A las dos del siguiente día estaba yo en Palacio. Enviome don Antonio
Ugarte, recién llegado a Madrid, para que diestramente y con amañados
pretextos observase lo que allí pasaba. Después de hablar con varios
gentileshombres y mayordomos, llevome uno de estos al salón que precede
a las regias estancias, y en el cual suele verse en días de audiencia
gran marejada de pretendientes que entran o salen. Presentóseme allí el
duque de Alagón, que, llevándome aparte, me señaló un anciano que en el
mismo instante salía de la Cámara Real.
—¿Conoce usted a ese? —me dijo.
—Es don Alonso de Grijalva —contesté sin disimular mi disgusto—.
¡Maldito vejete! No puede dudarse que ha venido a implorar el perdón de
su hijo.
—Y lo ha conseguido: yo puedo asegurarlo porque estaba presente durante
la audiencia. ¿Creerá usted que el buen señor se ha echado a llorar
delante del rey?
—¡Qué falta de cortesía!
—Su Majestad le ha recibido bien. Grijalva goza de muy buena opinión:
es realista vehemente.
—Vamos, que se ha salido con la suya.
—De una manera absoluta. Por esta vez, amigo Pipaón... Además vino
presentado por dos personas de la primera nobleza, y por el patriarca,
y precedido por una carta del nuncio.
—¿De modo que se nos escapó Gasparito? —pregunté yo, tomándolo a broma.
—Sin remedio ninguno. Su Majestad se ha mostrado tan decidido, tan
categórico... Al despedirse, le dijo: «Puedes marcharte tranquilo a tu
casa, que mañana sin falta estará tu hijo en libertad, y se sobreseerá
esa causa. Te lo prometo, te lo prometo, te lo prometo.» Lo repitió
tres veces.
—¡Cómo ha de ser!... A lo hecho, pecho —dije, calculando sin pérdida de
tiempo qué nuevos medios emplearía para llevar adelante mi plan.
Pero sacome de mis meditaciones el duque mismo, llevándome de sala
en sala hasta una en que acostumbraban reunirse los cortesanos para
arreglar sus cuentas de favoritismo unos con otros, sopesar su
respectiva influencia, y regodearse en común de ver la buena marcha de
los asuntos del gobierno.
Cuando entramos el duque y yo había en el salón cuatro personas;
paseábanse juntos de un ángulo a otro en la diagonal de la estancia
Pedro Collado y don Francisco Eguía, teniente general, ministro de
la Guerra, anciano casi decrépito, aunque no privado aún de cierta
agilidad, y con una singular comezón de hablar y moverse, que era el
rasgo distintivo de su espíritu, así como la coleta y corcovilla
lo eran de su cuerpo. Formando grupo aparte, hablaban por lo bajo,
sentados en un diván, don Pedro Ceballos, ministro de Estado, y don
Baltasar Hidalgo de Cisneros, ministro de Marina.
Detuviéronse Eguía y Collado al vernos, y el primero, que no por ser de
carácter inflexible y duro en los negocios públicos dejaba de mostrar
llaneza en la conversación familiar, me dijo:
—¡Cuánto bueno por aquí! Me han dicho que va usted a la Caja de
Amortización... Sea enhorabuena.
—Gracias, muchas gracias —repuse con modestia—. Bien saben todos que no
lo he solicitado.
—Bien hayan los hombres de mérito —dijo Collado—. Ellos no necesitan de
recomendaciones para subir como la espuma.
—Nos hemos propuesto darle su merecido a este tunante de Pipaón
—declaró el duque con cortesanía—, y poco a poco lo vamos consiguiendo.
Este va para ministro, señor don Francisco.
—Lo creo, lo creo —repuso el anciano alzando la abatida cabeza, y
guiñando el ojo para mirarme—. Pero no le arriendo la ganancia...
¡Santo Dios, qué laberinto, qué torre de Babel es un ministerio!
—Lo creo, señor don Francisco —dije con oficiosidad—. Pero sin su
poquito de abnegación, no se concibe al buen súbdito de Su Majestad.
—¡Oh, es claro! Nos debemos a Su Majestad... Pero a mis años, la
enorme carga de un ministerio es insoportable... Precisamente en estos
días la balumba de asuntos puestos al despacho me ha rendido más que
una batalla.
—Pues es preciso cuidarse, señor don Francisco.
—¿Querrá usted creer, señor Collado —dijo el guerrero gesticulando con
desenvoltura—, que ya están despachados todos los nombramientos que
usted me recomendó en aquella minuta?...
—¿Las doce comandancias de provincias, seis plazas fuertes, y no sé
cuántas tenencias de resguardos?... Pues la mitad de esas limosnas son
para el señor duque, que nos está oyendo.
—Vamos —continuó don Francisco con socarronería—, que por falta de
pedir no se les pondrá mohosa la lengua. Yo, que soy ministro, no
he podido satisfacer el deseo que ha tiempo tengo de regalar un
arciprestazgo al sobrino de mi cuñada. ¿Y por qué? Porque no me ocupo
de pedir, ni gusto de importunar por un miserable destino.
—Se tendrá en cuenta —afirmó gravemente Collado.
—Hace pocos días —continuó el general—, hablé de esto a Moyano, y me
dijo que Su Majestad se había reservado la provisión de todas las
plazas.
—No es cierto, ¡qué enredo! —expresó el ayuda de cámara—. ¡Reservarse
Su Majestad todas las plazas!
—Quien se las ha reservado —afirmó el duque con enojo—, es el mismo
ministro, el insaciable don Tomás Moyano, que tiene media nación por
parentela.
—¡Es gracioso! —dijo Eguía riendo—. Cuentan que ha despoblado a
Castilla; que ya no hay en Valladolid quien tome el arado, porque los
labradores todos han pasado a la secretaría de Gracia y Justicia.
¡Cuánto nos reímos a costa del ministro ausente! Yo, que no quería
perder la coyuntura de demostrar a don Francisco Eguía la admiración
que me causaba su desmedida aptitud para los asuntos militares, dije
con gravedad:
—No me nombren a mí esos ministros que no se ocupan más que de la
provisión de destinos, de colocar parientes, y despoblar aldeas para
rellenar secretarías. Tales hombres no hacen la felicidad del reino...
Señores, no todos los ministros cumplen con su deber. Casi puede
decirse que la mayor parte van por mal camino; casi, casi se puede
afirmar que uno solo... y no lo digo porque esté delante don Francisco
Eguía... Cuantos me conocen estarán hartos de oírme asegurar que de
todos los secretarios del despacho, el que con más celo se consagra a
asuntos beneficiosos y de interés general, es el que nos está oyendo.
—Gracias, gracias —exclamó el anciano, poniendo su guerrera mano en mi
hombro—. He hecho lo que me ordenaban mis antecedentes militares.
—La verdad es que solo el trabajo de las nuevas ordenanzas basta a
asegurar la reputación de un ministro.
—¡Y cuánto me han dado que hacer las tales ordenanzas! —dijo don
Francisco, con voz hueca y ponderativos ademanes—. Como que abrazaban
multitud de puntos delicados, y que no era posible resolver a dos
tirones. Ha sido preciso dictar disposiciones nuevas, que no figuraban
en nuestros antiguos códigos militares. ¿Creen ustedes que es un grano
de anís? Fácil era prohibir a los soldados que cantasen las estrofas
que les guiaron al combate durante la guerra; pero ¿y la orden de rezar
el rosario en cuerpo todos los días?... ¿y la serie de minuciosas
instrucciones sobre el modo de tomar agua bendita al entrar formados en
la iglesia? Luchábamos con el vacío que la legislación militar ofrece
hasta hoy en este punto, y hemos tenido que hacerlo todo nuevo.
—¡Admirable, admirable! —exclamé—. Pero sírvale a usted de consuelo por
su trabajo la gratitud del ejército.
—¿Qué deseo yo sino su bien? —prosiguió el venerable militar—. Sabe
Dios que me contrista en extremo el que se deban tantas pagas; pero eso
no está en mi mano remediarlo.
—Ni en la de nadie —afirmó el duque.
—Pero váyase lo uno por lo otro —dije yo—. Si no cobran, en cambio el
señor don Francisco ha decretado la construcción de un hospital de
inválidos.
—Es verdad, también tengo esa gloria. Yo he dado ese decreto, y si el
hospital no se construye, no es culpa mía.
—Ni mía —repitió maquinalmente Collado.
—A falta de pagas —añadió Eguía con juvenil complacencia—, preparo
una disposición, en virtud de la cual cada año de campaña se cuenta
como dos de servicio, lo cual tiene la ventaja de que muchos militares
noveles y que ahora empiezan su carrera, puedan retirarse a sus casas
con una pingüe cesantía... Vamos, no se quejarán.
—Sobre eso écheles usted las cruces recientemente creadas.
—Justamente —dijo don Francisco—. Miren ustedes: no paré hasta no
conseguir el establecimiento de la _Cruz de Lealtad de Valencey_, con
la cual se ha premiado a los que acompañaron a Su Majestad, mientras
aquí ardía la más feroz de las guerras... En fin, en mi ministerio
se ha trabajado. Solo siento que mis años y achaques no me permitan
desplegar mayor actividad, y me alegraré de tener un sucesor que no
levante mano hasta poner a nuestro ejército en el pie de magnificencia
que le corresponde.
A este punto llegaba, cuando se acercaron a nosotros el ministro de
Marina y don Pedro Ceballos.
—¿Quién va al cuarto del infante don Antonio? —preguntó don Baltasar
Hidalgo de Cisneros, disponiéndose a salir.
—Corra usted, corra usted... —repuso el duque con sandunga—. Su Alteza
está muy impaciente por saber el estado de la mar.
—Barcos no tenemos —indicó maliciosamente Ceballos—; pero almirante...
—El Almirantazgo ha quedado constituido al fin —dijo Cisneros—, gracias
a mis esfuerzos. Por algo se empieza. Hay que tener paciencia.
—Es claro: los barcos se harán después —apunté yo.
—Gracias a Dios —indicó Cisneros—, ya tenemos Almirantazgo.
Precisamente acaba este de tomar una determinación importante.
—¿Cuál?
—Ceder al infante los derechos que la corporación percibe. Es una
bonita renta.
—Lo que dice Pipaón —manifestó Ceballos—. Tiempo hay de hacer los
barcos. La cosa no urge.
Cisneros no habló más, y se retiró. Era un viejo caduco y tristón que
no infundía ya sentimientos de afecto ni de antipatía. Había estado en
el combate de Trafalgar, mandando en la _Trinidad_, como mayor general
de Uriarte. En 1810, hallándose de virrey en Buenos Aires, fue débil,
tan débil que permitió a los rebeldes formar una junta de gobierno, con
tal que le diesen un puesto en ella. Pero los insurgentes americanos,
después que se apoderaron del gobierno y de las fuerzas navales,
despidieron ignominiosamente al virrey. Vuelto a España, no encontró
un patíbulo, sino la capitanía general del departamento de Cádiz, que
era un buen momio, y después el ministerio de Marina. Cisneros tenía
pocos amigos. Apenas le traté, porque su lúgubre tristeza me aburría en
extremo.
—Si Cisneros y yo seguimos en Marina y Guerra —afirmó Eguía con
petulancia—, hemos de poner a marineros y soldados, como antes dije,
en el pie de magnificencia que les corresponde.
—Mientras no se encargue de calzar ese pie de magnificencia el señor
duque que está presente... —dijo Ceballos mirando con maliciosa
intención a Paquito Córdoba—; mientras todo el ejército de mar y tierra
no vista y coma al compás de los rollizos galanes de la Guardia, no
haremos nada. El señor duque puede comunicar al señor ministro de la
Guerra su receta para engordar soldados.
Con estas frases malignas, zahería el astuto ministro de Estado al
señor duque de Alagón. Hacía tiempo que no se miraban con buenos ojos.
—La Guardia de la Real persona —dijo Paquito Córdoba— come lo que Su
Majestad se digna darle. En ella no hay un solo individuo que haya
metido su mano en la olla del rey José, ni en el puchero de las Cortes
de Cádiz.
Esta saeta era muy punzante para Ceballos, que desde 1808 se había
sentado a todas las mesas. No contestó el ladino cortesano a la
insinuación del duque y varió de conversación. Era Ceballos hombre
instruidísimo en diplomacia máxima y mínima; muy conocedor de las
grandes vías, así como de los callejones de la política. Reservándome
para más adelante el trazar su historia, diré aquí tan solo que era el
más instruido de los presentes, sumamente listo, de semblante simpático
y modales muy finos, como de quien había cursado en diferentes cortes
europeas, distinguiéndose además por su aparente dignidad y cordura al
tratar las cuestiones de estado. Detestaba cordialmente la camarilla,
a la cual llamaba _vil chusma_, aunque nunca se atrevió a combatirla
abiertamente, ni tampoco renunció a su apoyo cuando lo necesitaba. Más
que odio inspirábale envidia, porque podía más que él. En cuanto a mi
persona, en aquella sazón Ceballos me consideraba mucho, por el afán
de congraciarse con Ugarte, a quien envidiaba y temía. Así es que no
bien disparole el duque la alusioncilla picante de su afrancesamiento,
entabló coloquio conmigo, mientras los demás charlaban de otro negocio.
—¿Conque va usted a la Caja de Amortización? —me dijo.
—Por mi parte nada sé —repuse con modestia—. Algunos me lo han
indicado; pero puedo asegurar que no lo solicité, ni hasta ahora me lo
han propuesto.
—Dígolo, señor de Pipaón —añadió disimulando con una sonrisita forzada
y modales respetuosos el desprecio que aquel fatuo sentía hacia mí—;
dígolo porque me parece una de las mercedes más justas que se han
dado en estos tiempos... Vamos a ver, ¿por qué no se viene usted con
nosotros?
—¿Al ministerio de Estado?
—Justo. Hombre, se lo he de decir a Ugarte, a mi querido amigo el
señor don Antonio... Allí necesitamos hombres de actividad, hombres de
ingenio despierto...
—Gracias, señor don Pedro. Yo no sirvo para la diplomacia.
Firme en mi propósito de no desperdiciar ripio para ganar la estimación
de cuantos hombres figuraban, hubiesen figurado o estuviesen en vías de
figurar por aquellos días, dije al don Pedro:
—En el ministerio de Estado no pueden servir hombres legos y sin
ninguna ciencia diplomática. Desgraciadamente en España tenemos tan
pocas personas idóneas para este ramo...
—Es verdad.
—Tan pocas, que se pueden contar —repetí—; y si nos concretamos al
desempeño de la primer secretaría, no sé, no sé que haya más de uno...
No lo digo porque me esté usted oyendo. Cuantas veces he hablado de
esto con mis amigos les he dicho: «Cítenme ustedes un hombre, uno solo
que pueda reemplazar a don Pedro Ceballos, si por desgracia dejara la
cartera de Estado.»
—¡Oh! Es usted muy benévolo, Pipaón —me dijo, no muy sensible a mis
lisonjas.
—Es la verdad —proseguí con calor—. Yo me asombro de la delicadeza
y dificultad de los negocios diplomáticos en que hay que tratar con
naciones extrañas, y procurar engañarlas a todas si es posible...
Cualquier ministerio puede desempeñarse fácilmente; pero el de usted...
Bien lo conoce Su Majestad, que, al tolerar en las demás secretarías
a personajes tan nulos como don Francisco Eguía —bajé la voz, aunque
estaba lejos—, pone en las de Estado al único hombre de talento y
saber que frecuenta estas salas...
—¡Qué lisonjero!
—¡La verdad! Vamos a ver. ¿No da risa ver al frente del ramo de Guerra
a ese grotesco señor de la coleta, que poco ha ponderaba las ridículas
ordenanzas que ha dado al ejército?
Don Pedro Ceballos no pudo contener la risa.
—Calle usted, calle usted —me dijo, haciendo alarde de prudencia y
compañerismo.
Luego, bajando la voz y tomándome el brazo para alejarnos más de los
demás palaciegos, añadió:
—Sea usted franco. Esa _vil chusma_, con la cual usted anda a brazo
partido, ¿ha dicho hoy algo de la caída de Villamil?
—No ha dicho una sola palabra, señor don Pedro: ellos no se franquean
conmigo —respondí—. Saben que les desprecio altamente...
—Se murmura que Villamil no durará dos días. ¡Qué desventurado reino!
Aquí no hay nada seguro; vivimos a merced de esa gentuza...
—Si yo no sé cómo Su Majestad tolera que ese vil criado, ese libertino
duque...
—Más bajo...
—Y no dudo que lo consigan —añadí con magistral oficiosidad—. Será
lástima que un ministro tan probo, tan entendido, tan decente como el
señor don Juan Pérez...
—¡Oh! Yo pienso hablar al rey hoy mismo con energía —afirmó aquel
hombre que no había sido nunca enérgico más que para pasarse de un
partido a otro—. Esta detestable servidumbre, autora de la bárbara
política que se hace hoy, así como de las crueldades de los comisarios
enviados a provincias por privada disposición del rey, sin contar con
nosotros; esa vil servidumbre, esa desastrosa política, repito...
No dijo más porque se acercó a nosotros un nuevo personaje. Era el
obispo de Almería, inquisidor general.
—Bien venido sea el señor obispo —dijo don Pedro ceremoniosamente.
—Felices, hijo mío —repuso el prelado sonriendo—; ¿esa salud cómo va?
¿Pero no anda por aquí el señor Collado?... ¡Señor Collado!
Y dirigió sus miradas a un lado y otro sin dejar la sonrisita.
El lacayo acudió presuroso mientras los presentes besábamos el anillo a
Su Ilustrísima. Tenía el de Almería un semblante de angelical bondad,
que al punto le ganaba las simpatías de cuantos tenían la inefable
dicha de tratarle. Hombre menudillo y achacoso, no dejaba por eso de
ofrecer un aspecto patriarcal. Viéndole, se sentía uno inclinado a las
buenas acciones, a la mansedumbre evangélica, a la exaltación mística y
a la piedad. No salía de su boca palabra alguna que no fuese la misma
devoción y un compendio del Evangelio.
—No he querido retirarme sin hablar con usted —dijo a Chamorro—. Vengo
de ver a Su Majestad, y le he recomendado el asunto de las señoras de
Porreño. Se presenta muy favorable; pero es preciso que me lo apoye
usted, pero que me lo apoye en forma, ¿estamos?
—Descuide Su Ilustrísima —repuso el exaguador—. Se atenderá con mucho
gusto.
—También el señor Artieda lo toma con gran calor —prosiguió el príncipe
de la Iglesia con benévola sonrisa—; pero no me fío de Artieda, que es
un poco falso. Usted es más formal, señor Collado... ¡Ay, como usted
me descuide este asunto...! Son infinitas las personas de viso que se
interesan por esas pobres señoras. Aquí precisamente tenemos una.
El obispo me señaló. Inclineme respetuosamente.
—En efecto —dije—. Conozco mucho a esas señoras y ya he dado algunos
pasos... Es indudable que alcanzarán lo que solicitan... O hemos de
poder poco, Ilustrísimo Señor, o lo conseguiremos.
—Es preciso hacer algo por los desgraciados —afirmó el inquisidor dando
un suspiro y poniendo los ojos en blanco—. Esto es más que un favor,
señor Collado; es una obra de caridad... No me descuide tampoco aquel
asuntillo de mis primas, ¿eh?
—Puede Su Ilustrísima ir sin cuidado —replicó el exaguador—. Todo se
hará.
—Si no se tratara de obras de caridad, no molestaría... —dijo el
prelado en tono de protesta—. Pero, ¡ay!, amados hijos míos, no se ven
más que lástimas y miserias... Yo quisiera atender a todo; pero soy
un pobre pastor viejo que apenas puede ya con el cayado... Conque,
¿quedamos en ello? —añadió con apresuramiento y afán de marcharse,
porque había llegado la hora de la comida—. No necesitaré dar a usted
nota escrita, ¿verdad?
—Tengo buena memoria —repuso el aguador, besando de nuevo el anillo
al noble prelado—. Téngala Usía Ilustrísima también para mí en sus
oraciones.
Nos disponíamos a acompañarle hasta la sala inmediata, donde le
aguardaban sus familiares, cuando a él y a nosotros nos detuvo otro
sujeto, también anciano simpático y venerable, que de improviso entró.
Era don Tomás Moyano, ministro de Gracia y Justicia, célebre por sus
muchos parientes, que iban viniendo en tribus invasoras de los pueblos
de Rueda, Medina y La Seca, para acomodarse en la administración. Había
sustituido a Macanaz. Si he de decir verdad, era hombre altamente
insignificante, que por nada se distinguía como no fuera por su
obesidad. Al entrar hizo algunos gestos, como mandando a todos que nos
detuviéramos para comunicarnos algo de mucha importancia, y antes que
le preguntáramos, dijo a voces:
—Aquí llevo el decreto para que lo firme Su Majestad.
—¿Qué decreto? —preguntaron varios con curiosidad suma.
—Señores —exclamó declamatoriamente—, felicitemos todos al señor
Inquisidor general por la merecida distinción con que acaba de
agraciarle Su Majestad.
—Nada más justo —dijo Ceballos, descifrando el enigma, y haciendo una
cortesía al digno prelado—. Su Majestad ha concedido a Su Ilustrísima
la Gran Cruz de Carlos III.
—¿Y eso era?... —balbució el pastor—. Pero ¿en qué están ustedes
pensando?... ¡Darme a mí la Gran Cruz, a mí, que estoy muy lejos de
merecerla, cuando hay tantos otros...!
—Fue idea mía, señores —dijo Moyano con vanidad indescriptible—. Anoche
lo propuse a Su Majestad, y al punto... Hoy he extendido el decreto
—añadió pasando la vista por un papel escrito—, y no le falta más que
la firma... «En atención a los méritos del muy reverendo, etc... y en
_premio de su humildad apostólica..._»
—_En premio de su humildad apostólica_ —repitió Ceballos—. Me parece
admirable. Señor prelado, felicito a Usía Ilustrísima.
—¡Todo sea por amor de Dios! —murmuró el obispo juntando las manos.
Nos inclinamos todos, y aquello fue un coro de felicitaciones y
plácemes. Al santo y humilde pastor casi se le saltaban las lágrimas de
puro enternecimiento. Yo estaba también muy conmovido.
—En vez de ocuparse en repartir cruces a los pobres viejos achacosos
—dijo el inquisidor, con ese tono de represión benévola y delicada que
se emplea para condenar aparentemente las cosas que más nos agradan—,
debiera usted ocuparse, señor Moyano, en expedir de una vez ese decreto
en que Su Majestad nos concede el uso diario y constante de nuestra
venera.
—Es verdad —repuso Ceballos—; pero ya hemos tratado en Consejo este
asunto. No se puede hacer todo de una vez.
—Se ha despachado primero la creación de la _Cruz de Valencey_ —indicó
Eguía.
—La _Cruz de los Persas_ nos ha dado también mucho que hacer, —añadió
Moyano.
—Y la _Cruz del Escorial_.
—Pero la de los señores inquisidores quedará despachada bien pronto, y
podrán usar su distintivo diariamente, como los caballeros de Calatrava
y Santiago, a fin de que sean conocidos del pueblo, y respetados y
considerados como merece ese alto instituto.
—La visita que Su Majestad nos hizo el otro día —dijo con dulzura
el prelado—, dignándose ver y fallar varias causas, sentado al lado
nuestro y compartiendo nuestras fatigas, debía señalarse con una
distinción solemne hecha al Supremo Consejo. Así entiendo yo la cruz
que se me ha dado, señores: se ha querido honrar a toda la corporación,
honrando a este indigno soldado de la fe. Doy las gracias a los
generosos amigos de Su Majestad que se han acordado de este humilde
siervo de Dios; y pues nobleza obliga, suplico a los señores ministros
presentes que me acompañen hoy a la mesa.
—Yo acepto —dijo don Pedro Ceballos, con cortesana desenvoltura—. Desde
el banquete que Su Ilustrísima dio al rey el día de la célebre visita,
corre por estos barrios la noticia de que el cocinero del Inquisidor
general es uno de los mejores de Madrid.
—Un pasar decoroso y nada más —repuso el Prelado—. Conque, señores, ¿no
hay otro de ustedes que quiera hacer penitencia?
—Harela yo también, señor obispo —dijo don Francisco Eguía, estrechando
fervorosamente la mano que el reverendo le alargaba.
—Por mi parte, no desairaré a Su Ilustrísima —manifestó Moyano, lleno
de piedad cristiana—. El despacho con Su Majestad será breve.
—Señor duque —dijo Su Ilustrísima, despidiéndose—. Señor Collado, señor
Pipaón, mil bendiciones para todos, y mil millones de gracias por sus
bondades.
Salieron.
—¡Id con Dios!... ¡Fuera, fuera, _vil chusma_! —exclamó el duque,
moviendo los brazos como cuando se espanta una turba de insectos
importunos—. Esta sí que es _vil chusma_.
—Los pobrecitos se contentan con lo que les dan —indicó Chamorro
sonriendo—. La verdad es que no molestan demasiado.
—Ya Ceballos da por muerto a su compañero y amigo Villamil —afirmé yo—.
Ese fatuo insoportable me ha pedido noticias, y dice que esta noche
piensa echar a Su Majestad un discursito acerca de la _vil chusma_.
—Ya veremos —indicó Alagón, haciendo ademán de pegar.
—Después lo veremos —repitió el exaguador.
—Y qué tal, señor Collado —preguntó Paquito—, ¿ha podido usted
conseguir algo esta mañana?
—Así, así —repuso el lacayo, rascándose la sien—.Todavía no acaba de
convencerse.
—Se le ha puesto entre ceja y ceja que Villamil es un hombre
necesario, y apéele usted de esa burra —dijo el duque.
—Creo que esta noche le convenceremos —indicó el aguador—. Ya esta
tarde, cuando le vestimos, parecía más inclinado...
—¿Ha habido piano esta tarde? —preguntó con afán el capitán de la
guardia.
—Un poquitín de _forte piano_ —replicó el lacayo maliciosamente.
—¿Y esta mañana?
—Rasca y más rasca... No se le podía meter el diente. Artieda, por
importuno, se llevó una rociada de vocablos, que si fuera de palos, no
le quedara un hueso en su lugar.
Esto necesita una explicación. Les favoritos habían observado que
cuando Su Majestad, al sentarse junto a la mesa de su despacho, movía
volublemente los dedos sobre ella, como quien toca el piano, modulando
al par entre dientes un sordo musiqueo, se hallaba en excelente
disposición para conceder lo que se le pedía. Por el contrario, cuando
se rascaba la oreja o se pasaba la palma de la mano por la frente, era
casi seguro que negaría la petición. Ajustaban todos hábilmente su
conducta a estos externos signos del humor del príncipe, y por tal ley
se regían los sucesos. Un gran movimiento en Palacio, excesivo flujo
y reflujo de intrigas, febril actividad en los excelsos camarilleros,
indicaban que era día de piano.
—Esta tarde vamos a paseo —dijo el duque—, y daré otro ataque. ¿Qué
órdenes hay para esta noche?
—Come solo.
—Mejor. Ya me ha dicho que no irá al teatro en toda la semana. Habrá
tertulia —murmuró el duque reflexionando—. No falte usted a la
tertulia, Pipaón.
—Ni tampoco el señor don Antonio —dijo Chamorro levantándose.
—No faltará —aseguré yo.
—Voy adentro antes que me llame —añadió el aguador—. Hasta la noche,
señores.
—Hasta la noche.
Luego que nos quedamos solos, el duque me dijo:
—Que no deje de venir esta noche don Antonio. Es hombre a quien cada
vez estima más Su Majestad. Personas de tales prendas debieran poseer
por entero la confianza de los reyes, no ese estúpido Chamorro...
—¡Ah! Usted piensa como yo, que... —dije adaptándome rapidísimamente,
según mi costumbre, a las ideas de mi interlocutor.
—¿Qué?
—Que ese Chamorro es un bestia.
—Un dromedario, en cuya joroba no vendrían mal todos los palos que él
daba a su pollino cuando traía agua de la fuente del Berro.
—¡Quién sabe!... Puede que el palo esté ya cortado de la rama y alguien
esté afilándole los nudos.
El duque se echó a reír, marchando ya hacia la puerta, para ir a la
regia cámara.
—Si de mí dependiera... Cuidado, amiguito Pipaón —añadió
cautelosamente—, con dejar entrever a ese avestruz el asuntillo de que
hablamos ayer en la Trinidad.
—¡Oh, el asuntillo! ¡Y qué asuntillo, señor duque! —exclamé
restregándome las palmas de las manos una con otra, y alzando los
hombros.
El duque se puso el índice en la boca, y cordialmente se separó de mí.
Poco después estaba yo en casa de don Antonio Ugarte, contándole todo
lo que había visto y oído.