Apenas se cerró la puerta tras los dos repúblicos, Fernando se levantó,
y con las manos en los bolsillos, dio algunos pasos por la habitación.
Ugarte le miraba sonriendo. Ninguno de los demás nos atrevíamos a
desplegar los labios, y el silencio se prolongó hasta que el mismo
soberano se dignara romperlo, preguntando:
—¿Qué dices a esto, Ugarte?
—Que admiro la paciencia de Vuestra Majestad —repuso el exbailarín—.
Según el señor Juan Pérez, ya no hay colonias, ya no hay soldados,
ya no hay barcos, ya los españoles no tienen alma para vencer las
dificultades. Sostendrá también el vejete que ya no hay aire que
respirar, ni sol en el cielo.
—La verdad es —dijo Fernando deteniéndose meditabundo ante la chimenea—
que no estamos en Jauja.
Y luego, dando un suspiro, añadió:
—Despidámonos de las Américas.
—¿Por qué, señor? —dijo bruscamente Ugarte—. Se exagera mucho. Persona
venida hace poco de allá me ha dicho que toda la insurrección americana
se reduce a cuatro perdidos que gritan en las plazuelas.
—Lo mismo me ha escrito a mí un amigo —añadí yo, forzando los
argumentos de mi patrono—. Unos cuantos presidiarios, con cuatro
decenas de ingleses y norteamericanos, echados por tramposos de sus
respectivos países, sostienen la alarma en aquellos lejanos reinos de
Vuestra Majestad.
—Pues id vosotros a reducir a la obediencia a esas manadas de facciosos
—dijo el rey.
—Señor, en resumen —manifestó Ugarte—, mande Vuestra Majestad a América
un ejército, un verdadero ejército, con una escuadra, en vez de medias
compañías dentro de una goleta, como se ha hecho hasta aquí, y a los
cuatro meses se verán los resultados.
—¿Y ese ejército, dónde está? —preguntó fríamente.
—¿Dónde están los vencedores de Napoleón? Parece mentira que Vuestra
Majestad haga tales preguntas.
—Hombres valerosos no faltan; pero ¿cómo se les organiza, cómo se les
viste, cómo se les mantiene?
—Muy sencillamente —repuso Ugarte alzando los hombros—: organizándolos,
vistiéndolos, manteniéndolos.
—Tú tendrás alguna mina. ¿Quieres decirme dónde está?
—Dos palabras, señor —dijo Ugarte echando el cuerpo hacia adelante en
su sillón y apoyando el codo en la rodilla, mientras el rey se sentaba
junto a él—. He dicho a Vuestra Majestad la otra noche que me atrevía a
organizar un ejército expedicionario, siempre que tuviera para ello la
competente autorización.
—Yo te la doy —replicó Fernando—. A ver de dónde vas a sacar ese
ejército, y cómo lo vas a sostener.
—Vuestra Majestad me dijo también la otra noche que consagraría a tal
objeto, y pondría a mi disposición, una parte mínima de las rentas
reales.
—Es verdad.
—Pues el alistamiento se hará, señor —afirmó don Antonio con resolución
admirable—. No tiene que pensar más en ello Vuestra Majestad.
—Bueno, ya está el alistamiento. Ahora hazme el favor de decirme si vas
a mandar a América esos soldados en cáscaras de nuez.
—No, señor; que los mandaré en magníficos navíos y barcos de transporte
—repuso el arbitrista con una placentera y llana confianza que a todos
nos dejó pasmados.
—Pero ya sabes que no los tenemos.
—Se compran.
—¡Se compran!... Y dice «se compran» como si costaran dos pesetas.
La naturalidad admirable con que Ugarte hacía frente a los mayores
obstáculos; la frescura, digámoslo así, con que todo lo resolvía y
allanaba, no podían menos de cautivar el ánimo del soberano, agobiado
por el continuo clamoreo de sus ministros. Todos los demás contertulios
observábamos con verdadero asombro la prodigiosa iniciativa de Ugarte,
y ante tanto ingenio, ante tan firme voluntad, callábamos confundidos.
—Pues es claro que se compran —añadió el proyectista—. Sin duda
Vuestra Majestad va a preguntarme que con qué dinero.
—Justo.
—Pues yo respondo que, si poseo la confianza de mi soberano, me
sobrarán fondos.
—Quizás cuentas con la indemnización que nos va a dar Inglaterra.
—¿Por qué no?
—Pero es para resarcir a los negreros.
—Eso es, pagar a los negreros y que se pierdan las Américas. ¿No vale
más dejarles sin indemnización, y conservarles los esclavos y las
tierras?
—Está dicho todo —afirmó resueltamente Fernando, cediendo por completo
a la seductora sugestión de aquel brujo que prometía los imposibles, y
teñía con frescos y brillantes colores el entenebrecido horizonte de
nuestra política—. Está dicho todo. Tienes mi autorización para hacer
el alistamiento, para tomar de la Real Hacienda los fondos necesarios
para tratar de la compra de buques, vestuario y demás.
De aquella conversación brotó el poder oculto que don Antonio Ugarte
tuvo durante algún tiempo, y en virtud del cual, hasta llegó a celebrar
tratados con potencias extranjeras en calidad de _secretario íntimo_
del rey de España. Más adelante veremos cómo alistaba tropas, y qué tal
mano para comprar buques tenía don Antonio. Sus proyectos forman una
página curiosa en la historia del absolutismo.
—Ya se ve —dijo después de una pausa, durante la cual observaba los
dibujos de la alfombra—, con hombres como Villamil las dificultades se
multiplican. Al buen alcalde se le antojan sus dedos huéspedes, y como
en todas las ocasiones difíciles se asesora de Ceballos...
—El pobre Ceballos —indicó Fernando— ha trabajado como un negro en ese
fastidioso asunto del Congreso de Viena. No se le debe criticar, y si
no se ha conseguido más, no ha sido por culpa suya.
—Entre Labrador y Ceballos, como si dijéramos, entre Herodes y Pilatos,
España está haciendo un papel ridículo en Viena.
—¿Pero qué puede esperarse de un plenipotenciario que ya ha mostrado
no tener ni dignidad ni carácter? —dijo el duque de Alagón—. ¿No fue
Labrador ministro de Estado en las Cortes de Cádiz, y después realista
furibundo?
—Y al presentarse en Cádiz felicitó a las Cortes por el _sabio Código_
que habían hecho —añadí yo.
—En manos de estos hombres que ayer eran liberales locos, y hoy
rabiosos absolutistas —dijo Ugarte—, nuestra política exterior no puede
menos de ser desastrosa. ¡Rutina incurable! Nuestra nación, señor, ha
de vivir siempre bajo la vigilancia interesada, mejor dicho, bajo la
tutela de Inglaterra o de Francia. La primera trabaja porque perdamos
las Américas y porque se arruine nuestro comercio; la segunda no nos
perdonará nunca el haber vencido a sus soldados, aunque fueran mandados
por el general Bonaparte.
—En eso creo que tienes razón —dijo fríamente Fernando.
—Pues si tengo razón, ¿por qué no intenta Vuestra Majestad estrechar
sus relaciones con un poderoso imperio, bastante fuerte para ser buen
aliado, bastante remoto para no disputarnos nuestro territorio?
—Soy muy amigo de Alejandro —repuso el autócrata secamente.
—Pero esa amistad sería unión indestructible si Vuestra Majestad, que
seguramente no puede permanecer soltero más tiempo, se enlazara con una
princesa rusa.
Al decir esto, Ugarte había pronunciado la última palabra del
atrevimiento. Siguió a ella una larga pausa. Observamos todos el
semblante del rey, que con las piernas estiradas, las manos en los
bolsillos del pantalón y la barba sobre el pecho, indolentemente
tendido más bien que sentado en el sillón, no se dignaba contestar con
palabras, ni gesto, ni mirada, ni sonrisa, a las palabras de Ugarte.
Por último, le vimos mover los brazos, luego alzar la cabeza, y
aguardamos con ansiedad vivísima el sonido de su voz.
—¿Te parece —dijo— que debo refrenar un poco a Negrete?
—Las atrocidades del comisario secreto son tan grandes —repuso Ugarte—
que convendría ponerle a un lado y prescindir de sus servicios.
Ceballos tiene razón. Están tan irritados los andaluces, que son
capaces de volverse todos liberales, si ese verdugo sigue haciendo de
las suyas.
—La cuestión es delicada. Negrete tiene órdenes mías, y si intentamos
sujetarle por la vía de las autoridades legítimas, no es fácil que
ceda.
—Para eso se manda un nuevo comisionado a Andalucía; un hombre hábil,
enérgico, ingenioso y muy discreto: Pipaón, por ejemplo, —dijo don
Antonio mirándome.
—No —replicó vivamente Fernando, mirándome también—. Yo no quiero que
Pipaón salga de Madrid por ahora. Ya se buscará otro comisionado.
Después de todo, nada se pierde con que Negrete continúe sentando la
mano algunos días más. Andalucía está infestada de jacobinismo.
—Y Madrid también —afirmó el duque.
—Las sociedades secretas rebullen por todos lados.
—No será por falta de ministerio de Seguridad pública —dijo con ironía
el rey.
—Echevarri encarcela a los mentecatos y deja en libertad a los pillos.
Los calabozos están repletos de tontos. Pero ¿qué ha de suceder si los
principales personajes del gobierno están inficionados de liberalismo?
Ceballos es masón; Villamil y Moyano no ocultan sus ideas favorables
a un sistema templado como el de Macanaz; Escóiquiz augura desastres;
Ballesteros quiere que se dé una especie de amnistía; en toda España se
conspira. Ábrase un poco la mano, y las revoluciones brotarán por todas
partes como pinos en almáciga.
—Pues se cerrará la mano, se cerrará la mano —afirmó Fernando,
incorporándose en su asiento—. Duque, pon algunas líneas mandando a
Negrete que siga aplastando el jacobinismo; pero con la condición
de que no sea bárbaro... No se puede confiar a nadie una comisión
delicada...
Artieda acercó un velador con recado de escribir, y bien pronto la
tertulia se trocó en oficina. El duque tomó una pluma.
—Ugarte —añadió el rey—, puedes redactar las bases de la autorización
que te doy para alistar el ejército expedicionario y demás. Me quedaré
con tu borrador para meditarlo, y después te daré la copia firmada.
Don Antonio tomó otra pluma. Acariciándose la boca con las barbas de
esta, miró al rey.
—Permítame Vuestra Majestad —dijo— que decline el grande, el insigne
honor que quiere hacerme, depositando en mí toda su confianza.
Fernando le miró con asombro, y los demás también.
—De nada servirían mi abnegación, mi trabajo, mis grandes cavilaciones
y proyectos —continuó el arbitrista— si desde el principio tropezara
con obstáculos insuperables. Yo he prometido a Vuestra Majestad reunir
tropas y equiparlas, y comprar los buques necesarios para que vayan a
América...
—Pero una cosa es prometer, y otra...
—Es que no puedo pensar en el desarrollo de mis proyectos mientras sea
ministro de Hacienda el señor Villamil.
—¡Bah, bah! —murmuró Fernando con tono de indolencia y fastidio.
Otra pausa. Todos contemplábamos al rey, el cual, arqueando las cejas,
se pasaba la mano por la cabeza, cual si se cepillara el pelo hacia
adelante.
—Pipaón —dijo al fin—, extiende la destitución de Villamil... que se le
lleve esta misma noche.
Yo tomé otra pluma.
Así cayó don Juan Pérez Villamil; así cayeron también Echevarri,
Ballesteros, Macanaz, Escóiquiz, el mismo Vallejo (nombrado aquella
noche), Moyano, León Pizarro, Lozano de Torres y otros muchos.
—Ahora, extiende el nombramiento de don Felipe González Vallejo,
ministro de Hacienda.
Así subió Vallejo.
—¿Qué más hay? —preguntó Fernando con cierta somnolencia.
—Vuestra Majestad me concedió una bandolera —dijo tímidamente Artieda—
para el sobrino del señor Arcipreste de Alcaraz...
—Es que hay una sola vacante —añadió Collado avariciosamente—, y Su
Majestad me la tiene prometida.
—Es verdad —dijo el rey.
Artieda miró a Chamorro con enojo.
—Esa vacante me la había reservado yo para mí —objetó con sequedad
Paquito Córdoba—. Es mucha la ambición del señor Collado... después
que me ha disputado esa miserable canonjía de Murcia como si fuese un
imperio.
—Tienes razón —murmuró Fernando.
El aguador clavó sus ojos en el duque con expresión de envidia.
—Señor —dijo con suavidad sonriente don Antonio Ugarte—. Pocas veces
pido mercedes de esta clase a Vuestra Majestad. Ya dije el otro día que
deseaba una bandolera para un joven pariente mío.
—Nada más justo —repuso el rey, cerrando los ojos perezosamente—.
Ugarte, todo lo que quieras.
El duque dirigió a Antonio I una mirada rencorosa.
—Señor —dije yo, sin encomendarme a Dios ni al diablo—, no olvide
Vuestra Majestad que prometió una bandolera al señor conde de Rumblar,
mi querido amigo.
El rey abrió los ojos, sacudiendo la pereza, y exclamó enérgicamente,
con aquella resolución a que ningún cortesano podía oponerse:
—La bandolera para el señor conde de Rumblar... lo mando... Alagón,
extiende el nombramiento ahora mismo.
Ugarte me miró, frunciendo el ceño.
Y se levantó la sesión, como dicen los liberales.
* * * * *
Como se ha visto, en las tertulias de Su Majestad nadie podía
vanagloriarse de tener ascendiente absoluto y constante. Unos días
privaba este, otros aquel, según las voluntades recónditas y jamás
adivinadas de un monarca que debiera haberse llamado Disimulo I.
Además, aquel discreto príncipe, que así delegaba su autoridad y
democráticamente compartía el manto regio con sus buenos amigos, como
compartió san Martín su capa con el pobre, no tuvo realmente favorito,
no dio su confianza a uno solo, elevándole sobre los demás; jugaba
con todos, suscitando entre ellos hábilmente rivalidades y salutífera
emulación, con lo cual estaba mejor servido, y los destinos y prebendas
más equitativamente repartidos.
De lo que anteriormente he contado puede dar fe un ministro de Su
Majestad por aquellos años,[3] el cual, en papel impreso muy conocido,
dice, blasonando de rigorista y de censor: «... pero lo peor es que
por la noche da entrada y escucha a las gentes de peor nota y más
malignas, que desacreditan y ponen más negros que la pez, en concepto
de Su Majestad, a los que le han sido y le son más leales... y de
aquí resulta que, dando crédito a tales sujetos, Su Majestad, sin
más consejo, pone de su propio puño decretos y toma providencias, no
solo sin consultar con los ministros, sino contra lo que ellos le
informan... Esto me sucedió a mí muchas veces y a los demás ministros
de mi tiempo... Ministros hubo de veinte días o pocos más, y dos hubo
de 48 horas; ¡pero qué ministros!»
[3] Lardizábal, ministro de Indias (absolutista).
Por las declamaciones de este escrupuloso descontentadizo no vayamos a
condenar la camarilla como cosa mala. Era, por el contrario, lo mejor
del mundo, sobre todo para nosotros, que traíamos los negocios del
reino de mano en mano y de boca en boca, despachándolos tan a gusto
del país, que aquello era una bendición de Dios. Ninguno, sin embargo,
pudo jactarse de ser el primero en la voluntad y paternal cariño de
aquel bondadoso soberano absoluto; y en prueba de ello, referiré lo
que sucedió al día siguiente de la reunión que con todos sus puntos y
señales he descrito, no apartándome en todo el discurso de ella ni un
ápice de la verdad.
Al día siguiente, como dije, volví a Palacio y encontré al señor
Collado, al señor Artieda y al señor duque muy alarmados. ¿Por qué?
Porque el rey estaba conferenciando a solas con un sujeto que hasta
entonces no había sido recomendado ni introducido por ninguno de los
sobredichos palaciegos. Creyose que sería emisario de Ugarte; pero
entró en seguida don Antonio y negó el caso.
Reunímonos todos en la antesala, y a poco vimos salir a un fraile
francisco, joven, bien parecido, excelente mozo, que más parecía
guerrero que fraile; de aspecto y ademanes resueltos, mirada viva, y
revelando en todo su continente y facciones una disposición no común
para cualquier difícil cosa que se le encomendara.
—¿Quién es este pájaro? —preguntó Ugarte, demostrando en su tono que
estaba completamente desconcertado.
—Se llama Fr. Cirilo de Alameda y Brea —dijo Artieda, muy fuerte en
todo lo referente al personal eclesiástico de la monarquía.
—Y ¿qué es este hombre?
—Fue maestro de escuela en Pinto.
—Y después marchó a Montevideo, donde se ocupaba... No sería en cosa
buena.
—En redactar _Gacetas_.
—Es hombre que pone bien la pluma, según parece.
—Vino por vez primera con el general Vigodet —añadió Paquito Córdoba—.
Su Majestad le ha recibido después en varias ocasiones, y nunca he
podido averiguar...
—¿No ha dejado traslucir nada?
—Absolutamente nada.
—Hoy ha durado la conferencia dos horas.
—¿Y ninguno de ustedes sabe nada? —repitió Ugarte, interrogando todos
los semblantes—. Yo estoy confundido.
—No sabemos una palabra.
—Pues estamos bien... ¿Apostamos a que este tunante de Pipaón lo sabe
todo?
—Ni una palabra —respondí tan confuso como los demás.
Y era la verdad que nada sabía. Más adelante, todos desciframos el
enigma, que me hizo decir _no hay función sin fraile_; pero no ha
llegado aún la ocasión de revelarlo.