XV

El amigo de Baselga.

El conde de Baselga tenía un amigo a quien no vacilaba en dar este

nombre.

Aquel misántropo, que huía del trato social no buscando más compañía que

la de los libros, habíase sentido ablandado de repente en su genio

arisco e impenetrable, concediendo poco a poco su confianza a un joven.

Entre los pocos que invitaban en aquella casa por pura cortesía y que

merecían no ser comprendidos en una recepción fría y ceremoniosa

figuraba Joaquín Quirós, joven a quien ciertos periódicos nombraban

siempre con el aditamento de "distinguido e ilustrado" y que tenía

alguna reputación entre la alta sociedad de Madrid.

Estaba ya cinco años empleado en el ministerio de Estado y figuraba con

cierta autoridad al frente del tropel de vizcondes y marquesitos que,

expertos en dirigir un cotillón, mascullando medianamente el francés y

hablando horriblemente el castellano, estaban agregados al citado

ministerio, donde se preparaban a representar a España, tiempo adelante,

en lejanas Embajadas.

Joaquinito Quirós, como le llamaban en las reuniones notables, a pesar

de que estaba ya en sus treinta años, era hijo único del segundón de una

gran casa, que había gastado hasta su último ochavo en Nápoles en

ridículas ostentaciones de riqueza, para hacer ver al mundo que España

elegía siempre sus embajadores entre la gente más opulenta y manirrota.

Cuando no tuvo ya con qué pagar comidas a lo Lúculo y caprichos propios

de Creso y hubo de ceñirse a vivir de su sueldo de embajador, creyó que

España quedaría deshonrada si sobrevivía su arruinado representante, y

un tiro rompió la caja de hueso que contenía aquel menguado cerebro.

Cuando aquel loco se suicidó, su hijo tenía muy pocos años, y aunque

estaba emparentado con la nobleza más distinguida, fué escasa la

protección que recibió, y hubo de amoldarse a una vida mísera que

compartió con su madre. El descendiente del que en Nápoles encomendaba a

Sévres una vajilla de frágil porcelana que costaba una fortuna, y a los

postres la arrojaba por el balcón, riéndose del asombro de los

convidados, antes de ser hombre supo muchísimas veces lo que era hambre

y algunas noches se durmió envuelto en una manta apolillada, pensando

que la suprema felicidad en este mundo era tener una estufa en la

alcoba.

Mediante el auxilio mezquino de algunos parientes de su padre y

valiéndose principalmente de su carácter flexible y adulador y de una

rápida y certera intención para apreciar las debilidades de los hombres,

el joven consiguió seguir la carrera de leyes con escasa brillantez,

pero sin perder un curso, y cuando tuvo el título de abogado, se lanzó

al mundo haciendo valer las condiciones ya citadas.

Fué un chico amable, humilde e instruído, un muchacho juicioso, que

jamás caería en las extravagancias de su padre, y las familias

aristocráticas que de este modo hablaban de Joaquín Quirós, tuvieron

empeño y hasta mostraron entre ellas cierta competencia por ayudar y

proteger a aquel joven que con una sencillez conmovedora agradecía

cuantos servicios le prestaban.

Quirós, tan humilde y tan ingenuo, se reía en su interior de la

imbecilidad de aquellas gentes, que le encumbraban por parecer

caritativas, y lejos de enfadarse por aquellos favores que olían a

limosna, sabía acertadamente adular a unos y excitar el orgullo de

otros, siempre en provecho propio, creando una rivalidad entre todos los

que a porfía le ayudaban a conquistar una posición.

La miseria y los desaires sufridos en su juventud habían quedado muy

impresos en su memoria, y al par que odiaba a todas aquellas gentes que

le auxiliaban, lo mismo que si se tratara de un criado simpático, digno

de mejor suerte, sentía un hambre insaciable de riquezas para resarcirse

de los crueles tormentos de su anterior pobreza.

Las recomendaciones de sus aristocráticos protectores, que hacían valer

los "servicios" que a la patria había prestado el padre de Quirós,

lograron que éste fuese admitido en el ministerio de Estado, donde no

tardó en abrirse paso. Aquel diablo de Joaquinito, como decían las

viejas señoras que le protegían, tenía un aspecto tan simpático y era

tan amable que en todas partes donde entraba conseguía hacerse el amo a

fuerza de cariño. Así era; pero lo que Quirós tenía principalmente en su

favor era su facultad de adulador rastrero, pero hábil, que le hacía

descubrir con rápido golpe de vista las debilidades de sus superiores, a

los cuales sabía elogiar a tiempo, consiguiendo de ellos una sonrisa de

benevolencia protectora.

Además, el joven era trabajador y sabía mostrar tan oportunamente su

mediana inteligencia, que ésta parecía muy superior a su verdadero

mérito. Con estas condiciones había de sobra para abrirse paso en una

oficina del Estado.

A los pocos meses de estar en el ministerio, Joaquinito, siempre amable

y humilde sin afectación, era el imprescindible. Los jefes más adustos y

viejos, que miraban siempre con prevención a los jóvenes agregados,

tenían para él sonrisas de cariño y hablaban con acento protector de su

talento y laboriosidad, y en cuanto al tropel de futuros diplomáticos,

que en los gemelos de su camisa ostentaban un fárrago inmenso de

heráldica, le reconocían voluntariamente como jefe y maestro en todas

las materias.

Los futuros embajadores le consultaban, convencidos de su superioridad,

cuando hacían algún trabajo por encargo de sus superiores, y aún se

mostraban más atentos y sumisos a sus consejos en materias de distinción

y elegancia, pues aquel muchacho, que había paseado cuando estudiante

sus zapatos rotos y su traje deslucido y remendado por todo Madrid, era

ahora el más autorizado intérprete de la moda francesa.

El "pollo" Quirós, como le llamaban en el Casino, era el más acabado

tipo del vividor elegante.

Aquella sociedad aristocrática que le mimaba dispensándole algunas

consideraciones, tal vez lo despreciaba en el fondo, considerándolo como

un ser insignificante por su posición poco desahogada; aquellos

marquesitos que le consultaban mirábanle en ciertas ocasiones con la

superioridad que tiene el que sirve al Estado por gusto, sobre el que es

empleado por comer; pero Quirós, a pesar de conocer el verdadero

concepto que merecía a aquellas gentes, continuaba como siempre, y

explotando la benevolencia de unos y otros, iba echando raíces que

aseguraban los avances que hacía, siempre en busca de fortuna.

Los cambios políticos, esos terribles cataclismos para el empleado, que

barren furiosamente el personal de las oficinas para sustituirlo por

otro tan inepto como el anterior, aunque más hambriento, no conseguían

atemorizar a Quirós, que se consideraba muy fuerte y seguro en el puesto

que ocupaba. Empleado por los moderados en el período álgido de la

brutal dictadura de Narváez, y significado por sus exageradas muestras

de adhesión al Gobierno, al subir al Poder la Unión Liberal esperaban

todos sus compañeros que cayese sobre él la cesantía; pero ésto no llegó

y en su lugar vino un ascenso.

Tenía amigos protectores en todos los partidos; sus superiores le

querían, los títulos más linajudos le daban su protección, y

especialmente contaba con el apoyo del padre Claudio, a quien había

conocido en el mundo elegante y el cual le apreciaba haciéndose lenguas

de su talento. El jesuíta había adivinado en él un hermano malogrado que

de llegar a vestir la sotana hubiera prestado grandes servicios a la

Orden como confesor de princesas e intrigante palaciego.

--Me río yo de los cambios políticos--decía el joven vividor con aire de

hombre confiado--. Yo estoy a prueba de cesantías, y mientras tenga tan

buenos amigos me da lo mismo que mande O'Donnell o Narváez.

Quirós no contaba únicamente con sus cualidades de joven laborioso,

amable y sencillo. Tenía otras que le hacían ser muy apreciado en la

alta sociedad, especialmente por las señoras y los personajes serios.

Ante todo era un espíritu profundamente religioso. Era, según la feliz

expresión del padre Claudio, un muchacho como ya no los había en este

siglo de escepticismo y de incredulidad.

¡Con qué fervor hablaba Quirós en los bailes, entre un vals y un

rigodón, de la santa religión católica, ante un grupo de viejas

retocadas que rabiaban al tener que desempeñar el papel de beatas, ya

que no podían hacer lo que en sus juveniles tiempos! Con tanto fuego y

acento tan expresivo defendía a la religión aquel diplomático vividor,

que hubo quien le comparó una vez al elocuente San Bernardo, ignorando,

sin duda, que el fanático competidor de Pedro Abelardo no sostenía

contiendas religiosas, después de haber disertado con brillantez en una

mesa del Casino, acerca de la nueva forma de los fracs y de los botones

que debían llevarse en la pechera.

Donoso Cortés era el modelo de oratoria, el gran maestro para aquel

intrigante aprovechado, y con acento declamatorio, mirando unas veces al

cielo como víctima que pide misericordia, y tronando otras con acento

apocalíptico, ensartaba lugares comunes para arrojarlos contra la

sociedad descreída que odiaba a los sacerdotes y se mofaba del

catolicismo, prediciendo un sinnúmero de catástrofes horripilantes si el

mundo no se separaba de la senda de perdición a que le impulsaban las

doctrinas republicanas y librepensadoras.

¡Qué talento tenía aquel Joaquinito! Lo malo era que algunos de sus

aristocráticos compañeros de oficina, oyéndole perorar de este modo ante

unas cuantas viejas y antiguos calaveras convertidos ahora en beatos,

aunque ponían una cara compungida, propia de un devoto indignado, se

reían en su interior, recordando alegres cenas en un gabinete particular

de Fornos, donde Quirós, dando besos y pellizcos a las convidadas que

tenía más cerca, se esforzaba en demostrar que en el mundo todo es carne

y dinero y que el hombre de talento debe excederse por alcanzar estos

dos medios de felicidad, dejando para el populacho el consuelo de la

religión, que él calificaba de farsa, entre las risotadas de aquellos

marquesitos que pertenecían a familias muy cristianas y habían sido

educados por los padres jesuítas.

--¡Valiente farsante!--decían admirados al oírle declamar a favor de la

religión aquellos hijos de familia que en sus casas se veían precisados

a proceder tan hipócritamente, aunque con menos talento.

Quirós no se contentaba con ser un predicador de salón, pues ansioso de

ganar alguna notoriedad, escribía en el "Boletín de las Damas

Católicas", un periódico que pasaba por órgano del padre Claudio y cuyos

números figuraban en los tocadores de las señoras de la aristocracia,

manchados muchas veces por el colorete y el agua de Colonia. En aquella

publicación, que era como la trompeta de la elegancia devota, llamando

sin cesar a que se prosternasen a los pies de los jesuítas todas las

personas de gran fortuna, Quirós publicaba artículos trascendentales

sobre la inmoralidad de los tiempos o acerca de la impiedad reinante,

tratando con un desdén olímpico a un joven catedrático casi desconocido

que se llamaba Castelar, y que en la Universidad Central daba rudos

golpes al ultramontanismo fanático, explicando historia, y a un tal Pi y

Margall que escribía libros sobre arte y ciencia canónica, que la

autoridad se apresuraba a recoger con tanta presteza como si se tratase

de combatir una invasión epidémica.

¡Qué cosas se le ocurrían al "pollo" cuando trataba con tan soberano

desprecio a aquellos escritorzuelos impíos, y con qué desparpajo se

burlaba de ellos!

Aquello era escribir, según la opinión del padre Felipe y todas sus

antiguas penitentas, y no lo que hacían unos libelistas que el pueblo se

empeñaba en aplaudir y que sólo sabían hablar mal de la Iglesia, fiel

representante de Dios.

Quirós, sin perder en la alta sociedad su carácter de hombre elegante,

que buscaba un acomodo definitivo, por ejemplo, una esposa rica,

consiguió fama de joven juicioso y de escritor notable, viniendo a

coronar su reputación una novela titulada: "¡Pobre Eulalia!", engendro

lacrimoso y dulzón que, encuadernadito en color de rosa, salió de la

imprenta para ser hojeado por blancas y aristocráticas manos,

descansando sobre el mármol de los tocadores o en el fondo de perfumados

costureros acolchados de raso. Fué aquello un éxito espantoso, una

apoteosis de amables sonrisas y de encantadoras felicitaciones de un

púbilco femenino entusiasmado por la moral de aquella novela. ¡Cuánta

pulcritud en el argumento! Aquella obra era un dechado de delicadeza y

pregonaba el sorprendente talento del autor. Los personajes hablaban

como serafines, se pasaban la vida suspirando; no conocían sino de oídas

la maldad, que tanto abunda en el mundo, y se movían como las figurillas

de un teatro mecánico a voluntad del escritor. La protagonista, joven

cándida, inocente y angelical, envuelta siempre en blancas vestiduras y

tan ideal y vaporosa a fuerza de ser llorona que llegaba a dudarse si

sus diminutos pies tendrían a continuación carnales pantorrillas, pasaba

las de Caín perseguida siempre por el traidor de la obra, un señor que,

por añadidura, nunca iba a misa y hablaba mal de los curas; pero el

lector, después de sufrir y llorar con las desdichas de Eulalia, quedaba

consolado y alegre, pues en el epílogo moría el monstruo y triunfaba la

inocencia, pues hay un Dios que premia la virtud y castiga la maldad,

aunque en el mundo vemos lo contrario todos los días.

Los mismos periódicos que hablaban con fruición de la caridad y de las

costumbres virtuosas de la baronesa de Carrillo, se hicieron lenguas de

la flamante producción de don Joaquín Quirós, "uno de los más decididos

adalides de nuestra santa causa", y el joven consiguió un triunfo

completo.

A los veintinueve años Quirós se acordaba algunas veces de la miseria

que había sufrido en su niñez y de las privaciones terribles que para

educarle se imponía su difunta madre, y al verse en la actualidad

considerado en unas partes como hombre distinguido, en otras como

necesario, y en todas como digno de aspirar a más altos destinos,

reconocía que la suerte no le había sido esquiva y que aún podía

prometerse mayores felicidades en el porvenir.

Como escritor religioso y joven distinguido figuraba en varias

asociaciones devotas. Era aquél el tiempo de las cofradías, pues la

sociedad elegante reflejaba las aficiones de la corte, donde imperaban

como consejeros supremos Sor Patrocinio y el padre Claret. El general

O'Donnell, para agradar a la reina y conservar el Poder, veíase obligado

a ir en las procesiones de la cofradía de San Pascual, con el

escapulario al cuello y el cirio en la mano, y cuando tal hacía el jefe

del Gobierno, inútil es decir el deseo de imitación de aquella sociedad

aristocrática que amoldaba todos sus gustos y diversiones a aquellas que

privaban en Palacio.

Ser miembro importante de una cofradía aristocrática, de una de las

asociaciones creadas con aparente fin benéfico por la incesante

propaganda jesuítica, equivalía en aquella época a tener abiertas las

puertas de los principales centros oficiales, a ser considerado como un

alto personaje revestido de cierta inmunidad, y por esto el aprovechado

Quirós, que nunca se equivocaba al elegir el más rápido camino para

hacer carrera, mostró gran empeño en tomar importante participación en

aquella corriente religiosa y ofreció su servicio a cuantas fundaciones

de tal género se iniciaron.

La directora de aquel movimiento devoto, el centro de aquel torbellino

de fingida fe, era la baronesa de Carrillo, y bajo su protección se puso

el aprovechado Quirós, prestándose a desempeñar el cargo de secretario

en cuantas corporaciones fundaba doña Fernanda.

Las ocupaciones que este cargo llevaba anexas obligaban al joven a

conferenciar frecuentemente con doña Fernanda, y de aquí que visitase

casi diariamente la casa del conde de Baselga, donde llegó a ser casi

tan considerado como el director espiritual de la baronesa.

Los criados encontraban a don Joaquín un señorito muy simpático, que

tenía sonrisas y palabras amables hasta para el mas ínfimo servidor;

doña Fernanda aprovechaba todas las ocasiones para hacerse lenguas de su

talento y su religiosidad, y Enriqueta era la única que lo miraba con

cierta indiferencia, considerándolo sin duda como un ser superficial e

insignificante, con ese buen golpe de vista que poseen muchas veces las

niñas más inocentes.

El conde de Baselga consideró, al principio, del mismo modo que su hija

a aquel joven tan locuaz y adulador, pero poco a poco fué interesándose

por él, y de una indiferencia despreciativa pasó a un afecto que poco a

poco fué creciendo y dominándolo.

Era que la astucia de Quirós había adivinado el punto flaco de aquel

carácter taciturno y desconfiado, y comenzaba a explotar sus aficiones y

creencias.

El afecto de Baselga considerábalo de gran importancia para él, y de

aquí que hiciese toda clase de esfuerzos para ser su amigo.

Quirós comenzó por mostrarse carlista y hacer, cuantas veces se hablaba

de política en presencia del conde, apasionadas profesiones de fe en

favor de la buena causa. Cada uno de aquellos ditirambos que soltaba en

honor de la rama legítima de los Borbones y del absolutismo, acompañados

de maldiciones a Fernando VII, valíale fijas miradas del conde, que le

escuchaba sin romper su obstinado silencio.

El era carlista y no tenía inconveniente en decirlo en todas partes, así

como en asegurar que si servía al legítimo gobierno de Isabel II era

porque ésta, en su concepto, no tardaría en ser iluminada por Dios con

la luz de la verdad, lo que haría que ésta entregase la corona a sus

parientes, que era a quienes pertenecía. Además, él estaba empleado en

el Ministerio de Estado porque así lo exigían sus correligionarios, pues

desde su puesto podría servir mejor a los intereses del partido.

Aquellas declaraciones, unidas a ciertas oportunas muestras de interés,

lograron conmover al conde, que, faltando a sus hábitos de misantrópica

reserva, comenzó a dispensarle cierta confianza.

Baselga, después de muchos años de aislamiento social, experimentaba la

apremiante necesidad de comunicar a alguien sus pensamientos y entablar

una íntima relación.

Renacía el hombre en él, con todos sus naturales necesidades, y sus

aficiones al estudio, así como el aventurado plan que hervía en su

cerebro, algo perturbado, le obligaban a buscar un verdadero amigo en

quien depositar sus locas ilusiones.

Quirós fué el primero que se acercó a él, y de aquí que le concediese

toda su confianza.

El joven diplomático conquistó de tal modo el afecto de Baselga, que

éste no tardó en considerar como necesaria su amistad, haciéndole

partícipe de todos sus secretos.

Al principio el conde se limitó a relatarle sus estudios, complaciéndose

en enseñarle, con la misma pasión del avaro al mostrar sus tesoros, la

preciosa biblioteca militar que había logrado reunir; pero cuando el

joven fué penetrando en su intimidad y se dedicó a visitar diariamente

su gabinete de trabajo, le fué imposible a Baselga ocultar el plan

grandioso a que dedicaba su existencia, y en un momento de abandono

relató a Quirós su soñada conquista de Gibraltar.

El joven tenía gran dominio sobre sí mismo y sabía ocultar hábilmente

sus impresiones; pero a pesar de esto, cuando el conde, con una calma

olímpica, le fué explicando su plan, le faltó muy poco para exclamar:

--¡Este hombre está loco!

Algún oculto propósito debía tener Quirós acerca del conde, por cuanto

halagó tan locas ilusiones, incitándole a perseverar en el descabellado

plan. Este era el medio más seguro para conquistar por completo su

confianza.

Quirós aceptó con entusiasmo las ideas del conde, y fingiendo con

aquella habilidad de farsante que tan irresistible le hacía, un amor sin

límites a la patria, juró que ayudaría a su viejo amigo en tan santa

empresa.

Desde entonces Baselga tuvo en el joven un auxiliar apreciable, al que

dió bastante trabajo, pues por un capricho propio del que se encariña en

una idea y quiere poseerla por completo, le hizo sacar copia de cuantos

datos existían en el archivo de Estado acerca de la cesión de Gibraltar

a los ingleses.

De este modo tuvo el conde un amigo íntimo, y Joaquinito Quirós fué en

casa de Baselga un personaje considerado por todos casi como miembro de

la familia.

La araña negra, t. 3/9 · 第 20 / 23 题