E puso unas letras en el padrón de cobre que decían: “De aquí pasarán

los caballeros en que gran bondad de armas hobiere; cada uno según

su valor, así pasarán adelante.” E puso otras letras en el padrón de

piedra que decían: “De aquí no pasará sino el caballero que de bondad

de armas a Apolidón pasará.” Y encima de la puerta de la cámara puso

unas letras que decían: “Aquel que me pasare de bondad entrará en la

rica cámara y será señor desta ínsola; e así llegarán las dueñas e

doncellas; así que, ninguna entrará dentro si a vos de hermosura no

pasare.” E hizo con su sabidoría tal encantamento, que con doce pasos

al derredor ninguno a la cámara llegar podía, ni tenía otra entrada

sino por la vía de los padrones que habéis oído, e mandó que en aquella

ínsola hobiese un gobernador que la rigiese e cogiese las rentas

della, y fuesen guardadas para aquel caballero que ventura hobiese de

entrar en la cámara e fuese señor de la ínsola; e mandó que los que

falleciesen en lo del arco de los amadores que sin les hacer honra los

echasen fuera, e a los que lo acabasen los sirviesen; e dijo más, que

los caballeros que la cámara probasen e no podiesen entrar al padrón de

cobre, que dejasen allí las armas, e los que algo del padrón pasasen,

que no les tomasen sino las espadas, e los que al padrón de mármol

llegasen que no les tomasen sino los escudos; e si tales viniesen

que deste padrón pasasen e no podiesen entrar, que les tomasen las

espuelas; e a las doncellas e dueñas que no les tomasen cosa, salvo que

diciendo sus nombres los pusiesen en la puerta del castillo, señalando

a do cada una había llegado, e dijo:

--Cuando esta isla hobiere señor se desfará el encantamento para los

caballeros, que libremente podrán pasar por los padrones y entrar en la

cámara; pero no lo será para las mujeres fasta que venga aquella que

por su gran hermosura la aventura acabará, e albergare dentro en la

rica cámara con el caballero que el señorío habrá ganado.

Esto así hecho, Apolidón e Grimanesa, dejando a tal recaudo la Ínsola

Firme como oído habéis, en sus naos partieron dende e pasaron en

Grecia, donde fueron emperadores e hobieron hijos que en el imperio

después de sus días sucedieron.

CAPÍTULO SEGUNDO

EL ARCO DE LOS LEALES AMADORES

_Volvamos ahora a Amadís y sus acompañantes que con la doncella y el

gobernador, que había salido a recibirlos_, se fueron al castillo por

donde toda la ínsola se mandaba, que no era sino aquella entrada, que

sería una echadura de arco de tierra firme, todo lo al estaba de la mar

rodeado, aunque en la ínsola había siete leguas en largo e cinco en

ancho; e por aquello que era ínsola, e por lo poco que de tierra firme

tenía, llamáronla Ínsola Firme.

Pues allí llegados, entrando por la puerta, vieron un gran palacio

las puertas abiertas e muchos escudos en él, puestos en tres maneras,

que bien ciento dellos estaban acostados a unos poyos, e sobre ellos

algunos estaban más altos, y en otro poyo sobre los diez estaban dos,

y el uno dellos estaba más alto que el otro más de la meitad. Amadís

preguntó que por qué los pusieron así, e dijéronle que así era la

bondad de cada uno cuyos los escudos eran, que en la cámara defendida

quisieron entrar; e los que no llegaron al padrón de cobre estaban los

escudos en tierra y los diez que llegaron al padrón estaban más altos,

y de aquellos dos el más bajo pasó por el padrón de cobre, mas no pudo

llegar al otro; y el que estaba más alzado llegó al padrón de mármol,

que no pasó más adelante.

Desque Amadís vió los escudos mucho dudó aquella aventura, pues que

tales caballeros no la acabaron. E salieron del palacio e fueron

al arco de los leales amadores, y llegando al sitio que la entrada

defendía, Agrajes, _que estaba muy enamorado de una gentil doncella

llamada Olinda_, se llegó al mármol, y decendiendo de su caballo e

encomendándose a Dios, dijo:

--Amor, si vos he sido leal, membradvos de mí.

E pasó el marco, y llegando so el arco, la imagen que encima estaba

comenzó un són tan dulce, que Agrajes y todos los que lo oían sentían

gran deleite; y llegó al palacio donde las imágines de Apolidón y de

Grimanesa estaban, que no les pareció sino propiamente vivas; e miró el

jaspe e vió allí dos nombres escriptos, y el suyo.

Entrando Agrajes, como oís, so el arco de los leales amadores, Amadís

dió su caballo e sus armas a su escudero Gandalín, e fuése adelante

lo más presto que él pudo sin temor ninguno, como aquel que sentía

no haber errado a su señora, no solamente por obra, mas por el

pensamiento; e como fué so el arco, la imagen comenzó a facer un són

mucho más diferenciado en dulzura que a los otros hacía, e por la boca

de la trompa lanzaba flores muy fermosas, que gran olor daban, e caían

en el campo muy espesas; así que nunca a caballero que allí entrase

fué lo semejante hecho, e pasó donde eran las imágines de Apolidón e

Grimanesa, e con mucha afición las estovo mirando, paresciéndole muy

hermosas e tan frescas como si vivas fuesen.

Don Galaor e Florestán, que de fuera los atendían, viendo que tardaban,

acordaron de ir a ver la cámara defendida, _y, llegados a ella, don

Florestán_, encomendándose a Dios, e poniendo su escudo delante, e la

espada en la mano, fué adelante, y entrando en lo defendido, sintióse

herir de todas partes con lanzas y espadas de tan grandes golpes e tan

espesos, que le semejaba que ningún hombre lo podría sofrir; mas como

él era fuerte e valiente de corazón, no quedaba de ir adelante firiendo

con su espada a una e a otra parte, e parescíale en la mano que fería

hombres armados, y que la espada no cortaba; así pasó el padrón de

cobre y llegó fasta el de mármol, e allí cayó, e no pudo ir más

adelante, tan desapoderado de toda su fuerza, que no tenía más sentido

que si muerto fuese; e luego fué lanzado fuera del sitio, como lo

facían a los otros. Don Galaor, que así lo vió, hobo dél mucho pesar,

_pero también él quiso probar la cámara defendida_; tomó sus armas, y

encomendándose a Dios, fuése contra la puerta de la cámara, e luego

le firieron de todas partes de muy duros e grandes golpes, e con gran

cuita llegó al padrón de mármol e abrazóse con él, y detóvose un poco;

mas cuanto un paso dió adelante fué tan cargado de golpes, que no lo

pudiendo sofrir, cayó en tierra, así como don Florestán, con tanto

desacuerdo, que no sabía si era muerto ni si vivo; e luego fué lanzado

fuera, así como los otros.

Amadís e Agrajes, que gran pieza habían andado por la huerta,

tornáronse a las imágines, e vieron allí en el jaspe su nombre

escripto, que decía: “Este es Amadís de Gaula, el leal enamorado, fijo

del rey Perión de Gaula.” E así estando leyendo las letras con gran

placer, llegó al marco el enano dando voces, e dijo:

--Señor Amadís, acorred, que vuestros hermanos son muertos.

E como esto oyó, salió de allí presto, e Agrajes tras él, y preguntando

al enano qué era lo que decía, dijo:

--Señor, probáronse vuestros hermanos en la cámara e no la acabaron, y

quedaron tales como muertos.

Agrajes, como era de gran corazón, al mayor paso que pudo se fué con su

espada en la mano contra la cámara, firiendo a una e a otra parte; mas

no bastó su fuerza de sofrir los golpes que le dieron, e cayó entre el

padrón de cobre y el de mármol, e atordido como los otros, lo llevaron

fuera.

Amadís comenzó a maldecir la venida que allí ficieran, e díjole a don

Galaor, que ya cuasi en su acuerdo estaba:

--Hermano, no puedo excusar mi cuerpo de lo no poner en el peligro que

los vuestros.

Galaor lo quisiera detener, mas él tomó presto sus armas e fuése

adelante, rogando a Dios que le ayudase; e cuando llegó al lugar

defendido paró un poco e dijo:

--¡Oh mi señora Oriana! De vos me viene a mí todo el esfuerzo e

ardimiento; membradvos, señora, de mí a esta sazón, en que tanto

vuestra sabrosa membranza me es menester.

E luego pasó adelante, e sintióse ferir de todas partes duramente, y

llegó al padrón de mármol, e pasando dél, parecióle que todos los del

mundo eran a lo ferir, e oía gran ruido de voces como si el mundo se

fundiese, e decían:

--Si este caballero tornáis, no hay agora en el mundo otro que aquí

entrar pueda.

Pero él con aquella cuita no dejaba de ir adelante, cayendo a las veces

de manos, e otras de rodillas; e la espada, con que muchos golpes

diera, había perdido de la mano, e andaba colgada de una correa, que no

la podía cobrar; así llegó a la puerta de la cámara e vió una mano que

le tomó por la suya e lo metió dentro, e oyó una voz que dijo:

--Bien venga el caballero que pasando de bondad a aquel que este

encantamento fizo, que en su tiempo par no tovo, será de aquí señor.

Aquella mano le pareció grande e dura, como de hombre viejo, y en el

brazo tenía vestida una manga de jamete verde, e como dentro en la

cámara fué, soltóle la mano, que no la vió más, y él quedó descansado

e cobrado en toda su fuerza, e quitándose el escudo del cuello y el

yelmo de la cabeza, metió la espada en la vaina, e gradeció a su señora

Oriana aquella honra que por su causa ganara.

[Ilustración]

A esta sazón todos los del castillo, que las voces oyeran de cómo le

otorgaban el señorío, y le vieron dentro, comenzaron a decir en alta

voz:

--Señor, vemos complido, a Dios loor, lo que tanto deseado teníamos.

Los hermanos, que más acordados eran e vieron cómo Amadís acabara

lo que todos habían faltado, fueron alegres por el gran amor que le

tenían; e como estaban se mandaron llevar a la cámara, y el gobernador

con todos los suyos llegaron a Amadís e por señor le besaron las manos.

Cuando vieron las cosas extrañas que dentro de la cámara había de

labores e riquezas, fueron espantados de lo ver; mas no era nada con un

apartamiento que allí se facía donde Apolidón e su amiga albergaban;

que este era de tal forma, que no solamente ninguno podría alcanzar a

facerlo, mas ni entender cómo facerse podría; y era de tal forma, que

estando dentro, podían ver claramente lo que de fuera se ficiese, e

los de fuera por ninguna guisa no verían nada de los de dentro. Allí

estovieron todos una gran pieza con gran placer los caballeros, porque

en su linaje hobiese tal caballero que pasase de bondad a todos los

del mundo presentes e cien años a zaga; los de la Ínsola por haber

cobrado tal señor, con quien esperaban ser bienaventurados. Isanjo, el

gobernador, dijo a Amadís:

--Señor, bien será que comáis e descanséis, e mañana serán aquí todos

los hombres buenos de la tierra e vos harán homenaje, recibiéndovos por

señor.

Con esto se salieron, y entrados en un gran palacio, comieron de

aquello que aderezado estaba; e folgando aquel día, luego el siguiente

vinieron allí asonados todos los más de la ínsola con grandes juegos

e alegrías; quedando ellos por sus vasallos, tomaron a Amadís por

su señor con aquellas seguridades que en aquel tiempo e tierra se

acostumbraban.

CAPÍTULO TERCERO

LOS CELOS DE ORIANA

_Ardián el enano, que, como todos, ignoraba por completo los amores de

su señor con Oriana, habíale dicho a la princesa, al tiempo de partir

para Sobradisa, que Amadís iba a aquel reino con objeto de casarse con

la hermosa niña Briolanja, luego de reponerla en el trono. Oriana,

oídas estas palabras, a pesar de las advertencias de Mabilia y de la

Doncella de Denamarca, sus consejeras, no pudo menos de escribir la

siguiente carta_:

CARTA QUE LA SEÑORA ORIANA ENVÍA A SU AMANTE AMADÍS

“Mi rabiosa queja, acompañada de sobrada razón, da lugar a que la flaca

mano declare lo que el triste corazón encobrir no puede contra vos el

falso y desleal caballero Amadís de Gaula; pues ya es conoscida la

deslealtad e poca firmeza que contra mí, la más desdichada y menguada

de ventura sobre todas las del mundo, habéis mostrado, mudando

vuestro querer de mí, que sobre todas las cosas vos amaba, poniéndole

en aquella que, según su edad, para la amar ni conoscer su discreción

basta; e pues otra venganza mi sojuzgado corazón tomar no puede, quiero

todo el sobrado y mal empleado amor que en vos tenía apartarlo. ¡Oh

qué mal empleé e sojuzgué mi corazón, que en pago de mis sospiros

e pasiones, burlada y desechada fuese! E pues este engaño es ya

manifiesto, no parezcáis ante mí ni en parte donde yo sea; porque sed

cierto que el muy encendido amor que vos había es tornado, por vuestro

merescimiento, en muy rabiosa e cruel saña; e con vuestra quebrantada

fe e sabios engaños id a engañar otra cativa mujer como yo, que así me

vencí de vuestras engañosas palabras, de las cuales ninguna salva ni

excusa serán recebidas; antes, sin vos ver, plañiré con mis lágrimas mi

desastrada ventura e con ellas daré fin a mi vida, acabando mi triste

planto.”

Acabada la carta, cerróla con sello de Amadís muy conocido, e puso en

el sobrescrito: “Yo soy la doncella ferida de punta de espada por el

corazón, e vos sois el que me feristes.” E fablando en gran secreto con

un doncel que Durín se llamaba, hermano de la doncella de Denamarca, le

mandó que no holgase fasta _que hallara_ a Amadís, e aquella carta le

diese.

_El Doncel, siguiendo los pasos de Amadís, llegó a la Ínsola Firme

cuando el caballero tomaba posesión de ella de la gloriosa manera que

sabéis, y fué testigo de cómo todos sus moradores le rendían vasallaje.

Después procuró verse a solas con el nuevo señor de la isla y le

entregó lo que para él traía._

Amadís tomó la carta, e aunque su corazón grande alegría sintiese con

ella, temiendo que Durín nada de su secreto sabía, encubrió lo más

que pudo; y la tristeza no pudo facer, que habiendo leído las fuertes

e temerosas palabras que en ella venían, no bastó el esfuerzo ni el

juicio que claramente no mostrase ser llegado a la cruel muerte, con

tantas lágrimas, con tantos sospiros, que no parecía sino ser hecho

pedazos su corazón, quedando tan desmayado e fuera de sentido, como si

el ánima ya de las carnes partida fuera. Durín, que mucho sin sospecha

desto estaba, cuando aquello vió, llorando muy fuertemente maldecía a

sí e a su ventura e a la muerte porque antes que allí llegase no le

había sobrevenido.

Amadís, no podiendo estar en pie, sentóse en la yerba que allí

estaba, e tomó la carta que se le había de las manos caído, e cuando

vió el sobrescripto, su cuita fué tan sin medida, que por una pieza

estuvo amorrecido, de que Durín fué muy espantado; mas seyendo ya él

recordado, dijo con gran dolor:

--Señor Dios, ¿por qué vos plugo de me dar muerte sin merescimiento?

E después dijo:

--¡Ay lealtad, qué mal galardón dais a aquel que vos nunca faltó!

Fecistes a mi señora que me falleciese, sabiendo vos que antes mil

veces por la muerte pasaría que pasar su mandado.

E tornando a tomar la carta, dijo:

--Vos sois la causa de la mi dolorosa fin, e porque más cedo me

sobrevenga iréis comigo.

E metióla en su seno e dijo a Durín:

--¿Mandáronte otra cosa que me dijeses?

--No --dijo él.

--Pues llevarás mi mandado --dijo Amadís.

--No, señor --dijo él--; que me defendieron que lo no llevase.

--E Mabilia e tu hermana ¿no te dijeron algo que me dijeses?

--No supieron --dijo Durín-- de mi venida; que mi señora me mandó que

dellas la encobriese.

--¡Ay, santa María, valme! --dijo Amadís--; agora veo que la mi

desventura es sin remedio.

Entonces dijo a Durín que llamase a Gandalín e Isanjo, el gobernador, e

como él vino díjole:

--Quiero que como leal caballero me prometades que fasta mañana,

después que mis hermanos oyeren misa, no diréis ninguna cosa de cuanto

agora veréis.

Él así lo prometió, e otra tal fianza tomó de aquellos dos escuderos;

luego mandó a Isanjo que le ficiese tener secretamente abierta la

puerta del castillo, e Gandalín que sacase sus armas e caballo fuera

sin que persona lo sintiese.

_A escondidas de todos salió con Isanjo y sus hijos del castillo._

Amadís iba sospirando e gimiendo con tanta angustia e dolor, que los

que lo veían eran puestos en dolor en así lo ver; e demandando las

armas, se armó, e volviéndose a Gandalín, le tomó entre sus brazos

llorando fuertemente; e así lo tuvo una pieza sin que hablar le

pudiese, e díjole:

--Mi buen amigo Gandalín, yo e tú fuimos en uno e a una leche criados,

e nuestra vida siempre fué de consuno, e yo nunca fuí en afán ni en

peligro en que tú no hobieses parte; e tu padre me sacó de la mar tan

pequeña cosa como desa noche nacido; e criáronme como buen padre e

madre a fijo mucho amado; e tú, mi leal amigo, nunca pensastes sino

en me servir; e yo, esperando que Dios me daría alguna honra con que

algo de tu merescimiento satisfacer podiese, hame venido esta tan gran

desaventura, que por más cruel que la propia muerte la tengo, donde

conviene que nos partamos, e yo no tengo qué te dejar sino solamente

esta ínsola; e mando a Isanjo e a todos los otros, por el homenaje que

me tienen fecho, que tanto que de mi muerte sepan te tomen por señor;

e como quiera que este señorío tuyo sea, mando que lo gocen tu padre e

madre en sus días, e después a ti libre quede.

Gandalín le dijo:

--Señor, nunca vos cuita hobistes en que de vos yo fuese partido, ni

agora lo seré por ninguna cosa; e si vos morierdes, yo no quiero vivir;

que después de la vuestra muerte nunca Dios me dé honra ni señorío.

--Cállate, por Dios --dijo Amadís--; no digas tal locura ni me fagas

pesar, pues lo nunca feciste, e cúmplase lo que yo quiero.

_Despidióse entonces de todos, abrazándoles y diciéndoles:_

--A Dios vos encomiendo; que nunca pienso de jamás os ver.

E defendiéndoles que en ninguna manera fuesen en pos dél, puso las

espuelas a su caballo sin se le acordar de tomar el yelmo ni escudo ni

lanza, e metióse muy presto por la espesa montaña, no a otra parte sino

adonde el caballo lo quería llevar, e así anduvo hasta más de la media

noche sin sentido ninguno, hasta que el caballo topó en un arroyuelo de

agua que de una fuente salía, e con la sed se fué por él arriba hasta

que llegó a beber en ella; e dando las ramas de los árboles a Amadís

en el rostro, recordó en su sentido, e miró a una e otra parte, mas no

vió sino espesas matas, e hobo gran placer, creyendo que muy apartado y

escondido estaba; e tanto que su caballo bebió apeóse dél, e atándole

a un árbol, se asentó en la yerba verde para facer su duelo; mas tanto

había llorado, que la cabeza tenía desvanecida; así que se adormeció.

CAPÍTULO CUARTO

EL ERMITAÑO

_Vagó Amadís, sin tomar alimento ni descanso, por lo más escondido de

aquellas montañas, hasta que, de allí a dos días, al caer la tarde_,

entró en una gran vega que al pie de una montaña estaba, y en ella

había dos árboles altos, que estaban sobre una fuente, e fué allá por

dar agua a su caballo, que todo aquel día andoviera sin fallar agua;

e cuando a la fuente llegó vió un hombre de orden, la cabeza e barbas

blancas, e daba beber a un asno, y vestía un hábito muy pobre de lana

de cabras. Amadís le saludó, e preguntóle si era de misa; el hombre

bueno le dijo que bien había cuarenta años que lo era.

--A Dios merced --dijo Amadís--; agora vos ruego que folguéis aquí esta

noche por el amor de Dios, e oírme heis de penitencia, que mucho lo he

menester.

--En el nombre de Dios --dijo el buen hombre.

Amadís se apeó e puso las armas en tierra, y desensilló el caballo y

dejólo pacer por la yerba, y él desarmóse e fincó los hinojos ante el

buen hombre, e comenzóle a besar los pies. El hombre bueno lo tomó por

la mano, e alzándolo, lo fizo sentar cabe sí, e vió cómo era el más

hermoso caballero que en su vida visto había, pero vióle descolorido,

e las faces e los pechos bañados en lágrimas que derramaba, e hobo dél

duelo e dijo:

--Decid todos los pecados que se os acordaren.

Amadís así lo fizo, diciéndole toda su facienda, que nada faltó.

El hombre bueno le dijo:

--Según vuestro entendimiento y el linaje tan alto donde venís, no os

debríades matar ni perder por ninguna cosa que vos aviniese, cuanto más

por fecho de mujeres; e vos consejo que no paréis en tal cosa mientes e

vos quitéis de tal locura, que lo fagáis por amor de Dios, a quien no

place de tales cosas.

--Buen señor --dijo Amadís--, yo soy llegado a tal punto, que no puedo

vivir sino muy poco, e ruégoos por aquel Señor poderoso, cuya fe vos

mantenéis, que vos plega de me llevar con vos este poco de tiempo que

durare, e habré con vos consejo de mi alma; pues que ya las armas ni el

caballo no me facen menester, dejarlo he aquí, e iré con vos de pie,

faciendo aquella penitencia que me mandardes.

Y el hombre bueno comenzó de llorar con gran pesar que dél había; así

que las lágrimas le caían por las barbas, que eran largas y blancas, e

díjole:

--Mi fijo señor; yo moro en un lugar muy esquivo e trabajoso de vivir,

que es una ermita metida en la mar bien siete leguas, en una peña muy

alta, y es tan estrecha la peña, que ningún navío a ella se puede

llegar sino es en el tiempo del verano; e allí moro yo ha treinta años,

e quien allí morare conviénele que deje los vicios e placeres del

mundo, e mi mantenimiento es de limosnas que los de la tierra me dan.

--Todo eso --dijo Amadís-- es a mi grado, e a mí place de pasar con vos

tal vida, esta poca que queda, e ruégovos por amor de Dios que me lo

otorguéis.

El hombre bueno gelo otorgó, mucho contra su voluntad, e Amadís le dijo:

--Agora me mandad, padre, lo que faga; que en todo vos seré obediente.

El hombre bueno le dió la bendición, e luego dijo vísperas, e sacando

de una alforja pan y pescado, dijo a Amadís que comiese; mas él no lo

hacía, aunque pasaran ya tres días que no comiera; él dijo:

--Vos habéis de estar a mi obediencia, e mándoos que comáis; si no,

vuestra alma sería en gran peligro si así moriésedes.

Entonces comió, pero muy poco; que no podía de sí partir aquella grande

angustia en que estaba; e cuando fué hora de dormir el buen hombre se

echó sobre su manto e Amadís a sus pies, que en todo lo más de la noche

no hizo, con la gran cuita, sino revolverse e dar grandes sospiros; e

ya cansado y vencido del sueño, adormecióse.

_A la otra mañana pusiéronse en camino, el ermitaño en su asno y Amadís

en su caballo, porque el religioso así se lo mandó._ El hombre bueno lo

iba mirando, como era tan hermoso y de tan buen talle, e la gran cuita

en que estaba, e dijo:

--Yo vos quiero poner un nombre que será conforme a vuestra persona

e angustia en que sois puesto; que vos sois mancebo e muy fermoso; e

vuestra vida está en grande amargura y en tinieblas; quiero que hayáis

nombre Beltenebrós.

Amadís plugo de aquel nombre, e tovo al buen hombre por entendido en

gele haber con tan gran razón puesto, e por este nombre fué él llamado

en cuanto con él vivió, y después gran tiempo; que no menos que por el

de Amadís fué loado, según las grandes cosas que hizo, como adelante se

dirá.

Pues fablando en esto y en otras cosas, llegaron a la mar siendo noche

cerrada, e fallaron hí una barca en que habían de pasar al hombre bueno

a su ermita, y Beltenebrós dió su caballo a los marineros, y ellos le

dieron un pelote e un tabardo de gruesa lana parda, y entraron en la

barca e fuéronse contra la peña; y Beltenebrós preguntó al buen hombre

cómo llamaban aquella su morada, y él cómo había nombre.

--La morada --dijo él-- es llamada la Peña Pobre, porque allí no puede

morar ninguno sino en gran pobreza, e mi nombre es Andalod, e fuí

clérigo asaz entendido, e pasé mi mancebía en muchas vanidades; _mas

después_ acordé de me retraer a este logar tan solo, donde ya pasan de

treinta años que nunca dél salí sino agora, que vine a un enterramiento

de una mi hermana.

Mucho se pagaba Beltenebrós de la soledad y esquiveza de aquel lugar, y

en pensar de allí morir recebía algún descanso; así fueron navegando en

su barca fasta que a la peña llegaron.

Así como oís fué encerrado Amadís, con nombre de Beltenebrós, en

aquella Peña Pobre, metida siete leguas en la mar, desamparando el

mundo e la honra e aquellas armas con que en tan grande alteza puesto

era, consumiendo sus días en lágrimas y en continuos lloros, no

habiendo memoria de _sus hazañas_.

_¿Quién podría pintar ahora la desesperación de Oriana cuando supo

por su mensajero cómo había pasado Amadís bajo el Arco de los Leales

Amadores y conoció lo infundado de sus celos? ¿Quién sabría decir la

fuerza de su dolor al describirle Durín el extremado duelo que después

de leída la carta de su señora el caballero había hecho y cómo se había

marchado solo por las selvas con rumbo incierto, cercano a la muerte?_

_A punto de perecer estuvo también, con tales nuevas, la enamorada

princesa; no encontraban consuelo para ella sus amigas y confidentes.

Acordóse por fin que la Doncella de Denamarca partiera en busca de

Amadís, con una carta en que su señora le pedía perdón con muy

humildes palabras y le suplicaba que fuera a verla en secreto al

castillo de Miraflores, bella posesión de campo, a dos leguas de

Londres, que el rey Lisuarte había regalado a su hija Oriana y donde

ésta solía pasar algunas temporadas, con sus damas e doncellas._

_Los caballeros de la familia de Amadís también salieron a recorrer el

mundo en busca de su famoso pariente, pero iban pasando los meses y por

ninguna parte se encontraban huellas del desaparecido caballero. Era ya

como si hubiera muerto._

CAPÍTULO QUINTO

LA PEÑA POBRE

Libros de caballerías Selección · 第 4 / 12 段