Detente, pluma... El otro alzaba del suelo a la pobre Presentacioncita,
que al perder el equilibrio, y dar con su cuerpo en tierra, perdió
también el conocimiento. Nos acercamos, y el duque me miró con fijeza y
malicia, poniendo sobre los labios su dedo índice.
—¡Jesús... se ha desmayado! —balbució doña Salomé, examinando a su
amiga que aún estaba en brazos del otro.
—Esto no será nada, señora... —exclamó el desconocido—. Señorita...
—El susto ha sido grande... —dije yo.
—Y gracias a que no se atrevieron a seguirnos. ¡Pobres señoras, si
hubieran venido solas!
—¿A dónde llevamos esto? —preguntó el compañero del duque, dando
algunos pasos con la desmayada en brazos, tan sin trabajo cual si fuese
una pluma.
Pareció perplejo el duque, y como no acertara a indicar una resolución
conveniente, el compañero dijo:
—Vamos allá. Adelántate y llama.
Hízolo así Alagón, y no habíamos andado veinte pasos siguiendo todos
al generoso caballero, cuando se abrió una puerta, y Alagón primero,
después su compañero con la niña en brazos, y detrás doña Salomé y yo,
penetramos en una hermosa pieza iluminada por dos luces. Un hombre y
una mujer encontrábanse allí, ambos en pie y tan respetuosos, que por
lo callados y circunspectos parecían estatuas. Veíase en el fondo una
puerta entreabierta, por la cual apareció el rostro de una mujer de tan
acabada hermosura, que a pesar de lo apurado del lance, no pude menos
de fijar en ella mis ojos. De la pared pendía una guitarra.
El compañero del duque dejó su preciosa carga en una silla. Callaban
todos: el desconocido pidió un vaso de agua, mientras doña Salomé,
observando que la madamita empezaba a dar señales de vida, hacía
esfuerzos por reanimarla, diciéndole:
—Presentación, vuelve en ti. Eso no es nada... ¿A ver? ¿Te has hecho
daño?...
—Vamos, beba usted un poco de agua —dijo el desconocido, acercando
el vaso a los labios de la joven, que recobraban poco a poco su vivo
carmín, así como las descoloridas mejillas.
Cuando la muchacha bebía, observé al generoso galán, que solícitamente
sostenía con su mano izquierda la cabeza de la joven, mientras le
daba de beber con la otra. Era un hombre admirablemente formado, de
cuerpo estatuario y arrogante. Su edad no pasaría de los treinta y
dos años, hallándose, según la apariencia, en aquella plenitud de la
fuerza, del vigor y del desarrollo físico que marcan el apogeo de
la vida. Vestía sencillo y elegante traje negro, y ancha capa, que
habiéndosele caído en los primeros momentos del lance, fue recogida
por el duque. Sus ojos eran negros, grandes y hermosos, llenos de
fuego, de no sé qué intención terrible, flechadores y relampagueantes.
Bajo sus cejas, semejantes a pequeñas alas de cuervo, centelleaba,
deshecho en ascuas mil por las movibles pupilas, el fuego de todas
las pasiones violentas. Su nariz era desaforadamente grande, corva y
caída; una especie de voluptuosidad, una crápula de nariz. La carne
superabundante había crecido, representando con fértil desarrollo su
preponderancia en aquella naturaleza. El labio inferior, que avanzaba
hacia afuera, parecía indicar no sé qué insaciabilidad mortificante. La
personificación de la sed habría tenido una boca así. Una línea más de
desarrollo, y aquel belfo hubiera tocado en la caricatura. Observándole
bien, se veía en la tal fisonomía, peregrina mezcla de majestad y de
innobleza, de hermosura y de ridiculez. Tenía de todo, y era difícil
deslindar, en aquel rostro híbrido, las líneas pertenecientes a las
grandes razas de las que pertenecían a la degeneración propia de todo
lo humano. Por su mandíbula inferior se filiaba remotamente con Carlos
V; mas por sus ojos truhanescos y las patillas cortas, se iba derecho a
la majería. El cráneo era bien conformado; el pelo negro y corto, con
mechoncillos vagabundos sobre la frente y sienes. En suma, el perfil de
aquel hombre solía verse en las onzas de oro.
Presentacioncita, abriendo los ojos, demostró tal asombro al verse en
aquel desconocido sitio y ante personas extrañas, que creímos se iba a
desmayar de nuevo.
—Ánimo —le dijo el belfo—, ánimo, señora mía, eso no es nada.
—¡Ah!... ¿quién es usted? Gracias, caballero... ¿En dónde estoy?
—balbució la damisela—. ¡Ah! Doña Salomé... señor de Pipaón... Están
aquí... creí que me habían abandonado.
—Aquí estamos, sí, niña querida...
—Pero al instante nos vamos a marchar —afirmó con febril impaciencia la
de Porreño—. Presentación, prueba a levantarte.
—Señora doña Presentacioncita —dijo el belfo sonriendo—, no hay prisa.
Descanse usted un poco.
—Vámonos, vámonos —añadió doña Salomé—. Hija, haz un esfuerzo y
levántate. ¿Puedes andar?
Presentación dio algunos pasos: cojeaba un poco, a causa de una leve
torcedura en el pie derecho al caer; pero andaba. Volviose para dar
las gracias al incógnito caballero; yo también quise decirle algo por
pura fórmula, pero nos miramos unos a otros con sorpresa. El caballero,
volviéndonos la espalda, desapareció por la puerta que había en el
fondo.
—Gracias, muchas gracias, señores —dijo Presentación, dirigiéndose al
duque.
—Por aquí —indicó este, que sin duda deseaba que nos marcháramos—. Yo
acompañaré a ustedes hasta la calle de Toledo.
—Por aquí... a la calle... gracias, mil gracias, señor duque.
El prócer, mientras las dos mujeres salían, se me puso delante, y
abriendo mucho los ojos, aplicó de nuevo el índice a los labios.
Salimos, y los minutos nos parecían siglos, porque Presentacioncita
andaba muy despacio. Era ya tarde, por cuya razón a las contrariedades
expuestas se unía la pavorosa contrariedad del sermón que nos esperaba,
cuando nuestras pecadoras frentes se pusieran al alcance de los ojos de
la señora condesa, y nuestros oídos al blanco de la grave voz de doña
María de la Paz. Al pensar en esto, los tres no teníamos más que un
deseo: que la tierra se abriese haciéndonos el favor de tragarnos.
Pero la Providencia, que nunca abandona a los débiles, nos sugirió
ingeniosas trazas para salir del paso, y fue que discurrimos sacar del
propio mal el remedio, achacando la tardanza a la misma torcedura del
pie de Presentacioncita, la cual invención, llevada a feliz término
por mi elocuencia ante las dos irritadas matronas, tuvo el éxito más
completo que puede imaginarse.
—Es claro... ¡cómo habíamos de venir a tiempo!... Bajamos la
escalera... Presentacioncita dio un paso en falso. Subimos otra vez...
La marquesa no quería dejarla salir... Se buscó un simón: el simón no
parecía... Se sacó la litera de mano: estaba rota... Discurre por aquí,
discurre por allá... Yo estaba en ascuas y quise venir a avisar para
que no se asustaran ustedes... En fin, demos gracias a Dios de que no
se rompiera un pie.
—¿No puedes andar? —preguntó la condesa a su hija con desabrimiento—.
Esta sí que es fiesta. Estamos convidadas para la función de mañana en
la Trinidad.
—Con manifiesto y asistencia de Su Majestad —repitió doña María de la
Paz—. Y es preciso ir sin remedio. Yo al menos no puedo faltar, porque
el prior nos ha prometido que podremos hablar al rey y entregarle
nuestros memoriales.
—Mañana —repetí—. También yo he recibido invitación de los padres.
¿Conque van ustedes a la Trinidad?
—¿Puedes andar, Presentación? ¿Puedes andar, sí o no? —preguntó con
afán indescriptible doña Paulita.
La niña se levantó resueltamente, y dio algunos pasos por la habitación
con pie seguro.