XIV

Dirigime a casa de las señoras de Porreño, y hallé a doña María de la

Paz muy gozosa por el buen giro y excelente aspecto que iba tomando

su asunto. Acababa de salir de la casa el señor de Artieda, quien dio

tales esperanzas y presentó la cuestión en tan buen pie para marchar a

un feliz éxito, que ya se consideraba ganada la partida. Artieda y dos

o tres señores de la clerecía, con el gobernador del Consejo, habían

tomado a su cargo el negocio, siendo evidente que con tales pilotos

(frase de doña María) el barco de la moratoria, combatido por los

aquilones de la envidia, no podía menos de llegar a puerto seguro.

Yo dije a la señora que acababa de hablar en pro de su pretensión a

varias personas de mucha raíz en la corte, lo cual me agradeció mucho.

Añadí que estuviera tranquila, pues yo tomaba el negocio como mío, y

no pararía hasta conseguirlo; empresa no difícil para un hombre que, a

más de tener tantas relaciones, escupía en corro con los señores del

Consejo. Después hícele una explicación detallada de lo que eran las

moratorias, enumerando las cuatro clases de ellas, a saber: _cesión

de bienes, pleito u ocurrencia, espera o moratoria_ y _quita de

acreedores_, asentando que la que nos ocupaba pertenecía a la tercera

categoría, por ser concesión graciosa del príncipe. Y aunque el Consejo

—añadí con minuciosidad curialesca— rinda tributo a la majestad de las

leyes, dictando el auto de _traslado al acreedor_, y luego el de _pase

a justicia_, todo será cuestión de fórmula, resultando al cabo que el

señor de Grijalva no tendrá más remedio que conformarse, y tragar el

auto final de _no se moleste a la parte por tantos o cuantos años_.

Esta explicación y los pomposos encarecimientos de mi poderío, fueron

causa de que las tres damas me obsequiaran con inusitado esplendor,

brindándome dulces de los mejores y vino de las tierras de Porreño.

Gustome el licor, y tomando pie de él y de su aromática finura,

conferenciamos acerca de aquellas tierras, yo pidiéndoles informes, y

dándomelos las señoras con tanta ufanía como verbosidad.

A este punto entró la señora condesa de Rumblar con su linda hija, y

retirándose adentro después las señoras mayores y doña Paulita, que

iba a la tarea de sus devociones, nos quedamos solos Presentacioncita,

doña Salomé y yo.

—¿No repara usted que estoy muy alegre, Pipaón? —dijo la graciosa

muchacha.

—Sí, señora, lo había notado —respondí dando el último adiós al vino

y dulces con que acababan de obsequiarme—. Eso prueba que el tiempo

es la gran medicina de las enfermedades del corazón y del espíritu.

Dígolo porque hace ya algunos días que mi señor don Gasparito está a la

sombra (sin que hayan valido mis generosos esfuerzos por sacarle), y

el sustillo ha ido pasando, y con el sustillo la congojilla, y con la

congojilla ansiosa las lágrimas dulces... ¡Oh! ¡Dichoso el prisionero

cuyas rejas son regadas por el divino licor de esos ojos!

—Don Juan, don Juan... que se pone usted feo diciendo esas cosas...

¡Si no lloro, si no estoy triste, si no hay ya nada de congojas ni

suspirillos! —manifestó con tan franco y seductor arranque de alegría,

que me desconcerté completamente.

—¿Pues qué, señora doña Presentacioncita?...

—¡Si se ha escapado!

—¡Se ha escapado! —exclamé con súbita ira, dando un salto en la silla—.

¡Se ha escapado ese tunante! ¿Cuándo? ¿Cómo? ¡Qué carceleros, santo

Dios, qué carceleros!... ¡Luego quieren que haya justicia en España!

—¿Pero lo siente usted?

—¡Escaparse! Después de haber hablado en público de las cartas de Su

Majestad a Napoleón...

—Más vale así. Se ahorra usted el trabajo...

—No, no señora —dije procurando dominarme—. No; yo quería que fuese

puesto en libertad en toda regla, después de un _sobreséase_ como un

templo. De este modo estaría más seguro, y podría vivir tranquilamente

donde mejor le conviniera, mientras que habiéndose fugado de la cárcel,

le perseguirán, le cogerán de nuevo, y entonces sí que será ahorcado.

—¡Ahorcado! —gritó con ira—. ¡Ay! Me asusto. Yo estaba contenta y usted

ha venido a afligirme otra vez.

—¿Sabe usted dónde está?

—Lo sé, sí señor. De eso iba a tratar cuando usted me ha puesto en

ascuas.

—¿Dónde, dónde?

—Despacio. No está en casa de su padre, al cual ha desagradado con su

escapatoria, por el temor de que se le persiga más.

—Es claro.

—Gasparito se ha refugiado en una casa humilde, muy humilde, desde la

cual me ha escrito, contándome todo. ¡Ay!, qué dolor tan grande —añadió

dando un suspiro—. Está muerto de hambre y lleno de inquietudes, por

miedo a que le denuncien los amos de la casa.

—Y harán perfectamente. Bien merecido le estará a ese jovenzuelo

imprudente su última calaverada, y el no aguardar, quietecito en la

cárcel, a que yo le salvara.

—Sea lo que quiera —dijo la niña en tono de mujer seria—, es preciso

sacarle de la terrible situación en que está.

—¡Sacarle! y ¿cómo?

—Yo tenía un proyecto —indicó sonriendo con toda su gracia exquisita—,

un proyectillo... y contaba con usted, sí señor, con usted, para que me

ayudara.

—¡Conmigo!

—Con el hombre generoso y bueno, con el corazón de oro, con la

inteligencia sublime, con la voluntad firme, con Pipaón en fin.

—Eso es: Pipaón sirve para los apuros, para los peligros; pero en

tiempo de bonanza, Pipaón es un pobre hombre que no sirve sino para

burlas.

—Si vamos ahora a disputar sobre esto, no tendremos tiempo de ocuparnos

de lo otro —dijo con impaciencia.

—Veamos lo otro: siempre será otra... bromita.

—Pipaón —añadió con voz meliflua, y poniendo en sus ojos un abreviado

paraíso de dulzura, de hechizo y seducción—. Yo tengo un proyecto, en

el cual me ha de ayudar usted... Yo quiero ir esta noche a llevar algún

socorro a Gaspar, y cuento con que me acompañe, con que me lleve usted.

—¡Esta noche!... ¡Los dos! —exclamé absorto, sin saber si negarme o

aceptar.

—¡Esta noche!... ¡solitos!... mejor dicho, con doña Salomé, que irá

conmigo, porque también quiere dar ella algún auxilio al pobre muchacho.

La ilustre y ya marchita dama, que hasta entonces no había desplegado

sus labios, me miró con cierto vislumbrillo de enojo, y dijo:

—Si el señor don Juan no gusta de ir con nosotras, no faltará un galán

cortés y fino que nos acompañe.

—¿Acaso he dicho yo algo, señoras? —repuse con humildad, considerando

que la expedición era muy conveniente para mí por todos conceptos—.

Vamos a donde ustedes quieran, aunque sea al fin del mundo.

—No es tan lejos —indicó Presentación—, aunque por ahora no se le

revelará a usted la calle ni la casa.

—Yendo conmigo, la condesa dejará salir a Presentación. Salimos al

oscurecer —dijo doña Salomé, revelando en su rostro de tafetán el

deleite que aquellos livianos pensamientos de escapatoria le causaban—.

Decimos que vamos a la novena del Ángel de la Guarda, y que a la vuelta

subimos un ratito a casa de la marquesa, que ha dado a luz dos niñas de

un parto.

—Y luego que veamos al pobre Gasparito, y le consolemos y le demos

algún socorro —añadió la muchacha—, le sacaremos de allí; y como no hay

lugar más seguro que la vivienda de un cortesano del despotismo, don

Juan se le llevará a su casa.

—¡A mi casa! ¡Llevar a mi casa a un prófugo, a un reo de lesa

majestad!...

—Vamos, amigo —dijo la niña con donaire, plantándome su divina manecita

en el hombro—, no nos venga usted aquí con palabrotas. Aquí no hay

delito ni majestades. Si usted no le lleva a su casa, si usted no le

esconde, reñiremos para siempre. No me mire usted, no me hable, no se

ponga donde yo le vea.

Como prometer no era cumplir, ni la aquiescencia verbal equivalía

a positivas concesiones de mi parte, prometí cuanto me pidieron, y

convine en todo lo que tuvieron a bien proponerme, con reserva de hacer

después lo que me pareciera más conforme a la justicia, al bien del

estado, y a mi propio sagrado interés.

* * * * *

Y para no cansar, aquí me tienen ustedes embozado en mi pañosa, con

el sombrero hasta las cejas (si bien la oscuridad de la noche y el

macilento alumbrado de la villa ahorraban precauciones), llevando

una madama pendiente de cada brazo, como en los buenos tiempos de

cuchilladas y amoríos, pasando de calle a callejón y de callejón a

plazuela, ora de prisa para huir de un grupo de curiosos, ora despacito

para recrearnos con el majo cantar que por las rejas de una casa

humilde salía, a veces callados los tres, a ratos hablando y riendo,

regocijadas ellas de la libertad que gozaban, mientras las severas

matronas nos suponían carcomidos de devoción en la novena del bendito

Arcángel.

A mí me gustaba también el paseo, porque eso de llevar dos damas, una a

cada costado, en la oscuridad de la noche y en un pueblo como Madrid,

donde se abren tantas puertas al aventurero amor y a los locos deseos,

no es cosa de despreciar. Yo oprimía con suave delectación el brazo de

la de Rumblar, dejando el de la otra en libertad de que juntara o no su

flaqueza con la del mío.

—¿Pero llegamos o no? —pregunté a la muchacha.

—Ya pronto. ¿Es esta la calle del Águila?

—La del Águila es.

—Bueno... ahora a la del Rosario.

—Pues a la del Rosario. Supongo que no será para rezarlo. Parece

mentira que en una casa que lleva ese nombre tan devoto se esconda un

reo de lesa majestad.

Presentacioncita me clavó sus dedos en el brazo con tanta fuerza, que

lancé un grito.

—Por infame y deslenguado —dijo ella.

Al entrar en la mencionada calle, doña Salomé preguntó, señalando una

casa:

—¿No es por aquí?

—Aquí —dijo Presentación, señalando la inmediata, y acompañando su

ademán de amoroso suspiro—. Creo que es núm. 4...

—El 4 es. ¿Llamamos?

Llamé a la puerta, no sin cierta zozobra de que algún bárbaro malsín

apareciera y me solfease de lo lindo. Según habíamos convenido,

pregunté a la mujer que franqueó la puerta si vivía en aquellos

aposentos un joven llamado don Federico, el cual había venido poco

ha de Toledo. Díjonos la mujer con muy malos modos que el joven se

había marchado de aquella honrada casa para ir a otra de la calle del

Bastero, núm. 6, donde de seguro le encontraríamos, porque andaba muy

tapujado y no salía a la calle.

Fuimos a la del Bastero, y en su núm. 6 nos detuvimos para decidir qué

resolución se tomaría, porque no era prudente arriesgarse en aventuras

por tales sitios. Yo estaba ya arrepentido de haber metido mis manos en

aquel fregado, mayormente cuando oí rumor de pendencias en la inmediata

calle del Carnero.

—¿Qué hacemos? —pregunté a la decidida Presentación.

—Llamar.

Doña Salomé, que participaba de mis temores, dijo:

—Es demasiado tarde y esto está muy lejos. Me arrepiento de haber

venido aquí. Opino que debemos retirarnos.

—Llame usted, Pipaón, y pregunte —ordenó la joven.

En el piso bajo había una taberna, lo que me pareció de malísimo

augurio, y las voces y juramentos que de ella como de un antro infernal

brotaban, ponían miedo en el más esforzado corazón. Pero no hubo más

remedio: llamé, y hecha mi pregunta salió un portero rufián, el cual

con muchísima sandunga nos dijo que entrásemos, y que si no el doncel

buscado (de quien no podía asegurar estuviese en la casa), había otros

muchos que recibirían bien a las madamas.

A regañadientes entré yo, empujado más que conducido por la amante

doncella, y bien pronto nos hallamos en un patio de esos que sirven de

centro a una casa de Tócame-Roque.

—¿En dónde nos hemos metido? —preguntó con zozobra doña Salomé.

—Eso digo yo. ¿En dónde nos hemos metido?

—¿Conque por quién preguntan ustedes? —dijo el vejete portero con

una sonrisa truhanesca que me heló la sangre en las venas—. ¿Por el

oficialito, por el abate, por...?

—Por ninguno de esos, camarada —repuse—, porque ahora mismo nos

volvemos a la calle.

—No hagamos caso de este buen hombre —dijo con afán la muchacha—.

Subamos, e iremos preguntando de puerta en puerta.

—¡Está usted loca! ¿Sabe usted qué clase de gente es la que vive en

estas casas?

—Gente muy honrada y cabal —afirmó el portero—. Una señora que fue

doncella de Su Alteza la infanta doña María Josefa... un autor de

diccionarios, siete poetas, dos grabadores de retratos, un torero, uno

que fue magistrado del Crimen...

Oíase rumor de disputas en los pisos altos de aquella colmena, el

cual convidaba a salir cuanto antes en busca del silencio de la

calle. Cerrábanse y se abrían con estrépito las puertas, dando paso

a la claridad de las luces y al rumor de las voces, y un enjambre

de chicuelos corría por los pasillos jugando a la caballería ligera

y pesada. Dos traperos amontonaban no sé qué inmundos despojos en

medio del patio, y tres mujeres se ponían como ropa de pascuas por la

precedencia en sacar agua del pozo.

—Ábranos usted la puerta —dije resueltamente al Cancerbero, sacando

una moneda, con la cual pensaba ponerle de parte nuestra si ocurría

cualquier accidente desgraciado.

Diciendo y haciendo, di algunos pasos hacia la puerta, cuando en esta

sonaron fuertes y repetidos golpes, acompañados de gran gritería y

algazara de fuera, a la que respondió al punto otra no menos discorde

en los corredores.

—¿Qué es esto, portero?

—Nada, señor —respondió con socarronería—: es la policía que viene en

busca de un señoritico lameplatos, mamón y liberal, que se nos refugió

aquí esta mañana. Yo di parte...

—¡Él! ¡Dios mío! ¿Dónde está? —gritó Presentación con angustia.

—Se descubrió que se había escapado de la cárcel, donde estaba por

injurias a nuestro querido rey —añadió el portero, corriendo a abrir.

—Escondámonos... salgamos de aquí —dijo doña Salomé, agarrándome el

brazo y tirando de mí.

—¿Pero por dónde? Vamos a tropezar con la policía.

—Escondámonos.

—Adelante.

—Subamos.

—Bajemos.

—Busquemos otra salida. Si nos ven...

—Señoras, no somos criminales —dije procurando sosegarlas—. Si la

policía nos ve, nos verá. ¿Qué importa?

Diciéndolo, vi que entraban hasta media docena de alguaciles,

asistidos de otros tantos soldados, y tras ellos una multitud de

personas del bajo pueblo, todos los que a la sazón bullían en la

taberna, muchas mujeres de la vecindad, y el contingente completo de la

chiquillería de la calle. Vociferaban, gruñían, chillaban y reían en

bestial coro.

Una aprehensión en aquellos tiempos no era gran novedad; pero por viejo

y gastado que el asunto fuese, siempre tenía irresistibles encantos

para el pueblo, muy soliviantado entonces, y enfurecido contra todo lo

que a liberal o afrancesado transcendiera.

—¡Le van a matar! —murmuró entre sollozos Presentación, llorando sin

consuelo.

—Veamos si podemos escabullimos —dije yo.

—No... no —gritó la afligida señorita—. Veamos si le podemos salvar.

Pipaón, diga usted que es un consejero de Castilla, un ministro; que es

amigo de los señores obispos, del nuncio, del rey.

—Chitón... no se gastan bromas con esta gente.

—¡Yo quiero subir, yo quiero hablar a la policía! —exclamó, alzando

la voz con desesperación—. Ustedes no tienen alma... yo estoy loca.

¡Socorro!

Maldita la gracia que me hacía aquella situación, que empezó a ser

apuradísima desde que la dolorida muchacha puso el grito en el cielo,

atenta solo a su amorosa aflicción, y sin hacer caso de lo demás. No

sé en qué hubiera parado trance tan amargo, si el agudísimo y tunante

portero, conociendo al vuelo el apuro en que yo estaba, no viniera en

nuestro auxilio, cuando ya la gente de la vecindad nos rodeaba, nos

observaba, señalándonos como a tres entes extrañísimos en aquel sitio.

—Vengan usías por aquí —dijo el vejete, llevándonos al fondo del

patio—. Pues no se puede salir, entren en mi cuarto, y aguarden a que

pase esta batahola.

Mucho trabajo costó llevar a Presentacioncita al oscuro albergue del

señor portero; mas a fuerza de ruegos y prometiéndole yo que al día

siguiente haría poner al preso en libertad, se aplacó un tanto. El

portero, luego que nos puso en seguridad dentro de su aposento, nos

dijo:

—Aquí no les molestará nadie. Cerraré la puerta. Cuando la policía

se lleve al barbilindo, y se despeje el patio, y se tranquilice la

vecindad, saldrán ustedes. Esto no es un palacio; pero aquí estarán las

señoras como en su casa... Pueden sentarse... hay silla y media... Mi

cama es blanda, y sobre este trombón (porque soy músico)... sobre este

trombón, digo, puede sentarse el caballero.

—Gracias, gracias.

El miserable hablaba con diabólica truhanería. Después de ponderar las

comodidades de su alojamiento, salió, y cerrando por fuera la puerta,

nos dejó dentro de aquel sepulcro.

Memorias de un cortesano de 1815 · 第 15 / 28 题