VI

El señorito dice misa.

No tuvo tiempo Alvarez para pensar en la desaparición de Enriqueta, pues

una desgracia vino a sacarle de su preocupación amorosa.

Sus parientes de Pamplona le escribieron a los pocos días notificándole

que su madre estaba enferma de gravedad, y cuando ya se disponía a pedir

una licencia a su coronel para trasladarse a la capital navarra, recibió

un telegrama que, con el cruel laconismo propio de tales casos, le

noticiaba el fallecimiento de la enferma.

El dolor que experimentó el capitán borró de su memoria todo recuerdo

amoroso, y pasó mucho tiempo entregado a una cruel melancolía, pensando

únicamente en aquellos padres tan rudos como bondadosos, que le creían

un genio del porvenir, y que habían muerto viéndole todavía confundido

entre el vulgo de los mortales.

La repentina desgracia fué muy útil para Alvarez.

El recuerdo de la madre borró el de la mujer amada, y aquel hombre, cuyo

carácter sentía la necesidad de aferrar tenazmente a su memoria un

recuerdo fijo y acariciarlo a todas horas, sólo se preocupó de la

difunta, mostrándose en público como poseído de eterna tristeza.

Perico, que creía un deber alegrarse cuando su amo estaba contento y

reproducir de igual modo su tristeza, mostrábase en esta ocasión

melancólico y desalentado cuando se reunía con otro asistente; pero hay

que confesar que aun llamándose en su interiormente perverso y mal

corazón, se alegraba del suceso, no porque tuviese ningún resentimiento

con la madre del señorito, sino porque su muerte había venido a librarle

del peligro que le ofrecía una mujer desconocida, a quien el capitán

parecía amar con delirio.

El único punto negro en el porvenir de Perico era la suposición de que

algún día el capitán Alvarez llegase a casarse. El fiel asistente, en su

cariño al señor, llegaba hasta a los sentimientos femeniles, y como si

fuese una mujer temerosa de una infidelidad, experimentaba algo de celos

y de rabia al pensar que algún día podía su amo casarse, rompiéndose

con esto aquella unión respetuosa, pero fraternal, que entre los dos

existía.

Aquel muchacho experimentaba un gozo sin límites al ver que el capitán

permanecía triste e impresionado por la muerte de su madre y no se

acordaba de montar a caballo ni de borronear versos, siempre dedicados a

aquella desconocida Enriqueta.

Así transcurrieron algunos meses, y al hallarse en pleno verano, Alvarez

comenzó a abandonar su triste vida, que le tenía reducido muchas horas

en su habitación o le lanzaba a solitarios paseos.

Su asistente comenzó a notar que salía de casa con más frecuencia, que

en determinadas noches se retiraba tarde, y que a pesar de su afición al

"oficio", que le hacía considerar el uniforme como su vestidura eterna,

salía a menudo en traje de paisano.

Esto lo consideraba Perico como muy extraño, sin poder explicarse la

causa y aun aumentaban más sus sospechas las nuevas amistades que su amo

parecía haber contraído.

Señores de aspecto elegante venían a aquella humilde casa de huéspedes

para visitar al capitán, y algunas veces permanecían encerrados con él

algunas horas hablando muy quedo.

Alvarez pasaba bastantes noches en claro, revisando papeles y

escribiendo, y cuando Perico, aguijoneado por la curiosidad que en él

hacía nacer la posibilidad de nuevos amoríos, examinó una mañana los

documentos que tanto absorbían la atención de su amo, se encontró que

eran el escalafón general de los jefes y oficiales del ejército, que el

capitán revisaba con gran minuciosidad, colocando al lado de ciertos

nombres señales convencionales que eran crucecitas rojas o azules.

Aquello no era cosa de amores, y esta reflexión bastó para que el

asistente volviera a su antigua e impasible indiferencia, cuidándose en

adelante de mezclarse en los asuntos de su amo.

A pesar de estos propósitos el muchacho no pudo evitar que le llamase

profundamente la atención el aire misterioso que tenían algunas veces

los nuevos amigos de su amo, así como las precauciones que tomaba éste

al hacer sus salidas en ciertas noches, vistiéndose de un modo que,

aunque no carecía de naturalidad, desfiguraba algo su persona.

El capitán parecía muy preocupado, pero no con la tristeza de algún

tiempo antes, sino poseído de agitación febril y como desesperado de no

poder atender a múltiples y apremiantes ocupaciones.

Algunos días no comía en casa, y después Perico, por conducto de otros

asistentes, sabía que su señorito iba de francachela honesta con otros

oficiales de distintos cuerpos de la guarnición, hablando a los postres

con gran secreto, de cosas que sólo ellos conocían.

El asistente no sentía ninguna alarma, pues a él, fuera de los amoríos

serios, no le atemorizaba ninguno de los compromisos en que pudiera

verse su señor.

Sin embargo, una tarde llegó a interesarse seriamente en los asuntos de

su amo por la forma misteriosa en que éstos fueron revelados. El capitán

había salido una hora antes y el asistente rondaba la cocina, donde

fregaba la maritornes gallega, cuyas exuberantes formas se complacía en

pellizcar, al menor descuido, el tuno de Perico.

Sonó la campanilla de la puerta de la escalera y el asistente fué a

abrir, queriendo evitar este trabajo a su adorada gallega.

Un hombre del pueblo, un obrero de blanca blusa y rostro curtido de

rasgos duros, entró en el recibimiento preguntando con aire imperioso:

--¿Está el capitán?

--Salió hace una hora. ¿Qué quiere usted?

--Yo... nada--dijo el obrero después de vacilar un buen rato.

--Puede usted decirme lo que quiera sin miedo, porque yo soy su

asistente desde hace algunos años.

--Entonces--contestó el hombre después de reflexionar largo rato--, dile

a tu señorito que esta noche dice misa.

Perico se quedó estupefacto hasta el punto de dudar de lo que tan

claramente había oído. Hubo un momento en que creyó que aquel hombre era

un chusco de mal género, y hasta pensó en la conveniencia de darle un

soberbio coscorrón; pero el aire grave y un tanto majestuoso del obrero,

al decir tales palabras, le convenció de que se hallaba muy lejos de

burlarse.

Pero el asistente, por salir de su asombro, buscó instintivamente

cualquier palabra, y sin darse cuenta de ello preguntó:

--¿Y a qué hora ha de decir misa?

Entonces fué al obrero a quien le tocó mostrar asombro:

--¡A qué hora ha de ser! A la de siempre. Tú dale el recado tal como yo

lo digo, que al buen entendedor...

Y se fué.

Cuando el capitán volvió a la hora de la comida, su asistente le relató

todo lo ocurrido con el aire más natural del mundo, como si se tratara

de cosas que él tuviera olvidadas de puro sabidas.

Su amo le oyó impasible y sin pestañear, no causándole la menor

impresión el que fuese invitado a decir misa el héroe que tanto se había

lucido en Castillejos y en el campamento de Tetuán.

--Es una seña convenida, no hay duda--se dijo Perico, a través de cuya

corteza ruda comenzaba a filtrarse la sospecha de lo que aquel misterio

significaba.

Cuando su amo salió de casa a las nueve de la noche, el asistente pensó

en seguirlo para averiguar la verdad que encerraban tantos secretos. Fué

ésta una idea que rápidamente surgió en su pensamiento y el muchacho la

puso inmediatamente en práctica sin pararse a reflexionarla.

Al verse en la calle se avergonzó de su arranque y la conciencia pareció

insultarle por aquella ligereza que afeaba su fidelidad y solicitud de

algunos años.

¡Espiar a su amo! ¡Quién podía aprobar tan repugnante absurdo! Además, a

él no le importaban los negocios particulares del capitán, y faltaba

villanamente a su deber queriendo inmiscuirse en ellos... Pero cuando

tales reflexiones se hacía, su amo, que se alejaba con apresurado paso,

iba ya a doblar la esquina de la calle, y él, por instintivo impulso le

siguió, aunque lamentándose interiormente de ser capaz de semejante

atentado.

La curiosidad, naciendo repentinamente en él, le dominaba hasta el punto

de convertirlo en un autómata.

Siguiendo a su amo a bastante distancia, llegó Perico a la plaza de

Santo Domingo, y entrando el capitán en una de las calles inmediatas

desapareció en el sucio y mal alumbrado portal de una casa de modesta

apariencia.

Allí era, sin duda, donde se presenciaba un espectáculo tan raro como

era que un capitán del ejército español dijese misa.

El asistente quedó en acecho. Lo que había visto no desvanecía el

misterio y deseaba atrapar algún detalle convincente que diese más luz

al asunto.

No fué larga su espera. Separados por cortos intervalos de tiempo,

fueron entrando en el mezquino portal una docena de personas en las

cuales reconoció Perico a algunos de los señores que con aire tan

misterioso visitaban a su amo, y a un comandante de otro regimiento,

que era gran amigo del capitán Alvarez.

Transcurrieron algunos minutos sin que entrara ninguna otra persona, y

se retiraba ya el asistente de la esquina desde donde espiaba, cuando

dobló aquélla, tropezando rudamente con él un caballero de mediana

estatura, moreno y nervioso, que llevaba demasiado encasquetado sobre el

rostro su sombrero de copa y ceñía su levita con aire algo militar.

El caballero, al tropezar con Perico, le miró rápidamente con brillantes

ojos en que se notaba cierta expresión de desconfianza, pareció dudar un

breve momento y después siguió adelante, afectando indiferencia y

golpeando el suelo con el bastón, hasta que desapareció en el mismo

portal que los otros.

El asistente se quedó asombrado, pegado a la pared y sin ánimo ni aun

para respirar. ¡Gran Dios! ¿Se habría equivocado? ¿Sería aquel hombre

una visión? ¿No existiría entre él y el otro un extraño parecido? Pero

no; la duda era inútil. Aquellos ojos de arrogante fiereza eran los

mismos que brillaban bajo los pliegues de la bandera española en la

jornada de los Castillejos; aquel rostro cetrino, enjuto y de rasgos

duros y enérgicos, era el del general Prim.

Además, para desvanecer cuantas dudas pudieran ocurrírsele al asistente,

acudieron a su memoria la revisión del escalafón, las misteriosas

visitas y, sobre todo, las ideas políticas de su amo, que él sabía

perfectamente.

Por fin conocía la verdad. El capitán conspiraba, y aquellas reuniones

eran conciliábulos preparativos de una revolución.

Ya sabía él quién pagaría aquellas misas. El Gobierno.

La araña negra, t. 3/9 · 第 12 / 23 题