Ejercicios piadosos.
Una mañana del mes de febrero, cuando en la casa del conde de Baselga
todavía no se habían levantado de la cama los señores, Tomasa, apoyada
en la chimenea del comedor, hablaba con una muchachuela que en su feo
rostro tenía cierta expresión hipócrita y que era la doncella de doña
Fernanda.
Ésta profesaba gran cariño a su servidora íntima, por ser fea y gran
amiga de murmuraciones. La primera condición la tenía en gran estima,
pues por ley de contraste, al lado de aquella cabeza chata, deprimida y
terrosa, adquiría cierto brillo de hermosura su rostro rubicundo y
narigudo. En cuanto a lo de chismosa, nada gustaba tanto a la baronesa
como hablar largo rato con su doncella, haciendo que ésta le contara
todo lo que ocurría en la casa, así como cuanto sabía de las otras
señoras devotas que figuraban con ella en las juntas de cofradía e
instituciones benéficas.
En esto último salía perdiendo doña Fernanda, pues su doncella, tan
dominada estaba por el afán de murmurar, que apenas la dejaba libre su
señora, corría en busca de Tomasa, complaciéndose en contarla todas las
interioridades de su señora.
Entre el ama de llaves y la doncella reinaba gran intimidad, y aunque
ésta, en punto a charlar, no guardaba fidelidad a nadie, siempre se
mostraba más pronta, por simpatías propias de su clase, a revelar los
secretos de su ama a Tomasa que a contar lo que ésta decía, a la
baronesa.
Aquella mañana la chismosa, por complacer a Tomasa, a la que convenía
tener favorable, pues de este modo su bondadosa autoridad consentía
ciertas salidas nocturnas, se ocupaba en encender la chimenea del
comedor, y en cuclillas ante el hogar colocaba cuidadosamente los leños,
avivando con furiosos resoplidos la llama, que se obstinaban en rechazar
los verdes y húmedos troncos.
Tomasa oía con gran atención lo que aquella muchacha, tosiendo a cada
instante por el humo que se le metía en la garganta, e hinchando sus
enrojecidos carrillos, le decía casi a sus pies.
La baronesa había pasado una noche pésima, privando a su doncella del
sueño con continuos llamamientos. Había para reventar--según decía la
doncella--estando al cuidado de aquella perra, que con todos sus aires
de señora y de devota era... una de tantas. Ahora le daba por vomitar,
por sentir vahídos, por decir a su querido director, el padre Felipe,
que estaba muy malita; y la doncella, al decir esto, remedaba
grotescamente los dengues de doña Fernanda, haciendo reír al ama de
llaves.
Bien empleado le estaba--al decir de la aragonesa--, y esto la enseñaría
a no pasarse la tarde entera encerrada con aquel jesuíta que era un
sinvergüenza capaz de conmoverse ante una escoba, con tal que llevase
faldas.
Tomasa no era cruel, pero se entusiasmaba pensando en el escándalo que
iba a producir el estado de la baronesa así que éste se manifestase más
claramente, y saboreaba ya de antemano la vergüenza que esto iba a
producir a su enemiga.
--Mira tú--decía a la doncella--que oponerse a que la señorita Enriqueta
sea como todas las jóvenes y tenga un novio que la quiera bien, y ella,
en cambio, procede como una perdida deshonrando esta casa tan respetable
con las conferencias que, a puerta cerrada, tiene con el padre Felipe.
Ahora pagará en junto todas sus perrerías, y no será flojo el escándalo
que se armará cuando todo Madrid sepa que la señora baronesa de
Carrillo, a quien los papeles públicos llaman todos los días dama
virtuosísima y a la que ensalzan los jesuítas en sus sermones, está en
estado interesante por obra y gracia del querido que le ha destinado la
Compañía. No me gusta el mal de nadie, pero en esta ocasión, chiquilla,
estoy más alegre que si me hubiera tocado el premio gordo de la lotería.
A ver si de este modo esa tal aprende a tratar a los pobres con la
cortesía que se merecen y no nos aturde más a todos los de esta casa con
sus mandatos y sus palabrotas.
--Anoche--dijo la fea doncella--me encargó que avisara al padre Claudio
para que viniera a hablar con ella lo antes posible. Querrá
indudablemente pedirle consejo para evitar que la gente se entere de lo
que la ocurre.
--Pues como no le abran la tripa y le saquen lo que tiene dentro--dijo
Tomasa con brutal jocosidad--, no sé cómo podrá arreglárselas para que
nadie en esta casa se entere del producto de las tales conferencias a
puerta cerrada.
--Anoche hablaba de lo conveniente que sería para su salud pasar una
temporada en el campo. Tal vez piense irse a cualquier parte donde no la
conozcan, y allí echar al mundo el cachorro del padre Felipe.
Las dos sirvientas hablaron largamente sobre la baronesa y sus
dolencias, salpicando su conversación de terribles sarcasmos, y al fin
tuvieron que separarse al oír que repiqueteaba furiosamente la
campanilla de la habitación de la baronesa.
Aquella mañana doña Fernanda envió por dos veces a su doncella a la
residencia del padre Claudio y aguardó con marcada impaciencia la
llegada de éste.
Eran ya las doce cuando el vicario de la Orden en España entró en la
habitación de la baronesa, deshaciéndose en excusas por su tardanza.
¡Eran tan apremiantes y continuos sus quehaceres! ¡Le llamaban tan a
menudo a Palacio para consultas de la reina, cuando ésta no se creía
suficientemente asesorada por sor Patrocinio, la monja de las llagas! La
impía revolución se mostraba cada vez más imponente, el espíritu
popular, hostil a los reyes y a la Iglesia, crecía por momentos y era
preciso que la Compañía de Jesús empuñase sus misteriosas armas y
pusiera en juego los ocultos resortes de su monstruosa organización
secreta para, de este modo, librar el trono en peligro.
No tenía tiempo para ocuparse de los asuntos de escasa importancia, de
mezquinas cuestiones de familia, que quedaban al cuidado de sus
subalternos; pero apreciaba tanto a la baronesa, que consideraba como
hija suya; tan agradecida le estaba la Compañía, que él se apresuraba a
acudir a su llamamiento.
Doña Fernanda, muy lisonjeada por las palabras corteses de aquel hombre,
cuyo poder inmenso le era conocido, contestaba con sonrisas de
agradecimiento, ruborizada como una jovencita al oír los primeros
piropos.
La puerta del gabinete de la baronesa se cerró, con gran dolor para
Tomasa y la doncella, que rondaban por las inmediaciones, deseosas de
oír, aunque sólo fuera algunas palabras de aquella conferencia.
Más de una hora duró ésta, y las dos mujeres, aplicando el oído a la
cerraja de la puerta, sólo pudieron escuchar los sollozos de la
baronesa y algunas palabras sueltas, tales como "deshonra", "escándalo"
y otras de idéntico significado.
Cuando las dos sirvientas escaparon despavoridas al notar que la
conferencia terminaba y la puerta se abrió, el padre Claudio, que salía
llevando en el rostro un gesto malhumorado, al notar que en la
habitación inmediata estaban Tomasa y la doncella, afectando una
completa indiferencia, recobró rápidamente su sonrisa amable y dijo en
voz alta:
--La salud de usted, señora baronesa, reclama muchos cuidados. No sea
usted niña, y procure no extremarse en esa vida agitada que lleva en pro
de la religión y la caridad. Sería de muy buen efecto que pasara algunos
meses en el campo y para esto le recomiendo el punto que ya le he
indicado. Dígaselo al conde, a quien ruego salude de mi parte. Yo no me
puedo detener, pues me llaman mis ocupaciones.
El padre Claudio pasó por delante de las dos criadas y, como de
costumbre, las dió a besar su mano, sin adivinar que, a pesar de su
exterior grave y compungido, se reían interiormente de la enfermedad de
la baronesa y de las recomendaciones del jesuíta. Ellas sabían el porqué
de aquel viaje al campo.
Aquel mismo día doña Fernanda llamó a su padre, y el conde, a pesar de
que sentía gran repugnancia de hablar con ella particularmente, y eran
muy contadas las veces que había entrado en su habitación, acudió al
llamamiento.
Oyó en silencio la relación que le hizo su hija de sus extrañas
dolencias e inmediatamente la dió permiso para que fuera a pasar unos
cuantos meses en los alrededores de Bayona, que era el lugar que la
había recomendado el padre Claudio.
¡Valiente cosa le importaban a él los asuntos de aquella mujer a la que
no podía ver sin que inmediatamente acudiesen a su memoria recuerdos que
despertaban su odio! Conocía las costumbres de su hija y, mirándola
fijamente, adivinaba la verdadera causa de aquellas dolencias.
En su concepto, hacía bien en ir a Bayona. Allí existía un gran centro
de jesuítas, y las recomendaciones del padre Claudio servirían para
encubrir el remate de aquella enfermedad, que nadie podía explicar mejor
que el atlético padre Felipe.
Al día siguiente la baronesa hizo todos sus preparativos de viaje, y
tres días después, sin otra compañía que la de su intrigante doncella,
emprendió el viaje. Antes de partir, ya el padre Felipe se había hecho
cargo de Ricardito, llevándolo nuevamente al colegio.
Con el viaje de doña Fernanda, la casa de Baselga quedó, como decía el
ama de llaves, convertida "en una balsa de aceite".
La ausencia de la baronesa hacía imposibles todas aquellas escenas
violentas, aquellos gritos descompasados y represiones continuas a que
tan aficionada se mostraba doña Fernanda.
Tomasa, disponiendo y mandando como autoridad superior, estaba en sus
glorias, y Enriqueta se consideraba feliz al no tener que vivir con
aquella zozobra a que le obligaba su hermana con su astuta vigilancia.
El poder escribir cartas a Alvarez a cualquier hora del día sin tener
que encerrarse en su habitación y temblar al menor ruido, era para la
joven una dicha inmensa.
--Ya verá usted, señorita--decía la aragonesa--, qué rica vida vamos a
llevar ahora que no está aquí su hermana endemoniada. Desde que puedo
pasearme por la casa sin temor de encontrarme con aquella cara de
vinagre, al pasar una puerta me siento otra y hasta parece que me he
quitado de encima una docena de años. El capitán ya sabe que la baronesa
se fué ayer, y no puede figurarse cuán grande es su alegría, pensando
que ahora podrá verla de cerca. Saldremos a paseo todos los días, pues
hora es ya de que usted no pase la vida de monja profesa a que quiere
acostumbrarla la baronesa. Don Esteban vendrá algunas veces con
nosotros, pasearemos por donde nadie nos vea, y yo... me haré la ciega y
la sorda, aunque el papel sea poco grato, para que ustedes puedan
decirse cuanto gusten. Vamos... que algo tendrán ustedes que decirse
después de amarse tanto tiempo sin haber hablado nunca.
El conde de Baselga no era obstáculo para aquel plan que Tomasa se
proponía realizar. Seguro de la fidelidad de su ama de llaves, a la que
consideraba como de su familia, dejaba a Enriqueta por completo a su
cuidado y continuaba su vida aislada pasando los días encerrado en su
despacho, sin otro recreo de vez en cuando que un paseo por los
desiertos alrededores de Madrid.
Baselga se había transfigurado con aquel método de vida.
La soledad en que le obligaba a vivir su misantropía, habíale
aficionado al estudio, y en su despacho, que antes sólo tenia por
adornos armas de todas clases, amontonábanse ahora los libros.
Las lecturas literarias y filosóficas le repugnaban. El misterioso
influjo que el padre Claudio ejercía sobre su conciencia había
desarrollado sus sentimientos religiosos creando en él una
susceptibilidad fanática que se irritaba a la más leve indicación contra
aquel dogma en el que creía a ojos cerrados. Esto le obligaba a
mostrarse tan preocupado en sus lecturas como en su vida y
circunscribirse a determinados libros, pues la revolución rugía contra
lo existente, y a despecho de las medidas y censuras del Gobierno, hasta
en la más inocente obra literaria se deslizaban ataques sobre los
ideales que tan entusiásticamente profesaba el conde de Baselga.
Este, ante todo era militar. La guerra constituía la principal afición
de su carácter, y de aquí que, al buscar un remedio al fastidio que le
devoraba en su vida aislada y casi frailuna, se entregase en cuerpo y
alma a la lectura de obras militares. Cuanto se había escrito, en España
como en Francia, acerca del arte de la guerra, fué coleccionándolo el
conde en su biblioteca.
Aquel hombre, en su juventud tan insolente, despreciador de la ciencia,
que después había hecho la guerra como soldado valiente, pero ignorante,
que cree que la fuerza y el arrojo es todo cuanto necesita un guerrero
para ser vencedor, mostrábase ahora avergonzado por su estupidez y se
dedicaba al estudio con el ansia del que quiere recobrar el tiempo
perdido.
Baselga se sentía ahora agitado por el afán de gloria. Muchos de sus
antiguos compañeros de la Guardia real eran ahora generales ilustres y
estaban en todo el apogeo de su celebridad, y él, aficionado nuevamente
a la milicia, miraba con envidia la posición de sus antiguos amigos. Los
millones que poseía, sus títulos, todo cuanto era lo hubiera dado por
poder mandar una división y haber asistido con ella a la guerra de
Africa o a otra de aquellas campañas tan gloriosas como descabelladas
que, para labrarse su propia gloria, llevaba a cabo su antiguo amigo don
Leopoldo O'Donnell.
El conde, a fuerza de hojear a los tratadistas militares y de leer obras
de fortificación, acabó por concebir un plan que produjo sobre su
cerebro una verdadera obsesión.
Ya tenía el medio de hacerse célebre. En Baselga, a pesar de su exterior
rudo, había algo de poeta: la imaginación era su principal facultad, y
esto hacía que revistiesen cierto ambiente romancesco y místico todas
las ideas que se fijaban tenazmente en su cerebro.
Comenzó a madurar la idea de apoderarse, por sorpresa y mediante un buen
golpe de mano, de Gibraltar, y se dedicó con ahinco a estudiar todo
cuanto se había escrito sobre el famoso sitio que los españoles pusieron
a la inexpugnable plaza inglesa en el siglo pasado.
Aquella empresa excitaba los entusiasmos que Baselga podía sentir: el
patriótico y el religioso. Como soldado español, estremecíase al pensar
que la bandera de su patria llegaría a ostentarse desplegada en el mismo
punto donde ahora ondeaba el pabellón inglés, y como católico y fanático
sentíase dominado por una beatífica emoción, considerando que con la
conquista de Gibraltar se privaba de la mejor de sus plazas a
Inglaterra, una nación protestante, enemiga de los santos y que se reía
del Papa, aquel vicedios que dirigía el mundo desde Roma.
Al poco tiempo de habérsele ocurrido aquel plan se sentía tan dominado
por él que le dedicaba toda su existencia.
Pasaba el día y gran parte de la noche inclinado ante imperfectos planos
de Gibraltar y consultando notas que se había procurado acerca de la
guarnición de la plaza y los puntos donde estaba acuartelada. Cuando el
cansancio le obligaba a dejar aquella tarea y podía reflexionar sobre
los posibilidades de éxito de su empresa, sentíase muy animado y
confiaba en un completo triunfo.
El tenía marcada su línea de conducta. Primero combinaría en principio
su plan, cuidándolo hasta en sus últimos detalles; después lo
comprobaría sobre el terreno, haciendo un viaje a Gibraltar, en el que
ya había estado en 1823 durante su campaña en las inmediaciones de
Cádiz, y, finalmente, escogería un número proporcionado de hombres de
valor y de serenidad para dar el audaz golpe de mano que se había
imaginado. En Navarra, y entre sus antiguos voluntarios de la guerra
carlista, pensaba hallar los compañeros para aquella loca aventura, en
la que estaba dispuesto a gastar la colosal fortuna de sus hijos.
El alcanzaría la inmensa gloria de devolver a España aquel rincón de la
península arrancado por la traición inglesa, y si no lo lograba,
perecería como un mártir patriótico, digno de eterno renombre.
Y mientras Baselga, en la soledad de su despacho, se entregaba a
interminables cavilaciones, interrumpidas de vez en cuando por risueñas
esperanzas que se forjaban en su optimista imaginación, su hija y el
capitán Alvarez sonreían embriagados por la dulce primavera del amor.