El padre Claudio en campaña.
Cuando menos lo esperaban los habitantes del palacio de Baselga, que
vivían en una paz octaviana desde la partida de doña Fernanda, llegó un
telegrama anunciando la próxima llegada de ésta, y a la mañana siguiente
la baronesa, seguida de su doncella y llevando al lado al padre Felipe,
que había ido a esperarla a la estación, hizo su entrada triunfal en el
edificio, solemnizando su llegada con destempladas riñas al portero y a
la restante servidumbre por su torpeza al subir las maletas y los
innumerables paquetes que formaban su equipaje.
--Ya tenemos el diablo en casa--murmuró Tomasa, que perdió
repentinamente su animación al ver el avinagrado gesto de la baronesa.
Aquella inesperada aparición preocupaba al ama de llaves, que con cierto
fundamento esperaba que el viaje de doña Fernanda duraría algunos meses
más. Su mirada escudriñadora fijábase con insistencia en la persona de
la baronesa buscando en ella las huellas de una dolencia. Tenía el
rostro muy pálido y su rubicundez se habia extinguido; pero el vientre
que Tomasa miraba con descaro no presentaba ninguna señal denunciadora.
¡Y aquel viaje sólo había durado tres meses! ¿Se había engañado la
doncella de doña Fernanda, y por su afán de inventar chismes habría
atribuído a su señora aquel embarazo que ahora resultaba falso?
No era el ama de llaves mujer capaz de esperar pacientemente la
resolución de sus dudas, así es que al ver cómo la doncella llevaba su
equipaje a su cuarto, fué tras ella y sin preámbulos le preguntó lo que
deseaba saber.
--Calle usted, señora Tomasa, que bastante hemos pasado. Los padres a
quien fué recomendada la baronesa eran unos jesuítas franceses muy finos
y alegres, que se interesaron por nosotros y tomaron a pechos el sacar a
la señora de apuros. Yo escuché tras una puerta cómo un padre ya viejo y
con aire de experimentado, le preguntaba un día qué prefería: tener un
hijo a su tiempo y sin graves complicaciones, o buscar un aborto que
suprimiese aquella criatura, viviente testimonio de su falta y que algún
día la podía comprometer a los ojos de la sociedad. Ya sabe usted quién
es esa mujer y su alma atravesada, que le permite no temblar ante los
mayores peligros. Aceptó la última proposición, ganosa de salir del paso
cuanto antes, aunque esto le costase la vida, y yo no sé qué diablos le
darían aquellos padres tan listos, que a las pocas noches la baronesa
púsose a morir, pero arrojó de su cuerpo el regalo del padre Felipe. El
mes que yo he pasado cuidando a la señora, que estaba entre la vida y la
muerte, no se le doy a pasar a nadie; pero, al fin, se ha puesto buena y
algo me han valido mis penalidades, así como mi reserva.
Y al decir esto, sonreía irónicamente la charlatana doncella.
--Ahora--exclamó con acento cruel el ama de llaves--, otra vez a
empezar, volviendo a las conferencias a puerta cerrada. Esa perra es
insaciable y no escarmienta. ¿No la has visto llegar tan amartelada con
el padrazo Felipe?
--Le telegrafió ayer ordenándole que saliese a la estación, y ese cura
alegre parece estar enamorado de la señora a juzgar por la sumisión con
que la obedece.
--¡Valiente hermosura la de tu señora para enamorar a nadie!
Si la llegada de la baronesa había puesto de mal humor a Tomasa, no era
menor la impresión que hizo experimentar a Enriqueta, que recibió a su
hermanastra con la misma sonrisa forzada y violenta del esclavo que tras
una larga ausencia vuelve a encontrar a un amo cruel.
Ella sabía lo que representaba en su vida aquel inesperado regreso de
doña Fernanda, ¡Adiós los días tranquilos pasados en la casa paterna en
adorable libertad, sin temor de oír la agria voz de su hermanastra, ni
de obedecer sus tiránicas órdenes! ¡Adiós los alegres paseos por el
Retiro apoyada en el brazo de Alvarez, y las interminables
conversaciones amorosas! La educación férrea y monótona de una joven a
quien se intenta dedicar a Dios, aparecía otra vez a los ojos de
Enriqueta destacándose en un negro porvenir.
Desde el día en que llegó la baronesa volvió a restablecerse en aquella
casa el antiguo sistema de vida. El padre Felipe hizo invariablemente su
visita por la tarde; otros jesuítas, por pura cortesía, fueron una vez
por semana a hacer tertulia a la baronesa, hablando de la maldad de los
tiempos y de la necesidad de establecer el reinado de Dios; el padre
Claudio apareció de tarde en tarde, siendo recibido con tantos honores
como un soberano; Quirós continuó sus conferencias con Baselga acerca
del famoso plan, y con la baronesa sobre administración de cofradías y
fundación de otras nuevas, y Enriqueta fué otra vez la sierva de su
hermanastra, la víctima propiciatoria de todos sus enfados, la
"Cenicienta" de la casa, que pasaba como un ser insignificante, pronta
siempre a temblar y a obedecer resignada todos los mandatos de aquello
mujer que manejaba a su gusto su voluntad.
--Esa muchacha--decía siempre doña Fernanda al hablar con sus amigos,
con la misma complacencia que el artista al tratar de la obra que ha
modelado--carece en absoluto de libertad, y sin mis consejos y sin mi
dirección no sé qué sería de ella en el mundo. La pobrecita no sirve
para vivir en sociedad, y el día más feliz de su vida será aquel en que
haga sus votos en el convento. Dios la llama y ella es feliz al pensar
que Cristo la quiere por esposa.
En aquella tertulia de sotanas y levitas de corte clerical que todas las
tardes se reunía en el salón de la baronesa, era artículo de fe que
Enriqueta tenía una vocación sobrehumana a la vida religiosa, y la mayor
parte de aquellos señores creían proporcionar a la joven un inmenso
placer llamándola "la monjita", cuando por rara casualidad la
encontraban en las habitaciones de su hermanastra.
La vocación de la joven fué un asunto que requirió toda la atención de
la baronesa poco tiempo después de su regreso a Madrid.
Una mañana, cuando ella menos lo esperaba, se presentó el padre Claudio,
que muy contra su voluntad engordaba de un modo vulgar, perdiendo en
gallardía lo que ganaba en majestad.
Cada una de aquellas visitas llenaba de satisfacción a la baronesa, que
conocía mejor que muchos individuos de la Orden el inmenso poder que
aquel clérigo tenía en sus manos, y que manejado ocultamente, minaba
todas las clases de la sociedad.
--¡Oh! ¡Cuánto honor para mí, reverendo padre!--contestó Fernanda,
rubicunda por la satisfacción--. Hace tiempo que no venía vuestra
reverencia y temía el rogarle que pasase algún rato por aquí por miedo a
turbarle en sus importantes ocupaciones.
El padre Claudio dió a besar su blanca y regordeta mano de obispo y
contestó con amables sonrisas a todos los cumplidos que la baronesa le
dirigía.
Cierto que por él no pasaban los años, pues, aunque aquella pícara
obesidad le sofocaba, sentíase más fuerte que nunca; y al decir esto
lanzaba miradas relampagueantes y extendía impetuosamente sus brazos
como si quisiera atemorizar a algún misterioso enemigo con el que venía
luchando por espacio de muchos años.
El padre Claudio estaba muy preocupado hacía algún tiempo por una idea
que le obsesionaba. Aquel hombre que ocultamente desde el fondo de su
despacho manejaba casi toda la nación, que intervenía en los asuntos
palaciegos y que en varias ocasiones había logrado con sus manejos
derribar unos ministerios y elevar otros, juzgábase postergado y la
envidia y la ambición le hacían mirar como mezquina la posición que
ocupaba dentro de la Orden.
Aquel cargo de asistente o vicario de la poderosa Compañía en España
desempeñábalo desde su juventud y no podía menos de irritarse al ver que
no lograba continuar la carrera de grandezas que tan fácil le había sido
en sus primeros años de jesuíta.
A la edad en que muchos compañeros se contentaban con ser coadjutores,
él dirigía los intereses de la Orden en España como dueño absoluto y sin
tener que dar cuenta de su conducta a otro padre que al general que
estaba en Roma. Algunos negocios afortunados, que dieron gran utilidad a
la Compañía y que él llevó a cabo con una astucia y una sangre fría
sorprendente, le habían valido una gran reputación en la Orden y el ser
elevado a una dignidad que nunca habían desempeñado jesuítas de tan
pocos años.
Tan rápida elevación había amortiguado en el padre Claudio su ambición
inextinguible y transcurrieron muchos años sin que se le ocurriera al
satisfecho jesuíta quejarse de su suerte; pero cuando fué entrando en la
vejez, cuando por su edad veía ya sobradamente justificado el cargo que
ejercía, quiso ser más y escalar el último puesto que quedaba dentro de
la Orden.
Un vicario general de España únicamente podía aspirar a la dirección
suprema de la Compañía en todo el mundo, y el padre Claudio quiso ser
general de aquel negro ejército que tenía su núcleo en Roma y sus
avanzadas en todas partes.
Sabía el importante jesuíta que debía ocultar sus miradas ambiciosas
cuidadosamente, pues el hombre que desde Roma los dirigía a todos era un
Argos de cien ojos, que mediante su misterioso poder, desde las
cercanías del Vaticano, adivinaba los pensamientos del último jesuíta
establecido en el Japón o en las más apartadas islas de Oceanía. Una
indiscreción podía perderle, pues así como el generalato de la Orden era
vitalicio y nadie podía destituir al general, una vez elegido, las
asistencias o direcciones de las naciones a las cuales el lenguaje
jesuítico, con su tendencia de unificación universal, llamaba
provincias, eran puramente de gracia, y el poder supremo de la Orden
podía destituirlo a él del vicariato de España apenas notara el más leve
indicio de ambición o de intriga.
El general había tratado siempre con gran benevolencia al padre Claudio,
haciendo justicia a sus facultades de dulce tirano y hábil intrigante,
y, sobre todo, a aquella indiferencia en punto a procedimientos que
hacía recordar a los Borgias cuando, en el entusiasmo del brindis
orgiástico, deslizaban el veneno en la copa del vecino o, sonriendo como
ángeles, daban de puñaladas. Nunca el general había demostrado intención
de relevar al padre Claudio de su alto cargo, lo que no impedía que el
vicario de España, cuando comenzó a sentir cómo se removía su dormida
ambición, pensase en la conveniencia de hacer algo desde Madrid para que
aquel viejo que estaba en Roma saliese del mundo de un modo más o menos
trágico, dejando su puesto vacante a otro más joven, que podía ser él
mismo.
Pero el padre Claudio sólo optaba por los procedimientos violentos en
caso apurado, pues prefería aquellos otros nacidos de su astucia y que
él preparaba hasta en sus últimos detalles con el exquisito gusto de un
gran artista del mal.
El sabía algo de otros generales que habían sido envenenados por sus
subordinados o expuestos al público envueltos en una sotana nueva para
ocultar las puñaladas con que el cadáver tenía rasgado el pecho; pero
todos estos medios le parecían propios de tiempos bárbaros; sentía una
repugnancia de damisela al pensar en la sangre, y con aire de
superioridad, sonreía considerando que era más fácil y seguro esperar
pacientemente, teniéndolo todo preparado para lograr su deseo apenas el
actual general, que tenía más de ochenta años, dejase de vivir.
El fallecimiento del general era cosa segura en plazo no muy largo, y el
gallardo jesuíta pensaba dar antes un golpe que le proporcionara inmenso
renombre en la Orden y que le facilitara su elección en Roma.
Un negocio afortunado que hiciera ingresar en las arcas de la Compañía
muchos millones era el golpe que él necesitaba para preparar su elección
de general, y por esto se acordó de la fortuna de los hijos de Baselga,
que tanto había perseguido la avaricia jesuítica.
Lo que el padre Fabián Renard no había podido lograr, él lo
conquistaría, consolidando de este modo su fama de hombre astuto e
invencible en punto a procurar buenos negocios a la Orden.
Ya sabemos el sistema que el reverendo padre se proponía usar para ir
despojando a los hijos de Baselga. Aquellos dos jóvenes, sobre los que
tenía puestos sus ojos la Compañía, abrazarían el estado religioso y
harían una donación de sus bienes a la Orden, que, correspondiendo a
tal merced, los tendría toda la vida alejados del mundo y encerrados en
un claustro donde podrían ganar el cielo.
Agitado por tales ideas hizo el padre Claudio su visita a la baronesa.
Era preciso acelerar el negocio y hacer que cuanto antes entrase
Enriqueta en un convento.
No era el gallardo jesuíta amigo de preámbulos ni de artificiosos rodeos
cuando hablaba con amigas tan íntimas y subordinadas fieles como lo era
la baronesa de Carrillo, así es que inmediatamente abordó la cuestión.
Enriqueta tenía ya edad para entrar en un convento y aficionarse
verdaderamente a las dulzuras de la vida monástica, preparándose a
prestar sus votos. ¿Qué ganaba permaneciendo en aquella casa a la cual,
aunque muy santa y muy cristiana, llegaban las murmuraciones del mundo?
Enriqueta, permaneciendo como hasta aquel momento en continua relación
con la servidumbre, corría el peligro de saber cosas que destruyeran su
infantil inocencia; y tales aspavientos hacía el jesuíta al decir esto,
de tal modo se horrorizaba aparentemente al pensar en la posibilidad de
que alguna palabra indirecta se deslizase en sus virginales oídos, que
no parecía sino que la casa de su padre era un lugar de perdición para
la joven.
Doña Fernanda, como era su costumbre, siempre que oía al poderoso padre
Claudio, asentía a todo y se mostraba dispuesta a obedecer sus órdenes.
--Ya lo sabe vuestra paternidad; yo soy su sierva espiritual, su humilde
penitente, y estoy dispuesta a cumplir cuanto se sirva mandarme.
Realmente esa niña no está muy bien aquí, pues aunque todas las personas
que visitan la casa son buenas cristianas, el mundo se halla tan
pervertido, que es fácil que se deslicen hasta aquí palabras y ejemplos
que perturben a una joven prometida del Señor.
Y la amiga del padre Felipe, que a fuerza de rozarse con los jesuítas se
había asimilado mucho de su meliflua elocuencia, aprovechó la ocasión
para disertar ante su superior sobre la corrupción de la sociedad por
sus tendencias impías, asegurando que la virtud estaba desterrada,
ocultándose únicamente en las personas piadosas; ella, por ejemplo.
Los dos compadres en Cristo no tardaron en entenderse y quedaron
perfectamente convenidos en lo que debían hacer.
Enriqueta entraría cuanto antes en un convento que designaba el padre
Claudio, pero primeramente había que lograr el permiso de su padre el
conde de Baselga, cosa que no creía tan fácil el director espiritual ni
su penitente.
--Yo, reverendo padre, le anticipo con harto dolor mío que nada
conseguiré. Mi padre me aborrece, esto bien lo sabe su paternidad, y yo
sospecho el porqué, y, por tanto, no esta demanda, sino otra que le
hiciera, me la negaría seguramente. Ya recordará vuestra reverencia que
rotundamente me dijo que no el día que yo le indiqué la conveniencia de
que Enriqueta fuese a educarse en el convento. Donde usted le ve, a
pesar de sus alardes de religiosidad, yo creo que es todo un impío, y
más ahora, que se ha dado de lleno a los libros.
--¡Ah! ¡Los libros!... ¡Mala cosa es eso!
Y el jesuíta decía esto con acento de distracción, al mismo tiempo que
con la cabeza inclinada parecía reflexionar profundamente.
--Será mejor, amiga mía--dijo después de un larga silencio--, que yo
hable al conde. Efectivamente, él no hace gran caso de la hija de su
primer matrimonio y de seguro que le producirán más efecto mis palabras.
Sin embargo, tratándose de un hombre como él, este asunto no debe
llevarse precipitadamente. Conozco su carácter y sé que es preciso
explorar primeramente sus intenciones e ir poco a poco convenciéndole de
la conveniencia de dedicar a Enriqueta a la vida monástica, sobre todo
si la vocación de la niña es segura.
--¡Oh! En cuanto a eso no hay cuidado. La vocación es segurísima.
Enriqueta no hace nada más que lo que yo la mando.
La baronesa hablaba de las aficiones religiosas de su hermanastra con
completa seguridad, aunque nunca había logrado de ella una contestación
categórica, ni se había tomado el trabajo de consultarla sobre aquel
porvenir que la preparaba... ¿Para qué? Ella, la señora de aquella
voluntad, tenía el poder de atemorizarla con una mirada o con un gesto,
y creía ridículo detenerse a inquirir lo que pensaba aquel ser que había
educado para una vida automática.
Desde aquella conferencia y después de haber combinado su plan el
jesuíta y la baronesa, Baselga comenzó a sufrir un asedio del que tardó
en darse cuenta.
Doña Fernanda, en la mesa o en las cortas entrevistas que ella buscaba,
y de las que el conde procuraba zafarse cuanto antes, mostraba empeño en
hablar del porvenir de Enriqueta en términos vagos para que su padre
mostrara claramente sus propósitos, pero Baselga oía silencioso y
distraído, no escapándosele nunca una palabra que demostrase su
pensamiento.
En cuanto al padre Claudio, visitaba la casa con tanta asiduidad como en
pasados tiempos, honor que ensalzaba la baronesa en su reunión, y del
que se hacían lenguas sus contertulios, que sabían las múltiples
ocupaciones que pesaban sobre el vicario de la Orden en España.
Todas las tardes iba el jesuíta a fumar algunos cigarrillos en el
gabinete de estudio de Baselga, el cual, no considerando las cosas como
su hija mayor, tomó al principio esta distinción por una solicitud
fastidiosa que le distraía en sus ocupaciones.
Para colmar su aburrimiento, el amigo Quirós, con el que hablaba todas
las tardes de su gran plan de conquista, depositando en él todas sus
esperanzas y risueños optimismos, desde que el padre Claudio se dedicó a
hacerle cotidianas visitas, dejó de acudir con tanta regularidad
pretextando ciertos asuntos que tenía que despachar con urgencia en el
ministerio, y el conde hubo de resignarse a permanecer horas y más horas
con aquel sacerdote que nunca tenía prisa en irse, y que, siempre
sonriendo, le molía a preguntas.
Pero era en todas ocasiones tan amable aquel padre Claudio, oía con
tanta atención sus explicaciones sobre lo que estudiaba en los
tratadistas militares, manifestaba tal entusiasmo por Malbourough,
Montecucoli, Jomini y otros señores que a cada instante barajaba el
conde en su conversación, que, al fin, éste comenzó a adquirir alguna
confianza y recibir con más gusto las visitas del jesuíta.
Al fin, era un buen compañero, y en ausencia de Quirós, el conde
experimentaba gran placer teniendo un compañero con quien hablar de su
manía favorita.
Era un cura aquel oyente de aventuradas empresas militares; su
ministerio, sus estudios y sus costumbres no le hacían muy adecuado para
aquella clase de conferencias; pero... ¡qué diablo!, escuchaba con gran
atención, y, además, Baselga adivinaba en el padre Claudio--como en
otros tiempos--que había en su persona algo de caudillo, aunque de
fuerzas menos ruidosas y francas que las del ejército, y en todos sus
actos se traslucía la costumbre de mandar con ademanes imperiosos que no
admiten réplica.
La confianza entre el conde y el jesuíta fué estrechándose rápidamente.
Aquella frialdad con que Baselga había tratado al padre Claudio a raíz
de su llegada de Francia, fué desvaneciéndose, y aunque el conde no
volvió a ser como en su juventud, el admirador sumiso e irreflexivo del
astuto jesuíta, le dispensó cada vez mayores atenciones, y llegó en sus
conversaciones apasionadas hasta olvidarse de quién era aquel hombre y
de las amenazas viles que usó para conservarlo esclavo de la Compañía.
El padre Claudio, en aquellas conferencias, con un disimulo que hacía
honor a la astuta institución a que pertenecía, llevaba siempre la
conversación a un mismo punto, que era invariablemente las desdichas de
la patria, lo grande que ésta había sido en otros tiempos y la necesidad
de volver por la integridad del territorio, reconquistando los puntos
que los extranjeros nos habían arrebatado.
Un hombre más experto y observador que Baselga hubiera adivinado en su
interlocutor el deseo de excitar las confianzas sobre un asunto
determinado que conocía con anterioridad; pero el conde estaba muy
preocupado con sus planes y los acariciaba con sobrado entusiasmo para
fijarse en tales detalles.
Por fin, un día, en un rato de excitación patriótica, Baselga hizo
traición a la reserva que se había prometido y relató al padre Claudio
su plan sobre Gibraltar con todos sus detalles.
El jesuíta sonreía casi imperceptiblemente. Al fin lograba aquella
confianza solicitada de tan diversos modos.
¡Cómo pintar el entusiasmo patriótico del padre Claudio! Primero quedóse
perplejo, mostrando admiración y duda como si su inteligencia no
alcanzase a comprender un plan tan colosal; después, su rostro se animó
como a impulsos de excitación inmensa, y, por fin, abrazó al conde con
nervioso impulso, diciendo, con acento entrecortado por la emoción, que
Dios y la patria sabrían agradecer una empresa tan sublime.
Baselga se enterneció ante aquel arranque de entusiasmo patriótico, y
llevado de un risueño optimismo, se dijo interiormente que aquel
jesuíta era una buena persona, que si cometía alguna mala acción era
indudablemente por exigencias de la Orden.
Desde que el conde hizo tales revelaciones no tuvo quien más atentamente
se interesase por la realización de tal plan.
Todas las tardes iba, según su costumbre, a visitar a Baselga y se
enteraba minuciosamente de sus propósitos, mostrando una admiración sin
límites cada vez que su amigo le hacía una nueva confianza.
--¡Oh! Esto halaga--se decía el conde al quedar solo--. Esto da nuevas
fuerzas para seguir adelante. ¡Si todos fuesen tan buenos españoles como
el padre Claudio! Después dicen que los jesuítas no tienen patria ni se
interesan por otra nación que Roma.
Por su parte, el reverendo padre aumentaba el entusiasmo de su amigo,
prometiendo hacer cuanto pudiese en favor del plan. El no sabía los
servicios que podría prestar, pero tenía amigos en todas partes, y,
¿quién sabe si en Gibraltar encontraría alguien que quisiera entrar en
la patriótica aventura?
Transcurrieron algunos días sin que los dos amigos hablasen de otros
asuntos que la atrevida reconquista del Peñón. Quirós, siempre
excusándose con sus trabajos en el ministerio, iba ya pocas veces al
despacho de Baselga; pero éste se mostraba tan entusiasmado y satisfecho
del padre Claudio, que consideraba ya al joven diplomático como lo que
era realmente. Ya no veía en él un joven serio e ilustrado, sino un
pollo insubstancial e intrigante, que a lo más le servía para sacar
cuantas noticias deseara del ministerio de Estado.
El jesuíta tenía por su parte un plan marcado que iba desarrollando
lentamente, y cuando creyó poseer la confianza de Baselga, abordó una
tarde resueltamente el asunto.
--Supongamos, señor conde, que yo, como así lo espero, proporcione los
elementos necesarios para la empresa, y encuentro gente dispuesta a dar
el golpe sobre Gibraltar. ¿Quién se encargará de ponerse al frente de
los que se apoderen de la plaza?
Baselga mostró en su rostro la misma extrañeza que si oyera a alguien
dudar de su valor.
--¡Quién ha de ser! ¡Yo!--dijo con sencillez heroica.
--¿Y ha pensado usted bien las consecuencias que pudiera traerle un
fracaso? ¿Ha considerado que en la aventura puede perder la cabeza? Las
autoridades inglesas son inexorables con el que quiere arrebatarles algo
de lo que poseen, y lo menos que con usted harían, si fracasa el golpe,
sería ahorcarlo.
--Nada me importa eso--contestó el conde con frialdad--. He expuesto mi
vida muchas veces, para que pueda sentir temor ante tales peligros. Yo
iré al frente de los buenos españoles que intenten devolver Gibraltar a
España, y si es que la suerte nos es adversa, ¿qué fin puedo ambicionar
más glorioso que morir por mi patria, aunque sea de un modo infamante?
--Muy bien, amigo mío. Sigue usted siendo un héroe y la edad no ha
amortiguado sus bríos. Pero es preciso que antes de acometer tan santa
empresa, que tal vez le conduzca al martirio, piense usted en asegurar
el porvenir de sus hijos.
--¡Mis hijos! Gracias a Dios no tengo que pensar en ellos. Son ricos y
su porvenir está asegurado. Además, dentro de pocos años tendrán ya edad
para casarse y constituir familia.
--Pero entretanto, señor conde, reconozca usted que si por desgracia
pierde la vida en esa empresa que vamos a realizar cuanto antes, la
situación de esos dos jóvenes solos en el mundo, pues apenas si tienen
familia, será apuradísima.
--Tienen a mi hija Fernanda, que por su edad y su experiencia, puede
servirles de madre.
--No basta eso.
--¿Pues qué quiere usted decir?
--De Ricardo nada. Al fin pertenece a nuestro sexo y para un hombre no
es tan ruda la lucha que ha de sostener en la sociedad para mantenerse a
cierta altura. Pero piense usted en Enriqueta. ¿Qué sería de ella al
quedar huérfana?
--Sentiría mucho la muerte de su padre, mas no por esto quedaría
desamparada. Tiene a mi hija Fernanda, y además, una joven rica como lo
es ella, siempre encontraría entre mis parientes de la nobleza quien
velara por ella. Esto sin contar que ya no es una niña, y que dentro de
pocos años estará ya en estado para casarse con quien ella elija,
siempre que sea un hombre perteneciente a su clase.
--Veo, señor conde, que no quiere usted atender a lo yo le propongo y
que se forja ilusiones para no contemplar la realidad. Yo hablo del
presente y del peligro que a causa del heroísmo de su carácter, corre su
hija de quedarse huérfana.
--¿Y qué quiere usted proponerme?
--Yo--dijo el padre Claudio preparándose a dar el golpe y revistiendo
sus palabras de la mayor sencillez--pensaba poner a Enriqueta a salvo de
todo infortunio y hacer que antes de que usted partiera para Gibraltar
su hija quedase en un puesto de confianza donde se ocupasen de su
educación, por cierto algo descuidada, pues la baronesa, ocupada en las
empresas benéficas, a las que le arrastra su religiosidad, no puede
pensar en la cultura de su hermana.
--Concrete más su proposición, padre Claudio--dijo Baselga con fría
entonación.
--Pues bien; le propongo, haciéndome en esto intérprete de los deseos de
la baronesa, que Enriqueta vaya a educarse en un convento de nuestra
confianza.
El conde no era ya el mismo de momentos antes. El entusiasmo y la
confianza que mostraba al jesuíta hablándole de empresas militares había
desaparecido, y ahora escuchaba al visitante con fría reserva,
lanzándole de vez en cuando una mirada escudriñadora que pugnaba por
atravesar aquella astuta máscara, adivinando lo que existía tras la
dulce sonrisa jesuítica.
Cuando el padre Claudio formuló su proposición, Baselga le miró
fijamente y contestó con lentitud:
--Mi hija no será monja mientras yo viva.
--Ha comprendido usted mal--replicó con viveza el jesuíta--. Lo que yo
propongo no es que Enriqueta se dedique a la vida monástica abandonando
su familia; conozco bien el inmenso cariño que usted la profesa y sé que
no es posible que consienta usted el separarse de ella para siempre. Lo
que yo propongo es que Enriqueta ingrese en un convento donde se educan
otras señoritas aristocráticas para permanecer allí segura mientras
usted lleva a cabo esa obra sublime, tan meritoria a los ojos de la
patria y a los de Dios.
--Lo que usted me propone es que mi hija entre en un convento como
simple educanda para convertirse después en monja profesa y no salir
jamás de él.
--¡Señor conde! Me ofende esa suposición.
--Padre Claudio, ya sabe usted que nos conocemos y que hay entre los dos
asuntos suficientemente graves para que no nos consideremos como unos
extraños. Sé a dónde van a parar tales proposiciones, pues aunque no soy
muy listo, adivino muchas veces lo que piensan las personas que me
rodean.
--¿Qué quiere usted suponer?
--Aún no se ha borrado de mi memoria el recuerdo de esa mujer tan amada.
Y al decir esto señalaba el conde a un hermoso retrato de María
Avellaneda, única pintura que con sus tonos brillantes alegraba las
sombrías paredes del despacho y los tintes obscuros de los estantes
cargados de libros. El padre Claudio afectaba no comprender a Baselga.
--Esa infeliz--continuó éste--también encontró en París quien mostró
empeño en meterla en un convento. ¡Parece esto la fatalidad que pesa
sobre la familia Avellaneda!
Y a continuación añadió, sonriendo sarcásticamente:
--Muchas veces es una desgracia tener millones.
El padre Claudio se estremeció internamente. Aquel hombre, que él creía
un monomaníaco sometido por completo a su voluntad, sabía adivinar los
pensamientos de su interlocutor.
--Señor conde: me ofenden esas palabras, que no sé si creer injuriosas
para mí y para la Compañía, pero aunque así sean, las perdono.
Reinó un largo silencio, que interrumpió al fin el jesuíta diciendo:
--Siento mucho que mi proposición le haya producido alguna molestia.
Crea que yo siempre procedo guiado por mi afán de dar almas al cielo y
de que no se turbe la paz de las familias.
--Gracias por el interés, padre Claudio; pero Enriqueta no necesita que
se preocupe de su suerte otro que su padre.
El jesuíta quedó en silencio breves instantes, reflexionando, sin duda,
sobre lo que acababa de oír, y después dijo con severo acento:
--Un padre cariñoso debe ante todo procurar la felicidad de su hija.
El conde movió la cabeza en señal de asentimiento y añadió:
--Eso no tiene duda.
--Y la felicidad de los hijos consiste indudablemente en que los padres
no violenten su voluntad ni se opongan a sus deseos, siempre que éstos
tengan un noble y santo fin.
--Todo eso lo sé hace ya mucho tiempo.
--Lo sabrá usted, señor conde; pero permítame que le manifieste que
usted se está oponiendo a una sagrada aspiración de su hija.
--¿Una aspiración de mi hija?--preguntó con extrañeza Baselga.
--Sí, señor conde. Enriqueta quiere ir al convento.
--Es la primera noticia que tengo--respondió Baselga con desdeñosa
frialdad.
--No lo dude usted, y si quiere convencerse de ello, pregúntelo a la
baronesa, que por haber educado a su hermana es la que conoce mejor su
vocación. Enriqueta quiere ser monja.
--Ya va saliendo lo que esperaba. Usted mismo viene a justificar mi
negativa a que Enriqueta entrase en un convento para perfeccionar su
educación. Lo que yo he dicho antes: primero, colegiala, y después,
monja. No está mal urdido el plan.
--Señor conde; hace usted mal en burlarse de ese modo y más aún en
oponerse a que su hija siga las inspiraciones de Dios. Yo no digo que
Enriqueta quiera efectivamente ser monja, pues a su edad la vocación es
poco sólida; pero lo que sí aseguro es que quiere salir de aquí, pues se
siente atraída por los místicos, encantos del claustro.
--¿Está usted seguro? ¿Ha consultado directamente la vocación de mi
hija?
--Sé cómo piensa por las relaciones de la baronesa, que es "la única
persona que se preocupa de Enriqueta".
--Comprendo la intención con que acentúa usted tales palabras. Algo hay,
en efecto, que me hace merecedor de tal censura. Mi dolor interno por la
muerte de mi esposa, mi odio a la sociedad, y después mis aficiones, me
han tenido alejado de mi hija, me han hecho ser mal padre, y he mirado
con una indiferencia culpable todo lo que con ella se relacionaba; pero
yo le aseguro a usted que esto no volverá a repetirse ni mereceré en
adelante que se me tache de descuidado con mis hijos. Acabo de ver las
consecuencias de mi indiferencia y sé el peligro que corre Enriqueta, de
seguir más tiempo confiada a la dirección de su hermana. Quiero que en
mi casa no mande otro que yo, y desde mañana voy a ocuparme de mi hija y
así sabré la verdad.
--¿La verdad?...--preguntó con extrañeza el padre Claudio.
--Sí; la verdad. De seguro que cuando yo hable a mi hija no manifestará
ésta tanta afición a la vida del claustro. Yo, padre Claudio, soy de los
que creen que ninguna joven tiene gusto de que la entierren en vida,
alejándola para siempre del mundo, y del mismo modo creo que si algunas
infelices huyen de la sociedad y se encierran en esas casas es por
contrariedades sufridas, que, aunque fáciles de reparar, son
convenientemente exageradas por gentes sin corazón, que muestran empeño
en robar a la nación futuras madres que podrían hacer la felicidad de
otras tantas familias y dar a la patria hijos que la honrasen y la
defendiesen.
El jesuíta puso en juego todo su mímico arsenal de gestos trágicos para
demostrar su escándalo y su indignación, y dijo con voz balbuciente:
--¡Pero señor conde! ¿Qué dice usted? ¡Tratar de ese modo a las
instituciones monásticas y a las esposas del Señor! Esas ideas son
impropias de un buen católico como todos le creen a usted, y únicamente
estarían en su sitio en labios de uno de esos terribles revolucionarios
que hoy combaten al Trono y a la Iglesia. ¿Acaso usted no cree en la
verdad de las vocaciones religiosas? ¿Duda usted de que hay criaturas
privilegiadas a las cuales llama Dios para hacerlas sus místicas
esposas?
--No quiero discutir, padre Claudio. Soy católico y partidario de la
Monarquía, y esto lo tengo bien probado; pero mis ideas las tengo muy
arraigadas y ni usted ni toda la Compañía de Jesús en masa conseguirían
que me retractase de esto que digo. Toda la vida he tenido por un
absurdo que a una joven que apenas si conoce el mundo y que no se ha
separado un momento de sus padres, se la encierre en un convento con el
pretexto de querer librarse de los males de una sociedad que ni aun de
nombre conoce. Comprendo que un hombre cansado de luchar con sus
semejantes y fastidiado de las mentiras sociales, huya del trato con los
humanos, y se refugie como eremita en un desierto por faltarle el valor
para seguir luchando contra el mundo; pero encerrar en una tumba mística
a una joven que conserva puras e intactas sus ilusiones y que empieza a
vivir, es un crimen, entiéndalo usted bien, reverendo padre, es un
asesinato moral del que Dios no puede menos que pedir estrecha cuenta.
El conde hablaba con acento indignado y en sus ademanes nerviosos
adivinábase que estaba sintiendo aquello que decía.
El jesuíta conocía perfectamente el carácter de Baselga y sabía que en
tales instantes discutir ideas en él tan arraigadas equivalía a
comprometerse en una discusión acalorada e iracunda que fácilmente podía
tener como final el arrojarse a la cabeza, como postreros argumentos,
los libros del despacho y aun los muebles.
--¿De manera--se limitó a decir el sacerdote--que se niega usted a
acceder a los deseos de su hija?
--Sí; me niego y me negaré siempre. Usted, como sacerdote, cumpla su
obligación trabajando para arrebatar una mujer más a la sociedad y
hacerla entrar en la vida mística; yo como padre cumplo mi deber
oponiéndome a que mi hija sea infeliz alejándose para siempre, en la
edad de la inexperiencia, de un mundo en que sufrirá muchas tristezas,
pero no por esto dejará de encontrar mayores alegrías. Dios crió a la
mujer para que el mundo no se extinguiera, y con ella estableció la base
de la familia. Evitar que la mujer sea madre es ir contra Dios. ¡No
olvide usted esto, padre Claudio!
El jesuíta fué a contestar a estas últimas palabras, pero se detuvo, y
como si una idea favorable acabase de surgir en su cerebro, púsose a
reflexionar mientras Baselga le contemplaba con desdeñosa superioridad.
El hombre que por tanto tiempo se había considerado como esclavo sumiso
de aquel jesuíta que le mandaba con aire sonriente, aunque con despótica
autoridad, enorgullecíase ahora al ver cómo su tirano quedaba vencido
momentáneamente.
Parecía que el padre Claudio iba a disparar su último tiro contra
aquella voluntad rebelde, pues después de contraer su rostro con aquella
sonrisa especial propia de los momentos difíciles y que hacía temblar a
cuantos le conocían íntimamente dijo con voz melosa:
--El señor conde, al hablar así, olvida una cosa de gran importancia.
--No sé qué cosa pueda ser.
--De seguro que el conde de Baselga no querrá romper sus relaciones con
la Compañía de Jesús.
--¡Yo!.., ¿Por qué?
--El señor conde pertenece a ella, pues hace muchos años figura en su
clase de hermanos seglares.
--No pienso negarlo. Buena prueba de ello es que sobre el pecho llevo el
escapulario que nos permite reconocernos a los hermanos aun en los más
lejanos países.
--Recuerde, pues, el hermano, ya que así le place llamarse--dijo el
jesuíta con tono de autoridad--, que al entrar en nuestra Orden hizo
voto de obediencia a sus superiores, y que yo, como su superior supremo
en España, le ordeno me obedezca para mayor gloria de Dios y en nombre
de nuestro padre general.
Y el jesuíta, al decir esto, se erguía en su asiento y extendía la
diestra con aire bizarro, adoptando una actitud lo más imponente que le
permitían sus facultades de actor. Pero al conde le causó poca impresión
aquel arranque de autoridad que el padre Claudio creía irresistible,
pues encogiéndose de hombros se limitó a contestar con frialdad:
--¡Bien! ¿Y qué?... ¿Para qué se me recuerda mi voto de obediencia?
--Para que acate usted mis órdenes y no se oponga a la vocación de su
hija.
--¿Es que la Compañía, no contenta con disponer del individuo para mayor
gloria de Dios, ha de intervenir también en asuntos puramente de su
familia?
--La Compañía interviene en todo, siempre que sea en bien de la
religión, y puede, con perfecto derecho, como usted ya sabrá por haber
leído nuestra Mónita secreta y los comentarios de nuestros más célebres
escritores, aconsejar al hijo que niegue la obediencia a su padre y
hasta que lo mate, siempre que éste le incite a desconocer y abandonar
la fe católica.
--Siempre me ha parecido eso un crimen; pero, aparte de ello, en el
presente caso no tienen ninguna relación esas leyes; yo no incito a mi
hija a que abandone su religión, pues lo que hago es oponerme a que me
la roben. Que ame Enriqueta cuanto quiera a Dios, que sea un modelo de
religiosidad y devoción, no me producirá ninguna molestia; lo que yo no
quiero es que ella sea monja.
--Pero ella quiere serlo, y en tal conflicto, la Compañía, siempre
benéfica con el débil y con la virtud, debe colocarse al lado de la hija
y frente al padre que quiere violentar una santa devoción.
--La Compañía se colocará donde le dé la gana--contestó rudamente
Baselga, que ya comenzaba a cansarse--; pero como yo soy el padre y no
doy mi permiso, tendrá que considerarse vencida. Si Enriqueta quiere ser
monja (lo que dudo mucho), que espere a ser mayor de edad, cuando no
será ya indispensable mi consentimiento.
--¿Quiere usted que llamemos a la niña y a doña Fernanda? Usted mismo le
preguntaría sobre sus aficiones, y la contestación que ella dé será el
mejor medio de que usted se convenza de la injusticia con que se opone a
su vocación.
--No es necesaria esa entrevista. Conozco muy bien, padre Claudio, el
sistema que se emplea para obsesionar débiles inteligencias y los
risueños colores con que se presenta la vida del claustro para seducir
la viva imaginación de las jóvenes. Mire usted a esa infeliz--y el conde
señaló el retrato de su esposa--. Ella, en un momento de alucinación,
arrastrada por pérfidos consejos, abandonó la casa de su padre y entró
en un convento de París sin dejar por eso de amarme y de desear ser mi
esposa. También ella pasaba como joven de vocación para el claustro y,
sin embargo, bastó que su padre le permitiese ser mi esposa para olvidar
inmediatamente todas las dulzuras monásticas. Mi hija presiento que debe
de hallarse en el mismo caso. Conozco a la baronesa de Carrillo, sé cuan
terribles son sus manías religiosas, y de seguro que ha trabajado mucho
para decidir a Enriqueta a que abrace una vida que le repugna. ¡Quién
sabe si hasta la habrá maltratado! Yo hablaré a mi hija y de seguro que
leeré en su interior adivinando lo que piensa.
--Según eso, ¿se niega usted a cumplir su voto? ¿Desobedece usted a la
Compañía?
Y el padre Claudio, al decir esto, tomaba una actitud amenazadora que
irritaba a Baselga, el cual no podía sufrir ninguna imposición.
--Sí, ¡vive Cristo!--gritó el conde--; la desobedezco ahora y siempre
que intente inmiscuirse en asuntos que le son ajenos. Las cosas de mi
casa sólo a mí me competen, y desde ahora digo que lo pasarán muy mal
los que intenten mezclarse en mis asuntos e inciten a mis hijos a que
desobedezcan a su padre.
Baselga estaba terrible al decir esto y agitaba en el espacio sus
enormes manos de un modo poco tranquilizador; pero el jesuíta no por
esto perdió la serenidad. No era valor lo que faltaba a aquel Borgia del
jesuitismo; así es que, como si no advirtiera las embozadas amenazas del
conde, siguió adelante en la agitada conversación.
--Piense usted que al negarse a obedecer a la Compañía, rompe usted con
ella toda clase de relaciones.
--Lo siento; pero por esto no he de cambiar en mis propósitos.
--Al abandonar de tal modo a la Compañía, ésta debe responderle del
mismo modo, y, por lo tanto, retirará el manto protector que había
tendido sobre usted.
Baselga hizo un gesto como indicando que no comprendía qué protección
era aquélla.
--Usted, señor conde, tiene en su vida algo que ocultar y existen
pruebas que pueden comprometerle seriamente. ¡Quién sabe lo que a usted
podrá sucederle el día que nuestra Orden no esté a su lado para
prestarle su protección! Recuerde cierto papel firmado por usted que, de
hacerse público, le produciría grandes disgustos.
El conde esperaba aquello desde que la conversación tomó un giro tan
hostil, pero a pesar de que la amenaza no le sorprendía, no pudo menos
de murmurar:
--Ya entra otra vez en danza el maldito papelucho.
Baselga tenía ya adoptada una resolución irrevocable. ¡Vive Dios! ¿Creía
acaso aquel jesuíta que a un hombre como él se le tenía sujeto toda la
vida y se le hacía danzar como un mono por la fuerza de un documento
comprometedor suscripto en un instante de dolorosa ceguedad? ¡No y mil
veces no! Ya estaba cansado de que el padre Claudio lo manejase como un
recluta, y antes prefería la deshonra que seguir siendo esclavo de aquel
tenebroso poder que comenzaba a serle odioso. Además, se trataba de la
suerte, del porvenir de su Enriqueta, aquella hija hermosa y delicada
cuyo rostro le recordaba el de la difunta María, y su deber era oponerse
tenazmente a un plan que labraba su infelicidad.
En la súbita resistencia del conde entraba también por mucho la
esperanza de que aquella arma que el jesuíta pretendía esgrimir contra
él resultase inservible. ¿Qué peligro podía correr si el padre Claudio
entregaba secretamente a la justicia aquel documento en que se confesaba
autor de la muerte de su primera esposa? Podía negar la autenticidad de
su firma; podía solicitar el auxilio de la reina, que le consideraba
mucho (tal vez por haber sido carlista), amenazándola, en caso de una
negativa, con hacer más públicas de lo que eran las relaciones de su
padre Fernando VII con Pepita Carrillo; y, finalmente, se consideraba
con cierta impunidad pensando que, en caso de un proceso, el padre
Claudio aparecería como cómplice por haber borrado del cadáver de la
baronesa todas las señales de muerte violenta.
Baselga, en un rápido vuelo de su imaginación, vió todas estas
circunstancias favorables y se sintió tranquilizado. Aquel documento
resultaba terrible cuando él era el amante de María Avellaneda y temía
que ésta, al saber la trágica historia de su matrimonio, cambiase el
cariño que le profesaba por repugnante aversión; pero ahora no eran
iguales las circunstancias, y el conde se reía interiormente de aquel
puñal mohoso, sin filo ni punta, con que pretendía amenazarle el padre
Claudio.
--¿No contesta usted?--preguntó éste, en vista del silencio de Baselga.
--Nada tengo que decir. Usted me amenaza en nombre de la Compañía, y yo
ahora y siempre me burlo de ella y de usted cuando se trata de asuntos
que únicamente a mí me competan.
--Pues allá veremos lo que sucede. Yo rogaré a Dios que no tenga usted
motivos para arrepentirse de su temeraria resolución.
--Ruegue usted cuanto quiera; dispuesto estoy a sufrir cuanto venga;
pero no olvide usted algunas oraciones para los que me ayudaron a
ocultar con astutas artes lo que yo había hecho en un momento de
obcecación.
El padre Claudio no pudo menos de reconocer que aquel golpe estaba bien
dado, y que el conde de Baselga no era tan simple como él se imaginaba.
Lo que él creía un cordero resultaba un león que, con sus zarpas
poderosas, hacía retroceder al domador.
La sorpresa que experimentó el jesuíta ante aquella transformación
inesperada fué grande; mas no por esto se dió por vencido, y fué
necesario que reflexionase largo rato para convencerse de que por el
momento no disponía de ningún medio de persuasión para vencer la
terquedad del conde.
¿Había él por esto de abandonar su empresa y resignarse a que los
millones de Avellaneda no fuesen a parar a las arcas de la Orden? Su
porvenir iba en ello, y para realizar su suprema ilusión, que era el
generalato de la Compañía, necesitaba poner todas sus facultadas en
aquel negocio y salir triunfante de él como de otros más difíciles.
Abismado en sus reflexiones permaneció el jesuíta mucho tiempo, mientras
Baselga, satisfecho de su energía, y conmovido aún por la ira que le
había producido aquella discusión, afectaba una fría severidad, fijando
sus ojos en el libro que sobre la mesa tenía abierto.
De vez en cuando el jesuíta parecía detenerse en sus reflexiones y
lanzaba sobre Baselga rápidas miradas en las cuales notábase un odio
inmenso contra aquel hombre fuerte que, escudado en su amor de padre,
sabía resistir lo mismo las seducciones que las amenazas.
A pesar del rencor que demostraban aquellas furibundas miradas, el
reverencio padre, transcurridos algunos minutos de profundo silencio,
tosió como si fuese a hablar, y después de pasarse las manos por la
frente repetidas veces, como para ahuyentar molestas preocupaciones,
dijo a Baselga con acento cariñoso:
--La verdad, señor conde, es que, a pesar de nuestra edad, hemos
procedido como dos niños, llegando hasta a insultarnos y amenazarnos en
un asunto que no merece que tan antiguos amigos se enemisten.
--Usted lo ha buscado, reverendo padre.
--Admito el ser culpable del disgusto y le pido me perdone. Usted
comprenderá que, en nuestro estado, son fáciles estas intemperancias.
Nos encariñamos con la idea de servir a Dios y llevar almas al cielo,
aun a riesgo de enemistarnos con las personas a quienes más queremos.
Además, la suerte de la hija de un amigo tan íntimo como usted lo es me
inspira un interés demasiado vivo, y de aquí que yo haya estado tan
imprudente. Vaya, señor conde, olvidemos el disgusto y démonos la mano
como verdaderas amigos.
--No tengo inconveniente en ello.
Y el conde avanzó su mano de no muy buena gana. Tenía motivos para
conocer al jesuíta; su rencor no se desvanecía tan fácilmente como el
del padre Claudio y temía que aquel súbito arrepentimiento fuese tan
hábilmente fingido como la mayor parte de sus afectos.
--Sería una falta imperdonable--continuó el jesuíta--que por cuestiones
de apreciación sobre el porvenir de Enriqueta, se enfriase una amistad
tan antigua como es la nuestra, y más hoy que trabajamos juntos en una
causa santa velando por el honor de la patria. No olvidemos que nos
hemos propuesto volver por la dignidad de España.
El jesuíta excitó hábilmente el recuerdo de la reconquista de Gibraltar,
empresa que, momentáneamente, había olvidado el conde.
Apenas Baselga recordó aquella sublime aventura que le dominaba desde
tanto tiempo antes, desvanecióse el disgusto que la acalorada polémica
le había producido, y en sus ojos volvió a reflejarse aquel entusiasmo
de iluminado que le rejuvenecía.
El padre Claudio comprendía, indudablemente, que con su actitud de
superior despótico, adoptada poco antes, había dado un paso en falso
descubriendo prematuramente sus intenciones, y se proponía volver a
conquistar la confianza de Baselga, mostrando un entusiasmo sin límites
por su patriótico plan y prometiendo ayudarle con más éxito que nunca.
Más de dos horas pasó el jesuíta hablando de Gibraltar y animando al
conde a acometer la empresa, describiéndole la plaza y sus defensas con
un optimismo que hacía sonreír a su oyente. A todos gusta verse
halagados en sus ilusiones, aun cuando se reconozca la falsedad de la
apreciación.
Los ingleses, según el padre Claudio, tenían instintos de topo y sólo
sabían minar, hasta el punto de que el Peñón era una esponja, y el día
en que hiciesen fuego las baterias durante algunas horas..., crac, el
monte se vendría abajo dejando sepultada a toda la guarnición. La cosa
no era difícil, y para un hombre de tanto corazón como el conde de
Baselga apoderarse de Gibraltar era una empresa sin importancia.
Parecía que por la boca del padre Claudio hablaban los autores de los
antiguos libros de caballerías, y que Baselga era uno de aquellos
adalides de la Tabla Redonda, que de una lanzada desbarataban un
ejército o de un papirotazo echaban al suelo los muros de las plazas más
fuertes.
El jesuíta no se contentaba con adular, pues guiñando un ojo y moviendo
la cabeza con expresión de hombre poderoso, aseguraba al conde que no
estaba solo en tal empresa. La Orden tenía amigos allí donde existen
católicos, y en la guarnición de Gibraltar figuraban siempre muchos
irlandeses, soldados fieles al Papa y obedientes a los representantes de
Dios. El ya estaba en correspondencia con algunos oficiales irlandeses
y... ¡quién sabe lo que saldría de aquellas relaciones!
El padre Claudio daba a entender con sus gestos que había aún más de lo
que decía, pero que se veía obligado a callar por no hallarse el asunto
terminado.
Aquello puso de buen humor al conde. Conocía el inmenso poder de la
Compañía, y sabía que si ésta le ayudaba en su empresa conseguiría
aquella adhesión de los soldados irlandeses, lo que haría que su triunfo
fuese seguro.
Cuando el jesuíta se despidió del conde, éste, aunque pensaba hablar a
su hija de su supuesta vocación, no guardaba a aquél ningún rencor;
tanto le habían conmovido las promesas del poderoso auxilio.
Diéronse las manos con el mismo afecto de siempre, y hasta Baselga rogó
al jesuíta que fuese a visitarle con la asiduidad acostumbrada, haciendo
caso omiso de aquella "ligera nubecilla".
Había ya cerrado la noche, y al poner el padre Claudio el pie en la
calle volvióse con movimiento instintivo a mirar los balcones del
pequeño palacio, y por sus ojos pasó aquel relampagueo fugaz que tan
horrible le hacía.
--¡Ya las pagarás todas juntas, miserable!--murmuró--. Veremos si por
mucho tiempo te burlas de la Orden y te niegas a obedecerla,
comprendiendo al fin que hoy ningún mal puede causarte el papel
comprometedor.
Y después de desahogarse con estas palabras, masculladas como si fuesen
las de una oración, se embobó en su manteo, y dijo con la tranquilidad
del que prepara un negocio:
--Esta noche escribiremos a Gibraltar al hijo de James Clark, nuestro
antiguo agente.