_¡Cómo pintar la alegría de sus caballeros cuando al cabo de siete años

de ausencia volvieron a verlo entre ellos en los palacios de la Ínsola

Firme! Sentóse a comer con sus queridos compañeros, y_ habiendo todos

con gran placer comido, e levantados los manteles, Amadís les rogó

que ninguno de su logar se moviese, que les quería fablar, y ellos lo

ficieron así. Viendo, pues, Amadís sosegados a aquellos caballeros que

a las mesas estaban, atendiendo lo que él diría, fablóles en esta guisa:

--Después que me no vistes, mis buenos señores, muchas tierras extrañas

he andado e grandes aventuras han pasado por mí, que largas serían de

contar; pero las que más me ocuparon, e las que mayores peligros me

atrajeron fué socorrer dueñas e doncellas en muchos tuertos e agravios

que les hacían; porque así como éstas nascieron para obedecer con

flacos ánimos, e las más fuertes armas suyas sean lágrimas e sospiros,

así los de fuertes corazones extremadamente entre las otras cosas las

suyas deben tomar, amparándolas, defendiéndolas de aquellos que con

poca virtud las maltratan e deshonran, como los griegos e los romanos

en los tiempos antiguos lo ficieron, pasando las mares, destruyendo las

tierras, venciendo batallas, matando reyes e de sus reinos los echando,

solamente por satisfacer las fuerzas e injurias a ellas fechas, por

donde tanta fama e gloria dellos en sus historias ha quedado y quedará

en cuanto el mundo durare. Pues veniendo al caso, yo he sabido después

que a esta tierra vine el gran tuerto que el rey Lisuarte a su hija

Oriana facer quiere, que siendo ella la legítima sucesora de sus

reinos, él, contra todo derecho, desechándola dellos, al Emperador de

Roma por mujer la envía, y según me dicen, mucho contra la voluntad

de todos sus naturales, e más della, que con grandes llantos, grandes

querellas, a Dios e al mundo reclamando, de tan gran fuerza se

querella. Pues si es verdad que este rey Lisuarte, sin temor de Dios

ni de las gentes, tal crueza hace, dígovos que en fuerte punto acá

nacimos si por nosotros remediada no fuese, pues que dejándola pasar,

se pasaban e ponían en olvido los peligros e trabajos que por ganar

honra e prez fasta aquí tomado habemos. Agora diga cada uno, si vos

ploguiere, su parescer; que el mío ya vos he manifestado.

_Agrajes, en nombre de todos, respondió que, si estaban dispuestos

a dar la vida en defensa de Oriana cuando no podían contar con la

asistencia de Amadís, mucho más lo estarían ahora cuando tienen la

alegría de tenerlo por jefe._

_En vista de ello_, como la flota aparejada estoviese de todo lo

necesario al viaje, e la gente apercebida, a la prima noche, mandando

Amadís que todos los caminos se tomasen, porque nuevas algunas dellos

no fuesen sabidas, entraron todos en la flota, e sin hacer ruido ni

bullicio comenzaron a navegar contra aquella parte que los romanos

habían de acudir, según el camino que les pertenecía llevar para que en

la delantera los hallasen.

CAPÍTULO CUARTO

LA BATALLA NAVAL

_De nada sirvieron a Oriana sus desesperadas súplicas y amarguísimo

llanto, ni tampoco los buenos consejos de los caballeros que trataban

de disuadir al Rey de que casara a su hija por la fuerza. Llegado

el plazo que entre los embajadores y el Rey se había convenido,

trasladaron a bordo de la flota de los romanos el magnífico ajuar que

daban a Oriana sus padres e hicieron embarcar a las doncellas y dueñas

que debían acompañarla. Desmayóse Oriana al despedirse de la Reina, y

así desmayada, entrególa Lisuarte a Salustanquidio y Brondajel de Roca,

que eran los embajadores del Emperador, y fué llevada a bordo en medio

de universal duelo, cuitas y clamores._

[Ilustración]

_Los romanos_, teniendo ya en su poder a Oriana, e a todas sus

doncellas metidas en las naves, acordaron de la poner en una cámara que

para ella muy ricamente estaba ataviada e puesta allí, e con ella a

Mabilia, que sabían ser ésta la doncella del mundo que ella más amaba.

Cerraron la puerta con fuertes candados, e dejaron en la nave otras

muchas dueñas e doncellas de las de Oriana.

Pues así todo enderezado, dieron las velas al viento, e movieron su

vía con gran placer por haber acabado aquello que el Emperador su señor

tanto deseaba, e ficieron poner una muy gran seña del Emperador encima

del mastel de la nao donde Oriana iba, e todas las otras naves al

derredor della, guardándola. E yendo así muy lozanos e alegres, miraron

a su diestra e vieron la flota de Amadís, que mucho se les llegaba en

la delantera, entrando entre ellos e la tierra donde salir querían,

_y dividiéndose en tres fuerzas para coger en medio las naves de los

que llevaban a Oriana_. Dígovos de los romanos, que cuando la flota de

lueñe vieron pensaron que alguna gente de paz sería, que por la mar de

un cabo a otro pasaban; mas viendo que en tres partes se partían, e que

las dos les tomaban la delantera a la parte de la tierra e la otra los

seguía, mucho fueron espantados, e luego fué entre ellos hecho gran

ruido, diciendo a altas voces:

--Armas, armas, que extraña gente viene.

E luego se armaron muy presto, e pusieron los ballesteros, que muy

buenos traían, donde habían de estar, e la otra gente, e Brondajel de

Roca con muchos e buenos caballeros de la corte del Emperador estaba

en la nave donde Oriana era e donde posieron la seña que ya oístes del

Emperador.

A esta sazón se juntaron los unos e otros; grande era allí el ferir

de saetas, e piedras, e lanzas de la una e de la otra parte, que no

parescía sino que llovía; tan espesas andaban; e Amadís no entendía

con los suyos en al sino en juntar su fusta con la de los contrarios,

mas no podían; que ellos, aunque muchos más eran, no se osaban

llegar, viendo cuán denodadamente eran acometidos; e defendíanse con

grandes garfios de hierro e otras armas muchas de diversas guisas.

Entonces Tantiles de Sobradisa, mayordomo de la reina Briolanja, que

en el castillo estaba, como vió que la voluntad de Amadís no podía

haber efecto, mandó traer una áncora muy gruesa e pesada, trabada a

una fuerte cadena, e desde el castillo lanzáronla en la nave de los

enemigos, e así él como otros muchos que le ayudaban tiraron tan

fuerte por ella, que por gran fuerza hicieron juntar las naves una con

otra, así que no se podían partir en ninguna manera si la cadena no

quebrase. Cuando Amadís esto vió pasó por toda la gente con gran afán,

que estaban muy apretados; e por la vía que él entraba iban tras él

_sus famosos compañeros Angriote e don Bruneo_, e como llegó en los

delanteros, puso el un pie en el borde de su nave, e saltó en la otra,

que nunca los contrarios quitar ni estorbar lo podieron; e como el

salto era grande, y él iba con gran furia, cayó de rodillas, e allí le

dieron muchos golpes; pero él se levantó, mal su grado de que le herían

tan malamente, e puso mano a la su buena espada ardiente, e vió cómo

Angriote e don Bruneo habían con él entrado, y herían a los enemigos de

muy fuertes e duros golpes, diciendo a grandes voces:

--Gaula, Gaula, que aquí es Amadís --que así gelo rogara él que lo

dijesen, si la nave podiesen tomar.

Mabilia, que en la cámara encerrada estaba con Oriana, que oyó el ruido

e las voces, e después aquel apellido, tomó a Oriana por los brazos,

que más muerta que viva estaba, e díjole:

--Esforzad, señora, que socorrida sois de aquel bienaventurado

caballero, vuestro vasallo e leal amigo.

Y ella se levantó en pie, preguntando qué sería aquello; que del llorar

estaba desvanecida, que no oía ninguna cosa, e la vista de los ojos

casi perdida.

_Amadís, entre tanto, vencía a Brondajel de Roca y le exigía que le

dijera_ dónde estaba Oriana, y él le mostró la cámara de los candados,

diciendo que allí la fallaría. Amadís se fué apriesa contra allá, e

llamó a Angriote e a don Bruneo, e con la gran fuerza que de consuno

posieron, derribaron la puerta y entraron dentro, e vieron a Oriana e

a Mabilia, e Amadís fué fincar los hinojos ante ella por le besar las

manos, más ella lo abrazó, e tomóle por la manga de la loriga, que toda

era tinta de sangre de los enemigos.

--¡Ay, Amadís --dijo ella--, lumbre de todas las cuitadas! Agora

parecerá vuestra gran bondad en haber socorrido a mí e a estas

infantas, que en tanta amargura e tribulación puestas éramos, e por

todas las tierras del mundo será sabido y ensalzado vuestro loor.

_Amadís_ quísose partir dellas por ver lo que se facía; mas Oriana le

tomó por la mano e dijo:

--Por Dios, señor, no me desamparéis.

--Señora --dijo él--, no temáis; que dentro en esta fusta está Gandales

con treinta caballeros que os aguardarán, e yo iré a acorrer a los

nuestros, que muy gran batalla han.

Entonces salió Amadís de la cámara, e pasó a una muy fermosa galea, en

que estaba Gandalín con hasta cuarenta caballeros de la Ínsola Firme,

e mandóla guiar contra aquella parte que oía el apellido de Agrajes,

que se combatía con los de la gran nave de Salustanquidio; e cuando él

llegó vió que la habían entrado, e la priesa y el ruido era muy grande,

que Agrajes e los de su compaña los andaban firiendo e matando muy

cruelmente.

Mas desque a Amadís vieron, los romanos saltaban en los bateles, e

otros en el agua, e dellos morían, e otros se pasaban a las otras naves

que aún no eran perdidas.

_Pero no tardaron en serlo, pues poco después no hubo fusta de los

romanos en que no estuvieran alzados los pendones de los caballeros de

la Ínsola Firme y hechos prisioneros sus tripulantes._

Amadís, que dello mucho placer hobo, envió decir _a los suyos_ que

juntasen sus galeas con la que él había tomado, donde estaba Oriana, y

que allí habría consejo de lo que ficiesen. Entrados dentro, desarmaron

las cabezas e las manos, e laváronse de la sangre e sudor, e eran allí

juntos todos los más honrados caballeros de aquella compaña, los cuales

a un cabo de la nao se apartaron por fablar qué consejo tomarían, e

Oriana llamó a Amadís a un cabo del estrado, e muy paso le dijo:

--Mi verdadero amigo, yo vos ruego e mando por aquel verdadero amor que

me tenéis, que agora más que nunca se guarde el secreto de nuestros

amores, e no fabléis comigo apartadamente, sino ante todos, e lo que

vos ploguiere decirme secreto fabladlo con Mabilia, e punad cómo de

aquí nos llevéis a la Ínsola Firme, porque estando en logar seguro,

Dios proveerá en mis cosas, como Él sabe que tengo la justicia.

--Señora --dijo Amadís--, yo no vivo sino en esperanza de vos servir, e

si ésta me faltase, faltarme-ía la vida, e como lo mandáis se fará; y

en esta ida de la Ínsola bien será que con Mabilia lo enviéis a decir a

estos caballeros, porque parezca que más de vuestra gana e voluntad que

de la mía procede.

--Así lo faré --dijo ella--, e bien me parece; agora vos id --dijo-- a

aquellos caballeros.

Amadís así lo fizo, e fablaron en lo que adelante se debe facer. Mas

como eran muchos, los acuerdos eran diversos; que a los unos parecía

que debían llevar a Oriana a la Ínsola Firme, otros a Gaula e otros a

Escocia, a la tierra de Agrajes, así que no se acordaban.

En esto llegó la infanta Mabilia, e cuatro doncellas con ella. Todos la

recibieron muy bien e la posieron entre sí, y ella les dijo:

--Señores, Oriana vos ruega, por vuestras bondades e por el amor que

en este socorro le habéis mostrado, que la llevéis a la Ínsola Firme,

que allí quiere estar fasta que sea en el amor de su padre e madre; e

ruégaos, señores, que a tan buen comienzo deis el cabo, mirando su gran

fortuna e fuerza que se le face, e fagáis por ella lo que por las otras

doncellas facer soléis, que no son de tan alta guisa.

--Mi buena señora --dijo don Cuadragante, _uno de los más ilustres

caballeros de la Ínsola_-- el bueno e muy esforzado de Amadís e todos

los caballeros que en su socorro hemos sido estamos de voluntad de

le servir fasta la muerte, así con nuestras personas como con las de

nuestros parientes e amigos, que mucho pueden e muchos serán, e todos

seremos juntos en su defensa contra su padre e contra el Emperador de

Roma, si a la razón e justicia no se allegaren con ella.

Todos aquellos caballeros tovieron por bien aquello que don Cuadragante

respondió, e con mucho esfuerzo otorgaron que desta demanda nunca

serían partidos fasta que Oriana en su libertad e señoríos restituída

fuese, siendo cierta y segura de los haber, si ella más que su padre e

madre la vida poseyese. La infanta Mabilia se despidió dellos y se fué

a Oriana, e por ella sabida la respuesta y recaudo que de su mensaje

le traía, fué muy consolada, creyendo que la permisión del Justo Juez

lo guiaría de forma que la fin fuese la que ella deseaba.

[Ilustración]

[Ilustración]

LIBRO CUARTO

LA GUERRA POR ORIANA

CAPÍTULO PRIMERO

LOS TRES EJÉRCITOS

_Según lo había dispuesto Oriana, hicieron rumbo a la Ínsola Firme,

donde al cabo de varios días, sin contratiempo alguno, llegaron.

Desembarcaron a Oriana y sus damas con las muestras de respeto debidas

a su alcurnia y desgracia, e instaláronlas en una magnífica torre

rodeada de una hermosa huerta amurallada, donde nadie podía entrar sin

licencia de la princesa._

_Reunidos después en consejo los caballeros, acordaron enviar una

embajada al rey Lisuarte para hacerle saber cómo su hija Oriana se

encontraba, sana y salva, en la Ínsola Firme, cuyos caballeros estaban

dispuestos a entregarla a su padre, siempre que éste les prometiera

que la trataría con justicia, no casándola sino con quien fuera su

voluntad._

_Fué con la embajada don Cuadragante y otro de los principales

caballeros de la Ínsola; pero al mismo tiempo, por si no había lugar

a avenencia con el rey Lisuarte, envió Amadís emisarios a todos los

reyes y grandes señores amigos suyos y que habían sido favorecidos por

él, para que sin tardar le enviaran fuerzas armadas, por si la Ínsola

llegaba a ser atacada._

[Ilustración]

_Mientras tanto los embajadores de Amadís llegaban a la capital de la

Gran Bretaña, en cuya corte reinaba honda tristeza desde la partida de

Oriana, y, como era de temer, no lograron restablecer la armonía con

Lisuarte, sino que éste les anunció la guerra más despiadada._

_Partidos los de Amadís, el Rey envió embajadores al Emperador de Roma

haciéndole saber lo ocurrido, y cómo se disponía a castigar con todo

rigor tamaña afrenta. El Emperador, lleno de furia, respondió que con

todo su poderío asistiría a la guerra, pues más era suya que no de

Lisuarte la ofensa._

_De todo iba teniendo noticia Arcalaus el Encantador, que no había

perecido cuando Perión y sus hijos le habían incendiado el castillo,

y no bien lo supo, fué a verse con el rey Arábigo, a quien ya otra

vez había armado contra Lisuarte sin otro resultado para él que

una gran derrota, y lo convenció de que preparara sus huestes para

tenerlas ocultas en una sierra próxima a la Ínsola Firme, y después

de la lucha de las fuerzas de Lisuarte y Amadís unas con otras, caer

sobre vencedores y vencidos, para, de un solo golpe, apoderarse de la

Ínsola Firme y del reino de la Gran Bretaña. De lo mismo trató con el

señor de Sansueña, con el Rey de la Profunda Ínsola y otros enemigos

de Lisuarte, y todos fueron conformes en juntar sus armas con las de

Arcalaus y el rey Arábigo._

_Llegada la guerra, disponía Amadís de la siguiente gente:_

El buen rey Perión trajo, de los suyos e de sus amigos, tres mil

caballeros; el rey Tafinor de Bohemia, _además de mandar a Grasandor,

el príncipe heredero_, envió con el conde Galtines mill e quinientos

caballeros; Tantiles, mayordomo de la reina Briolanja, trajo mill e

docientos caballeros; Branfil, hermano de don Bruneo, trajo seiscientos

caballeros; Landín, sobrino de don Cuadragante, trajo de Irlanda

seiscientos caballeros; el rey Ladasán de España envió a su hijo don

Brián de Monjaste dos mill caballeros; don Gandales trajo, del rey

Languines de Escocia, padre de Agrajes, mill e quinientos caballeros;

la gente del emperador de Constantinopla, que trajo Gastiles, su

sobrino, fueron ocho mill caballeros. Por cierto podéis creer que en

memoria de hombres no era que gente tan escogida y tanta como aquella

fuese en ninguna sazón junta en ayuda de ningún príncipe, como esta lo

fué.

_Entre tanto_ el rey Lisuarte estaba en el real cerca de Vindilisora;

el Emperador de Roma era llegado al puerto con gran flota, e toda la

gente salía de la mar, e asentaban su real cerca del rey Lisuarte; y

asimesmo era venido Gasquilán, rey de Suesa, y el rey Cildadán era ya

allá pasado. El Emperador quisiera que luego fuera la partida; mas el

Rey, que mejor que él sabía lo que necesario era e con quién había la

cuestión, detúvola fasta el tiempo convenible; que bien vía que en

aquella batalla estaba todo su hecho. Así estovieron en aquel real bien

ocho días, allegando la gente que de cada día venía al Rey, e fallaron

que eran por todos estos que se siguen: el Emperador trajo diez mil

de caballo, el rey Lisuarte seis mil e quinientos, Gasquilán, rey de

Suesa, ochocientos; el rey Cildadán, docientos.

Pues todo aderezado, mandó el Emperador a los reyes que el real

moviesen, e la gente fuese detenida en aquella gran vega por donde

habían de caminar; e así se hizo, que puestos todos en sus batallas,

el Emperador fizo de su gente tres faces e rogó al rey Lisuarte que

toviese por bien que él llevase la delantera, e así se fizo; aunque

él más quisiera llevarla a su cargo, porque no tenía en mucho aquella

gente, e había miedo que del desconcierto dellos les podría venir algún

gran revés; pero otorgólo por le dar aquella honra.

El rey Lisuarte fizo de sus gentes dos haces; fecho esto, movieron por

el campo tras el fardaje, que iba a asentar real con los aposentadores.

¿Quién os podría decir los caballos y armas tan ricas e tan lucidas e

de tantas maneras como allí iban? Por cierto muy gran trabajo sería en

lo contar.

Dice la historia que el rey Perión, como fuese un caballero muy cuerdo

y de gran esfuerzo, tenía siempre personas en tales partes de quien

supiese lo que sus enemigos hacían, de los cuales luego fué avisado

cómo la gente venía ya contra ellos, y en qué ordenanza. Pues sabido

esto, luego otro día de mañana se levantó e mandó llamar todos los

capitanes e caballeros de gran linaje, e díjogelo, e como su parecer

era que el real se levantase, e la gente junta en aquellos prados,

se ficiese repartimiento de las haces, porque todos sopiesen a qué

capitán e seña habían de acudir; e que hecho esto, moviesen contra sus

enemigos con gran esfuerzo e mucha esperanza de los vencer con la justa

demanda que llevaban. Todos lo tovieron por bien, e con mucha afición

le rogaron que así por su dignidad real e gran esfuerzo e discreción

tomase a su cargo de los regir e gobernar en aquella jornada, e que

todos le serían obedientes.

Pues mandándolo poner en obra, concertadas las haces, movieron todos en

sus ordenanzas por aquel campo, tocando muchas trompetas e otros muchos

instrumentos de guerra; Oriana e las reinas, e las infantas e dueñas e

doncellas estábanlos mirando, e rogaban a Dios de corazón les ayudase,

e si su voluntad fuese los pusiese en paz.

Arcalaus el Encantador, así como supo que las gentes eran venidas

al rey Lisuarte e Amadís, envió con mucha priesa a un caballero su

pariente, e mandóle que no holgase día ni noche hasta lo hacer saber

a todos los reyes e caballeros _que tenían concertado con él atacar a

Lisuarte y Amadís_, e les diese mucha priesa en su venida; y él quedó

en sus castillos, llamando a sus amigos e llegando la más gente que

podía. _El rey Arábigo y los otros_ luego sin más tardar fueron todos

juntos e serían por todos hasta doce mil caballeros; e concertaron

toda su flota, que fué asaz grande y de buena gente. E con mucho

placer e tiempo enderezado fueron por su mar adelante, e a los ocho

días aportaron en la Gran Bretaña a la parte donde Arcalaus tenía

un castillo muy fuerte, puerto de mar. Arcalaus tenía ya consigo

seiscientos caballeros muy buenos.

Cuando aquella flota allí aportó no vos podría decir el gran placer que

los unos con los otros hobieron; e sabido por las espías de Arcalaus

cómo ya las gentes del rey Lisuarte y de Amadís iban unas contra otras

y el camino que llevaban, luego a ellos movieron con toda su compaña

por una traviesa con las mayores guardas que poner pudieron, con

acuerdo de se poner en tal parte donde estoviesen seguros, e saliesen

cuando fuese sazón a dar en sus enemigos.

CAPÍTULO SEGUNDO

EL PRIMER DÍA DE LUCHA

_Avanzaron los ejércitos del Emperador y del rey Lisuarte hacia la

Ínsola Firme, hasta que supieron por sus espías que venían contra ellos

las fuerzas del rey Perión, y ambas huestes se detuvieron una frente

a otra_, que no había en medio más espacio de media legua de un campo

grande e llano.

Así estando estas huestes como oís, llegó Gandalín, escudero de Amadís,

e tomóle por aquel campo, donde ninguno oír les pudiese, e díjole:

--Señor, _os suplico que antes de comenzar la batalla me hagáis merced

de darme la orden de caballería_.

_Por nada del mundo querría Amadís separarse de su escudero, así que_

cuando esto le oyó fué tan turbado, que por una pieza no pudo hablar, e

díjole:

--¡Oh mi verdadero amigo y hermano, que tan grave es a mí complir lo

que pides! Por cierto no en menos grado lo siento que si mi corazón

de mis carnes se apartase; e si con algún camino de razón apartar

lo podiese, con todas mis fuerzas lo haría; mas tu petición veo ser

tan justa, que en ninguna guisa se puede negar; e siguiendo más la

obligación en que te soy que la voluntad de mi querer, yo me determino

que así como lo pides se faga.

Gandalín hincó los hinojos por le besar las manos; mas Amadís lo alzó e

lo tovo abrazado, veniéndole las lágrimas a los ojos con el mucho amor

que le tenía, que ya tenía en sí figurada la gran soledad e tristeza en

que se vería no le teniendo consigo, e díjole:

--Bien será que veles armado en la capilla de la tienda del Rey

mi padre, e otro día cabalga en tu caballo así armado, e cuando

quisiéremos romper contra nuestros enemigos, el Rey te hará caballero;

que ya sabes que en todo el mundo no se podría fallar mejor hombre, ni

de quien más honra recibas en este auto.

Gandalín le dijo:

--Señor, todo cuanto decís es verdad, e a duro hallaría hombre otro

tal caballero como el Rey; pero yo no seré caballero sino de vuestra

mano.

--Pues que así quieres --dijo Amadís-- así sea, e faz lo que te digo.

A cabo de tres días que los reales se asentaron, el emperador Patín

se aquejaba mucho porque la batalla se diese; Amadís e Agrajes e don

Cuadragante e todos los otros caballeros asimesmo aquejaban mucho al

rey Perión que la batalla se diese e que Dios fuese juez de la verdad.

Pues el Rey no lo quería menos que todos, mas habíalo detenido hasta

que las cosas estoviesen en disposición cual convenía, e luego mandaron

apregonar que todos al alba del día oyesen misa e se armasen, e cada

gente acudiese a su capitán, porque la batalla se daría luego, e

asimesmo se fizo por los contrarios, que luego lo supieron.

Pues venida el alba, las trompetas sonaron, e tan claros se oían los

unos a los otros como si juntos estoviesen. La gente se comenzó a armar

e a ensillar sus caballos e por las tiendas a oír misas e cabalgar

todos e se ir para sus señas.

Pues a esta hora llegó Gandalín armado de armas blancas, como convenía

a caballero novel, e se fué donde su señor Amadís estaba. Cuando

Amadís le vió así venir salió de la batalla a él, e tomóle consigo, e

fuése donde el rey Perión, su padre, estaba, e por el camino _le fué

aconsejando como debía conducirse en aquel primer combate en que iba

a tomar parte_. Así llegaron donde el rey Perión estaba, e Amadís le

dijo:

--Señor, Gandalín quiere ser caballero, e mucho me pluguiera que lo

fuera de vuestra mano; pero pues a él place de lo ser de la mía, vengo

a os suplicar que de vuestra mano haya la espada, porque cuando le

fuere menester haya memoria desta grande honra que recibe y de quién

gela da.

Entonces Amadís tomó una espada que le traía Durín, hermano de la

doncella de Denamarca, a quien había mandado que le aguardase, e

dióla al Rey, y él hizo caballero a Gandalín, besándole e poniéndole

la espuela diestra, y el Rey le ciñió la espada, e así se cumplió su

caballería por la mano de los dos mejores caballeros que nunca armas

trajeron.

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