VII

El que se entrega a la Compañía es su esclavo para siempre.

Cuando el conde de Baselga, poco tiempo después de la muerte de don

Ricardo Avellaneda, se vió esposo de la hija de éste, abandonó París, y

aprovechando una de las muchas amnistías concedidas por los Gobiernos

del moderantismo a los emigrados carlistas, fué a establecerse en

Madrid.

Su esposa, la dulce María, que en su juventud tanto había soñado con

España, la patria de sus padres, ansiaba vivir en aquel país, escenario

obligado de todas las relaciones poéticas y románticas que tanto la

habían entusiasmado en su adolescencia.

En cuanto al conde de Baselga, no sentía menos interés por ir a vivir en

la capital española. Experimentaba ese amor dominante y casi loco que

sienten los emigrados por la patria a la cual no pueden volver, y a esta

pasión se unía el deseo egoísta y soberbio de aparecer tras un largo

eclipse en aquella ciudad, teatro de sus primeras aventuras, no pobre,

envejecido y desilusionado, como la mayor parte de los que con él habían

hecho la campaña carlista, sino opulento, feliz y satisfecho con la

fortuna, hada malévola que en uno de sus caprichos le había hecho dueño

de una respetable cantidad de millones, y de una mujer que, a pesar de

su hermosura y de que podía ser su hija, le amaba con un amor tranquilo

y desprovisto de violentas emociones, pero tenaz e inquebrantable.

Los condes de Baselga fueron por mucho tiempo la pareja mimada de la

alta sociedad, los árbitros de la moda, los que imponían la ley en

materias de buen gusto y marchaban a la cabeza de ese tropel de gentes

distinguidas cuya única ocupación consiste en sostener el legendario

esplendor de generaciones que pasaron y encontrar el medio más elegante

de arrojar su dinero por la ventana.

Lo que hacía recaer con más insistencia la atención del mundo elegante

sobre los condes de Baselga era el mutuo cariño que se profesaban, aquel

amor tranquilo y sin límites que, por preocupaciones sociales, querían

ocultar en público encubriéndolo bajo esa indiferencia galante que en la

sociedad dorada es signo de buen tono, pero que, a pesar de esto,

asomaba siempre a la superficie.

Al poco tiempo de haber hecho ambos su aparición en el mundo elegante de

Madrid con todo el esplendor que da una colosal fortuna y una felicidad

que no permite preocuparse de economías, María vióse envuelta en una

agradable atmósfera de adoración galante. Los Baselga de aquella época,

oficialillos de Cuerpos distinguidos o elegantes, preocupados con el

último figurín de París o Londres, sintiéronse subyugados por aquella

nueva belleza tan distinta por su dulzura, su bondad y su elegante

sencillez, de las hermosuras de la corte, encerrando bajo sus magníficos

trajes y su capa de colorete todas las asquerosidades de un burdel y las

desvergüenzas irritantes de una verdulera.

Aquella belleza que surgía pura y sencilla de una existencia hasta

entonces retirada y casi claustral, que entraba en el ambiente

corrompido de la alta sociedad conservando su tenue aureola de una

castidad soñadora y enamorada, excitó el apetito de todos aquellos

tenorios, terribles derribadores de puertas abiertas, que realizaban las

difíciles conquistas de las linajudas damas que, mucho antes de que

ellos aventurasen la menor declaración, ya tenían el firme propósito de

entregarse tras una fingida resistencia.

La condesa María recibió a docenas las declaraciones de ardorosa pasión

dichas en una forma que ella había conocido algunos años antes leyendo

novelas francesas; no pudo bailar en ninguna de las grandiosas fiestas

de la aristocracia madrileña sin que al momento le deslizasen en el oído

vulgares frases de amor dichas con tono melodramático, y se vió obligada

a no aventurar una simple sonrisa de cortesía, so pena de que fuese

considerada por sus fatuos adoradores como una promesa de futura

benevolencia.

María se mostró fuerte, y ni por un solo instante logró turbarle aquella

seductora atmósfera en que se veía envuelta.

Aunque criada en un mundo aparte y desconociendo las costumbres de la

sociedad en que ahora vivía, su buen sentido la hacía adivinar el fondo

de brutalidad existente en aquella idolatría galante, y además, para

permanecer invulnerable a tales seducciones, capaces de perturbar una

cabeza ligera, contaba con el amor inmenso que profesaba a su esposo.

María, al lado de esta pasión sólo sentía otra, y era el afán de brillar

en la sociedad, de gozar los homenajes sin consecuencias, que en los

salones se tributaban a una mujer hermosa, rica, y que además reúne la

rara cualidad de ser honrada y no excitar a su paso chistes de mal

género, ni sonrisas irónicas, mal ocultadas tras los abanicos de plumas

de oro.

Afable, sonriente, y siempre demostrando una dulzura que la hacía

altamente simpática, la condesa de Baselga cruzaba el torbellino de

aquella sociedad, cuya murmuración la respetaba instintivamente,

olvidando su origen burgués; el bullir del vicio aristocrático, que

salpicaba a todos, no lograba manchar a aquella joven ingenua e

inexperta; pero esto era porque en público se mostraba como una estatua,

fría, inabordable e insensible, guardando toda su ternura para la

intimidad del hogar, donde se entregaba con el grato abandono de un ser

feliz y satisfecho, al hombre que había sido su primero y único amor.

Baselga no era menos feliz que su esposa. No se había engañado cuando,

en las noches de insomnio pasadas en su modesta habitación parisién de

la calle de los Santos Padres, se preguntaba si estaba realmente

enamorado de la hija del señor Avellaneda. El conde, a pesar del goce de

su amor y de la satisfacción de sus sentidos, puramente humanos, se

sentía dominado por una pasión cada vez más creciente, y que era tan

ideal y vaga, como la que experimenta un poeta por la mujer a quien

dedica sus primeros versos. Aquello era amor; y cuando recordaba la

brutal pasión sentida en otros tiempos ante los incitantes encantos de

su primera esposa, consideraba su anterior matrimonio como la conjunción

bestial de un libertino con una prostituta unidos por el vínculo de un

placer espasmódico, delirante, irritante e insaciable, propio de dos

fieras en celo.

Al establecerse Baselga en Madrid, vióse obligado a avistarse con un

antiguo amigo al que no profesaba ya simpatía alguna. Era éste el padre

Claudio.

Encargado el jesuíta de la administración de los bienes de Fernanda, la

hija de la baronesa de Carrillo, durante la permanencia de Baselga en

las filas carlistas y su emigración, el conde vióse precisado a tener

una entrevista con él para una entrega de cuentas puramente nominales.

Baselga, al llegar de París, se había instalado en un edificio nuevo de

la calle de Atocha, que compró a buen precio, y quería vender el caserón

de la calle del Arenal, que procuró no visitar, temiendo que la vista de

sus habitaciones, y especialmente el gabinete de su primera esposa,

evocara en su memoria horripilantes recuerdos.

Fernanda acababa de salir del convento donde se había educado, y vivía

al lado de su madrastra, que por su edad y su carácter consideraba como

a una hermana a la hija de su esposo.

Cuando Baselga recibió en su despacho la visita del padre Claudio,

experimentó cierta sorpresa. Por aquel hombre no pasaban los años. Bien

era verdad que su rostro no tenía la frescura natural de otros tiempos,

y que su figura gallarda comenzaba a verse desfigurada por una naciente

obesidad; pero a pesar de esto, el bello sacerdote era el mismo de

siempre. Afeites de tocador femenil devolvían a su rostro la seductora

ternura de otros tiempos; su boca, de artístico contorno, sonreía tan

graciosamente como en otros tiempos; sus ojos seguían manejando con

igual acierto aquella mirada dulce y afectuosa de hombre superior, que

se encuentra siempre muy por encima de las miserias mundanales, y su

ceñidor de seda apretaba con energía el abdomen rebelde, que

grotescamente aspiraba a atentar contra la gallardía de su cuerpo.

Era aquélla una revocación hecha con arte en la fachada que comenzaba a

tener grietas, y, gracias a aquel exquisito y artístico cuidado de su

persona, el padre Claudio permanecía inalterable y consecuente en su

papel de sacerdote elegante que inflamaba muchos corazones femeniles, y

que por su frialdad, mil veces puesta a prueba y siempre triunfante,

daba pábulo a las asquerosas murmuraciones de las damas despechadas, y

de las cuales no salían bien librados aquel bello Alcibíades con sotana

y los novicios de la Compañía.

La entrevista comenzó con cierta frialdad. El examen de las cuentas sólo

duró algunos minutos, y cuando el conde, después de dar las gracias con

ceremoniosa cortesía, comenzó a indicar lo grato que le sería quedarse

solo, el jesuíta, con todo el aspecto de una persona herida en sus más

caras afecciones que por dignidad quiere callar, pero que al fin,

instintivamente da rienda suelta a sus sentimientos, comenzó a

lamentarse de la conducta observada por el conde.

Aquello era incalificable para el buen padre Claudio. El conde estaba en

Madrid establecido hacía ya algunos meses, y no sólo se había cuidado de

no comunicarle directamente su llegada, sino que ahora, que le llamaba a

su casa, le recibía con la frialdad altanera que se observa con un

humilde administrador y hasta le daba a entender sus deseos de que se

retirase inmediatamente.

--Vamos a ver--decía el jesuíta con conmovido acento--. ¿Qué he hecho yo

para que se me trate de ese modo? ¿He faltado en alguna ocasión al

cariño y a la amistad que mil veces le he jurado? ¿Es que he sido

traidor a su afecto, o es que para merecer su amistad no he hecho

suficiente con los servicios que le he prestado en circunstancias

difíciles? Hable usted, por Dios, señor conde, pues yo soy hombre que no

puede sufrir con resignación antipatías infundadas, y no quiero que me

odie un amigo al que consideraba como un verdadero hermano. Crea usted

que su frialdad me mata, y que antes quiero sufrir los más crueles

tormentos que ver que me trata con despego y sin motivo alguno un hombre

al que profeso un cariño fraternal.

Y el padre Claudio, al hablar así, estaba realmente conmovedor. Contraía

su linda boca con un gesto de amargura, adoptaba el humilde aspecto de

un ser resignado, pero que protesta antes de sucumbir al dolor, y para

dar más fuerza a sus afirmaciones, se golpeaba suavemente el pecho y

miraba al cielo con ademán trágico.

Baselga no se conmovió con estas demostraciones. ¡A él con tales maulas!

Estaba muy equivocado el jesuíta si creía que era aún el muchacho

crédulo y sencillo de otros tiempos, que se dejaba manejar como un

imbécil. El había aprendido mucho; si, señor, los sucesos de su vida y,

especialmente, los que precedieron a su segundo casamiento y que, por lo

extraordinarios, eran dignos de figurar en una novela, le habían abierto

los ojos y enseñado quién era la Compañía de Jesús: una vasta asociación

de canallas que bien podían ponerlos donde hubiese, con la seguridad de

que sabrían con habilidad llenarse los bolsillos como si no hiciesen

nada; una banda de ladrones que se introducían bajo las más traidoras

formas en el seno de las familias, y durante muchos años estaban

preparando un golpe de mano contra la fortuna y la felicidad ajena, con

una paciencia y una astucia que les envidiaría el más terrible bandido.

El conde, al hablar de este modo, se enardecía, golpeaba la mesa con

furiosos puñetazos y miraba al jesuíta de tal modo que parecía querer

devorarlo con los ojos. La justa indignación producida por la diabólica

intriga de París, estallaba ahora con fuerza, después de haber estado

reprimida durante algunos meses.

El jesuíta, no encontrando entre aquel torbellino de acaloradas palabras

y agrias acusaciones un momento propicio para introducir en la indigna

arenga algunas excusas, limitábase a mirar al techo con el ademán del

que pone a alguien por testigo de su calumniada inocencia.

Pero el conde se mostraba implacable. Lo había dicho y lo repetía; no

quería conservar ninguna relación con la Compañía de Jesús, sociedad que

contaba con seres tan infames como el señor García y el padre Fabián

Renard, y como nadie era dueño absoluto de su voluntad, él podía escoger

en adelante sus amigos y deseaba no volver a cruzar la palabra con el

padre Claudio ni con ningún otro individuo de la Orden.

Todo tiene su término, hasta la más tempestuosa indignación de un hombre

enérgico y de carácter un tanto rudo; así es que llegó un instante en

que el conde calló, y entonces el hermoso jesuíta inició la ardua tarea

de sincerarse.

El no comprendía cómo un hombre tan religioso y de sanas ideas, como lo

era el conde de Baselga, decía aquellos improperios contra los

representantes de Dios, que son los hijos de San Ignacio de Loyola.

¿Acaso la corrupción liberal de Francia le había contaminado hasta el

punto de convertirlo en uno de aquellos miserables pecadores que negaban

autoridad al Papa y abominaban de la santa Compañía de Jesús? ¿Es que se

había hecho masón?

Y el dulce padre Claudio, al hablar de libertad y masonería, hacía

gestos de sagrado horror y pronunciaba tales palabras con la timidez

ruborosa de una dama remilgada que muy contra su voluntad tiene que

hablar de cosas repugnantes.

El conde se impacientó. El no era nada de aquello, ni le importaba

tampoco al padre Claudio el saberlo, y si se mostraba tan indignado

contra la Compañía, era porque ésta, valiéndose de intrigas miserables,

había querido encerrar a su esposa en un convento de París y se había

opuesto a sus amores, todo con el propósito de robar a María la fortuna

que había heredado de su madre.

Al llegar a este punto se trocaron los papeles, y el padre Claudio

estuvo sublime mostrándose poseído de una santa indignación, que casi le

hacía semejante a aquellos mártires del primitivo cristianismo, que se

enfurecían ante las blasfemias de los gentiles.

--¡Cómo!...--exclamó con gran calor--. ¿Sabe usted lo que dice? ¡La

santa Compañía de Jesús mezclándose en asuntos pecuniarios y perturbando

las familias con el afán de robar como usted dice! Eso es un absurdo,

señor conde. Usted está perturbado por causas que yo ignoro, y hace

recaer sobre una santa institución crímenes que nunca ha cometido ni

cometerá. ¿Dónde ha leído usted que la Compañía se mezcle en asuntos

como los que usted indica? ¿No sabe usted que nuestra Orden es pobre, y

que nosotros apenas si con los donativos de nuestros buenos amigos

podemos atender a sus múltiples necesidades y a las vastas y

civilizadoras empresas que ha acometido, todo para la mayor gloria de

Dios y el triunfo de la religión?

Y el padre Claudio, como si la indignación le sofocase, exhalaba con

furia interminables "¡ah!" y "¡oh!" y se llevaba las manos, con ademán

trágico, a los ricitos que orlaban su frente.

El bien reconocía que el conde tenía suficientes motivos para quejarse,

pues no era un secreto para él lo que había ocurrido en París a la

muerte del señor Avellaneda. Conocía todas las miserables intrigas del

señor García y del vicario general de la Compañía en Francia, y las

deploraba con toda su alma, mostrándose muy indignado por tan criminal

conducta. ¿Pero era justo que se hiciese responsable a la Compañía de

los crímenes de dos de sus individuos? ¿Hay en el mundo alguna

institución, por santa que sea, que esté exenta del peligro de cobijar a

miserables que urdan crímenes a su sombra?

El jesuíta hablaba con cierta fogosidad; su calma habitual había

desaparecido, y estaba hasta elocuente al anatematizar a los que

deshonraban a la Compañía con sus planes ambiciosos inspirados en un

egoísmo infame.

--No, señor conde. La Compañía no es responsable de las faltas de esos

dos desgraciados, y es una injusticia el querer arrojar sobre ella la

menor sombra de culpabilidad. La prueba de la inocencia de nuestra Orden

está en la actividad que ha demostrado para castigar a los culpables.

Y al llegar a este punto, el padre Claudio rayó a grande altura oratoria

reseñando el castigo sufrido por ambos miserables. Del señor García no

había que hablar. Semejante a Judas, atormentado en su conciencia por el

crimen frustrado, habíase arrojado al Sena, muriendo envuelto en el

nauseabundo fango del gran río.

Con el padre Fabián Renard el castigo había sido ejemplar. El general de

la Orden lo había despojado de la Dirección de la Compañía en Francia, y

ahora su susceptibilidad y su exagerado amor propio, sufrían un tormento

tan terrible como era verse recluído en una de las casas más miserables

de la Orden, desempeñando los oficios más denigrantes y penosos y

sirviendo de criado a los más humildes novicios. De este modo castigaba

la Compañía a los que la deshonraban intentando apoderarse de lo ajeno a

nombre de una asociación religiosa cuyos individuos habían hecho voto de

pobreza. ¿Había, pues, un motivo serio para injuriarla declarándola la

guerra?

El padre Claudio mentía como un miserable al decir esto, pero sus

notables facultades de actor daban un colorido de veracidad a aquellas

cínicas imposturas. El hermoso jesuíta conocía perfectamente la

verdadera causa del suicidio del señor García, y mejor aún el motivo por

qué había sido tan cruelmente castigado su compañero el padre Renard. No

era la codicia de éste la causa de su castigo, sino la torpeza que había

demostrado al querer apoderarse de los quince millones de francos de

María Avellaneda. El general de la Compañía no podía perdonarle el

escándalo que había producido poniendo en evidencia los pérfidos

trabajos del jesuitismo y dando motivos para que la prensa republicana

de Francia atacase a la Orden y el Gobierno la dirigiese terribles

amenazas.

Pero el padre Claudio sabía mentir, y ni por un momento perdió su

serenidad de hombre veraz que relata un suceso que conoce perfectamente.

A pesar de esto el conde no se mostraba convencido. Tenía motivos

sobrados para no creer que la Compañía era ajena a aquellas miserables

intrigas, y estaba convencido de que el padre Claudio también había

tenido su parte en la conspiración contra la fortuna de su esposa.

Porque si no, ¿de qué modo estaba en poder del padre Renard aquel

documento comprometedor que el conde había firmado declarándose asesino

de su primera esposa? ¿Cómo podía saber tan perfectamente el jefe del

jesuitismo en Francia un suceso del que sólo tenían conocimiento él y el

padre Claudio?

Esto lo dijo Baselga a su antiguo amigo el jesuíta, convencido de que

con tales palabras iba a anonadarlo; pero el padre Claudio, en vez de

confundirse con aquella acusación dirigida a su amistad, mostró una

ingenua extrañeza, exclamando:

--¡Cómo es eso! ¿El padre Renard conocía ese documento de que habláis, y

que yo me hubiese guardado mucho de recordar a usted? Parece imposible;

y le aseguro que ni yo ni el general de la Orden sabíamos que nuestro

indigno hermano se hubiese valido de tal medio. ¿Me cree usted capaz de

haber ayudado al padre Renard en sus infames tramas, prestándole un

documento que hace ya muchos años no obra en mi poder?

Y el astuto jesuíta, mostrando siempre gran extrañeza, comenzó a hacer

conjeturas acerca del medio de que se había valido su correligionario de

Francia para adquirir tal documento. Lo primero fué asegurar a Baselga

la imposibilidad de que la comprometedora declaración suscripta por él

hubiese estado en manos del padre Fabián.

Dicho papel sólo había estado algunos días en poder del padre Claudio,

el cual, cumpliendo lo preceptuado en los estatutos secretos de la

Orden, lo había enviado al gran archivo de Roma, de donde únicamente el

general podía sacarlo. Era, pues, un absurdo creer que el padre Renard,

al amenazar a Baselga, poseía tal papel, e indudablemente, si conocía su

existencia y contenido, sería por la infidelidad de algún secretario del

general, cuyas revelaciones le habrían servido para sus ambiciosos

planes.

El padre Claudio sabía que forjaba una novela pues aguzando su memoria

podía aún recordar la fecha en que había remitido a su cofrade de París

el tal documento junto con los informes secretos de la vida de Baselga,

pero esto no le impedía mentir con gran serenidad y con un aspecto de

beatífica honradez.

Los argumentos que empleaba para sincerarse no podían ser más

convincentes. ¿Qué interés tenía él para intervenir en los asuntos de la

familia Avellaneda? ¿Podía él conocer desde Madrid la existencia de una

familia española en lo más apartado del barrio parisién de San Sulpicio?

¿No era un crimen que aquel infame Renard, no contento con deshonrar a

la Compañía, lo comprometiese a él abusando de su nombre para hacerle

odioso a un buen amigo?

El hermoso jesuíta estaba sublime, poseído de aquella santa indignación.

Sí; él lo juraba por Dios, que le veía desde el cielo, y que le

castigaría si mentía; nunca había sostenido con el padre Fabián otras

relaciones que las puramente indispensables, atendidos sus respectivos

cargos, y la primera vez que había tenido noticia de la existencia de la

familia Avellaneda y su fortuna, fué al saber el segundo casamiento de

Baselga y el castigo que el general de la Compañía había hecho sufrir al

vicario general de Francia.

El sacerdote mentía, blasfemaba y era perjuro al hacer tales

afirmaciones, pero esto resultaban muy ligeros sacrificios para un

jesuíta empeñado en reconquistar la confianza de un hombre que podía

servirle de mucho para ciertos planes todavía acariciados con fruición

en la mente del padre Claudio.

A pesar de las calurosas explicaciones de éste, Baselga no se mostraba

convencido.

Esas intrigas de París le habían hecho adivinar en toda su extensión lo

que era la Orden, y desconfiaba de todo jesuíta, y especialmente del

padre Claudio, cuya astucia y doblez le eran conocidas.

Pero la conversación había entrado en terreno muy resbaladizo. El

jesuíta, que poco antes mostraba escrúpulos en hablar de aquel maldito

documento, trataba ahora de él con marcada predilección y sonreía con

aquella sonrisa que era signo de mal agüero para todos los que le

conocían bien.

Sus ojos estaban animados de extraño fuego, y en ciertos instantes

parecían los de un ave de rapiña contemplando a la víctima que tiene

bajo sus garras.

Aquello era un amenaza en toda regla, que el conde no tardó en

comprender.

El comprometedor documento, a juzgar por las palabras del jesuíta,

estaba en los archivos de Roma; pero fuese esto verdad o no, lo cierto

es que a cualquier hora podía tenerlo el padre Claudio en su poder y

hacerlo valer contra él.

Baselga comprendió los deseos del padre Claudio que, después de amenazar

mudamente, manifestaba con humildad el inmenso pesar que le producían

las sospechas del conde y su deseo de seguir siendo su mejor amigo.

Había que conjurar el peligro, y Baselga se decidió a aparentar que

creía en la inocencia del padre Claudio y de la Orden. Todas las razones

del jesuíta las aceptó como verdaderas, y la amistad se restableció

entre los dos hombres.

El final de la conferencia fué muy afectuoso, y Baselga hasta se mostró

arrepentido de haber puesto en duda la virtud de la Compañía, haciendo

caso al padre Claudio, que anatematizaba a los infames como el padre

Renard, que con sus delitos daban pretexto a la canalla de escritores

liberales para atacar a la Orden.

El hermoso jesuíta fué desde aquel día el verdadero dueño de la casa, y

reinó dulcemente sobre la voluntad de Baselga, que se dejaba dominar por

la fuerza únicamente, pues había va perdido su antigua fe.

Ahora comprendía el conde la verdad de muchas acusaciones que se

dirigían contra la Compañía. El que una vez caía en las garras del negro

monstruo, era su esclavo para siempre.

La araña negra, t. 3/9 · 第 13 / 23 题