Entró risueño, rebosando alegría, repartiendo sonrisas, cautivando con
su amabilidad de tal suerte, que la tertulia, solo con su presencia,
adquirió la animación de que antes carecía. Recibiole Fernando con
mucho gozo, y después que cambiaron algunas palabras, mitad en broma,
mitad en veras, diole el rey las quejas por su ausencia, a lo cual
contestó Ugarte:
—Pues qué, ¿este tunante de Pipaón no dijo a Vuestra Majestad que salí
de Madrid a desempeñar un encargo del señor ministro de Rusia?... Y a
propósito, señor, ¿conque ya no tenemos ministro de Hacienda?
—¡Ya no tenemos ministro de Hacienda! —replicó Fernando con afectación
de pesadumbre festiva—. Estamos sin ministro de Hacienda. ¡Qué
desventura! Di, Ugarte, ¿tenemos aire que respirar y sol que nos
alumbre?
Todos prorrumpieron en sonoras carcajadas, fórmula entonces la más
gráfica de la adulación.
—¡Oh!, señor —dijo Ugarte con irónico acento dramático—, estamos muy
mal. ¡El mundo se desquicia!... ¿Qué va a ser del reino sin ministro de
Hacienda?
—Como que no sabemos que dos y dos son cuatro si el ministro de
Hacienda no nos lo dice... —añadió el rey, produciendo nueva explosión
de risas—. Pero recobra el aliento, querido Ugarte, que hay ministro.
—¿Quién, señor? ¿Se puede saber?
—El mismo, el _señor alcalde de Móstoles_.
—¡Oh! —exclamó Ugarte con cierta confusión—. Me habían dicho que el
señor don Juan Pérez se había ido esta tarde a tocar el órgano del
pueblo a que debe su celebridad.
—No hagas caso —indicó el rey—: no tengo motivos para despedir a
Villamil. Solo que esta _vil chusma_, como dice Ceballos, es capaz con
sus chismes y enredos de trastornarme los ministerios todos los días.
—Pues por Madrid ha corrido la noticia —añadió Antonio I—. Por cierto
que se daba a don Felipe González Vallejo como sucesor de don Juan
Pérez.
—Eso quieren estos —dijo Fernando, señalando con desdén a Alagón y a
los dos criados—. En caso de vacante, tal vez...
—Pues el consejo del duque me parece acertado —dijo Ugarte—. Vallejo es
hombre que lo entiende, aunque no lo parece. Es de esos cuya apariencia
engaña.
—¡Y tanto que engaña! —repitió Fernando con malicia—. Cualquiera
creería, oyendo a Vallejo, que es tonto solemne de siete capas. Se
lleva uno cada chasco...
—Casi siempre engaña la apariencia en los hombres de estado —repuso
Ugarte.
—Vamos, ya cogió don Antonio su tema favorito —dijo el duque riendo—.
Hablará pestes de Ceballos.
—No, nada de eso... Acabo de separarme de él en casa de unos amigos
—replicó don Antonio—. Tan guapote como siempre...
—Aquí —apuntó el rey sonriendo— se ha dicho esta noche que es el jefe
de los masones.
—Como don Pedro ha de estar en todo —repuso Ugarte con mucho gracejo—,
nada tiene de particular que esté también en la masonería. ¿No le
llaman por ahí _el indispensable_?
—Y _el cambiacolores_.
—¿No ha figurado en todos los partidos desde 1808?
—Vamos, no murmurar —dijo Fernando—. Se miente mucho, y se dicen muchas
falsedades.
—Ciertamente —añadió Alagón con punzante ironía—. Que don Pedro
Ceballos, después de ser ministro de Carlos IV y del señor don Fernando
VII, fue a Bayona y se vendió a Bonaparte... ¡falsedad! Que el señor
don Pedro Ceballos, acompañado del masón Urquijo y del inquisidor
Llorente, redactó la Constitución de Bayona... ¡falsedad! Que el mismo
señor firmó la circular de 8 de julio a los agentes diplomáticos,
mandándoles reconocer al rey Botellas... ¡falsedad! Que el susodicho,
volviéndose del revés, publicó un célebre manifiesto en que ponía como
ropa de pascuas a Napoleón, a José y a Godoy... ¡falsedad! Que después
ofreció sus servicios a las Cortes de Cádiz, las cuales le hicieron
consejero de Estado... también falsedad y calumnia... En fin, que mi
hombre, cansado de tantos naufragios, arribó al puerto del gobierno
absoluto, donde echó el ancla e izó bandera de...
—¡Alto, alto!... —exclamó con mucha zunga Fernando VII—; alto, querido
Alagón, que te metes en terreno de mi tío el Almirante.
Todos prorrumpimos en alegres risotadas.
Un lacayo anunció la visita de dos personajes, diciendo:
—Don Pedro Ceballos, don Juan Pérez Villamil.
* * * * *
Pocos minutos después, en la tertulia y placentero corrillo junto a
la chimenea y alrededor de nuestro rey, nos reuníamos siete; ocho,
contando con el astro hispano de que éramos satélites.
Villamil hablaba poco, y era hombre muy serio. Ceballos, por el
contrario, gustaba de recrearse en sus propias palabras, y era festivo,
grave, frívolo o sesudo, según el humor de sus interlocutores. El
primero que rompió la palabra, sin embargo, fue el ministro de
Hacienda, sin duda porque traía dentro del cuerpo algo que anhelaba
echar fuera.
—Señor —dijo respetuosamente—, por ahí se dice que he dejado de ser
ministro de Hacienda. Como Vuestra Majestad no se dignó decirme nada
esta mañana, vengo a saber si es cierto, para retirarme al sosiego de
mi casa, de donde no me gusta salir sino para el servicio de Vuestra
Majestad.
—¿Qué estás hablando? ¡Que dejas de ser ministro! —exclamó Fernando con
afectado asombro.
—Así se dice, señor.
—¿Habéis oído algo? —preguntó Su Majestad, recorriendo con sus ojos el
círculo de semblantes que ante sí tenía.
—Yo no he oído nada...
—Ni yo...
Todos dijimos que no, haciéndonos los pasmados.
—Ya estoy cansado de recomendar que no se haga caso de paparruchas
—dijo gravemente y con mucha energía nuestro soberano—. Pues qué,
¿dejarías tú de saberlo, si no estuviese contento de tu ministerio?
¿Por qué había de ocultarlo hasta el momento de sustituirte?
—Eso mismo digo yo. Si Vuestra Majestad...
—¿Y qué tenemos de negocios? —dijo bruscamente Fernando, interrumpiendo
a su ministro.
—Los decretos que pasaron a informe del Consejo, están ya despachados
—repuso Ceballos.
—¿Cuándo quiere Vuestra Majestad que se publiquen? —preguntó Villamil.
—Cuanto antes, hombre. Ya debieran estar publicados.
—No se dirá que no se trabaja en las oficinas —manifestó Ugarte,
dirigiendo principalmente sus miradas al secretario de Estado—. Ahí es
nada la balumba de disposiciones que van a promulgarse estos días.
—Decreto prohibiendo las máscaras —dijo Ceballos—; decreto prohibiendo
los periódicos; decreto encargando la educación de los niños y niñas
a los frailes y a las monjas; decreto recomendando que se respete y
venere a los ministros del altar; circular mandando a los españoles que
guarden la mayor compostura dentro de la iglesia; circular disponiendo
que las señoras se vistan con modestia para asistir a las funciones
religiosas... En fin, la perturbación en que el reino quedó después
de las Cortes, exige que se trate de poner algún arreglo en esta
sociedad... He enumerado las disposiciones que Vuestra Majestad se
ha dignado proponer, y que se me entregaron en minuta escrita de su
puño y letra... La previsión y tino de Vuestra Majestad son dignos del
mayor elogio. Los citados decretos son convenientísimos y de grande
aplicación en el estado del reino... Queda, sin embargo, mucho por
hacer todavía. Nosotros, como más en contacto que Vuestra Majestad con
los negocios públicos y las necesidades del reino, hemos observado
irregularidades y asperezas, situaciones anómalas y tirantes que deben
desaparecer.
Fernando oía con profunda atención a su ministro de Estado, y los demás
también.
—Explícate mejor —dijo el rey—. Ya sabes que siempre te oigo con gusto.
Inclinándose agradecido Ceballos, prosiguió así:
—Aquello en que principalmente hay que poner mano es la irregularidad
del gobierno de las provincias de Andalucía. Hay en Sevilla un hombre
llamado Negrete, a quien todos conocemos, el cual domina allí como
dictador, sin documento alguno que acredite su autoridad, diciéndose
emisario del gobierno, y atropellando a todo el mundo del modo más
inicuo. La exageración y la saña son tan perjudiciales al estado, como
la tibieza y blandura excesivas. Las provincias de Andalucía están
aterradas, señor, con la presencia de tal monstruo. No sabemos qué
magia terrible lleva ese hombre en sus palabras; pero es lo cierto que
los mismos jueces tiemblan ante él. Llena ese vil los calabozos sin
más ley que su capricho, y socolor de perseguir y exterminar a los
liberales, comete los más infames atropellos. Él mismo forma brevemente
las causas, asistido de viles sicarios, y las falla en el Tribunal de
la Inquisición, donde se ha constituido en juez supremo... Ahora digo
yo, señor, ¿puede esto tolerarse?... ¿Es posible gobernar a una nación
de esta manera? Vuestra Majestad no ha dado poderes a ese hombre...
—¡Oh, no; seguramente no! —dijo Fernando con aplomo imperturbable.
—Nosotros los ministros tampoco; el Consejo tampoco: luego ese hombre
es un falsario; ese hombre es instrumento de algunos pérfidos que
subterráneamente, o quizás de un modo hipócrita, fingiendo interés por
Vuestra Majestad, se complacen en sostener esta sangrienta intriga, que
perturba el reino todo, y hace odioso el paternal gobierno establecido
a costa de tantos sacrificios.
Pausa. El soberano meditaba.
—Cosas de la masonería —indicó Ugarte.
Y repitieron todos:
—Cosas de la masonería.
En aquel tiempo, la culpa de todo se echaba al gato, es decir, a los
masones.
—Yo encargaré a Echevarri —dijo al fin Fernando muy seriamente— que se
ocupe con empeño en descubrir a los autores de tales atentados, y en
ponerles remedio.
Echevarri era el ministro de Seguridad pública.
Todos fijamos la vista en Su Majestad, que, contemplando el fuego,
movía dulcemente los labios, tarareando y sonriendo.
—Ceballos, ¿has visto hoy a Pepita? —preguntó de súbito.
—¡Oh, si! —repuso el cortesano, cambiando repentinamente de semblante y
tono, y poniendo en olvido como por encanto a Negrete y sus tropelías—.
La he visto. Está muy incomodada con el duque por cierta canonjía.
—¿De veras? —preguntó Su Majestad riendo.
—Traslado la incomodidad al señor Collado —dijo el duque—, que en su
afán ambicioso ha dejado a esa señora sin la prebenda que le prometí.
—¡Qué demonio! —exclamó perezosamente Fernando—. Dádsela, dadle
cualquier cosa... Por no oírla se le podrían regalar dos mitras.
—¡Dos mitras! —dije yo—. Las tiene todas la negra del señor Villela.
Más adelante hablaré del señor Villela, de su negra, y de las mitras de
la negra del señor Villela.
—Como esa canonjía estaba ya concedida —manifestó Collado—, pensé que
le vendría bien a doña Pepita una superintendencia de Arbitrios, y esta
mañana le di la nota al señor Villamil.
—Se hará inmediatamente —afirmó el hacendista.
—O se le dará la bandolera vacante —propuso Alagón.
—¿Pero hay todavía superintendencias de Arbitrios? —preguntó
humorísticamente el Monarca—. Mejor dicho, ¿hay arbitrios todavía? Yo
pensé que todo eso pertenecía a la historia, según están las cajas del
Tesoro de lisas y mondas.
—Señor —dijo Villamil—, el estado del erario no se oculta a Vuestra
Majestad. El escaso producto de los impuestos no basta ni con mucho
a cubrir los enormes gastos, aumentados cada día con la creación de
nuevos destinos. El reino no tiene recursos para costearse su ejército
ni su marina, ni para dotar dignamente la Casa Real ni su regia
Guardia; España es pobre, pobrísima: necesita los caudales de América
para vivir con algún decoro entre las naciones de Europa.
—Y esos caudales de América, ¿dónde están?
—¡Ay, eso es lo que a todos nos contrista! Fácil sería gobernar la
Hacienda, si América nos enviase los tesoros que aquí nos hacen falta.
Esa gran canonjía de nuestra nación no ha durado todo lo que debiera.
Reflexione Vuestra Majestad, como rey previsor, sobre la gravedad de
esta situación. La América está toda sublevada, y las juntas rebeldes
funcionan en Buenos Aires, en Caracas, en Valparaíso, en Bogotá, en
Montevideo. Si Méjico está aún libre del contagio, los americanos de
Washington se encargan de trastornar también aquel país, del mismo
modo que el Brasil nos trastorna el Uruguay, e Inglaterra nos revuelve
a Chile. La insurrección americana exige un gran esfuerzo, un colosal
esfuerzo. Es preciso mandar allá un ejército; pero para esto, señor, se
necesitan tres cosas: hombres, dinero y barcos.
—¡Hombres, dinero, barcos!
—Lo primero no falta; pero ¿cómo los equiparemos, y, sobre todo, en qué
buques les lanzaremos al mar? Vuestra Majestad no tiene en su marina un
solo navío que valga dos cuartos, y los arsenales carecen de elementos
para la construcción.
—¡Risueño cuadro acabas de trazar! —dijo Fernando hundiendo la barba en
el pecho.
—Risueño no, pero sí verdadero —afirmó don Juan Pérez—. Si ocultase
a mi rey la verdad, sería indigno del afecto que Vuestra Majestad me
profesa.
—Y que te profesaré siempre. Has hablado como un buen ministro. Nada de
fantasías ni de palabras bonitas. Así me gusta a mí... Pues es preciso
buscar dinero, y buscar hombres, y buscar barcos.
—Señor, no olvide Vuestra Majestad —dijo Ceballos—, que si se lleva
adelante la negociación con Inglaterra sobre la abolición de la trata
de negros, o hemos de poder poco, o nos han de dar una indemnización de
muchos miles de libras.
—Es verdad: para resarcir los perjuicios de los tratantes de
esclavos... A ver, Ceballos, Villamil —añadió Fernando con dulzura—,
estudiad un plan, un plan cualquiera que mejore la situación en que
nos hallamos. A uno y otro les sobra talento para eso y para mucho
más... ¿Me entendéis? Discurrid un plan vasto, que nos proporcione
los recursos necesarios para sofocar la insurrección americana, bien
sea creando impuestos, bien pidiendo dinero a los holandeses o a los
judíos de Francfort, bien logrando los buenos oficios de alguna nación
poderosa... en fin, ya me entendéis.
—Ya manifestaré más adelante a Vuestra Majestad algo de lo mucho que he
meditado sobre el particular —dijo Ceballos.
—Y tú, Villamil, discurre, trabaja, proponme algo —prosiguió Fernando—.
Por supuesto, no puedes figurarte lo que me mortifica que hayas creído
en esas ridículas hablillas acerca de tu destitución.
—Señor...
—Hablaremos más despacio mañana... Puedes irte tranquilo y seguro de
que sé apreciar tu lealtad... ¡Oh, Villamil!... No abundan los hombres
como tú... Vamos, otro cigarrito.
Diciendo esto Su Majestad, con aquella bondad peculiar, que indicaba
tanta honradez y nobleza en su carácter, ofreció un cigarro a don Juan
Pérez Villamil.
—Gracias, señor, acabo de fumar.
—Enciéndelo para salir. Como este habrás fumado pocos... Mira, puedes
llevarte todo el mazo —añadió ofreciéndoselo galantemente.
—Señor...
—Nada, que te lo lleves. Tengo gusto en ello.
Cuando don Juan Pérez, apremiado por la gallarda fineza del príncipe,
tomaba los cigarros, yo sentía que un cuerpo duro tocaba mi codo. Era
el codo del señor duque de Alagón.
Villamil y Ceballos se levantaron para marcharse.
—Que vengas mañana temprano —repitió el rey—. Y tú, Ceballos, si ves
a Pepita... en fin, ya sabes: una superintendencia de provincia o la
bandolera vacante... lo que ella prefiera.
—En el despacho de mañana —dijo Ceballos, que se había quedado muy
pensativo—, tendré el honor de leer a Vuestra Majestad la contestación
que he dado a la nota de don Pedro Gómez Labrador.
—Sí, bueno, todo lo que quieras... mañana... adiós, ¡pero qué tarde
es!... Podéis retiraros... Yo también me voy a recoger —dijo el
soberano con impaciencia.
Salieron los ministros, y quedamos solos los camarilleros.