El caballo padre.
Pocos días después, Fernanda recibió la visita del padre Claudio y de su
compañero, cuya presentación le había anunciado.
Estaba la baronesa ocupada en reñir a las sirvientas por una travesura
de Ricardito, su pequeño hermanastro, que por entonces cumplía tres
años, y si detenía algunos momentos el chorro de palabras irritadas y
vibrantes que salía de su boca, era para fijar sus airados ojos en el
muchacho, que, temeroso, se había escondido en un rincón, y en su
hermana Enriqueta, que era entonces una preciosa niña de siete años y
estaba en aquel momento arrodillada y con los brazos en cruz, en castigo
de cierta fechoría infantil.
La fea baronesa disponía en aquella casa como señora absoluta desde la
muerte de su madrastra.
Baselga, todavía no repuesto de tan terrible golpe, e influído por la
mística lectura, pasaba el día entero encerrado en su habitación o
paseando por los solitarios alrededores de Madrid; los hijos de su
segundo matrimonio, que eran todo su cariño, estaban momentáneamente
olvidados, y la que se aprovechaba de todo aquello era Fernanda, a quien
su padre dejaba hacer, por lo mismo que rehuía hablar con ella,
odiándola, por conocer perfectamente su infame origen.
La hija de Pepita Carrillo estaba en sus glorias con aquella desdeñosa
indiferencia. Mandar para poder reñir desahogando su mal humor, era su
pasión favorita, y por esto se consideraba feliz teniendo bajo la
tiranía de su irritable carácter a unos cuantos criados y a sus pequeños
hermanastros, que eran las víctimas de su genio atrabiliario y los que
sufrían las consecuencias de sus decepciones amorosas.
No por esto odiaba la baronesa a los dos niños. Enriqueta le era casi
indiferente, a pesar de que cierto disgusto le causaba su graciosa
hermosura y el gran parecido que tenía con su madre; pero a Ricardito lo
quería entrañablemente, tal vez porque había sido la causa de la muerte
de aquélla. Además, pertenecía al sexo masculino, y esto era una gran
recomendación para alcanzar la simpatía de la baronesa.
Al entrar los dos jesuítas en el salón, las criadas, que aguantaban
impávidas el chaparrón de injurias de su señora, bajaron la cabeza con
aire de arrepentidas, y salieron sin esperar la orden de aquélla. Los
dos niños, contentos de que una visita viniera a librarlos de los
tormentos impuestos por su hermanastra, aprovecharon la ocasión y
salieron disparados, sin hacer caso de las llamadas del padre Claudio,
que quería acariciarlos.
La baronesa, con un movimiento instintivo y propio de su coquetería
trasnochada, se arregló un poco el peinado, y, después, con aire regio,
sentóse en un sillón cerca del sofá que ocupaban los dos sacerdotes.
Fernanda tenía esa mirada rápida y sintética propia de las personas
duchas en el curioseo, y de una sola ojeada se enteró de cómo era de
pies a cabeza el director espiritual que le proporcionaba el padre
Claudio.
No parecía mala persona aquel padre Felipe. Era más joven que su
superior, pues apenas si demostraba tener unos treinta y cinco años. A
primera vista parecía feo con su corpachón fuerte y membrudo, rematado
por una cabeza enorme, morena, con el rostro algo picado de viruelas y
coronado por cabello negro, áspero y algo hirsuto. Dos detalles
únicamente dulcificaban un tanto aquel rostro de gigante, que con sus
rasgos grandiosos y sus huellas variolosas, recordaba la cabeza de
Mirabeau. La boca, de labios frescos y sonrosados, que respiraba cierta
voluptuosidad, enseñaba al entreabrirse una dentadura fuerte, igual y
deslumbrante, digna de ser envidiada por una dama, y sus ojos, que
tenían cierto reflejo dorado, miraban de un modo acariciador, causando
el mismo efecto que el roce de un terciopelo. Fuera de esto, el jesuíta
era un Hércules, y aquel cuello congestionado, jadeante y de perfil
taurino, que escapaba por la abertura de su sotana, iba pregonando el
inagotable caudal de brutalidades insaciables y de goces sin freno de
que era capaz un cuerpo como aquél, en que existía un tremendo
desequilibrio, ahogando completamente la materia la escasa parte
espiritual que pudiera haber en él.
A Fernanda le gustaba su futuro confesor conforme avanzaba en su examen.
Se estremecía imaginándose lo que era interiormente el bravo padre
Felipe; con la mirada ardiente le despojaba de la sotana y le veía en su
imaginación desnudo como un luchador griego, mostrando la armoniosa
trabazón de sus poderosos músculos hinchados por la fuerza vital y
amenazando estallar la piel, y cuando, mareada por tales imágenes,
fijaba sus ojos en los del jesuíta, sentía correr una dulce caricia por
todo su cuerpo; algo semejante al estremecimiento del gato cuando siente
una fina mano a lo largo de su espina dorsal.
Era feo su confesor; pero entre todos los lindos bailarines de la alta
sociedad no había encontrado un hombre que tan rápida y decisivamente la
impresionase.
La conversación fué vulgar. Limitóse a una sencilla presentación, a un
cambio de ligeras confianzas, para que fueran después más fáciles las
relaciones entre el nuevo director y la penitente, y a la media hora ya
se levantaban los dos jesuítas, dando por terminada la visita.
La inflamable doña Fernanda ya se mostraba arrepentida de haber sentido
en otros tiempos una pasión tan fogosa por el padre Claudio.
Comparábalo ahora con el otro jesuíta y encontraba al hermoso superior,
sobradamente amadamado, a pesar de su hermosura. La ruda musculosidad
del otro, su continente resuelto, que recordaba a Hércules en su hazaña
de las cincuenta doncellas, y, sobre todo, aquel punzante olor a hombre
que se escapaba de su sotana, la causaban gran impresión; era para ella
como un aperitivo excitante y la hacía mirar con desprecio la figura
interesante del padre Claudio, rizada y perfumada.
Quedó el padre Felipe dueño de su penitente, que de buena gana lo
hubiese retenido para comenzar "ipso facto" un examen general de culpas,
y siguió a su superior, que se dirigía a la casa donde tenía establecido
su despacho y archivo, que era la misma que en 1825, salvo ligeras
modificaciones.
Cuando los dos jesuítas entraron en el gran despacho, rodeado de
estanterías atestadas de carpetas y legajos, estaba el repulsivo
secretario del padre Claudio ocupado en clasificar papeles como en
pasados tiempos. El tono macilento que la edad había dado al rostro del
padre Antonio y las muchas canas que se destacaban en su roja y áspera
cabeza, era lo único que daba a entender el tiempo que había
transcurrido. Por lo demás, el despacho presentaba el mismo aspecto que
en tiempos de la segunda reacción.
El padre Antonio levantó ligeramente la cabeza, pero al ver que su
superior no le miraba, volvió a enfrascarse en su tarea y a hacer todo
lo posible para que los dos jesuítas no recordasen su presencia.
El padre Claudio se sentó en su viejo sillón de cuero, y sin dignarse
ofrecer asiento a su gigantesco subordinado, que le miraba con el
respetuoso cariño del perro, le preguntó:
--¿Sabe usted para qué le he traído aquí en vez de ir a la casa
residencia?
--No, reverendo padre.
--Tengo que encargarle una misión de importancia y usted no está muy
acostumbrado a que la Orden le dispense tal honor.
El padre Felipe hizo un gesto con el que quería significar que él se
tenía a sí propio por muy poca cosa, y su superior continuó:
--¿Qué le parece a usted la baronesa de Carrillo?
--¡Oh! Una señora muy apreciable.
--¿Y cómo la encuentra usted como mujer?
El padre Felipe vaciló en contestar no comprendiendo bien la pregunta,
y, al fin, respondió con cierta precipitación:
--Me parece muy amable; pero la encuentro algo fea.
--Perfectamente. Tiene usted buen ojo y por algo le han puesto la fama
de que goza. ¿Y por qué cree usted que la Orden le ha designado para
director espiritual de la baronesa?
El padre Felipe levantó los hombros para indicar su ignorancia y el
superior continuó, siempre con gravedad:
--En nuestra Orden cada uno sirve para una cosa. Así como tenemos
grandes oradores y hombres de ciencia para deslumbrar a los imbéciles,
poseemos hombres hábiles que dirigen las familias despóticamente y
llevan su dinero a las arcas de nuestra Orden, y..., créame usted, éstos
valen aún más que aquéllos. ¿Cuál es su habilidad, padre Felipe?
El aludido quedó perplejo, y, al fin, dijo, sonriendo estúpidamente y
con sencilla modestia:
--Reverendo padre; yo no tengo ninguna; soy un inútil, lo confieso.
--En nuestra Orden, querido hermano, no hay nada inútil. Vamos; le
ayudaré a refrescar la memoria. ¿Por qué tuve yo que intervenir en un
escándalo que surgió con la presencia de vuestra paternidad en cierto
convento de monjas de Valladolid? ¿Por qué estuvo vuestra paternidad más
de un mes en cama a consecuencia de cierta paliza que le administró en
Sevilla un marido celoso?
El gigantazo se ruborizó como un niño, balbuceando:
--Perdone vuestra reverencia... La carne es flaca y a mí me domina el
demonio de la voluptuosidad.
--Sea por muchos años; pues de este modo sirve usted a la Orden y todos
los medios son buenos cuando se trabaja para la mayor gloria de Dios.
Quedamos, pues, en que tiene usted una habilidad, la de enloquecer a las
señoras que la Compañía pone bajo su dirección.
El padre Felipe, a pesar del temor casi supersticioso que sentía ante su
superior, creyó propio del caso el reírse, y prorrumpió en una franca
carcajada, guiñando los ojos con malicia.
--¡Oh! Lo que es para eso me pinto solo...--dijo con acento de alegre
convicción.
Pero se calló inmediatamente viendo que el padre Claudio permanecía
grave e inmóvil y que su secretario, inclinado sobre los papeles, seguía
presentando el aspecto de un ser petrificado.
--La Compañía--dijo el superior, después de un largo silencio--desea que
usted no dé el menor disgusto a doña Fernanda, la baronesa de Carrillo.
Es una buena señora, muy devota de nuestra Orden, y tenemos el deber de
corresponder a su cariño. Cumpla usted, pues, con su obligación.
--¡Mi obligación! ¿Acaso vuestra reverencia quiere?...
--Quiero que se porte usted del mismo modo que en otras ocasiones, con
la seguridad de que, tanto nosotros como su nueva penitente, sabremos
agradecer sus esfuerzos.
--Conforme, reverendo padre--dijo el atlético jesuíta, rascándose el
cogote como si con esto quisiera dar a entender lo escabroso de aquel
asunto.
--La baronesa es fea; pero usted, padre Felipe, no es hombre capaz de
pararse ante tan pequeño obstáculo. Conozco sus aficiones.
--¡Oh! Lo que es por eso, no he de detenerme. Soy animal de buenas
tragaderas y más si se trata de servir a la Orden.
Esta ingenuidad, que su mismo autor acompañó con brutales carcajadas,
sí que consiguió hacer sonreir al padre Claudio, y hasta el secretario
levantó un poco la cabeza con el entrecejo contraído como para contener
la risa. Aquel garañón ensotanado resultaba gracioso.
El padre Claudio permaneció algunos minutos entregado a la reflexión, y,
al fin, dijo a su subordinado con cierto entusiasmo:
--Comprenda usted bien lo que la Compañía desea de su única habilidad y
para qué quiere emplear ésta. Nuestro poder indestructible, que se
extiende por todo el universo, tiene su principal base en el estudio que
hacemos del carácter de cada persona que deseamos explotar y los medios
que ponemos en práctica para halagar sus aficiones. Si se trata de un
entusiasta por la ciencia, ponemos a su lado a un individuo de la Orden
versado en toda clase de conocimientos; si de un escritor, le enviamos
otro que le hable lo mismo de Horacio que de San Agustín y de Voltaire;
si es una mujer histérica y fanatizada, le damos por director espiritual
un monomaníaco que la relate con entusiasmo y convicción visiones
celestes y milagros estupendos; y cuando tropezamos con una baronesa de
Carrillo, arca de comprimido placer que está esperando la ansiada llave
para desbordarse, nos valemos de un padre Felipe, ogro insaciable de
carne femenil, incapaz de distinguir en su ciego apetito, y que lo mismo
se almuerza una diosa que se cena una Maritornes. "El mundo, comedia
es", como dijo un poeta; y aquí lo importante es que la Compañía tenga
siempre preparados buenos actores, capaces de desempeñar con naturalidad
y perfección los más difíciles papeles. Todos sirven igual a la Orden, y
tanto mérito como cualquiera de nuestros hermanos que confiesan reinas y
princesas, tiene usted, padre Felipe, apagando la hidrópica sed de amor
que siente doña Fernanda. Cumpla usted su misión tan perfectamente como
yo espero.
El brutal jesuíta quedó como desvanecido por aquellos elogios que le
disparaba su superior, y después de una larga pausa, preguntó:
--¿De modo que mi misión se reduce, sencillamente, a conquistar a la
baronesa?
--A satisfacerla, pues su conquista, es cuestión de poca importancia.
Conozco bien a doña Fernanda, y sé que ella le adelantará la mitad del
camino.
--La dejaré satisfecha--dijo el jesuitazo, con el mismo orgullo del
campeón que está muy seguro de sus fuerzas.
--No lo dudo. Hace tiempo que estudio a usted, y me convenzo de que es
un bárbaro que únicamente sirve para tan inmundas empresas.
El padre Felipe acogió estas palabras con tanta indignación como el
artista que oyera desacreditar su arte. Profesaba gran respeto a su
superior; pero esto no impidió que en su rostro se trasluciera cierta
expresión de desprecio a aquel hombre que llamaba al amor inmundicia, y
del cual se relataban "sotto voce", en las celdas de los buenos padres,
algunas historietas poco limpias.
El padre Claudio leyó en el pensamiento de su subordinado.
--Adivino lo que usted piensa--dijo con tono de ira--, y le advierto que
yo hago lo que me da la gana, sin que pueda pedirme cuentas nadie, a
excepción del general que está en Roma. Podía castigarle por sus malos
pensamientos, pero me compadezco de esa inocencia brutal que constituye
su carácter. Retírese usted, pero antes oiga un consejo. Persevere en
sus carnales aficiones a la mujer, ya que esto está en su temperamento y
la Compañía así lo necesita; pero recuerde que su afición a las faldas
ha de traerle muchos compromisos y tal vez su ruina. La mujer es la
ruina del hombre, y el que a ella se aficiona pierde la mitad de su
fuerza. Para servir a la Orden tan bien como yo la sirvo, es preciso
prescindir del amor de ese ser hermoso, pero lenguaraz, caprichoso y
débil, que sólo nos acarrea compromisos, y valerse de los hombres aun
para dar satisfacción al apremiante llamamiento de la naturaleza.
El padre Claudio, después de estas palabras, con las cuales pintaba su
verdadero carácter, cosa bastante extraña en él, señaló la puerta a su
subordinado con ademán imperioso, y el padre Felipe salió cabizbajo y
humilde.
Apenas quedaron solos el Vicario general de España y su secretario, éste
levantó la cabeza y miró fijamente y sonriendo a su superior.
El padre Antonio había adelantado mucho en su carrera. Su superior
seguía protegiéndolo, y mostraba tal agradecimiento a éste, que, a pesar
de ser ya padre profeso, de haber hecho todos los votos y de temer algún
renombre en la Orden por sus trabajos, lo que le autorizaba a solicitar
la dirección de la Compañía en una provincia, o el mando de una comisión
en Ultramar, había pedido con las lágrimas en los ojos al bondadoso
padre Claudio que le permitiese seguir a su lado desempeñando las
funciones de secretario, pues no podía alejarse sin profunda pena de
aquel a quien se lo debía todo.
El padre Antonio mentía, como buen jesuíta, al fingir tanto cariño. El
padre Claudio le era indiferente, y aun allá en el fondo de su voluntad
le odiaba de un modo terrible. Lo que él buscaba era no alejarse de
aquel centro directivo, donde iba empapándose de los misterios de la
Orden y donde se preparaba a dar el gran salto. Aquel despacho era para
él un espeso matorral tras el que estaba emboscado para caer
repentinamente sobre su víctima, que era el padre Claudio. El jesuíta
había soñado en ocupar un día la dirección de la Orden en España, y
conspiraba sordamente contra su superior, que no esperaba tal
infidelidad por parte de su perro de confianza.
--¡Valiente bruto!--dijo el padre Antonio a su superior, con más
confianza que en pasados tiempos--. De seguro que la baronesa quedará
contenta del director espiritual que le regalamos.
--Esto y aun más necesita--contestó el hermoso jesuíta, sonriendo
escépticamente.
--¿Y cómo están los asuntos de aquella casa, reverendo padre?
--La baronesa manda como dueña absoluta, y de aquí que yo considere tan
preciso ser dueño completo de su voluntad. Ella es afecta a nuestra
Orden; pero esa inmunda pasión que la domina podría alejarla de
nosotros, y de aquí la presentación del padre Felipe, que la subyugará
uniéndola con nuevos lazos a nuestros intereses. Esa baronesa es una
bestia en el celo. Mira si será fogosa su pasión, que estaba ya muy
próxima a entenderse con un perdido escritor, del que nosotros nos
valemos algunas veces, pero que no está por completo a nuestra devoción.
Afortunadamente he sabido a tiempo el peligro, y lo acabo de evitar con
el padre Felipe, que se hará el dueño absoluto de la baronesa.
--No está mal la combinación; ese ogro hará cuanto quiera de doña
Fernanda, y vuestra reverencia maneja a su placer al conde de Baselga.
Aquella casa es nuestra por completo; ahora sólo falta que podamos
manejar de igual modo a los dos niños, que son los verdaderos dueños de
los quince millones.
--Lo seremos, no lo dudes. Bastará con que sepamos apoderarnos de sus
voluntades.
--Trabajo difícil es ése. ¿No sería mejor anularlos ahora que son de
poca edad? Un niño cae con más facilidad que un adulto, pues hay muchas
enfermedades infantiles que fácilmente pueden contraerse sólo con que
haya algo de intención y un poco de descuido en los encargados de
cuidarlos. En caso de muerte los quince millones pasarían a manos del
conde de Baselga, heredero de sus hijos, y a ése no nos sería difícil
arrancárselos.
--Eres muy inhábil. Mil veces te he dicho que esos procedimientos de
fuerza son nocivos para nuestras empresas; y si no, contempla sus
consecuencias en el fracaso que experimentó en París nuestro hermano el
padre Renard. Acuérdate del refrán italiano "quien va despacio va muy
lejos"; y como adquirir de un golpe quince millones de francos es
empresa muy seria, debemos proceder con gran cautela y no menos astucia.
No nos comprometamos tontamente, ni demos un paso en vago que podría
costamos muy caro. Ya sabes que un rey decía a su ayuda de cámara:
"Vísteme despacio, que voy de prisa"; eso mismo te repito yo en esta
ocasión. No apresuremos los acontecimientos ni cometamos ningún acto de
violencia; de lo contrario, en nada se diferenciaría un vulgar bandido
de un jesuíta. Tiempo de sobra tenemos a nuestra disposición. Esos dos
niños están en nuestro poder, y su educación corre a nuestro cargo. Si
la esposa del conde no fué monja en París, su hija lo será aquí; y en
cuanto al niño, ya se encargará la baronesa de aficionarlo a la
Compañía, y tal vez llegue a ser de los nuestros. Una escritura en que
ambos, al retirarse del mundo, hagan donación de sus bienes a la
Compañía, será el digno epílogo de nuestro trabajo.
--Está bien, reverendo padre--exclamó el secretario, fingiendo un
entusiasmo adulador--. El plan es magnífico, y de seguro dará
resultados. Comencemos nuestros trabajos y demos a entender en Roma que
sabemos realizar lo que el padre Renard dejó embrollado.
--Nuestros trabajos han empezado ya. La base es la baronesa, que se
halla ya por completo a nuestras órdenes. El padre Felipe será dentro de
unos días el dueño absoluto de su voluntad. La enloquecerá de placer,
como a todas sus penitentes.
--¡Oh, reverendo superior! La Compañía debe mantener bien a tan
excelente caballo padre. No podrá quejarse la yeguada de devotas.
X
Los hijos del conde de Baselga.
Enriqueta y Ricardo crecían bajo la autoridad implacable y ruda de doña
Fernanda.
Su padre era para aquellos dos niños una especie de ser misterioso al
que sólo veían en determinadas horas y cuyo semblante, siempre
excesivamente grave y en algunas ocasiones fosco, les hacía temblar.
Cuando aquel hombre silencioso y ceñudo tomaba en brazos a los dos
pequeños o los ponía sobre sus rodillas, ambos sentían impulsos de
escapar, y las caricias eran para ellos verdaderos tormentos.
A doña Fernanda la amaban más, a pesar de la rudeza con que los trataba.
Su padre no les dirigía nunca una palabra dura ni intentaba el menor
castigo; y en cambio, su hermanastra aprovechaba la más leve ocasión
para maltratarlos; pero ésta, al menos, hablaba para insultar;
mostrábase terriblemente expansiva y no imitaba a aquel hombre de cuya
boca sólo salían monosílabos y que, después de contemplar fijamente a
los dos niños, hacía esfuerzos para que no se le escapasen las lágrimas
que acudían a sus ojos.
El conde de Baselga estaba más enamorado que nunca de su esposa, y al
contemplar sus hijos, especialmente Enriqueta, que era un acabado
retrato de su madre, sentía revivir en su memoria el punzante recuerdo
de la perdida felicidad y veía pasar ante sus ojos la imagen de María,
muerta en lo más risueño de su vida.
Cuando los dos niños estaban a solas con la baronesa temblaban; pensando
en las violentas explosiones de su mal humor, pero no experimentaban el
miedo extraño y supersticioso que sentían ante su padre.
Doña Fernanda sentíase satisfecha al poder dar rienda suelta a sus
enfados de solterona, castigando a aquellos niños fruto de un enlace que
le había resultado siempre antipático. Ahora se vengaba de aquella
superioridad, que, sin notarlo, había tenido siempre sobre ella su joven
madrastra a causa de su carácter dulce y bondadoso.
Para la baronesa, los niños debían ser seres automáticos, sin voluntad y
con una vida regulada por el capricho del superior, y de aquí que pasase
gran parte del día entretenida en la tarea de obligar a fuerza de
amenazas y de cachetes a que sus dos hermanastros permaneciesen horas
enteras quietecitos en sus sillas, con la inmovilidad fúnebre de una
momia.
Enriqueta era la principal víctima de sus iras. Como ya dijimos, la niña
le era antipática, y si sentía alguna debilidad en su régimen de
educación, guardábala para Ricardo, que era quien lograba hacerla
sonreír.
Doña Fernanda tenía sus planes. Era la verdadera madre de aquellos
angelitos, como le decían sus devotas amigas de la alta sociedad
elogiando su comportamiento con sus hermanastros, y tenía, por tanto, el
deber de pensar en su porvenir y señalarles lo que habían de ser en este
mundo.
No se sabe si la idea nació espontáneamente en ella o le fué sugerida
por su director espiritual el padre Felipe, santo varón, que era su
hombre de confianza y sin el cual no podía pasar un solo instante; pero
lo cierto es que la baronesa había decidido que la niña entrase en un
convento y que Ricardo fuese de la Compañía de Jesús.
Doña Fernanda tenía para ello razones poderosísimas, que exponía siempre
que hablaba del asunto con sus amigas.
--Sobrados militares hay en España y señoritas que no sirven para otra
cosa que para perder su alma bailando escandalosamente en los salones.
Mis hermanos se dedicarán a la religión y alcanzarán el cielo, que es lo
que debe buscar todo mortal.
Y la baronesa estaba decidida a sostener sus decisiones con todo el peso
de su autoridad.
Cuando los niños fueron creciendo, su educación fué descuidada en punto
a conocimientos útiles; apenas si leían con corrección y sabían escribir
su nombre; pero en cambio, la niña, so pena de recibir algunos azotes,
había de rezar al día media docena de rosarios y cantar con voz nasal
propia de monástico coro los gozos dedicados a unos cuantos santos,
mientras su hermano, vestido con casullas de muselina, fingía decir misa
en capillas de cartón alumbradas con candelillas que preparaba la
baronesa con todo el cuidado propio de un buen sacristán.
Aquellas diversiones, que resultaban forzosas para los dos niños,
acababan por agradarles, a falta de otras más vivas y atractivas, y su
hermanastra regocijábase con la devoción que mostraban los pequeños,
presentándoselos como dos santitos al buen padre Felipe, que parecía
cosido a sus faldas, según lo poco que de ella se separaba.
En toda aquella casa tan grande y habitada por sirvientes de tantas
clases, los niños sólo encontraban una sola persona que mereciese sus
simpatías, por demostrarles verdadero cariño.
Era ésta una antigua criada de su madre, la aragonesa Tomasa, que
conforme había entrado en años se había hecho más ruda e indomable.
En aquellos dos niños veía a su señorita, cuya muerte no cesaba de
llorar; y su cariño francote y ruidoso, a fuerza de ser expansivo, era
todo para los "muñecos", para aquellos dos chiquillos, y especialmente
para Enriqueta cuyos ojos no podía mirar sin conmoverse, pues le
recordaban los de aquella otra niña que veinte años antes paseaba por
las calles de París o las alegres alamedas del Luxemburgo.
Tomasa era en aquella casa la continua preocupación de la baronesa.
Desempeñaba el cargo de ama de llaves, y, por tanto, la jefatura de toda
la servidumbre; y en cada una de las órdenes que daba tropezaba
inevitablemente con la dueña que la odiaba a muerte.
En el pequeño palacio del conde de Baselga ardía una continua guerra
civil.
La vieja criada murmuraba a todas horas contra su nueva ama, haciéndole
coro la servidumbre, que odiaba a la baronesa, y ésta tenía especial
empeño en contrariar a Tomasa, encontrando defectuoso todo cuanto
ordenaba y buscando ocasiones para humillarla.
La altivez, el odio, y aun algo de envidia, luchaban con aquella
tenacidad aragonesa, aumentada por un modo franco de decir las cosas que
hería cruelmente la susceptibilidad de doña Fernanda.
En aquella casa surgían los conflictos a diario entre las dos
autoridades, y ambas mujeres, la señora y la doméstica, cansadas ya de
tremendos choques en que les faltaba muy poco para agarrarse de los
pelos, acabaron por evitarse encerrándose cada una en una altiva
indiferencia con respecto a la otra.
Doña Fernanda intentó librarse de aquella rival de su autoridad, y para
ello habló a su padre un día en que le pareció de mejor humor que de
costumbre.
El conde la escuchó con frialdad, y cuando terminó su capítulo de cargos
contra el ama de llaves, se limitó a decirle que Tomasa era para él como
de la familia, que la conocía muy bien y que no pensaba separarse nunca
de ella.
La baronesa se indignó tanto con esta contestación, que llegó a formular
la amenaza de marcharse de aquella casa si no salía de ella
inmediatamente la terca aragonesa; pero su padre no se inmutó, y con la
misma frialdad de antes la dijo que podía hacer lo que gustase. Para el
conde no era un sacrificio separarse de aquella criatura orgullosa y
dominante cuya presencia le recordaba la deshonra de su primer
matrimonio.
Doña Fernanda lloró, se indignó, contó sus penas al padre Felipe, al
padre Claudio, a cuantos jesuítas conocía y a todas sus devotas amigas;
hizo a su padre responsable de cuanto ocurriese, y acabó... quedándose
en la casa lo mismo que antes.
Le gustaba mucho tener una tropa de sirvientes a quien mandar y dos
niños que llamaba sus hijos, a los cuales martirizaba con sus caprichos,
y por esto se quedó, a más de que algo debieron de aconsejarla también
sus amigos jesuítas.
Las dos mujeres, temiéndose mutuamente, se respetaron más, y ya no
surgieron entre ellas otras desavenencias que las ocasionadas por el
cariño que Tomasa profesaba a los niños y el deseo de la baronesa de
disponer de ellos en absoluto.
Cada vez que doña Fernanda los castigaba, la vieja criada protestaba a
su modo, lanzándola feroces miradas o murmurando amenazas que aquélla
oía perfectamente; y cuando los dos pequeños, escapando de la pesada
férula de su hermanastra, iban en busca de Tomasa, la baronesa había de
sostener un altercado con aquella "mujer soez", como ella la llamaba, y
que se metía a criticar la educación que daba a los niños.
La conversación con Tomasa tenía para éstos un gran encanto, pues la
vieja criada les hablaba de su madre, a la que Enriqueta apenas si
recordaba, y de su abuelo, don Ricardo Avellaneda, que aparecía en sus
tiernas imaginaciones como un buen señor bondadoso y dulce.
Además, aquella mujer no los obligaba a una inmovilidad terrible para
la niñez, siempre ansiosa de movimiento, sino que les incitaba a juegos
agitados y ruidosos, a los que ellos se entregaban con asombro y
torpeza, como el presidiario a quien obligan a andar libre después de
estar encarcelado muchos años.
Los alegres cuentos que les relataba la aragonesa, con burda chusquedad,
gustaban más a los dos hermanos que las vidas de santos que les leía la
baronesa, obligando su atención, a fuerza de cachetes; y tanto les
gustaba estar al lado de Tomasa, que aguardaban con ansia los días en
que doña Fernanda salía a sus juntas de cofradía o colectas piadosas,
para correr inmediatamente al comedor o a la cocina, donde encontraban a
su vieja amiga.
Conforme crecieron, este placer fué desvaneciéndose y se vieron más
ligados que nunca a la autoridad despótica de su hermanastra.
Ricardo tenía ocho años cuando fué llevado al colegio de los padres
jesuítas. El conde de Baselga pareció vacilar antes de dar su permiso
para que se verificase tal traslación; pero los consejos del padre
Claudio, las frías razones de su hija mayor y las exigencias de la moda,
destruyeron todo conato de oposición, si es que existió tal intento en
el ánimo del conde.
Enriqueta, sin la compañía de aquel pequeño ser enfermizo y débil, cuyos
nerviosillos arranques le producían gran alegría a ella, que rebosaba de
salud y vida, encontró la casa de su padre tétrica y sombría, y a no ser
por alguna que otra visita que hacía a Tomasa, aprovechando descuidos de
la baronesa, se hubiese creído tan abandonada y sola como en un
desierto.
Doña Fernanda, no contenida ya por aquella fría simpatía que profesaba a
su hermanastro, descargaba todo su mal humor sobre Enriqueta; pero esto
sólo ocurría cuando la baronesa estaba enojada por una inesperada
ausencia de su director espiritual, y afortunadamente para la niña, el
padre Felipe pasaba por lo regular gran parte del día pegado a las
faldas de su penitente.
La educación de Enriqueta corría a cargo de su hermanastra, que en esta
tarea era ayudada por su director espiritual. Pero hay que decir que la
mística pareja tenía numerosas ocupaciones, pues sólo de tarde en tarde
se ocupaba de la niña, tomando sus lecciones con aire distraído.
El padre Felipe alcanzaba en aquella casa una preponderancia aún más
grande que la del padre Claudio; y tan convencida estaba la servidumbre
de que aquel jesuíta, siendo el dueño de la baronesa, era el verdadero
amo, que muchas veces desatendía al conde de Baselga por mostrarse
atenta y solícita con el bondadoso padre.
El conde, dominado por aquella taciturna misantropía que constituía ya
su carácter, no veía lo que ocurría en su casa, o fingía no verlo. Sin
duda, la sotana de jesuíta era para él el uniforme de un terrible
enemigo al que había que temer y respetar.
La simplicidad del padre Felipe habíala reconocido desde el primer
instante, y aun adivinaba algo de las verdaderas relaciones que existían
entre aquél y su hija, pero callaba cuidadoso de provocar un escándalo,
porque tras la grotesca figura del director espiritual veía la diabólica
personalidad del padre Claudio, siempre amenazante y capaz de anonadarle
a la más leve muestra de enemistad.
Aquel hombre, en otro tiempo tan altivo y enérgico, que se hacía muchas
veces intolerable por su levantisca independencia, era ahora un
autómata, habiendo el temor roído poco a poco su firme voluntad. Sentía
miedo ante el padre Claudio, personificación de aquella Compañía de
Jesús, tan terriblemente poderosa.
Además, en su cerebro estaban muy embrolladas las ideas y no tenía
ninguna creencia determinada que le diera valor para emanciparse de la
tiranía encubierta que sobre él pesaba.
La desgracia le había hecho exageradamente religioso. Aquella rápida e
inesperada muerte de la mujer amada, recordada a todas horas, le hacía
ver la fragilidad de las cosas humanas, y la continua lectura de "La
imitación de Cristo" exageraba su desprecio al mundo, engolfándolo cada
vez más en la religión.
Convertíase el conde, por instantes, en un monomaníaco religioso; era un
asceta en plena sociedad y veía en todas partes la mano de aquel Dios
poderoso, vengativo y repleto de todas las pasiones humanas, del cual
eran legítimos representantes los jesuítas.
A su buen juicio y a su propia experiencia no se les ocultaban los
defectos y las ambiciones de la Compañía; pero la acomodaticia y absurda
enseñanza religiosa de los jesuítas había trastornado su raciocinio, y
pensando en que Dios saca muchas veces el bien del mal, y para la
salvación eterna del hombre emplea los más difíciles y tortuosos
medios, no sabía al fin qué pensar ciertamente y si considerar a los
individuos de la Orden como dechados de bondad, que se sacrificaban
dirigiendo la conciencia de los demás, o como diabólicos malvados,
dignos de execración.
La imagen de aquel Dios iracundo y vengador que columbraba en el fondo
de todos los libros religiosos, escritos con estilo de pegajosa dulzura,
le hacían transigir con su actual situación, pues pensaba que tanto la
muerte de su segunda esposa como la degradante dependencia en que vivía,
siempre amenazado por las terribles revelaciones del padre Claudio, eran
castigos impuestos por Dios para que de este modo expiase el crimen que
había cometido en un instante de arrebato, dando muerte a Pepita
Carrillo.
Pero en aquel cerebro, perturbado por los consejos del bello jesuíta y
las costumbres y lecturas que éste le aconsejaba, no existía nada
sólido, y de aquí que en ciertos instantes el oleaje de las ideas
barriese unas para colocar otras en el mismo sitio.
Su sentido común, aunque amortiguado, lanzaba en algunos momentos
rápidos destellos, y examinando los recuerdos que guardaba su memoria,
adquiría el convencimiento de su degradación y de que la Orden tenía
sobre él ambiciosas miras.
No; aquella Institución que tan villanamente había conspirado en París
contra la fortuna de Avellaneda, no podía ser buena ni santa, a pesar de
las explicaciones que daba el padre Claudio por librar a la Compañía de
responsabilidad.
Había instantes en que la duda desvanecía por completo su fe, creada
artificialmente por los jesuítas, y veía claro lo que éstos eran.
Entonces temblaba, imaginándose que no habían terminado sus desgracias y
que el terrible vampiro todavía había de intentar una nueva agresión por
absorber aquella fortuna respetable que ahora pertenecía a sus hijos.
En uno de estos momentos de dudas fué cuando a doña Fernanda se le
ocurrió proponer a su padre el ingreso de Enriqueta en un colegio
dirigido por monjas, fundándose en razones tales, como que la educación
de la niña estaba muy descuidada, que en casa lo revolvía todo con su
genio rebelde, alentado por Tomasa, y que era lo más elegante y propio
de una familia distinguida meter a los pequeños en un establecimiento de
enseñanza que tenía la organización de un monasterio.
La baronesa, antes de que su padre le contestara, añadió que había
consultado su idea con el padre Claudio y que a éste le había parecido
muy bien.
La solterona sabía que para conseguir algo del conde no había como
nombrar al hermoso y terrible jesuíta, pero en esta ocasión sus
esperanzas resultaron fallidas.
Baselga se mostró más animado que de costumbre, y hasta su tez cetrina
se coloreó un poco. Su voz, siempre lenta y fosca, se hizo rápida y
vibrante, y con el mismo imperio que mandaba en otro tiempo a sus
soldados, se negó a que Enriqueta saliese de la casa.
La baronesa quiso protestar, pero se detuvo ante el modo imponente con
que su padre le dijo:
--Cállese usted; tengo motivos sobrados para negarme a que me despojen
de mi hija y sé de quién nace la idea de que Enriqueta vaya a un
colegio, así como también el porqué de tal consejo. Basta ya con que se
me haya quitado a mi hijo.
El conde recordaba al hipócrita señor García y a María Avellaneda cuando
fué llevada por éste a un convento de París.
Sin duda, la misma mano seguía moviendo a su familia y le quería
arrebatar a Enriqueta después de haberse llevado a Ricardo.
Lo único que consolaba a Baselga es que éste sería un hombre y sabría
librarse mejor que su hermana de las seducciones que pudieran ejercer
sobre él por medio de una educación mística.