cubiertos de sus escudos, movieron contra sí al más correr de sus
caballos, y encontráronse en los escudos tan fuertemente, que los
falsaron, e las lorigas también, e juntáronse los caballos y ellos de
los cuerpos e de los yelmos, de tal guisa, que cayeron a sendas partes
grandes caídas; pero luego fueron en pie, e comenzaron la batalla de
las espadas tan cruel e tan fuerte, que no había persona que la viese
que dello no fuese espantado, e así lo era el uno del otro, que nunca
fasta allí hallaron quien en tan gran estrecho sus vidas pusiese.
Así anduvieron, hiriéndose de muy grandes y esquivos golpes una gran
pieza del día; tanto que sus escudos eran rajados e cortados por muchas
partes; e asimismo lo eran los arneses, en que ya muy poca defensa en
ellos había, e las espadas tenían mucho lugar de llegar a menudo e
con daño de sus carnes, pues los yelmos no quedaban sin ser cortados
e abollados a todas partes. Pues estando en esta gran priesa que oís,
llegó acaso un caballero todo armado donde la doncella estaba, e como
la batalla vió, comenzóse a santiguar, diciendo que desque nasciera
nunca había visto tan fuerte lid de dos caballeros; e preguntó a la
doncella si sabía quién fuesen aquellos caballeros.
--Sé --dijo ella--; que yo los fize juntar, e no me puedo ende partir
sino alegre; que mucho me placería de cualquiera dellos que muera, e
mucho más de entrambos.
--Cierto, doncella --dijo el caballero--, no es ese buen deseo ni
placer; antes es de rogar a Dios por tan buenos dos hombres; mas
decidme por qué los desamáis tanto.
--Eso vos diré --dijo la doncella--; aquel que tiene el escudo más sano
es el hombre del mundo que más desama Arcalaus, mi tío, e de quien más
desea la muerte, e ha nombre Amadís; y este otro con quien se combate
se llama Galaor, e matóme el hombre del mundo que yo más amaba; e
teníame otorgado un don, e yo andaba por gelo pedir donde la muerte le
viniese; e como conocí al otro caballero, que es el mejor del mundo,
demandéle la cabeza de aquel enano. Así que, este Galaor que muy fuerte
caballero es, por me la dar, y el otro por la defender, son llegados a
la muerte, de que yo gran gloria e placer recibo.
El caballero, que esto oyó, dijo:
--Mal haya mujer que tan gran traición pensó para facer morir los
mejores dos caballeros del mundo.
E sacando su espada de la vaina, _la mató e_ fué cuanto el caballo
llevarle pudo, dando voces, diciendo:
--Estad, señor Amadís; que ese es vuestro hermano don Galaor, el que
vos buscáis.
Cuando Amadís lo oyó, dejó caer la espada y el escudo en el campo, e
fué contra él, diciendo:
--¡Ay, hermano! Buena ventura haya quien nos fizo conocer.
Galaor dijo:
--¡Ay, cativo malaventurado! ¿Qué he fecho contra mi hermano e mi señor?
E hincándosele de hinojos delante, le demandó llorando perdón. Amadís
lo alzó e abrazólo, e dijo:
--Mi hermano, por bien empleado tengo el peligro que con vos pasé,
pues que fué testimonio que yo probase vuestra tan alta proeza e bondad.
Entonces se desenlazaron los yelmos por folgar, que muy necesario les
era, y el caballero les dijo:
--Señores, mal llagados sois; ruégoos que cabalguéis, e nos vamos a un
mi castillo, que es aquí cerca, e guareceréis de vuestras feridas.
CAPÍTULO SÉPTIMO
EL MANTO Y LA CORONA
_El enano, mandado por Amadís, llevó noticia a la Corte de cómo
había sido encontrado don Galaor y de que era conforme en ser de los
caballeros que servían a Lisuarte._ El Rey fué muy alegre, teniendo
en voluntad de fazer cortes las más honradas e de más caballeros que
nunca en la Gran Bretaña se hicieran, y mandó apercebir a todos sus
altos hombres que fuesen con él el día de Santa María de septiembre a
las cortes, e la Reina asimismo a todas las dueñas e doncellas de gran
guisa.
_Mas es de saber que había en la Gran Bretaña un temible mago llamado
Arcalaus el Encantador, cuyo nombre hemos oído en el capítulo
precedente, el cual, consagrado siempre a malas obras, habíase
propuesto desposeer del reino a Lisuarte, para lo cual, la de aquellas
Cortes parecióle ocasión excelente y comenzó a tender las redes en que
debían quedar presos el Rey y sus bravos caballeros._
Pues siendo todos en el palacio, con gran alegría hablando en las cosas
que en las Cortes se habían de ordenar, acaeció de entrar en el palacio
una doncella extraña asaz bien guarnida, e un gentil doncel que la
acompañaba; e decendiendo de un palafrén, preguntó cuál era el Rey; él
dijo:
--Doncella, yo soy.
--Señor --dijo ella--, bien semejáis rey en el cuerpo, mas no sé si lo
seréis en el corazón.
--Doncella --dijo él--, esto vedes vos agora, e cuando en lo otro me
probardes saberlo heis.
--Señor --dijo la doncella--, a mi voluntad respondéis, e miémbreseos
esta palabra que me dais ante tantos hombres buenos, porque yo quiero
probar el esfuerzo de vuestro corazón cuando me fuere menester, e a
Dios seáis encomendado.
--A Dios vayáis, doncella --dijo el Rey.
La doncella se fué su vía, e el Rey quedó fablando con sus caballeros.
Pues habiendo en muchas cosas hablado, queriéndose la Reina acoger a
su palacio, entraron por la puerta tres caballeros, los dos armados
de todas armas, y el uno desarmado, y era grande e bien fecho, e la
cabeza casi toda cana; pero fresco e fermoso, según su edad. Este traía
ante sí una arqueta pequeña, e preguntó por el Rey, e mostrárongelo;
e decendió de su palafrén, e fincando los hinojos ante él, con el
arqueta en sus manos, díjole:
--Dios os salve, Señor, así como al príncipe del mundo que mejor
promesa ha fecho, si la tenedes.
El Rey dijo:
--Y ¿qué promesa es esta, o por qué me lo decís?
--A mí dijeron --dijo el caballero-- que queríades mantener caballería
en la mayor alteza e honra que ser pudiese. E porque oí decir que
queríades tener cortes en Londres de muchos hombres buenos, tráigovos
aquí lo que para tal hombre como vos a tal fiesta conviene.
Entonces, abriendo el arqueta, sacó de ella una corona de oro tan bien
obrada e con tantas piedras e aljófar, que fueron muy maravillados
todos en la ver. El Rey la cataba mucho, con sabor de la haber para sí,
y el caballero le dijo:
--Creed, señor, que esta obra es tal, que ninguno de cuantos hoy saben
labrar de oro e poner piedras no la sabrían mirar.
--Si me Dios ayude --dijo el Rey--, yo lo tengo así.
--Pues comoquiera --dijo el caballero-- que su obra e hermosura sea
tan extraña, otra cosa en sí tiene que mucho más es de preciar; y esto
es que siempre el Rey que en su cabeza la pusiere será mantenido e
acrecentado en su honra, e si vos, señor, la quisierdes haber, dárvosla
he por cosa que será reparo de mi cabeza, que la tengo en aventura de
perder.
La Reina, que delante estaba, dijo:
--Cierto, señor, mucho vos conviene tal joya como esa, e dad por ella
todo lo que el caballero pidiere.
--E vos, señora --dijo--, comprarme hedes un muy hermoso manto que aquí
traigo.
--Sí --dijo ella--, muy de grado.
Luego sacó de la arqueta un manto el más rico e mejor obrado que se
nunca vió, que demás de las piedras e aljófar de gran valor que en él
había, eran en él figuradas todas las aves e animalias del mundo, tan
sotilmente, que por maravilla lo miraban.
La Reina dijo:
--Si Dios me vala, amigo, parece que este paño no fué por otra mano
fecho sino por la de aquel Señor que todo lo puede.
--Cierto, señora --dijo el caballero--; bien podéis creer sin falla que
por mano e consejo del hombre fué este paño hecho; e aun más vos digo,
que conviene este manto más a mujer casada que a soltera; que tiene
tal virtud, que el día que lo cobijare no puede haber entre ella e su
marido ninguna congoja.
--Cierto --dijo la Reina--, si ello es verdad, no puede ser comprado
por precio ninguno.
--Desto no podéis ver la verdad si el manto no hobierdes --dijo el
caballero.
E la Reina, que mucho al Rey amaba, hobo sabor de haber el manto, e
dijo:
--Caballero, daros he yo por ese manto lo que quisierdes.
Y el Rey dijo:
--Demandad por el manto e por la corona lo que vos pluguiere.
--Señor --dijo el caballero--, yo vo a gran cuita emplazado de aquel
cuyo preso soy, e no tengo espacio para me detener ni para saber cuánto
estas donas valen; mas yo seré con vos en las cortes de Londres, y
entre tanto quede a vos la corona e a la Reina el manto, por tal
pleito, que por ello me deis lo que vos yo demandare, o me lo tornéis,
e habréislo ya ensayado e probado.
El Rey dijo:
--Caballero, agora creed que vos habréis lo que demandardes, o el manto
e la corona.
El caballero dijo:
--Señores caballeros e dueñas, ¿oís vos bien esto que el Rey e la Reina
me prometen, que me darán mi corona e mi manto, o aquello que les yo
pidiere?
--Todos lo oímos --dijeron ellos.
Entonces se despidió el caballero e dijo:
--Adiós quedéis, que yo voy a la más esquiva prisión que nunca hombre
tuvo.
Así se fueron todos tres, quedando en poder del Rey el manto e la
corona.
CAPÍTULO OCTAVO
LAS CORTES DE LONDRES
Con acuerdo de Amadís e Galaor, _que ya eran llegados, de_ Agrajes, e
de otros preciados caballeros de su corte, ordenó _el Rey_ que dentro
de cinco días todos los grandes de sus reinos en Londres, que a la
sazón como un águila encima de lo más de la Cristiandad estaba, a
cortes viniesen, como de antes lo había pensado e dicho, para dar orden
en las cosas de la caballería.
Partió el rey Lisuarte de Vindilisora con toda la caballería, e la
Reina con sus dueñas e doncellas, a las cortes; la gente pareció en
tanto número, que por maravilla se debría contar. Había entre ellos
muchos caballeros mancebos ricamente armados e ataviados, e muchas
infinitas hijas de reyes, e otras doncellas de gran guisa, que dellos
muy amadas eran, por las cuales grandes justas e fiestas por el camino
hicieron. El Rey había mandado que le llevasen tiendas e aparejos,
porque no entrasen en poblado, e se aposentasen en las vegas cerca
de las riberas e fuentes, de que aquella tierra muy bastada era. Así
por todas las vías se les aparejaba la más alegre e más graciosa vida
que nunca fasta allí tuvieran; y llegaron a aquella gran ciudad de
Londres, donde tanta gente hallaron, que no parecía sino que todo
el mundo allí asonado era. El Rey e la Reina con toda su compaña
fueron a descabalgar en sus palacios, e allí en una parte dellos
mandó posar a Amadís e a Galaor e Agrajes e otros algunos de los más
preciados caballeros, e las otras gentes en muy buenas posadas, que
los aposentadores del Rey de antes les habían señalado. Así holgaron
aquella noche e otros dos días con muchas danzas e juegos, que en el
palacio e fuera en la ciudad se ficieron; en los cuales Amadís e Galaor
eran de todos tan mirados, e tanta era la gente que por los ver acudían
donde ellos andaban, que todas las calles eran ocupadas.
A estas cortes que oís vino un gran señor, más en estado e señorío que
en dignidad de virtudes, llamado Barsinan, señor de Sansueña, no porque
vasallo del rey Lisuarte fuese, ni mucho su amigo ni conocido, mas por
lo que agora oiréis. Sabed que estando este Barsinan en su tierra,
llegó ahí Arcalaus el Encantador, e díjole:
--Barsinan, señor, si tú quisieses, yo daría orden como fueses rey sin
que gran afán ni trabajo en ello hobiese.
--Cierto --dijo Barsinan-- de grado tomaría yo cualquier trabajo que
ende venir me pudiese, con tal que rey pudiese ser.
--Tú respondes como sesudo --dijo Arcalaus--e yo haré que lo seas,
si creerme quisieres y me ficieres pleito que me farás tu mayordomo
mayor, e no me lo quitarás todo el tiempo de mi vida.
--Eso faré yo muy de grado --dijo Barsinan--; e decidme por cuál guisa
se puede hacer lo que me decís.
--Yo os lo diré --dijo Arcalaus--. Id vos a la primera corte que el rey
Lisuarte ficiere, e llevad gran compaña de caballeros; que yo prenderé
al rey en tal forma que de ninguno de los suyos pueda ser socorrido;
e aquel día habré a su fija Oriana, que vos daré por mujer; y en cabo
de cinco días enviaré a la corte del rey su cabeza. Entonces punad vos
por tomar la corona del rey, que siendo él muerto, e su hija en vuestro
poder, que es la derecha heredera, no habrá persona que vos contrariar
pueda.
--Cierto --dijo Barsinan--; si vos eso hacéis, yo vos haré el más rico
e poderoso hombre de cuantos comigo fueren.
--Pues yo haré lo que digo --dijo Arcalaus.
Por esta causa que oís vino a la corte este gran señor de Sansueña,
Barsinan, al cual el rey salió con mucha compaña a lo recebir, creyendo
que con sana e buena voluntad era su venida; e mandóle aposentar, e a
toda su compaña, e darle las cosas todas que menester hobiesen; mas
dígovos que viendo él tan gran caballería, e sabido el leal amor que al
rey Lisuarte habían, mucho fué arrepentido de tomar aquella empresa,
creyendo que a tal hombre ninguna adversidad le podía empecer. E
hablando con el Rey, le dijo:
--Rey, yo oí decir que hacíades estas grandes cortes, e vengo ahí por
vos hacer honra; que yo no tengo tierra de vos, sino de Dios, que a mis
antecesores e a mí libremente dió.
--Amigo --dijo el Rey--, yo os lo agradezco mucho.
Otro día de mañana vistió el Rey sus paños reales, cuales para tal día
le convenían, e mandó que le trajesen la corona que el caballero le
dejara, y que dijesen a la Reina que se vistiese el manto. La Reina
abrió el arqueta, en que todo estaba, con la llave que ella siempre en
su poder tovo, e no halló ninguna cosa dello, de que muy maravillada
fué, e comenzóse de santiguar y enviólo decir al Rey; e cuando lo supo,
mucho le pesó, pero no lo mostró así ni lo dió a entender; e fuese para
la Reina, e sacándola aparte, díjole:
--Dueña, ¿cómo guardastes tan mal cosa que tanto a tal tiempo nos
convenía?
--Señor --dijo ella-- no sé qué diga en ello, sino que el arqueta
hallé cerrada; e yo he tenido la llave, sin que de persona la haya
fiado; pero dígovos tanto, que esta noche me pareció que vino a mí una
doncella, e díjome que le mostrase el arqueta, e yo en sueños gela
mostraba, y demandábame la llave, e dábagela, y ella abría el arqueta e
sacaba della el manto e la corona, e tomando a cerrar, ponía la llave
en el lugar que ante estaba, e cobríase el manto e ponía la corona en
la cabeza, pareciéndole tan bien, que muy gran sabor sentía yo en la
mirar; e decíame: “Aquel y aquella cuyo será, reinará ante de cinco
días en la tierra del poderoso que se agora trabaja de la defender e de
ir conquistar las ajenas tierras.” Y desapareció ante mí, llevando la
corona y el manto; pero dígovos que no puedo entender si esto me avino
en sueños o en verdad.
[Ilustración]
El Rey lo tovo por gran maravilla e dijo:
--Agora vos dejad ende y no lo habléis con otro.
Y saliendo ambos de la tienda, se fueron a la otra, acompañados de
tantos caballeros y dueñas e doncellas, que por maravilla lo toviera
cualquiera que lo viese, y sentóse el Rey en una muy rica silla, e la
Reina en otra algo más baja, que en un estrado de paños de oro estaban
puestas; e a la parte del Rey se pusieron los caballeros, y de la Reina
sus dueñas e doncellas, e los que más cerca del Rey estaban eran cuatro
caballeros que él más preciaba; el uno Amadís y el otro Galaor, e
Agrajes e Galvanes Sintierra.
CAPÍTULO NOVENO
LOS ARDIDES DE ARCALAUS
Con tal compaña estando el rey Lisuarte, en tanto placer como oídes,
queriendo ya la fortuna comenzar su obra con que aquella gran fiesta en
turbación puesta fuese, entró por la puerta del palacio una doncella
asaz hermosa, cubierta de luto, e fincando los hinojos ante el Rey, le
dijo:
--Señor, todos han placer, sino yo sola, que he cuita e tristeza, e la
no puedo perder sino por vos.
--Amiga --dijo el Rey--, ¿qué cuita es esa que habéis?
_Entonces la doncella refirió, llorando, que su padre sufría injusta
prisión de que sólo podían hacerle libre los dos mejores caballeros
del mundo. Tanto impresionaron sus palabras y lágrimas a la Reina y al
Rey, que le dieron a don Galaor y a Amadís para que fueran a libertar
al prisionero, ya que otros mejores caballeros en parte alguna se
podrían hallar._
_Armados éstos_ e despedidos del Rey e de sus amigos, entraron en
el camino con la doncella. Así andovieron por donde la doncella los
guiaba fasta ser medio día pasado, que entraron en la floresta que
Malaventurada se llamaba, porque nunca entró en ella caballero andante
que buena dicha ni ventura hobiese; e tanto que alguna cosa comieron de
lo que sus escuderos levaban, tornaron a su camino fasta la noche, que
facía luna clara. La doncella se aquejaba mucho, e no facía sino andar.
Amadís le dijo:
--Doncella, ¿no queréis que folguemos alguna pieza?
--Quiero --dijo ella--; mas será adelante, donde hallaremos unas
tiendas con tal gente, que mucho placer vuestra vista les dará.
_Siguieron caminando y llegaron, en efecto, a unas tiendas donde, a
pretexto de que descansaran, desarmaron a los caballeros, y ya sin
armas, estando separados Amadís y don Galaor, cada cual en tienda
diferente, cayó sobre ellos una gran partida de gentes de guerra, que
al cabo de descomunal combate lograron dominarlos y prenderlos. Los
llevaron amarrados, los días siguientes, hacia el lugar donde pensaban
darles muerte; pero Galaor, a fuerza de astucia y malicia, consiguió
librarse de sus cadenas y libertar a su hermano, tras lo cual y a más
andar, retornaron los dos por el camino de Londres._
Estando el rey Lisuarte e la reina Brisena, su mujer, en sus tiendas
con muchos caballeros e dueñas e doncellas, al cuarto día que de
allí partieran Amadís e don Galaor, su hermano, entró por la puerta
el caballero que el manto e la corona le dejara, como ya oístes; e
fincando los hinojos ante el Rey, le dijo:
--Señor, ¿cómo no tenéis la fermosa corona que yo vos dejé, e vos,
señora, el rico manto?
El Rey se calló, que ninguna respuesta le quiso dar, y el caballero
dijo:
--Mucho me place que os no pagastes della, pues que me quitarán de
perder la cabeza o el don que por ello me habíades a dar; e pues así
es, mandádmelo dar, que no me puedo detener en ninguna guisa.
Cuando esto oyó _el rey_, pesóle fuertemente e dijo:
--Caballero, el manto ni la corona no os lo puedo dar, que lo he todo
perdido; mas me pesa por vos, que tanto os hacía menester, que por mí,
aunque mucho valía.
--¡Ay, cativo! Muerto so --dijo el caballero.
E comenzó a hacer un duelo tan grande, que maravilla era, diciendo:
--¡Cativo de mí sin ventura! Muerto soy de la peor muerte; que nunca
murió caballero que la tan poco mereciese.
E caíanle las lágrimas por las barbas, que eran blancas como la lana
blanca. El Rey hobo dél gran piedad e díjole:
--Caballero, no temáis de vuestra cabeza; que toda cosa que yo haya vos
la habréis para la guarecer; que así os lo he prometido e así lo terné.
El caballero se le dejó caer a sus pies para gelos besar, mas el Rey lo
alzó por la mano e dijo:
--Ahora pedid lo que os placerá.
--Señor --dijo él--, verdad es que me hobistes a dar mi manto e mi
corona, o lo que por ello vos pidiese; e Dios sabe, señor, que mi
pensamiento no era demandar lo que agora pediré; e si otra cosa para mi
remedio en el mundo hobiese, no os enojaría en ello; mas no puedo hi al
hacer. A vos pesará de me lo dar, e a mí de lo recebir.
--Agora demandad --dijo el Rey--; que tan cara cosa no será que yo haya
que la vos no hayades.
Entonces el caballero dijo:
--Señor, yo no podría ser quito de muerte sino por mi corona e
mi manto, o por vuestra fija Oriana; e agora me dad dello lo que
quisierdes; que yo más querría lo que os di.
--¡Ay, caballero! --dijo el Rey--, mucho me habéis pedido.
E todos hobieron muy gran pesar, que más ser no podía; pero el Rey,
que era el más leal del mundo, dijo:
--No vos pese; que más conviene la pérdida de mi hija que falta de mi
palabra, porque lo uno daña a pocos e lo otro al general.
E mandó que luego le trajesen allí su fija.
Cuando la Reina e las dueñas e doncellas esto oyeron comenzaron a fazer
el mayor duelo del mundo; mas el Rey las mandó acoger a sus cámaras, e
mandó a todos los suyos que no llorasen, so pena de perder su amor. En
esto llegó la muy fermosa Oriana ante el Rey como atónita, y cayéndole
a los pies, le dijo:
--Padre, señor, ¿qué es esto que queréis facer?
--Fágolo --dijo el Rey-- por no quebrar mi palabra.
E dijo contra el caballero:
--Veis aquí el don que pedistes; ¿queréis que vaya con ella otra
compaña?
--Señor --dijo el caballero--, no traigo comigo sino dos caballeros
e dos escuderos, aquellos con que vine a vos a Vindilisora, e otra
compaña no puedo llevar; mas yo vos digo que no ha de qué temer fasta
que la yo ponga en la mano de aquel a quien la he de dar.
--Vaya con ella una doncella --dijo el Rey-- si quisierdes, porque más
honra e honestidad sea, e no vaya entre vos sola.
El caballero lo otorgó.
Cuando Oriana esto oyó cayó amortecida; mas esto no hobo menester, que
el caballero la tomó entre sus brazos, e llorando, que parecía hacerlo
contra su voluntad, e dióla a un escudero que estaba en un rocín muy
grande e mucho andador; e poniéndola en la silla, se puso él en las
ancas, e dijo el caballero:
--Tenedla, no caya, que va tollida; e Dios sabe que en toda esta corte
no ha caballero que más pese que a mí deste hecho.
Y el Rey fizo venir la doncella de Denamarca e mandóla poner en un
palafrén, e dijo:
--Id con vuestra gran señora, e no la dejéis por mal ni por bien que
vos avenga en cuanto con ella os dejaren.
--¡Ay, cativa! --dijo ella--, nunca cuidé hacer tal ida.
E luego movieron ante el Rey; y _uno de los_ caballeros _que_ muy
membrudo _era_, tomó a Oriana por la rienda; e sabed que este era
Arcalaus el Encantador; e al salir del corral sospiró Oriana muy
fuertemente, como si el corazón se le partiese, e dijo así como tollida:
--¡Ay, buen amigo!, por esto somos vos e yo muertos.
Mabilia, que a unas finiestras estaba haciendo muy grande duelo, vió
cerca del muro pasar a Ardian, el enano de Amadís, que iba en un gran
rocín e ligero, e llamólo con gran cuita que tenía, e dijo:
--Ardian, amigo, si amas a tu señor, no huelgues día ni noche hasta que
lo falles e le cuentes esta mala ventura que aquí es fecha; e si lo no
faces, serle-ías traidor; que es cierto que él lo querría agora más
saber que haber esta cibdad por suya.
--¡Por santa María! --dijo el enano--, él lo sabrá lo más ahína que ser
pudiere.
E dando del azote al rocín, se fué por el camino que viera ir a su
señor a más andar.
CAPÍTULO DÉCIMO
LA PRISIÓN DEL REY
Mas agora os contaremos lo que a esta sazón aconteció al Rey. _Lisuarte
había salido a la entrada de la floresta por donde eran idos los
caballeros que llevaban a Oriana, para impedir que ninguno de los suyos
pudiera ir a arrebatársela, que así con aquéllos lo había concertado,
cuando_ vió venir la doncella a quien él había el don prometido; e
venía en un palafrén que andaba ahína, e traía a su cuello una espada
muy bien guarnida, e una lanza con un fierro muy hermoso, e la asta
pintada; e llegando al Rey, le dijo:
--Señor, Dios vos salve e dé alegría e corazón que me atengáis lo que
me prometistes en Vindilisora ante vuestros caballeros.
--Doncella --dijo el Rey--, yo había más menester alegría de la que
tengo; mas, como quier que esto sea, bien me miembra lo que os dije, e
así lo compliré.
--Señor --dijo ella--, con esa esperanza vengo yo a vos como al más
leal rey del mundo, e agora me vengad de un caballero que va por esta
floresta, que mató a mi padre al mayor aleve del mundo y encantóle de
tal guisa, que no puede morir si el más honrado hombre del reino de
Londres no le da un golpe con esta lanza e otro con esta espada. E yo
sé que si por vuestra mano no, que el más honrado sois, por otro no
puede ser muerto.
--En el nombre de Dios --dijo el Rey-- yo quiero ir con vos.
E mandó traer sus armas e armóse ahína, e cabalgó en su caballo, que
él mucho preciaba, e la doncella le dijo que ciñese la espada que ella
traía; y él, dejando la suya, que era la mejor del mundo, tomó la otra
y echó su escudo al cuello. E la doncella le llevó el yelmo e la lanza
pintada, e fuése con ella, defendiendo a todos que ninguno fuese tan
osado que tras él pensase de ir.
E así andovieron un rato por la carrera; mas la doncella gela hizo
dejar, e guió por otra parte, cerca de unos árboles e allí vió estar
el Rey un caballero todo armado sobre un caballo negro, e al cuello un
escudo verde, el yelmo otro tal. La doncella dijo:
--Señor, tomad vuestro yelmo; que vedes allí el caballero que vos dije.
Él lo enlazó luego, e tomando la lanza, dijo:
--Caballero soberbio e de mal talante, agora os guardad.