XXVI

En la mañana del día siguiente no dejé de visitar a don S... S..., uno

de los funcionarios más respetables, más insignes de aquella monarquía.

Desempeñaba el cargo dificilísimo de administrador de la Casa de

Campo tan a gusto de Su Majestad, que no le cambiara este por uno de

sus mejores ministros. No le nombraré más que por sus iniciales, con

cuya delicada reserva evitaré que salgan ahora a reclamar la gloria

de su descendencia algunos de esos holgazanes que, faltos de virtudes

propias, se gallardean y ufanan con las de sus mayores. Don S... S...

no había salido de ninguna universidad, sino de las cocinas de Palacio,

en cuyas humildes aulas consiguió prestar al entonces príncipe de

Asturias repetidos servicios, denunciándole supuestos envenenamientos

en algunos platos. Por estos escalones llegó don S... S... a subir tan

alto, que después de 1814 era hombre que no se cambiaría por Pedro

Collado, ni por el duque de Alagón.

Desempeñaba sus funciones este sujeto con solicitud admirable. Se le

veía en todos los sitios públicos, y con frecuencia en el interior

de los teatros, donde nunca faltaba alguna cómica o bailarina a quien

tuviese que dar un recadillo. Había que verle en la Casa de Campo

a ciertas horas y en ciertos días, dando pruebas de tan consumada

prudencia, discreción y talento, que no se podía pedir más. Yo me

honraba con su amistad, y cuando le anuncié mi visita a la real

posesión acompañado de una madamita, alegrose en extremo, y se extendió

en largas disertaciones acerca de las dificultades de su cargo,

prometiéndome al fin que nos recibiría espléndidamente. Eso sí: a

obsequioso y amable le ganaban pocos.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

A las dos de la tarde estaba ya en la cuesta de la Vega, muy acicalado

y vestido con las finísimas ropas que por aquellos días me había hecho,

y a poco se me apareció Presentacioncita. ¡Válgame Dios, qué linda

estaba! A sus encantos naturales, duplicados por la dulce emoción que

teñía de suave rosicler su rostro, unía el más elegante y gracioso

atavío que la fecunda inventiva de una mujer enamorada puede idear.

¡Cómo lucían aquellos incendiarios ojos, que a cada movimiento de

sus pupilas dejaban entrever llamaradas del cielo! ¡Qué sonrisa tan

deliciosa la de sus rojos labios! ¡Qué gracia en el abanico! ¡Qué

caídas las de la mantilla! ¡Qué deslumbradora claridad, qué irradiación

de hermosura desde la peineta hasta las puntas de los diminutos pies!

Yo estaba trastornado de admiración.

Acompañábala don Diego, no tan risueño y aturdido como de costumbre,

sino, por el contrario, con ciertas pretensiones de gravedad que no me

hicieron gracia... ¿Sospecharía?... Yo le hablé de la gira campestre

que íbamos a emprender, de lo mucho que nos divertiríamos en la regia

posesión, y añadí que lo mejor hubiera sido decir claramente a la

señora condesa el empleo higiénico que íbamos a dar al día.

—Entonces no nos hubiera dejado venir —repuso, entrando en el simón—.

Más vale así.

—A prisa, a prisa —dijo Presentación con impaciencia—. Ese cochero que

eche a andar, y que no pare hasta la Casa de Campo. Temo que Gasparito

descubra a dónde vamos. Desde esta mañana anda rondando la casa.

El coche partió. Don Diego recobraba poco a poco su habitual

volubilidad, y me hacía mil preguntas diversas relativas a la pesca del

lago, a la caza de cantarranas, a las embarcaciones de los infantes y

otras menudencias. Doña Presentacioncita no hablaba nada. Yo no cesaba

de contemplarla. ¡Qué expresión tan bonita en su rostro y en sus ojos,

no menos picarescos que apasionados! Sin duda había en toda ella la

dulce tristeza indefinible del justo que se dispone a ser pecador.

En medio de la confianza que me inspiraba la niña, tenía yo cierta

sospecha vaga, que, aun después de verme en el camino del triunfo, se

removía vagamente en el fondo de mi espíritu. A cada instante creía

que la encantadora muchacha iba a escaparse de mis manos, dejándome

burlado... Pero cuando entramos en los jardines disipáronse mis últimas

inquietudes.

—Aquí dentro —dije para mí, inundado de secreto gozo—, no te me

escapas. ¡Victoria completa! Ahora, ángel celeste, aunque te

arrepintieras no tendrías salvación.

Sentíame yo como el general que acaba de ganar una batalla.

Abandonando el coche, avanzamos por las hermosas alamedas de aquel

ameno sitio. Don Diego, despabilándose con la hermosura de lo que

veía, charlaba por tres. No había acabado de entrar, y ya quería cazar

todas las aves, pescar todos los peces, y modificar a su antojo la

posesión. Tal alameda no debía estar como la plantaron sus fundadores,

sino de otra manera; tales árboles debían ser arrancados y sustituidos

por otros; en determinado sitio debía construirse un edificio, un

pabellón... en fin, para aquel impetuoso joven nada debía ser como era.

Presentacioncita se extasiaba en la contemplación del hermoso lago, que

es principal adorno y riqueza de la hermosa finca. Después de observar

largo rato el risueño espectáculo que ofrece la enorme masa de agua

rodeada de amena verdura y corpulentos árboles, me dijo:

—Paseemos un poquito por el charco.

—Voy un instante a ver al administrador —le dije en voz baja, mientras

don Diego se dirigía a los botes—. Pronto vuelvo: no se olvide usted de

los anises.

—¿Nos dejarán embarcar, Pipaón? —me preguntó el conde.

—Voy a pedir licencia.

En cuatro palabras me puse de acuerdo con el respetable don S...

S... acerca de los medios de plantar en la calle el estorbo que por

necesidad habíamos traído. El conde saldría; pero antes que a entrar

volviera se convertirían en anises todas las piedras del río cercano.

Un momento después, era desamarrado uno de los botes. Ocupole don Diego

empuñando resueltamente los remos, y después de describir varias curvas

se acercó mansamente a la orilla.

—Entren ustedes... Presentación, adentro. Señor don Juan, salte usted.

Saltamos adentro, y tomamos asiento en los bancos del bote. Era la

primera vez en mi vida que yo me embarcaba.

—¿Saben ustedes —dije a los dos jóvenes cuando habíamos avanzado como

cinco varas por el agua— que este suave movimiento no me agrada? Se me

va la cabeza.

—¡Se le va la cabeza! —dijo Presentación—. ¡Qué será de la monarquía,

si se le va una de sus principales cabezas!...

La miré, por ver si reía; pero estaba seria.

—¡Una de sus principales cabezas! —repitió don Diego remando cada

vez con más fuerza—. Ahora me acuerdo de que no he dado a usted las

gracias... ¡qué distraído soy!... por la bandolera que me ha conseguido.

—Eso no vale nada, amiguito. Usted se merece más —dije con mucha

inquietud—. Hágame el favor de poner la proa a tierra... Por mi amigo

el infante don Antonio juro que el navegar es cosa imponente.

—¿Pero se marea usted aquí?... ¡hombre de Dios! ¿Y no se avergüenza

usted?

—¡Un hombre de estado, una eminencia —dijo Presentación—, una lumbrera

de España y del siglo, perder su aplomo tan fácilmente!

—No me mareo; pero la verdad, esto no me gusta... A la otra orilla, que

es tarde y tenemos que ver la pajarera.

—Otro poquito más —dijo la niña—. Me encanta este suave movimiento.

¡Qué hermosa es el agua!... Mire usted, mire usted los pescaditos.

¿Pues y esas hierbas verdes y negras que se ven debajo?... Aquí tienen

ellos sus nidos, sus casas, sus alcobas, sus camas, sus despensas...

Mire usted cómo van en bandadas por el agua, cómo se juntan y se

separan. Parece que se dicen un secreto, que se hacen preguntas,

que disputan y se reconcilian después. Y ¡cómo se ve el cielo en el

fondo! Parece otro cielo, ¿no es verdad, Pipaón? ¡Qué bien se ven de

aquí los árboles de la orilla: se ven dos veces, unos vueltos hacia

arriba y otros hacia abajo! ¡Oh!, por allí vienen los cisnes. De lejos

parecen una escuadra navegando a toda vela. ¡Ay, Pipaón, qué hermoso es

esto!... A ver si sé yo remar.

—¡Tonta! Tú no tienes fuerza —dijo don Diego, defendiendo los remos.

—Señor conde, diríjase usted a la otra orilla —dije yo, empuñando el

timón, con no menos brío que un Sebastián Elcano—. La verdad es que

estas cáscaras de nuez no me inspiran gran confianza. Puede romperse

una tabla con la mayor facilidad, y aquí se ahoga uno sin remedio.

—Yo no, porque nado como un pez —dijo don Diego.

—A tierra, a tierra.

—¿Que se ahoga uno? ¡Dios mío! —exclamó con espanto la madamita—. ¿Si

uno se cae aquí, se ahoga?

—Sin remedio.

Por más que ordenábamos al remero que nos llevara a tierra, se empeñaba

el tunante en dar vueltas y más vueltas alrededor del lago. Corría

velozmente la frágil embarcación, y la niña de la condesa parecía

muy complacida de aquel extraño modo de pasear, porque aspiraba con

delicia el aire que en nuestra carrera nos azotaba el rostro, y con sus

manecitas agitaba el agua, salpicándola, cual si también remase.

—Basta, basta ya. ¡A tierra!

—Está usted pálido, Pipaón —me dijo la niña, acercándose a mí con mucho

interés.

—Pálido no —repliqué—; pero nos hemos paseado ya bastante por los mares.

—¿Quiere usted un caramelo? —añadió, registrándose los bolsillos—. ¡Qué

diablura! Se me han olvidado.

—Habrá usted traído anises.

—Tampoco —añadió con mucho desconsuelo—. Mira, Diego, en cuanto

volvamos a la orilla, saldrás a comprarme unos anises. Verdaderamente,

no me puedo pasar sin anises.

—En los puestos del río los hay —indiqué yo.

Daba el bote una vuelta, cuando vi que un guarda, con descompuestos

ademanes de ira, nos hacía señas para que fuésemos a la orilla. Era un

ardid convenido con don S... S... para poner término a la excursión

naval si se prolongaba demasiado.

—¿Ven ustedes? El guarda nos hace señas de que salgamos del bote

—grité, fingiendo el mayor enfado—. ¡Qué desacato hemos cometido! Nos

van a echar de la posesión.

—Vamos, vamos —dijo la niña—. Aquel buen hombre está muy enojado.

Pero el conde seguía remando, y la nave su suave curso alrededor del

charco. Disponíame yo a arrancar los remos de las manos del joven,

cuando divisé en la orilla de enfrente muchedumbre de hombres y

caballos.

Presentación palideció.

—¡Buena la hemos hecho! —exclamé, reconociendo los coches de la Casa

Real—. Ahí está Su Majestad... Cuando menos, nos mandan a la cárcel.

—¡Jesús, qué miedo! —dijo la niña—. ¿Dónde nos esconderemos? Diego, tú

tienes la culpa. Vamos a tierra pronto, hijito, o échanos a pique para

que ocultemos nuestra vergüenza.

El muchacho reía con un desparpajo que me arrebató de cólera.

El guarda seguía haciendo señas. Tras el coche del rey entraron otros,

y bien pronto vimos paseando por la orilla a Su Majestad en persona,

acompañado del duque y seguido de distintos individuos de su alta

servidumbre. Poco después aparecieron algunas damas. Don Dieguito

remaba suavemente hacia tierra.

De pronto observamos que el rey y todos los que le acompañaban se

detenían a mirarnos. Estábamos sirviendo de espectáculo a la corte.

—¡Qué vergüenza! —dijo Presentacioncita—. ¡Cómo nos miran!... Su

Majestad se ha fijado en usted, Pipaón. Parece que se sonríe.

En efecto: sonreía mirando el bote.

—Salude usted a Su Majestad, Pipaón; salude usted, hombre —gritó con

afán la niña—. ¡Por Dios, no sea usted grosero!... ¡Qué poste!... Pero,

hombre, levántese usted.

Púseme en pie, sombrero en mano... y en el mismo instante ¡Dios

todopoderoso y misericordioso!... sentí unas pequeñas pero enérgicas

manos que empujaron mi espalda... recibí un impulso terrible, del cual

no pude defenderme por estar desprevenido, y caí como una piedra en el

agua... ¡Horror incomparable!

Cuando mi cuerpo chocó en la superficie del agua, y esta salpicó con

estruendo y chasquido horribles, y sumergime repentinamente, sentí un

rumor espantoso de carcajadas, y sobre mí la voz de Presentacioncita,

que con el ardor de la venganza, gritaba:

—¡Por tunante! ¡Por cobarde! ¡Por pillo! ¡Por traidor! ¡Por al...!

La última palabra no la copio por respeto a mí mismo.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Yo nadaba como una peña. Fui derecho al fondo. Agua por todas partes:

agua en mis ojos, en mi boca, dentro de mi cuerpo; agua en mi aliento,

que ya no era aliento, sino el angustioso hálito de la asfixia. Tragaba

la muerte... me moría por dentro y por fuera... ¡me ahogaba!...

* * * * *

¡Ay! Cuando me sacaron, no sin trabajo, los guardas, ayudándose

de ganchos, mi persona inspiraba horror, según me han dicho. Yo

era una masa de fango pestilente. Los cortesanos huyeron de mí con

asco, mientras los guardas me envolvían en mantas, prodigándome los

tratamientos necesarios para volverme a la vida. Dentro de mi estómago

tenía todo el estanque, todo el océano... y hasta el bote.

Cuando adquirí la certeza de que aún vivía para bien de la humanidad y

amparo de los desvalidos, era ya de noche. Todo era silencio. Yacía en

una desnuda sala, y a mi lado no vi ni rey ni cortesanos. Los guardas

me miraban, y recordando el chasco se reían.

Entonces, trayendo a la torpe memoria accidentes y pormenores, empecé

a caer en la cuenta de que Presentacioncita se había burlado de mí.

¡Qué obra maestra de estudiada farsa, de disimulo, de pérfido engaño!

¡Maldita sea mil veces! Recordando su comedia, su bien fingido

enamoramiento, sus coloquios conmigo, la habilidad suprema con que

me fue conduciendo poco a poco a la catástrofe, de acuerdo con su

hermanito, con su novio y sus criados, me parecía mentira que todo

fuese una burla. Después he sabido que mi conducta con las señoras de

Porreño y el señor de Grijalva le inspiraron aquel plan de venganza,

que llevó adelante con su incontrastable voluntad y su agudísimo

entendimiento. Me aborrecía apasionadamente; me odiaba con exaltación;

soñaba con la venganza, y ningún ideal amoroso, ninguna fantasía de

mujer hubiera enloquecido su mente, como aquella ansia de burlarme

de un modo cruel, inaudito, no contentándose con el martirio de la

ridiculez, sino aspirando a daños mayores, a la muerte quizás...

Confesó la pícara que nada se le importaba que me ahogase, pues un ser

tan vil y despreciable como Pipaón (así mismo lo afirmó) debía morir

donde vivía, es decir, en el lodo.

¡_Hórrida, bella_! Desde entonces, Presentación me causó espanto. No me

parecía yo a Marat; pero ella tenía no poco de Carlota Corday.

* * * * *

—Pero después de tal infamia, ¿les dejaron marchar tranquilos?

—pregunté a don S... S... que se me acercó para informarse de mi estado.

—La muchacha reía —me dijo—; el joven remaba con fuerza para llegar a

la otra orilla; pero por mucha prisa que se dio, ya les aguardaban allá

los guardas, dispuestos a hacer presa en ellos... Fueron, pues, cogidos

ambos hermanos, ¿porque son hermanos, no es verdad? La muchacha

estaba serena, tan serena que parecía un ángel; y cuando le afeamos su

conducta, respondió que usted, por trapisondista y farsante... (no sé

cuántas insolencias salieron de aquella linda boca), bien merecía el

remojón delante de la Corte, y aun la muerte.

—¿Y el rey no dispuso...?

—Su Majestad, cuando vio que mi señor don Juan salía lleno de fango,

dijo sonriendo: «¿Está vivo ese tunante?»

—¿_Ese tunante_?

—Así mismo. Luego añadió: «Hierba ruin nunca muere», y fue hacia donde

estaban los dos criminales detenidos por los guardas.

—Sin duda iba a disponer un castigo tremendo...

—Fernando VII reía de tan buena gane que daba gusto verle. Todos nos

reíamos. De repente, algunos señores de la corte que acababan de entrar

en la posesión se encontraron con Su Majestad en la senda que da vuelta

al lago. Detuviéronse todos: aquellos señores traían una grave noticia,

venida hoy por el correo de Francia; una noticia estupenda, horrible,

que dejó absorto y frío y pálido a nuestro rey, y mudos de espanto a

todos los que le rodeamos.

—¿Y esos dos muñecos?...

—Su Majestad permaneció un rato mudo y quieto, como si se convirtiera

en estatua. Después dijo: «Vamos al instante a Palacio»; y pusiéronse

todos en marcha.

—¿Y esos dos muñecos?...

—Yo interrogué al monarca para saber lo que hacíamos con ellos, y

entonces volvió a reír...

—¡A reír!

—Y con mucha complacencia nos dijo: «Que se les deje en libertad, y no

se les moleste por su travesura.»

—¡Travesura! ¡Se escaparon! ¡La impunidad! ¿Y qué noticia es esa...?

—Que Napoleón ha vuelto de la isla de Elba.

Madrid.—Octubre de 1865.

Memorias de un cortesano de 1815 · 第 27 / 28 题