XXV

Al día siguiente oí a doña María quejarse de la profunda distracción de

Presentacioncita, de sus nerviosidades y palideces, del trastorno muy

visible que en sus maneras y lenguaje se había verificado, lo que acabó

de confirmar mi creencia respecto a la veracidad de la niña en las

confianzas que me hiciera. Llegada la noche, acudí a la segunda cita, y

pareciome que se habían agravado en la hermosa muchacha los síntomas

de exaltada y febril pasión.

—¡Cuánto ha tardado usted, don Juan! —me dijo reconviniéndome.

—He venido a la hora marcada, incomparable niña —repuse—. Si usted

se ha anticipado, no me acuse de tardío. Y ¿qué tal? ¿Se ha meditado

mucho? ¿Cómo está esa preciosa cabeza? ¿Se ha serenado, se ha aclarado

ese entendimiento?

—He pensado mucho en ello, señor don Juan —me dijo con abatimiento—, y

mi mal no tiene remedio.

—¡Que no tiene remedio! Eso lo veremos más adelante. Pero, por de

pronto, dígame usted su parecer acerca de la entrevista amistosa.

Contestome con hondo suspiro.

—La entrevista amistosa serviría tan solo para aumentar mi desgracia.

Déjeme usted, Pipaón, déjeme usted. Ni su amistad me sirve de nada, ni

quizás la merezco tampoco... Me moriré sola.

—Seamos razonables, adorada niña —dije alargando una mano por entre

los hierros de la reja—. Aquella persona a quien he dado esperanzas de

obtener algunos castos favores, está loca de alegría. Hoy no ha habido

despacho, y España y sus Indias andarán desgobernadas, mientras aquel

desatentado corazón no se tranquilice.

—¿Y si yo consintiera en la entrevista? —preguntó con afán.

—Entonces pronto se conocería en el risueño aspecto del reino, y en

la marcha rapidísima de los asuntos, que el trono había recobrado su

asiento.

—¿Pues qué —preguntó con incertidumbre—, el trono es capaz de

desquiciarse por mí?

—Presentacioncita, es máxima de la antigüedad que los reyes

contrariados en sus amores no gobiernan bien a los pueblos.

—¡Ay!, Pipaón, cada vez me inspira usted menos confianza —dijo ella—.

Se me figura que mientras yo manifiesto mis sentimientos más escondidos

con tanta sinceridad y tanta nobleza, usted, fingiendo interés por

mí, trata de engañarme, de perderme alevosamente, por servir a un

caprichoso amigo.

—¡Yo falso, yo alevoso, yo traidor! —exclamé con mucho brío—. ¡Aplicar

tales nombres a quien es la lealtad en persona... a quien daría gustoso

su vida por el prójimo, por usted, Presentacioncita de mi alma! Por

Dios, no me estime usted en menos de lo que valgo.

—No, usted no es sincero; usted oculta sus pensamientos —dijo en

tonillo quejumbroso—. Lo que ha hecho usted con las señoras de Porreño,

mis queridas amigas, prueba su mucho arte para el disimulo.

—¿Pues qué he hecho yo con esas dignas señoras? —interrogué,

maldiciendo interiormente aquel pícaro sesgo que había tomado nuestro

coloquio.

—¡Y lo pregunta!... Usted las entretuvo con promesas, mientras

consumaba su ruina; usted compró los créditos de don Alonso de Grijalva

con la libertad de Gasparito, y después...

—Basta, basta —exclamé con indignación—. Esos hechos no pueden juzgarse

en dos palabras. Si yo diera a usted explicaciones, ¡cuán distinta

sería su opinión acerca de esas supuestas maldades!

—No, si no digo yo que sean maldades. El hombre debe mirar por sí antes

que por los demás. Nada malo hay en procurar uno su propio bien, aunque

sea a costa ajena. Lo que digo es que usted sabe fingir muy bien; lo

que digo es que usted me está engañando.

—¡Oh!, santa Virgen de los Dolores, señora y patrona mía. ¿Cómo

convenceré a esta pícara de mi sinceridad, de mi buena fe? —dije con

vehemencia—. Yo juro que nada he pensado que pueda ser contrario a la

perfecta felicidad de usted, a su virtud esclarecida, al interés de su

noble familia.

Y era verdad lo que pensaba. ¿Qué hacía yo sino proporcionar a la

abatida familia de Rumblar fabulosos adelantamientos y repentina

prosperidad? Interesado vivamente por el bien del reino en general y

de cada español en particular, yo me constituía en protector de una

familia, harto necesitada de una buena mano que la ayudase a salir del

atolladero de sus deudas, y del pantano de sus inacabables pleitos.

—Y si no cree usted mis palabras —le dije resueltamente—, a los hechos

me atengo. Ya he ofrecido a usted el medio de cerciorarse por sí misma,

y no digo más.

—Acepto —dijo con viva energía, golpeando con el puño el antepecho de

la ventanilla—. Acepto la entrevista amistosa. ¡Que Dios tenga piedad

de mí!

—¡Oh, mujer feliz entre todas las mujeres felices de la tierra! En

vuestra grandeza, señora mía, no olvidéis de hacer algo por este

humilde servidor de Vuestra Majestad.

Al decir esto, me descubrí respetuosamente ante ella. Presentacioncita

rompió a reír con vanidosa expresión.

—¡Yo Majestad! —exclamó—. Vamos, que pierdo el tino; ¡que lo pierdo sin

remedio!

—Otras cosas hay más imposibles.

—No desvariemos, Pipaón. Sería locura pensar que he de salir de mi

estado y condición actual. ¡Jesús!

—Monaguillo te vean mis ojos, que obispo...

—No, no hay que pensar en tales imposibilidades... posibles, pero que

yo rechazo desde ahora. Lo que digo es que si por acaso me levantase yo

dos dedos más arriba de donde estoy ahora, emplearía mi valimiento en

hacer todo el bien posible.

—¡Admirable corazón!... —exclamé con fingido entusiasmo—. Permitidme,

señora, que salude en vos al iris de paz de la hispana monarquía. ¡Oh,

señora! ¡Oh, excelsa joven! ¡Cuánto siento no estar en sitio donde

pueda prosternarme!...

—¡Se va usted a poner de rodillas! —dijo riendo—. No tanto, señor don

Juan. Solo decía que en caso de tener algún poder...

—¡Algún poder!... Inmenso poderío tendrá usted... ¡Oh, señora, no

se olvide usted de los desgraciados, de los menesterosos, de los

pobrecitos, ¡ay!, de los pobrecitos huérfanos sobre todo!

—Sobre todo de los infelices que gimen en las cárceles y en los

presidios por opiniones políticas.

—También, también: ¿por qué no? Apiádese usted de todo bicho viviente.

—Nada me contrista tanto —añadió con gravedad— como oír hablar de esas

crueles comisiones militares, de esas persecuciones horrendas. ¡Oh!

¡Qué dulce será conseguir el perdón de los desgraciados para quienes

se ha levantado la horca! ¡Qué inefable dicha correr en busca de la

afligida madre, de la esposa, de la inocente hija, para decirles: «por

intercesión mía tenéis padre, tenéis marido, tenéis hijo»! ¡Abrir las

puertas de la patria a los proscritos, arrancar la vil soga de manos

del verdugo, aplacar la ira de los furibundos jueces, derramar el

bálsamo de la caridad en el irritado y endurecido corazón del mejor de

los reyes!... ¡Oh, qué hermoso papel! ¡Dios mío, mátame, o déjame hacer

ese papel!

A esta exaltación sublime siguió en la sensible muchacha un abatimiento

profundo. Yo la contemplaba, diciendo para mí:

—Tan atroz es su pasión, que poco le falta para estar rematadamente

loca.

—¡Qué sueños! —murmuró en tono patético pasando la mano por su abrasada

frente—. ¡Qué disparates he dicho, Pipaón!... Pero mi desvarío es

disculpable, ¿no es verdad? ¿Quién no pierde la vista hallándose tan

cerca del sol? ¿Quién al sentir en su rostro el calor que irradia

aquel centro de luz y de poder, de grandeza y munificencia, no se

trastorna y marea?... Yo no sé lo que pienso, yo estoy absorta. Me

parece que estoy amando a una sombra regia, a una figura magnífica

y arrebatadora que para seducirme ha brotado de las estampas de un

libro de historia. ¡Son tan altos los reyes! Feliz el gusano miserable

que cae bajo su augusto pie. Honran hasta aquello que aplastan...

Mi destino está ya decidido. No puedo contenerme —añadió con brío—.

Adelante: Dios estará conmigo, puesto que está con él, como decía _La

Atalaya_. ¿No es el hijo predilecto de Dios? ¿No le ha puesto Dios

en el trono? ¿No emanan sus acciones todas de inspiración divina?

¿No están de antemano aprobados todos sus actos por el Eterno Padre?

Adelante. Cúmplase mi destino y la voluntad de Dios.

No era ocasión de perder el tiempo en vanas retóricas. Deseando

concluir le dije:

—Su Majestad va casi todas las tardes a la Casa de Campo.

—¿Al otro lado del Manzanares?... No he estado nunca allí —repuso en

tono pueril—. Dicen que es muy bonito. Hay jardines preciosos, y un

lago... todo de agua.

—Todo de agua, exactamente. Es un lugar delicioso. Iremos allá los dos.

—Bueno. Pasearemos primero por entre los árboles.

—Y nos embarcaremos en los botes del lago.

—¡Oh! ¡En los botes del lago! ¡Qué delicia! Pero, ¡ay! —exclamó con

pena—, ocurre una dificultad grande.

—¿Cuál?

—Gasparito...

—Al diantre con Gasparito.

—No es esa la principal dificultad. Por la mañana le encargaré una

comisión cualquiera, y cuando venga a darme la respuesta, ya habré

salido yo.

—¡Admirable idea!

—Pero mamá no me dejará salir sola de casa. Forzosamente me ha de

acompañar mi hermano.

—¡El señor don Diego! —exclamé meditabundo, considerando que el

heredero de aquella noble casa no pecaba de sabio.

—No puede ser de otra manera. Mi hermano ha de ir conmigo; pero bien

sabe usted que, aunque se ha corregido mucho, es bastante aturdido.

—Me ocurre una idea —repuse, encontrando solución a aquella

contrariedad—. No importa que el señor don Diego nos acompañe hasta la

posesión regia. Entraremos los tres: nos pasearemos por espacio de una

hora, u hora y media; luego se le hace salir con cualquier pretexto...

—Y volverá a entrar.

—No: de que no vuelva a entrar me encargo yo.

—¡Cómo resuelve usted todas las dificultades!... Por mi parte yo

procuraré catequizar desde esta noche a mi señor hermano, que ahora

está muy fino y complaciente conmigo. Le diré que usted nos ha

convidado para pasear por la Casa de Campo sin que lo sepa mamá; que

usted conoce al administrador, el cual nos permitirá divertirnos mucho,

correr por todos lados, hacer lo que queramos, como si la posesión

fuera nuestra.

—Y cazar y pescar. Prométale usted lo que quiera. Haremos locuras para

que nadie sospeche. Cuando llegue la ocasión en que su presencia nos

estorbe, usted dirá que se le ha olvidado cualquier cosa, que desea una

fruslería; por ejemplo...

—Caramelos.

—No hay tal cosa por aquellos alrededores; pero se pueden pedir...

—Anises.

—En los puestos del río los hay. Usted manda a su hermano que le traiga

anises, ¿eh? Él sale...

—Y no vuelve a entrar... Es usted el mismo demonio. En fin, estoy

decidida. Que no me abandone Dios es lo que deseo.

Después, estremeciéndose de súbito, lanzó un suspiro, y con voz

conmovida me dijo:

—¡Qué paso tan arriesgado voy a dar, y qué falta tan enorme voy a

cometer!... Aunque ningún pensamiento impuro me arrastra, yo sé que

esto es una falta, una culpa que Dios no me perdonará... ¡no, Pipaón,

no me la perdonará Dios!

—¡Oh!, siempre fue escrupulosa la inocencia —exclamé con zalamería—.

¡Angelical criatura! Si a mí me fuera concedida una mínima parte de la

celestial gracia de usted... ¡Pecado, culpabilidad, impureza! ¿A qué

pronunciar estas palabras quien por su condición seráfica está libre

del contacto del mal?... Écheme usted la bendición y me creeré bueno.

Lejos de calmarse con mis afectadas razones, afligiose más, Vi que

rodaban por sus mejillas abundantes lágrimas y que, cruzando las manos,

alzaba al cielo los ojos.

—¡Dios mío, perdóname!... ¡Madre mía, familia mía, abuelos y

ascendientes míos, perdonadme! —murmuró sordamente.

Satisfecho yo también de la madurez de su pasión, le dije mil cosillas

consoladoras, estrechando sus manos entre las mías. Ella inclinó la

frente, y sentí el vivo calor de ella, así como la humedad de su llanto

en mi mano.

—Pipaón —dijo con ansiedad—, júreme usted que no dirá esto a nadie; que

todo quedará en profundo misterio; júreme usted que no me despreciará

si por acaso... júreme usted que sus propósitos son buenos, sus

intenciones leales...

Yo juré cuanto ella quiso que jurase.

—Es tarde —dijo al fin—. Retirémonos. Júreme usted que no faltará

mañana a la cita.

—¿Lo duda usted? A las dos, ¿no es eso?

—A las dos. ¡Ay, qué doloroso, qué horrible es desear y temer al mismo

tiempo!

—Esperaré en la cuesta de la Vega con un coche simón; téngalo usted

presente: con un coche simón.

—Iré con mi hermano.

—Solo con su hermano.

—No hay que hablar más. Adiós. Hasta mañana.

Memorias de un cortesano de 1815 · 第 26 / 28 题