El señorito dice misa.
No tuvo tiempo Alvarez para pensar en la desaparición de Enriqueta, pues
una desgracia vino a sacarle de su preocupación amorosa.
Sus parientes de Pamplona le escribieron a los pocos días notificándole
que su madre estaba enferma de gravedad, y cuando ya se disponía a pedir
una licencia a su coronel para trasladarse a la capital navarra, recibió
un telegrama que, con el cruel laconismo propio de tales casos, le
noticiaba el fallecimiento de la enferma.
El dolor que experimentó el capitán borró de su memoria todo recuerdo
amoroso, y pasó mucho tiempo entregado a una cruel melancolía, pensando
únicamente en aquellos padres tan rudos como bondadosos, que le creían
un genio del porvenir, y que habían muerto viéndole todavía confundido
entre el vulgo de los mortales.
La repentina desgracia fué muy útil para Alvarez.
El recuerdo de la madre borró el de la mujer amada, y aquel hombre, cuyo
carácter sentía la necesidad de aferrar tenazmente a su memoria un
recuerdo fijo y acariciarlo a todas horas, sólo se preocupó de la
difunta, mostrándose en público como poseído de eterna tristeza.
Perico, que creía un deber alegrarse cuando su amo estaba contento y
reproducir de igual modo su tristeza, mostrábase en esta ocasión
melancólico y desalentado cuando se reunía con otro asistente; pero hay
que confesar que aun llamándose en su interiormente perverso y mal
corazón, se alegraba del suceso, no porque tuviese ningún resentimiento
con la madre del señorito, sino porque su muerte había venido a librarle
del peligro que le ofrecía una mujer desconocida, a quien el capitán
parecía amar con delirio.
El único punto negro en el porvenir de Perico era la suposición de que
algún día el capitán Alvarez llegase a casarse. El fiel asistente, en su
cariño al señor, llegaba hasta a los sentimientos femeniles, y como si
fuese una mujer temerosa de una infidelidad, experimentaba algo de celos
y de rabia al pensar que algún día podía su amo casarse, rompiéndose
con esto aquella unión respetuosa, pero fraternal, que entre los dos
existía.
Aquel muchacho experimentaba un gozo sin límites al ver que el capitán
permanecía triste e impresionado por la muerte de su madre y no se
acordaba de montar a caballo ni de borronear versos, siempre dedicados a
aquella desconocida Enriqueta.
Así transcurrieron algunos meses, y al hallarse en pleno verano, Alvarez
comenzó a abandonar su triste vida, que le tenía reducido muchas horas
en su habitación o le lanzaba a solitarios paseos.
Su asistente comenzó a notar que salía de casa con más frecuencia, que
en determinadas noches se retiraba tarde, y que a pesar de su afición al
"oficio", que le hacía considerar el uniforme como su vestidura eterna,
salía a menudo en traje de paisano.
Esto lo consideraba Perico como muy extraño, sin poder explicarse la
causa y aun aumentaban más sus sospechas las nuevas amistades que su amo
parecía haber contraído.
Señores de aspecto elegante venían a aquella humilde casa de huéspedes
para visitar al capitán, y algunas veces permanecían encerrados con él
algunas horas hablando muy quedo.
Alvarez pasaba bastantes noches en claro, revisando papeles y
escribiendo, y cuando Perico, aguijoneado por la curiosidad que en él
hacía nacer la posibilidad de nuevos amoríos, examinó una mañana los
documentos que tanto absorbían la atención de su amo, se encontró que
eran el escalafón general de los jefes y oficiales del ejército, que el
capitán revisaba con gran minuciosidad, colocando al lado de ciertos
nombres señales convencionales que eran crucecitas rojas o azules.
Aquello no era cosa de amores, y esta reflexión bastó para que el
asistente volviera a su antigua e impasible indiferencia, cuidándose en
adelante de mezclarse en los asuntos de su amo.
A pesar de estos propósitos el muchacho no pudo evitar que le llamase
profundamente la atención el aire misterioso que tenían algunas veces
los nuevos amigos de su amo, así como las precauciones que tomaba éste
al hacer sus salidas en ciertas noches, vistiéndose de un modo que,
aunque no carecía de naturalidad, desfiguraba algo su persona.
El capitán parecía muy preocupado, pero no con la tristeza de algún
tiempo antes, sino poseído de agitación febril y como desesperado de no
poder atender a múltiples y apremiantes ocupaciones.
Algunos días no comía en casa, y después Perico, por conducto de otros
asistentes, sabía que su señorito iba de francachela honesta con otros
oficiales de distintos cuerpos de la guarnición, hablando a los postres
con gran secreto, de cosas que sólo ellos conocían.
El asistente no sentía ninguna alarma, pues a él, fuera de los amoríos
serios, no le atemorizaba ninguno de los compromisos en que pudiera
verse su señor.
Sin embargo, una tarde llegó a interesarse seriamente en los asuntos de
su amo por la forma misteriosa en que éstos fueron revelados. El capitán
había salido una hora antes y el asistente rondaba la cocina, donde
fregaba la maritornes gallega, cuyas exuberantes formas se complacía en
pellizcar, al menor descuido, el tuno de Perico.
Sonó la campanilla de la puerta de la escalera y el asistente fué a
abrir, queriendo evitar este trabajo a su adorada gallega.
Un hombre del pueblo, un obrero de blanca blusa y rostro curtido de
rasgos duros, entró en el recibimiento preguntando con aire imperioso:
--¿Está el capitán?
--Salió hace una hora. ¿Qué quiere usted?
--Yo... nada--dijo el obrero después de vacilar un buen rato.
--Puede usted decirme lo que quiera sin miedo, porque yo soy su
asistente desde hace algunos años.
--Entonces--contestó el hombre después de reflexionar largo rato--, dile
a tu señorito que esta noche dice misa.
Perico se quedó estupefacto hasta el punto de dudar de lo que tan
claramente había oído. Hubo un momento en que creyó que aquel hombre era
un chusco de mal género, y hasta pensó en la conveniencia de darle un
soberbio coscorrón; pero el aire grave y un tanto majestuoso del obrero,
al decir tales palabras, le convenció de que se hallaba muy lejos de
burlarse.
Pero el asistente, por salir de su asombro, buscó instintivamente
cualquier palabra, y sin darse cuenta de ello preguntó:
--¿Y a qué hora ha de decir misa?
Entonces fué al obrero a quien le tocó mostrar asombro:
--¡A qué hora ha de ser! A la de siempre. Tú dale el recado tal como yo
lo digo, que al buen entendedor...
Y se fué.
Cuando el capitán volvió a la hora de la comida, su asistente le relató
todo lo ocurrido con el aire más natural del mundo, como si se tratara
de cosas que él tuviera olvidadas de puro sabidas.
Su amo le oyó impasible y sin pestañear, no causándole la menor
impresión el que fuese invitado a decir misa el héroe que tanto se había
lucido en Castillejos y en el campamento de Tetuán.
--Es una seña convenida, no hay duda--se dijo Perico, a través de cuya
corteza ruda comenzaba a filtrarse la sospecha de lo que aquel misterio
significaba.
Cuando su amo salió de casa a las nueve de la noche, el asistente pensó
en seguirlo para averiguar la verdad que encerraban tantos secretos. Fué
ésta una idea que rápidamente surgió en su pensamiento y el muchacho la
puso inmediatamente en práctica sin pararse a reflexionarla.
Al verse en la calle se avergonzó de su arranque y la conciencia pareció
insultarle por aquella ligereza que afeaba su fidelidad y solicitud de
algunos años.
¡Espiar a su amo! ¡Quién podía aprobar tan repugnante absurdo! Además, a
él no le importaban los negocios particulares del capitán, y faltaba
villanamente a su deber queriendo inmiscuirse en ellos... Pero cuando
tales reflexiones se hacía, su amo, que se alejaba con apresurado paso,
iba ya a doblar la esquina de la calle, y él, por instintivo impulso le
siguió, aunque lamentándose interiormente de ser capaz de semejante
atentado.
La curiosidad, naciendo repentinamente en él, le dominaba hasta el punto
de convertirlo en un autómata.
Siguiendo a su amo a bastante distancia, llegó Perico a la plaza de
Santo Domingo, y entrando el capitán en una de las calles inmediatas
desapareció en el sucio y mal alumbrado portal de una casa de modesta
apariencia.
Allí era, sin duda, donde se presenciaba un espectáculo tan raro como
era que un capitán del ejército español dijese misa.
El asistente quedó en acecho. Lo que había visto no desvanecía el
misterio y deseaba atrapar algún detalle convincente que diese más luz
al asunto.
No fué larga su espera. Separados por cortos intervalos de tiempo,
fueron entrando en el mezquino portal una docena de personas en las
cuales reconoció Perico a algunos de los señores que con aire tan
misterioso visitaban a su amo, y a un comandante de otro regimiento,
que era gran amigo del capitán Alvarez.
Transcurrieron algunos minutos sin que entrara ninguna otra persona, y
se retiraba ya el asistente de la esquina desde donde espiaba, cuando
dobló aquélla, tropezando rudamente con él un caballero de mediana
estatura, moreno y nervioso, que llevaba demasiado encasquetado sobre el
rostro su sombrero de copa y ceñía su levita con aire algo militar.
El caballero, al tropezar con Perico, le miró rápidamente con brillantes
ojos en que se notaba cierta expresión de desconfianza, pareció dudar un
breve momento y después siguió adelante, afectando indiferencia y
golpeando el suelo con el bastón, hasta que desapareció en el mismo
portal que los otros.
El asistente se quedó asombrado, pegado a la pared y sin ánimo ni aun
para respirar. ¡Gran Dios! ¿Se habría equivocado? ¿Sería aquel hombre
una visión? ¿No existiría entre él y el otro un extraño parecido? Pero
no; la duda era inútil. Aquellos ojos de arrogante fiereza eran los
mismos que brillaban bajo los pliegues de la bandera española en la
jornada de los Castillejos; aquel rostro cetrino, enjuto y de rasgos
duros y enérgicos, era el del general Prim.
Además, para desvanecer cuantas dudas pudieran ocurrírsele al asistente,
acudieron a su memoria la revisión del escalafón, las misteriosas
visitas y, sobre todo, las ideas políticas de su amo, que él sabía
perfectamente.
Por fin conocía la verdad. El capitán conspiraba, y aquellas reuniones
eran conciliábulos preparativos de una revolución.
Ya sabía él quién pagaría aquellas misas. El Gobierno.