Primavera de amor.
La primera vez que Enriqueta y Esteban Alvarez se vieron de cerca y
pudieron hablarse fué algunos días después de emprender su viaje la
baronesa de Carrillo.
El invierno era frío y lluvioso, pero aquel día amaneció hermoso y
sereno, y el ama de llaves de Baselga, a más de las diez, cuando su
señor, después de almorzar se encerró en su gabinete para dedicarse a
sus estudios, invitó a Enriqueta a dar un paseo.
Era simplemente, como decía Tomasa, una agradable escapatoria al Retiro,
que aquel día debía de estar hermoso, y por esto Enriqueta se vistió
modestamente, aunque con esa seductora coquetería instintiva en las
jóvenes hermosas y elegantes.
El cochero recibió orden de enganchar, y media hora después, dentro de
una elegante berlina, iban Tomasa y su señorita al hermoso parque que
tiene Madrid.
Enriqueta sentía una agitación que tenía mucho de placentera. Iba por
primera vez a hablar con el hombre adorado y no podía evitar cierta
zozobra, hija del temor de aquel paso decisivo. ¡Ay, si la baronesa
llegaba algún día a saber aquello!
Cuando entraron en el celebrado paseo, Enriqueta, con instintivo
impulso, sacó la cabeza por la portezuela, y a lo lejos, bajo un grupo
de árboles seculares, distinguió la viva mancha de color de un
uniforme.
Era el capitán Alvarez, que, avisado por Tomasa, esperaba también
impaciente.
Las dos mujeres apeáronse del carruaje, y dando orden al cochero para
que esperase en aquel punto, internáronse en una umbrosa alameda sin
mirar a Alvarez, el cual procuraba fingir una completa indiferencia
mientras estuviera al alcance de las miradas del auriga y el lacayo. El
ama de llaves le había recomendado mucho no cometer indiscreciones en
presencia de aquellos criados aficionados al chismorreo de escalera
abajo, cuyas revelaciones subían muchas veces a las habitaciones de sus
tamos.
Poco rato después, en una plazoleta distante, reuníase el capitán con
las dos mujeres.
Quien recuerde el feliz instante en que por primera vez habló a la mujer
amada puede fácilmente imaginarse las impresiones que experimentaron
Esteban y Enriqueta al verse juntos.
El capitán, aunque en su exterior mostraba cierto petulante asombro, era
para ocultar mejor la turbación que experimentaba. Aquel endiablado
mozo, que tan bien sabía entenderse a sablazos con los marroquíes, y que
en épocas de paz, llevado de su carácter batallador, conspiraba contra
el Gobierno, era en el fondo tímido como una doncella, y sentía gran
cortedad al dirigir por primera vez la palabra a Enriqueta.
El no era ningún niño; había tenido sus novias en todos los puntos donde
estuvo de guarnición, y en el regimiento lo consideraban como chico
listo, que aunque serio, sabía sacar su parte a tiempo; pero había gran
diferencia entre las modistillas y las señoritas cursis con que hasta
entonces había tenido relaciones, y aquella joven elegante, millonaria y
aristocrática, que contestaba a sus apasionadas cartas con lacónicos
billetes, que aunque muy amorosos, parecían por su redacción despachos
telegráficos.
Alvarez temía aparecer ridículo en la conversación y deshacer de este
modo el buen efecto que en Enriqueta había producido su adoración desde
lejos.
Por su parte, la joven experimentaba el mismo temor, y de aquí que ambos
amantes caminasen delante de Tomasa exageradamente separados,
balbuceando monosílabos, contentos con mirarse tiernamente, sonriendo
ruborizados, y diciendo de vez en cuando frases estúpidas, sobre la
belleza del día, la lluvia de la semana anterior y el frío que hace en
invierno.
Al fin la juventud y el amor desvanecieron aquellos temores; los jóvenes
se avergonzaron de su conversación imbécil, y después de esperar cada
uno de los amantes que el otro iniciase el amor en el diálogo, como
riachuelos que hinchados por la tempestad rebosan sus ribazos y saltan
sus presas destrozando todos los obstáculos, los dos comenzaron a hablar
con encantadora verbosidad, al principio con cierto recelo y después con
tanta confianza como si hubiesen estado juntos desde su infancia.
Alvarez se reía ahora de su sospecha de resultar ridículo. Enriqueta le
amaba y él, al hablar, decía cuanto le dictaba su cariño, acogiendo la
joven con estremecimientos de placer aquellos juramentos de amor,
extremadamente novelescos, que le dirigía el capitán.
¡Qué mañana tan hermosa fué aquélla para el enamorado militar! En su
pensamiento surgía el recuerdo de aquella otra en que vió en igual sitio
a Enriqueta, y al contemplarse ahora al lado de la hermosa joven en
íntima conversación con ella se consideraba feliz, y creía que la vida
no es tan mala como muchos quieren suponer.
Enriqueta llevaba un abrigo igual o parecido al que vestía aquella
mañana del encuentro, y en su cabeza ostentaba la capota blanca con
lazos de rosa, aquella capotita que danzaba en los ensueños de Alvarez.
Aquello podía ser coquetería de la joven o casualidad; pero tal igualdad
del traje contribuía a hacer más completa la felicidad del capitán.
Pareció a éste que no había transcurrido el tiempo, porque se encontraba
aún en aquella misma mañana y que el año que había pasado con sus
desconsoladoras excitaciones de impotente deseo y sus ensueños
interminables era un rápido centelleo de su imaginación visionaria.
Tan penetrado estaba en esta ilusión que varias veces, con instintivo
movimiento, volvió la cabeza al oír cómo crujía la arena del paseo bajo
unas pisadas acompasadas. Era Tomasa, que marchaba lentamente y
resignada, procurando que existiera alguna distancia entre ella y la
pareja, para que los "muchachos" pudiesen hablarse con entera libertad.
No era la baronesa, como se imaginaba Alvarez en su momentánea
confusión, que le hacía creerse en la mañana misma que vió por primera
vez a Enriqueta. Doña Fernanda se hallaba lejos del Retiro y más lejos
aún de creer que su hermanastra paseaba al lado de "aquel militarucho
insolente", oyendo con ruborosa complacencia sus razonamientos amorosos,
que parecían salir de boca del galán de una comedia de capa y espada.
¡Cuán dulces fueron las emociones que experimentaron los dos jóvenes en
aquella primera entrevista! Cada una de sus confianzas costábanles un
sinnúmero de vacilaciones, de las que luego se reían con inocente
candor. Necesitó Alvarez mostrarse cómicamente grave para que Enriqueta
accediese a tutearle, como ya acostumbraba a hacerlo en las cartas, y
para excusarse la joven dijo, con una franqueza adorable, que le daba
vergüenza hablar con tanta confianza a un señor que tenía más años que
ella.
Si Tomasa no está allí, Alvarez se la hubiera comido a besos.
Era ya mediodía y todavía la pareja, como cometa amoroso cuya cola era
el ama de llaves, iba a la ventura corriendo en caprichoso zigzag el
gigantesco parque, con gran desesperación de Tomasa, que comenzaba a
cansarse y a sentir cierto enojo por la falta de atención de los
enamorados, que no querían sentarse en ningún banco. ¡Aquellos malditos
novios no llegaban a cansarse!
Esto y lo avanzado de la hora obligó a la franca aragonesa a intervenir
en el amoroso diálogo.
Vamos, ¿no había ya bastante? ¿No era ya hora de retirarse a casa antes
que el conde, al dirigirse al comedor, se extrañara de la tardanza de su
hija?
--Ahora mismo nos iremos--contestaba Enriqueta, y volvía inmediatamente
a mirar a su novio, reanudando la interrumpida conversación y siguiendo
el paseo.
Varías veces hizo Tomasa sus advertencias, obteniendo siempre idéntica
contestación. No era empresa fácil separar aquella pareja embriagada por
el amor y que, arrullándose con las caricias de su mirada, perdía
completamente la voluntad.
Aquel paseo se hubiera prolongado hasta la noche a no ser por la energía
de la vieja doméstica, que con el rostro grave se plantó ante los dos
amantes impidiéndoles el paso.
--No son ustedes razonables--les dijo--. ¡Ah, la juventud, la juventud!
Todo quieren comérselo en un día, aunque después se mueran de hambre.
Piensen ustedes que, si no se separan inmediatamente, alguien podrá
sospechar lo que ocurre, en vista de nuestra tardanza, y ya no volverán
a repetirse estas entrevistas... En fin..., señorita Enriqueta, yo no
estoy dispuesta a comprometerme tontamente, y si no nos vamos en seguida
a casa, juro no volver a traerla más aquí.
Los novios se decidieron a separarse, y a corta distancia del lugar
donde esperaba el coche verificóse la despedida.
Enriqueta, sonriendo con cierta pena en vista de la brevedad del placer,
pues aquellas dos horas le habían parecido un minuto, tendió su
enguantada manecita al capitán, quien la estrechó entre las suyas con
energía cariñosa.
El dulce calor que transpiraba la fina cabritilla envolviendo aquella
mano delicada, causó gran efecto en Alvarez, que se estremeció de pies a
cabeza. Fué aquello un latigazo de esa extraña voluptuosidad que pone en
tensión los nervios y embriaga el cerebro sin conmover ni una sola fibra
de la carne.
Fuése alejando Enriqueta, y antes de desaparecer volvió la cabeza varias
veces para enviar a su amado sonrisas de felicidad.
Aquella fué la época feliz de Alvarez, que hasta entonces no había
conocido realmente el amor.
Ver a Enriqueta y hablarla era su mayor placer, y la felicidad llegó a
hacerle exigente hasta el punto de mostrarse malhumorado el día en que
por cualquier accidente no podían las dos mujeres salir de casa y
dejaban de acudir al punto de cita.
Llovía aquel año con frecuencia, y Alvarez, que antes se preocupaba muy
poco de las variaciones del tiempo, dormíase ahora todas las noches
pensando con inquietud en la problemática bonanza del día siguiente.
La lluvia o el frío malograban los paseos amorosos por el Retiro, y si
Enriqueta y su fiel Tomasa se decidían a salir era para ir a alguna
iglesia donde los amantes sólo podían mirarse de lejos, hablándose con
los ojos. Un delicioso rozamiento de dedos al ofrecer el agua bendita de
la pila, era lo único que alcanzaba el capitán en aquellas mudas
entrevistas en el fondo de alguna iglesia obscura y mal oliente,
conmovida por el monótono rugido del canto llano y el murmullo del rezo
de las beatas.
Las entrevistas en el Retiro, aquellos paseos por avenidas alfombradas
de hojas secas y orladas por grupos de árboles que con cierta salvaje
grandeza cortaban el cielo con su pelado ramaje de esqueleto, gustaban
más a los dos amantes, y especialmente a Enriqueta, que acudía al
público parque apenas el día no se mostraba tormentoso.
Aquella Arcadia amorosa, que tenía por fondo un imponente paisaje de
invierno, se prolongó por espacio de unos dos meses, y en este tiempo
los amantes llegaron al último límite de una intimidad tan casta como
cariñosa.
Horas enteras de conversación, en que las lenguas se mostraban tan
activas como lánguidos los ojos, momentos de dulce abandono, sirvieron
para que cada uno de ellos vaciase su memoria al oído del otro,
relatando los sucesos de su vida pasada, sus deseos y sus aspiraciones.
No había secretos ni calculadas reservas en aquella interminable charla
amorosa, que tenía mucho de los caprichosos giros del gorjeo del ave;
hablaba el corazón en todos los momentos, y a los pocos días cada uno
conocía tan perfectamente la vida del otro, como la suya propia.
Enriqueta experimentaba un gran consuelo al tener alguien, que no fuera
el ama de llaves, a quien comunicar las penas que le ocasionaba su
educación casi religiosa, que pugnaba con su carácter, y las exigencias
imperiosas de la baronesa.
Alvarez, oyendo a su novia, sintió crecer su odio contra aquella señora
que tan antipática le era.
La personalidad del conde no le inspiraba ningún sentimiento, pues el
capitán la consideraba como misteriosa e indefinida.
Siempre que Enriqueta hablaba de su padre lo hacía con tal brevedad y
con tanta falta de pasión, que Alvarez no tardó en adivinar que la hija
de Baselga sentía hacia éste la misma frialdad temerosa, nacida de la
falta de confianza.
Aquel buen señor, que hacía una vida aislada y silenciosa como la de un
eremita, y que pasaba los días enteros encerrado en su despacho sin
permitirse ninguna expansión ni mostrar su afecto a la familia,
resultaba un ente misterioso, y Alvarez, en su imaginación de poeta,
casi llegaba a representárselo como uno de los fantásticos y tétricos
protagonistas de los cuentos de Hoffman.
Conforme iba conquistando Alvarez la confianza de su amada y se enteraba
de las particularidades de su familia sentíase invadido de una gran
tristeza que ocultaba cuidadosamente.
Aquella baronesa, orgullos e irascible, y el conde, grave, inabordable
y misterioso, le causaban miedo, pues comprendía que él, pobre, humilde
y sin otro patrimonio que su valor y su talento, nunca conseguiría
entrar legalmente en la familia siendo esposo de Enriqueta, que era lo
que anhelaba, más por amor que por ambición.
Aquella era la única nube que empañaba el puro cielo de su primavera de
amor.
La época feliz de sus amores duraría el tiempo que la baronesa tardara
en volver a Madrid.
El día en que doña Fernanda regresara a casa de su padre, Enriqueta
volvería a su vida semimonacal, y él tendría que contentarse con pasear
la calle, sosteniendo unos amores románticos que acabarían a la puerta
de un convento.
Alvarez estaba triste. Los días en que más locuaz y adorable se mostraba
Enriqueta eran los en que más sufría el capitán apenas quedaba solo y
reflexionaba sobre el porvenir.