A las nueve de la noche pisaba yo la cámara real, aquella deslumbradora
cuadra, colgada y ornada de amarillo, en cuyas paredes los más hermosos
productos del arte (todavía no se había formado el Museo del Prado)
recibían diariamente, como gentil holocausto, el humo de los mejores
cigarros del mundo. Diversos bustos de príncipes de ambos sexos puestos
sobre las mesas, alegraban la estancia con sus caras satisfechas.
Las miradas de sus ojos de mármol parece que confluían al centro,
y se contemplaban unos a otros, a veces risueños, ceñudos a veces,
según era festiva o lúgubre la tertulia. Casi en el centro de uno de
los testeros, media docena de hombres desvergonzados, sucios, casi
desnudos unos y haraposos otros, con semblante estúpido y ademanes
incultos todos, se reían de la tertulia constantemente, embrutecidos
por el vino. Eran _Los Borrachos_, de Velázquez. A veces aquellos
hombres puestos en alto, entre los cuales el del centro escrutaba con
su mirar insolente toda la sala, parecían una especie de tribunal de
locos. En un rincón, junto al hueco de la ventana, refugiado en la
sombra y casi invisible, veíase un hombre lívido, exangüe, cuya mirada
oblicua lo abarcaba todo desde el ángulo oscuro. Vestía de negro, y
en una de sus manos llevaba un rosario. Era _Felipe II_, pintado por
Pantoja. En aquel retrato se detuvo en pie Napoleón, contemplándolo con
atención profunda un día de diciembre de 1808.
Cuando yo entré en la cámara real, Su Majestad estaba sentado en un
sillón a poca distancia de la chimenea encendida; tenía la cabeza
echada hacia atrás, de modo que miraba al techo, dirigiendo hacia él
el humo de su cigarro. A espaldas de su señor estaba Pedro Collado,
y no lejos Artieda, menudillo y algo compungido, de semblante un
poco aclerigado, ya viejo, tardo en hablar y moverse, pero de ojos
muy observadores. El duque había entrado conmigo. Saludamos al rey,
distinguiéndome yo por mis exageradas muestras de veneración y amor,
a estilo Lozano de Torres (aún no es ocasión de hablar de este
personaje). Fernando me recibió con aquella placentera bondad que le
reconocen amigos y enemigos, y luego en el tono más campechano del
mundo nos dijo:
—Duque, siéntate... Siéntate, Pipaón.
Volviendo la cabeza a un lado y otro, añadió:
—Collado y Artieda, sentaos.
Los dos venerables criados, el prócer ilustre y yo, humilde hijo de
labradores, nos sentamos frente al poderoso, en los divanes que había a
un lado y otro de la chimenea.
Puso Fernando una pierna sobre la otra (¡cuán presentes tengo estos
detalles!), y retorciendo el cigarro en la boca, dejó caer de sus
augustos labios estas palabras:
—¿Qué se dice por ahí?
—Esta tarde —replicó Collado— han ido a comer con el inquisidor
general, don Pedro Ceballos, Eguía y el señor Majaderano.
—¿Quién es Majaderano? —preguntó con indiferencia Fernando.
—El ministro de Gracia y Justicia —repuso Alagón—. Así le llamaba
_Gallardo_ en su graciosa _Abeja_.
No nos reímos, porque el Monarca permaneció impasible. Al fin,
sonriendo, dijo:
—¡Ceballos sentado a la mesa con el inquisidor!
La señal fue dada. Todos soltamos la risa.
—¿Si querrá don Pedro participar al prelado cómo va la secta masónica
de que es jefe? —dijo el duque.
—Yo había oído que era masón —afirmé con malicia—; pero hasta ahora no
sabía que era el Papa de los Hermanos.
—Tan cierto como es noche —afirmó Alagón, observando el semblante de Su
Majestad, que demostraba poco interés en la conversación.
—Lo que asombrará más al mundo —indicó Collado— es saber que los
masones tienen su logia en la casa misma de la Inquisición.
—¡Hombre, tanto como eso...! —murmuró el rey con indolencia.
Todos fijamos en él la vista.
—Quizás se trate hoy de eso en la comida del inquisidor —añadió Paquito.
—Artieda —ordenó Fernando bruscamente—, trae cigarros.
El lacayo dio al rey lo que este pedía, y habiéndonos ofrecido a todos
los presentes, fumamos. El humo de los cuatro cortesanos juntábase con
el del rey en los oscuros ámbitos del techo, donde hacían cabriolas
media docena de dioses y ninfas pintadas por Bayeu.
—¿Qué habláis ahí de francmasonería? —preguntó Fernando, después de una
larga pausa en que no se oía más ruido que el del enorme reloj, cuya
ancha esfera y pagana figura de bronce ornaban la chimenea.
—El señor ministro de Estado de Vuestra Majestad lo podrá decir —repuso
Collado.
—¿Qué hablas ahí, estúpido? —dijo Fernando, sacudiendo un poco su
somnolencia.
—Señor —repuso el criado, apoyando los codos en las rodillas y
observando el cigarro mientras lo volteaba entre los dedos, liando y
desliando la ensalivada capa—. Los tontos y estúpidos son los que
dicen las verdades. Vaya por las que he dicho a Vuestra Majestad en
ocho años.
—¿Hablabas de Ceballos?
—Sí, señor.
—Decías que era francmasón. ¿Acaso hay ahora francmasones? —preguntó el
hijo de Carlos IV con viveza.
—Los hay, los hay —aseguró Collado—. Esta mañana hablábamos el señor
Pipaón y yo de la taifa de masones que va saliendo por todos lados,
como mosquitos en verano, y... que cuente el señor Pipaón lo que sabe.
—Pipaón —dijo el rey con evidente deseo de variar la conversación, y
sonriendo picarescamente— no entiende más que de cortejar muchachas
bonitas.
Hice una reverencia a la bondadosa Majestad, única contestación que dar
podía a broma tan impropia de la gravedad de mi carácter.
—Sí —añadió el señor de dos mundos, juntando la nariz con la barba—:
con esa cara de Pascua florida y esa hinchazón de consejero de
Castilla, es el mayor amparador de doncellas que hay en Madrid. Se mete
en las casas más honestas, saca los tiernos pimpollos, los conduce,
socolor de música y fiestas, a los barrios bajos, los lleva también a
las procesiones, a las fiestas de los conventos...
—Señor, señor...
Yo no podía decir otra cosa, humillando mi frente de vasallo, ante la
sonrisa de quien me honraba dejando caer sobre mí las relucientes
ascuas de sus burlas reales. De repente, aquellos cortesanos tan
diestros, tan hábiles en el conocimiento de las conveniencias de la
cámara, así como de la caprichosa voluntad de su señor en la marcha de
los diálogos que allí se sostenían, dejáronme solo en presencia de Su
Majestad. El duque llevó a los dos criados al otro lado de la estancia.
Pausa. Fernando contemplaba el techo, y al fin, como quien sale de
honda distracción, mirome fijamente y preguntó:
—¿Qué decías?
—Señor, Collado ha apelado a mi testimonio en apoyo de sus opiniones
sobre la francmasonería, y yo debo decir...
—Que todos son masones, y yo el jefe de ellos... ¿Te ríes? Pues no
falta quien lo asegura así.
—¡Oh!, señor, antes que pronunciar tal desacato, mis labios callarían
para siempre.
—La verdad es que hay un Oriente en Granada, que preside el conde del
Montijo... —continuó el rey.
—Justamente, señor, y...
—Y en el cual parece andan también muchos hombres graves que no
debieran ponerse en ridículo... pues tengo para mí que eso de la
masonería es una farsa grotesca, que no conduce a nada bueno ni a nada
malo. Muchos son masones para ocultar sus amores nocturnos —añadió con
viveza—: por ejemplo, tú... Dime, ¿a qué logia ibas anoche con aquellas
dos damas?
—Señor... —repetí confundido.
Indudablemente me puse como una cereza. Él me dijo con mucha gracia:
—La desmayada se me presentó otra vez al día siguiente en la Trinidad.
Cojeaba un poco, y estuvo a punto de caer segunda vez. Muchos tropiezos
son en tan poco tiempo.
—¡Oh!, sí, muchos tropiezos. Vuestra Majestad sabe ya quién es la
madre, la hija, el hermano, etc... En cuanto a la niña, no hay otra en
Madrid ni más linda ni más graciosa.
—En verdad —indicó el rey, dando a aquel asunto un interés inmenso—,
sus facciones no son perfectas; pero la expresión de su cara es
encantadora, y el conjunto de sus facciones...
—¡Oh, seductor! ¿Pues y aquellos torneados brazos, y aquel cuello de
alabastro?...
—¡Y qué pie tan bonito! ¿No es verdad? —preguntó Fernando con sencillez
suma, no menos engolfado que un mozalbete en la contemplación
imaginaria de la beldad soñada—. Paco no ha podido decirme los motivos
de aquel brusco encuentro: ¿a dónde ibais? ¿de dónde veníais?
Comprendiendo que marchaba por buen camino, expuse a mi interlocutor
los verídicos hechos de mi paseo nocturno, sin omitir nada, ni
alterarlos, ni olvidar antecedente ni móvil alguno; y en el momento en
que pronuncié el nombre de Gasparito Grijalva, sorprendiose mucho, y
alzando la voz, me dijo:
—Hoy ha estado aquí su padre a pedirme que ponga en libertad a ese
niño. Es una buena obra... lo he concedido al momento. ¿No crees tú
que es una buena acción? La pobre muchacha merece esta recompensa por
su puro y noble amor.
Yo callé.
—¿No crees tú que es una buena obra ponerle en libertad?... ¿No crees
que mañana mismo...?
Seguí callando y moví la cabeza en ademán dubitativo.
—¡Cuán dulce prerrogativa es la del perdón en los reyes! —exclamé—.
Dios se la concede para que sean superiores a las mismas leyes, que no
tienen más que la de la justicia.
Fernando pareció fastidiado de mi pedantería, y bruscamente me dijo:
—¿Qué crees tú? Dilo con franqueza.
—Mi opinión, señor —repuse con humildad—, no debe ser de ningún peso
en las resoluciones de Vuestra Majestad; pero si me viera precisado a
darla...
—Ya la espero —afirmó con impaciencia aquel hombre prudentísimo que no
quería nunca proceder de ligero en sus resoluciones.
—¿No hay tiempo de poner en libertad a ese loco? —dije con la mayor
osadía—. ¿Por fuerza ha de ser mañana, señor?
—Verdaderamente es así. Pero yo prometí a ese anciano la libertad de su
hijo...
—¡Qué dulce prerrogativa es la del perdón! —repetí compungidamente—.
¡Y qué placer tan grande debe de experimentar el corazón de un Monarca
al conceder mercedes a sus súbditos, sin omitir a los más grandes
criminales! Las alegrías que con una sola palabra produce, ¡cuán
benditas son! ¡Cuántas lágrimas se enjugan! ¡Cuántos corazones palpitan
gozosos! El de Presentacioncita, en este caso, saltará dentro del
blanco seno, más por ver logrado su empeño que por amor al mancebo.
—Pues qué, ¿no está enamorada de ese calaverón?... —preguntó con mucha
viveza, hondamente interesado en todo aquello que pudiera contribuir al
bien de sus súbditos.
—No lo creo... Le tiene afecto, un afecto caprichoso y nada más. Es
niña de mucha ambición... Ha de saber Vuestra Majestad que tiene
aspiraciones locas, insensatas...
—Aspiraciones locas —repitió—. ¡Vaya con la niña!
—Si Vuestra Majestad la tratase; si pudiera apreciar por sí mismo los
vuelos de aquella imaginación ardiente...
—La cojita no puede ser más mona —dijo el rey, dando a sus ojos
expresión semejante a la que en los suyos tenía alguno de los
individuos del lienzo de Velázquez—. ¡Y qué cuerpo tan bien formado!...
Es una preciosidad... una joyita de carne y hueso.
Hablome en este tono largo rato, demostrándome su mucha afición a las
artes, y principalmente a la escultura, de la que era especial devoto.
—¡Y pensar que tales tesoros van a ser para ese tronera de Gasparito
Grijalva! —exclamé yo—. ¡Vamos, quién se lo había de decir a ese
calumniador de Vuestra Majestad, a ese charlatán irreverente y
desvergonzado que mañana mismo va a recibir de Vuestra Majestad
generosísima el perdón de sus culpas, y que con el perdón va a entrar
en el pleno goce de sus derechos amatorios!...
—¡Es su novio, su pretendiente!... ¡Cómo se divierten esos chicos...
que no son reyes!
—Y no la deja a sol ni sombra. ¡Qué pesado es! Como la condesa le
permite entrar en la casa, allí está a todas horas el barbilindo,
cosido a las faldas de su Filis. No puede la niña pestañear sin que el
moscón se entere...
—¡Hombre! —exclamó el rey, dándose una palmada en la rodilla—, me carga
ese niño.
—¡Y qué lengua!... ¡Qué lengua! Es capaz de revolver a todo Madrid.
—En verdad, Pipaón, que si no fuese porque prometí a Grijalva ponerle
en libertad...
—¿Pero por fuerza ha de ser mañana? —me atreví a decir—. ¡Ah!, Vuestra
Majestad no sabe ser generoso a medias, y por hacer bien no repara que
favorece a sus enemigos.
—No estaría de más que ese don Gasparito, o don Moscón, durmiese unas
noches más en la cárcel. ¿Qué te parece, Pipaón?
—Admirable: unos días más de encierro, y después se le pone en la
calle... ¡Generosidad y previsión! ¡Ejemplares virtudes que no deben
separarse jamás!
—Dices bien; pero yo... —objetó Su Majestad, sacudiendo el cigarro y
pidiéndome fuego para encenderlo—, pero yo quisiera servir a ese pobre
y leal don Alonso... Cuando yo estaba en Francia, me prestó varias
cantidades sin interés ninguno.
—Si Vuestra Majestad aprecia en algo mi parecer, me tomaré la libertad
de decirle que Grijalva tiene asuntos de más interés que el de su hijo,
y en los cuales puede recibir inmensos favores de su soberano.
—¿Cuáles? Dímelo pronto.
—El de la moratoria que solicitan las señoras de Porreño... Conceder
esa merced y dar golpe terrible a Grijalva es todo uno.
—¿Grijalva es el acreedor? —preguntó con anhelo.
—El mismo. Suponga Vuestra Majestad qué gracia le hará esperar diez o
doce años para poder embargar los bienes de esas señoras...
—Porreño se comió su fortuna y la ajena, diose buena vida, y ahora sus
herederos no quieren pagar... ¡Qué excelente sistema! Veo que esas
señoras tienen talento, Pipaón —dijo Su Majestad con expresión festiva.
—¡Excelente sistema! —repetí yo.
—¡Y sobre todo muy español! —añadió el rey de las Españas con un aplomo
humorístico que a pesar mío me hizo reír—. Gastar lo propio y lo ajeno,
vivir a lo príncipe, y después encastillarse en la grandeza y dignidad
de los títulos nobiliarios para rechazar el pago de las deudas como una
ignominia... ¡Oh, qué delicioso país y qué incomparable gente!
—Sin embargo, se dice que Grijalva no cobrará...
—Que sí cobrará... pues no faltaba otra cosa —afirmó Fernando con
firmeza—. Se me presenta la ocasión más bonita que pudiera apetecer
para contentar al buen don Alonso sin ponerle en libertad al niño.
—Con lo cual se le hacen dos favores.
—¡Collado! —gritó el rey volviendo el rostro.
Acudió el cortesano, y Su Majestad, sin mirarle, le dijo:
—¿Apuntaste para mañana el _sobreséase_ del hijo de Grijalva?
—Sí, señor, aquí está —repuso Chamorro, sacando un papel—. Esta noche
pienso que pase al señor Echevarri.
—No, no hay nada de lo dicho... ¡Artieda!
El ayuda de cámara se acercó.
—¿No fuiste tú quien tomó nota de la moratoria?...
—Para pasarla al Consejo Real... Ya le he dicho al señor obispo de
Menorca y al señor Escóiquiz que estaba concedida.
—Estúpido, ¿quién te mandó prometer...?
—El señor Inquisidor general —dijo Collado— me la recomendó también con
vivo interés...
—Perdone Vuestra Majestad —repuso Artieda humildemente—. Sin duda yo
entendí mal, cuando Vuestra Majestad se dignó acceder a la petición que
le hicieron el reverendísimo señor obispo de Menorca, el reverendísimo
señor obispo de Astorga, y el reverendísimo Inquisidor general.
—¡Vete al diablo tú y tus reverendísimos!... —exclamó Fernando, con
el rostro encendido por la ira, lo cual le acontecía a la menor
incomodidad.
—Entonces... —balbució el ayuda de cámara.
—Entonces... —repitió el rey, remedando, no sin gracejo, el aire
contrito y el sonsonete quejumbrón de Artieda—, entonces quiero decir
que no concedo la moratoria... ¿Lo entiendes? ¿Todavía quieren más los
reverendos? Ya no queda nada que pedir para sí, y piden moratorias para
sus tramposos amigos, tenencias de resguardo para los cortejos de sus
sobrinas y beneficios simples para los niños de teta de sus señoras
amas...
—El señor obispo de Almería —dijo Collado con timidez— me dijo
que tenía tanto, tantísimo interés en que esas señoras... Y Su
Ilustrísima...
—Basta de Ilustrísimas y de sobrinos de Ilustrísimas —agregó Fernando
con hastío—. Collado, quedamos en que no hay _sobreséase_ para el hijo
de Grijalva. Artieda, quedamos en que no hay moratoria para las señoras
de Porreño... Ambas cosas negadas.
Hubo una pausa. Los criados se retiraron taciturnos. Observé que desde
el rincón de Felipe II, cuatro ojos me miraban con enojo.
Un instante después entró en la tertulia mi maestro y señor don Antonio
Ugarte.