El que se entrega a la Compañía es su esclavo para siempre.
Cuando el conde de Baselga, poco tiempo después de la muerte de don
Ricardo Avellaneda, se vió esposo de la hija de éste, abandonó París, y
aprovechando una de las muchas amnistías concedidas por los Gobiernos
del moderantismo a los emigrados carlistas, fué a establecerse en
Madrid.
Su esposa, la dulce María, que en su juventud tanto había soñado con
España, la patria de sus padres, ansiaba vivir en aquel país, escenario
obligado de todas las relaciones poéticas y románticas que tanto la
habían entusiasmado en su adolescencia.
En cuanto al conde de Baselga, no sentía menos interés por ir a vivir en
la capital española. Experimentaba ese amor dominante y casi loco que
sienten los emigrados por la patria a la cual no pueden volver, y a esta
pasión se unía el deseo egoísta y soberbio de aparecer tras un largo
eclipse en aquella ciudad, teatro de sus primeras aventuras, no pobre,
envejecido y desilusionado, como la mayor parte de los que con él habían
hecho la campaña carlista, sino opulento, feliz y satisfecho con la
fortuna, hada malévola que en uno de sus caprichos le había hecho dueño
de una respetable cantidad de millones, y de una mujer que, a pesar de
su hermosura y de que podía ser su hija, le amaba con un amor tranquilo
y desprovisto de violentas emociones, pero tenaz e inquebrantable.
Los condes de Baselga fueron por mucho tiempo la pareja mimada de la
alta sociedad, los árbitros de la moda, los que imponían la ley en
materias de buen gusto y marchaban a la cabeza de ese tropel de gentes
distinguidas cuya única ocupación consiste en sostener el legendario
esplendor de generaciones que pasaron y encontrar el medio más elegante
de arrojar su dinero por la ventana.
Lo que hacía recaer con más insistencia la atención del mundo elegante
sobre los condes de Baselga era el mutuo cariño que se profesaban, aquel
amor tranquilo y sin límites que, por preocupaciones sociales, querían
ocultar en público encubriéndolo bajo esa indiferencia galante que en la
sociedad dorada es signo de buen tono, pero que, a pesar de esto,
asomaba siempre a la superficie.
Al poco tiempo de haber hecho ambos su aparición en el mundo elegante de
Madrid con todo el esplendor que da una colosal fortuna y una felicidad
que no permite preocuparse de economías, María vióse envuelta en una
agradable atmósfera de adoración galante. Los Baselga de aquella época,
oficialillos de Cuerpos distinguidos o elegantes, preocupados con el
último figurín de París o Londres, sintiéronse subyugados por aquella
nueva belleza tan distinta por su dulzura, su bondad y su elegante
sencillez, de las hermosuras de la corte, encerrando bajo sus magníficos
trajes y su capa de colorete todas las asquerosidades de un burdel y las
desvergüenzas irritantes de una verdulera.
Aquella belleza que surgía pura y sencilla de una existencia hasta
entonces retirada y casi claustral, que entraba en el ambiente
corrompido de la alta sociedad conservando su tenue aureola de una
castidad soñadora y enamorada, excitó el apetito de todos aquellos
tenorios, terribles derribadores de puertas abiertas, que realizaban las
difíciles conquistas de las linajudas damas que, mucho antes de que
ellos aventurasen la menor declaración, ya tenían el firme propósito de
entregarse tras una fingida resistencia.
La condesa María recibió a docenas las declaraciones de ardorosa pasión
dichas en una forma que ella había conocido algunos años antes leyendo
novelas francesas; no pudo bailar en ninguna de las grandiosas fiestas
de la aristocracia madrileña sin que al momento le deslizasen en el oído
vulgares frases de amor dichas con tono melodramático, y se vió obligada
a no aventurar una simple sonrisa de cortesía, so pena de que fuese
considerada por sus fatuos adoradores como una promesa de futura
benevolencia.
María se mostró fuerte, y ni por un solo instante logró turbarle aquella
seductora atmósfera en que se veía envuelta.
Aunque criada en un mundo aparte y desconociendo las costumbres de la
sociedad en que ahora vivía, su buen sentido la hacía adivinar el fondo
de brutalidad existente en aquella idolatría galante, y además, para
permanecer invulnerable a tales seducciones, capaces de perturbar una
cabeza ligera, contaba con el amor inmenso que profesaba a su esposo.
María, al lado de esta pasión sólo sentía otra, y era el afán de brillar
en la sociedad, de gozar los homenajes sin consecuencias, que en los
salones se tributaban a una mujer hermosa, rica, y que además reúne la
rara cualidad de ser honrada y no excitar a su paso chistes de mal
género, ni sonrisas irónicas, mal ocultadas tras los abanicos de plumas
de oro.
Afable, sonriente, y siempre demostrando una dulzura que la hacía
altamente simpática, la condesa de Baselga cruzaba el torbellino de
aquella sociedad, cuya murmuración la respetaba instintivamente,
olvidando su origen burgués; el bullir del vicio aristocrático, que
salpicaba a todos, no lograba manchar a aquella joven ingenua e
inexperta; pero esto era porque en público se mostraba como una estatua,
fría, inabordable e insensible, guardando toda su ternura para la
intimidad del hogar, donde se entregaba con el grato abandono de un ser
feliz y satisfecho, al hombre que había sido su primero y único amor.
Baselga no era menos feliz que su esposa. No se había engañado cuando,
en las noches de insomnio pasadas en su modesta habitación parisién de
la calle de los Santos Padres, se preguntaba si estaba realmente
enamorado de la hija del señor Avellaneda. El conde, a pesar del goce de
su amor y de la satisfacción de sus sentidos, puramente humanos, se
sentía dominado por una pasión cada vez más creciente, y que era tan
ideal y vaga, como la que experimenta un poeta por la mujer a quien
dedica sus primeros versos. Aquello era amor; y cuando recordaba la
brutal pasión sentida en otros tiempos ante los incitantes encantos de
su primera esposa, consideraba su anterior matrimonio como la conjunción
bestial de un libertino con una prostituta unidos por el vínculo de un
placer espasmódico, delirante, irritante e insaciable, propio de dos
fieras en celo.
Al establecerse Baselga en Madrid, vióse obligado a avistarse con un
antiguo amigo al que no profesaba ya simpatía alguna. Era éste el padre
Claudio.
Encargado el jesuíta de la administración de los bienes de Fernanda, la
hija de la baronesa de Carrillo, durante la permanencia de Baselga en
las filas carlistas y su emigración, el conde vióse precisado a tener
una entrevista con él para una entrega de cuentas puramente nominales.
Baselga, al llegar de París, se había instalado en un edificio nuevo de
la calle de Atocha, que compró a buen precio, y quería vender el caserón
de la calle del Arenal, que procuró no visitar, temiendo que la vista de
sus habitaciones, y especialmente el gabinete de su primera esposa,
evocara en su memoria horripilantes recuerdos.
Fernanda acababa de salir del convento donde se había educado, y vivía
al lado de su madrastra, que por su edad y su carácter consideraba como
a una hermana a la hija de su esposo.
Cuando Baselga recibió en su despacho la visita del padre Claudio,
experimentó cierta sorpresa. Por aquel hombre no pasaban los años. Bien
era verdad que su rostro no tenía la frescura natural de otros tiempos,
y que su figura gallarda comenzaba a verse desfigurada por una naciente
obesidad; pero a pesar de esto, el bello sacerdote era el mismo de
siempre. Afeites de tocador femenil devolvían a su rostro la seductora
ternura de otros tiempos; su boca, de artístico contorno, sonreía tan
graciosamente como en otros tiempos; sus ojos seguían manejando con
igual acierto aquella mirada dulce y afectuosa de hombre superior, que
se encuentra siempre muy por encima de las miserias mundanales, y su
ceñidor de seda apretaba con energía el abdomen rebelde, que
grotescamente aspiraba a atentar contra la gallardía de su cuerpo.
Era aquélla una revocación hecha con arte en la fachada que comenzaba a
tener grietas, y, gracias a aquel exquisito y artístico cuidado de su
persona, el padre Claudio permanecía inalterable y consecuente en su
papel de sacerdote elegante que inflamaba muchos corazones femeniles, y
que por su frialdad, mil veces puesta a prueba y siempre triunfante,
daba pábulo a las asquerosas murmuraciones de las damas despechadas, y
de las cuales no salían bien librados aquel bello Alcibíades con sotana
y los novicios de la Compañía.
La entrevista comenzó con cierta frialdad. El examen de las cuentas sólo
duró algunos minutos, y cuando el conde, después de dar las gracias con
ceremoniosa cortesía, comenzó a indicar lo grato que le sería quedarse
solo, el jesuíta, con todo el aspecto de una persona herida en sus más
caras afecciones que por dignidad quiere callar, pero que al fin,
instintivamente da rienda suelta a sus sentimientos, comenzó a
lamentarse de la conducta observada por el conde.
Aquello era incalificable para el buen padre Claudio. El conde estaba en
Madrid establecido hacía ya algunos meses, y no sólo se había cuidado de
no comunicarle directamente su llegada, sino que ahora, que le llamaba a
su casa, le recibía con la frialdad altanera que se observa con un
humilde administrador y hasta le daba a entender sus deseos de que se
retirase inmediatamente.
--Vamos a ver--decía el jesuíta con conmovido acento--. ¿Qué he hecho yo
para que se me trate de ese modo? ¿He faltado en alguna ocasión al
cariño y a la amistad que mil veces le he jurado? ¿Es que he sido
traidor a su afecto, o es que para merecer su amistad no he hecho
suficiente con los servicios que le he prestado en circunstancias
difíciles? Hable usted, por Dios, señor conde, pues yo soy hombre que no
puede sufrir con resignación antipatías infundadas, y no quiero que me
odie un amigo al que consideraba como un verdadero hermano. Crea usted
que su frialdad me mata, y que antes quiero sufrir los más crueles
tormentos que ver que me trata con despego y sin motivo alguno un hombre
al que profeso un cariño fraternal.
Y el padre Claudio, al hablar así, estaba realmente conmovedor. Contraía
su linda boca con un gesto de amargura, adoptaba el humilde aspecto de
un ser resignado, pero que protesta antes de sucumbir al dolor, y para
dar más fuerza a sus afirmaciones, se golpeaba suavemente el pecho y
miraba al cielo con ademán trágico.
Baselga no se conmovió con estas demostraciones. ¡A él con tales maulas!
Estaba muy equivocado el jesuíta si creía que era aún el muchacho
crédulo y sencillo de otros tiempos, que se dejaba manejar como un
imbécil. El había aprendido mucho; si, señor, los sucesos de su vida y,
especialmente, los que precedieron a su segundo casamiento y que, por lo
extraordinarios, eran dignos de figurar en una novela, le habían abierto
los ojos y enseñado quién era la Compañía de Jesús: una vasta asociación
de canallas que bien podían ponerlos donde hubiese, con la seguridad de
que sabrían con habilidad llenarse los bolsillos como si no hiciesen
nada; una banda de ladrones que se introducían bajo las más traidoras
formas en el seno de las familias, y durante muchos años estaban
preparando un golpe de mano contra la fortuna y la felicidad ajena, con
una paciencia y una astucia que les envidiaría el más terrible bandido.
El conde, al hablar de este modo, se enardecía, golpeaba la mesa con
furiosos puñetazos y miraba al jesuíta de tal modo que parecía querer
devorarlo con los ojos. La justa indignación producida por la diabólica
intriga de París, estallaba ahora con fuerza, después de haber estado
reprimida durante algunos meses.
El jesuíta, no encontrando entre aquel torbellino de acaloradas palabras
y agrias acusaciones un momento propicio para introducir en la indigna
arenga algunas excusas, limitábase a mirar al techo con el ademán del
que pone a alguien por testigo de su calumniada inocencia.
Pero el conde se mostraba implacable. Lo había dicho y lo repetía; no
quería conservar ninguna relación con la Compañía de Jesús, sociedad que
contaba con seres tan infames como el señor García y el padre Fabián
Renard, y como nadie era dueño absoluto de su voluntad, él podía escoger
en adelante sus amigos y deseaba no volver a cruzar la palabra con el
padre Claudio ni con ningún otro individuo de la Orden.
Todo tiene su término, hasta la más tempestuosa indignación de un hombre
enérgico y de carácter un tanto rudo; así es que llegó un instante en
que el conde calló, y entonces el hermoso jesuíta inició la ardua tarea
de sincerarse.
El no comprendía cómo un hombre tan religioso y de sanas ideas, como lo
era el conde de Baselga, decía aquellos improperios contra los
representantes de Dios, que son los hijos de San Ignacio de Loyola.
¿Acaso la corrupción liberal de Francia le había contaminado hasta el
punto de convertirlo en uno de aquellos miserables pecadores que negaban
autoridad al Papa y abominaban de la santa Compañía de Jesús? ¿Es que se
había hecho masón?
Y el dulce padre Claudio, al hablar de libertad y masonería, hacía
gestos de sagrado horror y pronunciaba tales palabras con la timidez
ruborosa de una dama remilgada que muy contra su voluntad tiene que
hablar de cosas repugnantes.
El conde se impacientó. El no era nada de aquello, ni le importaba
tampoco al padre Claudio el saberlo, y si se mostraba tan indignado
contra la Compañía, era porque ésta, valiéndose de intrigas miserables,
había querido encerrar a su esposa en un convento de París y se había
opuesto a sus amores, todo con el propósito de robar a María la fortuna
que había heredado de su madre.
Al llegar a este punto se trocaron los papeles, y el padre Claudio
estuvo sublime mostrándose poseído de una santa indignación, que casi le
hacía semejante a aquellos mártires del primitivo cristianismo, que se
enfurecían ante las blasfemias de los gentiles.
--¡Cómo!...--exclamó con gran calor--. ¿Sabe usted lo que dice? ¡La
santa Compañía de Jesús mezclándose en asuntos pecuniarios y perturbando
las familias con el afán de robar como usted dice! Eso es un absurdo,
señor conde. Usted está perturbado por causas que yo ignoro, y hace
recaer sobre una santa institución crímenes que nunca ha cometido ni
cometerá. ¿Dónde ha leído usted que la Compañía se mezcle en asuntos
como los que usted indica? ¿No sabe usted que nuestra Orden es pobre, y
que nosotros apenas si con los donativos de nuestros buenos amigos
podemos atender a sus múltiples necesidades y a las vastas y
civilizadoras empresas que ha acometido, todo para la mayor gloria de
Dios y el triunfo de la religión?
Y el padre Claudio, como si la indignación le sofocase, exhalaba con
furia interminables "¡ah!" y "¡oh!" y se llevaba las manos, con ademán
trágico, a los ricitos que orlaban su frente.
El bien reconocía que el conde tenía suficientes motivos para quejarse,
pues no era un secreto para él lo que había ocurrido en París a la
muerte del señor Avellaneda. Conocía todas las miserables intrigas del
señor García y del vicario general de la Compañía en Francia, y las
deploraba con toda su alma, mostrándose muy indignado por tan criminal
conducta. ¿Pero era justo que se hiciese responsable a la Compañía de
los crímenes de dos de sus individuos? ¿Hay en el mundo alguna
institución, por santa que sea, que esté exenta del peligro de cobijar a
miserables que urdan crímenes a su sombra?
El jesuíta hablaba con cierta fogosidad; su calma habitual había
desaparecido, y estaba hasta elocuente al anatematizar a los que
deshonraban a la Compañía con sus planes ambiciosos inspirados en un
egoísmo infame.
--No, señor conde. La Compañía no es responsable de las faltas de esos
dos desgraciados, y es una injusticia el querer arrojar sobre ella la
menor sombra de culpabilidad. La prueba de la inocencia de nuestra Orden
está en la actividad que ha demostrado para castigar a los culpables.
Y al llegar a este punto, el padre Claudio rayó a grande altura oratoria
reseñando el castigo sufrido por ambos miserables. Del señor García no
había que hablar. Semejante a Judas, atormentado en su conciencia por el
crimen frustrado, habíase arrojado al Sena, muriendo envuelto en el
nauseabundo fango del gran río.
Con el padre Fabián Renard el castigo había sido ejemplar. El general de
la Orden lo había despojado de la Dirección de la Compañía en Francia, y
ahora su susceptibilidad y su exagerado amor propio, sufrían un tormento
tan terrible como era verse recluído en una de las casas más miserables
de la Orden, desempeñando los oficios más denigrantes y penosos y
sirviendo de criado a los más humildes novicios. De este modo castigaba
la Compañía a los que la deshonraban intentando apoderarse de lo ajeno a
nombre de una asociación religiosa cuyos individuos habían hecho voto de
pobreza. ¿Había, pues, un motivo serio para injuriarla declarándola la
guerra?
El padre Claudio mentía como un miserable al decir esto, pero sus
notables facultades de actor daban un colorido de veracidad a aquellas
cínicas imposturas. El hermoso jesuíta conocía perfectamente la
verdadera causa del suicidio del señor García, y mejor aún el motivo por
qué había sido tan cruelmente castigado su compañero el padre Renard. No
era la codicia de éste la causa de su castigo, sino la torpeza que había
demostrado al querer apoderarse de los quince millones de francos de
María Avellaneda. El general de la Compañía no podía perdonarle el
escándalo que había producido poniendo en evidencia los pérfidos
trabajos del jesuitismo y dando motivos para que la prensa republicana
de Francia atacase a la Orden y el Gobierno la dirigiese terribles
amenazas.
Pero el padre Claudio sabía mentir, y ni por un momento perdió su
serenidad de hombre veraz que relata un suceso que conoce perfectamente.
A pesar de esto el conde no se mostraba convencido. Tenía motivos
sobrados para no creer que la Compañía era ajena a aquellas miserables
intrigas, y estaba convencido de que el padre Claudio también había
tenido su parte en la conspiración contra la fortuna de su esposa.
Porque si no, ¿de qué modo estaba en poder del padre Renard aquel
documento comprometedor que el conde había firmado declarándose asesino
de su primera esposa? ¿Cómo podía saber tan perfectamente el jefe del
jesuitismo en Francia un suceso del que sólo tenían conocimiento él y el
padre Claudio?
Esto lo dijo Baselga a su antiguo amigo el jesuíta, convencido de que
con tales palabras iba a anonadarlo; pero el padre Claudio, en vez de
confundirse con aquella acusación dirigida a su amistad, mostró una
ingenua extrañeza, exclamando:
--¡Cómo es eso! ¿El padre Renard conocía ese documento de que habláis, y
que yo me hubiese guardado mucho de recordar a usted? Parece imposible;
y le aseguro que ni yo ni el general de la Orden sabíamos que nuestro
indigno hermano se hubiese valido de tal medio. ¿Me cree usted capaz de
haber ayudado al padre Renard en sus infames tramas, prestándole un
documento que hace ya muchos años no obra en mi poder?
Y el astuto jesuíta, mostrando siempre gran extrañeza, comenzó a hacer
conjeturas acerca del medio de que se había valido su correligionario de
Francia para adquirir tal documento. Lo primero fué asegurar a Baselga
la imposibilidad de que la comprometedora declaración suscripta por él
hubiese estado en manos del padre Fabián.
Dicho papel sólo había estado algunos días en poder del padre Claudio,
el cual, cumpliendo lo preceptuado en los estatutos secretos de la
Orden, lo había enviado al gran archivo de Roma, de donde únicamente el
general podía sacarlo. Era, pues, un absurdo creer que el padre Renard,
al amenazar a Baselga, poseía tal papel, e indudablemente, si conocía su
existencia y contenido, sería por la infidelidad de algún secretario del
general, cuyas revelaciones le habrían servido para sus ambiciosos
planes.
El padre Claudio sabía que forjaba una novela pues aguzando su memoria
podía aún recordar la fecha en que había remitido a su cofrade de París
el tal documento junto con los informes secretos de la vida de Baselga,
pero esto no le impedía mentir con gran serenidad y con un aspecto de
beatífica honradez.
Los argumentos que empleaba para sincerarse no podían ser más
convincentes. ¿Qué interés tenía él para intervenir en los asuntos de la
familia Avellaneda? ¿Podía él conocer desde Madrid la existencia de una
familia española en lo más apartado del barrio parisién de San Sulpicio?
¿No era un crimen que aquel infame Renard, no contento con deshonrar a
la Compañía, lo comprometiese a él abusando de su nombre para hacerle
odioso a un buen amigo?
El hermoso jesuíta estaba sublime, poseído de aquella santa indignación.
Sí; él lo juraba por Dios, que le veía desde el cielo, y que le
castigaría si mentía; nunca había sostenido con el padre Fabián otras
relaciones que las puramente indispensables, atendidos sus respectivos
cargos, y la primera vez que había tenido noticia de la existencia de la
familia Avellaneda y su fortuna, fué al saber el segundo casamiento de
Baselga y el castigo que el general de la Compañía había hecho sufrir al
vicario general de Francia.
El sacerdote mentía, blasfemaba y era perjuro al hacer tales
afirmaciones, pero esto resultaban muy ligeros sacrificios para un
jesuíta empeñado en reconquistar la confianza de un hombre que podía
servirle de mucho para ciertos planes todavía acariciados con fruición
en la mente del padre Claudio.
A pesar de las calurosas explicaciones de éste, Baselga no se mostraba
convencido.
Esas intrigas de París le habían hecho adivinar en toda su extensión lo
que era la Orden, y desconfiaba de todo jesuíta, y especialmente del
padre Claudio, cuya astucia y doblez le eran conocidas.
Pero la conversación había entrado en terreno muy resbaladizo. El
jesuíta, que poco antes mostraba escrúpulos en hablar de aquel maldito
documento, trataba ahora de él con marcada predilección y sonreía con
aquella sonrisa que era signo de mal agüero para todos los que le
conocían bien.
Sus ojos estaban animados de extraño fuego, y en ciertos instantes
parecían los de un ave de rapiña contemplando a la víctima que tiene
bajo sus garras.
Aquello era un amenaza en toda regla, que el conde no tardó en
comprender.
El comprometedor documento, a juzgar por las palabras del jesuíta,
estaba en los archivos de Roma; pero fuese esto verdad o no, lo cierto
es que a cualquier hora podía tenerlo el padre Claudio en su poder y
hacerlo valer contra él.
Baselga comprendió los deseos del padre Claudio que, después de amenazar
mudamente, manifestaba con humildad el inmenso pesar que le producían
las sospechas del conde y su deseo de seguir siendo su mejor amigo.
Había que conjurar el peligro, y Baselga se decidió a aparentar que
creía en la inocencia del padre Claudio y de la Orden. Todas las razones
del jesuíta las aceptó como verdaderas, y la amistad se restableció
entre los dos hombres.
El final de la conferencia fué muy afectuoso, y Baselga hasta se mostró
arrepentido de haber puesto en duda la virtud de la Compañía, haciendo
caso al padre Claudio, que anatematizaba a los infames como el padre
Renard, que con sus delitos daban pretexto a la canalla de escritores
liberales para atacar a la Orden.
El hermoso jesuíta fué desde aquel día el verdadero dueño de la casa, y
reinó dulcemente sobre la voluntad de Baselga, que se dejaba dominar por
la fuerza únicamente, pues había va perdido su antigua fe.
Ahora comprendía el conde la verdad de muchas acusaciones que se
dirigían contra la Compañía. El que una vez caía en las garras del negro
monstruo, era su esclavo para siempre.