Declaración de amor.
No tardó mucho el capitán Alvarez en revelar a Tomasa lo que deseaba.
La fiel aragonesa, pocos días después de su entrevista con el amo de su
sobrino, se enteró de que era el mismo militar que había hecho el amor a
Enriqueta y que había excitado las iras de la baronesa.
Tomasa se alegró. Es verdad que algún disgusto le produjo al principio
el pensar que protegiendo aquella pasión, podía disgustar a su señor, el
conde; pero pudo más en ella el deseo de mortificar a la odiada baronesa
y de favorecer al capitán, por el cual éste recibió la promesa de ser
auxiliado por la vieja criada.
Ésta era más práctica en amores de lo que prometía su rusticidad. Tenía
el convencimiento de que su señorita recordaba algunas veces al hombre
que había sido el primero en hacerla el amor de un modo tan franco, y se
proponía avivar el fuego que pudiera arder aún en su corazón.
Así que la aragonesa, conmovida por las súplicas del capitán, accedió a
servirle de intermediaria, púsose inmediatamente en campaña comenzando a
sondear el ánimo de su señorita.
¡Con qué destreza supo ir despertando los recuerdos que en ella quedaban
de aquel asedio amoroso!
Hablóle de la casualidad que le había hecho conocer al militar que tanto
amor la manifestaba, y aprovechó todas las ocasiones que tenía de
hablarla a solas para hacerla saber lo que de ella decía el capitán, y
lo mucho que crecía su amor.
Enriqueta acogió aquellas revelaciones ruborosa y con temor,
manifestando al principio un leve disgusto. La mortificaba aquella
pasión que tanto había indignado a su padre, y temía que llegase a tener
noticia de sus confidencias con Tomasa la terrible baronesa, que era muy
capaz de golpearla en un rapto de furor. Pero tenían para ella tal
encanto aquellas conversaciones con la vieja ama de llaves en el obscuro
extremo de un corredor o entre dos cortinajes del salón, siempre en
zozobra, con el oído atento para evitar una sorpresa, que, aunque
algunas veces se mostraba arrepentida de su imprudencia al dar oído a
aquellas sugestiones amorosas, volvía poco después en busca de Tomasa
fingiendo escaso interés; pero en realidad anhelante por saber algo
íntimo de aquel hombre que decía amarla tanto.
El capitán, aunque procurando no llamar la atención, como en otras
ocasiones, de la austera familia de Enriqueta, buscaba ocasiones para
ver a ésta, recatándose con la timidez de un colegial que teme
comprometer con su presencia a su amada.
Enriqueta, que pocas veces, burlando la vigilancia de doña Fernanda,
conseguía asomarse al balcón, siempre que pegaba su interesante rostro a
las vidrieras de aquél veía pasar por la acera de enfrente al capitán
Alvarez, afectando el aspecto frío de un transeúnte, pero mirando con el
rabillo del ojo a los levantados visillos, entre los cuales distinguía
las hermosas facciones de la joven.
Habíase establecido entre los dos una comunicación misteriosa, propia de
los héroes de las leyendas. A ciertas horas de la tarde, Enriqueta
experimentaba una extraña conmoción que conmovía la red de sus nervios e
inmediatamente se decía, con el convencimiento de quien habla de una
cosa infalible:
--¡Va a pasar!
Y, efectivamente, apenas se colocaba tras los vidrios del balcón,
Alvarez, con la mano en el puño de su espada, y contoneándose con toda
la gallardía de un arcabucero de los tercios de Flandes, pasaba por
frente de la casa mirando de soslayo y sonriendo de un modo gracioso.
Aquello era amor. Y aunque Enriqueta no quería confesarlo, Tomasa se
mostraba cada vez más convencida de la naciente pasión de su señorita y
la asediaba con más ahinco para que calmase las ansias del capitán.
El amor soñoliento y fantástico que muchos años antes en el barrio más
tranquilo de París había profesado María Avellaneda al conde de Baselga
volvía ahora a renacer en la hija, aunque no tan extremadamente
romántico.
La persona de Esteban Alvarez había impresionado a Enriqueta, que estaba
en la plenitud de una adolescencia apasionada, excitada más aún por una
educación monjil, y que sentía verdadera hambre de amor.
En sus ensueños siempre figuraba el gallardo militar como el personaje
que ocupaba el primer término del fantástico cuadro, y cuando, obligada
por doña Fernanda, pasaba horas enteras leyendo en alta voz las
lamentaciones de amor místico encerradas en devocionarios con tapas de
tafilete y cantos dorados, su imaginación volaba hacia el hombre que tan
profundamente la había impresionado, y cada vez que de su boca salían
las palabras: "¡Oh, dulce Jesús mío!", "¡Oh, amadísimo Señor de mi alma
y de mi cuerpo!", pensaba en Alvarez, pareciéndole el gallardo militar
más digno de estas exclamaciones que aquel hombre macilento, desnudo y
desgreñado que, clavado en un madero, figuraba en todas las láminas de
sus libros.
A las pocas semanas de cuchichear con Tomasa, siempre sobre el mismo
tema, y de contemplar al capitán haciéndola el amor de un modo tan
prudente al par que apasionado, Enriqueta se dió ya por vencida. Seguía
temiendo la explosión colérica de su padre y el incesante tormento de
que era capaz su hermanastra; pero el amor podía más, e
inconscientemente, sin reparar en los peligros, se decidía a aceptar los
consejos de la vieja ama de llaves, que la empujaba a acoger
benévolamente el amor de Alvarez dándole algunas esperanzas, aunque
fuesen débiles.
Además, desde que el capitán volvía a hacerla la corte de aquel modo tan
prudente, su familia de nada se había apercibido, y esto la hacía
confiar en que sus futuros amores quedarían en igual misterio.
Enriqueta estaba ya decidida, y bastó que en una entrevista con Tomasa
se decidiera a decir que creía amar al capitán y que al día siguiente
contestase desde su balcón a las miradas apasionadas de aquél con una
graciosa sonrisa, para que inmediatamente Alvarez saliese de su actitud
puramente expectativa y diese lo que él consideraba el gran paso.
Tomasa, una tarde en que el conde estaba de paseo y la baronesa parecía
muy ocupada en conferenciar, a puerta cerrada, con su director
espiritual, llamó con gran sigilo a su querida señorita, y sonriendo
maliciosamente como para quitar importancia al acto que realizaba, la
entregó una carta sin querer decir quién la enviaba, aunque con
picarescos guiños se esforzaba en dar a entender su procedencia.
Enriqueta quedóse perpleja con la carta en la mano, sin saber qué hacer.
Un resto de su antiguo miedo la hacía detenerse antes de aceptar aquello
que indudablemente era una declaración de amor, e intentó devolver la
carta a la aragonesa; pero tan persuasiva fué la charla de ésta, con tal
colorido supo describir el inmenso dolor que experimentaría el
apasionado capitán al verse despreciado de aquel modo, que se decidió a
aceptarla.
--Léala usted al menos, señorita--decía la vieja criada--.
Indudablemente le dice a usted cosas hermosísimas..., cosas del otro
mundo. Yo sé bien lo que son estos asuntos y lo que dicen tales cartas,
y daría cualquier cosa por verme en el lugar de usted, no por ser joven
y rica, sino por tener un amante tan guapo y tan apasionado. ¡Y cómo
escribe! ¡Virgen santa! ¡Si tiene una mano para decir ternezas!... El
otro día fuí a verle, y como si yo fuese usted misma, me leyó unos
versos de los muchos que ha escrito sobre esa personita. Crea usted:
aquello era tan tierno, tan bonito, que... ¡vamos!, la ponía a una carne
de gallina. Ese don Esteban está chiflado por usted, y es tan sensible,
que si mi señorita lo despreciase, el pobrecito sería capaz de pegarse
un tiro.
Enriqueta se sintió conmovida en su infantil sencillez al saber que un
hombre era capaz de matarse por sus desdenes, y esta figura retórica de
la aragonesa fué lo que la decidió a guardarse prontamente la carta.
La caprichosa charla de su hermano Ricardito, que por algunas dolencias
de su organismo enfermizo no había ido todavía a seguir sus cursos en el
colegio de jesuítas, impidió a Enriqueta leer aquella carta que había
escondido en su virginal seno y que con su contacto parecía abrasarle la
fina epidermis. La esperanza de que a la noche conseguiría leerla no
calmaba la impaciencia y la zozobra que de ella se habían apoderado.
¿Cómo serían las cartas de amor? Pronto iba a saberlo, así que todos se
retirasen a sus habitaciones y ella quedase sola en su gabinete.
Aquella noche, en la soledad de su dormitorio, cuya puerta había
cerrado, rodeada de infinitas preocupaciones y conmoviéndose asustada al
menor ruido lejano que llegaba a sus oídos, se reveló el amor a un
corazón joven con todo el perfume condensado y el estallido de
brillantes colores de una rosa que rompe el apretado capullo.
Leyó y releyó un sinnúmero de veces aquellas cuatro páginas, en las
cuales las exclamaciones de una verdadera pasión surgían ingenuas y
conmovedoras, sobre el papel, envueltas en conceptos románticos y algo
rebuscados, y cuando la bujía que esparcía su luz sobre la mesilla de
laca comenzó a agonizar, haciendo danzar un tropel de sombras sobre las
blancas colgaduras del virginal lecho, Enriqueta lloraba sin poder
explicarse el motivo, experimentando un dulce placer al derramar
aquellas lágrimas.
La luz que, mortecina, se agitaba ya al extremo del candelero, y que iba
a hacer estallar la arandela, causaba hondo pesar a Enriqueta, pues la
privaba de que prolongase el placer de aquella lectura. Nueva Josué,
hubiese querido tener poder para sostener aquella luz y leer una vez más
el papel que tenía en sus manos y que besaba apasionadamente sin darse
cuenta de ello; pero la llama, después de revivir con fuerza algunos
instantes, se apagó, y la hermosa joven tuvo que desnudarse a obscuras.
La cama crujió dulcemente al recibir el peso de aquel cuerpo, que
exhalaba un ambiente de fragante frescura, y en toda la noche no turbó
la calma del aristocrático dormitorio otro ruido que los suspiros de
Enriqueta, la cual durmió inquieta y nerviosa, despertándose con
frecuencia, y como si temiese que el sueño la hiciese traición, y que
con lucidez sonámbula la repitiese en alta voz el contenido de aquella
carta, que ya casi sabía de memoria.
Los primeros rayos de luz matinal que se filtraron por los extremos del
pesado cortinaje de la ventana, hicieron que Enriqueta saltase de la
cama.
En sus horas de vigilia había pensado en la necesidad de contestar a
aquella carta. El pobrecito se lo pedía, se lo rogaba con la mayor
humildad, y ella no se sentía con fuerzas para permanecer muda ante
aquella rendida solicitud.
Colocando su mesilla junto a la ventana, escribió tan nerviosa y
alarmadamente como leyó en la noche anterior. Cuatro renglones de
trémula letra y femenil ortografía, fueron la contestación a la carta
del capitán, y aquel mismo día se encargó Tomasa de llevar la respuesta
a Alvarez, que, como todos los hombres en casos semejantes, se consideró
el más dichoso de los mortales.
Desde entonces se entablaron entre los dos jóvenes unas relaciones
puramente platónicas, que se desahogaban por medio de miradas rápidas
desde la acera al balcón, y cartas interminables que Tomasa entregaba
diariamente y con rigurosa puntualidad a ambas partes.
Enriqueta se creía feliz, experimentando emociones que hasta entonces la
habían sido desconocidas.
En un cofrecillo laqueado que perteneció a su madre, y que le servía
para guardar algunos juguetes de su niñez, y ciertas chucherías propias
de una joven aristocrática que sólo de tarde en tarde se presenta en el
mundo elegante, y que son, por tanto, recuerdo de agradables y
deslumbradoras fiestas, encerraba las cartas y las poesías que le
enviaba su novio y que, por la frecuencia con que llegaban, amenazaban
convertirse en colosal montón que se desbordara por toda la habitación.
Encerrarse en ésta, abrir el cofrecillo e ir releyendo por centésima vez
aquellas epístolas amatorias en que, con diversas palabras, se hacían
siempre los mismos juramentos e idénticas promesas, y besar después con
instintivo arrebato aquellos pliegos de papel manoseados por continuos
exámenes, era el mayor placer de aquella adolescente cuya vida la
llenaba el amor.