Antes de seguir, quiero indicar las observaciones que sugirió el
manuscrito de estas Memorias a una persona de aquellos tiempos y de
estos. Don Gabriel Araceli,[4] a quien lo mostré (no es preciso decir
cuándo ni cómo), me dijo que los lectores de él, si por acaso lograba
tener algunos, no podrían menos de ver en mí un personaje de las mismas
mañas y estofa que Guzmán de Alfarache, don Gregorio de Guadaña o el
Pobrecito Holgazán; a lo cual le contesté que sí, y que de ello me
holgaba, por ser aquellos célebres pícaros de distintas edades los más
eminentes hombres de su tiempo, y caballeros de una caballería que
yo quería resucitar para que se perpetuase en la edad moderna. Dijo
también el sobredicho señor que nada de lo que pinté o describí con
burdo o sutil estilo se diferenciaba un punto de la verdad.
[4] Protagonista de la _Primera serie_.
—La comparsa en que usted figuró, señor don Juan —dijo al fin,
echándoselas de dómine sermonista—, fue de las más abominables y al
mismo tiempo de las más grotescas que han gastado tacones en nuestro
escenario político. Cuanto puede denigrar a los hombres la bajeza,
la adulación, la falsedad, la doblez, la vil codicia, la envidia, la
crueldad, todo lo acumuló aquel sexenio en su nefanda empolladura, que
ni siquiera supo hacer el mal con talento. El alma se abate, el corazón
se oprime al considerar aquel vacío inmenso, aquella ruin y enfermiza
vida, que no tuvo más síntomas visibles en la exterioridad de la
nación, que los execrables vicios y las mezquinas pasiones de una corte
corrompida. No hay ejemplo de una esterilidad más espantosa, ni jamás
ha sido el genio español tan eunuco.
»Los junteros de 1808, los regentes de 1810, los constitucionalistas de
1812, cometieron grandes errores. Iban de equivocación en equivocación,
cayendo y levantándose, acometiendo lo imposible, deslumbrados por
un ideal, ciegos, sí, pero ciegos de tanto mirar al sol. Cometieron
errores, fueron apasionados, intemperantes, imprudentes, desatentados;
pero les movía una idea: llevaban en su bandera la creación; fueron
valientes al afrontar la empresa de reconstruir una desmoronada
sociedad entre el fragor de cien batallas; y rodeados de escombros,
soñaron la grandeza y hermosura del más acabado edificio. Hasta se
puede asegurar que se equivocaron en todo lo que era procedimiento,
porque lo que discurrían como sabios lo hacían como niños. La especie
de tutela a que quisieron sujetar en 1814 al rey, viajero desde
Valencey a Madrid, y el pueril formulismo ideado para hacerle jurar a
él, vástago postrero del absolutismo, la precoz constitución de Cádiz,
fueron yerros que debían producir el golpe de estado del 10 de mayo.
Hasta se puede sostener que Fernando estaba en su derecho al hacer lo
que hizo; pero nada de esto atenúa las grandes, las inmensas faltas de
la monarquía del 14. Fue la ceguera de las cegueras. La crueldad, la
gárrula ignorancia de aquella política no tienen ejemplo en Europa.
Para buscarle pareja hay que acudir a las atrocidades grotescas del
Paraguay, allí donde las dictaduras han sido sainetes sangrientos, y
han aparecido en una misma pieza el tirano y el payaso.
»No existe nada más fuera de razón, más inútil, más absurdo, que la
reacción de 1814; no sucedió a ningún desenfreno demagógico, no sucedió
a la guillotina, porque los doceañistas no la establecieron; ni a la
irreligión, porque los doceañistas proclamaron la unidad católica; ni a
la persecución de la nobleza, porque los nobles no fueron perseguidos:
fue, pues, una brutalidad semejante a los golpes del hado antiguo, sin
lógica, sin sentido común. Nada de aquello venía al caso. Si Fernando
hubiera cumplido la promesa hecha en el manifiesto del 4 de mayo; si
hubiera imitado la sabia conducta de Luis XVIII, que desde la altura
de su derecho saludaba el derecho de las naciones, ¡cuán distinta
sería hoy nuestra suerte! Sin necesidad de aceptar la constitución
de Cádiz, que era un traje demasiado ancho para nuestra flaqueza,
Fernando hubiera podido admitir el principio liberal, inaugurando un
gobierno templado y pacífico para la nación y por la nación. Pero nada
de esto hizo, sino lo que usted ha descrito, y aquellos seis años
fueron nido de revoluciones. El desorden germinó en ellos, como los
gusanos en el cuerpo insepulto. Desde 1814 a 1820, hubo en España trece
conspiraciones, todas para derrocar el gobierno absoluto, una para
esto y para asesinar al rey. Abortaron las trece, pero la decimocuarta
parió... Los liberales se presentaron con la rabia del vencedor y la
hiel criada en el destierro. ¿Qué les impulsaba en 1812? La ley. ¿Y en
1820? La venganza. Continuaba el vicio, la corrupción, la crueldad;
pero el absolutismo de ustedes había sido tan rematadamente malo, que
en los liberales del trienio famoso podía haber crueldad, ambición,
rapacidad, venganza, imprudencia, y aun dosis no pequeña de tontería...
podían aquellos benditos avanzar hasta un grado extremo en la escala de
estos defectos, sin temor de llegar nunca, no digo a superar, pero ni
siquiera a igualar a sus antecesores.»
Así mismo me lo dijo, y se quedó tan fresco.