Llegó al fin la hora de la cita.
—¡Qué miedo tengo, señor de Pipaón! —dijo cuando cambiamos los primeros
saludos—, ¡qué miedo tengo, a pesar de las precauciones tomadas! No
es fácil que mamá me descubra; pero sí mi hermano Gaspar, que por las
noches ronda la casa, no contento con vigilarme de día, imponiéndome su
voluntad hasta en los actos más insignificantes.
Después de tranquilizarla sobre este particular, le dije:
—Encantadora niña, ¡cuán mal sienta a esa incomparable persona, digna
de un emperador, afanarse por un mozalbete sin fundamento, como
Gasparito Grijalva! Mal empleados ojos puestos en él, mal empleada boca
hablándole, y mal empleado corazón amándole. Presentacioncita, usted no
se ha mirado al espejo, usted no conoce su mérito, usted no ha sabido
apreciar el inmenso tesoro de su propia persona, la cual es de tanta
valía, que casi casi no conozco ningún hombre digno de poseerla.
—¡Qué adulador es usted! —replicó sonriendo vagamente—. ¿Es eso lo que
tenía que decirme?
—Por ahí empiezo, niña mía; empiezo por pasmarme de que quiera usted al
hijo de don Alonso, habiendo en el mundo tanto bueno...
—Puesto que he venido aquí a hablar a usted con franqueza —dijo
interrumpiéndome—, no le ocultaré que Gasparito no me interesa ya gran
cosa.
—¡Oh, confesión admirable! —exclamé con gozo—. Mire usted... me lo
figuraba. ¡Si no podía ser de otra manera! Si esos ojos fueran nacidos
para mirar a Gasparito, merecerían cegar. Digan lo que quieran, no se
hizo el sol para los insectos.
—Yo no sé lo que ha pasado en mí —prosiguió—; pero de la mañana a la
noche se me ha concluido la afición que a Gasparito tenía. Esto parece
raro; pero no lo es, porque a muchas ha ocurrido lo mismo.
—Es que algunas chiquillas toman por amor lo que no lo es; y cuando
viene la pasión verdadera, se asombran de haber derramado aquellas
primeras lagrimitas por un objeto indigno.
—Yo creía estar apasionada de Gaspar: ¡cosas de chiquillas! Cuando una
juega con sus muñecas cree amarlas mucho, y después se ríe de ellas.
—¡Admirable idea!... Gasparito es una muñeca, y para usted acabó de
repente la época de los juegos.
—Confieso que en un tiempo le quise...
—¡Ah, en un tiempo!... Luego...
—Gaspar es un muchachuelo vulgar, un joven adocenado —afirmó
expresándose con cierto desdén—. ¡Parece mentira que yo le amara!...
¡Qué grande error!
—¡Enorme error!... Pero, en fin, nada se ha perdido. Ahora bien: ¿puedo
saber desde cuándo...?
—¿Desde cuándo? —repitió en un tono que revelaba sin género de duda
cortedad de genio.
—Pero no me lo confiese usted, niña —dije con viveza—. A ver si lo
adivino yo. ¿Apostamos a que lo adivino?
—¿Apostamos a que no?
—¡Ay!, Presentacioncita, yo no carezco de perspicacia. Desde aquella
noche en que salimos de casa y tuvimos la malhadada aventura de la
calle del Bastero, y aquel descomunal susto, cuando me vi precisado a
hacer uso de las armas.
—Que se quema, que se quema usted.
—Sí; desde aquella noche, desde aquel encuentro con dos caballeros
desconocidos, cuando usted perdió el sentido y... ¿Acierto, mi señora
doña Presentacioncita? ¿Sí o no?
—Sí —repuso con voz que apenas se oía, más semejante a un suspiro que a
una voz.
Alzando los ojos, contemplaba el cielo con tristeza.
—Pues bien —añadí lleno de entusiasmo—, los pensamientos de usted se
avienen perfectamente con lo que yo tenía que decirla. Nos entendemos.
¡Benditos corazones los nuestros que así concuerdan, respondiendo el
uno a los afanes del otro!
—Yo soy muy desgraciada, don Juan —me dijo—. ¿No conviene usted en que
soy muy desgraciada?
—Según y cómo —respondí—, según y cómo. Puede usted ser muy
desgraciada, pero muy desgraciada, y puede ser feliz, muy feliz,
felicísima.
—Lo primero es lo cierto.
—¡Ah, si usted supiera, si yo dijera aquí todo lo que sé! ¡Oh, arcángel
enviado por Dios a la tierra para consuelo de los tristes mortales!...
Pero vamos por partes. ¿Se acuerda usted de la función de los
trinitarios, y de la recepción de Su Majestad en la sala capitular del
convento?
—¡Que si me acuerdo! —exclamó, cubriendo el rostro con sus manos y
descubriéndolo después más pálido, más bello, más interesante—. Ya que
se ha establecido entre nosotros cierta confianza; ya que he hecho
ciertas revelaciones que me han costado mucho, no ocultaré nada,
respetable amigo mío... Aquel día, la presencia de Su Majestad y el
reconocer en sus nobles facciones las mismas del generoso caballero que
me había amparado la noche anterior, produjeron general trastorno en
mi alma. Sentí primero una especie de terror. Yo no había visto nunca
a Su Majestad. La idea de haber estado tan cerca, de haber estado en
los mismos augustos brazos del rey, de aquel gloriosísimo monarca, de
aquel hombre que casi no lo es, por su superioridad sobre los demás,
me conturbaba y confundía de tal manera, que no era dueña de mí misma.
Durante todo el día estuve atónita, paralizada, estupefacta. Parecíame
que resonaba su voz en mis oídos constantemente, y que no se apartaban
de mí aquellos negros ojos majestuosos, a los de ningún hombre
parecidos.
—¡Admirable concordia de sentimientos! —exclamé interrumpiéndola—.
¿Pero es usted una mujer, o un serafín?
—Aquella noche no pude dormir. Estaba fascinada, y no sabía apartarme
del retrato del rey que mamá tiene en su cuarto haciendo juego con la
estampa del señor san José. En los siguientes días, traté de vencer
la irresistible atracción que me llevaba violentísimamente a recrear
mi espíritu con los recuerdos de aquella noche y aquel día. Pero,
¡ay!, mi señor don Juan. La noble, la gallarda, la incomparable imagen
no se podía apartar de mi imaginación. Cuando oía leer la _Gaceta_
y pronunciaban delante de mí el nombre del rey; cuando Ostolaza le
nombraba en la tertulia para encomiarle hasta las nubes por sus buenas
acciones, mi rostro se encendía, parecía que iban a estallar mis venas
todas, y a romperse en mil pedazos mi corazón.
—¡Oh!, lo creo, lo creo —dije con calor—. Su Majestad cautiva de ese
modo el ánimo de cuantos le miran. ¡Qué gallardía en su persona!
¡Qué nobleza y grave hermosura en su semblante! ¡Qué caballerosidad
e hidalguía en sus modales! ¡Qué dulce música en su voz! No existe
otro más seductor en el conjunto de los hombres... ¿Pues qué diré de
sus elevados pensamientos, de aquella bondad de corazón, de aquella
inteligencia suprema, para la cual no hay en el arte del gobierno
oscuridades ni enigmas? ¿Qué diré de su espíritu de justicia, del gran
amor que profesa a sus vasallos, de su religiosidad supina, de todas
las admirables prendas de su alma, las cuales son tantas, que parece
mentira haya puesto Dios en una sola pieza tal número de perfecciones?
Usted le tratará más de cerca, usted le oirá, usted podrá conocer
por sí misma que las cualidades de ese angélico ser, a quien Dios ha
puesto al frente de la infeliz España, exceden con mucho a sus altas
perfecciones físicas.
—La nariz es un poco grande —dijo Presentacioncita con una salida de
tono que me hizo estremecer—; pero no por eso deja de ser admirable el
conjunto del rostro.
—¡La nariz grande! Así la tuvieron Trajano, Federico de Prusia; así
eran también la de Cicerón, la de Ovidio y tantos otros hombres
eminentes... Pero esto no hace al caso. Lo que importa es que sepa
usted los sentimientos que ha despertado en aquel noble y generoso
corazón, no ocupado enteramente del amor a la patria y al sabio
gobierno absoluto. ¡Oh, mujer feliz entre las mujeres felices! —añadí
con mucho calor—. ¡Oh, flor escogida entre las flores escogidas! ¡Oh,
virgen superior a todas las vírgenes! puede usted vanagloriarse de ser
la primera que ha encendido una llama ardiente, pura; una llama...
Presentacioncita se cubrió de nuevo el rostro con las manos. Entonces
pasó por mi mente la sospecha de que fuese yo en aquel instante víctima
de un bromazo tremendo. ¿Pero cómo era posible que el fingimiento de
la muchacha fuese tan magistral? No; ninguna actriz de la tierra,
aunque se llamase María Ladvenant o Rita Luna, era capaz de simular los
sentimientos con tal perfección, desfigurando el rostro, estudiando
las palabras, midiendo las actitudes, sin que ni un solo momento se
descuidase y revelara el pérfido artificio.
Observé a Presentacioncita con atención profunda, y cuanto más la
miraba más me confirmaba en mi creencia de que lo que veía y oía era la
realidad de una pasión verdadera. Mis últimas zozobras se disiparon,
cuando la vi alzar la frente y me mostró su rostro bañado en lágrimas,
en verdaderas lágrimas de ternura y dolor. ¡Oh, estaba preciosa! Entre
ahogados sollozos, exclamó:
—Señor don Juan, ¡por amor de Dios!, no me diga usted eso, no me lo
diga usted. Es una falta de caridad jugar así con el corazón de esta
desgraciada.
Sus dulces lágrimas humedecieron mi mano. ¡Qué lástima que aquel rocío
celeste no fuera para mí! Me avergoncé de haber dudado un solo instante.
—¿No me cree usted? —dije—. Pues muy fácilmente puede convencerse de mi
veracidad. Yo le proporcionaré ocasión de que oiga usted misma de los
labios...
—¡Oh!, eso no puede ser... —replicó con dignidad.
—No propongo nada contrario al honor —añadí—. Su Majestad creo que
daría la mitad de su corona por poder manifestarle a usted los
sentimientos que le ha inspirado. Yo tengo el honor de ser amigo de Su
Majestad, y me ha confiado este deseo de su corazón. ¿A qué conduce
el negarle tan dulce y legítimo consuelo, cuando él, por la misma
sublimidad de su amor, no aspira a nada que arroje sombra de mancilla
sobre la adorada persona de usted?
—¡Oh, qué disparates! —dijo con miedo—. No, esto no puede pasar de
aquí. Ni mi humilde condición con respecto a la suya me permite
acercarme a él con legítimo fin, ni mi honra me lo consiente de otro
modo. Es este un problema que no puede resolverse. No lo resolverá Su
Majestad con todo su poder, ni me deslumbrará el esplendor de su corona
hasta cegarme los ojos con que miro mi deber, la reputación de mi
nombre y mi casa. ¡Jamás! Oiga usted bien lo que digo. Jamás consentiré
en ver ni hablar a esa alta persona. Si he confesado lo que usted acaba
de oír, lo he hecho porque mi corazón necesitaba esta noble, esta leal
expansión con un cariñoso amigo que no puede venderme.
—Pero él...
—Ni una sola palabra más sobre este asunto. ¡Qué necia he sido! ¿Por
qué no se me abrasó la lengua? Antes moriré cien veces que consentir
en ser recibida por su amigo de usted, o en aceptar su visita.
¡Miserable de mí! Me daría yo misma con mis propias manos la muerte, si
me viese cogida en una inicua celada por los cortesanos y aduladores de
Su Majestad.
—¿Usted ha podido creer que yo...? —dije muy confundido.
—¿Por qué lo he de negar? Creo que, a pesar de su honradez, el deseo de
servir a su señor le impulsa a abusar de mi confianza, de mi debilidad,
de esta franqueza quizás culpable con que le he hablado... ¡Oh, Dios
mío! ¡cuán desgraciada soy, cuán desgraciada!
—Señora, yo juro que nada he pensado contrario al honor de usted y
de su hidalga familia. Pero no negaré que he creído posible y hasta
conveniente para la tranquilidad del mejor de los hombres y del más
virtuoso de los reyes, el preparar una entrevista amistosa...
—¡Por Dios! ¡Por todos los santos! —exclamó con acento dolorido—. Usted
ha tramado perderme; usted no es ni puede ser un hombre leal. Pipaón,
se acabó; ni una palabra más: retírese usted. ¡Al momento, al momento!
—Calma, calma. Lo decidiremos despacio y sin reñir, ni llamarme desleal.
—¿Qué quiere usted decir con entrevistas amistosas?
—Una conferencia de amigos, una explicación...
Quedose meditabunda largo rato, y yo pendiente de su contestación, con
el alma en los oídos.
—Bien, lo pensaré. Deme usted esta noche para pensarlo.
—¿Y mañana recibiré la contestación?
—Sí, mañana en este mismo sitio y a la misma hora.
Cuando esto decía, sentí un rumor extraño en lo interior de la casa.
—Mi hermano viene —dijo con zozobra—. Retírese usted al momento, al
momento, y apriete el paso. ¡Oh! Ha sido una suerte que Gasparito esté
malo y no pueda salir de noche.
—Dios le conserve el mal... Conque hasta mañana, ¿eh? Adiós, niña mía.
Cerró la reja, y me retiré a mi casa. Yo también necesitaba meditar.