XIII

Ejercicios piadosos.

Una mañana del mes de febrero, cuando en la casa del conde de Baselga

todavía no se habían levantado de la cama los señores, Tomasa, apoyada

en la chimenea del comedor, hablaba con una muchachuela que en su feo

rostro tenía cierta expresión hipócrita y que era la doncella de doña

Fernanda.

Ésta profesaba gran cariño a su servidora íntima, por ser fea y gran

amiga de murmuraciones. La primera condición la tenía en gran estima,

pues por ley de contraste, al lado de aquella cabeza chata, deprimida y

terrosa, adquiría cierto brillo de hermosura su rostro rubicundo y

narigudo. En cuanto a lo de chismosa, nada gustaba tanto a la baronesa

como hablar largo rato con su doncella, haciendo que ésta le contara

todo lo que ocurría en la casa, así como cuanto sabía de las otras

señoras devotas que figuraban con ella en las juntas de cofradía e

instituciones benéficas.

En esto último salía perdiendo doña Fernanda, pues su doncella, tan

dominada estaba por el afán de murmurar, que apenas la dejaba libre su

señora, corría en busca de Tomasa, complaciéndose en contarla todas las

interioridades de su señora.

Entre el ama de llaves y la doncella reinaba gran intimidad, y aunque

ésta, en punto a charlar, no guardaba fidelidad a nadie, siempre se

mostraba más pronta, por simpatías propias de su clase, a revelar los

secretos de su ama a Tomasa que a contar lo que ésta decía, a la

baronesa.

Aquella mañana la chismosa, por complacer a Tomasa, a la que convenía

tener favorable, pues de este modo su bondadosa autoridad consentía

ciertas salidas nocturnas, se ocupaba en encender la chimenea del

comedor, y en cuclillas ante el hogar colocaba cuidadosamente los leños,

avivando con furiosos resoplidos la llama, que se obstinaban en rechazar

los verdes y húmedos troncos.

Tomasa oía con gran atención lo que aquella muchacha, tosiendo a cada

instante por el humo que se le metía en la garganta, e hinchando sus

enrojecidos carrillos, le decía casi a sus pies.

La baronesa había pasado una noche pésima, privando a su doncella del

sueño con continuos llamamientos. Había para reventar--según decía la

doncella--estando al cuidado de aquella perra, que con todos sus aires

de señora y de devota era... una de tantas. Ahora le daba por vomitar,

por sentir vahídos, por decir a su querido director, el padre Felipe,

que estaba muy malita; y la doncella, al decir esto, remedaba

grotescamente los dengues de doña Fernanda, haciendo reír al ama de

llaves.

Bien empleado le estaba--al decir de la aragonesa--, y esto la enseñaría

a no pasarse la tarde entera encerrada con aquel jesuíta que era un

sinvergüenza capaz de conmoverse ante una escoba, con tal que llevase

faldas.

Tomasa no era cruel, pero se entusiasmaba pensando en el escándalo que

iba a producir el estado de la baronesa así que éste se manifestase más

claramente, y saboreaba ya de antemano la vergüenza que esto iba a

producir a su enemiga.

--Mira tú--decía a la doncella--que oponerse a que la señorita Enriqueta

sea como todas las jóvenes y tenga un novio que la quiera bien, y ella,

en cambio, procede como una perdida deshonrando esta casa tan respetable

con las conferencias que, a puerta cerrada, tiene con el padre Felipe.

Ahora pagará en junto todas sus perrerías, y no será flojo el escándalo

que se armará cuando todo Madrid sepa que la señora baronesa de

Carrillo, a quien los papeles públicos llaman todos los días dama

virtuosísima y a la que ensalzan los jesuítas en sus sermones, está en

estado interesante por obra y gracia del querido que le ha destinado la

Compañía. No me gusta el mal de nadie, pero en esta ocasión, chiquilla,

estoy más alegre que si me hubiera tocado el premio gordo de la lotería.

A ver si de este modo esa tal aprende a tratar a los pobres con la

cortesía que se merecen y no nos aturde más a todos los de esta casa con

sus mandatos y sus palabrotas.

--Anoche--dijo la fea doncella--me encargó que avisara al padre Claudio

para que viniera a hablar con ella lo antes posible. Querrá

indudablemente pedirle consejo para evitar que la gente se entere de lo

que la ocurre.

--Pues como no le abran la tripa y le saquen lo que tiene dentro--dijo

Tomasa con brutal jocosidad--, no sé cómo podrá arreglárselas para que

nadie en esta casa se entere del producto de las tales conferencias a

puerta cerrada.

--Anoche hablaba de lo conveniente que sería para su salud pasar una

temporada en el campo. Tal vez piense irse a cualquier parte donde no la

conozcan, y allí echar al mundo el cachorro del padre Felipe.

Las dos sirvientas hablaron largamente sobre la baronesa y sus

dolencias, salpicando su conversación de terribles sarcasmos, y al fin

tuvieron que separarse al oír que repiqueteaba furiosamente la

campanilla de la habitación de la baronesa.

Aquella mañana doña Fernanda envió por dos veces a su doncella a la

residencia del padre Claudio y aguardó con marcada impaciencia la

llegada de éste.

Eran ya las doce cuando el vicario de la Orden en España entró en la

habitación de la baronesa, deshaciéndose en excusas por su tardanza.

¡Eran tan apremiantes y continuos sus quehaceres! ¡Le llamaban tan a

menudo a Palacio para consultas de la reina, cuando ésta no se creía

suficientemente asesorada por sor Patrocinio, la monja de las llagas! La

impía revolución se mostraba cada vez más imponente, el espíritu

popular, hostil a los reyes y a la Iglesia, crecía por momentos y era

preciso que la Compañía de Jesús empuñase sus misteriosas armas y

pusiera en juego los ocultos resortes de su monstruosa organización

secreta para, de este modo, librar el trono en peligro.

No tenía tiempo para ocuparse de los asuntos de escasa importancia, de

mezquinas cuestiones de familia, que quedaban al cuidado de sus

subalternos; pero apreciaba tanto a la baronesa, que consideraba como

hija suya; tan agradecida le estaba la Compañía, que él se apresuraba a

acudir a su llamamiento.

Doña Fernanda, muy lisonjeada por las palabras corteses de aquel hombre,

cuyo poder inmenso le era conocido, contestaba con sonrisas de

agradecimiento, ruborizada como una jovencita al oír los primeros

piropos.

La puerta del gabinete de la baronesa se cerró, con gran dolor para

Tomasa y la doncella, que rondaban por las inmediaciones, deseosas de

oír, aunque sólo fuera algunas palabras de aquella conferencia.

Más de una hora duró ésta, y las dos mujeres, aplicando el oído a la

cerraja de la puerta, sólo pudieron escuchar los sollozos de la

baronesa y algunas palabras sueltas, tales como "deshonra", "escándalo"

y otras de idéntico significado.

Cuando las dos sirvientas escaparon despavoridas al notar que la

conferencia terminaba y la puerta se abrió, el padre Claudio, que salía

llevando en el rostro un gesto malhumorado, al notar que en la

habitación inmediata estaban Tomasa y la doncella, afectando una

completa indiferencia, recobró rápidamente su sonrisa amable y dijo en

voz alta:

--La salud de usted, señora baronesa, reclama muchos cuidados. No sea

usted niña, y procure no extremarse en esa vida agitada que lleva en pro

de la religión y la caridad. Sería de muy buen efecto que pasara algunos

meses en el campo y para esto le recomiendo el punto que ya le he

indicado. Dígaselo al conde, a quien ruego salude de mi parte. Yo no me

puedo detener, pues me llaman mis ocupaciones.

El padre Claudio pasó por delante de las dos criadas y, como de

costumbre, las dió a besar su mano, sin adivinar que, a pesar de su

exterior grave y compungido, se reían interiormente de la enfermedad de

la baronesa y de las recomendaciones del jesuíta. Ellas sabían el porqué

de aquel viaje al campo.

Aquel mismo día doña Fernanda llamó a su padre, y el conde, a pesar de

que sentía gran repugnancia de hablar con ella particularmente, y eran

muy contadas las veces que había entrado en su habitación, acudió al

llamamiento.

Oyó en silencio la relación que le hizo su hija de sus extrañas

dolencias e inmediatamente la dió permiso para que fuera a pasar unos

cuantos meses en los alrededores de Bayona, que era el lugar que la

había recomendado el padre Claudio.

¡Valiente cosa le importaban a él los asuntos de aquella mujer a la que

no podía ver sin que inmediatamente acudiesen a su memoria recuerdos que

despertaban su odio! Conocía las costumbres de su hija y, mirándola

fijamente, adivinaba la verdadera causa de aquellas dolencias.

En su concepto, hacía bien en ir a Bayona. Allí existía un gran centro

de jesuítas, y las recomendaciones del padre Claudio servirían para

encubrir el remate de aquella enfermedad, que nadie podía explicar mejor

que el atlético padre Felipe.

Al día siguiente la baronesa hizo todos sus preparativos de viaje, y

tres días después, sin otra compañía que la de su intrigante doncella,

emprendió el viaje. Antes de partir, ya el padre Felipe se había hecho

cargo de Ricardito, llevándolo nuevamente al colegio.

Con el viaje de doña Fernanda, la casa de Baselga quedó, como decía el

ama de llaves, convertida "en una balsa de aceite".

La ausencia de la baronesa hacía imposibles todas aquellas escenas

violentas, aquellos gritos descompasados y represiones continuas a que

tan aficionada se mostraba doña Fernanda.

Tomasa, disponiendo y mandando como autoridad superior, estaba en sus

glorias, y Enriqueta se consideraba feliz al no tener que vivir con

aquella zozobra a que le obligaba su hermana con su astuta vigilancia.

El poder escribir cartas a Alvarez a cualquier hora del día sin tener

que encerrarse en su habitación y temblar al menor ruido, era para la

joven una dicha inmensa.

--Ya verá usted, señorita--decía la aragonesa--, qué rica vida vamos a

llevar ahora que no está aquí su hermana endemoniada. Desde que puedo

pasearme por la casa sin temor de encontrarme con aquella cara de

vinagre, al pasar una puerta me siento otra y hasta parece que me he

quitado de encima una docena de años. El capitán ya sabe que la baronesa

se fué ayer, y no puede figurarse cuán grande es su alegría, pensando

que ahora podrá verla de cerca. Saldremos a paseo todos los días, pues

hora es ya de que usted no pase la vida de monja profesa a que quiere

acostumbrarla la baronesa. Don Esteban vendrá algunas veces con

nosotros, pasearemos por donde nadie nos vea, y yo... me haré la ciega y

la sorda, aunque el papel sea poco grato, para que ustedes puedan

decirse cuanto gusten. Vamos... que algo tendrán ustedes que decirse

después de amarse tanto tiempo sin haber hablado nunca.

El conde de Baselga no era obstáculo para aquel plan que Tomasa se

proponía realizar. Seguro de la fidelidad de su ama de llaves, a la que

consideraba como de su familia, dejaba a Enriqueta por completo a su

cuidado y continuaba su vida aislada pasando los días encerrado en su

despacho, sin otro recreo de vez en cuando que un paseo por los

desiertos alrededores de Madrid.

Baselga se había transfigurado con aquel método de vida.

La soledad en que le obligaba a vivir su misantropía, habíale

aficionado al estudio, y en su despacho, que antes sólo tenia por

adornos armas de todas clases, amontonábanse ahora los libros.

Las lecturas literarias y filosóficas le repugnaban. El misterioso

influjo que el padre Claudio ejercía sobre su conciencia había

desarrollado sus sentimientos religiosos creando en él una

susceptibilidad fanática que se irritaba a la más leve indicación contra

aquel dogma en el que creía a ojos cerrados. Esto le obligaba a

mostrarse tan preocupado en sus lecturas como en su vida y

circunscribirse a determinados libros, pues la revolución rugía contra

lo existente, y a despecho de las medidas y censuras del Gobierno, hasta

en la más inocente obra literaria se deslizaban ataques sobre los

ideales que tan entusiásticamente profesaba el conde de Baselga.

Este, ante todo era militar. La guerra constituía la principal afición

de su carácter, y de aquí que, al buscar un remedio al fastidio que le

devoraba en su vida aislada y casi frailuna, se entregase en cuerpo y

alma a la lectura de obras militares. Cuanto se había escrito, en España

como en Francia, acerca del arte de la guerra, fué coleccionándolo el

conde en su biblioteca.

Aquel hombre, en su juventud tan insolente, despreciador de la ciencia,

que después había hecho la guerra como soldado valiente, pero ignorante,

que cree que la fuerza y el arrojo es todo cuanto necesita un guerrero

para ser vencedor, mostrábase ahora avergonzado por su estupidez y se

dedicaba al estudio con el ansia del que quiere recobrar el tiempo

perdido.

Baselga se sentía ahora agitado por el afán de gloria. Muchos de sus

antiguos compañeros de la Guardia real eran ahora generales ilustres y

estaban en todo el apogeo de su celebridad, y él, aficionado nuevamente

a la milicia, miraba con envidia la posición de sus antiguos amigos. Los

millones que poseía, sus títulos, todo cuanto era lo hubiera dado por

poder mandar una división y haber asistido con ella a la guerra de

Africa o a otra de aquellas campañas tan gloriosas como descabelladas

que, para labrarse su propia gloria, llevaba a cabo su antiguo amigo don

Leopoldo O'Donnell.

El conde, a fuerza de hojear a los tratadistas militares y de leer obras

de fortificación, acabó por concebir un plan que produjo sobre su

cerebro una verdadera obsesión.

Ya tenía el medio de hacerse célebre. En Baselga, a pesar de su exterior

rudo, había algo de poeta: la imaginación era su principal facultad, y

esto hacía que revistiesen cierto ambiente romancesco y místico todas

las ideas que se fijaban tenazmente en su cerebro.

Comenzó a madurar la idea de apoderarse, por sorpresa y mediante un buen

golpe de mano, de Gibraltar, y se dedicó con ahinco a estudiar todo

cuanto se había escrito sobre el famoso sitio que los españoles pusieron

a la inexpugnable plaza inglesa en el siglo pasado.

Aquella empresa excitaba los entusiasmos que Baselga podía sentir: el

patriótico y el religioso. Como soldado español, estremecíase al pensar

que la bandera de su patria llegaría a ostentarse desplegada en el mismo

punto donde ahora ondeaba el pabellón inglés, y como católico y fanático

sentíase dominado por una beatífica emoción, considerando que con la

conquista de Gibraltar se privaba de la mejor de sus plazas a

Inglaterra, una nación protestante, enemiga de los santos y que se reía

del Papa, aquel vicedios que dirigía el mundo desde Roma.

Al poco tiempo de habérsele ocurrido aquel plan se sentía tan dominado

por él que le dedicaba toda su existencia.

Pasaba el día y gran parte de la noche inclinado ante imperfectos planos

de Gibraltar y consultando notas que se había procurado acerca de la

guarnición de la plaza y los puntos donde estaba acuartelada. Cuando el

cansancio le obligaba a dejar aquella tarea y podía reflexionar sobre

los posibilidades de éxito de su empresa, sentíase muy animado y

confiaba en un completo triunfo.

El tenía marcada su línea de conducta. Primero combinaría en principio

su plan, cuidándolo hasta en sus últimos detalles; después lo

comprobaría sobre el terreno, haciendo un viaje a Gibraltar, en el que

ya había estado en 1823 durante su campaña en las inmediaciones de

Cádiz, y, finalmente, escogería un número proporcionado de hombres de

valor y de serenidad para dar el audaz golpe de mano que se había

imaginado. En Navarra, y entre sus antiguos voluntarios de la guerra

carlista, pensaba hallar los compañeros para aquella loca aventura, en

la que estaba dispuesto a gastar la colosal fortuna de sus hijos.

El alcanzaría la inmensa gloria de devolver a España aquel rincón de la

península arrancado por la traición inglesa, y si no lo lograba,

perecería como un mártir patriótico, digno de eterno renombre.

Y mientras Baselga, en la soledad de su despacho, se entregaba a

interminables cavilaciones, interrumpidas de vez en cuando por risueñas

esperanzas que se forjaban en su optimista imaginación, su hija y el

capitán Alvarez sonreían embriagados por la dulce primavera del amor.

La araña negra, t. 3/9 · 第 18 / 23 题