—¿Conque le conviene a usted —me dijo el duque afectuosamente— la Real
Caja de Amortización?
—Si el mejor servicio del rey me lleva a esa Dirección —repliqué—, ¿por
qué no?
—Ya convine con don Antonio Ugarte, que es usted el único hombre a
propósito para tal puesto.
—Gracias, muchísimas gracias, señor duque. ¡Es usted tan bondadoso...!
Sí, don Antonio tiene mucho empeño en que yo dirija la Caja de
Amortización. Esa serie de juros de 1803, que andan por ahí, sin que
nadie los quiera, necesitan una mano cariñosa que les dé colocación,
con preferencia a los que ahora tienen el turno.
—Perfectamente —dijo satisfecho de mi perspicacia—. Esos pobres juros
no valen dos reales hoy; pero para todo hay remedio...
—Para todo, señor duque.
—Los únicos poseedores de ese papel somos Ugarte, yo... y otra persona.
—Comprendido.
—Hicimos la tontería de adquirirlos al dos...
—¡Oh!, no me cuente Vuecencia la historia. Si fui yo el encargado de
comprarlos. Se adquirieron con intención de asimilarlos a los demás
juros. Don Antonio y yo hemos hablado largamente del asunto y es cosa
arreglada, siempre que haya una mano enérgica en la administración.
—Muy bien —dijo Su Excelencia regocijado de mis procedimientos
ejecutivos—. Pero harto sabe usted, Pipaón, que esa mano enérgica
(ya hemos convenido en que será la de usted), que esa mano enérgica,
repito, no podrá extender sus dedos de hierro mientras sea ministro de
Hacienda el señor don Juan Pérez Villamil.
—Por de contado, en Madrid todos dan por muerto a Villamil.
—De eso se trata —afirmó cejijunto—. Pero no es tan fácil como parece,
por más que diga el señor Collado... ya usted le oyó... Villamil está
apoyado por Ceballos, el cual tiene muy buenos asideros.
—Mas es tan deplorable la política de este señor, que no sería difícil
dar con él en tierra... digo, me parece a mí.
—Vaya si es deplorable. Todo el reino está alarmado ante las amenazas
de los liberales —afirmó el duque, mostrando su desmedido celo por el
bien público—. Las conspiraciones crecen.
—¿Y cómo no han de crecer, si ha desaparecido el coco de las Comisiones
de Estado; si hasta se han prohibido las denominaciones de _liberales_
y _serviles_; si se ha mandado que en el término de seis meses queden
falladas todas las causas por opiniones políticas?
—Así no hay gobierno posible: es lo que yo digo. Así volvemos a los
tumultos de la Constitución, al democratismo, al desorden de los
papeles periódicos, de los clubs y de los cafés discursantes.
—Y se conspira, se conspira. Ya se lo demostraremos a Su Majestad.
—Si es inconcebible que no lo comprenda. ¡Qué falta nos hace ahora el
bailío Tattischief! Ya podía haber dejado su viaje a París para mejor
ocasión. Y el señor de Ugarte ¿cuándo viene de Guadalajara?
—De mañana a pasado. Por no poder hacerlo hoy, me escribió para que, de
acuerdo con Vuecencia, estuviese a la mira del sucesor de Villamil en
caso de que este caiga.
—¡Oh!, no hay duda en eso —afirmó el duque con resolución—. El nuevo
ministro de Hacienda será don Felipe González Vallejo.
—Así lo espera don Antonio.
—Y así será. ¡Si es el candidato del infante don Antonio, que hace
tiempo bebe los vientos por darle la cartera!
—Y en verdad, no hay hombre más para el caso —indiqué yo—. Vallejo no
será tan reglamentario como ese testarudo _alcalde de Móstoles_, que
no perdona un número ni una letra, y abruma a todos los empleados con
su nimiedad escrupulosa. De todo quiere enterarse, y ha de meter su
hocico en los asuntos más insignificantes.
—¡Qué calamidad! —exclamó Alagón con cierta somnolencia, arrellenándose
en su sillón—. Dicen por ahí que Vallejo no sirve para el ministerio de
Hacienda, porque ha derrochado su fortuna y la de su mujer.
—Y que administró detestablemente la fábrica de paños de Guadalajara.
—Y que es un ignorante aturdido. Digan lo que quieran, para ser
ministro de Hacienda no se necesita ser una lumbrera, ¿no es verdad,
Pipaón? Cobrar lo que le dan, entregar lo que le piden... Cuando no lo
hay, ellos no lo han de sacar de las piedras...
—Y para echar contribuciones no se necesita ser un Séneca; ¿no es
verdad, señor duque?...
—Si al menos lograran satisfacer las atenciones más sagradas... pero
es calamitoso lo que pasa. El tesoro privativo del rey, aquel de que
libremente y a su antojo dispone Su Majestad, no toma del Tesoro
público todo lo que debiera tomar, porque las arcas están casi siempre
vacías. Verdad es que los directores de Loterías y otros empleados de
Hacienda regalan a Su Majestad, bajo el pretexto de ahorros, grandes
sumas, que si no...
—Aun así, este año van depositados en el Banco de Londres algunos
milloncejos —apunté con malicia.
—Poca cosa... —repuso con desdén el duque—. Gracias a que Su Majestad
vive hoy con mucha economía... Ya sabe usted que ha dispuesto suprimir
el regalo que antes se hacía a la servidumbre a fin de año.
—Sí, toda la ropa blanca usada por las Reales personas.
—Además ha suprimido mil inútiles despilfarros, porque el reino está
agobiado de contribuciones, el Tesoro público vacío... Yo calculo
que Su Majestad, arreglándose a la mayor sobriedad posible, no habrá
gastado en el año que acaba de transcurrir arriba de ciento veinte
millones.
—El año que viene será más. ¿No ha oído Vuecencia hablar de boda?
—No conozco más que los proyectos de Ugarte y de Tattischief...
¡Una princesa rusa!... —indicó meditabundo—. Dudo mucho que eso se
realice... ¿Ha dicho usted que don Antonio viene?...
—Mañana o pasado.
—Si lográsemos despachar el asunto de Villamil, ya podría pensarse
después en lo de la princesa rusa.
—El asunto de Villamil —afirmé yo en el tono más lisonjero que me fue
posible— me parece resuelto, desde que hombres tan poderosos han puesto
su mano en él. Por mi parte, en la Real Caja de Amortización estaré a
las órdenes de Vuecencia.
—Gracias, Pipaón —me dijo con bondad suma—. Ya sabe usted que si el
asunto fuera de interés mío exclusivamente, no lo tomaría tan a
pechos; pero alguna persona muy superior a nosotros desea que esto se
arregle.
—Comprendo... La monarquía absoluta tiene inmensos gastos... Todo es
poco para ella.
—También necesita atender a todo, señor mío —afirmó sentenciosamente.
—Por eso me congratulo en extremo —añadí humillando la frente— de
contribuir con mis cortas fuerzas a este concierto admirable, sin que
en la humilde sumisión mía haya el menor asomo de interés... pero ni el
menor asomo de interés. Nada pido, señor duque.
Diciendo esto me levanté para marcharme.
—Usted no necesita pedir para obtener —añadió—. Tan grande es su
mérito y la solicitud que manifiesta en el buen servicio del rey y del
reino... ¿No se le antoja a usted nada en estos días?...
—No, nada... lo que es por ahora... —dije vagamente, como quien
recuerda.
—¿Nada en que yo pueda servirle? —repitió levantándose también.
—Ahora recuerdo, señor duque... una bicoca... Tenía empeño en...
Puesto que Vuecencia es tan bondadoso, voy a pedir dos favores, dos
favorcillos nada más.
—¿Dos nada más?
—Dos. He oído hablar hace poco de una moratoria...
—Solicitada por la hermana del difunto marqués de Porreño. ¿Desea usted
que se conceda?
—Al contrario: deseo, mejor dicho, tengo mucho interés en que no se
conceda.
—Ese asunto lo trae en su cartera Artieda, guardarropa de Su Majestad.
Es muchacho hipócrita, pedigüeño, y que, como tal, sabe sacar mendrugo.
Es muy posible, muy posible, señor de Pipaón, que obtenga la moratoria.
En fin, yo veré...
—Haga Vuecencia lo que pueda, que yo por mi parte, si voy estas noches
a la tertulia, veré cómo me las compongo con el señor Artieda.
—¿Y el otro favor?
—Es relativo al hijo de don Alonso de Grijalva.
—Ya... es usted su amigo. ¡Hombre generoso! ¿Quiere usted que se deje
en paz al muchacho y se le ponga en libertad?
—Al contrario: deseo que siga en la prisión.
—¡Hola, hola!... Por lo visto usted protege el bolsillo de Grijalva,
pero no apadrina las calaveradas de Gasparito... Buen propósito; me
parece un excelente sistema. Aquí vislumbro todo un plan de moralidad.
—Me desvivo por arreglar a una familia perturbada. ¿Me ayudará
Vuecencia en mi noble tarea?
—Eso es más fácil. Un preso más, un viajero más a tomar los aires de
Ceuta.
—No, es que no quiero enviarle tan lejos. ¿A qué esa crueldad?
Tengámosle en la cárcel de la Corona hasta que madure.
—¿Hasta que el joven madure?... Bien: por mi parte haré lo que pueda.
—Señor duque, las promesas vagas de Vuecencia son para mí concesiones,
y sus esperanzas realidades. Cuento con Vuecencia. Adiós.
—Adiós, Pipaón; que no deje usted de venir una de estas noches...
Agrada usted, agrada usted mucho... Se celebran sus chascarrillos, y su
gracejo para contar las cosas.
—Vendré, vendré. Hasta luego, señor duque.
—Abur.