Auxilio inesperado.
Transcurrió todo el verano sin que la existencia del capitán Alvarez se
viese turbada por ningún incidente notable.
Hacía la vida de un oficial vulgar en tiempo de paz. Pasaba horas
enteras en el café, murmuraba de sus superiores y de todo cuanto saltaba
en la conversación, sin fijarse bien en lo que decía; en el cuarto de
banderas lucía su ingenio de un modo gracioso, hasta el punto de hacer
sonreír a los jefes más adustos, y seguía mereciendo el apodo de
"Séneca" a los ojos del regimiento, que lo consideraba como una de sus
glorias.
Sólo alguna noche rompía sus habituales costumbres, y era para acudir a
aquella casa misteriosa donde le había visto entrar su asistente. Allí
veía algunas veces al general Prim, y otras, con conspiradores tan
conocidos como el coronel Moriones, el periodista Carlos Rubio o el
agitador Muñiz, se ocupaba en los trabajos preparatorios de una
revolución.
Haciendo esta vida le sorprendió el otoño. El tiempo que, según
Voltaire, es el gran consolador, había desvanecido algo en el ánimo del
capitán aquel recuerdo amoroso que tanto le dominaba algunos meses
antes.
La imagen de Enriqueta Baselga, sólo muy de tarde en tarde, vigorosa,
con luz fantástica y los contornos casi borrados, surgía en su
imaginación, y el capitán se preguntaba:
--¿Qué hará ahora esa chica?
Sus trabajos revolucionarios, con los que exponía su carrera y hasta su
vida, le preocupaban demasiado para permitirle, como otras veces,
entregarse a románticas ilusiones, y de aquí que su antiguo amor
estuviese amortiguado, aunque no por esto se hubiese borrado por
completo.
Una mañana el capitán, cansado por algunas horas de ejercicio en el
campo de maniobras, regresó a su casa en busca del almuerzo, y al entrar
en su habitación vió sentada a la puerta de ésta a una mujer que
conversaba amistosamente con la patrona.
Alvarez, ante la mirada de respetuoso cariño que le dirigió aquella
mujer, detúvose un instante, al mismo tiempo que su patrona sonreía por
hacer algo.
El capitán se fijó en ella. Tenía un aspecto vulgar y vestía
modestamente, pero su mantilla y su traje, aunque algo ordinarios, eran
flamantes, y demostraban cierta rumbosidad. Estaba ya la mujer rayando
en la vejez, pero era alta y robusta; su cabello tenía el negro mate del
plumaje del cuervo, y sus ojillos destacábanse vivos y maliciosos sobre
las prominencias grasosas de su cara. En su apostura había algo de
resuelto y varonil que la hacía simpática.
Al ver que Alvarez la miraba, levantóse de la silla, sonriendo de un
modo franco, y dijo sin demostrar cortedad:
--Usted no me conoce, señorito, pero yo hace mucho tiempo que lo quiero.
Vengo a buscar a su asistente Perico, y lo estoy esperando.
--¡Ah!--exclamó Alvarez, por decir algo--. Perico no tardará en venir.
--Usted debe de conocerme, porque algunas veces me habrá nombrado mi
sobrino. Soy la señora Tomasa, la tía de Perico.
Alvarez sonrió con espontánea amabilidad. Efectivamente, conocía de
nombre a aquella buena mujer, a aquella aragonesa todo corazón, que se
desvivía por su sobrino, cuidando de llenarle el bolsillo, y que algunas
veces le había enviado regalos a él mismo, agradecida por lo bien que
trataba a su asistente.
Al capitán le resultaba muy simpática la tía de Perico, y además,
encontraba en su apostura marcial y resuelta ciertas reminiscencias de
su madre, aquella heroica navarra que pasó la luna de miel entre los
peligros de la guerra carlista, sin llegar a saber con certeza lo que
era el miedo.
--Entre usted en mi cuarto. Ahí está usted mal. Dentro esperará a su
sobrino.
Cuando Tomasa tomó asiento en la habitación del capitán rompió a hablar
inmediatamente, pues no era mujer que pudiera permanecer callada. Se
enteró minuciosamente de si "el chico" cumplía sus obligaciones y de si
daba algún pesar a su amo y ensalzó con pintorescas comparaciones el
inmenso cariño que el asistente profesaba a su señorito.
--Yo, francamente, don Esteban, algunas veces tengo celos al ver lo
mucho que ese muchacho le quiere a usted. Crea que le tiene una ley de
dos mil demonios, y que si algún día se casa no ha de querer tanto a su
mujer. Cuando una habla con él está inaguantable, pues siempre sale con
la misma solfa. Que si su amo por aquí, que si su señorito por allá, que
si el capitán Alvarez es el más guapo del regimiento, que si es el que
sabe más... Crea que si Perico fuese mujer haría usted un buen negocio
casándose con él.
Al capitán le hacía mucha gracia la charla francota de aquella
aragonesa, y acogía sus palabras con sonrisas.
--Yo le tengo mucha ley al pobrecito; ya puede usted considerar: él solo
es mi única familia, y además, apenas si ha conocido a su madre. Yo soy,
fuera de usted, la única persona que le quiere, y si al morir dejo un
duro será para él. Además, el chico podrá ser muy bruto, pero es dócil
y sencillote y se deja llevar por donde una quiere sin decir una mala
palabra ni perder nunca su buen humor. Mi gusto sería que saliese del
servicio, que yo ya me encargaría de buscarle un buen acomodo; pero él,
"erre" que "erre", encaprichado con su señorito, y antes reventará de
puro viejo que dejará de ser el asistente del capitán Alvarez... ¡Qué
alegría va a tener el pobrete cuando me vea!
--Ahora recuerdo que estaba usted fuera; se lo he oído a Perico varias
veces. ¿Y no sabe él su llegada?
--¡Qué ha de saber! Quería sorprenderlo, y por eso ha sido para él mi
primera visita: llegamos anoche. Mi señor, con toda su familia, ha
vivido algunos meses en una de sus posesiones.
Calló Tomasa, y durante algunos instantes reinó el silencio.
--Usted no cambia--dijo al fin la aragonesa, que era poco amiga de
permanecer silenciosa--. Está ahora tan guapo como la última vez que le
vi en la calle. A mí no me gusta alabar a nadie, pero crea que es de los
militares más templados que se pasean por Madrid. De seguro que con
usted no andarán con remilgos las mujeres. Debe usted de tener muchas
novias.
Y la tía de Perico acompañaba estas francoterías con ruidosas risotadas
que hacían reír también a Alvarez, algo ruborizado.
--Y luego, esos trajes tan majos, que caen tan bien a los buenos mozos.
Mire usted, yo siempre he tenido ley a los soldados y los he mirado bien
en mis tiempos, porque aunque ahora sea una un vejestorio capaz de meter
miedo al más valiente, no por esto he dejado de tener mis veinte y
llamar la atención como cualquier prójima.
Al capitán le hacía mucha gracia aquel carácter ingenuo y chusco a
fuerza de ser franco, y de aquí que fomentase su charla y le dirigiese
en tono festivo algunos cumplidos de su repertorio soldadesco.
--¡Bah! Me conozco y hace años que soy abuela; pero en mis tiempos he
llamado la atención, y hasta sargentos bien portados se han parado para
decirme: "¡Buenos ojos tienes!" Mire usted si a mí me ha gustado la
gente de uniforme, que hasta en París, cuando estaba con mis antiguos
amos, tuve un novio que era eso que allá dicen gendarme y que llamaba
la atención por lo bien plantado y por sus bigotazos, que eran poco más
o menos como los de usted. ¡Valiente perro era el tal "gabacho"! Con él
me enseñé a mascullar un poco la jerga francesa, pero supe que el gran
pillo era casado y con hijos y lo planté en la puerta. Eso sí; no he
visto gente más lista de manos y de más malas intenciones que todos
ustedes, con perdón sea dicho.
Alvarez seguía muy entretenido por la charla de Tomasa y la dejaba
hablar mientras se despojaba de una parte del uniforme para que después
lo cepillase Perico.
--Mi amo también fué militar en su juventud, y le aseguro que a buen
mozo y bien portado, pocos le ganarían en su época.
--¿En qué casa sirve usted?
--Sirvo al conde de Baselga. Soy el ama de llaves y vi nacer a su
esposa, así como he visto nacer a los hijos.
Poco faltó para que Alvarez, que acababa de sentarse, diese un salto en
su silla. ¡Cómo! ¡La tía de Perico era la criada de confianza en casa de
Enriqueta y él no lo sabía hasta aquel momento! Aquello resultaba
casual, pero no podía ser más cierto. Alvarez oía hablar continuamente a
su asistente de su tía y del señor a quien servía, sin que nunca, en su
indiferencia, le ocurriese preguntar su nombre.
Ahora las palabras que acababa de decir la aragonesa le habían producido
en su interior un nervioso sacudimiento, y como si una mano misteriosa
hubiese abierto la atrancada puerta de los recuerdos, desparramábanse
por su memoria todos los incidentes de su pasión amortiguada; el
encuentro en el Retiro, los paseos por la calle de Atocha, los galopes
ridículos por la Castellana y las furiosas miradas de la tía.
Por un extraño fenómeno la imagen de Enriqueta, que antes se extendía
ante su imaginación vagorosa e incierta, surgía ahora en su memoria
vigorosa y viviente, como si un cuerpo real acabase de pasar frente a
sus ojos envuelto en nimbos de luz.
Por algunos instantes Alvarez estuvo tan turbado a causa del repentino
descubrimiento, que no supo qué decir; pero al fin, con el deseo de
saber algo cierto sobre la mujer amada, determinóse a excitar la charla
de Tomasa.
--He oído algunas veces hablar del conde. Vive retirado del gran mundo y
tiene dos hijos, ¿no es cierto?
--Sí; los señoritos Ricardo y Enriqueta, dos ángeles que me recuerdan a
su madre, que santa gloria haya.
--En Madrid se habla de su gran fortuna. Son ricos y tienen los dos un
brillante porvenir.
--Sí; ¡buen porvenir te dé Dios! Si El desde el cielo no arregla esto y
hace que el demonio se lleve a la baronesa de Carrillo, esa hermanastra
"arrastrá" que tanto martiriza a los dos, es posible que éstos no pasen
de ser desgraciados.
--¿Tal mal los trata la baronesa?
--¡Calle usted! ¡Si aquello es para enrabiarse y echarlo todo a rodar!
Figúrese usted que los dos pobrecitos son como todos los jóvenes,
alegres, bulliciosos y amigos de ver mundo y de divertirse; pues a pesar
de esto, la tal doña Fernanda, con sus consejos y los de los curas que
continuamente la visitan, ha conseguido que los dos se conviertan en dos
beatos y que hablen del mundo como si fuesen unos viejos cansados de él.
Quien más lástima, me produce es el señorito Ricardo. ¡Ver un niño de
doce años con deseos de hacerse fraile, cuando ya debía ir pensando en
echarse una novia! Antes no era así, y le aseguro que en punto a alegre
y amigo del bullicio le ganaba a su hermana; pero desde que lo metieron
en el colegio de los padres jesuítas ha cambiado completamente, y como
si ya fuese un cura se pasa las horas enteras entregado al rezo, y anda
y mira del mismo modo que si llevase ya la sotana. Este verano lo ha
pasado con nosotros en el campo, y hasta su mismo padre, el señor conde,
se mostraba algo disgustado por las aficiones de su hijo. Y hay que
tener en cuenta que mi señor, desde la muerte de la infeliz doña María,
se ha hecho también un beato ceñudo y malhumorado, con el que no se
puede hablar. En fin, aquella casa es un convento, y si no fuese por la
ley que le tengo al conde y a los niños, hace tiempo que no estaría allí
pues yo soy enemiga de las beaterías, tanto más cuanto que sé por
experiencia lo que son los jesuítas.
--¿Y la señorita Enriqueta también es aficionada a la devoción?
--¡Oh! Esa no hay cuidado que por su propia voluntad abandone el mundo.
Le gusta mucho la vida de señorita elegante, y cuando su padre, después
de pensarlo mucho, se decide a ponerse sus condecoraciones y su uniforme
de gentilhombre, y la lleva a un baile de Palacio, la pobrecita tiene
para contar durante una semana. Su hermanastra quiere hacerla monja,
pero a ella, aunque dice que sí por evitarse disgustos, se halla muy
lejos de gustarle la vida de convento. ¡Buena monja te dé Dios! Ella sí
quería ser monja, pero sería, como dicen en mi tierra, "monja de Santa
Clara, de las que duermen con cuatro zapatos bajo la cama".
Y Tomasa celebraba sus propias agudezas con ruidosas risotadas.
El capitán estaba impaciente por hacer hablar a la aragonesa antes de
que llegase su asistente, así es que continuó preguntando:
--A mí me han dicho que es muy hermosa la señorita Enriqueta.
--En eso no le han engañado, y crea usted que en Madrid hay muy pocas
jóvenes que le puedan disputar la fama de hermosa. Es el vivo retrato de
su madre, y aun me atrevería a decir que es más guapa que ésta, pues
tiene en su porte mucho del señor conde, que aunque viejo, es todavía un
real mozo.
--Es extraño que con tales condiciones no haya sido requerida de amores
por ningún hombre.
--La pobrecita vive tan pegada a las faldas de su hermanastra, y de tal
modo la vigila ésta, que no es fácil que pueda tener amoríos con nadie.
Y a ella..., ¿por qué negarlo?, le gustan los hombres como a cualquier
mujer, y no le haría ascos a un novio. En las fiestas a que la lleva su
padre, siempre encuentra algún mocosuelo tísico de la aristocracia que
le hace carantoñas, pero la niña es tan dócil y tiene tal miedo a su
padre y a la baronesa, que responde ariscamente a todos los floreos que
la dirigen, lo que no impide que después venga a contarme todo lo
sucedido con ese aire satisfecho de las jovencitas cuando se ven
atendidas y obsequiadas.
--¿Es posible que ella no haya encontrado entre esos ridículos polluelos
de la aristocracia un hombre que le guste?
--Así es. El que la produjo alguna impresión fué un militarete que este
invierno pasado la hizo el amor. ¡Diablo de hombre! ¡Qué tenaz y qué
pesado era!
El capitán Alvarez quedó frío al oír estas palabras y hasta pensó que
Tomasa lo sabía todo y con aquel aire inocente se estaba burlando de él.
A pesar de esto no tardó en reponerse, y con afectada indiferencia,
exclamó:
--¡Ah! ¿Conque era muy pesado el tal pretendiente? ¿Y le vió usted?
--No llegué a conocerle, a pesar de que tenía ganas de ello; pero el tal
galanteador produjo en la casa un zipizape de mil diablos. La baronesa,
cada vez que veía al militar paseando por la acera de enfrente, poníase
como una furia y reñía a la señorita, llegando algunas veces a querer
golpearla, como si la pobre tuviese la culpa de ser tan hermosa que los
hombres se enamoran de ella inmediatamente. El conde al principio tomó
la cosa con indiferencia y hasta llegó a reírse al ver la rabia que
producía en la baronesa la terquedad de aquel importuno; pero un día en
que salió a caballo con su hija volvió a casa como loco y echándolo todo
a rodar. También a él le enfurecía el militarete, que a lo que parece,
les había seguido a caballo cometiendo mil imprudencias que llamaron la
atención de los paseantes. El conde hablaba de dar unos cuantos
latigazos a aquel cargante, diciendo que se había detenido por temor a
un escándalo, y tan preocupado estaba por el suceso, que al día
siguiente nos dió a toda la servidumbre las órdenes oportunas para hacer
los preparativos de viaje. En una de sus posesiones hemos estado desde
entonces, y vea usted cómo las imprudencias de un pretendiente pesado
han obligado a toda la familia a permanecer mucho tiempo lejos de
Madrid.
--Y la señorita Enriqueta--dijo el capitán después de reflexionar un
rato sobre los resultados que había producido su conducta--, ¿qué piensa
ella de aquel adorado? ¿Nunca ha dado a conocer a usted su opinión?
--Es tan callada la señorita, y tan tímida y retraída la ha hecho la
educación que la da su hermanastra, que es muy difícil adivinar lo que
piensa. Pero yo tengo buen ojo, y si he de decir lo que creo, aquel
militar no le parecía mal. Ella no me ha hablado nunca de él como de los
otros mozuelos que la hacían el amor en los salones; pero muchas veces
la he visto pensativa, y como esto fué desde que el tal militar le rondó
la calle, creo que en él y sólo en él pensaba cuando se mostraba tan
distraída. Sólo un día habló de él, y fué en la capilla de la casa
solariega del conde, donde hemos pasado tanto tiempo. Mirando un cuadro
de San Miguel volvióse a mí y me dijo que tenía cierto parecido con el
guapo militar que tan tenazmente la perseguía.
--¿Parecido a San Miguel?--dijo Alvarez con extrañeza.
--No sé si será así, aunque aquel santo era rubio y barbilampiño y el
amoroso militar, según mis informes, llevaba bigote como usted. Pero
esto me prueba más aún que la señorita siente interés por el tal sujeto,
pues es una verdad aquello de "es propio de enamorados ver su amor en
todas partes".
Esto convenció al capitán, quien, dejándose llevar de un risueño
optimismo, creyó ya que Enriqueta le amaba.
Tan absoluta fué su confianza, que se sintió tentado de revelar toda la
verdad a la tía de su asistente.
Aquella mujer le servía de mucho para sus planes amorosos, pues contando
con su cooperación podía llegar hasta la mujer amada.
Además, el carácter franco y sencillo de Tomasa dábale confianza y
comprendía que por el cariño que profesaba a Enriqueta y el odio que
sentía contra la baronesa, era capaz de ponerse a sus órdenes, aunque
esto le hiciera correr el peligro de ser despedida de una casa que
consideraba ya como su propio hogar.
Alvarez sintió impulsos de espontanearse y dar a entender a Tomasa que
él era el militar en cuestión, pidiéndola su auxilio como intermediaria
en sus amores.
Iba a hablar el capitán, iba a decir: "¡Ese militar era yo!", cuando,
con ademán respetuoso, entró el asistente en la habitación, y apenas lo
vió su tía, se arrojó en sus brazos.
Alvarez calló, dejando para más adelante la conquista de aquella
intermediaria.