XIV

Primavera de amor.

La primera vez que Enriqueta y Esteban Alvarez se vieron de cerca y

pudieron hablarse fué algunos días después de emprender su viaje la

baronesa de Carrillo.

El invierno era frío y lluvioso, pero aquel día amaneció hermoso y

sereno, y el ama de llaves de Baselga, a más de las diez, cuando su

señor, después de almorzar se encerró en su gabinete para dedicarse a

sus estudios, invitó a Enriqueta a dar un paseo.

Era simplemente, como decía Tomasa, una agradable escapatoria al Retiro,

que aquel día debía de estar hermoso, y por esto Enriqueta se vistió

modestamente, aunque con esa seductora coquetería instintiva en las

jóvenes hermosas y elegantes.

El cochero recibió orden de enganchar, y media hora después, dentro de

una elegante berlina, iban Tomasa y su señorita al hermoso parque que

tiene Madrid.

Enriqueta sentía una agitación que tenía mucho de placentera. Iba por

primera vez a hablar con el hombre adorado y no podía evitar cierta

zozobra, hija del temor de aquel paso decisivo. ¡Ay, si la baronesa

llegaba algún día a saber aquello!

Cuando entraron en el celebrado paseo, Enriqueta, con instintivo

impulso, sacó la cabeza por la portezuela, y a lo lejos, bajo un grupo

de árboles seculares, distinguió la viva mancha de color de un

uniforme.

Era el capitán Alvarez, que, avisado por Tomasa, esperaba también

impaciente.

Las dos mujeres apeáronse del carruaje, y dando orden al cochero para

que esperase en aquel punto, internáronse en una umbrosa alameda sin

mirar a Alvarez, el cual procuraba fingir una completa indiferencia

mientras estuviera al alcance de las miradas del auriga y el lacayo. El

ama de llaves le había recomendado mucho no cometer indiscreciones en

presencia de aquellos criados aficionados al chismorreo de escalera

abajo, cuyas revelaciones subían muchas veces a las habitaciones de sus

tamos.

Poco rato después, en una plazoleta distante, reuníase el capitán con

las dos mujeres.

Quien recuerde el feliz instante en que por primera vez habló a la mujer

amada puede fácilmente imaginarse las impresiones que experimentaron

Esteban y Enriqueta al verse juntos.

El capitán, aunque en su exterior mostraba cierto petulante asombro, era

para ocultar mejor la turbación que experimentaba. Aquel endiablado

mozo, que tan bien sabía entenderse a sablazos con los marroquíes, y que

en épocas de paz, llevado de su carácter batallador, conspiraba contra

el Gobierno, era en el fondo tímido como una doncella, y sentía gran

cortedad al dirigir por primera vez la palabra a Enriqueta.

El no era ningún niño; había tenido sus novias en todos los puntos donde

estuvo de guarnición, y en el regimiento lo consideraban como chico

listo, que aunque serio, sabía sacar su parte a tiempo; pero había gran

diferencia entre las modistillas y las señoritas cursis con que hasta

entonces había tenido relaciones, y aquella joven elegante, millonaria y

aristocrática, que contestaba a sus apasionadas cartas con lacónicos

billetes, que aunque muy amorosos, parecían por su redacción despachos

telegráficos.

Alvarez temía aparecer ridículo en la conversación y deshacer de este

modo el buen efecto que en Enriqueta había producido su adoración desde

lejos.

Por su parte, la joven experimentaba el mismo temor, y de aquí que ambos

amantes caminasen delante de Tomasa exageradamente separados,

balbuceando monosílabos, contentos con mirarse tiernamente, sonriendo

ruborizados, y diciendo de vez en cuando frases estúpidas, sobre la

belleza del día, la lluvia de la semana anterior y el frío que hace en

invierno.

Al fin la juventud y el amor desvanecieron aquellos temores; los jóvenes

se avergonzaron de su conversación imbécil, y después de esperar cada

uno de los amantes que el otro iniciase el amor en el diálogo, como

riachuelos que hinchados por la tempestad rebosan sus ribazos y saltan

sus presas destrozando todos los obstáculos, los dos comenzaron a hablar

con encantadora verbosidad, al principio con cierto recelo y después con

tanta confianza como si hubiesen estado juntos desde su infancia.

Alvarez se reía ahora de su sospecha de resultar ridículo. Enriqueta le

amaba y él, al hablar, decía cuanto le dictaba su cariño, acogiendo la

joven con estremecimientos de placer aquellos juramentos de amor,

extremadamente novelescos, que le dirigía el capitán.

¡Qué mañana tan hermosa fué aquélla para el enamorado militar! En su

pensamiento surgía el recuerdo de aquella otra en que vió en igual sitio

a Enriqueta, y al contemplarse ahora al lado de la hermosa joven en

íntima conversación con ella se consideraba feliz, y creía que la vida

no es tan mala como muchos quieren suponer.

Enriqueta llevaba un abrigo igual o parecido al que vestía aquella

mañana del encuentro, y en su cabeza ostentaba la capota blanca con

lazos de rosa, aquella capotita que danzaba en los ensueños de Alvarez.

Aquello podía ser coquetería de la joven o casualidad; pero tal igualdad

del traje contribuía a hacer más completa la felicidad del capitán.

Pareció a éste que no había transcurrido el tiempo, porque se encontraba

aún en aquella misma mañana y que el año que había pasado con sus

desconsoladoras excitaciones de impotente deseo y sus ensueños

interminables era un rápido centelleo de su imaginación visionaria.

Tan penetrado estaba en esta ilusión que varias veces, con instintivo

movimiento, volvió la cabeza al oír cómo crujía la arena del paseo bajo

unas pisadas acompasadas. Era Tomasa, que marchaba lentamente y

resignada, procurando que existiera alguna distancia entre ella y la

pareja, para que los "muchachos" pudiesen hablarse con entera libertad.

No era la baronesa, como se imaginaba Alvarez en su momentánea

confusión, que le hacía creerse en la mañana misma que vió por primera

vez a Enriqueta. Doña Fernanda se hallaba lejos del Retiro y más lejos

aún de creer que su hermanastra paseaba al lado de "aquel militarucho

insolente", oyendo con ruborosa complacencia sus razonamientos amorosos,

que parecían salir de boca del galán de una comedia de capa y espada.

¡Cuán dulces fueron las emociones que experimentaron los dos jóvenes en

aquella primera entrevista! Cada una de sus confianzas costábanles un

sinnúmero de vacilaciones, de las que luego se reían con inocente

candor. Necesitó Alvarez mostrarse cómicamente grave para que Enriqueta

accediese a tutearle, como ya acostumbraba a hacerlo en las cartas, y

para excusarse la joven dijo, con una franqueza adorable, que le daba

vergüenza hablar con tanta confianza a un señor que tenía más años que

ella.

Si Tomasa no está allí, Alvarez se la hubiera comido a besos.

Era ya mediodía y todavía la pareja, como cometa amoroso cuya cola era

el ama de llaves, iba a la ventura corriendo en caprichoso zigzag el

gigantesco parque, con gran desesperación de Tomasa, que comenzaba a

cansarse y a sentir cierto enojo por la falta de atención de los

enamorados, que no querían sentarse en ningún banco. ¡Aquellos malditos

novios no llegaban a cansarse!

Esto y lo avanzado de la hora obligó a la franca aragonesa a intervenir

en el amoroso diálogo.

Vamos, ¿no había ya bastante? ¿No era ya hora de retirarse a casa antes

que el conde, al dirigirse al comedor, se extrañara de la tardanza de su

hija?

--Ahora mismo nos iremos--contestaba Enriqueta, y volvía inmediatamente

a mirar a su novio, reanudando la interrumpida conversación y siguiendo

el paseo.

Varías veces hizo Tomasa sus advertencias, obteniendo siempre idéntica

contestación. No era empresa fácil separar aquella pareja embriagada por

el amor y que, arrullándose con las caricias de su mirada, perdía

completamente la voluntad.

Aquel paseo se hubiera prolongado hasta la noche a no ser por la energía

de la vieja doméstica, que con el rostro grave se plantó ante los dos

amantes impidiéndoles el paso.

--No son ustedes razonables--les dijo--. ¡Ah, la juventud, la juventud!

Todo quieren comérselo en un día, aunque después se mueran de hambre.

Piensen ustedes que, si no se separan inmediatamente, alguien podrá

sospechar lo que ocurre, en vista de nuestra tardanza, y ya no volverán

a repetirse estas entrevistas... En fin..., señorita Enriqueta, yo no

estoy dispuesta a comprometerme tontamente, y si no nos vamos en seguida

a casa, juro no volver a traerla más aquí.

Los novios se decidieron a separarse, y a corta distancia del lugar

donde esperaba el coche verificóse la despedida.

Enriqueta, sonriendo con cierta pena en vista de la brevedad del placer,

pues aquellas dos horas le habían parecido un minuto, tendió su

enguantada manecita al capitán, quien la estrechó entre las suyas con

energía cariñosa.

El dulce calor que transpiraba la fina cabritilla envolviendo aquella

mano delicada, causó gran efecto en Alvarez, que se estremeció de pies a

cabeza. Fué aquello un latigazo de esa extraña voluptuosidad que pone en

tensión los nervios y embriaga el cerebro sin conmover ni una sola fibra

de la carne.

Fuése alejando Enriqueta, y antes de desaparecer volvió la cabeza varias

veces para enviar a su amado sonrisas de felicidad.

Aquella fué la época feliz de Alvarez, que hasta entonces no había

conocido realmente el amor.

Ver a Enriqueta y hablarla era su mayor placer, y la felicidad llegó a

hacerle exigente hasta el punto de mostrarse malhumorado el día en que

por cualquier accidente no podían las dos mujeres salir de casa y

dejaban de acudir al punto de cita.

Llovía aquel año con frecuencia, y Alvarez, que antes se preocupaba muy

poco de las variaciones del tiempo, dormíase ahora todas las noches

pensando con inquietud en la problemática bonanza del día siguiente.

La lluvia o el frío malograban los paseos amorosos por el Retiro, y si

Enriqueta y su fiel Tomasa se decidían a salir era para ir a alguna

iglesia donde los amantes sólo podían mirarse de lejos, hablándose con

los ojos. Un delicioso rozamiento de dedos al ofrecer el agua bendita de

la pila, era lo único que alcanzaba el capitán en aquellas mudas

entrevistas en el fondo de alguna iglesia obscura y mal oliente,

conmovida por el monótono rugido del canto llano y el murmullo del rezo

de las beatas.

Las entrevistas en el Retiro, aquellos paseos por avenidas alfombradas

de hojas secas y orladas por grupos de árboles que con cierta salvaje

grandeza cortaban el cielo con su pelado ramaje de esqueleto, gustaban

más a los dos amantes, y especialmente a Enriqueta, que acudía al

público parque apenas el día no se mostraba tormentoso.

Aquella Arcadia amorosa, que tenía por fondo un imponente paisaje de

invierno, se prolongó por espacio de unos dos meses, y en este tiempo

los amantes llegaron al último límite de una intimidad tan casta como

cariñosa.

Horas enteras de conversación, en que las lenguas se mostraban tan

activas como lánguidos los ojos, momentos de dulce abandono, sirvieron

para que cada uno de ellos vaciase su memoria al oído del otro,

relatando los sucesos de su vida pasada, sus deseos y sus aspiraciones.

No había secretos ni calculadas reservas en aquella interminable charla

amorosa, que tenía mucho de los caprichosos giros del gorjeo del ave;

hablaba el corazón en todos los momentos, y a los pocos días cada uno

conocía tan perfectamente la vida del otro, como la suya propia.

Enriqueta experimentaba un gran consuelo al tener alguien, que no fuera

el ama de llaves, a quien comunicar las penas que le ocasionaba su

educación casi religiosa, que pugnaba con su carácter, y las exigencias

imperiosas de la baronesa.

Alvarez, oyendo a su novia, sintió crecer su odio contra aquella señora

que tan antipática le era.

La personalidad del conde no le inspiraba ningún sentimiento, pues el

capitán la consideraba como misteriosa e indefinida.

Siempre que Enriqueta hablaba de su padre lo hacía con tal brevedad y

con tanta falta de pasión, que Alvarez no tardó en adivinar que la hija

de Baselga sentía hacia éste la misma frialdad temerosa, nacida de la

falta de confianza.

Aquel buen señor, que hacía una vida aislada y silenciosa como la de un

eremita, y que pasaba los días enteros encerrado en su despacho sin

permitirse ninguna expansión ni mostrar su afecto a la familia,

resultaba un ente misterioso, y Alvarez, en su imaginación de poeta,

casi llegaba a representárselo como uno de los fantásticos y tétricos

protagonistas de los cuentos de Hoffman.

Conforme iba conquistando Alvarez la confianza de su amada y se enteraba

de las particularidades de su familia sentíase invadido de una gran

tristeza que ocultaba cuidadosamente.

Aquella baronesa, orgullos e irascible, y el conde, grave, inabordable

y misterioso, le causaban miedo, pues comprendía que él, pobre, humilde

y sin otro patrimonio que su valor y su talento, nunca conseguiría

entrar legalmente en la familia siendo esposo de Enriqueta, que era lo

que anhelaba, más por amor que por ambición.

Aquella era la única nube que empañaba el puro cielo de su primavera de

amor.

La época feliz de sus amores duraría el tiempo que la baronesa tardara

en volver a Madrid.

El día en que doña Fernanda regresara a casa de su padre, Enriqueta

volvería a su vida semimonacal, y él tendría que contentarse con pasear

la calle, sosteniendo unos amores románticos que acabarían a la puerta

de un convento.

Alvarez estaba triste. Los días en que más locuaz y adorable se mostraba

Enriqueta eran los en que más sufría el capitán apenas quedaba solo y

reflexionaba sobre el porvenir.

La araña negra, t. 3/9 · 第 19 / 23 题