NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_, y las versalitas se
han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos. Para su mejor
detección, se ha comparado el texto con el de la 2.ª edición, de
1935, publicado por la misma editorial.
* La ortografía del texto original no ha sido actualizada ni
normalizada. No obstante, se han puesto tildes a las mayúsculas que
las necesitaban.
* Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente para no
interrumpir un párrafo.
* Las páginas en blanco han sido eliminadas.
LIBROS
DE CABALLERÍAS
BIBLIOTECA LITERARIA DEL ESTUDIANTE
DIRIGIDA POR RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL
TOMO XX
LIBROS
DE CABALLERÍAS
SELECCIÓN HECHA POR
RAMÓN M.ª TENREIRO
_MADRID, MCMXXIV_
INSTITUTO--ESCUELA
JUNTA PARA AMPLIACIÓN DE ESTUDIOS
_Va impreso en letra cursiva, igual a la de esta advertencia, todo lo
que el editor ha tenido que añadir, por razones de claridad, a los
pasajes de los libros de caballerías, y en los usuales caracteres de
imprenta los textos antiguos._
_Los títulos de los cuatro libros de_ AMADÍS, _así como los de los
capítulos en todo el volumen, son obra del editor_.
_Las ilustraciones de_ AMADÍS _están tomadas de la magnífica edición de
Venecia del año 1533. También es antigua la portada de_ PALMERÍN. _El
resto de los grabados son obra del señor Marco._
AMADÍS DE GAULA
AQUÍ COMIENZA
EL PRIMER LIBRO
DEL ESFORZADO ET VIRTUOSO CABALLERO AMADÍS, HIJO DEL REY PERIÓN DE
GAULA Y DE LA REINA ELISENA; EL CUAL FUÉ CORREGIDO Y EMENDADO POR
EL HONRADO E VIRTUOSO CABALLERO GARCI-ORDÓÑEZ DE MONTALBO, REGIDOR
DE LA NOBLE VILLA DE MEDINA DEL CAMPO, E CORREGIÓLE DE LOS ANTIGUOS
ORIGINALES, QUE ESTABAN CORRUPTOS E COMPUESTOS EN ANTIGUO ESTILO,
POR FALTA DE LOS DIFERENTES ESCRIPTORES; QUITANDO MUCHAS PALABRAS
SUPÉRFLUAS, E PONIENDO OTRAS DE MÁS POLIDO Y ELEGANTE ESTILO, TOCANTES
A LA CABALLERÍA E ACTOS DE ELLA, ANIMANDO LOS CORAZONES GENTILES DE
MANCEBOS BELICOSOS, QUE CON GRANDÍSIMO AFETO ABRAZAN EL ARTE DE LA
MILICIA CORPORAL, ANIMANDO LA INMORTAL MEMORIA DEL ARTE DE CABALLERÍA,
NO MENOS HONESTÍSIMO QUE GLORIOSO.
[Ilustración]
LIBRO PRIMERO
LA CORTE DE LISUARTE
CAPÍTULO PRIMERO
EL DONCEL DEL MAR
_De la Pequeña Bretaña a Escocia, su patria, iba por el mar en una
barca un caballero que había nombre Gandales. Llevaba consigo su mujer
y un hijo, llamado Gandalín, nacido poco antes._ Siendo ya mañana
clara, vieron _un_ arca que por el agua nadando iba, e llamando cuatro
marineros, les mandó _el caballero_ que presto echasen un batel e
aquello le trajesen: lo cual prestamente se hizo. _Vió entonces que
el arca era larga como una espada y estaba hecha de tablas muy bien
calafateadas para que en ella no pudiera entrar el agua. El_ caballero
tomó el arca e tiró la cobertura, e vió _dentro un hermoso_ doncel
_recién-nacido_, que en sus brazos tomó, e dijo:
--Este de algún buen lugar es--; y esto decía él por los ricos paños
_en que venía envuelto_ y _por un_ anillo _que junto con una bola de
cera traía en un cordón al cuello_ e _por una_ espada, que muy hermosa
le pareció _y que venía puesta a su lado en el arca_. E guardando
aquellas cosas, rogó a su mujer que lo hiciese criar, la cual hizo
darle la teta de aquella ama que a Gandalín, su hijo, criaba, e tomóla
con gran gana de mamar, de que el caballero e la dueña mucho alegres
fueron. Pues así caminaron por la mar con buen tiempo enderezado, hasta
que aportados fueron a una villa de Escocia que Antalia había nombre,
y de allí partiendo, llegaron a un castillo suyo, de los buenos de
aquella tierra, donde hizo criar el doncel como si su fijo proprio
fuese; e así lo creían todos que lo fuese; que de los marineros no
se pudo saber su hacienda, porque en la barca, que era suya, a otras
partes navegaron.
_Fué corriendo el tiempo y el_ doncel que Gandales criaba, el cual el
Doncel del Mar se llamaba, que así le pusieron nombre, criábase con
mucho cuidado de aquel caballero don Gandales e de su mujer, e hacíase
tan hermoso, que todos los que lo veían se maravillaban.
Un día cabalgó Gandales armado, que en gran manera era buen caballero e
muy esforzado, e halló una doncella, que le dijo:
--¡Ay, Gandales! Si supiesen muchos altos hombres lo que yo agora,
cortar-te-ían la cabeza.
--¿Por qué? --dijo él.
--Porque tú guardas la su muerte --dijo ella.
Gandales, que lo no entendía, dijo:
--Doncella, por Dios os ruego que me digáis qué es eso.
--No te lo diré --dijo ella--; mas todavía así averná.
E partiéndose dél, se fué su vía. Gandales quedó cuidando en lo que
dijera _y sin poderlo entender. Pero momentos después tuvo ocasión de
salvar la vida a la doncella y como recompensa de ello le pidió que le
explicara sus misteriosas palabras. Ella le dijo_:
--Tú me harás pleito, como leal caballero, que otro por ti nunca lo
sabrá fasta que te lo yo mande.
Él así lo otorgó. Díjole:
--Dígote de aquel que hallaste en la mar, que será flor de los
caballeros de su tiempo; éste hará estremecer los fuertes, éste
comenzará todas las cosas e acabará a su honra, en que los otros
fallescieron: éste hará tales cosas, que ninguno cuidaría que pudiesen
ser comenzadas ni acabadas por cuerpo de hombre; éste hará los
soberbios ser de buen talante; éste habrá crueza de corazón contra
aquellos que se lo merecieren; e aun más te digo, que éste será el
caballero del mundo que más lealmente manterná amor e amará en tal
lugar cual conviene a la su alta proeza; e sabe que viene de reyes de
ambas partes. Agora te ve e cree firmemente que todo acaecerá como te
lo digo.
--Ay, señora --dijo Gandales--; ruégovos por Dios que me digáis donde
vos fallaré para hablar con vos en su hacienda.
--Esto no sabrás tú por mí ni por otro --dijo ella.
--Pues decidme vuestro nombre por la fe que debéis a la cosa del mundo
que más amáis.
--Tú me conjuras tanto, que te lo diré; sabe que mi nombre es Urganda
la Desconocida. Agora me cata bien e conósceme si pudieres.
Y él, que la vió doncella de primero, que a su parecer no pasaba de
diez y ocho años, vióla tan vieja e tan lasa, que se maravilló cómo
en el palafrén se podía tener, e comenzóse a santiguar de aquella
maravilla. Cuando ella así lo vió, por sí tornó como de primero, e dijo:
--¿Parécete que me hallarías aunque me buscases? Pues yo te digo que no
tomes por ello afán; que si todos los del mundo me demandasen, no me
hallarían si yo no quisiese.
--Así Dios me salve, señora --dijo Gandales--, yo así lo creo; mas
ruégovos por Dios que vos membréis del doncel que es desamparado de
todos sino de mí.
--No pienses en eso --dijo Urganda--; que ese desamparado será amparo y
reparo de muchos; e yo lo amo más que tú piensas.
E así se partieron de en uno. Don Gandales, partido de Urganda, tornóse
para su castillo, cuidando en la facienda de su doncel; e llegando al
castillo, ante que se desarmase lo tomó en sus brazos e comenzólo de
besar, viniéndole las lágrimas a los ojos, diciendo en su corazón:
--Mi fermoso hijo, ¿si querrá Dios que yo llegue al vuestro buen tiempo?
En esta sazón había el doncel tres años, e su gran fermosura por
maravilla era mirada; e como vió a su amo llorar, púsole las manos ante
los ojos, como que gelos quería limpiar; de que Gandales fué alegre,
considerando que siendo en más edad, más se dolería de su tristeza;
e púsole en tierra, e fuése a desarmar, e dende adelante con mejor
voluntad curaba dél, tanto, que llegó a los cinco años; entonces le
fizo un arco a su medida e otro a su hijo Gandalín, e facíalo tirar
ante sí; e así lo fué criando hasta la edad de siete años.
CAPÍTULO SEGUNDO
LA SIN PAR ORIANA
Pues a esta sazón el rey Languines, pasando por su reino con su mujer e
toda la casa, de una villa a otra, vínose al castillo de Gandales, que
por ahí era el camino, donde fué muy bien festejado; mas a su Doncel
del Mar e a su fijo Gandalín e a otros donceles mandólos meter en un
corral por que no lo viesen; e la Reina, que en lo más alto de la casa
posaba, mirando de una finiestra, vió los donceles que con sus arcos
tiraban, y al Doncel del Mar entre ellos tan apuesto e tan hermoso, que
mucho fué de lo ver maravillada; e viólo mejor vestido que todos, así
que parescía el señor; e de que no vió ninguno de la compañía de don
Gandales a quien preguntase, llamó sus dueñas e doncellas, e dijo:
--Venid, e veréis la más fermosa criatura que nunca fué vista.
_Y admiróse también mucho de oír que sus compañeros le llamaban Doncel
del Mar._ Así estando, entró el Rey e Gandales, e dijo la Reina:
--Decid, don Gandales, ¿es vuestro hijo aquel hermoso doncel?
--Sí, señora --dijo él.
--Pues ¿por qué --dijo ella-- lo llamáis el Doncel del Mar?
--Porque en la mar nació --dijo Gandales-- cuando yo de la Pequeña
Bretaña venía.
El Rey, que el Doncel miraba e muy hermoso le pareció, dijo:
--Faceldo aquí venir, Gandales, e yo lo quiero criar.
--Señor --dijo él-- sí haré, mas aún no es en edad que se deba partir
de su madre.
Entonces fué por él e trájolo e díjole:
--Doncel del Mar, ¿queréis ir con el Rey, mi señor?
--Yo iré donde me vos mandardes --dijo él-- e vaya mi hermano comigo.
--Ni yo quedaré sin él --dijo Gandalín.
--Creo, señor --dijo Gandales--, que los habréis de llevar ambos, que
se no quieren partir.
--Mucho me place --dijo el Rey.
Entonces lo tomó cabe sí y mandó llamar a su fijo Agrajes; e díjole:
--Fijo, estos donceles ama tú mucho; que mucho amo yo a su padre.
Cuando Gandales esto vió, _apenas pudo contener el llanto_. El Rey, que
los ojos llenos de agua le vió, dijo:
--Nunca pensé que érades tan loco.
--No lo só tanto como cuidáis --dijo él--; mas si os pluguiere, oídme
un poco ante la Reina.
Entonces mandaron apartar a todos, e Gandales les dijo:
--Señores, sabed la verdad deste Doncel que lleváis, que lo yo fallé en
la mar. --Y contóles por cuál guisa, e también dijera lo que de Urganda
supo, sino por el pleito que fizo--. Agora faced con él lo que debéis;
que así Dios me salve, según el aparato que él traía, yo creo que es de
muy gran linaje.
Mucho plugo al Rey en lo saber, y preció al caballero que lo tan bien
guardara, e dijo a don Gandales.
--Pues que Dios tanto cuidado tuvo en lo guardar, razón es que lo
tengamos nos en lo criar e hacer bien cuando tiempo será.
La Reina dijo:
--Yo quiero que sea mío, si os pluguiere, en tanto que es de edad de
servir mujeres; después será vuestro.
El Rey se lo otorgó. Otro día de mañana se partieron de allí, llevando
los donceles consigo, e fueron su camino. Pero dígoos de la Reina que
facía criar al Doncel del Mar con tanto cuidado e honra como si su fijo
propio fuese; mas el trabajo que con él tomaba no era vano, porque su
ingenio era tal e condición tan noble, que muy mejor que otro ninguno,
e más presto, todas las cosas aprendía. Él amaba tanto caza e monte,
que si lo dejasen, nunca dello se apartara, tirando con su arco,
cebando los canes. La Reina era tan agradada de como él servía, que lo
no dejaba quitar delante su presencia.
_Ocurrió entonces que yendo el nuevo rey de la Gran Bretaña, Lisuarte,
navegando con gran flota para tomar posesión de sus estados_, fué
aportado en el reino de Escocia, donde con mucha honra del rey
Languines recebido fué. Este Lisuarte traía consigo a Brisena, su
mujer, e una hija que en ella hobo, que Oriana había nombre, de fasta
diez años, la más hermosa criatura que nunca se vió; tanto, que ésta
fué la que Sin-par se llamó, porque en su tiempo ninguna hobo que igual
le fuese; e porque de la mar enojada andaba, acordó de la dejar allí,
rogando al rey Languines e a la Reina que gela guardasen.
Ellos fueron muy alegres dello, e la Reina dijo:
--Creed que yo la guardaré como su madre lo haría.
Y entrando Lisuarte en sus naos con mucha priesa, en la Gran Bretaña
arribado fué, e fué el mejor rey que ende hobo ni que mejor mantuviese
la caballería en su derecho, fasta que el rey Artur reinó, que pasó a
todos los reyes de bondad que ante dél fueron.
El Doncel del Mar, que en esta sazón era de doce años, y en su grandeza
e miembros parescía bien de quince, servía ante la Reina, e así della
como de todas las dueñas e doncellas era mucho amado; mas desque allí
fué Oriana, la hija del rey Lisuarte, dióle la Reina al Doncel del Mar
que la sirviese, diciendo:
--Amiga, este es un doncel que os servirá.
Ella dijo que le placía. El Doncel tuvo esta palabra en su corazón, de
tal guisa, que después nunca de la memoria la apartó; que sin falta,
así como esta historia lo dice, en días de su vida no fué enojado de
la servir, y en ella su corazón fué siempre otorgado, y este amor duró
cuanto ellos duraron; que, así como la él amaba, así amaba ella a él,
en tal guisa, que una hora nunca de amar se dejaron; mas el Doncel del
Mar, que no conocía ni sabía nada de cómo ella le amaba, teníase por
muy osado en haber en ella puesto su pensamiento, según la grandeza y
fermosura suya, sin cuidar de ser osado a le decir una sola palabra; y
ella, que lo amaba de corazón, guardábase de hablar con él más que con
otro, porque ninguna cosa sospechasen; mas los ojos habían gran placer
de mostrar al corazón la cosa del mundo que más amaba.
Pasando el tiempo, como os digo, entendió el Doncel del Mar en sí que
ya podía tomar armas si hobiese quien le ficiese caballero, y esto
deseaba él, considerando que él sería tal e haría tales cosas por donde
muriese, o viviendo, su señora le preciaría; e con este deseo fué al
Rey, que en una huerta estaba, e hincando los hinojos, le dijo:
--Señor, si a vos pluguiese, tiempo sería de ser yo caballero.
El Rey dijo:
--¿Cómo, Doncel del Mar? ¿Ya os esforzáis para mantener caballería?
Sabed que es ligero de haber e grave de mantener; e quien este nombre
de caballería ganar quisiere e mantenerlo en su honra, tantas e tan
graves son las cosas que ha de facer, que muchas veces se le enoja el
corazón, e por ende ternía por bien que por algún tiempo os sufráis.
El Doncel del Mar le dijo:
--Ni por todo eso no dejaré yo de ser caballero; que si en mi
pensamiento no toviese de complir eso que habéis dicho, no se
esforzaría mi corazón para lo ser; e pues a la vuestra merced soy
criado, complid en esto comigo lo que debéis.
El Rey dijo:
--Doncel del Mar, yo sé cuándo os será menester que lo seáis, e más a
vuestra honra, e prométoos que lo faré.
E luego mandó que le aparejasen las cosas a la orden de caballería
necesarias; e hizo saber a Gandales todo cuanto con su criado le
contesciera, de que Gandales fué muy alegre, y envióle por una doncella
la espada y el anillo e la _bola de_ cera, como lo hallara en l’arca
donde a él falló; y estando un día la hermosa Oriana con otras dueñas
e doncellas en el palacio, holgando en tanto que la Reina dormía, era
allí con ellas el Doncel del Mar, que sólo mirar no osaba a su señora,
y decía entre sí:
--¡Ay, Dios! ¿por qué vos plugo de poner tanta beldad en esta señora,
y en mí tan gran cuita e dolor por causa della? En fuerte punto mis
ojos la miraron, pues que perdiendo la su lumbre con la muerte, pagarán
aquella gran locura en que al corazón han puesto.
E así estando casi sin ningún sentido, entró un doncel e díjole:
--Doncel del Mar, allí fuera está una doncella extraña que os trae
donas e os quiere ver.
Él quiso salir a ella, mas aquella que lo amaba, cuando lo oyó,
estremeciósele el corazón y dijo:
--Doncel del Mar, quedad, y entre la doncella y veremos las donas.
Él estuvo quedo, e la doncella entró; y ésta era la que enviaba
Gandales, e dijo:
--Señor Doncel del Mar, vuestro amo Gandales vos saluda mucho, así como
aquel que os ama, y envíaos esta espada y este anillo y esta cera, e
ruégaos que trayáis esta espada en cuanto vos durare, por su amor.
Él tomó las donas, e puso el anillo e la cera en su regazo, y Oriana
tomó la cera, que no creía que en ella otra cosa hobiese, e díjole:
--Esto quiero yo destas donas.
A él pluguiera más que tomara el anillo, que era uno de los hermosos
del mundo; e mirando la espada, entró el Rey e dijo:
--Doncel del Mar, ¿qué os paresce de esa espada?
--Señor, parésceme muy hermosa, mas no sé por qué está sin vaina.
--Bien ha quince annos --dijo el Rey-- que no la hobo.
E tomándole por la mano, se apartó con él e díjole:
--Vos queréis ser caballero, e no sabéis si de derecho os conviene; e
quiero que sepáis vuestra hacienda, como yo la sé.
E contóle cómo fuera en la mar hallado con aquella espada e anillo en
el arca metido, así como lo oístes.
Dijo él:
--No me pesa de cuanto me decís, sino por no conocer mi linaje, ni
ellos a mí; pero yo me tengo por hidalgo, que mi corazón a ello me
esfuerza; e agora, señor, me conviene más que ante caballería, y ser
tal que gane honra y prez, como aquel que no sabe parte de donde viene.
_Por aquellos días el rey Perión de Gaula, cuñado de Languines, y uno
de los más famosos caballeros de aquel tiempo, presentóse en la Corte
de Escocia en demanda de guerreros que le ayudaran contra el rey Abíes
de Irlanda, que le había invadido el reino con gran fuerza de armas.
Agrajes, el hijo de Languines, que ya era armado caballero, rogó a
su padre que le dejara ir con Perión a defender a su tía la reina de
Gaula, y aquél se lo otorgó._
El Doncel del Mar, que ahí estaba, miraba mucho al rey Perión, por la
gran bondad de armas que dél oyera decir, e más deseaba ser caballero
de su mano que de otro ninguno que en el mundo fuese, e fuese donde su
señora Oriana era; e hincados los hinojos ante ella, dijo:
--Señora Oriana, si a vos pluguiese que yo fuese caballero, sería en
ayuda desa hermana de la Reina, otorgándome vos la ida.
--E si la yo no otorgase --dijo ella--, ¿no iríades allá?
--No --dijo él--; porque este mi vencido corazón sin el favor de cuyo
es, no podría ser sostenido en ninguna afrenta, ni aun sin ella.
Ella se rió con buen semblante e díjole:
--Pues que así os he ganado, otórgoos que seáis mi caballero y ayudéis
a aquella hermana de la Reina.
El Doncel le besó las manos e dijo:
--Pues que el Rey, mi señor, no me ha querido hacer caballero, más a mi
voluntad lo podría agora ser deste rey Perión, a vuestro ruego.
--Yo faré en ello lo que pudiere --dijo ella--; mas menester será de lo
decir a la infanta Mabilia, que su ruego mucho valdrá ante el Rey, su
tío.
Entonces se fué a ella e díjole cómo el Doncel del Mar quería ser
caballero por mano del rey Perión, e que había menester para ello el
ruego suyo e dellas. Mabilia, _hija del rey y hermana de Agrajes_, que
muy animosa era e al Doncel amaba, dijo:
--Pues fagámoslo por él, que lo merece; e véngase a la capilla de
mi madre armado de todas armas, e nós le haremos compañía con otras
doncellas; e queriendo el rey Perión cabalgar para se ir, que, según he
sabido, será antes del alba, yo le enviaré a rogar que me vea, e allí
hará el vuestro ruego, ca mucho es caballero de buenas maneras.
--Bien decís --dijo Oriana.
E llamando entrambas al Doncel, le dijeron cómo lo tenían acordado; él
se lo tuvo en merced y llamó a Gandalín e díjole:
--Hermano, lleva mis armas todas a la capilla de la Reina,
encubiertamente; que pienso esta noche ser caballero; e porque en la
hora me conviene de aquí partir, quiero saber si querrás irte comigo.
--Señor, yo os digo que a mi grado nunca de vos seré partido.
Al Doncel le vinieron las lágrimas a los ojos y besóle en la faz e
díjole:
--Amigo, agora haz lo que te dije.
Gandalín puso las armas en la capilla en tanto que la Reina cenaba; e
los manteles alzados, fuése el Doncel a la capilla, e armóse de sus
armas todas, salvo la cabeza e las manos, e hizo su oración ante el
altar, rogando a Dios que, así en las armas como en aquellos mortales
deseos que por su señora tenía, le diese vitoria.
Desque la Reina fué a dormir, Oriana e Mabilia con algunas doncellas
se fueron a él por le acompañar; e como Mabilia supo que el rey Perión
quería cabalgar, envióle a decir que la viese ante; él vino luego, e
díjole Mabilia:
--Señor, haced lo que os rogare Oriana, fija del rey Lisuarte.
El Rey dijo que de grado lo haría, que el merecimiento de su padre a
ello le obligaba. Oriana vino ante el Rey; e como la vió tan hermosa,
bien creía que en el mundo su igual no se podría fallar; e dijo:
--Yo vos quiero pedir un don.
--De grado --dijo el Rey-- lo faré.
--Pues facedme ese mi doncel caballero--; e mostróselo, que de rodillas
ante el altar estaba.
El Rey vió al Doncel tan fermoso, que mucho fué maravillado; y
llegándose a él, dijo:
--¿Queréis recebir orden de caballería?
--Quiero --dijo él.
--En el nombre de Dios, y Él mande que tan bien empleada en vos sea e
tan crecida en honra como Él os creció en fermosura.
E poniéndole la espuela diestra, le dijo:
--Agora sois caballero, e la espada podéis tomar.
El Rey la tomó e diógela, y el Doncel la ciñó muy apuestamente, y el
Rey dijo:
--Cierto, este acto de os armar caballero, según vuestro gesto e
aparencia, con mayor honra lo quisiera haber hecho; mas yo espero en
Dios que vuestra fama será tal, que dará testimonio de lo que con más
honra se debía facer.
E Mabilia e Oriana quedaron muy alegres y besaron las manos al Rey; e
encomendando el Doncel a Dios, se fué su camino.
Seyendo armado caballero el Doncel del Mar, e queriéndose despedir de
Oriana, su señora, e de Mabilia e de las otras doncellas que con él en
la capilla velaron, Oriana, que le parecía partírsele el corazón, sin
se lo dar a entender, le sacó aparte y le dijo:
--Doncel del Mar, yo os tengo por tan bueno, que no creo que seáis
hijo de Gandales; si al en ello sabéis, decídmelo.
El Doncel le dijo de su hacienda aquello que del rey Languines supiera;
y ella, quedando muy alegre en lo saber, lo encomendó a Dios; y él
falló a la puerta del palacio a Gandalín, que le tenía la lanza y
escudo y el caballo; y cabalgando en él, se fué su vía sin que de
ninguno visto fuese, por ser aún de noche.
CAPÍTULO TERCERO
LA BOLA DE CERA
_Todo aquel día anduvo el Doncel del Mar con Gandalín, su escudero,
por una floresta, en la cual, siendo ya tarde_, vió venir una doncella
en un palafrén, que traía una lanza, _y otra doncella la acompañaba_.
Viniéronse ambas contra él; e como llegaron, la doncella de la lanza le
dijo:
--Señor, tomad esta lanza, e dígovos que ante de tercero día faréis con
ella tales golpes, porque libraréis la casa donde primero salistes.
Él fué maravillado de lo que decía, e dijo:
--Doncella, la casa ¿cómo puede morir ni vivir?
--Así será como yo lo digo --dijo ella--, e la lanza os dó por algunas
mercedes que de vos espero.
E dando de las espuelas al palafrén, se fué su vía.
[Ilustración]
La otra doncella quedó con él e dijo:
--Señor caballero, _sabed como era Urganda la Desconocida quien la
lanza os ha dado_. E díjome que después que de vos se partiese, os lo
hiciese saber, y que mucho vos ama.
--¡Ay, Dios! --dijo él--, cómo soy sin ventura en la no conocer, e si
la dejo de buscar, es porque ninguno la hallará sin su grado.
_Yendo el Doncel su camino, llegó de allí a tres días a un castillo, a
sazón de que en su patio, un caballero solo, al cual le habían matado
ya el caballo, era traidoramente atacado por otros dos caballeros y
por más de diez peones, que lo herían por todas partes. A punto estaba
de sucumbir, cuando el Doncel del Mar acometió con gran brío a los que
le atacaban, y derribó y mató a los más de ellos. Visto lo cual, cobró
nuevos ánimos el primer caballero y entre uno y otro dejaron limpio
de traidores todo el castillo. El Doncel, que había reconocido al rey
Perión de Gaula en el caballero por él socorrido, no quería quitarse
el yelmo ante él, pues sólo cuando sus hazañas le hubieran ganado fama
digna de la de quien le había dado la orden de caballería, quería
dársele a conocer; pero tanto le rogó Perión, que acabó por descubrirse
y el rey, abrazándolo, dijo:_
_--Amigo, gracias doy a Dios por haber hecho en vos lo que hice._
_Y muy alegre, oyó de él que le ayudaría en la guerra que tenía
empeñada con el rey de Irlanda._
_Había ya en la Corte de Languines, con secreta alegría de Oriana,
noticia de las primeras hazañas del Doncel del Mar, cuando_ llegaron
tres naos, en que venía _un mensajero del rey Lisuarte_, con cient
caballeros e dueñas e doncellas para llevar a Oriana. El rey Languines
los acogió bien. El _mensajero_ le dijo el mandado del Rey su señor,
cómo enviaba por su hija, y demás desto, que le rogaba enviase con
Oriana a Mabilia, su fija, que así como ella misma sería tratada e
honrada a su voluntad. El Rey fué muy alegre dello, e ataviólas muy
bien, e tovo al caballero e a las dueñas e doncellas en su corte
algunos días, faciéndoles muchas fiestas y mercedes, e fizo aderezar
otras naves, e bastecerlas de las cosas necesarias; e hizo aparejar
caballeros e dueñas e doncellas, las que le pareció que convenían para
tal viaje.
Oriana, que vió que este camino no se podía excusar, acordó de recoger
sus joyas, e andándolas recogiendo, vió la cera que tomara al Doncel
del Mar, y membrósele dél, e viniéronle las lágrimas a los ojos, e
apretó las manos con cuita de amor que la forzaba, y quebrantó la cera
e vió que dentro estaba _una carta escrita en pergamino_, y leyéndola,
halló que decía: “Este es Amadís Sin-tiempo, fijo de rey.”
Ella, que la carta vió, estuvo pensando un poco, y entendió que el
Doncel del Mar había nombre Amadís, e vió que era hijo de rey. Tal
alegría nunca en corazón de persona entró como en el suyo, y llamando a
la doncella de Denamarca, _en quien confiaba más que en todas sus otras
servidoras_, le dijo:
--Amiga, yo vos quiero decir un secreto, que le no diría sino a mi
corazón, e guardadle como poridad de tan alta doncella como yo soy, y
del mejor caballero del mundo.
--Así lo haré --dijo ella--, y, señora, no dudéis de me decir lo que
faga.
--Pues amiga --dijo Oriana--, vos os id al caballero novel que sabéis,
y dígovos que le llaman el Doncel del Mar, e fallarlo heis en la guerra
de Gaula; y luego que lo vierdes, dadle esta carta, e decilde que ahí
fallará su nombre, aquel que le escribieron en ella cuando fué echado
en la mar; e sepa que sé yo que es hijo de rey; e que pues él era tan
bueno cuando no lo sabía, agora pune de ser mejor; e decilde que mi
padre envió por mí e me llevan a él; que le envío yo decir que se parta
de la guerra de Gaula, e se vaya luego a la Gran Bretaña, e pune de
vivir con mi padre fasta que le yo mande lo que faga.
La doncella, con ese mandado que oís, fué della despedida, y entrada en
el camino de Gaula.
Oriana e Mabilia con dueñas e doncellas, encomendándolas el Rey e la
Reina a Dios, fueron metidas en las naos; los marineros soltaron las
áncoras y tendieron sus velas, e como el tiempo era aderezado, pasaron
presto en la Gran Bretaña, donde muy bien recebidas fueron.
CAPÍTULO CUARTO
LA GUERRA DE GAULA
_El Doncel del Mar, con Agrajes y los otros caballeros que el rey de
Escocia enviaba en favor de su cuñado Perión, pasada la mar, entraron
en Gaula_ y se fueron a Baladín, un castillo donde el rey Perión
era, donde mantenía su guerra, habiendo mucha gente perdido; que con
su venida de ellos muy alegre fué, e hízoles dar buenas posadas; e
la reina Elisena, _hermana de la Reina de Escocia_, hizo decir a su
sobrino Agrajes que la viniese a ver. Él llamó al Doncel del Mar e
otros dos caballeros para ir allá.
El rey Perión cató el Doncel, e conociólo que aquel era el que él
hiciera caballero y el que le acorriera en el castillo; e fué contra él
e dijo:
--Amigo, vos seáis muy bien venido, e sabed que en vos he yo grande
esfuerzo, tanto, que no dudo ya mi guerra, pues vos he en mi compañía.
--Señor --dijo--, en la vuestra ayuda me habréis vos cuanto mi persona
durare e la guerra haya fin.
Así hablando, llegaron a la Reina, e Agrajes le fué a besar las manos,
y ella fué con él muy alegre, y el Rey le dijo:
--Dueña, veis aquí el muy buen caballero de que yo os hablé, que me
sacó del mayor peligro en que nunca fué; éste os digo que améis más
que a otro caballero.
Ella le vino a abrazar, y él hincó los hinojos ante ella e dijo:
--Señora, yo soy criado de vuestra hermana, e por ella vengo a vos
servir, e como ella misma me podéis mandar.
La Reina gelo agradesció con mucho amor, e catábalo, como era tan
hermoso; membrándose de _un_ hijo, que había perdido, _sin que pudiera
saber qué habría sido de él_, viniéronle las lágrimas a los ojos. Y el
Doncel del Mar le dijo:
--Señora, no lloréis; que presto seréis tornada en vuestra alegría, con
la ayuda de Dios y del Rey e deste caballero vuestro sobrino, e yo, que
de grado vos serviré.
Ella dijo:
--Mi buen amigo: vos, que sois caballero de mi hermana, quiero que
poséis en mi casa, e allí vos darán las cosas que hobierdes menester.
La mañana venida fueron el rey Perión e su mujer a ver qué hacía el
Doncel del Mar, e halláronlo que se levantaba e lavaba las manos, e
viéronle los ojos bermejos e las haces mojadas de lágrimas; así que
bien parescía que dormiera poco de noche, e sin falta así era, que
membrándose de su amiga, considerando la gran cuita que por ella le
venía, sin tener ninguna esperanza de remedio, otra cosa no esperaba
sino la muerte.
La Reina llamó a Gandalín e díjole:
--Amigo, ¿qué hobo vuestro señor, que me paresce en su semblante ser en
gran tristeza? ¿Es por algún descontentamiento que aquí haya habido?
--Señora --dijo él--, aquí recibe él mucha honra y merced; mas él ha
así de costumbre que llora dormiendo, así como agora veis que en él
parece.
Y en cuanto así estaban, vieron los de la villa muchos enemigos e bien
armados cabe sí, e daban voces:
--¡Armas, armas!
El Doncel del Mar fué muy alegre, y el Rey le dijo:
--Buen amigo, nuestros enemigos son aquí.
Y él dijo:
--Armémonos e vayamos los ver.
Y el Rey demandó sus armas y el Doncel las suyas, e desque armados
fueron e a caballo, fueron a la puerta de la villa. Como llegaron, dijo
el Doncel del Mar:
--Señor, mandadnos abrir la puerta.
Y el Rey, a quien no placía menos de se combatir, mandó que la
abriesen, e salieron todos los caballeros. _Los irlandeses_, que contra
sí los vieron venir, aparejáronse de recebirlos, así como aquellos que
mucho los desamaban. El Doncel del Mar se firió con _un capitán_ que
delante venía, y encontróle tan fuertemente, que a él e al caballo
derribó en tierra, e hobo la una pierna quebrada, e quebró la lanza
e puso luego mano a su espada, e dejóse correr a los otros como león
sañudo, faciendo maravillas en dar golpes a todas partes; así que no
quedaba cosa ante la su espada; que a la tierra derribar los facía,
a unos muertos e a otros feridos. El rey Perión llegó con toda la
gente muy esforzadamente, como aquel que con voluntad de ferirlos gana
tenía, e Daganel, _jefe de los irlandeses y amigo del rey Abíes_, los
rescibió con los suyos muy animosamente; así que fueron los unos e los
otros mezclados en uno. Allí veríades al Doncel del Mar haciendo cosas
extrañas, derribando e matando cuantos ante sí hallaba, que no había
hombre que lo osase atender, e metíase en los enemigos, haciendo dellos
corro, que parecía un león bravo.
Agrajes cuando le vió estas cosas facer tomó consigo muy más esfuerzo
que de ante tenía, e dijo a grandes voces por esforzar su gente:
--Caballeros, mirad al mejor caballero e más esforzado que nunca nasció.
Cuando Daganel vió cómo destruía su gente, fué para el Doncel del Mar,
como buen caballero, e quísole ferir el caballo, porque entre los
suyos cayese, mas no pudo, e dióle el Doncel tal golpe por cima del
yelmo, que por fuerza quebraron los lazos e saltóle de la cabeza. El
rey Perión, que en socorro del Doncel del Mar llegaba, dió a Daganel
con su espada tal herida, que lo hendió fasta los dientes. E yendo así
heriendo en los enemigos el rey Perión e su compaña, no tardó mucho
que paresció el rey Abies de Irlanda con todos los suyos, y venía
diciendo:
--Agora a ellos; no quede hombre que no matéis.
El rey Abies no dejó caballero en la silla en cuanto le duró la lanza,
y desque la perdió echó mano a su espada e comenzó a herir con ella tan
bravamente, que a sus enemigos hacía tomar espanto. De manera que los
del rey Perión, no lo pudiendo ya sufrir, retraíanse contra la villa.
Cuando el Doncel del Mar vió que la cosa se paraba mal, comenzó de
facer con mucha saña mejor que antes, porque los de su parte no huyesen
con desacuerdo, e metíase entre la una gente y la otra; y firiendo e
matando en los de Irlanda, daba lugar a los suyos que las espaldas del
todo no volviesen. Agrajes y el rey Perión, que lo vieron en tan gran
peligro e tanto hacer, quedaron siempre con él; así que todos tres eran
amparo de los suyos.
El rey Abies mucho pesar hobo de Daganel _e los demás de su ejército_
que supo que eran muertos; y llegó a él un caballero de los suyos e
díjole:
--Señor, ¿vedes aquel caballero del caballo blanco? No hace sino
maravillas, y él ha muerto vuestros capitanes e otros muchos.
Esto decía por el Doncel del Mar. El rey Abies se llegó más e dijo:
--Caballero, por vuestra venida es muerto el hombre del mundo que yo
más amaba; pero yo haré que lo compréis caramente, si os queréis más
combatir.
--Si vos queréis vengar como caballero ese que decís --_dijo el Doncel
del Mar_-- e mostrar la gran valentía de que sois loado, escoged en
vuestra gente los que más os contentaren, e yo en la mía, e seyendo
iguales, podríades ganar más honra que no con mucha sobra de gente e
soberbia demasiada venir a tomar lo ajeno sin causa ninguna.
--Pues agora decid --dijo el rey Abies-- de cuántos queréis que sea la
batalla.
--Pues que en mí lo dejáis --dijo el Doncel--moveros he otro partido, e
podrá ser que más os agrade. Vos tenéis saña de mí por lo que he fecho,
e yo de vos por lo que en esta tierra hacéis; pues en nuestra culpa
no hay razón por qué ninguno otro padezca, y sea la batalla entre mí
e vos, e luego si quisierdes, con tal que vuestra gente asegure, e la
nuestra también, de se no mover hasta el fin della.
--Así sea --dijo el rey Abies; e fizo llamar diez caballeros, los
mejores de los suyos, e con otros diez que el Doncel del Mar dió,
aseguraron el campo, que por mal ni por bien que les aconteciese no se
moverían.
_Concertada la batalla para el día siguiente_, el Doncel del Mar entró
por la villa con el rey Perión e Agrajes, y levaba la cabeza desarmada,
e todos decían:
--¡Ay, buen caballero, Dios te ayude y dé honra que puedas acabar
lo que has comenzado! ¡Ay, qué hermosura de caballero! En éste es
caballería bien empleada, pues que sobre todos la mantiene en la su
grande alteza.
Otro día de mañana la Reina se vino a ellos con todas sus damas, e
hallólos hablando con el Rey, e comenzóse la misa, e dicha, armóse el
Doncel del Mar, no de aquellas armas que en la lid el día ante trajera,
que no quedaron tales que pudiesen algo aprovechar, más de otras muy
más hermosas y fuertes. E despedido de la Reina e de las dueñas e
doncellas, cabalgó en un caballo holgado que a la puerta le tenían, y
el rey Perión le llevaba el yelmo e Agrajes el escudo. E saliendo por
la puerta de la villa, vieron al rey Abies sobre un caballo negro,
todo armado. Los de la villa e los de la hueste todos se ponían donde
mejor la batalla ver pudiesen, y el campo era ya señalado, el palenque
hecho con muchos cadahalsos en derredor dél. Y desque ambos tomaron
sus armas, salieron todos del campo, encomendando a Dios cada uno el
suyo, y se fueron acometer sin ninguna detenencia a gran correr de
los caballos, como aquellos que eran de gran fuerza e corazón. A las
primeras heridas fueron todas sus armas falsadas, y quebrando las
lanzas, juntáronse uno con otro, así los caballos como ellos, tan
bravamente, que cada uno cayó a su parte, e todos creyeron que eran
muertos, e los trozos de las lanzas tenían metidos por los escudos, que
los hierros llegaban a las carnes; mas como ambos fuesen muy ligeros e
vivos de corazón, levantáronse presto, e quitaron de sí los pedazos de
las lanzas, y echando mano a las espadas, se acometieron tan bravamente
que los que al derredor estaban habían espanto de los ver. La batalla
era entre ellos tan cruel e con tanta priesa, sin se dejar holgar, e
los golpes tan grandes, que no parescían sino de veinte caballeros.
Ellos cortaban los escudos, haciendo caer en el campo grandes rajas, e
abollaban los yelmos y desguarnecían los arneses, de manera que lo más
cortaban en sus carnes; e salía dellos tanta sangre, que sostenerse
era maravilla; mas tan grande era el ardimento que consigo traían, que
cuasi dello no se sentían.
Así duraron en esta primera batalla fasta hora de tercia, que nunca se
pudo conocer en ellos flaqueza ni cobardía, sino que con mucho ánimo se
combatían. El rey Abies, como muy diestro fuese por el gran uso de las
armas, combatíase muy cuerdamente, guardándose de los golpes e hiriendo
donde más podía dañar. Las maravillas que el Doncel hacía en andar
ligero e acometedor y en dar muy duros golpes, le puso en desconcierto
todo su saber, e a mal de su grado, no le pudiendo ya sofrir, perdía
el campo. Tanto fué aquejado, que volviendo casi las espaldas, andaba
buscando alguna guarida con el temor de la espada, que tan crudamente
la sentía; pero como vió que no había sino muerte, volvió, tomando su
espada con ambas las manos, y dejóse ir al Doncel, cuidándolo ferir
por cima del yelmo, y él alzó el escudo donde rescibió el golpe, e
la espada entró tan dentro por él, que la no pudo sacar; e tirándose
afuera, dióle el Doncel del Mar en descubierto en la pierna izquierda
tal herida, que la mitad della fué cortada, y el Rey cayó tendido en el
campo.
El Doncel fué sobre él, e tirándole el yelmo, díjole:
--Muerto eres, rey Abies, si te no otorgas por vencido.
Él dijo:
--Verdaderamente muerto soy, mas no vencido, e bien creo que me mató
mi soberbia, e ruégote que me fagas segura mi compaña, sin que daño
reciban, y llevarme han a mi tierra, e yo perdono a ti e a los que mal
quiero, e mando entregar al rey Perión cuanto le tomé, e ruégote que me
hagas haber confisión, que muerto soy.
_Muerto el rey y partidos los irlandeses con su cadáver, la Doncella
de Dinamarca, enviada por Oriana, y que había visto el final de la
pelea, entregó al Doncel del Mar el pergamino en que iba escrito su
nombre y le dió el recado de su señora de que lo antes que pudiera se
partiera para la Gran Bretaña._ E leyendo _el Doncel del Mar_ la carta,
conoció por ella que el su derecho nombre era Amadís. Acabada la habla,
fué tomado el Doncel del Mar por el rey Perión e Agrajes e los otros
grandes de su partida, e sacado del campo con aquella gloria que los
vencedores en tales autos levar suelen, y entrando por la villa, decían
todos:
--Bien venga el caballero bueno, por quien habemos cobrado honra e
alegría.
Así fueron hasta el palacio, e hallaron en la cámara del Doncel del Mar
a la Reina con todas sus dueñas e doncellas, haciendo muy gran alegría,
y en los brazos della fué él tomado de su caballo, y desarmado por la
mano de la Reina, e vinieron maestros, que le curaron de las feridas, e
aunque muchas eran, no había ninguna que mucho empacho le diese.
CAPÍTULO QUINTO
LOS ANILLOS DEL REY PERIÓN
_Por razones que no son del caso, el hijo mayor de los reyes Perión y
Elisena, nacido en ausencia del padre, había sido hecho desaparecer, al
tiempo de ver la luz del mundo, por Darioleta, doncella y confidente de
la madre. Entre otras cosas había llevado el niño colgado al cuello un
anillo que Perión le había dado a Elisena, su mujer, idéntico a otro de
que jamás se desprendía el Rey. Pero la Reina nunca le había confesado
que, siendo en gran peligro su vida, había tenido que abandonar su
hijo, sino que Perión creía que éste había nacido muerto y que el
anillo, por falta de cuidado, era perdido._
_Otro hijo de aquel real matrimonio, Galaor, aún muy mancebo, había
también desaparecido y, sin que sus padres supieran de él, se criaba en
tierra extraña, en el ejercicio de toda suerte de armas._
_Días después de su victoria_, pasando el Doncel del Mar por una sala,
vió a Melicia, hija del Rey, niña, que estaba llorando, y preguntóla
qué había. La niña dijo:
--Señor, perdí un anillo que el Rey me dió a guardar en tanto que él
duerme.
--Pues yo os daré --dijo él-- otro tan bueno o mejor, que le deis.
Entonces sacó de su dedo un anillo e dióselo. Ella dijo:
--Este es el que yo perdí.
--No es --dijo él.
--Pues es el anillo del mundo que más le parece --dijo la niña.
--Por esto está mejor --dijo el Doncel del Mar--, que en lugar del otro
le daréis.
Y dejándola, se fué a su cámara, e acostóse en un lecho.
El Rey despertó y demandó a su hija que le diese el anillo, y ella
le dió aquel que tenía; él lo metió en su dedo, creyendo que el suyo
fuese; mas vió yacer a un cabo de la cámara el otro que su hija perdió,
e tomándolo, juntólo con el otro, e vió que era el que él a la Reina
había dado, y dijo a la niña:
--¿Cómo fué esto de este anillo?
Ella, que mucho le temía, dijo:
--Por Dios, señor, el vuestro perdí yo, e pasó por aquí el Doncel del
Mar, e como vió que yo lloraba, dióme ese que él traía, e yo pensé que
el vuestro era.
El Rey entró en la cámara de la Reina, y cerrada la puerta, dijo:
--Dueña, vos me negastes siempre el anillo que yo os diera, y el Doncel
del Mar halo dado agora a Melicia; ¿cómo pudo ser esto? Que veisle
aquí. Decidme de qué parte le hobo, e si me mentís, vuestra cabeza lo
pagará.
La Reina díjole:
--¡Ay, señor, agora vos diré la mi cuita, que hasta aquí os hobe negado!
Entonces comenzó de llorar muy recio, firiendo con sus manos en el
rostro, e dijo cómo echara a su hijo en el río, que llevara consigo el
espada e aquel anillo.
--Por cierto --dijo el Rey-- yo creo que este es nuestro hijo.
La Reina tendió las manos, diciendo:
--Así pluguiese al Señor del mundo.
--Agora vamos allá vos e yo --dijo el Rey-- e preguntémosle de su
hacienda.
Luego fueron entrambos solos a la cámara donde él estaba, e falláronlo
durmiendo muy asosegadamente. Mas el Rey tomó en su mano la espada, que
a la cabecera de la cama era puesta, e catándola, la conoció luego,
como aquel que con ella diera muchos golpes e buenos, e dijo contra la
Reina:
--Por Dios, esta espada conozco yo bien, e agora creo más lo que me
dejistes.
--Ay, señor --dijo la Reina--, no le dejemos más dormir, que mi corazón
se aqueja mucho.
E fué para él, e tomándole por la mano, tiróle un poco contra sí,
diciendo:
--Amigo señor, acorredme en esta priesa e congoja en que estoy.
Él despertó e vióla muy reciamente llorar, e dijo:
--Señora, ¿qué es eso que habéis? Si mi servicio puede algo remediar,
mandádmelo; que fasta la muerte se cumplirá.
--Ay, amigo --dijo la Reina--; pues agora nos acorred con vuestra
palabra en decir cúyo hijo sois.
--Así Dios me ayude --dijo él--, no lo sé; que yo fuí hallado en la mar
por gran aventura.
La Reina cayó a sus pies toda turbada, y él hincó los hinojos ante ella
e dijo:
--¡Ay, Dios! ¿Qué es esto?
Ella dijo llorando:
--Hijo, ves aquí tu padre e madre.
Cuando él esto oyó, dijo:
--¡Santa María! ¿Qué será esto que oyo?
La Reina, teniéndolo entre sus brazos, tornó e dijo:
[Ilustración]
--Es, hijo, que quiso Dios, por su merced, que cobrásemos aquel yerro
que por gran miedo yo hice; e, mi hijo, yo, como mala madre, os eché en
la mar, e veis aquí el Rey, que os engendró.
Entonces hincó los hinojos y les besó las manos con muchas lágrimas
de placer, dando gracias a Dios porque así le había sacado de tantos
peligros para en la fin le dar tanta honra e buena ventura con tal
padre e madre.
La Reina le dijo:
--Hijo, ¿sabéis vos si habéis otro nombre sino éste?
--Señora, sí sé --dijo él-- que al partir de la batalla me dió aquella
doncella una carta que llevé envuelta en cera cuando en la mar fuí
echado; en que dice llamarme Amadís.
Entonces sacándola de su seno, gela dió, e vieron cómo era la mesma que
Darioleta por su mano escribiera, e dijo:
--Mi amado hijo, cuando esta carta se escribió era yo en toda cuita e
dolor, e agora soy en toda holganza e alegría, ¡bendito sea Dios!, e de
aquí adelante por este nombre os llamad.
--Así lo haré --dijo él; e fué llamado Amadís, y en otras muchas partes
Amadís de Gaula.
El rey Perión mandó llegar cortes, porque todos viesen a su hijo
Amadís; donde se hicieron muchas alegrías e juegos en honor y servicio
de aquel señor que Dios les diera, con el cual e con su padre esperaban
vivir en mucha honra y descanso; en fin de las cuales Amadís habló con
su padre, diciendo que él se quería ir a la Gran Bretaña, y que le
diese licencia. Mucho trabajó el Rey e la Reina por lo detener; mas por
ninguna vía pudieron; que la gran cuita que por su señora pasaba no le
dejaba ni daba lugar a que otra obediencia tuviese sino aquella que su
corazón sojuzgaba, e tomando consigo solamente a Gandalín e otras tales
armas como las que el rey Abies le despedazara en la batalla, así se
partió, e anduvo tanto fasta que llegó a la mar; y entrando en una
fusta, pasó en la Gran Bretaña.
CAPÍTULO SEXTO
DON GALAOR
_Después de correr diversas aventuras por aquel reino y haber armado
caballero a su hermano don Galaor, sin sospechar quien era, llegó
Amadís cerca de Vindilisora, donde estaba la corte del rey Lisuarte, y
Oriana en ella. Subió a un otero, desde donde le pareció que la villa
mejor se podría ver_; se asentó al pie de un árbol, e comenzó a mirar
la villa, e vió las torres e los muros asaz altos, e dijo en su corazón:
--¡Ay, Dios! ¡Dónde está allí la flor del mundo! ¡Ay, villa! ¡cómo eres
agora en gran alteza, por ser en ti aquella señora que entre todas las
del mundo no ha par en bondad ni fermosura! E aun digo que es más amada
que todas las que amadas son, y esto probaré yo al mejor caballero del
mundo, si me della fuese otorgado.
Después que a su señora hobo loado, un tan gran cuidado le vino, que
las lágrimas fueron a sus ojos venidas, e falleciéndole el corazón,
cayó en un tan gran pensamiento, que todo estaba estordecido, de guisa
que de sí ni de otro sabía parte.
_Por mandato de su señora, después de haber vencido y muerto en
desafío, en defensa de una dueña desamparada, a Dardán el Soberbio,
uno de los caballeros más fuertes de aquel reino, presentóse Amadís
en la Corte del rey Lisuarte._ Mucho se maravillaban todos de la gran
fermosura de Amadís, e cómo siendo tan mozo pudo vencer a Dardán, que
tan esforzado era, que en toda la Gran Bretaña le temían.
_El Rey quería que tan buen caballero no saliera de su Corte; pero
Amadís, aunque otra cosa no deseara, no lo otorgó hasta que se lo pidió
también la Reina, y Oriana le hizo señas de que accediera a su deseo.
Dijo Amadís a la Reina y su hija:_
--No seré de otro sino vuestro, e si al Rey en algo sirviere, será como
vuestro e no como suyo.
--Así vos recebimos yo e todas las otras --dijo la Reina.
Luego lo envió decir al Rey, el cual fué muy alegre, y envió _un
caballero_ que gelo trajese e así lo fizo; e venido ante él,
abrazándolo con gran amor, le dijo:
--Amigo, agora soy muy alegre en haber acabado esto que tanto deseaba,
e cierto yo tengo gana que de mí recibáis mercedes.
Amadís gelo tuvo en merced señalada. Desta manera que oís quedó Amadís
en la casa del rey Lisuarte por mandado de su señora.
_De allí a poco comenzaron a saberse las maravillosas hazañas que
venía realizando don Galaor por todas aquellas tierras, pobladas
de castillos y florestas. Amadís deseaba ardientemente conocer a
su hermano y, con licencia de Oriana, seguido de su fiel escudero
Gandalín, fué a recorrer el reino por ver si lograba dar con él y
traerlo consigo a la Corte del rey Lisuarte._
_No podemos detallar aquí, como lo hacen los antiguos autores de
esta historia, las continuas aventuras que corrió Amadís en aquellas
andanzas, en todas las cuales desplegó la más asombrosa bravura y el
más completo dominio de las armas; sólo sí diremos que en una de las en
que mayor riesgo corrió, ganó para su servicio un enano que nunca más
dejó de acompañarle en sus viajes y al que cobró grande afecto._
_Don Galaor, por su parte, seguía recorriendo también aquella comarca
sin querer presentarse ante su heroico hermano hasta que el número y
fama de sus hazañas lo hubieran hecho digno de ello._
_Cierto día, un caballero le robó su caballo, mediante vil engaño,
y cuando don Galaor iba en su seguimiento, ardiendo en deseos de
venganza, topó con una doncella que le prometió llevarle ante su
burlador si le ofrecía cumplirle un don que había de demandarle
más tarde, sin que por el momento le explicara en lo que había de
consistir. Mas esta doncella era amiga del caballero, y quería llevar
a don Galaor a su poder para que, tomándolo de improviso, además del
caballo le quitara las armas, dejándolo así totalmente burlado. Sin
embargo, no fueron las cosas tal como ella pensaba: don Galaor dió
muerte al falso caballero, y la doncella, en su desesperación, juró no
apartarse del matador hasta encontrar tal ocasión para pedirle el don
que le tenía prometido, que no pudiera menos de perder la vida en la
demanda o quedar por falso y traidor._
_Cierta vez, atravesaba un bosque Amadís_ y el Enano iba delante, e por
el camino que ellos iban venía un caballero e una doncella; e siendo
cerca del caballero, puso mano a su espada, e dejóse correr al Enano
por le tajar la cabeza.
El Enano, con miedo, dejóse caer del rocín, diciendo:
--Acorredme, señor, que me matan.
Amadís, que lo vió, corrió muy ahína e dijo:
--¿Qué es eso, señor caballero? ¿Por qué me queréis matar mi enano? No
pongáis mano en él, que amparar os lo he yo.
--De vos lo amparar --dijo el caballero-- me pesa; mas todavía conviene
que la cabeza le taje.