Dios ni en la vista de mi señora Oriana, que así te desesperes; que
no solamente tengo delante mí la su sabrosa membranza, más su propria
persona, e mis ojos la veen, y me está diciendo que la defienda yo
desta bestia mala. Pues ¿qué piensas tú, mi verdadero amigo, que debo
yo hacer? ¿No sabes que en la su vida e muerte está la mía? ¿Consejarme
has tú que la deje matar y que ante mis ojos muera? No plega a Dios que
tal pensases; e si tú no la vees, yo la veo, que delante mí está, pues
si su sola membranza me hizo pasar a mí gran honra las cosas que tú
sabes, ¿qué tanto más debe poder su propia presencia?
E diciendo esto, crescióle tanto el esfuerzo, que muy tarde se le facía
en no fallar el Endriago; y entrando en un valle de brava montaña y
peñas de muchas concavidades, dijo:
--Da voces, Gandalín, porque por ellas podrá ser que el Endriago a
nosotros acudirá; et ruégote mucho que si aquí moriere, procures de
llevar a mi señora Oriana aquello que es suyo enteramente, que será mi
corazón; e dile que gelo envío por no dar cuenta ante Dios de cómo lo
ajeno llevaba comigo.
Cuando Gandalín esto oyó, no solamente dió voces, mas mesando sus
cabellos, llorando, dió grandes gritos, deseando su muerte antes que
ver la de aquel su señor, que tanto amaba, et no tardó mucho que vieron
salir de entre las peñas el Endriago muy más bravo e fuerte que lo
nunca fué. Venía tan sañudo, echando por la boca humo mezclado con
llamas de fuego, e firiendo los dientes unos con otros, faciendo gran
espuma e faciendo crujir las conchas e las alas tan fuertemente, que
gran espanto era de lo ver. Así hobo el Caballero de la Verde Espada,
especialmente oyendo los silbos e las espantosas voces roncas que
daba; e como quiera que por palabra gelo señalaran, en comparación de
la vista era tanto como nada; e cuando el Endriago los vió comenzó a
dar grandes saltos e voces, como aquel que mucho tiempo pasara sin que
hombre ninguno viera, e luego se vino contra ellos. Cuando los caballos
del de la Verde Espada y de Gandalín lo vieron, comenzaron a fuir tan
espantados, que apenas los podían tener, dando muy grandes bufidos. E
cuando el de la Verde Espada vió que a caballo a él no se podía llegar,
descendió muy presto e dijo a Gandalín:
--Hermano, tente afuera en ese caballo, porque ambos no nos perdamos,
et mira la ventura que Dios me querrá dar contra este diablo tan
espantable, e ruégale que por la su piedad me guíe cómo le quite yo
de aquí, y sea esta tierra tornada al su servicio; e si aquí tengo de
morir, que me haya merced del ánima, y en lo otro faz como te dije.
Gandalín no le podo responder; tan reciamente lloraba, porque su muerte
veía tan cierta, si Dios milagrosamente no lo escapase. El Caballero
de la Verde Espada tomó su lanza e cubrióse de su escudo como hombre
que ya la muerte tenía tragada, perdido todo su pavor, e lo más que
podo se fué contra el Endriago así a pie como estaba. El diablo, como
lo vido, vino luego para él, y echó un fuego por la boca con un humo
tan negro, que apenas se podían ver el uno al otro, y el de la Verde
Espada se metió por el fumo adelante, y llegando cerca dél, le encontró
con la lanza por muy gran dicha en el un ojo, así que gelo quebró; y
el Endriago echó las uñas en la lanza e tomóla con la boca e hízola
pedazos, quedando el fierro con un poco del asta metido por la lengua
e por las agallas; que tan recio vino, que él mesmo se metió por ella;
e dió un salto por lo tomar, mas con el desatiento del ojo quebrado no
pudo, e porque el caballero se guardó con gran esfuerzo e viveza de
corazón, así como aquel que se vía en la misma muerte, et puso mano a
la su muy buena espada, e fué a él que estaba como desatentado, así
del ojo como de la mucha sangre que de la boca le salía, e con los
grandes resoplidos y resollidos que daba, todo lo más de ella se le
entraba por la garganta, de manera que cuasi el aliento le quitara,
e no podía cerrar la boca ni morder con ella; y llegó a él por el un
costado, e dióle tan gran golpe por cima del concás, que le no pareció
sino que diera en una peña dura, e ninguna cosa le cortó.
Como el Endriago le vido tan cerca de sí, pensóle de tomar entre sus
uñas, e no le alcanzó sino en el escudo, e levógelo tan recio que le
fizo dar de manos en tierra; y en tanto que el diablo lo despedazó
todo con sus muy fuertes e duras uñas, hobo el Caballero de la Verde
Espada logar de levantarse, e como sin escudo se vió, e la espada no
cortaba ninguna cosa, bien entendió que su fecho no era nada, si Dios
no le enderezase a que el otro ojo le pudiese quebrar; que por otra
ninguna parte no aprovechaba nada trabajar de lo ferir, e con saña,
pospuesto todo temor, fuése para el Endriago, que muy fallecido e flaco
estaba de la mucha sangre que perdía del ojo quebrado; e como las cosas
pasadas de su propria servidumbre se caen y perecen, e ya enojado
nuestro Señor que el enemigo malo hobiese tenido tanto poder y fecho
tanto mal en aquellos que, aunque pecadores, en su santa fe católica
creían, quiso darle el esfuerzo e gracia especial, que sin ella ninguno
fuera poderoso de acometer ni osar esperar tan gran peligro, a este
caballero, para que sobre toda orden de natura diese fin a aquel que
a muchos lo había dado; y pensando acertarle en el otro ojo con la
espada, quísole Dios guiar a que gela metió por una de las ventanas de
las narices, que muy anchas las tenía, e con la gran fuerza que puso
e la que el Endriago traía, el espada caló tanto, que le llegó a los
sesos; mas el Endriago, como le vido tan cerca, abrazóse con él, e
con las sus muy fuertes e agudas uñas rompióle todas las armas de las
espaldas e la carne e los huesos fasta las entrañas; e como él estaba
ahogado de la mucha sangre que bebía, e con el golpe de la espada que a
los sesos le pasó, e sobre todo, la sentencia que de Dios sobre él era
dada, e no se podía revocar, no se podiendo ya tener, abrió los brazos
e cayó a la una parte como muerto sin ningún sentido. El caballero,
como así lo vió, tiró por la espada y metiógela por la boca cuanto más
pudo, tantas veces, que lo acabó de matar; pero quiero que sepáis que
antes que el alma le saliese, salió de su boca el diablo e fué por el
aire con muy gran tronido; así que los que estaban en _la nave_ lo
oyeron como si cabe ellos fuera, de lo cual hobieron gran espanto.
Pues como el Endriago fué muerto, el Caballero se quitó afuera, e
yéndose para Gandalín, que ya contra él venía, no se pudo tener, e
cayó amortecido cabe un arroyo de agua que por allí pasaba. Gandalín,
como llegó y le vió tan espantables heridas, cuidó que era muerto, y
dejándose caer del caballo, comenzó a dar muy grandes voces, mesándose.
_Mas después_ cabalgó muy presto en su caballo, e subiéndose en un
otero, tocó la bocina lo más recio que pudo, en señal que el Endriago
era muerto. Ardian el enano oyólo, e dió muy grandes voces al maestro
Elisabat que acorriese a su señor, que el Endriago era muerto. Y él,
como estaba apercebido, cabalgó con todo el aparejo que menester era,
e fué lo más presto que podo por el derecho que el enano le señaló; e
no andovo mucho que vió a Gandalín encima del otero, el cual, como el
maestro vió, vino corriendo contra él e dijo:
--¡Ay, señor!; por Dios e por merced acorred a mi señor, que mucho es
menester; que el Endriago es muerto.
El maestro, cuando esto oyó, hobo gran placer con aquellas buenas
nuevas que Gandalín decía, no sabiendo el daño del Caballero, e aguijó
cuanto más podo, e Gandalín le guiaba, fasta que llegaron donde el
Caballero de la Verde Espada estaba, e halláronlo muy desacordado, sin
ningún sentido.
El maestro Elisabat quitó luego su manto, e tendiólo en el suelo, e
tomáronlo él e Gandalín, e puniéndolo encima, le desarmaron lo más
quedo que podieron; e cuando el maestro le vió las llagas, aunque él
era uno de los mejores del mundo de aquel menester, e había visto
muchas e grandes heridas, mucho fué espantado y desafuciado de su
vida; mas como aquel que lo amaba y tenía por el mejor caballero del
mundo, pensó de poner todo su trabajo por le guarecer, e catándole las
heridas, vió que todo el daño estaba en la carne e en los huesos, y
que no le tocara en las entrañas. Tomó mayor esperanza de lo sanar, e
concertóle los huesos e las costillas, e cosióle la carne, e púsole
tales melecinas, e ligóle tan bien todo el cuerpo al derredor, que le
fizo restañar la sangre y el aliento que por allí salía, e luego le
vino al Caballero mayor acuerdo y esfuerzo, de guisa que podo hablar, e
abriendo los ojos, dijo:
--¡Oh Señor Dios todopoderoso, que por tu gran piedad quesiste venir en
el mundo e tomaste carne humana en la Virgen María, pídote, Señor, como
uno de los más pecadores, que hayas merced de mi ánima, que el cuerpo
condenado es a la tierra!
_Con grandes cuidados, lleváronlo a un castillo desmantelado que en la
isla había, donde, gracias a la ciencia del maestro Elisabat, recobró
la salud en no mucho tiempo._
CAPÍTULO SEGUNDO
LAS CORONAS DE LA INFANTA
_Aún estaba enfermo Amadís en la Isla del Diablo, cuando el maestro
Elisabat escribió al Emperador de Constantinopla, cuya era la Isla,
diciéndole cómo el Caballero de la Verde Espada había muerto el
Endriago y librado a la isla de su terrible morador. El Emperador y
toda su corte fueron asombrados de que semejante hazaña hubiera podido
ser acometida por caballero alguno y el Emperador mandó a un sobrino
suyo, llamado Gastiles, que con grande acompañamiento fuera a la Isla
del Diablo y trajera a la Corte a aquel heroico Caballero._
_Cumplió Gastiles lo que había mandado, y así, cuando el Caballero de
la Verde Espada pudo embarcarse, curado ya de sus heridas, hicieron
rumbo a Constantinopla, donde_ en poco espacio de tiempo fueron
aportados debajo de los palacios del Emperador. La gente salió a las
finiestras por ver el Caballero de la Verde Espada, que lo mucho
deseaban ver; y el Emperador les mandó llevar unas bestias en que
cabalgasen.
A la hora estaba ya el Caballero de la Verde Espada mucho más mejorado
en su salud y hermosura, vestido de unos muy hermosos e ricos paños.
Pues salidos de la mar, cabalgando en aquellos ricos e ataviados
palafrenes que les trajeran, se fueron al Emperador, que ya contra
ellos venía, muy acompañado de grandes hombres e muy ricamente
ataviados. E apartándose todos, llegó el Caballero de la Verde Espada e
quísose apear para le besar las manos; mas el Emperador cuando esto vió
no gelo consintió, antes se fué para él e lo tovo abrazado, mostrándole
muy gran amor, que así lo tenía con él, e dijo:
--Por Dios, Caballero de la Verde Espada, mi buen amigo, como quiera
que Dios me haya fecho tan grande hombre y venga del linaje de aquellos
que este señorío tan grande tovieron, más merecéis vos la honra que
la yo merezco; que vos la ganastes por vuestro gran esfuerzo, pasando
tan grandes peligros cual nunca otro pasó, e yo tengo la que me vino
dormiendo e sin merecimiento mío.
El Caballero del Enano le dijo:
--Señor, a las cosas que tienen medida puede hombre satisfacer; pero no
a esta, que por su gran virtud en tanto loor me ha puesto; e por esto,
señor, quedará para que esta mi persona hasta la muerte le sirva en
aquellas cosas que me mandare.
Y así fablando se tornó el Emperador con él a sus palacios, y el de
la Verde Espada iba mirando aquella gran ciudad, e las cosas extrañas
e maravillosas que en ella vía, e tantas gentes que lo salían a ver,
e daba en su corazón con grande homildad muchas gracias a Dios porque
en tal logar le guiara donde tanta honra del mayor hombre de los
cristianos recebía; e todo cuanto en las otras partes viera le parecía
nada en comparación de aquello; pero mucho más maravillado fué cuando
entró en el gran palacio, que allí le pareció ser junta toda la riqueza
del mundo. Había allí un aposentamiento donde el Emperador mandaba
aposentar los grandes señores que a él venían, que era el más hermoso
e deleitoso que en el mundo se podía hallar, así de ricas casas como
de fuentes de agua e árboles muy extraños. E allí mandó quedar al
Caballero de la Verde Espada e al maestro Elisabat, que lo curase, e a
Gastiles que le ficiese compañía; y dejándolo reposar, se fué con sus
hombres buenos donde él posaba. Toda la gente de la ciudad, que viera
al Caballero de la Verde Espada, fablaban mucho en su gran hermosura,
e mucho más en el grande esfuerzo suyo, que era mayor que de caballero
otro ninguno; e si él se había maravillado de ver tal ciudad como
aquella e tanto número de gente, mucho más lo eran ellos en lo ver a él
solo; así que de todos era loado e honrado más que lo nunca fué rey ni
grande ni caballero que allí de tierras extrañas viniesen.
Otro día de mañana levantóse el Caballero de la Verde Espada, e
vistióse de sus paños lozanos e hermosos, según él vestir los solía,
y Gastiles con él, y el maestro Elisabat, e fueron todos de consuno
juntos a oír misa con el Emperador a su capilla, donde los atendía,
e luego se fueron a ver a la Emperatriz; pero antes que a ella
llegasen fallaron en comedio muchas dueñas e doncellas muy ricamente
ataviadas de ricos paños, que les facían logar por do pasasen e buen
recebimiento. La casa era tan rica e tan bien guarnida, que si la rica
cámara defendida de la Ínsola Firme no, otra tal nunca el Caballero de
la Verde Espada viera, e los ojos le cansaban de mirar tantas mujeres e
tan hermosas, e las cosas extrañas que vía, e llegando a la Emperatriz,
que en su estrado estaba, fincó los hinojos ante ella con mucha
humildad e dijo:
--Señora, mucho gradezco a Dios en me traer donde viese a vos e a
vuestra grande alteza, y el valor que sobre las otras señoras tiene que
en el mundo son, e la vuestra casa acompañada e ornada de tantas dueñas
e doncellas de tan gran guisa. A Él le plega, por la su merced, de me
llegar a tiempo que algo destas grandes mercedes le pueda servir.
La Emperatriz le tomó por las manos e díjole que no estoviese así de
hinojos, e fízole sentar cerca de sí, y estovo con él fablando una gran
pieza en aquellas cosas que tan alta señora con caballero extraño que
no conocía debía hablar; y él respondiendo con tanto tiento e tanta
gracia, que la Emperatriz, que muy cuerda era e lo miraba, decía entre
sí que no podía ser su esfuerzo tan grande que a su mesura e discreción
sobrepujar podiese.
El Emperador estaba a esta sazón en su silla sentado, hablando e
riendo con las dueñas e doncellas. E díjoles en voz alta, que todas lo
oyeron:
--Honradas dueñas e doncellas, vedes aquí el Caballero de la Verde
Espada, vuestro leal sirviente; honralde e amalde, que así lo hace él a
todas vosotras cuantas sois en el mundo; que poniéndose a muy grandes
peligros por vos hacer alcanzar derecho, muchas veces es llegado al
punto de la muerte, según que dél he oído a aquellos que sus grandes
cosas saben.
El Emperador hizo levantar dos infantas, que eran hijas del rey de
Hungría, e díjoles:
--Id por mi hija Leonorina, e no vengan con ella sino vos ambas.
Ellas así lo ficieron, e a poco rato vinieron con ella, trayéndola
entre sí por los brazos, e como quiera que ella viniese muy bien
guarnida, todo parecía nada ante lo natural de su gran fermosura, que
no había hombre en el mundo que la viese que se no maravillase e no
alegrase en la mirar. Ella era niña, que no pasaba de nueve años, e
llegando donde su madre la Emperatriz estaba, besóle las manos con
homil reverencia, e sentóse en el estrado más bajo que ella estaba. El
Caballero de la Verde Espada la miraba muy de grado, maravillándose
mucho de su gran fermosura, que le parecía ser más fermosa de las que
él visto había por las partes donde andado había, e membróse aquella
hora de la muy fermosa Oriana, su señora, que más que a sí amaba, e
del tiempo en que la él comenzó a amar, que sería de aquella edad, e
de cómo el amor que entonces con ella posiera siempre había crescido,
e no menguado. Tanto fué encendido en esta membranza, que, como fuera
de sentido, le vinieron las lágrimas a los ojos; así que todos le
vieron llorar, que por su gran bondad todos en él paraban mientes; mas
él, tornando en sí, habiendo gran vergüenza, alimpió los ojos e fizo
buen semblante. Mas el Emperador, que más cerca estaba, que así lo vió
llorar, creyó que lo no haría sin algún gran misterio. Gastiles, que
cabe él estaba, dijo:
--¿Qué será, que tal hombre como este en tal parte así llorase?
--Yo no se lo preguntaría --dijo el Emperador--, mas creo que fuerza de
amor gelo hizo hacer.
--Pues, señor, si lo saber queréis, no hay quien lo sepa sino el
maestro Elisabat, en quien mucho se fía, e fabla mucho con él
apartadamente.
Entonces lo mandó llamar, e hízolo sentar ante sí, e le dijo:
--Maestro, quiero que me digáis una verdad, si la sabéis. ¿Por qué
lloró agora el Caballero de la Verde Espada? Decídmelo, que de lo ver
estoy espantado; que si alguna necesidad tiene en que haya menester mi
ayuda, yo gela haré tan entera de que él será bien contento.
Cuando esto oyó el maestro, dijo:
--Señor, eso no lo sabría decir, porque es el hombre del mundo que
mejor encobre aquello que él quiere que sabido no sea; pero yo le veo
llorar e cuidar tan fieramente, que no parece en él haber sentido
alguno, e sospira con tan gran ansia como si el corazón en el cuerpo se
le quebrase. E ciertamente, señor, en cuanto yo cuido, es gran fuerza
de amor que le atormenta, teniendo soledad de aquella que ama; que si
otra dolencia fuese, ante a mí que a otro ninguno soy cierto que se
descobriría.
--Ciertamente --dijo el Emperador--, así lo cuido yo como lo decís,
e si él ama a alguna mujer, a Dios ploguiese que acertase ser en mi
señorío, que tanto haber y estado le daría yo, que no hay rey ni
príncipe que no hobiese placer de me dar su hija para él.
_Queriendo descubrir aquel secreto_, el Emperador llamó a la fermosa
Leonorina, su hija, e a las dos infantas que la aguardaban, e habló
con ellas una gran pieza muy afincadamente, mas por ninguno era oído
nada de lo que les decía. E Leonorina, habiendo él ya acabado su habla,
besóle las manos, e fuése con las infantas a su cámara, y él quedó
hablando con sus hombres buenos.
_Poco después volvió a entrar_ en el palacio aquella fermosa Leonorina
con el su gesto resplandeciente, que todas las fermosuras desataba, e
las infantas con ella. Y ella traía en su cabeza una muy rica corona, e
otra muy más rica en las manos, e fuése derechamente al Caballero de
la Verde Espada, e díjole:
--Señor Caballero de la Verde Espada, yo nunca fuí llegada a tiempo que
pida don sino a mi padre, e agora quiérolo pedir a vos; decidme qué
faréis.
Y él fincó los hinojos ante ella e dijo:
--Mi buena señora, ¿quién sería aquel de tan poco conocimiento, que
dejase de facer vuestro mandado, podiéndolo complir? E mucho loco sería
yo si vuestra voluntad no ficiese; e agora, mi señora, demandad lo que
más vos agradare, que hasta la muerte será cumplido.
--Mucho me fecistes alegre --dijo ella-- e mucho os lo agradezco, e
quiérovos pedir tres dones.
E tirándose la fermosa corona de la cabeza, dijo:
--Este sea el uno: que deis esta corona a la más fermosa doncella
que vos sabéis, e saludándola de mi parte, le digáis que me envíe su
mandado por carta o mensajero, y que le envío yo esta corona, que son
las donas que en esta tierra tenemos, aunque no la conozco.
E luego tomó la otra corona, en que había muchas perlas e piedras de
muy gran valor, especialmente tres, que alumbraban toda una cámara, por
escura que estoviese; e dándola al Caballero, dijo:
--Esta daréis a la más fermosa dueña que vos sabéis, e decilde que
gela envío yo por haber su conocencia, y que le ruego yo mucho que se
me haga conocer por su mandado; este es el otro don, e antes que el
tercero os demande, quiero saber qué haréis de las coronas.
--Lo que yo haré --dijo el Caballero-- será complir luego el primer don
e quitarme dél.
Entonces tomó la primera corona, e poniéndola en la cabeza della, dijo:
--Yo pongo esta corona en la cabeza de la más fermosa doncella que yo
agora sé; e si hobiere alguno que lo contrario dijere, yo se lo faré
conocer por armas.
E todos hobieron mucho placer de lo que él fizo, e Leonorina no menos,
aunque con vergüenza estaba de se ver loar, e decían que con derecho se
había quitado del don.
_El Caballero_ volvióse a Leonorina e dijo:
--Mi señora, ¿queréisme demandar el otro don?
--Sí --dijo ella--, e pídovos me digáis la razón por qué llorastes;
¿quién es aquella que ha tan gran señorío sobre vos e sobre vuestro
corazón?
Al caballero se le mudó la color y buen semblante en que antes era; así
que todos conocieron que era turbado de aquella demanda, e dijo:
--Señora, si a vos ploguiere, dejad esta demanda, e demandad otra que
sea más vuestro servicio.
Y ella dijo:
--Esto es lo que yo demando, e más no quiero.
Él abajó la cabeza, y estovo una pieza dudando; así que muy grave
parecía a todos haberlo él de decir; e no tardó mucho que, alzando la
cabeza con semblante alegre, miró a Leonorina, que delante dél estaba,
e dijo:
--Mi señora, pues por al no me puedo quitar de mi promesa, digo que
cuando aquí primero entrastes e os miré, acordóme de la edad y del
tiempo en que agora sois, e vínome al corazón una remembranza de otro
tal tiempo en que ya fuí, muy bueno e sabroso; tal, que habiéndole ya
pasado, me hizo llorar como vistes.
Y ella dijo:
--Pues agora me decid quién es aquella por quien se manda vuestro
corazón.
--La vuestra gran mesura --dijo él--, que a ninguno falleció, es contra
mí; esto hace mi gran desdicha; e pues que más no puedo, conviene que
contra mi placer lo diga. Sabed, señora, que aquella que yo más amo
es la misma a quien vos enviáis la corona, que al mi cuidar es la más
fermosa dueña de cuantas yo vi, e aun creo que de cuantas en el mundo
hay; e por Dios, señora, no queráis de mí saber más, pues que soy quito
de mi promesa.
--Quito sois --dijo el Emperador--; mas por tal guisa que no sabemos
más que ante.
--Pues a mi parecer --dijo él-- que dije tanto cual nunca por mi boca
salió jamás, y esto causó el deseo que yo tengo de servir a esta
hermosa señora.
--Así Dios me salve --dijo el Emperador--, mucho debéis ser guardado
e cerrado en vuestros amores, pues esto tenéis en algo en lo haber
descobierto; e pues que mi fija fué la causa dello, menester es que vos
demande perdón.
--Este yerro --dijo él-- han hecho otros muchos, e nunca tanto sopieron
de mí; así que, aunque dellos fuese yo quejoso, lo suyo desta tan
fermosa señora tengo en merced; porque siendo ella tan alta e tan
señalada en el mundo, quiso con tanto cuidado saber las cosas de un
caballero andante como yo lo soy; mas a vos, señor, no perdonaré yo tan
ligero, que según la luenga y secreta habla con ella antes hobistes,
bien parece que no por su voluntad, mas por la vuestra, lo hizo.
El Emperador se rió mucho e dijo:
--En todo os fizo Dios acabado; sabed que así es como lo decís; por
ende yo quiero corregir lo suyo e lo mío.
El de la Verde Espada fincó los hinojos por le besar las manos, mas él
no quiso, e dijo:
--Señor, esta emienda recibo yo para la tomar cuando por ventura más
sin cuidado della estovierdes.
--Eso no podrá ser --dijo el Emperador--; que vuestra memoria nunca de
mí fallecerá ni la emienda de la mía cuando la quisierdes.
_Breves días permaneció en la Corte del Emperador de Constantinopla,
siempre obsequiado con miríficas fiestas, al cabo de las cuales, a
pesar de los grandes esfuerzos del Emperador para que el Caballero de
la Verde Espada quedara a su servicio, tomó el camino de su anhelada
patria._
CAPÍTULO TERCERO
LAS CUITAS DE ORIANA
_Entre tanto había muerto el Emperador de Roma y había llegado a ocupar
el trono su hermano el Patín que, desde que había visitado la corte de
Lisuarte, vivía enamorado de la sin par Oriana. No bien vió ceñidas sus
sienes con la corona imperial, cuando envió al Rey de la Gran Bretaña
una muy lucida embajada para pedirle la mano de su hija._
_Lisuarte, a quien mucho convenía aquel enlace, no quería, sin embargo,
forzar abiertamente la voluntad de Oriana y por todos los medios
trataba de inclinarla a que aceptara tan ventajoso matrimonio. Mas
la princesa, que con todas sus fuerzas se oponía a él, no cesaba de
pedir a don Galaor y a los otros caballeros principales de la Corte
que convencieran a su padre para que no la hiciera casar contra su
voluntad. Solicitó también en secreto la protección de los caballeros
de la Ínsola Firme, los cuales, por boca de don Florestán, le hicieron
saber que, siendo su deber amparar doncellas desamparadas, emplearían
toda la fuerza de su brazo en evitar que ni su padre ni nadie la
atropellara._
_Pero el Rey no se rendía a reflexiones ni ruegos, y cada vez más
aferrado a su idea, acabó por declarar que Oriana sería entregada por
la fuerza a los embajadores del Patín, si no se avenía a ir con ellos
voluntariamente._
_Navegando con rumbo a sus estados, supo Amadís, inflamado en ira, las
nuevas del casamiento que querían imponerle a Oriana, y aceleró cuanto
le fué posible el regreso._