Pero vamos adelante con mi cuento.
¿Se ha comprendido ya cuál era mi plan en el asunto, o si se quiere,
en la hábil intriga cuyo hilo se extendía desde los intereses de la
familia de Porreño hasta la paternidad de don Alonso de Grijalva? Creo
que no serán necesarias explicaciones prolijas de aquella _operación_,
como hoy se dice, hecha sin dificultades mayores y con éxito mejor del
que podía esperarse, considerada su delicadeza. Aburrido Grijalva de
ver que a pesar de la palabra real no echaban de las cárceles al tuno
de su hijo, admitió las propuestas que mañosamente y por conducto de
varones esclarecidísimos y muy discretos le hice, resultando de ellas
que me vendió los créditos contra las señoras de Porreño por la mitad
de su valor. Anduvo en aquestos tratos el licenciado Lobo, con tan buen
pie y mano, que don Alonso, muy rebelde al principio, llenose de miedo,
y a todo lo que quisimos asintió al fin.
Después me quedaba lo peor y más amargo del caso, cual fue apretar a
las señoras de Porreño para que pagasen, y, quitándoles toda esperanza
de moratoria (por la rotunda negativa del sabio y justiciero Consejo),
proceder al embargo de bienes. Aquí sí que no fue posible disimular,
porque don Gil Carrascosa vendió a las venerandas señoras mi secreto,
y un día en que tuve el mal acuerdo de presentarme en la casa,
recibiéronme como es de suponer. Desde entonces, quitado el último
puntal de aquella histórica familia, todo vino con estrépito al suelo,
entre alaridos de rabia y sollozos de aflicción. Las señoras de Porreño
pasaron a la región de las sombras. Su última época solitaria y lúgubre
está escrita en otro libro.[5]
[5] En _La Fontana de Oro_.
Renuncié, como es consiguiente, a su amistad, y me ocupé de aquellas
excelentes tierras de Hiendelaencina, de Porreño y Torredonjimeno, tan
diestramente ganadas con mi travesura, con mis ahorros y con el dinero
que don Antonio Ugarte me prestó para reunir la cantidad necesaria.
Mucho tardé en adjudicármelas, a causa de las dilaciones de la curia;
pero al fin constituime en terrateniente, soñando con establecer un
mayorazgo.
Pero retrocedamos a los días de mi anterior relación, que eran los
últimos de febrero y primeros de marzo de 1815. La Real Caja de
Amortización tuvo el honor, nunca por ella soñado, de caer en mis
manos. ¡Bendito sea Dios Todopoderoso y Misericordioso, que arregla
las cosas de modo que ningún desvalido quede sin amparo! Dígolo por
aquellos miserables y huérfanos juros que hasta mi elevación no
tuvieron arte ni parte en ninguna operación rentística. Los pobrecitos
no soñaban sin duda que toparían conmigo, ni con la destreza de estas
limpias manos, y a poco de mi entrada en la Caja engordaron hasta el
punto de que no los conocía el pícaro secretario de Hacienda que los
inventó.
¡Qué satisfechos quedaron de mis servicios el noble duque y don
Antonio Ugarte! ¡Qué elogios hacían de mi impetuosa voluntad, la cual
derechamente se iba al asunto sin reparar en pelillos! Yo también
estaba envanecido de mí mismo, y entonces empecé a conocer lo mucho
que para tales asuntos valía. Yo era una firme columna del estado; yo
desplegaba en servicio de mi soberano absoluto y del sumiso reino,
tendido a sus pies como un perro enfermo y calenturiento, que no
puede moverse de pura miseria, las más altas dotes intelectuales.
Indudablemente Dios debía de estar satisfecho de haberme criado,
viéndome tan hormiguilla, tan allegador, tan mete-y-saca, tan buen
amparador de los poderosos para que los poderosos me amparasen a
mí. ¡Qué minita era aquella sacrosanta Amortización! ¡Qué terrenos
inexplorados! En tal materia, yo era más que Colón, porque este
descubrió solo un mundo, y yo descubría todos los días uno nuevo.
No hay que decir que yo navegaba con viento fresco, como diría mi amigo
el infante, hacia el Real Consejo. Todo marchaba a pedir de boca en
derredor mío. ¿Y qué diré de aquel seráfico ministro de Hacienda, don
Felipe González Vallejo? Hombre de mejor pasta no se ha sentado en
poltrona. El pobrecito era tan buenazo, tan sano de corazón, tan amable
y complaciente, que todos los negocios pequeños, como nombramientos y
demás menudencias, estaban en manos de Artieda y del señor Chamorro. De
los grandes se encargaba don Antonio Ugarte. Dios se lo pague a aquel
bendito ministro, que no tenía gota de hiel en su corazón, ni humos de
vanidad en su cabeza. Parecía que no había tal ministro. Si todos los
que han ocupado el sillón hubieran sido como él, otra sería la suerte
de este desamparado y caído reino.
En asuntos que no eran administrativos, iban mis cosas con mediano
andar. Antes de lo referido últimamente, yo veía a Presentacioncita
todos los días en casa de las señoras de Porreño; pero cuando estas
descubrieron la sutil urdimbre que mi travesura les preparara,
concluyeron para mí las entradas en la casa de la calle del Sacramento.
Asistió Presentacioncita a la ruidosa escena en que doña Paz y doña
Salomé me notificaron con encrespadas razones, no menos sonantes que
las olas del mar, su soberano desprecio, lo cual me causó pena, porque
no era muy de mi gusto pasar por un intrigante de mal género a los ojos
de la dulce niña de la condesa. Pocos días habían pasado después de la
escena en la Cámara regia que antes describí. Robáronme algún tiempo
los amigos que de Vitoria y la Puebla de Arganzón vinieron a solicitar
mi ayuda para distintas pretensiones, entre ellos el venerable
patriarca don Miguel de Baraona, con su encantadora nieta (próxima
a ser esposa de un joven guerrillero); don Blas Arriaga, capellán de
las monjas de Santa Brígida de Vitoria, y otros que más adelante serán
conocidos. Pero luego que me dieron algún respiro, consagreme en cuerpo
y alma a la adorable Presentación, acariciando proyectos más o menos
dulces, recientemente concebidos; que en materia de proyectos mi cabeza
no conocía el descanso, ni mi impetuosa voluntad el hastío.
Contra lo que yo esperaba, la señora condesa de Rumblar no me cerró
las puertas de su casa, ni aun decoró su estatuario semblante, cual
solía, con el grandioso ceño, y los agridulces mohines propios de
tan alta señora. Verdad es que yo, además de entregarle la bandolera
para su hijo, haciéndole comprender que sin mí nada le habría valido
la recomendación de Ximénez de Azofra, le prometí mi eficaz amparo
en el pleito que desde 1811 sostenía contra los Leivas. Tampoco
Presentacioncita se mostró ceñuda, a pesar de su adhesión a la familia
de Porreño; pero no lo extrañé, porque siendo yo el libertador de
Gasparito, bien merecía perdón; y el novio suelto no debía valer menos
que las amigas arruinadas.
Todo mi afán consistía en disponer de ocasión propicia para hablarle
largamente a solas, apretándome a ello el deseo de comunicarle cosas de
la mayor importancia. Sin esperanza de que me concediera tal gracia,
pero decidido a todo, propúsele la conferencia, y ¿cuál sería mi
sorpresa al ver que bondadosamente prometía señalar sitio y momento
oportunos, de tal suerte que la vigilancia materna no nos estorbase?
Yo estaba absorto; indudablemente habíase verificado en su carácter
cierta mudanza radical, porque la dichosa niña ponía en todos sus actos
y palabras mucha seriedad, cesando de mortificarme con las burlas y
epigramas de marras.
Discurrió ella el modo de que a solas la hablase, y fue por un arte
ingenioso, tomando el traje de cierta muchacha que entonces la servía,
y poniéndose de noche a una reja donde la doncella acostumbraba
conferenciar con cierto dragón de Farnesio.
No se me olvidará jamás aquella noche en que tuve la dicha de respirar
el dulce aliento de la adorable niña, tan de cerca, que el calor de su
rostro aumentaba el del mío, mareándome. ¡Y cómo brillaban sus negras
pupilas en la oscuridad! Cada vez que aquel vivo rayo diminuto surcaba
el espacio comprendido entre nuestros semblantes, yo me ponía trémulo.
¡Qué linda, qué seductora estaba aquella noche! Su agraciado rostro
se espiritualizaba con la melancólica seriedad que le envolvía como
un velo misterioso. Estaba descolorida, y así como no había frescas
tintas en su rostro, tampoco había en su alma aquella plácida felicidad
risueña que en época anterior irradiaba de ella, como del astro la luz,
haciendo felices también a cuantos la rodeaban. Pálida y meditabunda
ahora, parecía perseguida de extraños pensamientos.
Yo también lo estaba... ¡Ay!, yo vivía intranquilo, demente; yo no
dormía, yo no tenía paz en el corazón, porque me agitaba un ansioso
afán, un proyecto de gravedad inmensa que absorbía las potencias todas
de mi alma incansable o insaciable.