El amigo de Baselga.
El conde de Baselga tenía un amigo a quien no vacilaba en dar este
nombre.
Aquel misántropo, que huía del trato social no buscando más compañía que
la de los libros, habíase sentido ablandado de repente en su genio
arisco e impenetrable, concediendo poco a poco su confianza a un joven.
Entre los pocos que invitaban en aquella casa por pura cortesía y que
merecían no ser comprendidos en una recepción fría y ceremoniosa
figuraba Joaquín Quirós, joven a quien ciertos periódicos nombraban
siempre con el aditamento de "distinguido e ilustrado" y que tenía
alguna reputación entre la alta sociedad de Madrid.
Estaba ya cinco años empleado en el ministerio de Estado y figuraba con
cierta autoridad al frente del tropel de vizcondes y marquesitos que,
expertos en dirigir un cotillón, mascullando medianamente el francés y
hablando horriblemente el castellano, estaban agregados al citado
ministerio, donde se preparaban a representar a España, tiempo adelante,
en lejanas Embajadas.
Joaquinito Quirós, como le llamaban en las reuniones notables, a pesar
de que estaba ya en sus treinta años, era hijo único del segundón de una
gran casa, que había gastado hasta su último ochavo en Nápoles en
ridículas ostentaciones de riqueza, para hacer ver al mundo que España
elegía siempre sus embajadores entre la gente más opulenta y manirrota.
Cuando no tuvo ya con qué pagar comidas a lo Lúculo y caprichos propios
de Creso y hubo de ceñirse a vivir de su sueldo de embajador, creyó que
España quedaría deshonrada si sobrevivía su arruinado representante, y
un tiro rompió la caja de hueso que contenía aquel menguado cerebro.
Cuando aquel loco se suicidó, su hijo tenía muy pocos años, y aunque
estaba emparentado con la nobleza más distinguida, fué escasa la
protección que recibió, y hubo de amoldarse a una vida mísera que
compartió con su madre. El descendiente del que en Nápoles encomendaba a
Sévres una vajilla de frágil porcelana que costaba una fortuna, y a los
postres la arrojaba por el balcón, riéndose del asombro de los
convidados, antes de ser hombre supo muchísimas veces lo que era hambre
y algunas noches se durmió envuelto en una manta apolillada, pensando
que la suprema felicidad en este mundo era tener una estufa en la
alcoba.
Mediante el auxilio mezquino de algunos parientes de su padre y
valiéndose principalmente de su carácter flexible y adulador y de una
rápida y certera intención para apreciar las debilidades de los hombres,
el joven consiguió seguir la carrera de leyes con escasa brillantez,
pero sin perder un curso, y cuando tuvo el título de abogado, se lanzó
al mundo haciendo valer las condiciones ya citadas.
Fué un chico amable, humilde e instruído, un muchacho juicioso, que
jamás caería en las extravagancias de su padre, y las familias
aristocráticas que de este modo hablaban de Joaquín Quirós, tuvieron
empeño y hasta mostraron entre ellas cierta competencia por ayudar y
proteger a aquel joven que con una sencillez conmovedora agradecía
cuantos servicios le prestaban.
Quirós, tan humilde y tan ingenuo, se reía en su interior de la
imbecilidad de aquellas gentes, que le encumbraban por parecer
caritativas, y lejos de enfadarse por aquellos favores que olían a
limosna, sabía acertadamente adular a unos y excitar el orgullo de
otros, siempre en provecho propio, creando una rivalidad entre todos los
que a porfía le ayudaban a conquistar una posición.
La miseria y los desaires sufridos en su juventud habían quedado muy
impresos en su memoria, y al par que odiaba a todas aquellas gentes que
le auxiliaban, lo mismo que si se tratara de un criado simpático, digno
de mejor suerte, sentía un hambre insaciable de riquezas para resarcirse
de los crueles tormentos de su anterior pobreza.
Las recomendaciones de sus aristocráticos protectores, que hacían valer
los "servicios" que a la patria había prestado el padre de Quirós,
lograron que éste fuese admitido en el ministerio de Estado, donde no
tardó en abrirse paso. Aquel diablo de Joaquinito, como decían las
viejas señoras que le protegían, tenía un aspecto tan simpático y era
tan amable que en todas partes donde entraba conseguía hacerse el amo a
fuerza de cariño. Así era; pero lo que Quirós tenía principalmente en su
favor era su facultad de adulador rastrero, pero hábil, que le hacía
descubrir con rápido golpe de vista las debilidades de sus superiores, a
los cuales sabía elogiar a tiempo, consiguiendo de ellos una sonrisa de
benevolencia protectora.
Además, el joven era trabajador y sabía mostrar tan oportunamente su
mediana inteligencia, que ésta parecía muy superior a su verdadero
mérito. Con estas condiciones había de sobra para abrirse paso en una
oficina del Estado.
A los pocos meses de estar en el ministerio, Joaquinito, siempre amable
y humilde sin afectación, era el imprescindible. Los jefes más adustos y
viejos, que miraban siempre con prevención a los jóvenes agregados,
tenían para él sonrisas de cariño y hablaban con acento protector de su
talento y laboriosidad, y en cuanto al tropel de futuros diplomáticos,
que en los gemelos de su camisa ostentaban un fárrago inmenso de
heráldica, le reconocían voluntariamente como jefe y maestro en todas
las materias.
Los futuros embajadores le consultaban, convencidos de su superioridad,
cuando hacían algún trabajo por encargo de sus superiores, y aún se
mostraban más atentos y sumisos a sus consejos en materias de distinción
y elegancia, pues aquel muchacho, que había paseado cuando estudiante
sus zapatos rotos y su traje deslucido y remendado por todo Madrid, era
ahora el más autorizado intérprete de la moda francesa.
El "pollo" Quirós, como le llamaban en el Casino, era el más acabado
tipo del vividor elegante.
Aquella sociedad aristocrática que le mimaba dispensándole algunas
consideraciones, tal vez lo despreciaba en el fondo, considerándolo como
un ser insignificante por su posición poco desahogada; aquellos
marquesitos que le consultaban mirábanle en ciertas ocasiones con la
superioridad que tiene el que sirve al Estado por gusto, sobre el que es
empleado por comer; pero Quirós, a pesar de conocer el verdadero
concepto que merecía a aquellas gentes, continuaba como siempre, y
explotando la benevolencia de unos y otros, iba echando raíces que
aseguraban los avances que hacía, siempre en busca de fortuna.
Los cambios políticos, esos terribles cataclismos para el empleado, que
barren furiosamente el personal de las oficinas para sustituirlo por
otro tan inepto como el anterior, aunque más hambriento, no conseguían
atemorizar a Quirós, que se consideraba muy fuerte y seguro en el puesto
que ocupaba. Empleado por los moderados en el período álgido de la
brutal dictadura de Narváez, y significado por sus exageradas muestras
de adhesión al Gobierno, al subir al Poder la Unión Liberal esperaban
todos sus compañeros que cayese sobre él la cesantía; pero ésto no llegó
y en su lugar vino un ascenso.
Tenía amigos protectores en todos los partidos; sus superiores le
querían, los títulos más linajudos le daban su protección, y
especialmente contaba con el apoyo del padre Claudio, a quien había
conocido en el mundo elegante y el cual le apreciaba haciéndose lenguas
de su talento. El jesuíta había adivinado en él un hermano malogrado que
de llegar a vestir la sotana hubiera prestado grandes servicios a la
Orden como confesor de princesas e intrigante palaciego.
--Me río yo de los cambios políticos--decía el joven vividor con aire de
hombre confiado--. Yo estoy a prueba de cesantías, y mientras tenga tan
buenos amigos me da lo mismo que mande O'Donnell o Narváez.
Quirós no contaba únicamente con sus cualidades de joven laborioso,
amable y sencillo. Tenía otras que le hacían ser muy apreciado en la
alta sociedad, especialmente por las señoras y los personajes serios.
Ante todo era un espíritu profundamente religioso. Era, según la feliz
expresión del padre Claudio, un muchacho como ya no los había en este
siglo de escepticismo y de incredulidad.
¡Con qué fervor hablaba Quirós en los bailes, entre un vals y un
rigodón, de la santa religión católica, ante un grupo de viejas
retocadas que rabiaban al tener que desempeñar el papel de beatas, ya
que no podían hacer lo que en sus juveniles tiempos! Con tanto fuego y
acento tan expresivo defendía a la religión aquel diplomático vividor,
que hubo quien le comparó una vez al elocuente San Bernardo, ignorando,
sin duda, que el fanático competidor de Pedro Abelardo no sostenía
contiendas religiosas, después de haber disertado con brillantez en una
mesa del Casino, acerca de la nueva forma de los fracs y de los botones
que debían llevarse en la pechera.
Donoso Cortés era el modelo de oratoria, el gran maestro para aquel
intrigante aprovechado, y con acento declamatorio, mirando unas veces al
cielo como víctima que pide misericordia, y tronando otras con acento
apocalíptico, ensartaba lugares comunes para arrojarlos contra la
sociedad descreída que odiaba a los sacerdotes y se mofaba del
catolicismo, prediciendo un sinnúmero de catástrofes horripilantes si el
mundo no se separaba de la senda de perdición a que le impulsaban las
doctrinas republicanas y librepensadoras.
¡Qué talento tenía aquel Joaquinito! Lo malo era que algunos de sus
aristocráticos compañeros de oficina, oyéndole perorar de este modo ante
unas cuantas viejas y antiguos calaveras convertidos ahora en beatos,
aunque ponían una cara compungida, propia de un devoto indignado, se
reían en su interior, recordando alegres cenas en un gabinete particular
de Fornos, donde Quirós, dando besos y pellizcos a las convidadas que
tenía más cerca, se esforzaba en demostrar que en el mundo todo es carne
y dinero y que el hombre de talento debe excederse por alcanzar estos
dos medios de felicidad, dejando para el populacho el consuelo de la
religión, que él calificaba de farsa, entre las risotadas de aquellos
marquesitos que pertenecían a familias muy cristianas y habían sido
educados por los padres jesuítas.
--¡Valiente farsante!--decían admirados al oírle declamar a favor de la
religión aquellos hijos de familia que en sus casas se veían precisados
a proceder tan hipócritamente, aunque con menos talento.
Quirós no se contentaba con ser un predicador de salón, pues ansioso de
ganar alguna notoriedad, escribía en el "Boletín de las Damas
Católicas", un periódico que pasaba por órgano del padre Claudio y cuyos
números figuraban en los tocadores de las señoras de la aristocracia,
manchados muchas veces por el colorete y el agua de Colonia. En aquella
publicación, que era como la trompeta de la elegancia devota, llamando
sin cesar a que se prosternasen a los pies de los jesuítas todas las
personas de gran fortuna, Quirós publicaba artículos trascendentales
sobre la inmoralidad de los tiempos o acerca de la impiedad reinante,
tratando con un desdén olímpico a un joven catedrático casi desconocido
que se llamaba Castelar, y que en la Universidad Central daba rudos
golpes al ultramontanismo fanático, explicando historia, y a un tal Pi y
Margall que escribía libros sobre arte y ciencia canónica, que la
autoridad se apresuraba a recoger con tanta presteza como si se tratase
de combatir una invasión epidémica.
¡Qué cosas se le ocurrían al "pollo" cuando trataba con tan soberano
desprecio a aquellos escritorzuelos impíos, y con qué desparpajo se
burlaba de ellos!
Aquello era escribir, según la opinión del padre Felipe y todas sus
antiguas penitentas, y no lo que hacían unos libelistas que el pueblo se
empeñaba en aplaudir y que sólo sabían hablar mal de la Iglesia, fiel
representante de Dios.
Quirós, sin perder en la alta sociedad su carácter de hombre elegante,
que buscaba un acomodo definitivo, por ejemplo, una esposa rica,
consiguió fama de joven juicioso y de escritor notable, viniendo a
coronar su reputación una novela titulada: "¡Pobre Eulalia!", engendro
lacrimoso y dulzón que, encuadernadito en color de rosa, salió de la
imprenta para ser hojeado por blancas y aristocráticas manos,
descansando sobre el mármol de los tocadores o en el fondo de perfumados
costureros acolchados de raso. Fué aquello un éxito espantoso, una
apoteosis de amables sonrisas y de encantadoras felicitaciones de un
púbilco femenino entusiasmado por la moral de aquella novela. ¡Cuánta
pulcritud en el argumento! Aquella obra era un dechado de delicadeza y
pregonaba el sorprendente talento del autor. Los personajes hablaban
como serafines, se pasaban la vida suspirando; no conocían sino de oídas
la maldad, que tanto abunda en el mundo, y se movían como las figurillas
de un teatro mecánico a voluntad del escritor. La protagonista, joven
cándida, inocente y angelical, envuelta siempre en blancas vestiduras y
tan ideal y vaporosa a fuerza de ser llorona que llegaba a dudarse si
sus diminutos pies tendrían a continuación carnales pantorrillas, pasaba
las de Caín perseguida siempre por el traidor de la obra, un señor que,
por añadidura, nunca iba a misa y hablaba mal de los curas; pero el
lector, después de sufrir y llorar con las desdichas de Eulalia, quedaba
consolado y alegre, pues en el epílogo moría el monstruo y triunfaba la
inocencia, pues hay un Dios que premia la virtud y castiga la maldad,
aunque en el mundo vemos lo contrario todos los días.
Los mismos periódicos que hablaban con fruición de la caridad y de las
costumbres virtuosas de la baronesa de Carrillo, se hicieron lenguas de
la flamante producción de don Joaquín Quirós, "uno de los más decididos
adalides de nuestra santa causa", y el joven consiguió un triunfo
completo.
A los veintinueve años Quirós se acordaba algunas veces de la miseria
que había sufrido en su niñez y de las privaciones terribles que para
educarle se imponía su difunta madre, y al verse en la actualidad
considerado en unas partes como hombre distinguido, en otras como
necesario, y en todas como digno de aspirar a más altos destinos,
reconocía que la suerte no le había sido esquiva y que aún podía
prometerse mayores felicidades en el porvenir.
Como escritor religioso y joven distinguido figuraba en varias
asociaciones devotas. Era aquél el tiempo de las cofradías, pues la
sociedad elegante reflejaba las aficiones de la corte, donde imperaban
como consejeros supremos Sor Patrocinio y el padre Claret. El general
O'Donnell, para agradar a la reina y conservar el Poder, veíase obligado
a ir en las procesiones de la cofradía de San Pascual, con el
escapulario al cuello y el cirio en la mano, y cuando tal hacía el jefe
del Gobierno, inútil es decir el deseo de imitación de aquella sociedad
aristocrática que amoldaba todos sus gustos y diversiones a aquellas que
privaban en Palacio.
Ser miembro importante de una cofradía aristocrática, de una de las
asociaciones creadas con aparente fin benéfico por la incesante
propaganda jesuítica, equivalía en aquella época a tener abiertas las
puertas de los principales centros oficiales, a ser considerado como un
alto personaje revestido de cierta inmunidad, y por esto el aprovechado
Quirós, que nunca se equivocaba al elegir el más rápido camino para
hacer carrera, mostró gran empeño en tomar importante participación en
aquella corriente religiosa y ofreció su servicio a cuantas fundaciones
de tal género se iniciaron.
La directora de aquel movimiento devoto, el centro de aquel torbellino
de fingida fe, era la baronesa de Carrillo, y bajo su protección se puso
el aprovechado Quirós, prestándose a desempeñar el cargo de secretario
en cuantas corporaciones fundaba doña Fernanda.
Las ocupaciones que este cargo llevaba anexas obligaban al joven a
conferenciar frecuentemente con doña Fernanda, y de aquí que visitase
casi diariamente la casa del conde de Baselga, donde llegó a ser casi
tan considerado como el director espiritual de la baronesa.
Los criados encontraban a don Joaquín un señorito muy simpático, que
tenía sonrisas y palabras amables hasta para el mas ínfimo servidor;
doña Fernanda aprovechaba todas las ocasiones para hacerse lenguas de su
talento y su religiosidad, y Enriqueta era la única que lo miraba con
cierta indiferencia, considerándolo sin duda como un ser superficial e
insignificante, con ese buen golpe de vista que poseen muchas veces las
niñas más inocentes.
El conde de Baselga consideró, al principio, del mismo modo que su hija
a aquel joven tan locuaz y adulador, pero poco a poco fué interesándose
por él, y de una indiferencia despreciativa pasó a un afecto que poco a
poco fué creciendo y dominándolo.
Era que la astucia de Quirós había adivinado el punto flaco de aquel
carácter taciturno y desconfiado, y comenzaba a explotar sus aficiones y
creencias.
El afecto de Baselga considerábalo de gran importancia para él, y de
aquí que hiciese toda clase de esfuerzos para ser su amigo.
Quirós comenzó por mostrarse carlista y hacer, cuantas veces se hablaba
de política en presencia del conde, apasionadas profesiones de fe en
favor de la buena causa. Cada uno de aquellos ditirambos que soltaba en
honor de la rama legítima de los Borbones y del absolutismo, acompañados
de maldiciones a Fernando VII, valíale fijas miradas del conde, que le
escuchaba sin romper su obstinado silencio.
El era carlista y no tenía inconveniente en decirlo en todas partes, así
como en asegurar que si servía al legítimo gobierno de Isabel II era
porque ésta, en su concepto, no tardaría en ser iluminada por Dios con
la luz de la verdad, lo que haría que ésta entregase la corona a sus
parientes, que era a quienes pertenecía. Además, él estaba empleado en
el Ministerio de Estado porque así lo exigían sus correligionarios, pues
desde su puesto podría servir mejor a los intereses del partido.
Aquellas declaraciones, unidas a ciertas oportunas muestras de interés,
lograron conmover al conde, que, faltando a sus hábitos de misantrópica
reserva, comenzó a dispensarle cierta confianza.
Baselga, después de muchos años de aislamiento social, experimentaba la
apremiante necesidad de comunicar a alguien sus pensamientos y entablar
una íntima relación.
Renacía el hombre en él, con todos sus naturales necesidades, y sus
aficiones al estudio, así como el aventurado plan que hervía en su
cerebro, algo perturbado, le obligaban a buscar un verdadero amigo en
quien depositar sus locas ilusiones.
Quirós fué el primero que se acercó a él, y de aquí que le concediese
toda su confianza.
El joven diplomático conquistó de tal modo el afecto de Baselga, que
éste no tardó en considerar como necesaria su amistad, haciéndole
partícipe de todos sus secretos.
Al principio el conde se limitó a relatarle sus estudios, complaciéndose
en enseñarle, con la misma pasión del avaro al mostrar sus tesoros, la
preciosa biblioteca militar que había logrado reunir; pero cuando el
joven fué penetrando en su intimidad y se dedicó a visitar diariamente
su gabinete de trabajo, le fué imposible a Baselga ocultar el plan
grandioso a que dedicaba su existencia, y en un momento de abandono
relató a Quirós su soñada conquista de Gibraltar.
El joven tenía gran dominio sobre sí mismo y sabía ocultar hábilmente
sus impresiones; pero a pesar de esto, cuando el conde, con una calma
olímpica, le fué explicando su plan, le faltó muy poco para exclamar:
--¡Este hombre está loco!
Algún oculto propósito debía tener Quirós acerca del conde, por cuanto
halagó tan locas ilusiones, incitándole a perseverar en el descabellado
plan. Este era el medio más seguro para conquistar por completo su
confianza.
Quirós aceptó con entusiasmo las ideas del conde, y fingiendo con
aquella habilidad de farsante que tan irresistible le hacía, un amor sin
límites a la patria, juró que ayudaría a su viejo amigo en tan santa
empresa.
Desde entonces Baselga tuvo en el joven un auxiliar apreciable, al que
dió bastante trabajo, pues por un capricho propio del que se encariña en
una idea y quiere poseerla por completo, le hizo sacar copia de cuantos
datos existían en el archivo de Estado acerca de la cesión de Gibraltar
a los ingleses.
De este modo tuvo el conde un amigo íntimo, y Joaquinito Quirós fué en
casa de Baselga un personaje considerado por todos casi como miembro de
la familia.