Quién es ella.
El alférez Lindoro, conocido en el mundo con el nombre de vizconde del
Pinar, estaba a mediodía con un humor de todos los diablos.
Metido en el cuarto de banderas sufría un arresto de veinticuatro horas
que le había impuesto el coronel por ciertas insignificantes faltas en
el servicio, y desahogaba su mal humor echando pestes contra todo el
mundo y maldiciendo la hora en que a su familia se le ocurrió dedicarlo
al ejercicio de las armas y en que el Gobierno tuvo la idea de dar el
mando de un regimiento a un ordinariote que no hacía caso de
recomendaciones, que no respetaba al representante de una de las casas
nobles más antiguas de España, y que quería que todas las cosas del
Cuerpo marchasen con la regularidad de un reloj aunque para ello tuviera
que arrestarse a sí mismo.
La desesperación del alférez obedecía, principalmente, a la soledad en
que estaba y que tendría que sufrir hasta las seis de la tarde, hora en
que terminaba el arresto.
El capitán de guardia era el único que le acompañaba, y éste era un
pobre hombre taciturno, incapaz de ensartar seis palabras seguidas y que
no tenía otro tema de conversación que las costumbres de Filipinas,
donde había estado muchos años.
Tendido en un sofá, con trágica desesperación, y entreteniéndose en
contar las pulsaciones del tiempo que marcaba la péndola del reloj, el
alférez pasaba las horas aguardando, como quien espera la más suprema
felicidad, la llegada de algún oficial joven que, por la fuerza de la
costumbre, fuera a pasar un rato en el cuarto de banderas.
Justamente, en todo el regimiento Alvarez era el único que escuchaba las
sandeces del alférez sin burlarse de ellas de un modo cruel; bien es
verdad que el capitán se divertía oyendo los razonamientos de aquel ser
superficial e insignificante, pero el vizconde era lo suficientemente
obtuso para no enterarse de que su compañero le consideraba como un
objeto de risa.
Alvarez aceptó el cigarro que le tendía el vizconde, y se sentó a su
lado.
--Chico--dijo éste--. No puedes figurarte cuánto te agradezco tu visita.
¿Vienes a acompañarme, verdad? Estoy aburridísimo y te aseguro que si me
arrestan otra vez, pido mi baja en el ejército. ¿Deseas algo? ¿Has
almorzado ya? ¿Quieres tomar café u otra cosilla? Nos lo traerán del
café cercano; tengo cuenta abierta.
Esteban tuvo que hacer grandes esfuerzos para impedir que el alférez,
deseoso de retenerle, le pidiera todas las bebidas del próximo café, y
cuando el vizconde se hubo tranquilizado después de pedir a un ordenanza
que trajese una botella de ron y copas, Alvarez abordó el verdadero
motivo que le había llevado allí.
--Oye, Lindoro--dijo el capitán Alvarez--. ¿No conoces tú a toda la
aristocracia de Madrid?
--Sí, querido--contestó el alférez con fatua complacencia, pues su mejor
gusto era ostentar las ventajas sociales que le daba su nacimiento--.
Conozco todo el mundo elegante de la corte y no hay casa de algún
ilustre que yo no visite. Ya ves que con mi nombre y mi fortuna bien
puede uno gozar alguna consideración en la alta sociedad.
--Tengo que solicitar tu ayuda para una noticia que me interesa
adquirir.
--Habla, que yo te contestaré, si es que puedo.
--¿Tratas alguna familia que viva en la calle de Atocha?
--Dos hay que yo conozco. ¿Sabes el número de la casa?
--No he podido fijarme en él, pero te daré las señas. Es un edificio de
reciente construcción que está a la derecha, subiendo por la parte de...
--Basta; no sigas. Ya sé qué casa es. En ella vive el conde de Baselga,
un señor millonario, algo retirado del gran mundo y que sólo asiste de
tarde en tarde a las fiestas de palacio. Tiene una hija muy hermosa.
--Eso--dijo Alvarez con satisfacción.
--¿La conoces, acaso?
--La he visto una vez nada más.
--Y te gusta, ¿eh?... Chico, tienes buen gusto, pues la muchacha no
puede ser más linda. Aquí, para entre nosotros, debo manifestarte que yo
he tenido mis proyectos sobre ella. Me gustaba su hermosura y más aún
los millones de su padre.
--¿Y qué has alcanzado?--preguntó Alvarez con ansiedad mal disimulada.
--Nada, chico. La muchacha es algo tonta y se rió de mí en un baile de
Palacio, donde entre los rigodones le espeté mi declaración. Ya ves que
esto supone cierto grado de imbecilidad: burlarse de un muchacho como
yo, que, aunque no soy muy rico, tengo un título respetable como pocos y
una figura no despreciable. Lo único que se me puede censurar es mi
cortedad de vista, pero los lentes dan siempre cierto "chic" que hacen a
un hombre interesante. ¿No es verdad, Esteban?
El capitán contestó con una débil sonrisa.
--Quisiera--continuó el alférez--que tú probases a rendir esa beldad que
tiene el corazón no de mármol, como dicen los poetas, sino de alfarería.
Tal vez seas más afortunado, y cree que harías un negocio redondo si
lograbas casarte con ella, pues el viejo don Fernando, su padre, debe
tener enterradas a montones las peluconas. Vaya, animate y a ver si
consigues dejar pronto esta endiablada profesión militar para
convertirte en millonario.
Alvarez permaneció silencioso algunos instantes, y al fin preguntó a su
amigo:
--¿Quién es la señora que acompaña a la condesita? ¿Es su madre?
--El conde es viudo. Ha sido casado dos veces y su segunda esposa murió
hace ya bastantes años, dejando dos hijos: un niño enfermizo, al que veo
pocas veces, y esa muchacha que tanto te gusta. La señora de que hablas
debe ser una hija que tuvo el conde de su primer matrimonio, y de la que
se cuentan ciertas historias. ¿Cuáles son sus señas?
El capitán describió a su modo la figura rígidamente majestuosa y el
rostro avinagrado de la señora que tan furibundas miradas le había
lanzado aquella mañana, y el vizconde se apresuró a contestar:
--Sí; eso es. Describes muy bien el gesto de pocos amigos que
eternamente lleva en su rostro doña Fernanda, la baronesa de Carrillo.
Es una solterona que aborrece al mundo, odia a la juventud y se dedica a
la devoción, entregada en cuerpo y alma a los jesuítas, lo que le
consuela de no haber encontrado en su juventud un hombre que quisiera
hacerla su esposa. Cree que la tal señora es un basilisco, y que es muy
peligroso hacerle el amor a su hermanastra, sólo porque ha de rozarse
uno con ella. Es un manojo de espinas custodiando a una rosa. ¿Eh?, ¿qué
tal te parece la frasecilla?
--Muy bien--dijo Alvarez, sonriendo con toda la bondad que merecía aquel
imbécil--, ¿y quién es la rosa?
--¿Quién ha de ser? Enriqueta.
--¡Ah! ¿Se llama Enriqueta la hija del conde de Baselga?
--Sí, hijo mío. Enriqueta Baselga de Avellaneda, y será condesa si se
muere su hermano, como es de esperar en vista de sus continuas
dolencias, o si se hace cura, lo cual es aún más probable en vista de
las aficiones que le ha inculcado la santurrona de su tía.
El alférez Lindoro se entusiasmaba hablando de aquella familia, que era
muy rara, sí, señor, una de las más raras de la corte. Según él, el
padre era un hurón, siempre metido en su casa, refractario a toda
diversión y sin otro placer que una excursión en verano a sus posesiones
de Castilla, donde hacía la vida de un modesto agricultor. En cuanto a
la baronesa de Carrillo, era la primera beata de la corte, el brazo de
que se valían los jesuítas para mover la aristocracia devota en favor de
lo que a ellos les convenía, y los dos muchachos, hijos del segundo
matrimonio, el enfermizo Ricardito y la hermosa Enriqueta, no pasaban de
ser dos monigotes sin voluntad, que maldito el papel que harían en el
mundo.
El vizconde se expresaba de este modo, y Alvarez escuchaba con gran
atención todas sus palabras deseoso de conocer a fondo la familia de la
que formaba parte aquel hermoso ser que tanto le interesaba.
--El conde, créelo--continuaba el alférez--, es un hombre de historia, y
nadie, al verle tan austero y de genio eternamente atrabiliario, creería
que en su juventud fué uno de los más terribles calaveras de la corte de
Fernando VII. Ha sido de la Guardia Real, después mandó en el Norte un
regimiento de lanceros carlistas, estuvo emigrado en París y allí se
casó por segunda vez con la hija de un afrancesado: una muchacha
enfermiza que tenía los millones a puñados. Su primera esposa fué la
baronesa de Carrillo, una locuela americana que conocía demasiado
íntimamente al Fernando VII, y si alguien lo duda, ahí está, para
atestiguarlo, la actual baronesa de Carrillo, que no es capaz de negar a
su padre. ¿Te has fijado en aquella nariz? ¿No es verdad que da ganas de
cantar aquello de "ese narizotas, cara de pastel" con que los rojos del
tiempo de Riego daban serenata al padre de Isabel II?
Alvarez sonrió ante la malicia del alférez, y repasando en su memoria el
rostro de la baronesa, se convenció de que, efectivamente, algo había en
él que recordaba la cara del rey chulo.
--¡Si supieras cuánto se ha hablado en la alta sociedad acerca del conde
de Baselga! Se le atribuyen cosas estupendas, y hasta hay quien dice que
mató a su primera mujer. No sé lo que pueda haber en esto de cierto,
pero seguramente no merecía grandes cariños aquella buena pieza que,
engañando a su marido, se acostaba con don Fernando para echar al mundo
un nuevo ejemplar de su persona. Si el conde mató a su esposa, hizo muy
bien; y prueba de ello es que, a pesar de lo que se murmura en la alta
sociedad, lo reciben con grandes muestras de consideración, y los padres
jesuítas se hacen lenguas de su piedad y de sus sentimientos
caballerescos.
Alvarez sentía cada vez mayor curiosidad por saber la historia de la
familia de Enriqueta.
--¿Y con su segunda esposa--preguntó--, fué tan desgraciado el conde?
--Todo lo contrario. Doña María Avellaneda era una mujer casi
insignificante. Su modestia y su humildad formaban contraste con sus
riquezas y su alta posición, pero era tan dulce y tan bondadosa, que
Baselga se enamoró de ella como un loco. Recién casado vino a España
acogiéndose a uno de los indultos que el Gobierno dió a los carlistas y
estableció en su casa en la calle de Atocha, negándose a habitar la casa
que en la calle del Arenal tenía su hija mayor, heredada de su madre, la
baronesa de Carrillo. Como la fortuna de que disponían el conde y su
esposa era grande, gastaron como unos príncipes, y durante sus primeros
años de matrimonio asombraron con su lujo a todo Madrid. Las elegantes
costumbres francesas que hoy seguimos en la alta sociedad, ellos fueron
los primeros en generalizarlas, y la condesa, a pesar de su modestia y
de que se preocupaba más de una visita a los pobres que de un baile,
fué, durante mucho tiempo, la reina de la moda. Primero tuvieron una
hija, esa muchacha que te ha vuelto los cascos la primera vez que la has
visto.
--Pero--interrumpió el capitán--, ¡si yo no he dicho que esté realmente
enamorado de esa joven!
--Bueno; pues lo estarás. Es una chica de la que se enamoran todos.
Conste, pues, que estás prendado de ella... Como te iba diciendo,
primero tuvieron a Enriqueta, y a los cuatro años de matrimonio a ese
Ricardito que, a pesar de no abultar más que una mano de almirez, y de
no servir para otra cosa que rezar de la mañana a la noche, costó la
vida a la madre.
--El conde sentiría mucho su segunda viudez.
--Su dolor fué inmenso. Amaba de veras a su esposa, y, más que como
marido, la lloró como un muchacho romántico a quien se le muere la
novia. Estuvo más de un año sin salir a la calle, y hasta se susurró en
Palacio que pensaba hacerse cura y entrar en la Compañía de Jesús.
Afortunadamente, el amor a sus hijos pudo más que su pesar, y acabó por
volver a hacer una vida normal, aunque mostrando gran repugnancia a
asistir a aquellas fiestas en que tanto brillaban antes su esposa y él.
--¿Y su hija, vive también en tal retraimiento?
--Vive con menos rigidez y sale bastante de casa, gracias a su
hermanastra, la baronesa, que, aunque beata, es bastante andariega, y
se pasa el día en juntas de cofradías y patronatos píos o haciendo
visitas a los más elocuentes predicadores de la Compañía. Si quieres
verla a menudo, hazte beato y visita las sacristías. Además, también
asiste a los bailes de Palacio o a los que se celebran en casa de algún
individuo de la antigua nobleza. En cuanto a las reuniones en los
palacios de los banqueros o de esa aristocracia dorada cuyos
ascendientes se pierden en las telarañas de un mostrador, no esperes
encontrar allí a la familia de Baselga. El conde es inflexible y no
quiere transigir con nada de lo creado por la revolución. Ya que asiste
a pocas diversiones quiere que éstas no supongan una abdicación de sus
arraigados principios.
Y el alférez seguía relatando con abundancia de detalles la vida de la
familia de Baselga, sus costumbres y las relaciones que más fielmente
sostenía.
--El conde tiene muy pocos amigos. En vida de su mujer daba fiestas a
una sociedad muy escogida, en esa casa de la calle de Atocha que tú
conoces; pero desde que aquélla murió, los salones han quedado cerrados
y, muy de tarde en tarde, recibe alguna visita por puro cumplimiento.
Quien más influencia tiene en aquella casa es un célebre jesuíta, el
padre Claudio, que también es gran amigo de la familia. Yo pensé valerme
de él para que me facilitara el ser novio de Enriqueta, y estaba muy
confiado, pues el tal jesuíta es un casamentero de primera fuerza; pero
en vez de ayudarme, lo que hizo, apenas le expuse mi pretensión, fué
encajarme un sermón muy dulce, pero que me dolió en el alma, diciéndome
que yo era hombre capaz de derrochar en unos cuantos meses la fortuna
más grande del mundo, y que por esto no se hallaba él dispuesto a
recomendarme a ninguna joven que apreciase. Si piensas intentar la
conquista de Enriqueta, empresa que es difícil, procederías muy
cuerdamente haciéndote amigo del padre Claudio, que manda en el conde,
en la baronesa y en todas cuantas personas encierra aquella casa.
El capitán acogió con sonrisas estas indicaciones del vizconde.
--¿Te ríes?, ¡eh! Pues no harás nada si dejas de seguir mis consejos.
Soy hombre experimentado, aunque nadie lo quiere creer en el regimiento,
y sé lo que debe hacerse en estos casos. Además, si quieres ver a
Enriqueta, tal vez encuentres ocasión algunas tardes si vas a menudo al
paseo de la Castellana. Algunas veces el conde de Baselga se acuerda de
lo que fué, siente la nostalgia de sus buenos tiempos, cuando galopaba
al frente de un escuadrón de la Guardia, y monta a caballo para
acompañar a su hija, que es la muchacha que en Madrid mejor sabe manejar
una yegua. En esto no desmiente su procedencia y demuestra que por sus
venas corre la sangre de un hábil y valiente jefe de caballería. Yo en
tu lugar alquilaría un caballo, aunque esto te lleve una parte
importante de la paga, e iría todas las tardes a la Castellana. No sería
difícil que de este modo consiguieses llamar la atención de Enriqueta,
que admiraría más a un buen mozo, como tú lo eres, viéndolo sobre un
brioso caballo.
La conversación entre los dos militares comenzó a languidecer. El
alférez, que tanta ansia sentía poco tiempo antes de desahogar el cúmulo
de palabras almacenadas en su menguado cerebro, coronaba todos sus
párrafos con una copita de ron, y al poco rato fué sumiéndose en una
calma beatífica, de la que no le sacaba su compañero, el cual solamente
contestaba con monosílabos y sonrisas.
El vizconde acabó por extender sus piernas con estremecimientos
voluptuosos, sobre el viejo sofá del cuarto de banderas, buscando la
mejor posición para echar un sueñecito y que transcurrieran, aún más
velozmente las horas que le quedaban de arresto.
Alvarez sabía ya todo lo que deseaba, y, comprendiendo que su fatuo
compañero no le diría más, se dispuso a salir.
--¿Te vas, chico?--dijo el alférez con voz indolente.
--Sí. Te hago el favor de dejarte solo. Que duermas bien y no sueñes con
el coronel.
--Gracias. Y en cuanto a enamorarse de esa muchacha, piénsalo bien. Es
una barbaridad de la que llegarás a arrepentirte; pero, en fin, si te
empeñas en quererla y la cosa no tiene remedio, acuérdate de mi consejo.
Hazte amigo del padre Claudio, que con su apoyo, hasta un barrendero
podrá aspirar a la mano de una infanta de España.
V
Se eclipsa el astro.
Era una continua obsesión la que ejercía el recuerdo de Enriqueta en el
capitán Alvarez.
Aquellos ojos negros brillando bajo el encaje de una capota blanca, eran
una imagen fantástica, una eterna aparición que turbaban la santa
tranquilidad en que hasta entonces había vivido el capitán.
No podía ver en la calle un sombrero femenil como el de Enriqueta, o un
traje semejante, o una mujer que, mirada por la espalda, presentase un
aspecto parecido, sin que al momento corriese en su seguimiento para
sufrir después una dolorosa decepción que le ponía triste y malhumorado
durante algunas horas.
Un día, a la puerta de la iglesia de San José, encontró a la baronesa de
Carrillo, con su traje negro y su majestuoso aspecto de beata elegante.
Iba sola, pero a pesar de esto, Alvarez, por un irreflexivo instinto, la
siguió como si fuese su hermanastra, y únicamente cuando la baronesa,
después de un paseo de algunas horas por las calles de Madrid, entró en
su casa, no sin antes lanzar a su perseguidor unas cuantas miradas de
ultrajante orgullo, fué cuando comprendió el capitán que había hecho una
barbaridad.
Conforme avanzaba el tiempo y transcurrían los días sin ver a aquella
joven que tanto le había impresionado en el Retiro, Alvarez sentíase más
tenazmente dominado por aquella pasión, y dedicaba a ella toda su
existencia.
El que era citado en el regimiento como modelo de oficiales puntuales
comenzaba a descuidar los actos del servicio y se mostraba distraído
hasta el punto de que algunos compañeros lo sorprendieron en el cuarto
de banderas rasgueando al dorso de los partes de los subalternos letras
enrevesadas y fantásticas que, unidas, formaban un nombre: Enriqueta.
Las noches que llovía, el capitán volvía a casa calado hasta los huesos,
ni más ni menos que un paciente mozo de cuerda que espera en la esquina
quien le dé trabajo, lo que obligaba a su fiel asistente Perico a hacer
mil conjeturas, todas a cual más disparatada.
Para el asistente no pasaba desapercibido que su amo sufría un trastorno
que turbaba su vida, hasta entonces tan regular y monótona, y con el
picaresco olfato adquirido en el roce con las gentes de su clase,
adivinaba que en todo aquéllo "había faldas de por medio".
Una circunstancia le afirmaba cada vez más en esta creencia, y era que
algunas mañanas, al limpiar el cuarto de su señor, encontraba sobre la
mesa pliegos de papel cubiertos de renglones desiguales que el
asistente, con la torpeza propia del que en su niñez sólo llegó a
adivinar en la escuela lo que podía ser la lectura, iba descifrando. De
este modo supo Perico que su amo pasaba las noches haciendo versos y que
éstos siempre iban dirigidos a una tal Enriqueta, nombre que el
asistente no adivinaba a quién pudiera pertenecer por más que repasaba
en su memoria todas las señoritas cursis, hijas de pupileras y
modistillas con quienes el capitán había distraído el tedio de la vida
de guarnición.
Efectivamente, Alvarez combatía la tristeza que de él se apoderaba
apenas se encerraba en su habitación, escribiendo versos a la hija de
Baselga, a quien sólo una vez había visto, y cuando no desahogaba de
este modo su fiebre amorosa, iba a situarse en la calle de Atocha, y
transcurrían para él las horas paseando la acera de enfrente de la casa
del conde, siempre acechando una ocasión para contemplar el rostro de
Enriqueta.
El carácter tenaz e impresionable de Alvarez se revelaba en aquella
ocasión en toda su plenitud.
Ni las lluvias, ni el frío, ni la insolente curiosidad de los vecinos,
conseguían apartarle de aquella continua observación, de aquel
implacable acecho llevado a cabo sin ningún plan ni propósito fijo.
Todo lo que las curiosidades de los transeúntes y las furibundas miradas
del grueso portero de la casa de Baselga lograron de la tenacidad del
joven capitán, fué que éste se despojase de su uniforme para ser menos
notado, y que, vestido de paisano, siguiese paseando la calle con todo
el aspecto de un poeta bohemio a quien le sienta mal la ropa.
No compensaba el éxito la tenacidad que en aquel asedio mostraba el
capitán.
Algunas veces logró contemplar en uno de los balcones del piso
principal, por muy breves instantes, a la hermosa Enriqueta vestida en
traje de casa; pero estas apariciones fueron poco frecuentes, y, en
cambio, todas las tardes veía pasar, tras los cristales de alguna
ventana, los coléricos ojos de la baronesa y su boca contraída por un
gesto de rabia.
Otro ser llamaba también la atención del enamorado capitán, y era un
muchachuelo como de trece años, alto, flacucho, de constitución anémica,
de rostro pálido mate, pero con ojos vivos y hermosos que recordaban los
de Enriqueta.
Era el hermanito; aquel ser débil y fanatizado que, según las
revelaciones del alférez Lindoro, estaba destinado a servir a la
Iglesia.
Alvarez, plantándose audazmente frente al balcón, le miraba con aquella
simpatía que le inspiraban todos los seres que rodeaban a la mujer
amada; pero el muchacho fijaba en él los ojos con aire de extrañeza, y
al fin se retiraba con el mismo aire de una niña que se ve contemplada
con curiosa insolencia.
Una tarde, a la misma hora en que Alvarez, puesto de uniforme y cubierto
de polvo del campo de maniobras, en que había hecho ejercicio su
regimiento, volvía con el propósito de pasar una sola vez por la calle
de Atocha, animado por la vaga esperanza de ser más afortunado que otras
veces y contemplar a Enriqueta, vió salir del portal de la casa de
Baselga dos briosos caballos montados por una airosa amazona y un señor
de marcial figura y pelo cano.
Eran Enriqueta y su padre que se dirigían a la Castellana.
El conde de Baselga estaba algo maltratado por la edad, pero no había
perdido su antiguo aspecto. Su rostro, a fuerza de estar curtido, tenía
un tinte cobrizo; sus patillas eran canas, y su abdomen demasiado
prominente para un gallardo jinete; pero a pesar de esto, todavía
resultaba una hermosa figura moviéndose al compás del paso de su
cabalgadura.
Junto a él, con el rostro grave y sin que entre ambos se cruzara la más
leve palabra, iba la hermosa Enriqueta, a cuya figura daban aún más
realce la negra amazona que marcaba todas las líneas de su busto
escultural, y el gracioso sombrerillo del que colgaba el blanco velo que
envolvía, como una nube, su rostro.
Baselga marchaba al lado de su hija en actitud rígida e indiferente,
pero de vez en cuando la examinaba con rápida mirada, y en su rostro
marcábase una expresión momentánea de satisfacción.
En aquel hombre notábanse dos orgullos satisfechos: el de padre y el de
viejo soldado, y al par que admiraba la gracia de la hija, mostrábase
contento por la pericia de aquella discípula que hacía honor a sus
lecciones manejando el caballo de un modo magistral.
Cuando los dos jinetes pasaron cerca del capitán, el conde le miró con
esa instintiva y rápida atención que merecen los oficiales jóvenes a
todo militar viejo, y Enriqueta, al conocerle, volvió rápidamente la
cabeza, como si quisiera evitar la indiscreción de una mirada.
De poder realizar sus deseos, el capitán hubiera seguido a los dos
jinetes, que se alejaban; pero le era imposible encontrar inmediatamente
otra cabalgadura, y en aquel momento se propuso cumplir los consejos del
alférez Lindero, y juró que desde el día siguiente se presentaría a
caballo todas las tardes en la Castellana, a pesar de que montaba muy
mal.
Cuando aquella noche su asistente Perico recibió la orden de tener
preparado para el día siguiente, a las tres de la tarde, un buen
caballo, el pobre muchacho abrió los ojos desmesuradamente en señal de
extrañeza, y se afirmó en su creencia de que al señorito le sucedía algo
gordo. Sabía él que el capitán no era un modelo de jinetes, y no podía
explicarse su repentino deseo de exhibirse en las calles de Madrid
montado en un rocín de alquiler.
Pero Perico tenía la costumbre de obedecer las órdenes sin replicar,
evitando a su amo preguntas superfluas, y en la tarde del día siguiente
tuvo en la puerta de la calle el caballo que el capitán deseaba.
Alvarez, aunque no fuera gran jinete, presentaba sobre el caballo una
figura aceptable, y al pasar por la calle de Atocha consiguió que el
portero de casa de Baselga le mirara con extrañeza, como si no
comprendiera el motivo por el cual un oficial de infantería se convertía
en plaza montada.
La tarde entera pasó el capitán en la Castellana llevando su caballo
unas veces al trote y otras al galope para distraer el tedio que de él
comenzaba a apoderarse, y no vió entre la turba de paseantes un rostro
amigo ni distinguió en los pelotones de elegantes jinetes a Enriqueta y
su padre.
Sin duda al conde de Baselga le había dado aquel día por no salir, o la
baronesa se había empeñado en llevarse a Enriqueta a alguna junta de
cofradía. Total: que la fatalidad se burlaba del capitán, el cual, por
ver de cerca a la linda joven, se resignaba a galopar una tarde entera
(diversión que le agradaba poco), por entre una turba de elegancias
imbéciles que le miraban con extrañeza y parecían preguntarse con los
ojos: ¿Quién es éste?
No por esto se desalentó Alvarez; tenaz como siempre en sus propósitos,
siguió alquilando un caballo todas las tardes, y con la, fatalista
pasividad de un moro aguardó paseando por la Castellana la aparición de
aquella mujer que parecía haber pasado tan sólo ante sus ojos para
engendrar un indefinido deseo que fuese su tormento.
Una semana después, en una tarde que nada tenía de hermosa, pues el
cielo estaba cubierto de plomizos celajes y soplaba un viento frío con
conatos de huracán, vió Alvarez a lo lejos venir hacia él, a todo el
galope de sus briosos caballos, a Enriqueta y su padre.
El capitán experimentó gran emoción, y tan turbado quedó, que por un
movimiento instintivo detuvo su caballo.
Plantando su cabalgadura en el centro del paseo, vió el capitán llegar a
los dos hábiles jinetes, que pasaron por su lado con la violencia de una
tromba.
Estaba Alvarez en tan extraña actitud que forzosamente había de llamar
la atención, y tanto el conde como su hija se fijaron en él,
reconociéndolo inmediatamente.
Para Baselga aquel joven capitán no era un desconocido ni resultaba ser
casual aquel encuentro en el paseo, y buena prueba de ello fué que, al
pasar cerca de Esteban y reconocerlo frunció el cano entrecejo,
lanzándole una mirada fría y orgullosa. Sin duda su hija la baronesa le
había dado cuenta de que un capitán, cuyas señas le detallaría, asediaba
a Enriqueta ejerciendo una continua persecución amorosa que se
estrellaba ante el retraimiento en que vivía la joven.
Esta también se fijó en Alvarez, pero su presencia sólo le arrancó
aquella mirada, mezcla de extrañeza e indiferencia, que era en ella
peculiar.
El capitán, repuesto inmediatamente de su impresión, lanzó su caballo en
seguimiento de los dos jinetes, y así recorrió dos veces el paseo,
llamando la atención de algunos transeúntes.
Alvarez, ocupado en contemplar las espaldas de su amada y su hermoso
talle lo más cerca posible, no pensaba en las conveniencias ni el
disimulo que debe observarse en materia de amores y desconocía el efecto
que causaban aquellas imprudencias.
A Enriqueta no debía disgustarle del todo aquella adoración tan audaz y
despreocupada, por cuanto varias veces volvió la cabeza y miró fijamente
al capitán con aire entre ofendido y risueño; pero al conde, a quien no
pasaban desapercibidas tales demostraciones, no le resultaban tan gratas
las continuas audacias del militar, demostrándolo con rápidas ojeadas
que lanzaba al insolente.
Aún dieron otra vuelta por el paseo los dos elegantes jinetes, seguidos
siempre por el amoroso apéndice. El conde esperaba que el militar se
cansase de la persecución; pero en vista de su tenaz importunidad,
comenzó a sentirse dominado por aquella cólera que tan terrible le
hacía.
Baselga apretaba nerviosamente su latiguillo y sentía tentaciones de
revolver su caballo para ir a cruzarle la cara al insolente adorador.
Con menos motivo había dado en su mocedad mayores escándalos; pero ahora
se encontraba en una posición que exigía en él mayor prudencia, y
reprimiendo su furor que ponía pálido su rostro e inyectados sus ojos,
se decidió a abandonar al paseo.
No quería que aquellos burgueses plebeyos que paseaban a pie por los
andenes fijasen su atención en él y su hija en vista de la importunidad
del capitán.
El conde dijo rápidamente algunas palabras a su hija, e inmediatamente
abandonaron la Castellana a todo galope, pasando como exhalaciones por
entre los brillantes y blasonados carruajes, de cuyo interior les
dirigían amistosos saludos.
Alvarez, incorregible, y como si no comprendiese el enojo de Baselga,
fué en seguimiento de éste y su hija, y no cesó en su estúpida
persecución hasta que ambos jinetes desaparecieron en el portal de su
casa de la calle de Atocha.
Cuando el capitán, algunas horas después, se encontró solo en su
habitación, se dió exacta cuenta de lo ridículo que había estado aquella
tarde y del enojo que había provocado en Enriqueta y su padre.
La más terrible desesperación se apoderó de él. Era un bruto, lo
reconocía francamente, y ni a un aguador se le podía ocurrir hacer la
corte de un modo tan extravagante, llamando la atención de los curiosos
e irritando a la mujer amada. Enriqueta odiaría ahora a un hombre que
parecía empeñado en ponerla en ridículo, y su padre, mejor que
entregarle la mano de su hija, lo que haría el día en que se le
presentase con tal pretensión (si es que llegaba), sería darle de
bofetadas.
La ofuscación sufrida durante el paseo se había desvanecido totalmente,
y la realidad martirizaba ahora el ánimo de Alvarez.
Aquella noche fué cruel, pues el peor tormento que podía experimentar el
capitán era que una idea desagradable se fijase tenazmente en su
memoria.
Comió poco, riñó a su asistente, cosa que muy raras veces le ocurría, y
durmió mal, viéndose atormentado en los instantes que lograba ser presa
del sueño por terribles pesadillas, en que aparecían grotescamente
mezclados el rocín de alquiler, las furiosas miradas de Baselga, los
indiferentes ojos de Enriqueta y la facha ridícula de un maldito capitán
que se parecía a él como dos gotas de agua y que hacía reír con
ridiculeces grotescas a toda la humanidad.
Aquella noche fué para Alvarez de las más terribles. Cuando se levantó
de la cama, poco después de amanecer el día, pensó con envidia en las
horribles noches pasadas en los campos marroquíes, en peligrosas
escuchas, mandando un grupo de hombres rodeado de enemigos, a gran
distancia del núcleo del ejército. Allí se corría el peligro de recibir
a cada momento un balazo o sentir una gumía en la garganta; pero al
menos se dormía bien siempre que lo permitían los moros, y no se soñaba
en miradas de indignación ni en capitanes puestos en ridículo.
Al entrar Alvarez pálido y ojeroso en el cuartel, le esperaba otro
tormento. Allí se encontraba el alférez Lindero, que, como de costumbre,
estaba al tanto de todo lo ocurrido el día anterior y conocía con todos
sus detalles la ridícula persecución llevada a cabo por el capitán
"Séneca". Un "dandy" de su mismo fuste le había contado por la noche en
el Casino las ridiculeces de un militar que parecía hacerle el amor a
Enriqueta Baselga, y el vizconde adivinó que aquel ente extraño no podía
ser otro que su amigo Alvarez.
¡Qué de estúpidas reconvenciones tuvo que sufrir éste, dichas con un
acento paternal que movía a risa! ¡Cómo exageraba el vizconde, llevado
de sus preocupaciones, la imprudencia del capitán!
Este estuvo tentado de enviar a mala parte al lindo alférez; pero a
pesar de esto, acabó por hacer caso e impresionarse con sus palabras,
sintiendo aumentar el disgusto que le producía su conducta del día
anterior.
Tan avergonzado se mostró por esto, que se prometió internamente
olvidarse de Enriqueta, y en muchos días no pasó por la calle de Atocha.
Para que aquella seductora imagen que había turbado su tranquila
existencia se borrase por completo de su memoria, Alvarez apeló a todos
los medios, y durante algunos días hizo, en unión de los oficiales más
alegres de su regimiento, una vida de calavera.
Su asistente estuvo varias noches esperándole hasta el amanecer, y una
mañana, al ver entrar a su señorito con el traje bastante desordenado,
la faz algo congestionada y los ojos más brillantes que de costumbre,
sospechó que el alcohol le había poseído durante algunas horas.
El capitán hizo una vida de café y de diversiones menos honestas durante
algunas semanas, y al principio se complacía notando que las fugaces y
continuas impresiones que aquella existencia agitada le proporcionaba,
conseguían borrar de su memoria los angustiosos recuerdos; pero el mismo
tenaz empeño que ponía en olvidarse de Enriqueta, era causa, sin duda,
de que la imagen de ésta se reprodujese en su imaginación apenas se
entregaba a la tranquilidad.
Alvarez se cansó al fin de luchar. Reconocía que era un chiquillo mimado
y voluntarioso, como en la época que dormía sobre las faldas de su
madre; la contrariedad y los obstáculos excitaban más sus deseos, pero
él no tenía otro remedio que ser tal como le había formado su
naturaleza; y, víctima de sus naturales impulsos, se reconocía impotente
para sofocar aquella pasión que de él se había apoderado.
Estaba verdaderamente enamorado de Enriqueta y no lucharía más, pues era
inútil cuanto intentase por sustraerse a tal pasión.
Alvarez se resolvió a volver a sus antiguas costumbres, y tres semanas
después del día en que tan ridículamente se portó en la Castellana se
dirigió a la calle de Atocha, experimentando al entrar en ella la misma
zozobra del enamorado que va a hacer su primera declaración.
Los balcones del palaciego de Baselga estaban herméticamente cerrados,
pero el gran portal seguía abierto, ostentándose sobre el umbral el
grueso cancerbero con su capote de botones resplandecientes, tan
grandes como platitos de azúcar.
Aquel can racional, que tan furibundas miradas lanzaba siempre a
Alvarez, al verle esta vez sonrió con toda la expresión que podía dar de
sí su boca de escarlata, desgarrándose de oreja a oreja.
El capitán pasó muy lentamente frente a la casa, fijando su mirada en
todos los balcones y ventanas, con la vaga esperanza de ver asomarse a
la mujer amada. Pero en los dos pisos estaba todo cerrado, y únicamente
en la planta baja el portero se encargaba de demostrar que la casa no
estaba deshabitada.
Alvarez se alejó pensativo, y de allí a poco volvió a pasar frente a la
casa.
El portero sonrió nuevamente con aire de socarronería, y el capitán, a
quien aquella clausura de balcones y ventanas había puesto de muy mal
humor, se plantó cerca del portal, y atusándose la perilla
nerviosamente, miró con insolencia al doméstico.
Este se puso grave. Era hombre de tranquilas costumbres y conocía que
aquel militar no necesitaba de muchas excitaciones para entrar en el
portal y agradecer su insolencia con unos cuantos trompis.
Aquel majestuoso vientre cubierto de paño azul experimentó la necesidad
de congraciarse con el capitán, y haciendo uso de la más amable de sus
sonrisas, dijo con acento humilde:
--Es inútil que el señor se incomode viniendo por aquí. Hace ocho días
que el señor conde marchó con su familia a sus posesiones de Salamanca,
y creo que no volverán hasta el próximo invierno.
Y saludando ceremoniosamente, se metió en su portería con gran prisa.
Quedó Alvarez tan turbado, que ni aún se le ocurrió hacer una pregunta
al portero.
Ahora sí que tendría que conformarse a no ver a Enriqueta.
El brillante astro había sufrido un eclipse.