¿Cómo había yo de faltar a la función de los trinitarios, si era
hombre que a ninguno cedía en religiosidad, ni perdonaba medio de que
se me tuviese por escrupuloso guardador de los preceptos y prácticas
de la Iglesia? Además, poco antes había sido nombrado prioste de la
archicofradía de _Luz y Vela_, y como tal me correspondía asistir a
la función, y acudir al pórtico del templo, donde habíamos puesto el
mostradorcito con varios objetos devotos y otros profanos, que al son
de trompeta y tamboril se vendían o rifaban para atender a los gastos
de la corporación.
Desde muy temprano estaba yo con mi cinta al cuello, espetado en el
pórtico, en compañía de mis colegas el señor licenciado Moñino, de la
Suprema Inquisición; don Felipe Rojo, racionero medio de Toledo, y el
subcolector de espolios, don Vicente Barbajosa. El gentío era inmenso,
y se agolpaba en las distintas puertas del edificio, estorbando el paso
de los fieles, lo que perjudicaba mucho la venta.
En el atrio del convento estaba el zaguanete de la Guardia de la Real
persona. No tardó en aparecer Su Majestad, desplegando en su persona
y comitiva tanta pompa y aparato, que se sentía uno orgulloso de ser
español, y llamarse vasallo de quien por tal modo y con tal grandeza
representaba en la tierra la autoridad emanada de Dios. Daba gusto
ver aquella fila de coches, tirados por sendos pares de caballos,
a tres pares cada uno. Cada individuo de la familia real iba en el
suyo, resultando una procesión que cogía medio Madrid, con la caterva
de batidores, correos, lacayos, escoltas, carruajes de respeto,
palafreneros, caballerizos y demás figuras admirables que recreaban la
vista y el alma. ¡Qué profusión de uniformes, cuánto plumacho y galón,
qué diferentes clases de sombreros, de uniformes, de caras, de arreos!
Diríase que le transportaban a uno al oriente, o a las pomposas fiestas
de la India. ¡Feliz nación la nuestra, que tal magnificencia podía
ofrecer a los aburridos ojos de los súbditos, para que se alegraran
y diesen gracias a la Divina Providencia por haber hecho de nuestros
reyes los más rumbosos y magníficos de la tierra! Allí se veía la
grandeza de nuestra nación, allí sus inmensos tesoros, allí su dignidad
excelsa, allí la representación más admirable de su poderío. ¡Viva
España!
Formaron los guardias (a quien entonces llamaba el vulgo
_chocolateros_, no sé por qué), y el estrépito de tambores y clarines
llenaba los aires. Tales sones, y el limpio sol que inundara aquel día
las calles, daban a la regia comitiva esplendor y armonía celestes.
Los gritos de ¡viva el rey absoluto! resonaban por doquiera. ¡Oh,
feliz consorcio de la monarquía absoluta y la religión santísima!
¡Quiera el cielo que existas luengos siglos, y que ambas instituciones,
hijas de Dios, vayan siempre de la mano y partiendo un piñón, para
que los fieles cristianos, súbditos del encantador Fernando, vivamos
pacíficamente en la tierra, libres de revoluciones impías y de locas
mudanzas!
Salió la comunidad con palio a recibir al Monarca, y llevándole
en procesión a un camarín riquísimo que le habían preparado en el
claustro, rogáronle que se adornase el pecho con media docena de
escapularios, y alguna reliquia milagrosa de huesecillos de santo, lo
cual, como hombre piadosísimo y temeroso de Dios, hizo de buena gana.
El infante don Carlos y don Antonio Pascual imitáronle, dirigiéndose
después todos, cirio en mano, a la vecina iglesia, donde ocuparon sus
asientos en medio del respeto y la admiración de los fieles.
Todavía me parece que le estoy mirando. No puedo olvidar su majestuosa
figura arrodillada, con los ojos fijos en el Santísimo Sacramento en
actitud tan edificante, que la misma impiedad se habría desarmado y
convertido contemplándole. ¡Con cuánta devoción atendía a las sonoras
preces, y con cuánta fe al sermón que predicó el padre Vargas, y en el
cual no faltó aquello de llamarle Trajano y Constantino, y de elogiar
_sus sabios dictamentos para dirigir sabiamente la nave del estado_!
¡Con cuánta unción y evangélica mansedumbre besó las reliquias que el
padre Ximénez de Azofra le presentara, y dijo después las oraciones
finales para implorar de Su Divina Majestad la gracia y el buen
consejo! Todos los presentes estábamos conmovidos, y parecía que se nos
comunicaba algo de la celestial hermosura de aquel varón insigne, ante
cuya preciosa cabeza se postraba mudo y sumiso el pueblo escogido de
Dios. ¡Oh, qué gusto ser español!
Concluida la ceremonia, pasó Su Majestad al camarín, donde ya se había
dispuesto una lujosísima mesa, como destinada a boca y paladar de
tal príncipe, y en la cual las viandas más apetitosas reclamaban la
vista y olfato, recreando y extasiando el alma. No sé qué angelicales
reposteros pusieron en ello sus manos; pero lo cierto es que la tal
mesa parecía destinada a ser servida en los altos comedores del
Paraíso, para regalo de las excelsas potestades. Aunque allí como en
los claustros no tenían entrada sino las personas convidadas, damas de
lo más granadito de Madrid, consejeros, generales, oficiales, marinos,
presidentes y priostes de las cofradías, capellanes de Palacio,
alguaciles y familiares de la Inquisición, canónigos de San Isidro y
demás sujetos de viso, el gentío era grande, porque los trinitarios,
deseosos de dar lucimiento a la fiesta, habían abierto mucho la mano
en las invitaciones. No nos podíamos rebullir; todos querían ver los
augustos semblantes de Su Majestad y Altezas. Los frailes no cabían en
su pellejo de puro satisfechos, y trataban de atender a todo.
Su Majestad no hizo más que probar algunos platos; obsequió con dulces
a las damas, dando muestras, allí como en todas partes, de su exquisita
galantería, y se retiró a la sala capitular para despedirse de los
bondadosos y humildes padres. Pugnaban los convidados por penetrar en
la sala, llevados unos del deseo de saciar sus ojos en la contemplación
del rostro de nuestro soberano, otros aguijoneados por el afán de
presentarle memoriales. Gracias al padre Salmón, que se me apareció
como emisario del cielo, pude penetrar en la sala, llevando conmigo a
la señora condesa de Rumblar con su hija, y a las señoras de Porreño.
Las cinco damas estuvieron a punto de quedarse fuera. Sensible sobre
toda ponderación hubiera sido este accidente, porque la condesa iba a
presentar al rey un memorial pidiendo una bandolera para su hijo, y
doña María otro en pro de la tan deseada moratoria.
¡Oh, espectáculo sublime, y qué hermoso es ver a un rey atendiendo
con paternal solicitud al socorro de sus hijos, recibiendo las
peticiones de estos, y prometiendo satisfacerlas con generosidad, con
esa generosidad regia que es un reflejo de la misericordia divina!
Puesto Su Majestad en un estrado que a propósito se había construido,
el prior Ximénez de Azofra le presentó un memorial solicitando no sé
qué mercedes para dos sobrinos suyos y dos cuñaditos de su hermana;
y después que el bendito trinitario cumplió los deberes domésticos,
mirando por el bien de su venerable parentela, fue presentando al rey
uno por uno a todos los demás postulantes, que ya habían convenido con
él en los pormenores de esta ceremonia. Recogió Fernando las peticiones
con tanta bondad, que era imposible contener las lágrimas viéndole. A
todos prometía villas y castillos, dirigía algunas preguntitas, hacía
el obsequio de una sonrisa, cuando no de palabras, y daba a besar
su real mano con una llaneza que no desmentía la dignidad. ¡Oh, qué
inefable delicia ser español y súbdito de tal monarca!
Cuando Ximénez de Azofra indicó a la señora de Rumblar que se acercase,
y vio Su Majestad a la grave madre y al lindo retoño, se rio de una
manera tan franca que todos nos quedamos pasmados; y al recibir el
memorial fijó los negros ojos de fuego en Presentacioncita, la cual,
turbada, azorada, trémula, vaciló, y hubiera caído en tierra si no la
sostuviéramos. Púsose la niña más roja que una cereza. Dirigiole el
paternal y bondadoso monarca la palabra, preguntándole si tenía padre,
a lo cual doña María, hecha un mar de lágrimas, contestó que no.
Todos nos asombramos de la inmensa bondad del rey, que en aquella
pregunta pareció como que quería constituirse en padre de todos los
huérfanos del reino.
Cuando nos retirábamos, Presentacioncita estaba pálida como el mármol.
—¿Le vio usted bien? —me dijo en voz baja—. ¡Ay!, señor de Pipaón,
estoy asombrada, aterrada.
No pude oírla más, porque sentí que entre el gentío me ponían una mano
en la espalda.
Era el duque de Alagón que quería hablarme a solas... pues no podía
pasar mucho tiempo sin que él y yo tratásemos algo importante para el
bien del estado.