Doña Fernanda.
Quien menos supeditada estaba en la casa del conde de Baselga a la
voluntad del padre Claudio era María Avellaneda.
No sentía ésta ninguna preocupación directa contra el hermoso jesuíta,
pero sus gracias hacían poca mella en su ánimo, y además, recordaba
siempre que le veía a su antiguo preceptor el señor García, de triste
memoria.
No por esto trataba al jesuíta con despego. Bastábale conocer el gran
ascendiente que éste tenía sobre su esposo para que le mostrase gran
consideración; pero el padre Claudio comprendió pronto que sus
relaciones con aquella mujer enfermiza y algo soñadora no pasarían de
una respetuosa pero fría simpatía.
La intimidad verdadera teníala el padre Claudio con Fernanda, la hija
del conde de Baselga y Pepita Carrillo.
Esta había crecido en el fondo de un convento, alejada de su padre y sin
otro cariño que el afecto mercenario que las monjas dispensaban a todas
sus educandas ricas o de noble familia.
El padre Claudio era el único hombre que ella había tratado en el
convento, y en él depositó todos sus afectos.
Cuando, poseída del fuego de la pubertad, salió del convento para ir a
habitar la casa de su padre, Fernanda adoraba al jesuíta, pues
encontraba en él una doble personalidad que le encantaba. Como muchacha
gazmoña y devota, conmovíase ante el sacerdote elocuente, benévolo y de
pegajosa dulzura, y como hija de una pasión brutal y heredera de una
complexión siempre hambrienta de carne viril, estremecíase de la cabeza
a los pies en presencia de aquel hombre hermoso y elegante que unía
todas las graciosas seducciones femeninas a un cuerpo membrudo y de
artísticas líneas, semejante a la estatua de un atleta griego.
Cuando Fernanda, acompañada de su madrastra, entró de lleno en la vida
elegante, tan agitada, y seductora, se olvidó fácilmente de todas sus
preocupaciones, hijas de la educación adquirida en el convento.
El esplendor de aquella sociedad dorada, borró de su memoria todos los
consejos de sus maestras; aquellas interminables arengas sobre la maldad
del mundo y sus peligros.
Fernanda comenzó como todas las jóvenes. En abierta competencia con sus
amigas íntimas en punto a elegancia y distinción, sintió pronto los
celos que produce una rivalidad declarada y aspiró a ser una deidad de
la moda que reinase despóticamente en los salones.
Por desgracia para Fernanda, su fealdad era notoria, y su carácter
altanero, caprichoso, maligno e irascible, no era el más a propósito
para atraerse adoradores.
Llevaba en su rostro el feo sello de raza, aquella maldita nariz
borbónica, enorme, picuda y como colgante que desfiguraba todas sus
facciones, y aunque su cuerpo era gallardo y de hermosas líneas, estaba
afeado por cierta rigidez majestuosa, impropia de una joven y que no
conseguía corregir una fingida ligereza.
Al poco tiempo de ser una de las figuras obligadas de toda fiesta
palaciega o "soirée" de familia noble, Fernanda experimentaba la
apremiante necesidad de tener un hombre enamorado más o menos
ingenuamente y exhibirlo en los salones con igual complacencia que si se
tratase de una joya o de un vestido de última moda.
Casi todas sus amigas tenían un novio, un adorador reconocido por toda
la alta sociedad, y ella no había de ser una excepción, viéndose privada
de esto que al mismo tiempo era para Fernanda un adorno de buen gusto y
una imprescindible necesidad.
La baronesa de Carrillo era digna hija de sus padres. La insaciable
lujuria del rey difunto y la caprichosa coquetería de Pepita Carrillo se
hermanaban en Fernanda, que sentía hambre de hombre con una furia
terrible.
Deseosa de conocer de cerca el cuerpo viril, cuyo punzante perfume la
enloquecía hasta causarle vértigos, Fernanda apelaba a todos los medios
para lograr un hombre, máquina placentera con la que soñaba todas las
noches en sus carnales y viciosos delirios. Más de dos años pasó
buscando el ser que ansiaba, anhelando sentir en su organismo el deseado
rocío de la vida, y todas sus esperanzas resultaron frustradas.
La libertad elegante y despreocupada que reina en la alta sociedad,
prestábale ocasiones favorables para ensimismarse en el ánimo de los
hombres de un modo descocado, pero no logró nunca realizar sus deseos.
Era fea; pertenecía a una elevada familia, lo que hacía peligrosa toda
clase de relaciones que no tuviesen por epílogo un desenlace legal, y,
además, apenas si tenía fortuna, pues la de su madre, la baronesa de
Carrillo, apenas si pasaba de unos cuarenta mil duros, suma
insignificante en la alta sociedad, y más si se consideraba como un
premio de cargar con una mujer fea y poco simpática; y en cuanto a las
riquezas del conde de Baselga, todos sabían que pertenecía a su segunda
esposa.
Fernanda era además víctima de una conspiración femenil. Sus amigas, sus
antiguas compañeras de colegio, ofendidas por la altanería de aquella
muchacha, que conocía su origen bastardo por ciertas murmuraciones
sorprendidas y se mostraba muy orgullosa por ello, habían hecho públicos
los infinitos defectos de su carácter, y de aquí que los hombres se
guardasen de entablar relaciones demasiado íntimas con aquel mascarón de
proa que tenía un genio de todos los demonios. Además, Fernanda tenía en
sí causas que la hacían espantar, sin saberlo, a cuantos iniciaban el
menor avance. Su carácter lo transparentaba su rostro, y hasta cuando
sonreía, queriendo fingir la expresión más graciosa, benévola y atenta,
su sonrisa se convertía en una mueca altanera y fría, propia de un
poderoso que se digna atender a sus inferiores.
En vano era, pues, que Fernanda recurriese hasta a los más extremos
medios para cazar al hombre deseado. Conociendo que su rostro era feo,
aunque no tanto como en la realidad, apeló a una exhibición incitante, y
para mostrar su busto terso y de contornos esculturales, exageró su
escote un poco más aún de lo que permitían las libres costumbres
aristocráticas, y en la conversación fué despreocupada como una vieja
cortesana, exagerando los apretones de manos expresivos y buscando
ocasiones en el baile para rozarse de aquel modo escandaloso que
inflamaba su sangre y exacerbaba su hambre de virilidad.
Pero todo era en vano y parecía que conforme avanzaba en su conducta
insinuante y despreocupada, los hombres se alejaban de ella temiendo una
conquista que tan fácil se presentaba.
Fernanda desesperábase, y cuando asistía a las fiestas de Palacio miraba
con envidia y con odio a aquella joven soberana, de la que sabía era
hermana y que como ella obedecía a los impulsos de instintos
hereditarios e insaciables. Ella era feliz, ella podía apagar el eterno
fuego que caldeaba su sangre, y Fernanda miraba con envidia la brillante
servidumbre palaciega, los generales jóvenes, de figura caballeresca y
marcial galantería, los oficiales lindos, rizados y perfumados, haciendo
bailar la espada pendiente de una cintura oprimida por el corsé, y los
mocetones de la Escuadra real, musculosos, incitantes, con su perfume
brutal e hinchado su poderoso pecho bajo la maciza coraza de plata. Era
aquello un completo serrallo con un sin fin de odaliscas machos,
deslumbrantes con sus vistosos uniformes, sus galones, sus plumas y sus
brillantes condecoraciones.
La baronesita llegaba a convencerse de que no había Providencia ni Dios,
ni nada justo en el mundo, al ver la hartura de su hermana ilegítima y
la necesidad delirante en que ella vivía, e igual al pordiosero que,
haraposo, hambriento y aterido, al ver pasar en una noche de invierno en
el fondo de su caliente carruaje al satisfecho potentado, maldice la
suerte injusta, Fernanda juraba contra el destino que en materias de
amor daba a unas tanto y a otras tan poco.
Llegó un instante en que la joven baronesa hubo de decidirse a cambiar
de vida y pensar lo que debía hacer.
Tenía ya veintiséis años; esa frescura de la juventud que alivia tanto
el mal aspecto de las feas, comenzaba a marchitarse y llegaban a sus
oídos las murmuraciones poco decentes que había excitado su conducta
incitante y que amenazaban crearle una fama tan escandalosa como
ridícula.
Había que retirarse a tiempo para conservar respetabilidad; era preciso
dar un adiós a aquella sociedad tan seductora, pero en la cual sólo
había encontrado decepciones y desaires.
Fernanda, repasando su memoria, hizo un examen de cuanto le había
ocurrido en seis años de vida elegante. Había rodado por todos los
salones de Madrid, exhibiéndose como carne en venta; había aguzado su
ingenio para encontrar nuevos medios de excitar la pasión hombruna por
medio de la vista, se había ofrecido como víctima voluntaria a cuantos
encontraba al paso, sin reparar al fin en edades ni en prendas físicas,
y a cambio de tantos afanes y tantas condescendencias sólo había
conseguido algunos apretones de mano exageradamente expresivos de algún
guasón que se gozaba de hacerla concebir absurdas esperanzas, conociendo
su flaco; o palabras sobradamente libres, chistes indecentes arrojados a
su oído en el torbellino del baile y capaces de ruborizar a la más
degradada meretriz, pero que a ella le producían despecho, porque el
hombre que los profería se quedaba siempre a la mitad del camino, no
queriendo consumar la conquista iniciada.
Había, pues, que retirarse con la amarga convicción de que entre aquella
juventud de irreprochable frac y vistoso uniforme, tropel de cabezas de
chorlito que danzaban como peonzas y al hablar recordaban los
protagonistas de las fábulas de Esopo, no encontraría el hombre que
tanto deseaba.
No se alejaría de aquella sociedad cuyas seducciones le encantaban, pero
en adelante desempeñaría un papel más airoso que el de solterona fogosa
y despreciada.
Se acordó del padre Claudio, aquel bello ideal con sotana, cuya voz la
conmovía como música deliciosa, y que exhalaba perfumes que la producían
escalofríos de placer. En él encontraría al hombre deseado, el encanto
viril con el aditamento de gracias femeniles que despertaría en su
memoria aquellos desvaríos de su época de colegiala con seres simpáticos
del mismo sexo.
Fernanda, decidida a dar término a su vida de mujer elegante, sólo
buscaba una ocasión oportuna para retirarse. Tenía demasiado orgullo
para huir de su antiguo campo de batalla con aire de derrotada, y su
altanería conmovíase profundamente al pensar que su salida del gran
mundo fuese saludada con una carcajada irónica por sus antiguas
compañeras, que, más hermosas o afortunadas, estaban ya casadas con
hombres envidiables, o satisfacían su orgullo haciendo alarde de las
pasiones que habían sabido inspirar.
Lo que ella deseaba era eclipsarse momentáneamente, caer en el pozo del
olvido, para surgir inmediatamente con una forma distinta; algo
semejante a la salida de los actores que desaparecen tras un bastidor y
a los pocos minutos vuelven a salir por otro con diverso traje y
aspecto.
La ocasión que buscaba la baronesa no tardó en llegar. Su madrastra,
aquella joven sencilla y dulce a la que ella trataba con despego e
instintiva indiferencia, murió al dar a luz su segundo hijo.
Fernanda no sintió gran cosa su muerte. Le inspiraba repugnancia aquella
mujer tan sencilla y, naturalmente, casta; pero esto no impidió que en
público mostrase el mayor desconsuelo y que aprovechase la ocasión para
tocar retirada. Las brillantes reuniones que se verificaban en su casa
quedaron suspendidas y Fernanda abandonó la vida elegante, en la cual
sólo había encontrado derrotas, y efectuó la transformación imaginada
haciéndose beata.
Todo en su casa le arrastró a la devoción. El conde, impresionado por la
muerte de su esposa, cayó primeramente en un estupor que le hacía
semejante a un imbécil, y después se hizo religioso hasta la monomanía,
llegando a pensar en abandonar su familia y hacerse sacerdote.
El padre Claudio, con sus exhortaciones y sus ejemplos, parecía
empujarle a perseverar en tales aficiones y le recomendaba la continua
lectura de "La Imitación de Cristo", la desconsoladora obra de Kempis,
que le hacía odiar la vida y mirar el anulamiento eterno como la más
suprema felicidad.
El antiguo calavera pasaba días enteros encerrado en su habitación, y
cuando no permanecía inmóvil con el aspecto de un hombre que no piensa
en nada, se entregaba a interminables rezos por el alma de su esposa. La
imagen de la muerte no se apartaba un instante de su pensamiento, y él,
que hasta entonces sólo había pensado en vivir, se estremecía
imaginándose todas las miserables podredumbres de la tumba.
Fernanda, animada por el ejemplo de su padre, se entregó por completo a
la devoción.
Los años pasados en aquella existencia frívola y elegante, que la
arrastraba por los salones siempre en busca de un hombre, la habían
hecho olvidar un tanto al padre Claudio, aquel sacerdote elegante y
perfumado que, despojado de la sotana, realizaba el ideal que Fernanda
se había forjado, agitada por la pasión. Al volver nuevamente a sus
aficiones religiosas, su antigua amistad con el hermoso jesuíta se
reanimó, y Fernanda volvió a ser la entusiasta admiradora del agradable
sacerdote, lamentándose de haberle tratado antes con frialdad.
Desde entonces la joven baronesa de Carrillo hizo la vida que le indicó
su director espiritual, convirtiéndose al poco tiempo en la beata
elegante más recomendada en toda la sociedad.
Esta fama de virtud austera y de entusiasmo religioso no era para
agradar a una mujer todavía joven; pero a pesar de esto, Fernanda se
mostraba muy satisfecha de ella. Ya que no se habían cumplido sus deseos
de ser una mujer de moda, amada por todos y capaz de imponer sus
caprichos elegantes a la sociedad que la rodeaba, siempre era para ella
una gran satisfacción dar la norma a las damas aristocráticas en
materias de devoción, y ser por derecho propio la directora indiscutible
en todas las obras pías que emprendían las damas nobiliarias, dechados
de virtud que, como su reina y señora, se arrepentían de sus pecados y
hacían penitencia tomando queridos feos y canallescos.
El padre Claudio, con ojo certero, había adivinado las condiciones que
poseía Fernanda y lo útil que podría ser a la Compañía.
Fea, irritada contra la sociedad que creía había sido injusta con ella,
ambiciosa por temperamento e intrigante por educación, Fernanda prometía
ser un hábil instrumento en manos de la Orden jesuíta, y de ahí que el
padre Claudio la prestara todo su apoyo, a más de que en su interior
acariciaba la continuación de cierto plan, para el cual era muy preciso
el auxilio que pudiera prestar la joven beata.
Fernanda se abrió paso en la alta sociedad, recibió homenajes, envejeció
voluntariamente afectando un aspecto austero, y, siendo joven, se unió
al grupo de las señoras respetables. Fué considerada como un modelo de
virtud y abnegación, y los mismos hombres que poco antes huían de ella
cuando bailaba buscando un amante, iban ahora a cumplimentarle con
respeto, pues esto daba cierto aire de distinción, y hasta en algunas
ocasiones servía de mucho. A Fernanda la temían más aún que la
respetaban, porque no era un secreto para nadie el poderoso brazo
jesuítico que la movía en todos sus trabajos.
Numerosas asociaciones creadas con el objeto aparente de hacer bien a
las clases proletarias, pero en realidad, para que todas las mujeres de
elevada estirpe estuvieran en masa compacta bajo la oculta dirección de
la Compañía, fueron creadas en poco tiempo por aquella ambiciosa joven,
poseída ahora de tanto afán de gloria como un joven poeta, y a la hija
mayor del conde de Baselga se la vió mucho tiempo vestida de negro, con
el limosnero al puño y fajos de papeles bajo el brazo, agitarse
apresurada por cumplir las numerosas misiones que ella misma se había
impuesto: presidir juntas de cofradía, fundar asociaciones nuevas,
organizar fiestas benéficas y ser, en una palabra, la actividad
directora de aquella gran máquina devota, cuyas ruedas se encargaban de
engrasar la Compañía apenas notaba el menor entorpecimiento.
No por esto en el organismo de Fernanda desaparecía aquella irresistible
inclinación al hermoso padre Claudio. Conocía la baronesa la esquivez
que mostraba el jesuíta, apenas una dama aristocrática atentaba contra
su voto de castidad; pero el amor que profesaba a su ídolo no le
permitía creer las murmuraciones que circulaban sobre sus ocultos y
asquerosos vicios.
Para Fernanda era el padre Claudio un ser eminentemente religioso, que
se encontraba a todas horas muy por encima del común de los mortales, y
que sólo podía amar a un alma que como la suya se fundiese en la
inextinguible pasión de Dios.
De aquí que Fernanda, para conquistar a aquel Apolo ensotanado, y
buscando un resultado puramente carnal, se fingiera mística hasta la
exageración, aburriendo a su lindo director espiritual unas veces con
monjiles escrúpulos y otras con arrebatos teatrales, que pretendían
demostrar un entusiasmo sin límites por la causa de la religión.
Pero todas las artimañas de la fea devota para alcanzar el hombre
ansiado salieron completamente fallidas, pues el padre Claudio
mostrábase insensible, notándose en él cierto enojo y repugnancia,
apenas la baronesa hacía la más leve insinuación algo subida de color.
Aquel jesuíta era una apreciable persona, un hombre galante mientras se
trataba de bromear cultamente y sin consecuencias; pero tenía una virtud
a toda prueba apenas los temperamentos, inflamados por él, intentaban el
menor avance.
La frialdad del padre Claudio hizo renacer en la memoria de la baronesa
todas las abominables murmuraciones de que aquél era objeto, las
monstruosidades viciosas y las condescendencias de los novicios con su
superior, y aunque el jesuíta tenía sobre su ánimo un poderío que
difícilmente podía perderse, Fernanda se dió pronto cuenta de que ya no
le inspiraba tanta veneración como antes.
No por esto dejó de dedicarse con entusiasmo a sus tareas de propaganda
religiosa y a la organización de sociedades que marchaban como pequeñas
ruedas de la gran maquinaria jesuítica; era esto su pasión favorita
después de su insaciable afición al hombre, pero a pesar de todos sus
deseos de gloria y de su constante ambición por ser citada como modelo
de damas católicas y fanáticas por la causa del jesuitismo, pronto
comenzó a notar el padre Claudio que su penitente se mostraba más
descuidada en sus tareas y desatendía los servicios que él le encargaba.
Algo preocupaba, indudablemente, el ánimo de la baronesa, y pronto supo
el padre Claudio en qué consistía tal preocupación.
Su penitente estaba próxima a lograr sus deseos. Un hombre desgraciado,
un pobre diablo, que ponía su gárrula pluma al servicio de la devoción,
y a quien la baronesa había conocido en una junta de cofradía, la hacía
el amor atraído, sin duda, por los miles de duros que poseía Fernanda, y
que eran para el hambriento escritor una inmensa fortuna.
El padre Claudio se puso serio. ¿Convenía a sus planes que la baronesa
cayera por el amor bajo la dirección de un hombre extraño a la Compañía?
Seguramente era esto un peligro y había que evitarlo inmediatamente, so
pena de que sufriesen quebranto en el porvenir ciertos planes que el
jesuíta acariciaba hacía ya algún tiempo, y de cuya realización dependía
el hacer una carrera magnífica dentro de la Orden.
El buen padre reflexionó. En su concepto, era un peligro continuo no dar
a la baronesa lo que exigía su ardiente temperamento, que la arrastraba
a la prostitución. Si no caía en brazos del escritor bohemio, que ahora
la solicitaba requiriéndola de amores junto a la pila de agua bendita o
en un rincón de la sacristía, se entregaría después al primero que la
solicitase, fuese joven o viejo, con tal que contase con una prepotente
virilidad.
A la Compañía no le convenía que aquella mujer necesaria, que era su
genuina representación en el seno de la familia Baselga, se dejase
dominar por el amor hasta el punto de ser dirigida por un hombre
extraño, y había, por tanto, que evitar el peligro, ahora que todavía
era tiempo.
El padre Claudio habló un día a su penitente de las inmensas ocupaciones
que le producía la dirección de la Orden, y le propuso entregar a otro
jesuíta la dirección de su conciencia.
A Fernanda, después del fracaso que habían sufrido sus pretensiones
amorosas sobre el padre Claudio, le era la persona de éste poco menos
que indiferente, aunque seguía fingiendo la sumisión cariñosa de otros
tiempos; así es que aceptó sin repugnancia la propuesta.
El hermano jesuíta le habló entonces del padre Felipe González, joven
sacerdote que no se distinguía en el púlpito, ni tenía buena mano para
escribir una carta sencilla, ni, por motivos de salud, ocasión para
dedicarse al estudio, pero que, en cambio, entendía como nadie en
asuntos mujeriles y era célebre como director de conciencias femeninas.
La presentación de aquel nuevo portento de la Compañía de Jesús, quedó
acordada entre la baronesa y su director espiritual.