III

La vi por vez primera...

En el invierno de 1862, el sol, faltando a su perversa costumbre, se

portaba como un completo caballero con los habitantes de la coronada

villa.

Los madrileños estaban en pleno mes de enero, y sin embargo,

transcurrían semanas enteras sin que el aliento del coloso Guadarrama

fuese frío y punzante, y el sol, desde las ocho de la mañana, esparcía

en las calles un ambiente tibio que, a despecho de la estación, hacía

recordar la primavera.

La nieve era en aquel año cosa desconocida, y las lluvias invernales

habían quedado reducidas a unos cuantos chaparrones que prestaban al

Ayuntamiento el gran servicio de limpiar las calles, siempre sucias.

Aquella benignidad de la Naturaleza tenía asombrados a los habitantes de

la corte, y uno de los que se mostraban más agradecidos era el capitán

Alvarez, que, como criado en la costa del Mediterráneo y en una de las

ciudades más risueñas y de temperatura dulce, odiaba los días nebulosos

y experimentaba una alegría casi infantil cuando la Naturaleza ostentaba

todos sus esplendores a la luz del sol.

En una de aquellas mañanas que parecían de primavera, el capitán, viendo

el rayo de sol que se filtraba en su habitación por la ventana que el

fiel Perico acababa de abrir, se levantó de muy buen humor, dispuesto a

aprovecharse de la benignidad de la Naturaleza.

Eran las siete, y hasta las diez no estaba obligado a presentarse en el

cuartel. Le quedaban, pues, tres horas libres, que él pensó dedicar a un

largo paseo, pues como oficial que gozaba fama de andariego aprovechaba

todas las ocasiones para que, según él decía, no se le enmoheciesen las

piernas.

Cuando hubo devorado su apetito a toda prueba el modesto desayuno

preparado por la patrona, y Perico acabó de pasar su escrupuloso cepillo

sobre el pancho y el rojo pantalón, Alvarez encendió un puro y salió a

la calle con todo el empaque de un hombre que se considera feliz, aunque

momentáneamente, y que está agradecido a la Naturaleza.

Bien hacía Perico en estar orgulloso del buen talante de su señor,

porque no podía menos de reconocerse que el capitán Alvarez era un buen

mozo, que llevaba como pocos el uniforme del ejército español.

Pisaba con la fuerza de un hombre robusto, aunque algo enjuto;

contoneábase con una marcialidad nada afectada y se atusaba la perilla

graciosamente cada vez que se quedaba mirando a las muchas mujeres a

quienes llamaba la atención.

¡Oh, poder de la marcial gallardía! El vizconde del Pinar, por otro

nombre el alférez Lindoro, mozuelo que usaba corsé bajo el uniforme y se

apretaba la cintura como una damisela, mostraba gran admiración ante el

capitán y confesaba que, teniendo su varonil presencia y la cruz de San

Fernando en el pecho, era él muy capaz de conquistar a todas las mujeres

de Madrid.

--¡Y pensar--añadía el "dandy"--que tan mágico poder se pierde

inútilmente!

Inútilmente no se perdía, pues al capitán Alvarez no le faltaban ciertos

trapicheos, y esto quien mejor lo sabía era Perico; pero lo cierto era

que ninguna de aquellas pasiones nacidas al volver una esquina duraba

más de una semana, y el apuesto militar no había tenido un verdadero

amor.

El capitán, expeliendo con fuerza el humo de su cigarro y con aspecto de

un hombre feliz, bajó la calle de Alcalá, dirigiéndose al Retiro, su

paseo favorito, pues las frondosas y vastas arboledas era lo único que

le consolaba de aquella desesperante aridez de los alrededores de

Madrid.

Cuando entró en el gigantesco jardín, por la principal avenida, se hizo

la ilusión de que entraba en un vergel, pues apenas si algunos paseantes

recordaban con su presencia que era aquello un terreno público.

Dos niñas jugaban al extremo de la avenida vigiladas por una vieja

criada, y por el centro de aquélla caminaban lentamente dos señoras

elegantemente vestidas.

Alvarez fijó la vista en ellas y mientras caminaba las iba examinando

sin interés alguno y con el aire distraído del hombre que mira por hacer

algo.

Las veía por la espalda, y sin embargo, por la figura y el modo de andar

adivinaba en una de ellas, vestida con capota elegante y abrigo de

terciopelo, a la niña a quien la pubertad despierta el germen de la

hermosura, redondeando las formas, animando la carne con el fuego de la

juventud y dando a sus pasos la gracia ingenua de la mujer seductora. La

otra, de andar más lento y pesado y de cuerpo un tanto obeso, cubierto

por vestido de negra seda y mantilla de blonda, demostraba ser una

señora de mediana edad, acostumbrada a ese respeto que se goza en una

alta posición social.

El capitán, a fuerza de contemplar durante algunos minutos a las dos

mujeres que marchaban delante de él, comenzó a interesarse y hasta

sintió cierto deseo de acelerar su paso para ver la cara a la joven;

pero cuando ya se disponía a realizar su deseo, las desconocidas

torcieron a la derecha metiéndose por una estrecha calle de árboles.

Cuando Alvarez llegó a la embocadura de ésta vió a las dos mujeres que

se alejaban, y durante algunos instantes estuvo dudando si debía

seguirlas. Pero no tardó el capitán en sentirse atraído por el deseo de

dar un paseo a solas, como era su gusto, y desistió de ver la cara a la

joven. ¿Para qué? Al fin, era una de tantas, y bastante había hecho el

oso en sus tiempos de cadete para ir ahora en seguimiento de unas

faldas.

Alvarez siguió la avenida y llegó al estanque, apoyándose en la

barandilla y entreteniéndose como un muchacho en silbarles a los cisnes,

que, como navíos de nieve, surcaban el terso cristal de agua

majestuosamente.

El capitán sentíase embriagado por aquella naturaleza que ostentaba

todas sus galas compatibles con el invierno. En el fondo del estanque

reflejábase el azul del cielo, al que el exceso de luz daba un tinte

blanquecino; los árboles brillaban heridos por el sol; los rasguños de

sus cortezas parecían frescas heridas manando sangre, y los rayos de

oro, filtrándose por entre el ramaje, colgaban de los ropajes de sombras

que envolvían las estatuas deslumbradores harapos de luz.

Las hojas secas caídas en el suelo era lo único que estaba allí

atestiguando el invierno, pero movidas por el fresco vientecillo rodaban

velozmente, y persiguiéndose buscaban un rincón obscuro donde

esconderse, como comprendiendo que eran notas disonantes en aquella

deslumbradora sinfonía de la Naturaleza.

Los gorriones, eternos parásitos de aquel inmenso palacio de verdura,

piaban alegremente conmovidos por la hermosura que aquel día tenía su

habitación, y como si estuvieran convencidos de que en un día tan

esplendoroso los hombres no podían ser malos, abandonaban los huecos de

los altos troncos con noble confianza y se recorrían a saltos los

enarenados paseos, contentos con poder resarcirse de las largas noches

de lluvia o de nieve pasadas en aquellos árboles con la cabeza bajo las

alas y sin otro abrigo que las temblonas plumas.

Alvarez estaba en éxtasis y parecía embriagado por el perfume incitante

de la Naturaleza, que mostrándose tan hermosa en pleno invierno, parecía

una dama de edad madura sacando a luz senos de belleza escondidos para

deshacer la mala impresión de su ajado rostro.

El capitán experimentaba idénticas sensaciones que cuando se sentía

impulsado a escribir aquellos versos que tanta fama le valían en el

regimiento.

La hermosura de la Naturaleza le producía dulces desvanecimientos, y en

aquellos instantes no se acordaba ya de su uniforme ni de la gloria

militar tan ambicionada. Era una cosa bien triste que en un mundo tan

hermoso se exterminasen los hombres y vinieran a turbar la dulce

tranquilidad de los campos con los estampidos del cañón.

Alvarez, a pesar de sus bélicas aficiones tan arraigadas, reconocía que

la paz era para los mortales el más supremo bien, y que constituía un

sacrilegio contra la Naturaleza, madre común de todos los seres, el

ensuciar con sangre humana, por culpa de viles pasiones, los terciopelos

y los rasos, los barnices y el oro que, surgiendo de las entrañas de la

tierra, derramábanse sobre ella formando una espléndida vegetación.

Dominado por la abstracción que en él producían tales reflexiones, se

sentó en un banco de piedra, y allí, contemplando con el mismo

arrobamiento que un árabe soñador las tornasoladas vedijas de azulado

humo que su cigarro arrojaba en el espacio, permaneció mucho tiempo

rodeado por el silencio augusto de la arboleda, sólo interrumpido por el

rumor de la cercana ciudad que se despertaba, o el ric-ric de alguna

hoja seca dando volteretas al impuso de la invernal brisa.

Más de media hora permaneció Alvarez en esta actitud, gozando la dulce

monotonía de la Naturaleza. Un gorrión que saltó junto a él, sin duda

atraído por los colores del uniforme y el brillo del sable, le sacó una

vez de su atracción; después fué una niña que pasó corriendo, no sin

sonreírle graciosamente con esa admiración que los pequeños sienten por

los militares, y al fin, el chasquido de la arena al ser pisada, hizo

despertar su dormida atención.

Levantó la cabeza y vió a pocos pasos a las dos señoras que marchaban

delante de él a la entrada del Retiro.

Una, la más vieja, después de examinarle de pies a cabeza, con una

mirada altiva y dura, volvió sus ojos a otra parte con marcada

indiferencia, mientras la joven le contemplaba con inocente curiosidad

que sólo duró cortos instantes.

Alvarez pudo entonces examinar bien a su sabor a las dos señoras.

La joven no parecía tener más de diez y siete años, a pesar de su

gallarda estatura y de sus gallardos contornos, que delataban a la mujer

ya formada. Bajo su capota blanca con lazos rojos, brillaban unos ojos

negros y de intenso brillo, que se destacaban, sobre un rostro sonrosado

y de delicada transparencia, propio de un temperamento sanguíneo y de

una salud a prueba de todos esos delicados achaques propios de la

juventud aristocrática. Vestía con gran elegancia, andaba con distinción

natural y todo en ella delataba a la mujer que por su nacimiento vive

alejada de las miserias de la vida y ha sido educada para agradar y

distinguirse entre las de su sexo.

La señora que la acompañaba no inspiraba igual sentimiento de tierna

simpatía, a pesar de que su aspecto era correcto hasta la exageración.

Viéndola, no podía menos de recordarse a las viejas señoras feudales de

los dramas románticos, enorgullecidas con su nombre y haciendo esfuerzos

en todas ocasiones para ostentarlo con la más suprema dignidad.

Su vestido negro, su mantilla y el bolsón de terciopelo pendiente de las

enguantadas manos, daban a su figura cierto ambiente de devoción

elegante, y en su rostro mofletudo, rubicundo, con tonos violáceos y

adornado con una nariz larga y pesada como las que son rasgo distintivo

de los Borbones, leíase el orgullo de raza, el convencimiento de que la

ley de castas es un hecho, y el desprecio a todos los seres de clase

inferior, destinados a sufrir la deshonrosa vergüenza de no poseer

pergaminos ni poder ostentar a continuación de su apellido un título

retumbante.

Pasaron las dos señoras erguidas y con aire indiferente ante el capitán,

que las miraba con una insistencia algo incorrecta.

Alvarez, mirándolas otra vez por la espalda, se decía que la joven era

de lo más hermoso que había visto, y sin poder explicarse el por qué,

volvió nuevamente a sentir el deseo de seguir a aquella mujer

encantadora.

¡Qué diablo! El era un muchacho todavía, y aunque fuese capitán, no

estaba prohibido hacer lo mismo que en sus tiempos de cadete. Además,

todo buen español tiene el deber de ir detrás de los primeros pies

bonitos que encuentre al paso, y había que reconocer que los de aquella

joven eran dignos de ser cantados por lord Byron.

Se sentía atraído por aquel rostro que, deslumbrador, había pasado ante

él envuelto en la blanca nube de la capota, y se propuso saber quién era

aquella beldad y contemplarla de frente otra vez.

El sonido que produjo el sable al chocar contra el banco de piedra, hizo

que la joven ladease un poco la hermosa cabeza, viendo con el rabillo

del ojo y con esa disimulada atención que nadie enseña a las niñas y que

todas poseen, cómo el militar se ponía en pie, y estirando su poncho

para evitar arrugas antiartísticas, seguía sus pasos, aunque procurando

conservar una corta distancia.

La vieja señora debió notar también aquella persecución iniciada por el

militar, pues en vez de seguir a lo largo del estanque, torció

repentinamente, entrando con la joven en un estrecho paseo.

El militar, siguiéndolas, entró también en el paseo, arreglando su paso

al lento de las dos mujeres.

A Alvarez no dejaba de hacerle alguna gracia aquella persecución de una

joven bonita, impropia de su carácter y sus costumbres. Aquella

insignificante aventura era suficiente para que en el cuarto de banderas

bromearan con él semanas enteras si es que, por su desgracia, le

sorprendía algún compañero entregado a tal persecución. Realmente, era

indigno del "capitán Séneca", a quien algunos tenían por un Napoleón del

porvenir, pasar la mañana siguiendo los pasos de una muchacha bonita.

Pronto el militar dejó de pensar en tales cosas, y olvidándose de cuanto

pudieran decirle sus amigos, si es que alguno le veía, fijó toda su

atención en la joven, convenciéndose de que ésta de vez en cuando le

miraba con creciente curiosidad.

Con ese arte, especial privilegio de la juventud, de mirar atrás sin

aparentarlo y sin volver la cabeza más que de un modo imperceptible, la

joven examinaba a su perseguidor con rápidas ojeadas, y no debía

disgustarle su aspecto por cuanto volvía nuevamente a su ocular y

disimulada observación.

La señora que la acompañaba no debía experimentar igual impresión, por

cuanto varias veces volvió la cabeza, con ademán altivo, enviando al

capitán el feroz relampagueo de su irritada mirada.

Pero no era Alvarez hombre capaz de intimidarse ante aquellas

manifestaciones de enfado, pues mayores las había sufrido en sus tiempos

de cadete, de parte de algunas mamás toledanas, cuando iba en

seguimiento de cuantas señoritas encontraba en las calles de la imperial

ciudad.

La madura señora no estaba de humor para aguantar aquel espionaje, que

iba tomando el carácter de iniciación amorosa. Alvarez la vió hablar con

la joven con gesto avinagrado, como riñéndola por la curiosidad que

demostraba y que daba al perseguidor mayores ánimos, y tras la rápida

filípica, las dos apresuraron el paso saliendo inmediatamente del

Retiro.

En las calles de Madrid, Alvarez se hizo más audaz. Aprovechando la gran

concurrencia de transeúntes llegó a acercarse tanto a las dos señoras,

que casi les pisó la cola del vestido, y así pudo aspirar el fino

perfume que exhalaba el cuerpo de aquella niña con todas las seducciones

de la mujer.

Estaban en la calle de Atocha y las dos mujeres apresuraban el paso. La

joven, ya no miraba al capitán, cuya presencia sentía a sus espaldas;

pero la señora mayor volvía continuamente la cabeza y le miraba cada vez

con mayor expresión de odio, como si quisiera anonadarle con la majestad

de sus furiosos ojos.

Llegaron las dos al portal de una casa de reciente construcción que,

aunque no desmesuradamente grande, merecía el nombre de palacio por la

elegancia artística de su fachada; y entraron en él, siendo saludadas

con gran respeto por el portero, hombre obeso, embutido en un gran

casacón, con botones dorados.

Aquella era, indudablemente, su casa.

El capitán, deseoso de alcanzar la última mirada de la joven y ver una

vez más su rostro, se colocó con bastante descaro sobre el umbral y vió

cómo las dos señoras comenzaban a ascender por la gran escalera de

mármol con balaustradas doradas que arrancaba del fondo del patio.

No se había equivocado Alvarez al suponer que aún le miraría la joven,

pues ésta, al llegar al gran rellano casi convertido en jardín, donde la

escalera se bifurcaba en dos ramas, se detuvo algunos instantes y fijó

sin turbación en el capitán sus ojazos tranquilos, en los que se

adivinaba usa naciente simpatía.

La otra señora, que subía más pausadamente, también se detuvo en el

rellano, y al volver la cabeza y ver al militar plantado audazmente en

el centro de la puerta, su rostro se coloreó con los tintes violáceos de

la más sofocante indignación.

Mientras su joven acompañante desaparecía en una rama de la escalera,

ella quedó algunos instantes inmóvil, como enclavada en el mármol por el

furor, y al fin, con voz de tono grave y temblorosa por la rabia, dejó

rodar una palabra en la que resumía toda su cólera:

--¡Mamarracho!

--Muchas gracias, señora--contestó Alvarez sonriente y con entonación

exageradamente galante, al mismo tiempo que hacía un saludo militar.

Y sin preocuparse por las foscas miradas del gordo portero, permaneció

sobre el umbral hasta que hubo desaparecido en lo alto de la escalera

aquel vestido de seda, rígido, majestuoso y soberbio como la toga de la

justicia.

La araña negra, t. 3/9 · 第 10 / 23 题