Al día siguiente oí a doña María quejarse de la profunda distracción de
Presentacioncita, de sus nerviosidades y palideces, del trastorno muy
visible que en sus maneras y lenguaje se había verificado, lo que acabó
de confirmar mi creencia respecto a la veracidad de la niña en las
confianzas que me hiciera. Llegada la noche, acudí a la segunda cita, y
pareciome que se habían agravado en la hermosa muchacha los síntomas
de exaltada y febril pasión.
—¡Cuánto ha tardado usted, don Juan! —me dijo reconviniéndome.
—He venido a la hora marcada, incomparable niña —repuse—. Si usted
se ha anticipado, no me acuse de tardío. Y ¿qué tal? ¿Se ha meditado
mucho? ¿Cómo está esa preciosa cabeza? ¿Se ha serenado, se ha aclarado
ese entendimiento?
—He pensado mucho en ello, señor don Juan —me dijo con abatimiento—, y
mi mal no tiene remedio.
—¡Que no tiene remedio! Eso lo veremos más adelante. Pero, por de
pronto, dígame usted su parecer acerca de la entrevista amistosa.
Contestome con hondo suspiro.
—La entrevista amistosa serviría tan solo para aumentar mi desgracia.
Déjeme usted, Pipaón, déjeme usted. Ni su amistad me sirve de nada, ni
quizás la merezco tampoco... Me moriré sola.
—Seamos razonables, adorada niña —dije alargando una mano por entre
los hierros de la reja—. Aquella persona a quien he dado esperanzas de
obtener algunos castos favores, está loca de alegría. Hoy no ha habido
despacho, y España y sus Indias andarán desgobernadas, mientras aquel
desatentado corazón no se tranquilice.
—¿Y si yo consintiera en la entrevista? —preguntó con afán.
—Entonces pronto se conocería en el risueño aspecto del reino, y en
la marcha rapidísima de los asuntos, que el trono había recobrado su
asiento.
—¿Pues qué —preguntó con incertidumbre—, el trono es capaz de
desquiciarse por mí?
—Presentacioncita, es máxima de la antigüedad que los reyes
contrariados en sus amores no gobiernan bien a los pueblos.
—¡Ay!, Pipaón, cada vez me inspira usted menos confianza —dijo ella—.
Se me figura que mientras yo manifiesto mis sentimientos más escondidos
con tanta sinceridad y tanta nobleza, usted, fingiendo interés por
mí, trata de engañarme, de perderme alevosamente, por servir a un
caprichoso amigo.
—¡Yo falso, yo alevoso, yo traidor! —exclamé con mucho brío—. ¡Aplicar
tales nombres a quien es la lealtad en persona... a quien daría gustoso
su vida por el prójimo, por usted, Presentacioncita de mi alma! Por
Dios, no me estime usted en menos de lo que valgo.
—No, usted no es sincero; usted oculta sus pensamientos —dijo en
tonillo quejumbroso—. Lo que ha hecho usted con las señoras de Porreño,
mis queridas amigas, prueba su mucho arte para el disimulo.
—¿Pues qué he hecho yo con esas dignas señoras? —interrogué,
maldiciendo interiormente aquel pícaro sesgo que había tomado nuestro
coloquio.
—¡Y lo pregunta!... Usted las entretuvo con promesas, mientras
consumaba su ruina; usted compró los créditos de don Alonso de Grijalva
con la libertad de Gasparito, y después...
—Basta, basta —exclamé con indignación—. Esos hechos no pueden juzgarse
en dos palabras. Si yo diera a usted explicaciones, ¡cuán distinta
sería su opinión acerca de esas supuestas maldades!
—No, si no digo yo que sean maldades. El hombre debe mirar por sí antes
que por los demás. Nada malo hay en procurar uno su propio bien, aunque
sea a costa ajena. Lo que digo es que usted sabe fingir muy bien; lo
que digo es que usted me está engañando.
—¡Oh!, santa Virgen de los Dolores, señora y patrona mía. ¿Cómo
convenceré a esta pícara de mi sinceridad, de mi buena fe? —dije con
vehemencia—. Yo juro que nada he pensado que pueda ser contrario a la
perfecta felicidad de usted, a su virtud esclarecida, al interés de su
noble familia.
Y era verdad lo que pensaba. ¿Qué hacía yo sino proporcionar a la
abatida familia de Rumblar fabulosos adelantamientos y repentina
prosperidad? Interesado vivamente por el bien del reino en general y
de cada español en particular, yo me constituía en protector de una
familia, harto necesitada de una buena mano que la ayudase a salir del
atolladero de sus deudas, y del pantano de sus inacabables pleitos.
—Y si no cree usted mis palabras —le dije resueltamente—, a los hechos
me atengo. Ya he ofrecido a usted el medio de cerciorarse por sí misma,
y no digo más.
—Acepto —dijo con viva energía, golpeando con el puño el antepecho de
la ventanilla—. Acepto la entrevista amistosa. ¡Que Dios tenga piedad
de mí!
—¡Oh, mujer feliz entre todas las mujeres felices de la tierra! En
vuestra grandeza, señora mía, no olvidéis de hacer algo por este
humilde servidor de Vuestra Majestad.
Al decir esto, me descubrí respetuosamente ante ella. Presentacioncita
rompió a reír con vanidosa expresión.
—¡Yo Majestad! —exclamó—. Vamos, que pierdo el tino; ¡que lo pierdo sin
remedio!
—Otras cosas hay más imposibles.
—No desvariemos, Pipaón. Sería locura pensar que he de salir de mi
estado y condición actual. ¡Jesús!
—Monaguillo te vean mis ojos, que obispo...
—No, no hay que pensar en tales imposibilidades... posibles, pero que
yo rechazo desde ahora. Lo que digo es que si por acaso me levantase yo
dos dedos más arriba de donde estoy ahora, emplearía mi valimiento en
hacer todo el bien posible.
—¡Admirable corazón!... —exclamé con fingido entusiasmo—. Permitidme,
señora, que salude en vos al iris de paz de la hispana monarquía. ¡Oh,
señora! ¡Oh, excelsa joven! ¡Cuánto siento no estar en sitio donde
pueda prosternarme!...
—¡Se va usted a poner de rodillas! —dijo riendo—. No tanto, señor don
Juan. Solo decía que en caso de tener algún poder...
—¡Algún poder!... Inmenso poderío tendrá usted... ¡Oh, señora, no
se olvide usted de los desgraciados, de los menesterosos, de los
pobrecitos, ¡ay!, de los pobrecitos huérfanos sobre todo!
—Sobre todo de los infelices que gimen en las cárceles y en los
presidios por opiniones políticas.
—También, también: ¿por qué no? Apiádese usted de todo bicho viviente.
—Nada me contrista tanto —añadió con gravedad— como oír hablar de esas
crueles comisiones militares, de esas persecuciones horrendas. ¡Oh!
¡Qué dulce será conseguir el perdón de los desgraciados para quienes
se ha levantado la horca! ¡Qué inefable dicha correr en busca de la
afligida madre, de la esposa, de la inocente hija, para decirles: «por
intercesión mía tenéis padre, tenéis marido, tenéis hijo»! ¡Abrir las
puertas de la patria a los proscritos, arrancar la vil soga de manos
del verdugo, aplacar la ira de los furibundos jueces, derramar el
bálsamo de la caridad en el irritado y endurecido corazón del mejor de
los reyes!... ¡Oh, qué hermoso papel! ¡Dios mío, mátame, o déjame hacer
ese papel!
A esta exaltación sublime siguió en la sensible muchacha un abatimiento
profundo. Yo la contemplaba, diciendo para mí:
—Tan atroz es su pasión, que poco le falta para estar rematadamente
loca.
—¡Qué sueños! —murmuró en tono patético pasando la mano por su abrasada
frente—. ¡Qué disparates he dicho, Pipaón!... Pero mi desvarío es
disculpable, ¿no es verdad? ¿Quién no pierde la vista hallándose tan
cerca del sol? ¿Quién al sentir en su rostro el calor que irradia
aquel centro de luz y de poder, de grandeza y munificencia, no se
trastorna y marea?... Yo no sé lo que pienso, yo estoy absorta. Me
parece que estoy amando a una sombra regia, a una figura magnífica
y arrebatadora que para seducirme ha brotado de las estampas de un
libro de historia. ¡Son tan altos los reyes! Feliz el gusano miserable
que cae bajo su augusto pie. Honran hasta aquello que aplastan...
Mi destino está ya decidido. No puedo contenerme —añadió con brío—.
Adelante: Dios estará conmigo, puesto que está con él, como decía _La
Atalaya_. ¿No es el hijo predilecto de Dios? ¿No le ha puesto Dios
en el trono? ¿No emanan sus acciones todas de inspiración divina?
¿No están de antemano aprobados todos sus actos por el Eterno Padre?
Adelante. Cúmplase mi destino y la voluntad de Dios.
No era ocasión de perder el tiempo en vanas retóricas. Deseando
concluir le dije:
—Su Majestad va casi todas las tardes a la Casa de Campo.
—¿Al otro lado del Manzanares?... No he estado nunca allí —repuso en
tono pueril—. Dicen que es muy bonito. Hay jardines preciosos, y un
lago... todo de agua.
—Todo de agua, exactamente. Es un lugar delicioso. Iremos allá los dos.
—Bueno. Pasearemos primero por entre los árboles.
—Y nos embarcaremos en los botes del lago.
—¡Oh! ¡En los botes del lago! ¡Qué delicia! Pero, ¡ay! —exclamó con
pena—, ocurre una dificultad grande.
—¿Cuál?
—Gasparito...
—Al diantre con Gasparito.
—No es esa la principal dificultad. Por la mañana le encargaré una
comisión cualquiera, y cuando venga a darme la respuesta, ya habré
salido yo.
—¡Admirable idea!
—Pero mamá no me dejará salir sola de casa. Forzosamente me ha de
acompañar mi hermano.
—¡El señor don Diego! —exclamé meditabundo, considerando que el
heredero de aquella noble casa no pecaba de sabio.
—No puede ser de otra manera. Mi hermano ha de ir conmigo; pero bien
sabe usted que, aunque se ha corregido mucho, es bastante aturdido.
—Me ocurre una idea —repuse, encontrando solución a aquella
contrariedad—. No importa que el señor don Diego nos acompañe hasta la
posesión regia. Entraremos los tres: nos pasearemos por espacio de una
hora, u hora y media; luego se le hace salir con cualquier pretexto...
—Y volverá a entrar.
—No: de que no vuelva a entrar me encargo yo.
—¡Cómo resuelve usted todas las dificultades!... Por mi parte yo
procuraré catequizar desde esta noche a mi señor hermano, que ahora
está muy fino y complaciente conmigo. Le diré que usted nos ha
convidado para pasear por la Casa de Campo sin que lo sepa mamá; que
usted conoce al administrador, el cual nos permitirá divertirnos mucho,
correr por todos lados, hacer lo que queramos, como si la posesión
fuera nuestra.
—Y cazar y pescar. Prométale usted lo que quiera. Haremos locuras para
que nadie sospeche. Cuando llegue la ocasión en que su presencia nos
estorbe, usted dirá que se le ha olvidado cualquier cosa, que desea una
fruslería; por ejemplo...
—Caramelos.
—No hay tal cosa por aquellos alrededores; pero se pueden pedir...
—Anises.
—En los puestos del río los hay. Usted manda a su hermano que le traiga
anises, ¿eh? Él sale...
—Y no vuelve a entrar... Es usted el mismo demonio. En fin, estoy
decidida. Que no me abandone Dios es lo que deseo.
Después, estremeciéndose de súbito, lanzó un suspiro, y con voz
conmovida me dijo:
—¡Qué paso tan arriesgado voy a dar, y qué falta tan enorme voy a
cometer!... Aunque ningún pensamiento impuro me arrastra, yo sé que
esto es una falta, una culpa que Dios no me perdonará... ¡no, Pipaón,
no me la perdonará Dios!
—¡Oh!, siempre fue escrupulosa la inocencia —exclamé con zalamería—.
¡Angelical criatura! Si a mí me fuera concedida una mínima parte de la
celestial gracia de usted... ¡Pecado, culpabilidad, impureza! ¿A qué
pronunciar estas palabras quien por su condición seráfica está libre
del contacto del mal?... Écheme usted la bendición y me creeré bueno.
Lejos de calmarse con mis afectadas razones, afligiose más, Vi que
rodaban por sus mejillas abundantes lágrimas y que, cruzando las manos,
alzaba al cielo los ojos.
—¡Dios mío, perdóname!... ¡Madre mía, familia mía, abuelos y
ascendientes míos, perdonadme! —murmuró sordamente.
Satisfecho yo también de la madurez de su pasión, le dije mil cosillas
consoladoras, estrechando sus manos entre las mías. Ella inclinó la
frente, y sentí el vivo calor de ella, así como la humedad de su llanto
en mi mano.
—Pipaón —dijo con ansiedad—, júreme usted que no dirá esto a nadie; que
todo quedará en profundo misterio; júreme usted que no me despreciará
si por acaso... júreme usted que sus propósitos son buenos, sus
intenciones leales...
Yo juré cuanto ella quiso que jurase.
—Es tarde —dijo al fin—. Retirémonos. Júreme usted que no faltará
mañana a la cita.
—¿Lo duda usted? A las dos, ¿no es eso?
—A las dos. ¡Ay, qué doloroso, qué horrible es desear y temer al mismo
tiempo!
—Esperaré en la cuesta de la Vega con un coche simón; téngalo usted
presente: con un coche simón.
—Iré con mi hermano.
—Solo con su hermano.
—No hay que hablar más. Adiós. Hasta mañana.