XII

Declaración de amor.

No tardó mucho el capitán Alvarez en revelar a Tomasa lo que deseaba.

La fiel aragonesa, pocos días después de su entrevista con el amo de su

sobrino, se enteró de que era el mismo militar que había hecho el amor a

Enriqueta y que había excitado las iras de la baronesa.

Tomasa se alegró. Es verdad que algún disgusto le produjo al principio

el pensar que protegiendo aquella pasión, podía disgustar a su señor, el

conde; pero pudo más en ella el deseo de mortificar a la odiada baronesa

y de favorecer al capitán, por el cual éste recibió la promesa de ser

auxiliado por la vieja criada.

Ésta era más práctica en amores de lo que prometía su rusticidad. Tenía

el convencimiento de que su señorita recordaba algunas veces al hombre

que había sido el primero en hacerla el amor de un modo tan franco, y se

proponía avivar el fuego que pudiera arder aún en su corazón.

Así que la aragonesa, conmovida por las súplicas del capitán, accedió a

servirle de intermediaria, púsose inmediatamente en campaña comenzando a

sondear el ánimo de su señorita.

¡Con qué destreza supo ir despertando los recuerdos que en ella quedaban

de aquel asedio amoroso!

Hablóle de la casualidad que le había hecho conocer al militar que tanto

amor la manifestaba, y aprovechó todas las ocasiones que tenía de

hablarla a solas para hacerla saber lo que de ella decía el capitán, y

lo mucho que crecía su amor.

Enriqueta acogió aquellas revelaciones ruborosa y con temor,

manifestando al principio un leve disgusto. La mortificaba aquella

pasión que tanto había indignado a su padre, y temía que llegase a tener

noticia de sus confidencias con Tomasa la terrible baronesa, que era muy

capaz de golpearla en un rapto de furor. Pero tenían para ella tal

encanto aquellas conversaciones con la vieja ama de llaves en el obscuro

extremo de un corredor o entre dos cortinajes del salón, siempre en

zozobra, con el oído atento para evitar una sorpresa, que, aunque

algunas veces se mostraba arrepentida de su imprudencia al dar oído a

aquellas sugestiones amorosas, volvía poco después en busca de Tomasa

fingiendo escaso interés; pero en realidad anhelante por saber algo

íntimo de aquel hombre que decía amarla tanto.

El capitán, aunque procurando no llamar la atención, como en otras

ocasiones, de la austera familia de Enriqueta, buscaba ocasiones para

ver a ésta, recatándose con la timidez de un colegial que teme

comprometer con su presencia a su amada.

Enriqueta, que pocas veces, burlando la vigilancia de doña Fernanda,

conseguía asomarse al balcón, siempre que pegaba su interesante rostro a

las vidrieras de aquél veía pasar por la acera de enfrente al capitán

Alvarez, afectando el aspecto frío de un transeúnte, pero mirando con el

rabillo del ojo a los levantados visillos, entre los cuales distinguía

las hermosas facciones de la joven.

Habíase establecido entre los dos una comunicación misteriosa, propia de

los héroes de las leyendas. A ciertas horas de la tarde, Enriqueta

experimentaba una extraña conmoción que conmovía la red de sus nervios e

inmediatamente se decía, con el convencimiento de quien habla de una

cosa infalible:

--¡Va a pasar!

Y, efectivamente, apenas se colocaba tras los vidrios del balcón,

Alvarez, con la mano en el puño de su espada, y contoneándose con toda

la gallardía de un arcabucero de los tercios de Flandes, pasaba por

frente de la casa mirando de soslayo y sonriendo de un modo gracioso.

Aquello era amor. Y aunque Enriqueta no quería confesarlo, Tomasa se

mostraba cada vez más convencida de la naciente pasión de su señorita y

la asediaba con más ahinco para que calmase las ansias del capitán.

El amor soñoliento y fantástico que muchos años antes en el barrio más

tranquilo de París había profesado María Avellaneda al conde de Baselga

volvía ahora a renacer en la hija, aunque no tan extremadamente

romántico.

La persona de Esteban Alvarez había impresionado a Enriqueta, que estaba

en la plenitud de una adolescencia apasionada, excitada más aún por una

educación monjil, y que sentía verdadera hambre de amor.

En sus ensueños siempre figuraba el gallardo militar como el personaje

que ocupaba el primer término del fantástico cuadro, y cuando, obligada

por doña Fernanda, pasaba horas enteras leyendo en alta voz las

lamentaciones de amor místico encerradas en devocionarios con tapas de

tafilete y cantos dorados, su imaginación volaba hacia el hombre que tan

profundamente la había impresionado, y cada vez que de su boca salían

las palabras: "¡Oh, dulce Jesús mío!", "¡Oh, amadísimo Señor de mi alma

y de mi cuerpo!", pensaba en Alvarez, pareciéndole el gallardo militar

más digno de estas exclamaciones que aquel hombre macilento, desnudo y

desgreñado que, clavado en un madero, figuraba en todas las láminas de

sus libros.

A las pocas semanas de cuchichear con Tomasa, siempre sobre el mismo

tema, y de contemplar al capitán haciéndola el amor de un modo tan

prudente al par que apasionado, Enriqueta se dió ya por vencida. Seguía

temiendo la explosión colérica de su padre y el incesante tormento de

que era capaz su hermanastra; pero el amor podía más, e

inconscientemente, sin reparar en los peligros, se decidía a aceptar los

consejos de la vieja ama de llaves, que la empujaba a acoger

benévolamente el amor de Alvarez dándole algunas esperanzas, aunque

fuesen débiles.

Además, desde que el capitán volvía a hacerla la corte de aquel modo tan

prudente, su familia de nada se había apercibido, y esto la hacía

confiar en que sus futuros amores quedarían en igual misterio.

Enriqueta estaba ya decidida, y bastó que en una entrevista con Tomasa

se decidiera a decir que creía amar al capitán y que al día siguiente

contestase desde su balcón a las miradas apasionadas de aquél con una

graciosa sonrisa, para que inmediatamente Alvarez saliese de su actitud

puramente expectativa y diese lo que él consideraba el gran paso.

Tomasa, una tarde en que el conde estaba de paseo y la baronesa parecía

muy ocupada en conferenciar, a puerta cerrada, con su director

espiritual, llamó con gran sigilo a su querida señorita, y sonriendo

maliciosamente como para quitar importancia al acto que realizaba, la

entregó una carta sin querer decir quién la enviaba, aunque con

picarescos guiños se esforzaba en dar a entender su procedencia.

Enriqueta quedóse perpleja con la carta en la mano, sin saber qué hacer.

Un resto de su antiguo miedo la hacía detenerse antes de aceptar aquello

que indudablemente era una declaración de amor, e intentó devolver la

carta a la aragonesa; pero tan persuasiva fué la charla de ésta, con tal

colorido supo describir el inmenso dolor que experimentaría el

apasionado capitán al verse despreciado de aquel modo, que se decidió a

aceptarla.

--Léala usted al menos, señorita--decía la vieja criada--.

Indudablemente le dice a usted cosas hermosísimas..., cosas del otro

mundo. Yo sé bien lo que son estos asuntos y lo que dicen tales cartas,

y daría cualquier cosa por verme en el lugar de usted, no por ser joven

y rica, sino por tener un amante tan guapo y tan apasionado. ¡Y cómo

escribe! ¡Virgen santa! ¡Si tiene una mano para decir ternezas!... El

otro día fuí a verle, y como si yo fuese usted misma, me leyó unos

versos de los muchos que ha escrito sobre esa personita. Crea usted:

aquello era tan tierno, tan bonito, que... ¡vamos!, la ponía a una carne

de gallina. Ese don Esteban está chiflado por usted, y es tan sensible,

que si mi señorita lo despreciase, el pobrecito sería capaz de pegarse

un tiro.

Enriqueta se sintió conmovida en su infantil sencillez al saber que un

hombre era capaz de matarse por sus desdenes, y esta figura retórica de

la aragonesa fué lo que la decidió a guardarse prontamente la carta.

La caprichosa charla de su hermano Ricardito, que por algunas dolencias

de su organismo enfermizo no había ido todavía a seguir sus cursos en el

colegio de jesuítas, impidió a Enriqueta leer aquella carta que había

escondido en su virginal seno y que con su contacto parecía abrasarle la

fina epidermis. La esperanza de que a la noche conseguiría leerla no

calmaba la impaciencia y la zozobra que de ella se habían apoderado.

¿Cómo serían las cartas de amor? Pronto iba a saberlo, así que todos se

retirasen a sus habitaciones y ella quedase sola en su gabinete.

Aquella noche, en la soledad de su dormitorio, cuya puerta había

cerrado, rodeada de infinitas preocupaciones y conmoviéndose asustada al

menor ruido lejano que llegaba a sus oídos, se reveló el amor a un

corazón joven con todo el perfume condensado y el estallido de

brillantes colores de una rosa que rompe el apretado capullo.

Leyó y releyó un sinnúmero de veces aquellas cuatro páginas, en las

cuales las exclamaciones de una verdadera pasión surgían ingenuas y

conmovedoras, sobre el papel, envueltas en conceptos románticos y algo

rebuscados, y cuando la bujía que esparcía su luz sobre la mesilla de

laca comenzó a agonizar, haciendo danzar un tropel de sombras sobre las

blancas colgaduras del virginal lecho, Enriqueta lloraba sin poder

explicarse el motivo, experimentando un dulce placer al derramar

aquellas lágrimas.

La luz que, mortecina, se agitaba ya al extremo del candelero, y que iba

a hacer estallar la arandela, causaba hondo pesar a Enriqueta, pues la

privaba de que prolongase el placer de aquella lectura. Nueva Josué,

hubiese querido tener poder para sostener aquella luz y leer una vez más

el papel que tenía en sus manos y que besaba apasionadamente sin darse

cuenta de ello; pero la llama, después de revivir con fuerza algunos

instantes, se apagó, y la hermosa joven tuvo que desnudarse a obscuras.

La cama crujió dulcemente al recibir el peso de aquel cuerpo, que

exhalaba un ambiente de fragante frescura, y en toda la noche no turbó

la calma del aristocrático dormitorio otro ruido que los suspiros de

Enriqueta, la cual durmió inquieta y nerviosa, despertándose con

frecuencia, y como si temiese que el sueño la hiciese traición, y que

con lucidez sonámbula la repitiese en alta voz el contenido de aquella

carta, que ya casi sabía de memoria.

Los primeros rayos de luz matinal que se filtraron por los extremos del

pesado cortinaje de la ventana, hicieron que Enriqueta saltase de la

cama.

En sus horas de vigilia había pensado en la necesidad de contestar a

aquella carta. El pobrecito se lo pedía, se lo rogaba con la mayor

humildad, y ella no se sentía con fuerzas para permanecer muda ante

aquella rendida solicitud.

Colocando su mesilla junto a la ventana, escribió tan nerviosa y

alarmadamente como leyó en la noche anterior. Cuatro renglones de

trémula letra y femenil ortografía, fueron la contestación a la carta

del capitán, y aquel mismo día se encargó Tomasa de llevar la respuesta

a Alvarez, que, como todos los hombres en casos semejantes, se consideró

el más dichoso de los mortales.

Desde entonces se entablaron entre los dos jóvenes unas relaciones

puramente platónicas, que se desahogaban por medio de miradas rápidas

desde la acera al balcón, y cartas interminables que Tomasa entregaba

diariamente y con rigurosa puntualidad a ambas partes.

Enriqueta se creía feliz, experimentando emociones que hasta entonces la

habían sido desconocidas.

En un cofrecillo laqueado que perteneció a su madre, y que le servía

para guardar algunos juguetes de su niñez, y ciertas chucherías propias

de una joven aristocrática que sólo de tarde en tarde se presenta en el

mundo elegante, y que son, por tanto, recuerdo de agradables y

deslumbradoras fiestas, encerraba las cartas y las poesías que le

enviaba su novio y que, por la frecuencia con que llegaban, amenazaban

convertirse en colosal montón que se desbordara por toda la habitación.

Encerrarse en ésta, abrir el cofrecillo e ir releyendo por centésima vez

aquellas epístolas amatorias en que, con diversas palabras, se hacían

siempre los mismos juramentos e idénticas promesas, y besar después con

instintivo arrebato aquellos pliegos de papel manoseados por continuos

exámenes, era el mayor placer de aquella adolescente cuya vida la

llenaba el amor.

La araña negra, t. 3/9 · 第 17 / 23 题