho con la buena ventura e honra tan grande que dello se les seguía,
e dijo:
--Muchas gracias doy a Dios porque así se paró el pleito, e porque vos,
mi señor, seáis servido e ayudado de mis fijos y de mi linaje; que,
ciertamente, como quiera que las cosas hayan pasado entre nosotros,
siempre fué y es mi deseo que os acaten e obedezcan como a señor e a
padre.
CAPÍTULO SEXTO
LAS BODAS