E abajando la lanza, y el caballero la suya, se dejaron correr contra

sí cuanto los caballos los podían llevar, e firiéronse de las lanzas en

los escudos; así que luego fueron quebradas, e la del Rey quebró tan

ligero, que sólo no la sintió en la mano, e cuidó que fallesciera de su

golpe, e puso mano al espada, e el caballero a la suya, e firiéronse

por cima de los yelmos, e la espada del caballero entró bien la media

por el yelmo del Rey, mas la del Rey quebró luego por cabe la manzana,

e cayó el fierro en el suelo. Entonces conoció que era traición, y el

caballero le comenzó a dar golpes por todas partes a él e al caballo;

e cuando el Rey vió que el caballo le mataba fuése a abrazar con él, y

el otro asimismo con él, e tiraron por sí tan fuerte, que cayeron en

tierra, y el caballero cayó debajo, y el Rey tomó la espada que el otro

perdiera de la mano, e comenzóle a dar con ella los mayores golpes que

podía. La doncella, que esto vió, dió grandes voces, diciendo:

--¡Ay, Arcalaus!; acorre, que mucho tardas, e dejas morir tu cohermano.

Cuando el Rey así estaba por matar el caballero, oyó un grande

estruendo, e volvió la cabeza e vió diez caballeros que contra él

venían corriendo, e uno venía delante, diciendo a grandes voces:

--Rey Lisuarte, muerto eres; que nunca un día reinarás ni tomarás

corona en la cabeza.

Cuando esto oyó el Rey fué muy espantado, e temióse de ser muerto, e

dijo con gran esfuerzo, que siempre tuvo e tenía:

--Bien puede ser que moriré, pues tanta ventaja me tenéis; mas todos

moriréis por mí, como traidores e falsos que sois.

_Atacáronlo todos juntos, y aunque Lisuarte se defendió con bravura

e hirió a varios de ellos, acabaron por desarmarlo y echarle_ una

gruesa cadena a la garganta, en que había dos ramales, e ficiéronle

cabalgar en un palafrén; e tomándole sendos caballeros por los ramales,

comenzáronse de ir con él; e llegando entre los árboles, en un valle

hallaron a Arcalaus, que tenía a Oriana e a la doncella de Denamarca; y

el caballero que iba ante el Rey, dijo:

--Cohermano, vedes aquí el rey Lisuarte.

--Cierto --dijo él--; buena venida fué ésta, e yo haré que nunca dél

tema ni de los de su casa.

--¡Ay, traidor! --dijo el Rey--; bien sé yo que harías tú toda traición.

Así movieron todos de consuno por aquella carrera, que se partía en dos

lugares, e Arcalaus llamó a un su doncel e díjole:

--Vete a Londres cuanto pudieres, e di a Barsinan que se trabaje de

ser rey, que yo le terné lo que le dije; que todo es ya a punto.

El doncel se fué luego, e Arcalaus dijo a su compaña:

--Id vos a Daganel con diez caballeros destos, e llevad a Lisuarte e

metedlo en la mi cárcel, e yo llevaré a Oriana con estos cuatro, e

mostrarle he donde tengo mis libros e mis cosas en Monte-Aldín.

Este era de los más fuertes castillos del mundo; pues allí fueron

partidos los diez caballeros con el Rey, e los cinco con Oriana, en que

iba Arcalaus, dando a entender que su persona valía tanto como cinco

caballeros.

CAPÍTULO UNDÉCIMO

LA LIBERTAD DE ORIANA

Veniendo Amadís e Galaor por el camino de Londres, siendo a dos leguas

de la ciudad, vieron venir a Ardian el enano cuanto más el rocín lo

podía llevar. _El cual_ llegó a ellos e contóles todas las nuevas cómo

llevaban a Oriana.

--¡Ay, santa María, val! --dijo Amadís--; ¿e por dónde van los que la

llevan?

--Cabe la villa es el más derecho camino --dijo el enano.

Amadís firió al caballo de las espuelas, e comenzó de ir cuanto más

podía, así tollido, que solamente no podía hablar a su hermano, que iba

en pos dél. Así pasaron entrambos cabe la villa de Londres cuanto los

caballos los podían llevar, que sólo no cataban por nada, sino Amadís,

que preguntaba a los que veía por dónde llevaban a Oriana, y ellos gelo

mostraban.

Pasando Gandalín por so las finiestras donde estaba la Reina e otras

muchas mujeres, la Reina lo llamó e díjole:

--Di a _tu señor_ e a Galaor que el Rey se fué de aquí hoy en la mañana

con una doncella, e no tornó, ni sabemos dónde lo llevó.

Gandalín fuése cuanto más pudo, _hasta reunirse con su señor_. E a poco

rato encontraron unos leñadores, e aquellos vieron toda la aventura

del Rey e de Oriana; mas no sopieron quién eran, ni a ellos se osaron

allegar; antes se escondieron en las matas más espesas, e el uno dellos

dijo:

--Caballeros, ¿venís vos de Londres?

--E ¿por qué lo preguntáis? --dijo Galaor.

--Porque si ha de allá caballero menos o doncella --dijo él--; que nos

vimos aquí una aventura.

Entonces les dijeron cuanto vieran de Oriana e del Rey, y ellos

conocieron luego que el Rey fuera preso a traición; e díjoles Amadís:

--¿Sabéis quién eran, e quién prendió a ese rey?

--No --dijo él--, mas oí a la doncella que lo aquí trajo llamar a

grandes voces a Arcalaus.

--¡Ay, Señor Dios! --dijo Amadís--, plega a vos de me juntar con aquel

traidor.

Los villanos les fueron mostrar por dónde llevaron los diez caballeros

al Rey, e los cinco a Oriana, e dijo el villano:

--El uno de los cinco era el mejor caballero que nunca vi.

--¡Ay! --dijo Amadís--, aquel es el traidor de Arcalaus.

E dijo a Galaor:

--Hermano, señor, id vos en pos del Rey, e Dios guíe a mí e a vos.

E firiendo el caballo de las espuelas, se fué por aquella vía, e Galaor

por la que al Rey llevaban, a cuanto más andar podían.

Partido Amadís de su hermano, cuitóse tanto de andar, que cuando el

sol se quería poner le cansó el caballo, tanto, que de paso no lo

podía sacar; e yendo con mucha congoja, vió a la mano diestra cabe una

carrera un caballero muerto, y estaba cabe él un escudero que tenía por

la rienda un gran caballo. Amadís se llegó a él e díjole:

--Amigo, ¿quién mató ese caballero?

--Matóle --dijo el escudero-- un traidor que acá va, e lleva las más

hermosas doncellas del mundo forzadas; matóle, no por otra razón sino

por le preguntar quién eran, e yo no puedo haber quien me ayude a lo

llevar de aquí.

Amadís le dijo:

--Yo te dejaré este mi escudero que te ayude, e dame ese caballo; e

prométote de darte dos caballos mejores por él.

El escudero gelo otorgó. Amadís subió en el caballo, que era muy

hermoso, e partiendo de allí, comenzó de se ir por el camino cuanto

podía; e hallóse ya cerca del día en un valle donde vió una ermita,

e fué allá por saber si moraba hi alguno; e hallando un ermitaño,

le preguntó si pasaran por allí cinco caballeros que llevaban dos

doncellas.

--Señor --dijo el hombre bueno--, no pasaron que los yo viese; mas

¿vistes vos un castillo que allá queda?

--No --dijo Amadís--; e ¿por qué lo decís?

--Porque --dijo él-- agora se va de aquí un doncel mi sobrino, que me

dijo que albergara hí Arcalaus el Encantador, e traía unas hermosas

doncellas forzadas.

--Por Dios --dijo Amadís--, pues ese traidor busco yo.

--Cierto --dijo el ermitaño--, él ha hecho mucho mal en esta tierra;

mas ¿no traéis otra ayuda?

--No --dijo Amadís--, sino la de Dios.

--Señor --dijo el ermitaño--, ¿no decís que son cinco, e Arcalaus, que

es el mejor caballero del mundo e más sin pavor?

--Sea él cuanto quisiere --dijo Amadís--; que él es traidor e soberbio,

e así lo serán los que le aguardan, e por esto no les dudaré. Ruégovos

que me hayáis mientes en vuestras oraciones, e mostradme el camino que

al castillo guía.

El hombre bueno gelo mostró, e Amadís anduvo tanto, que llegó a él, e

vió que había el muro alto e las torres espesas; e llegóse a él, mas no

oyó hablar a ninguno dentro, e plúgole, que bien cuidó que Arcalaus no

sería aún salido, e anduvo el castillo al rededor, e vió que no había

más de una puerta.

Entonces se tiró afuera entre unas peñas, e apeándose del caballo,

tomóle por la rienda y estuvo quedo, teniendo siempre los ojos en la

puerta, como aquel que no había sabor de dormir. A esta sazón rompía

el alba, e cabalgando en su caballo tiróse más afuera por un valle;

que hobo recelo, si visto fuese, de poner sospecha que no saldrían los

del castillo, cuidando ser más gente, e subió en un otero cubierto de

grandes y espesas matas. No tardó mucho que vió salir a Arcalaus e

sus cuatro compañeros muy bien armados, y entre ellos la muy hermosa

Oriana, e dijo:

--¡Ay, Dios!; agora e siempre me ayude e me guíe en su guarda.

Oriana iba diciendo:

--Amigo señor, ya nunca os veré, pues que ya se me llega la mi muerte.

Amadís decendiendo del otero lo más ahína que él pudo, entró con ellos

en un gran campo e dijo:

--¡Ay, Arcalaus traidor!; no te conviene llevar tan buena señora.

Oriana, que la voz de su amigo conoció, estremecióse toda; mas Arcalaus

e los otros se dejaron a él correr, y él a ellos, e firió a Arcalaus,

que delante venía, tan duramente, que lo derribó en tierra por sobre

las ancas del caballo, e los otros le firieron, e dellos fallecieron

de sus encuentros; e Amadís pasó por ellos, e tomando muy presto su

caballo, firió al señor del castillo, que era uno dellos, de tal guisa

que el fierro y el fuste de lanza le salió de la otra parte, e cayó

luego muerto, e fué la lanza quebrada. Después metió mano a la espada,

e dejóse ir a los otros, e metióse entre ellos tan bravo e con tanta

saña, que por maravilla era los golpes que les daba; e así le crecía

la fuerza y el ardimiento en andar valiente e ligero, que le parecía,

si el campo todo fuese lleno de caballeros, que le no podían durar e

defender ante la su buena espada.

Haciendo estas maravillas que oídes, dijo la doncella de Denamarca

contra Oriana:

--Señora, acorrida sois, pues aquí es el caballero bienaventurado, e

mirad las maravillas que hace.

Oriana dijo entonces:

--¡Ay, amigo! Dios vos ayude e guarde; que no hay otro en el mundo que

nos acorra ni más valga.

El escudero que la tenía el rocín, poniéndola en tierra, se fué huyendo

cuanto más pudo. Amadís, que entre ellos andaba, trayéndolos a su

voluntad, dió al uno un tal golpe en el brazo, que gelo derribó en

tierra; éste comenzó de huír, dando voces con la rabia de la muerte,

e fué para otro que ya el yelmo de la cabeza le derribara, e hendióle

hasta el pescuezo. Cuando el otro caballero vió tal destruición en sus

compañeros, comenzó de huír cuanto más podía. Amadís, que movía en pos

dél, oyó dar voces a su señora, e tornando presto, vió a Arcalaus, que

ya cabalgara, e que tomando a Oriana por el brazo, la pusiera ante

sí, e se iba con ella cuanto más podía. Amadís fué en pos dél sin

detenencia ninguna, e alcanzólo por aquel gran campo; e alzando la

espada por lo herir, sufrióse de le dar gran golpe, que la espada era

tal, que cuidó que mataría a él e a su señora; e dióle por cima de las

espaldas, que no fué de toda su fuerza; pero derribóle un pedazo de la

loriga e una pieza del cuero de las espaldas.

Entonces dejó Arcalaus caer en tierra a Oriana por se ir más ahína,

que se temía de muerte; y su caballo comenzó de correr de tal forma,

que en poca de hora se alongó gran pieza. Amadís, comoquiera que lo

mucho desamase e desease matar, no fué más adelante por no perder a su

señora, e tornóse donde ella estaba; e descendiendo de su caballo, se

le fué fincar de hinojos delante e le besó las manos, diciendo:

--Agora haga Dios de mí lo que quisiere; que nunca, señora, os cuidé

ver.

Ella estaba tan espantada, que le no podía hablar, e abrazóse con él,

que gran miedo había de los caballeros muertos que cabe ella estaban.

E así estando, como oís, sentado Amadís cabe su señora, que no tenía

esfuerzo para se levantar, llegó Gandalín, que toda la noche andoviera,

e había dejado el caballero muerto en una ermita, con que gran placer

hobieron, _y tomando los caballos de los caballeros vencidos se

pusieron todos camino de Londres_.

CAPÍTULO DUODÉCIMO

LAS PROEZAS DE DON GALAOR

Partido don Galaor de Amadís, su hermano, como ya oístes, entró en

el camino por donde llevaban al Rey, e cuidóse de andar cuanto más

pudo, como aquel que había grande cuita de los alcanzar; e no tenía

mientes en cosa que viese sino en su rastro; e así anduvo hasta hora

de vísperas, que entró en un valle, e halló en él la huella de los

caballos donde habían parado. Entonces siguió aquel rastro cuanto el

caballo lo podía llevar, que le pareció que no podían ir lueñe; mas no

tardó mucho que vió ante sí un caballero todo bien armado en un buen

caballo, que a él salió e le dijo:

--Estad, señor caballero, e decidme qué cuita os hace así correr.

--Por Dios --dijo Galaor--, dejadme de vuestra pregunta, que me detengo

con vos, en que mucho mal puede venir.

--¡Por santa María! --dijo el caballero--, no pasaréis de aquí hasta

que me lo digáis o vos combatáis comigo.

E Galaor no hacía en esto sino irse; y el caballero del valle le dijo:

--Cierto, caballero, vos fuídes habiendo hecho algún mal, e agora vos

guardad, que saberlo quiero.

Entonces fué a él con su lanza bajada, y el caballo al más correr.

E Galaor que el caballo más diestro traía, guardóse del encuentro,

_echándose a un lado_, e no hacía sino ir adelante cuanto podía andar.

El caballero, que su caballo tan presto tener no pudo, cuando tornó vió

que Galaor se le había alongado gran pieza, e dijo:

--Si me Dios ayude, no me vos iréis así.

Y él, que sabía bien la tierra, tomó por un atajo e fuésele poner en un

paso.

Galaor, que lo vió, mucho le pesó, y el caballero le dijo:

--Cobarde, malo, sin corazón; agora escoged de tres cosas cual

quisierdes: o que os combatáis, o vos tornad, o me decid lo que os

pregunto.

--De cualquier me pesa --dijo Galaor--, mas no hacéis como cortés,

que yo no me tornaré, e si me combatiere, no será a mi placer; mas si

queréis saber la priesa que llevo, seguidme y verlo heis, porque me

deternía mucho en vos lo contar, e a la cima no me creeríades; tanto es

de mala ventura.

--En el nombre de Dios --dijo el caballero-- agora pasad, e dígovos

que no iréis este tercero día sin mí.

Galaor pasó adelante, y el caballero en pos dél. _Por el camino toparon

con otro caballero, que resultó pariente del que venía siguiendo a don

Galaor, a quien dió aquél cuenta de lo que con don Galaor le venía

sucediendo, y acordaron irse los dos en su seguimiento._ A esta hora

era ya cerca de la noche. Galaor entró en una floresta, e con la noche

perdió el rastro, e no sabía a cuál parte ir. Estonces comenzó a pedir

merced a Dios que lo guiase e anduvo escuchando de un cabo y de otro

por unos valles, mas no oía nada. _Descansó con unos arrieros parte de

la noche y al alba_ fuése derecho a un otero alto, e desde allí comenzó

de mirar la tierra a todas partes. Estonces los dos cohermanos _que lo

seguían_ vieron a Galaor, e conociéronlo en el escudo, e fueron contra

él; mas ellos, en moviendo, viéronlo decender del otero cuanto su

caballo lo podía llevar, y el _uno_ dijo:

--Ya nos vió e fuye; cierto, yo cuido que por alguna mala ventura anda

así fuyendo y encubriéndose; vayamos tras él.

Mas don Galaor, que muy lejos de su cuidar estaba, viera ya pasar

los caballeros un paso que a la salida de la floresta había, e los

cinco pasaban adelante, e los otros cinco después, y en medio dellos

iban hombres desarmados, y él cuidó que aquellos eran los que al Rey

llevaban, e fué contra ellos tal como aquel que ya su muerte por

salvar la vida ajena tenía ofrecido; e seyendo cerca dellos, vió al Rey

metido en la cadena, e hobo dél tal pesar, que no dudando la muerte, se

dejó correr a los cinco que delante venían e dijo:

--¡Ay, traidores! Por vuestro mal posistes mano en el mejor hombre del

mundo.

E los cinco vinieron contra él; mas él hirió al primero por los

pechos en guisa que el fierro con un pedazo de la asta le salió a las

espaldas, e dió con él muerto en tierra; e los otros le firieron tan

fuerte, que el caballo ficieron con él hinojar, y el uno le metió la

lanza por entre el pecho y el escudo, e perdiéndola, la tomó Galaor, e

fué herir al otro con ella en la cuxa de la pierna, e falsóle el arnés

e la pierna, y entró la lanza por el caballo; así que el caballero fué

tollido e allí quebró la lanza, e poniendo mano a la espada vió venir

todos los otros contra sí, y él se metió entre ellos tan bravo, que no

ha hombre que de verlo no se espantase cómo podía sofrir tantos y tales

golpes como le daban; y estando en esta gran priesa y peligro, por ser

los caballeros muchos, quísole Dios acorrer con los dos cohermanos que

lo seguían, que cuando así lo vieron mucho fueron maravillados de tan

gran bondad de caballero, e dijo el que en pos dél iba:

--Cierto, sin razón culpábamos aquél de cobarde, e vámosle socorrer en

tan gran priesa.

--¿Quién haría al --dijo el otro-- sino acorrer al mejor caballero del

mundo? Y no creáis que tantos hombres acomete sino por algún gran hecho.

[Ilustración]

Entonces se dejaron ir a gran correr de los caballos, e fuéronlos ferir

muy bravamente, como aquellos que eran muy esforzados e sabidores

de aquel menester, e dígovos que el primero había nombre Ladasín el

Esgremidor y el otro don Guilán el Cuidador. A esta sazón había ya

menester Galaor mucho su ayuda; que el yelmo había tajado por muchos

lugares e abollado, y el arnés roto por todas partes, y el caballo

llagado, que cerca andaba de caer; mas por eso no dejaba él de hacer

maravillas e dar tan grandes golpes a los que alcanzaba, que a duro

lo osaban atender; e cuidaba que si su caballo no le falleciese, que

le no durarían, que a la fin no los matase; mas seyendo llegados los

dos cohermanos, como ya oístes, estonces se le paraba a él mejor el

pleito; que ellos se combatían tan bien e con tan gran esfuerzo, que

él se maravilló mucho; e fué tan grande la priesa que les dió, e los

cohermanos en su ayuda, que en poca de hora fueron todos muertos e

vencidos.

Cuando esto vió el cohermano de Arcalaus dejóse ir al Rey por lo

matar; e como los que con él estaban fuyeran todos, él decendiera del

palafrén así con su cadena a la garganta, e tomara un escudo e la

espada del caballero que primero murió. El otro le quiso ferir por

cima de la cabeza. El Rey alzó el escudo, donde rescibió el golpe, e

fué tal, que la espada entró por el brocal bien un palmo, e alcanzó

con la punta della al Rey en la cabeza, e cortóle el cuero e la carne

fasta el hueso; mas el Rey le dió al caballo en el rostro con la espada

tal golpe, que la no pudo sacar, y el caballo enarmonóse e fué caer

sobre el caballero. Galaor, que ya estaba a pie, porque el su caballo

no se podía mudar, e iba por socorrer al Rey, fué para el caballero

por le tajar la cabeza, y el Rey dió voces que le no matase. Los dos

cohermanos que fueran tras un caballero que se les iba e lo habían

muerto, cuando volvieron e vieron al Rey mucho fueron espantados; que

de su prisión no sabían ninguna cosa, e decendieron ahína, e tirados

los yelmos, fueron fincar los hinojos ante él, y él los conoció, e

levantándolos por las manos, dijo:

--Por Dios, amigos, en buena hora me acorristes.

Don Galaor sacó al primo de Arcalaus de so el caballo, e quitando

la cadena al Rey, la puso a él; e tomaron de los caballos de los

caballeros muertos e comenzáronse de ir camino de Londres muy alegres,

_donde también había fracasado totalmente la intriga de Arcalaus,

costándole la vida a Barsinan_.

[Ilustración]

[Ilustración]

LIBRO SEGUNDO

BELTENEBRÓS

CAPÍTULO PRIMERO

LA ÍNSOLA FIRME

_De allí a algún tiempo, regresando Amadís con Agrajes, don Galaor y

don Florestán, hijo también del rey Perión de Gaula, de restablecer

en el trono del reino de Sobradisa a la hermosa niña Briolanja,

que traidoramente había sido desposeída de él por un pariente

suyo, hallaron en despoblado una doncella, acompañada de criadas y

escuderos_, la cual les preguntó adónde era su camino. Amadís le dijo:

--Doncella, a casa del rey Lisuarte imos, e si allá vos place ir,

acompañar vos hemos.

--Mucho vos lo agradezco --dijo ella--, mas yo voy a otra parte, e

porque vos vi andar así armados como los caballeros que las aventuras

demandan, acordé de os atender si querría ir alguno de vosotros a la

Ínsola Firme por ver las extrañas cosas e maravillas que hí son, que

yo allá voy, e soy fija del gobernador que agora la ínsola tiene.

--¡Oh santa María! --dijo Amadís--; por Dios, muchas veces oí decir de

las maravillas de esa ínsola, et por dichoso me ternía de las ver, e

hasta agora no se me aparejó.

--Buen señor, no os pese por lo haber tardado --dijo ella--, que otros

muchos tovieron ese deseo, e cuando lo pusieron en obras no salieron de

allí tan alegres como entraron.

--Verdad decís --dijo él--, según lo que dende he oído; mas decidme:

¿Rodearíamos mucho de nuestro camino si por ende fuésemos?

--Rodearíades dos jornadas --dijo la doncella.

Entonces movieron todos cuatro juntos con la doncella camino de la

Ínsola Firme.

_El sabio Apolidón, hijo de un rey de Grecia, había vivido allí largos

años en la mayor felicidad, con su esposa Grimanesa. Al cabo, siendo

él elegido emperador, hubieron de dejar, con gran pena, la ínsola en

que tan dichosos habían sido, tan bellos edificios habían hecho y

tan grandes riquezas habían acumulado; mas Grimanesa_, habiendo gran

mancilla que una cosa tan señalada como lo era aquella ínsola, donde

tales y tan grandes cosas quedaban, poseída por aquel su grande amigo,

el mejor caballero en armas que en el mundo se hallaba, e por ella, que

por el semejante sobre todas las de su tiempo su gran hermosura loada

era; e junto con esto ser amados de sí mesmos en la mesma perfeción

que del amor alcanzar se puede, rogó a Apolidón que antes de su partida

dejase allí, por su gran saber, cómo en los venideros tiempos aquel

lugar señoreado no fuese sino por persona que así en fortaleza de armas

como en lealtad de amores y de sobrada fermosura a ellos entrambos

pareciese.

Apolidón le dijo:

--Mi señora, pues que así os place, yo lo haré de guisa que de aquí

ningún señor ni señora ser pueda sino aquellos que más señalados en lo

que habéis dicho sean.

Entonces hizo un arco a la entrada de una huerta en que árboles de

todas naturas había, e otrosí había en ella cuatro cámaras ricas de

extraña labor, y era cercada de tal forma, que ninguno a ella podía

entrar sino por debajo del arco; encima dél puso una imagen de hombre

de cobre, y tenía una trompa en la boca como que quería tañer; e dentro

en el un palacio de aquellos puso dos figuras a semejanza suya y de

su amiga, tales que vivas parecían, las caras propriamente como las

suyas y su estatura, y cabe ellas una piedra jaspe muy clara; e fizo

poner un padrón de fierro de cinco codos en alto a un medio trecho de

ballesta en un campo grande que ende era, e dijo: “De aquí adelante

no pasará ningún hombre ni mujer si hobieren errado a aquellos que

primero comenzaron a amar, porque la imagen que vedes tañerá aquella

trompa con son tan espantoso a fumo e llamas de fuego, que los fará

ser tollidos, e así como muertos serán deste sitio lanzados; pero si

tal caballero o dueña o doncella aquí vinieren que sean dignos de

acabar esta aventura por la gran lealtad suya, como ya dije, entrarán

sin ningún entrévalo, e la imagen hará tan dulce són, que muy sabroso

sea de oír a los que lo oyeren; y éstos verán las nuestras imágines,

e sus nombres escriptos en el jaspe, que no sepan quién los escribe.”

E tomándola por la mano a su amiga, la fizo entrar debajo del arco,

e la imagen fizo el dulce són, e mostróle las imágines e sus nombres

dellos en el jaspe escriptos. E saliéndose fuera, hobo Grimanesa gana

de lo facer probar, e mandó entrar algunas dueñas e doncellas suyas,

mas la imagen fizo el espantoso són con gran fumo e llamas de fuego;

luego fueron tollidas sin sentido alguno e lanzadas fuera del arco, e

los caballeros por el semejante; de que Grimanesa, seyendo cierta sin

peligro ser, con mucho placer dellos se reía, gradeciendo mucho a su

amado amigo Apolidón aquello que tanto en satisfación de su voluntad

había hecho, e luego le dijo:

--Mi señor, pues ¿qué será de aquella rica cámara en que tanto placer y

deleite hobimos?

--Agora --dijo él-- vamos allá, e veréis lo que hi faré.

Entonces se fueron donde la cámara era, e Apolidón mandó traer dos

padrones, uno de piedra e otro de cobre, y el de piedra hizo poner a

cinco pasos de la puerta de la cámara, y el de cobre otros cinco más

desviado; e dijo a su amiga:

--Agora sabed que en esta cámara no puede hombre ni mujer entrar en

ninguna manera ni tiempo fasta que aquí venga tal caballero que de

bondad de armas me pase, ni mujer si a vos de hermosura no pasare; pero

si tales vinieren que a mí de armas e a vos de hermosura venzan, sin

estorbo alguno entrarán.

Libros de caballerías Selección · 第 3 / 12 段