VIII

Doña Fernanda.

Quien menos supeditada estaba en la casa del conde de Baselga a la

voluntad del padre Claudio era María Avellaneda.

No sentía ésta ninguna preocupación directa contra el hermoso jesuíta,

pero sus gracias hacían poca mella en su ánimo, y además, recordaba

siempre que le veía a su antiguo preceptor el señor García, de triste

memoria.

No por esto trataba al jesuíta con despego. Bastábale conocer el gran

ascendiente que éste tenía sobre su esposo para que le mostrase gran

consideración; pero el padre Claudio comprendió pronto que sus

relaciones con aquella mujer enfermiza y algo soñadora no pasarían de

una respetuosa pero fría simpatía.

La intimidad verdadera teníala el padre Claudio con Fernanda, la hija

del conde de Baselga y Pepita Carrillo.

Esta había crecido en el fondo de un convento, alejada de su padre y sin

otro cariño que el afecto mercenario que las monjas dispensaban a todas

sus educandas ricas o de noble familia.

El padre Claudio era el único hombre que ella había tratado en el

convento, y en él depositó todos sus afectos.

Cuando, poseída del fuego de la pubertad, salió del convento para ir a

habitar la casa de su padre, Fernanda adoraba al jesuíta, pues

encontraba en él una doble personalidad que le encantaba. Como muchacha

gazmoña y devota, conmovíase ante el sacerdote elocuente, benévolo y de

pegajosa dulzura, y como hija de una pasión brutal y heredera de una

complexión siempre hambrienta de carne viril, estremecíase de la cabeza

a los pies en presencia de aquel hombre hermoso y elegante que unía

todas las graciosas seducciones femeninas a un cuerpo membrudo y de

artísticas líneas, semejante a la estatua de un atleta griego.

Cuando Fernanda, acompañada de su madrastra, entró de lleno en la vida

elegante, tan agitada, y seductora, se olvidó fácilmente de todas sus

preocupaciones, hijas de la educación adquirida en el convento.

El esplendor de aquella sociedad dorada, borró de su memoria todos los

consejos de sus maestras; aquellas interminables arengas sobre la maldad

del mundo y sus peligros.

Fernanda comenzó como todas las jóvenes. En abierta competencia con sus

amigas íntimas en punto a elegancia y distinción, sintió pronto los

celos que produce una rivalidad declarada y aspiró a ser una deidad de

la moda que reinase despóticamente en los salones.

Por desgracia para Fernanda, su fealdad era notoria, y su carácter

altanero, caprichoso, maligno e irascible, no era el más a propósito

para atraerse adoradores.

Llevaba en su rostro el feo sello de raza, aquella maldita nariz

borbónica, enorme, picuda y como colgante que desfiguraba todas sus

facciones, y aunque su cuerpo era gallardo y de hermosas líneas, estaba

afeado por cierta rigidez majestuosa, impropia de una joven y que no

conseguía corregir una fingida ligereza.

Al poco tiempo de ser una de las figuras obligadas de toda fiesta

palaciega o "soirée" de familia noble, Fernanda experimentaba la

apremiante necesidad de tener un hombre enamorado más o menos

ingenuamente y exhibirlo en los salones con igual complacencia que si se

tratase de una joya o de un vestido de última moda.

Casi todas sus amigas tenían un novio, un adorador reconocido por toda

la alta sociedad, y ella no había de ser una excepción, viéndose privada

de esto que al mismo tiempo era para Fernanda un adorno de buen gusto y

una imprescindible necesidad.

La baronesa de Carrillo era digna hija de sus padres. La insaciable

lujuria del rey difunto y la caprichosa coquetería de Pepita Carrillo se

hermanaban en Fernanda, que sentía hambre de hombre con una furia

terrible.

Deseosa de conocer de cerca el cuerpo viril, cuyo punzante perfume la

enloquecía hasta causarle vértigos, Fernanda apelaba a todos los medios

para lograr un hombre, máquina placentera con la que soñaba todas las

noches en sus carnales y viciosos delirios. Más de dos años pasó

buscando el ser que ansiaba, anhelando sentir en su organismo el deseado

rocío de la vida, y todas sus esperanzas resultaron frustradas.

La libertad elegante y despreocupada que reina en la alta sociedad,

prestábale ocasiones favorables para ensimismarse en el ánimo de los

hombres de un modo descocado, pero no logró nunca realizar sus deseos.

Era fea; pertenecía a una elevada familia, lo que hacía peligrosa toda

clase de relaciones que no tuviesen por epílogo un desenlace legal, y,

además, apenas si tenía fortuna, pues la de su madre, la baronesa de

Carrillo, apenas si pasaba de unos cuarenta mil duros, suma

insignificante en la alta sociedad, y más si se consideraba como un

premio de cargar con una mujer fea y poco simpática; y en cuanto a las

riquezas del conde de Baselga, todos sabían que pertenecía a su segunda

esposa.

Fernanda era además víctima de una conspiración femenil. Sus amigas, sus

antiguas compañeras de colegio, ofendidas por la altanería de aquella

muchacha, que conocía su origen bastardo por ciertas murmuraciones

sorprendidas y se mostraba muy orgullosa por ello, habían hecho públicos

los infinitos defectos de su carácter, y de aquí que los hombres se

guardasen de entablar relaciones demasiado íntimas con aquel mascarón de

proa que tenía un genio de todos los demonios. Además, Fernanda tenía en

sí causas que la hacían espantar, sin saberlo, a cuantos iniciaban el

menor avance. Su carácter lo transparentaba su rostro, y hasta cuando

sonreía, queriendo fingir la expresión más graciosa, benévola y atenta,

su sonrisa se convertía en una mueca altanera y fría, propia de un

poderoso que se digna atender a sus inferiores.

En vano era, pues, que Fernanda recurriese hasta a los más extremos

medios para cazar al hombre deseado. Conociendo que su rostro era feo,

aunque no tanto como en la realidad, apeló a una exhibición incitante, y

para mostrar su busto terso y de contornos esculturales, exageró su

escote un poco más aún de lo que permitían las libres costumbres

aristocráticas, y en la conversación fué despreocupada como una vieja

cortesana, exagerando los apretones de manos expresivos y buscando

ocasiones en el baile para rozarse de aquel modo escandaloso que

inflamaba su sangre y exacerbaba su hambre de virilidad.

Pero todo era en vano y parecía que conforme avanzaba en su conducta

insinuante y despreocupada, los hombres se alejaban de ella temiendo una

conquista que tan fácil se presentaba.

Fernanda desesperábase, y cuando asistía a las fiestas de Palacio miraba

con envidia y con odio a aquella joven soberana, de la que sabía era

hermana y que como ella obedecía a los impulsos de instintos

hereditarios e insaciables. Ella era feliz, ella podía apagar el eterno

fuego que caldeaba su sangre, y Fernanda miraba con envidia la brillante

servidumbre palaciega, los generales jóvenes, de figura caballeresca y

marcial galantería, los oficiales lindos, rizados y perfumados, haciendo

bailar la espada pendiente de una cintura oprimida por el corsé, y los

mocetones de la Escuadra real, musculosos, incitantes, con su perfume

brutal e hinchado su poderoso pecho bajo la maciza coraza de plata. Era

aquello un completo serrallo con un sin fin de odaliscas machos,

deslumbrantes con sus vistosos uniformes, sus galones, sus plumas y sus

brillantes condecoraciones.

La baronesita llegaba a convencerse de que no había Providencia ni Dios,

ni nada justo en el mundo, al ver la hartura de su hermana ilegítima y

la necesidad delirante en que ella vivía, e igual al pordiosero que,

haraposo, hambriento y aterido, al ver pasar en una noche de invierno en

el fondo de su caliente carruaje al satisfecho potentado, maldice la

suerte injusta, Fernanda juraba contra el destino que en materias de

amor daba a unas tanto y a otras tan poco.

Llegó un instante en que la joven baronesa hubo de decidirse a cambiar

de vida y pensar lo que debía hacer.

Tenía ya veintiséis años; esa frescura de la juventud que alivia tanto

el mal aspecto de las feas, comenzaba a marchitarse y llegaban a sus

oídos las murmuraciones poco decentes que había excitado su conducta

incitante y que amenazaban crearle una fama tan escandalosa como

ridícula.

Había que retirarse a tiempo para conservar respetabilidad; era preciso

dar un adiós a aquella sociedad tan seductora, pero en la cual sólo

había encontrado decepciones y desaires.

Fernanda, repasando su memoria, hizo un examen de cuanto le había

ocurrido en seis años de vida elegante. Había rodado por todos los

salones de Madrid, exhibiéndose como carne en venta; había aguzado su

ingenio para encontrar nuevos medios de excitar la pasión hombruna por

medio de la vista, se había ofrecido como víctima voluntaria a cuantos

encontraba al paso, sin reparar al fin en edades ni en prendas físicas,

y a cambio de tantos afanes y tantas condescendencias sólo había

conseguido algunos apretones de mano exageradamente expresivos de algún

guasón que se gozaba de hacerla concebir absurdas esperanzas, conociendo

su flaco; o palabras sobradamente libres, chistes indecentes arrojados a

su oído en el torbellino del baile y capaces de ruborizar a la más

degradada meretriz, pero que a ella le producían despecho, porque el

hombre que los profería se quedaba siempre a la mitad del camino, no

queriendo consumar la conquista iniciada.

Había, pues, que retirarse con la amarga convicción de que entre aquella

juventud de irreprochable frac y vistoso uniforme, tropel de cabezas de

chorlito que danzaban como peonzas y al hablar recordaban los

protagonistas de las fábulas de Esopo, no encontraría el hombre que

tanto deseaba.

No se alejaría de aquella sociedad cuyas seducciones le encantaban, pero

en adelante desempeñaría un papel más airoso que el de solterona fogosa

y despreciada.

Se acordó del padre Claudio, aquel bello ideal con sotana, cuya voz la

conmovía como música deliciosa, y que exhalaba perfumes que la producían

escalofríos de placer. En él encontraría al hombre deseado, el encanto

viril con el aditamento de gracias femeniles que despertaría en su

memoria aquellos desvaríos de su época de colegiala con seres simpáticos

del mismo sexo.

Fernanda, decidida a dar término a su vida de mujer elegante, sólo

buscaba una ocasión oportuna para retirarse. Tenía demasiado orgullo

para huir de su antiguo campo de batalla con aire de derrotada, y su

altanería conmovíase profundamente al pensar que su salida del gran

mundo fuese saludada con una carcajada irónica por sus antiguas

compañeras, que, más hermosas o afortunadas, estaban ya casadas con

hombres envidiables, o satisfacían su orgullo haciendo alarde de las

pasiones que habían sabido inspirar.

Lo que ella deseaba era eclipsarse momentáneamente, caer en el pozo del

olvido, para surgir inmediatamente con una forma distinta; algo

semejante a la salida de los actores que desaparecen tras un bastidor y

a los pocos minutos vuelven a salir por otro con diverso traje y

aspecto.

La ocasión que buscaba la baronesa no tardó en llegar. Su madrastra,

aquella joven sencilla y dulce a la que ella trataba con despego e

instintiva indiferencia, murió al dar a luz su segundo hijo.

Fernanda no sintió gran cosa su muerte. Le inspiraba repugnancia aquella

mujer tan sencilla y, naturalmente, casta; pero esto no impidió que en

público mostrase el mayor desconsuelo y que aprovechase la ocasión para

tocar retirada. Las brillantes reuniones que se verificaban en su casa

quedaron suspendidas y Fernanda abandonó la vida elegante, en la cual

sólo había encontrado derrotas, y efectuó la transformación imaginada

haciéndose beata.

Todo en su casa le arrastró a la devoción. El conde, impresionado por la

muerte de su esposa, cayó primeramente en un estupor que le hacía

semejante a un imbécil, y después se hizo religioso hasta la monomanía,

llegando a pensar en abandonar su familia y hacerse sacerdote.

El padre Claudio, con sus exhortaciones y sus ejemplos, parecía

empujarle a perseverar en tales aficiones y le recomendaba la continua

lectura de "La Imitación de Cristo", la desconsoladora obra de Kempis,

que le hacía odiar la vida y mirar el anulamiento eterno como la más

suprema felicidad.

El antiguo calavera pasaba días enteros encerrado en su habitación, y

cuando no permanecía inmóvil con el aspecto de un hombre que no piensa

en nada, se entregaba a interminables rezos por el alma de su esposa. La

imagen de la muerte no se apartaba un instante de su pensamiento, y él,

que hasta entonces sólo había pensado en vivir, se estremecía

imaginándose todas las miserables podredumbres de la tumba.

Fernanda, animada por el ejemplo de su padre, se entregó por completo a

la devoción.

Los años pasados en aquella existencia frívola y elegante, que la

arrastraba por los salones siempre en busca de un hombre, la habían

hecho olvidar un tanto al padre Claudio, aquel sacerdote elegante y

perfumado que, despojado de la sotana, realizaba el ideal que Fernanda

se había forjado, agitada por la pasión. Al volver nuevamente a sus

aficiones religiosas, su antigua amistad con el hermoso jesuíta se

reanimó, y Fernanda volvió a ser la entusiasta admiradora del agradable

sacerdote, lamentándose de haberle tratado antes con frialdad.

Desde entonces la joven baronesa de Carrillo hizo la vida que le indicó

su director espiritual, convirtiéndose al poco tiempo en la beata

elegante más recomendada en toda la sociedad.

Esta fama de virtud austera y de entusiasmo religioso no era para

agradar a una mujer todavía joven; pero a pesar de esto, Fernanda se

mostraba muy satisfecha de ella. Ya que no se habían cumplido sus deseos

de ser una mujer de moda, amada por todos y capaz de imponer sus

caprichos elegantes a la sociedad que la rodeaba, siempre era para ella

una gran satisfacción dar la norma a las damas aristocráticas en

materias de devoción, y ser por derecho propio la directora indiscutible

en todas las obras pías que emprendían las damas nobiliarias, dechados

de virtud que, como su reina y señora, se arrepentían de sus pecados y

hacían penitencia tomando queridos feos y canallescos.

El padre Claudio, con ojo certero, había adivinado las condiciones que

poseía Fernanda y lo útil que podría ser a la Compañía.

Fea, irritada contra la sociedad que creía había sido injusta con ella,

ambiciosa por temperamento e intrigante por educación, Fernanda prometía

ser un hábil instrumento en manos de la Orden jesuíta, y de ahí que el

padre Claudio la prestara todo su apoyo, a más de que en su interior

acariciaba la continuación de cierto plan, para el cual era muy preciso

el auxilio que pudiera prestar la joven beata.

Fernanda se abrió paso en la alta sociedad, recibió homenajes, envejeció

voluntariamente afectando un aspecto austero, y, siendo joven, se unió

al grupo de las señoras respetables. Fué considerada como un modelo de

virtud y abnegación, y los mismos hombres que poco antes huían de ella

cuando bailaba buscando un amante, iban ahora a cumplimentarle con

respeto, pues esto daba cierto aire de distinción, y hasta en algunas

ocasiones servía de mucho. A Fernanda la temían más aún que la

respetaban, porque no era un secreto para nadie el poderoso brazo

jesuítico que la movía en todos sus trabajos.

Numerosas asociaciones creadas con el objeto aparente de hacer bien a

las clases proletarias, pero en realidad, para que todas las mujeres de

elevada estirpe estuvieran en masa compacta bajo la oculta dirección de

la Compañía, fueron creadas en poco tiempo por aquella ambiciosa joven,

poseída ahora de tanto afán de gloria como un joven poeta, y a la hija

mayor del conde de Baselga se la vió mucho tiempo vestida de negro, con

el limosnero al puño y fajos de papeles bajo el brazo, agitarse

apresurada por cumplir las numerosas misiones que ella misma se había

impuesto: presidir juntas de cofradía, fundar asociaciones nuevas,

organizar fiestas benéficas y ser, en una palabra, la actividad

directora de aquella gran máquina devota, cuyas ruedas se encargaban de

engrasar la Compañía apenas notaba el menor entorpecimiento.

No por esto en el organismo de Fernanda desaparecía aquella irresistible

inclinación al hermoso padre Claudio. Conocía la baronesa la esquivez

que mostraba el jesuíta, apenas una dama aristocrática atentaba contra

su voto de castidad; pero el amor que profesaba a su ídolo no le

permitía creer las murmuraciones que circulaban sobre sus ocultos y

asquerosos vicios.

Para Fernanda era el padre Claudio un ser eminentemente religioso, que

se encontraba a todas horas muy por encima del común de los mortales, y

que sólo podía amar a un alma que como la suya se fundiese en la

inextinguible pasión de Dios.

De aquí que Fernanda, para conquistar a aquel Apolo ensotanado, y

buscando un resultado puramente carnal, se fingiera mística hasta la

exageración, aburriendo a su lindo director espiritual unas veces con

monjiles escrúpulos y otras con arrebatos teatrales, que pretendían

demostrar un entusiasmo sin límites por la causa de la religión.

Pero todas las artimañas de la fea devota para alcanzar el hombre

ansiado salieron completamente fallidas, pues el padre Claudio

mostrábase insensible, notándose en él cierto enojo y repugnancia,

apenas la baronesa hacía la más leve insinuación algo subida de color.

Aquel jesuíta era una apreciable persona, un hombre galante mientras se

trataba de bromear cultamente y sin consecuencias; pero tenía una virtud

a toda prueba apenas los temperamentos, inflamados por él, intentaban el

menor avance.

La frialdad del padre Claudio hizo renacer en la memoria de la baronesa

todas las abominables murmuraciones de que aquél era objeto, las

monstruosidades viciosas y las condescendencias de los novicios con su

superior, y aunque el jesuíta tenía sobre su ánimo un poderío que

difícilmente podía perderse, Fernanda se dió pronto cuenta de que ya no

le inspiraba tanta veneración como antes.

No por esto dejó de dedicarse con entusiasmo a sus tareas de propaganda

religiosa y a la organización de sociedades que marchaban como pequeñas

ruedas de la gran maquinaria jesuítica; era esto su pasión favorita

después de su insaciable afición al hombre, pero a pesar de todos sus

deseos de gloria y de su constante ambición por ser citada como modelo

de damas católicas y fanáticas por la causa del jesuitismo, pronto

comenzó a notar el padre Claudio que su penitente se mostraba más

descuidada en sus tareas y desatendía los servicios que él le encargaba.

Algo preocupaba, indudablemente, el ánimo de la baronesa, y pronto supo

el padre Claudio en qué consistía tal preocupación.

Su penitente estaba próxima a lograr sus deseos. Un hombre desgraciado,

un pobre diablo, que ponía su gárrula pluma al servicio de la devoción,

y a quien la baronesa había conocido en una junta de cofradía, la hacía

el amor atraído, sin duda, por los miles de duros que poseía Fernanda, y

que eran para el hambriento escritor una inmensa fortuna.

El padre Claudio se puso serio. ¿Convenía a sus planes que la baronesa

cayera por el amor bajo la dirección de un hombre extraño a la Compañía?

Seguramente era esto un peligro y había que evitarlo inmediatamente, so

pena de que sufriesen quebranto en el porvenir ciertos planes que el

jesuíta acariciaba hacía ya algún tiempo, y de cuya realización dependía

el hacer una carrera magnífica dentro de la Orden.

El buen padre reflexionó. En su concepto, era un peligro continuo no dar

a la baronesa lo que exigía su ardiente temperamento, que la arrastraba

a la prostitución. Si no caía en brazos del escritor bohemio, que ahora

la solicitaba requiriéndola de amores junto a la pila de agua bendita o

en un rincón de la sacristía, se entregaría después al primero que la

solicitase, fuese joven o viejo, con tal que contase con una prepotente

virilidad.

A la Compañía no le convenía que aquella mujer necesaria, que era su

genuina representación en el seno de la familia Baselga, se dejase

dominar por el amor hasta el punto de ser dirigida por un hombre

extraño, y había, por tanto, que evitar el peligro, ahora que todavía

era tiempo.

El padre Claudio habló un día a su penitente de las inmensas ocupaciones

que le producía la dirección de la Orden, y le propuso entregar a otro

jesuíta la dirección de su conciencia.

A Fernanda, después del fracaso que habían sufrido sus pretensiones

amorosas sobre el padre Claudio, le era la persona de éste poco menos

que indiferente, aunque seguía fingiendo la sumisión cariñosa de otros

tiempos; así es que aceptó sin repugnancia la propuesta.

El hermano jesuíta le habló entonces del padre Felipe González, joven

sacerdote que no se distinguía en el púlpito, ni tenía buena mano para

escribir una carta sencilla, ni, por motivos de salud, ocasión para

dedicarse al estudio, pero que, en cambio, entendía como nadie en

asuntos mujeriles y era célebre como director de conciencias femeninas.

La presentación de aquel nuevo portento de la Compañía de Jesús, quedó

acordada entre la baronesa y su director espiritual.

La araña negra, t. 3/9 · 第 14 / 23 题