_La Doncella de Denamarca visitó varios países donde ninguna noticia

pudieron darle de Amadís. Regresaba a la Gran Bretaña, muy triste y

dolorida, pensando que si no aparecía Amadís era segura la muerte de su

señora, cuando fué sorprendida por una gran tormenta_ y andando por la

mar sin gobernalle, sin concierto alguno, perdido de todo punto el tino

de los mareantes, no teniendo fiucia alguna en sus vidas, en la fin una

mañana al punto del alba, al pie de la Peña Pobre, donde Beltenebrós

era, arribaron; la cual fué luego conocida de los de la nave, que

algunos dellos sabían ser allí Andalod, el santo ermitaño que en la

ermita suso su vida hacía; lo cual dijeron a la Doncella de Denamarca;

y ella, como salida de tal peligro, tornada así de muerte a vida, mandó

que suso a la peña la subiesen; porque oyendo misa de aquel hombre

bueno, pudiese a la Virgen María dar gracias de aquella merced que su

glorioso Fijo les había hecho.

[Ilustración]

A esta sazón Beltenebrós estaba _tan enfermo_ y era ya su salud tan

allegada al cabo, que no esperaba vivir quince días; e del mucho

llorar, junto con la su gran flaqueza, tenía el rostro muy descarnado

e negro, mucho más que si de gran dolencia agraviado fuera; así que, no

había persona que conocerlo podiese.

_Durante la misa volvió el rostro para donde estaban los navegantes_ e

mirándolos, conoció luego a la Doncella e a Durín, e la alteración fué

tan grande, que no podiendo estar en los pies, cayó en el suelo como

si muerto fuese. Cuando el ermitaño esto vió pensó que ya estaba en el

postrimero punto de su vida, e dijo:

--¡Oh Señor poderoso! ¿Por qué no has querido haber piedad deste que

tanto en tu servicio podiera facer?

E las lágrimas le caían en mucha cantidad por las blancas barbas, e

dijo:

--Buena doncella, faced a esos hombres que me ayuden a llevar este

hombre a su cámara, que entiendo que éste será el postrimero beneficio

que facer se le puede.

Entonces Enil e Durín, con el ermitaño, lo llevaron a la casa donde

albergaba, e le posieron en una cámara asaz pobre, que por ninguno

dellos nunca fué conocido; pues la doncella oyó la misa, e queriéndose

ir a comer en tierra, que de la mar muy enojada andaba, acaso preguntó

al ermitaño qué hombre era aquel que de tan gran dolencia agraviado

era. El hombre bueno le dijo:

--Es un caballero que aquí face penitencia.

--Quiérole ver --dijo la doncella--, pues me decís que es caballero

e de las cosas que en la nave trayo le dejaré con que algo pueda ser

reparado.

--Faceldo --dijo el buen hombre--; pero entiendo que su muerte, a que

tanto llegado es, vos quitará dese cuidado.

La doncella entró sola en la cámara donde Beltenebrós estaba; el cual,

pensando qué ficiese, no se sabía determinar; que si se le ficiese

conocer, pasaba el mandamiento de su señora, e si no, si aquella que

era todo el reparo de su vida de allí se fuese, no le quedaba esperanza

ninguna. En la fin, creyendo que muy más duro para él sería enojar a

su señora que padecer la muerte, acordó de se le no facer conocer en

ninguna manera.

Pues la doncella, llegada cerca de la cama, dijo:

--Buen hombre, del ermitaño he sabido que sois caballero, e porque las

doncellas a todos los más caballeros somos muy más obligadas por los

grandes peligros que en nuestra defensa se ponen, acordé de os ver e

dejar aquí del bastimiento de la nao todo lo que para vuestra salud en

ella se fallare.

Él no respondió ninguna cosa; antes estaba con grandes sollozos e

gemidos llorando. Así que la doncella pensó que el alma de las carnes

se le partía, de que hobo gran piedad; e porque en la cámara poca luz

había, abrió una lumbrera que cerrada estaba, e llegóse a la cama por

ver si era muerto, e comenzóle a mirar, y él a ella, todavía llorando

e sollozando, e así estuvo por una pieza que la doncella nunca lo

conoció, porque su pensamiento bien descuidado era de fallar en tal

parte aquel que buscaba; mas viéndole en el rostro un golpe que _ella

muy bien conocía_ fízola recordar en lo que ante ninguna sospecha

tenía, e claramente conoció ser aquel Amadís, e dijo:

--¡Ay, santa María, val! ¿Qué es esto que veo? ¡Ay, señor, vos sois

aquel por quien mucho afán he tomado!

E cayó de bruzas sobre el lecho, e fincando los hinojos, le besó las

manos muchas veces, e díjole:

--Señor, aquí es menester piedad e perdón contra aquella que vos erró;

que si por su mala sospecha vos ha puesto injustamente en tal estrecho,

ella con mucha causa e razón padece la vida más amarga que la propia

muerte.

Beltenebrós la tomó entre sus brazos e juntóla consigo, sin ninguna

cosa le poder fablar; ella dándole la carta, le dijo:

--Esta vos envía vuestra señora, e por mí vos face saber que si

vos sois aquel Amadís que ser solía, a quien ella tanto ama, que

poniendo en olvido lo pasado, luego seáis con ella en el su castillo

de Miraflores, donde con mucho vicio serán emendados los dolores e

angustias que el sobrado amor que vos tiene han causado.

Él tomó la carta, e después de leída, su alegría fué tan sobrada, que,

así como con la pasada tristeza, con ella desmayado fué, cayendo las

lágrimas por sus mejillas sin las sentir.

_Embarcados en la nave de la Doncella se trasladaron a la Gran Bretaña,

sin que nadie de a bordo hubiera sospechado quién pudiera ser aquel

Beltenebrós. Después de reponer su salud durante algún tiempo en un

lugar retirado, el caballero adquirió armas y caballo, tomó un escudero

y fué a visitar a su señora en su castillo de Miraflores, dejando

sembrado su camino de las más gloriosas hazañas, que llevaban por todas

partes la fama del nuevo caballero Beltenebrós, tanto que todo el mundo

decía que, desaparecido Amadís, no había en el orbe quien pudiera

igualarse con él._

_Guardó rigurosamente el incógnito hasta que en una descomunal batalla

que tuvo Lisuarte con el rey Cildadán de Irlanda, al ver que flaqueaban

los ingleses, Beltenebrós, que venía realizando magníficos hechos de

armas, se metió por medio de todos gritando:_

_--¡Gaula, Gaula, que yo soy Amadís!_

_Y con su esfuerzo libertó al rey Lisuarte, que ya había caído en poder

de los enemigos._

CAPÍTULO SEXTO

EL CASTILLO DE ARCALAUS

_Con ello creció hasta el extremo la fama e influencia de Amadís en la

corte del rey Lisuarte, el cual nada hacía ya sino por mediación de su

heroico caballero. Mas entre tanto la envidia no estaba queda y algunas

caballeros de edad, que veían extinguido su influjo, supieron hacer de

modo que el rey llegara a creer que Amadís proyectaba traidoramente

apoderarse del reino para él y los suyos._

_Entonces Lisuarte mostró públicamente su desprecio a Amadís, el cual,

aunque muy dolorido de separarse de Oriana, oído el consejo que ésta le

dió diciéndole que su honor era antes que todo, retiróse a la Ínsola

Firme, con un cortejo como de rey, formado por todos los caballeros

de su familia y gran número de amigos, con lo que apenas le quedaron

caballeros de valía, en su corte, al rey Lisuarte._

_Poco después, suscitados por Arcalaus el Encantador, que no perdonaba

ocasión de mover guerra al rey de la Gran Bretaña, tomaron contra él

las armas seis poderosos reyes dirigidos por el rey Arábigo. Nunca se

había visto Lisuarte en peligro semejante y era más que probable que

no pudiera resistir a enemigos tan fuertes, privado del apoyo de los

caballeros de Amadís._

_A tal sazón, estaba éste en Gaula con Perión, su padre, y su hermano

don Florestán. Amadís había prometido a su dama que nunca haría armas

contra el rey Lisuarte y estaba muy triste por no poder tomar parte

en aquella guerra descomunal. Tratando de ello, llegaron a acordar el

padre y los dos hijos, que aunque eran muchas las ofensas que del rey

de la Gran Bretaña habían recibido, irían secretamente y disfrazados

a prestarle auxilio. Fueron así, en efecto, con armas que les envió

Urganda la Desconocida, cuyos escudos estaban adornados con sierpes de

oro. Y la armadura de Amadís había un yelmo dorado. Pasaron a la Gran

Bretaña, llegaron al campo de batalla; con el esfuerzo de sus brazos

decidieron ésta en favor de Lisuarte cuando el rey la tenía ya perdida,

y antes de que el socorrido monarca pudiera buscar a sus favorecedores,

supieron ocultarse en un bosque, protegidos por el manto de la noche._

Algunos días folgaron en aquella floresta el rey Perión e sus fijos,

_y yendo en busca de la nave que había de volverlos a Gaula_, fallaron

cabe una fuente una doncella, que a su palafrén a beber daba, vestida

ricamente, y encima una capa de escarlata, que con hebillas e ojales

de oro se abrochaba, y dos escuderos y dos doncellas con ella, que

le traían falcones e canes, con que cazaba; e como ella los vió,

conociólos luego en las armas de las sierpes, e fué, faciendo grande

alegría, contra ellos; e como llegó, saluólos con mucha homildad,

faciendo señas que era muda. Ellos la saluaron, y parecióles muy

fermosa, e hobieron mancilla que fuese muda. Ella se llegaba al del

yelmo dorado, e abrazábalo y queríale besar las manos; e cuando así

una pieza estovo, convidábalos por señas que fuesen aquella noche sus

huéspedes en un su castillo, mas ellos no le entendían. Ella fizo

seña a sus escuderos que gelo declarasen, e así lo ficieron. Ellos,

viendo aquella buena voluntad y que era ya muy tarde, fuéronse con

ella a salva fe, y no andovieron mucho, que llegaron a un fermoso

castillo, teniendo a la doncella por muy rica, pues que dél era señora;

y entrando en él, fallaron gentes que los recibieron homildosamente, y

otras dueñas y doncellas, que todas acataban a la muda como a señora;

luego les tomaron los caballos, e subieron a ellos a una rica cámara,

que sería veinte codos en alto de la tierra, e faciéndolos desarmar,

les trajeron ricos mantos que cobriesen; y desque hobieron hablado con

la muda y con las otras doncellas, trajéronles de cenar e fueron muy

bien servidos, y ellas se fueron a sus aposentamientos; mas no tardó

mucho que luego volvieron con muchas candelas e instrumentos acordados

para les dar placer, e cuando fué tiempo de dormir dejáronlos e

fuéronse. En aquella cámara había tres camas muy ricas, que la doncella

muda mandara hacer, e posiéronles sus armas cabe cada cama. Ellos se

acostaron e dormieron asosegadamente, como aquellos que trabajados

e fatigados andaban, e aunque sus espíritus reposaban, no lo hacían

sus vidas, según en el peligroso lazo en que metidos eran, que con

mucha causa se puede comparar a las cosas deste mundo; que sabed que

aquella cámara era fecha por una muy engañosa arte, que toda ella se

sostenía sobre un estello de fierro hecho como husillo de lagar,

cerrado en otro de madera que en medio de la cámara estaba, e podíase

abajar e alzar por debajo, trayendo una palanca de hierro al derredor;

que la cámara no llegaba a pared ninguna; así que, cuando a la mañana

despertaron, falláronse en hondón otros veinte codos que en alto

estaban cuando en ella entraron.

Los tres caballeros, cuando fueron despiertos e no vieron señal ninguna

de claridad, y sentían cómo la gente del castillo sobre ellos andaba,

mucho se maravillaron, y levantáronse de los lechos, e buscando a

tiento la puerta y las finiestras, falláronlas; pero metiendo las manos

por ellas, topaban en el muro del castillo; así que luego conocieron

que eran traídos a engaño. Estando con gran pesar de se ver en tal

peligro, pareció suso a una finiestra de la cámara un caballero grande

y membrudo, y el rostro había medroso, y en la barba e cabeza más

cabellos blancos que negros, y vestía paños de duelo, e dijo a una voz

alta:

--¿Quién yace allá dentro, que mal seáis albergados? Que, según el gran

pesar que me habéis fecho, así fallaréis la mesura y merced, que serán

muy crueles e amargas muertes, e aun con esto no seré vengado, según

lo que de vos recebí en la batalla del falso rey Lisuarte. Sabed que

yo soy Arcalaus el Encantador; si me nunca vistes, agora me conoced;

que nunca ninguno me hizo pesar que dél no me vengase, si no es de uno

solo, que aun yo cuido tener donde vos estáis.

E la doncella que cabe él estaba dijo:

--Buen tío, aquel mancebo que allí está es el que traía el yelmo dorado.

Y tendió la mano contra Amadís. Cuando ellos esto vieron, que aquel era

Arcalaus, fueron en gran pavor de muerte, e por extraña cosa tovieron

ver fablar a la doncella muda que los allí trajera.

Arcalaus les dijo:

--Caballeros, yo vos haré ante mí tajar las cabezas, y enviarlas he al

rey Arábigo, en alguna emienda de lo que le deservistes.

E tiróse de la finiestra, e mandóla cerrar, e quedó la cámara tan

escura, que no se veían unos a otros.

Así como oís pasaron aquel día sin comer e sin beber, y desque Arcalaus

cenó e pasó ya parte de la noche, vínose a la finiestra donde ellos

estaban, con dos hachas encendidas, e _la sobrina_, e mandóla abrir, e

dijo:

--Vos, caballeros que allá yacéis, cuido que comeríades, si toviésedes

qué.

--De grado --dijo don Florestán--, si nos lo mandásedes dar.

Él dijo:

--Si en voluntad lo tengo, Dios me la quite; pero porque del todo

no quedéis desconsolados, en emienda de la comida os quiero decir

unas nuevas. Sabed cómo agora, después que fué noche, vinieron a la

puerta del castillo dos escuderos e un enano, que preguntaban por los

caballeros de las armas de las sierpes, e mandélos prender y echar en

una prisión que ende debajo tenéis. Destos sabré mañana quién sois, o

los haré cortar miembro a miembro.

Sabed que esto que Arcalaus les dijo era así verdad; que los de la

galea, viendo que tardaban y tenían el tiempo enderezado para navegar,

acordaron que los buscasen Gandalín y el Enano e Orfeo, el repostero

del Rey, e a éstos tenían en la prisión, como es dicho. Mucho les pesó

al Rey e a sus hijos destas nuevas, porque muy peligrosas eran. Dinarda

dijo:

--Tío, sostenedles la vida, porque con ella mayor pena sostengan.

--Pues que así os parece, sobrina --dijo él--, yo lo faré.

E díjoles entonces:

--Caballeros, decidme en vuestra fe cuál vos aqueja más, la hambre o la

sed.

--Pues que hemos de decir verdad --dijeron ellos--, aunque el comer era

más conveniente primero, la sed nos aqueja mucho.

Entonces dijo Arcalaus a una doncella:

--Sobrina, echadles una empanada de tocino, porque no digan que no

acorro a su menester.

Y fuése de allí, e todos los otros.

Aquella doncella vió a Amadís tan apuesto, e sabiendo las grandes

caballerías que en la batalla hiciera, era mucho movida a piedad dél e

de los otros; e luego puso en un cesto un barril de agua e otro de vino

e la empanada, e colgándolo por una cuerda, gelo dió, diciendo:

--Tomad esto y tenedme poridad; que si yo puedo, no lo pasaréis mal.

Amadís gelo gradeció mucho, y ella se fué. Con aquello cenaron, e

acostáronse en sus camas, e mandaron a sus escuderos, que allí con

ellos estaban, que toviesen las armas en tal parte donde las fallasen;

que si de hambre no morían, de otra manera ellos venderían bien sus

vidas.

Gandalín e Orfeo y el Enano fueron metidos en la prisión que era deyuso

de aquel sobrado donde sus señores estaban, e hallaron hi una dueña e

dos caballeros; el uno, que era su marido e ya de días, y el otro su

fijo, asaz mancebo; e había un año que allí estaban, e fablando unos

con otros, dijo Gandalín cómo viniendo en busca de los tres caballeros

de las armas de las sierpes, los habían prendido.

--¡Santa María! --dijo el caballero--; sabed que esos que decís fueron

en este castillo muy bien recebidos, y estando dormiendo entraron

aquí cuatro hombres, e trayendo a derredor esta palanca de hierro que

aquí veis, bajaron con ella este sobrado; así que, han recebido gran

traición.

Gandalín, que muy avisado era, entendió luego que su señor e los otros

estaban allí, y el peligro grande de muerte en que estaban, e dijo:

--Pues que así es, trabajemos nos de lo subir suso; si no, ellos ni

nosotros nunca saldremos de aquí; e creed que si ellos se salvan, que

nosotros seremos libres.

Entonces el caballero e su fijo de una parte, e Gandalín e Orfeo de

la otra, comenezaron a rodear la palanca; así que, el sobrado comenzó

luego a subir, y el rey Perión, que no dormía sosegado, más con cuita

de sus fijos que de sí, sintiólo luego y despertólos, e díjoles:

--¿Veis cómo el sobrado se alza, no sé por cuál razón?

Amadís dijo:

--Sea por cualquiera, que morir como caballeros o como ladrones gran

diferencia es.

E luego saltaron de los lechos, e ficieron a sus escuderos que los

armasen, y esperaron qué sería aquello; mas el sobrado fué alzado,

a gran afán de los que lo sobían, tanto como era menester; y el rey

Perión e sus fijos, que a la puerta estaban, vieron por entre las

tablas la claridad, e conocieron que por allí habían entrado; e

trabaron della todos tres tan fuerte, que la derribaron e salieron

al muro, donde eran los veladores, con tan gran coraje e braveza,

que maravilla era, e comenzaron a matar e derribar del muro cuanto

fallaban, e decir:

--¡Gaula, Gaula; que nuestro es el castillo!

Arcalaus, que le oyó, fué muy espantado, e cuidando que traición era de

alguno de los suyos, que allí había traído sus enemigos, fuyó desnudo a

una torre e subió consigo el escalera, que andadiza era; e no se temía

de los presos, que aquellos a buen recaudo, a su parecer, estaban;

e asomándose a una finiestra, vió a los de las armas de las sierpes

andar por el castillo a gran priesa, e aunque los conoció, no osó salir

ni bajar a ellos; mas daba voces, diciendo a los suyos que les no

temiesen, que no eran más de tres hombres. Algunos de los suyos, que

abajo posaban, comenzáronse a armar; mas los tres caballeros, que ya el

muro habían de los veladores delibrado, bajaron luego a ellos, que los

oyeron, y en poca de hora los pararon tales, así muertos como heridos,

que ninguno pareció ante ellos.

Los que estaban en la cárcel, que oyeron lo que se hacía, dieron voces

que los acorriesen. Amadís conoció la voz de su enano, que éste y

la dueña habían más temor; e fueron luego para los sacar, e así lo

ficieron, que a gran fuerza quebrantaron las armellas e abrieron la

puerta, por donde salieron, e buscando por las casas bajas que al

corral salían, hallaron los caballos suyos e de sus señores e otros de

Arcalaus, que dieron al caballero e a su hijo, e un palafrén de _la

sobrina_ para la dueña, e sacáronlos todos fuera del castillo, e cuando

fueron a caballo mandó el Rey poner fuego a las casas que dentro eran,

e comenzó a arder tan bravamente, que todo parecía una llama; el fuego

era grande, que daba en la torre.

Entonces se fueron por el camino que allí vinieran a la galea, e

subiendo una sierra, vieron las grandes llamas del castillo e las voces

de la gente, de manera que hobieron placer; así andovieron fasta ser en

el monte alto. Entonces esclareció el día, e vieron ayuso en la ribera

la su galea, e fueron para allá, entraron dentro, _y alzando las velas

hicieron rumbo a Gaula_.

[Ilustración]

[Ilustración]

LIBRO TERCERO

EL CABALLERO DE LA VERDE ESPADA

CAPÍTULO PRIMERO

LA MUERTE DEL ENDRIAGO

_Durante los años siguientes, Amadís, que por su enojo con el rey

Lisuarte no podía volver a la corte de la Gran Bretaña y estaba

privado de ver a su amada Oriana, con el nombre del Caballero de la

Verde Espada --por una que a gran honra suya había ganado-- anduvo por

Alemania, Bohemia y Romania, corriendo siempre los más bravos peligros

y realizando descomunales hazañas, tanto que por todas aquellas tierras

no había caballero más famoso que el de la Verde Espada._

_Ganó entonces la amistad de un sabio médico, el maestro Elisabat, que

desde entonces lo acompañó siempre en sus viajes y más de una vez salvó

su vida y las de sus amigos con sus profundos conocimientos en el arte

de curar heridas._

[Ilustración]

_Embarcóse para pasar a la corte del Emperador de Constantinopla, y

yendo por la mar navegando_ con muy buen viento, súbitamente tornando

al contrario, como muchas veces acaece, fué la mar tan embravecida, tan

fuera de compás, que ni la fuerza de la fusta, que grande era, ni la

sabiduría de los mareantes no pudieron tanto resistir, que muchas veces

en peligro de ser anegada no fuese; las lluvias eran tan espesas e los

vientos tan apoderados y el cielo tan escuro, que en gran desesperación

estaban de ser las vidas remediadas. Así andovieron ocho días, sin

saber ni atinar a cuál parte de la mar andoviesen, sin que la tormenta

un punto ni momento cesase; en cabo de los cuales, con la gran fuerza

de los vientos, una noche, antes que amaneciese, la fusta a la tierra

llegada fué tan reciamente, que por ninguna guisa la podían despegar;

esto dió gran consuelo a todos, como si de muerte a la vida tornados

fueran; mas _después_ reconociendo los marineros en la parte que

estaban, sabiendo ser allí la ínsola que del Diablo se llamaba, donde

una bestia fiera toda la había despoblado, en dobladas angustias y

dolores sus ánimos fueron, teniéndolo en muy mayor grado de peligro que

el que en la mar esperaban.

_Los marineros, llenos de espanto, agotaban en vano sus fuerzas

luchando por apartar de allí a la nave, y el maestro Elisabat, en

tanto, describíale a Amadís cómo era la espantable criatura, hija de

horrendo pecado, que señoreaba la isla._ Tenía el cuerpo y el rostro

cubierto de pelo, y encima había conchas, sobrepuestas unas sobre

otras, tan fuertes, que ninguna arma las podía pasar, e las piernas

e pies eran muy gruesos y recios, y encima de los hombros había alas

tan grandes, que fasta los pies le cobrían, e no de péñolas, mas de un

cuero negro como la pez, luciente, velloso, tan fuerte, que ninguna

arma las podía empecer, con las cuales se cobría como lo ficiese un

hombre con un escudo; y debajo dellas le salían brazos muy fuertes,

así como de león, todos cobiertos de conchas más menudas que las del

cuerpo, e las manos había de hechura de águila, con cinco dedos, e las

uñas tan fuertes e tan grandes, que en el mundo non podía ser cosa tan

fuerte que entre ellas entrase, que luego no fuese desfecha. Dientes

tenía dos en cada una de las quijadas, tan fuertes y tan largos, que de

la boca un codo le salían, e los ojos grandes y redondos, muy bermejos,

como brasas; así que, de muy lueñe, siendo de noche, eran vistos, e

todas las gentes huían dél. Saltaba e corría tan ligiero, que no había

venado que por pies se le podiese escapar; comía y bebía pocas veces,

e algunos tiempos ningunas, que no sentía en ello pena ninguna; toda

su holganza era matar hombres e las otras animalías vivas, e cuando

fallaba leones e osos, que algo se le defendían, tornaba muy sañudo,

y echaba por sus narices un humo tan espantable, que semejaba llamas

de fuego, e daba unas voces roncas, espantosas de oír; así que todas

las cosas vivas huían ant’él como ante la muerte; olía tan mal, que no

había cosa que no emponzoñase. Era tan espantoso cuando sacudía las

conchas unas con otras, e facía crujir los dientes e las alas, que no

parecía sino que la tierra facía estremecer.

--Tal es esta animalía, Endriago llamado, como os digo --dijo el

maestro Elisabat--. Esto es lo que yo sé desta mala y endiablada bestia.

El Caballero de la Verde Espada dijo:

--Maestro, grandes cosas me habéis dicho, e mucho sofre Dios nuestro

Señor a aquellos que le desirven; pero, al fin, si se no enmiendan,

dales pena tan crecida como ha sido su maldad; e agora os ruego,

maestro, que digáis de mañana misa, porque yo quiero ver a esta ínsola,

e si Él me aderezare, tornarla a su santo servicio.

Aquella noche pasaron con gran espanto, así de la mar, que muy brava

era, como del miedo que del Endriago tenían, pensando que saldría

a ellos de un castillo que allí cerca tenía, donde muchas veces

albergaba; y el alba del día venida, el maestro cantó misa, y el

Caballero de la Verde Espada la oyó con mucha homildad, rogando a Dios

le ayudase en aquel peligro que por su servicio se quería poner; e si

su voluntad era que su muerte allí fuese venida, Él por la su piedad

le hobiese merced al alma. E luego se armó e fizo sacar su caballo en

tierra, e Gandalín con él, e dijo a los de la nao:

--Amigos, yo buscaré esta bestia por estas montañas, e si della escapo,

_tocará la bocina Gandalín y_ tornarme he a vosotros; e si no, haced lo

que mejor vierdes.

Cuando esto oyeron ellos, fueron muy espantados, más que de ante eran;

porque aun allí dentro en la mar todos sus ánimos no bastaban para

sofrir el miedo del Endriago, e por más afrenta y peligro que la

braveza grande de la mar le tenían.

Entonces se partió el Caballero de la Verde Espada dellos, quedando

todos llorando, y _él iba_ con aquel esfuerzo y semblante que su bravo

corazón le otorgaba, et Gandalín en pos dél, llorando fuertemente,

creyendo que los días de su señor con la fin de aquel día la habrían

ellos. El Caballero volvió a él, e díjole riendo:

Libros de caballerías Selección · 第 5 / 12 段