Dirigime a casa de las señoras de Porreño, y hallé a doña María de la
Paz muy gozosa por el buen giro y excelente aspecto que iba tomando
su asunto. Acababa de salir de la casa el señor de Artieda, quien dio
tales esperanzas y presentó la cuestión en tan buen pie para marchar a
un feliz éxito, que ya se consideraba ganada la partida. Artieda y dos
o tres señores de la clerecía, con el gobernador del Consejo, habían
tomado a su cargo el negocio, siendo evidente que con tales pilotos
(frase de doña María) el barco de la moratoria, combatido por los
aquilones de la envidia, no podía menos de llegar a puerto seguro.
Yo dije a la señora que acababa de hablar en pro de su pretensión a
varias personas de mucha raíz en la corte, lo cual me agradeció mucho.
Añadí que estuviera tranquila, pues yo tomaba el negocio como mío, y
no pararía hasta conseguirlo; empresa no difícil para un hombre que, a
más de tener tantas relaciones, escupía en corro con los señores del
Consejo. Después hícele una explicación detallada de lo que eran las
moratorias, enumerando las cuatro clases de ellas, a saber: _cesión
de bienes, pleito u ocurrencia, espera o moratoria_ y _quita de
acreedores_, asentando que la que nos ocupaba pertenecía a la tercera
categoría, por ser concesión graciosa del príncipe. Y aunque el Consejo
—añadí con minuciosidad curialesca— rinda tributo a la majestad de las
leyes, dictando el auto de _traslado al acreedor_, y luego el de _pase
a justicia_, todo será cuestión de fórmula, resultando al cabo que el
señor de Grijalva no tendrá más remedio que conformarse, y tragar el
auto final de _no se moleste a la parte por tantos o cuantos años_.
Esta explicación y los pomposos encarecimientos de mi poderío, fueron
causa de que las tres damas me obsequiaran con inusitado esplendor,
brindándome dulces de los mejores y vino de las tierras de Porreño.
Gustome el licor, y tomando pie de él y de su aromática finura,
conferenciamos acerca de aquellas tierras, yo pidiéndoles informes, y
dándomelos las señoras con tanta ufanía como verbosidad.
A este punto entró la señora condesa de Rumblar con su linda hija, y
retirándose adentro después las señoras mayores y doña Paulita, que
iba a la tarea de sus devociones, nos quedamos solos Presentacioncita,
doña Salomé y yo.
—¿No repara usted que estoy muy alegre, Pipaón? —dijo la graciosa
muchacha.
—Sí, señora, lo había notado —respondí dando el último adiós al vino
y dulces con que acababan de obsequiarme—. Eso prueba que el tiempo
es la gran medicina de las enfermedades del corazón y del espíritu.
Dígolo porque hace ya algunos días que mi señor don Gasparito está a la
sombra (sin que hayan valido mis generosos esfuerzos por sacarle), y
el sustillo ha ido pasando, y con el sustillo la congojilla, y con la
congojilla ansiosa las lágrimas dulces... ¡Oh! ¡Dichoso el prisionero
cuyas rejas son regadas por el divino licor de esos ojos!
—Don Juan, don Juan... que se pone usted feo diciendo esas cosas...
¡Si no lloro, si no estoy triste, si no hay ya nada de congojas ni
suspirillos! —manifestó con tan franco y seductor arranque de alegría,
que me desconcerté completamente.
—¿Pues qué, señora doña Presentacioncita?...
—¡Si se ha escapado!
—¡Se ha escapado! —exclamé con súbita ira, dando un salto en la silla—.
¡Se ha escapado ese tunante! ¿Cuándo? ¿Cómo? ¡Qué carceleros, santo
Dios, qué carceleros!... ¡Luego quieren que haya justicia en España!
—¿Pero lo siente usted?
—¡Escaparse! Después de haber hablado en público de las cartas de Su
Majestad a Napoleón...
—Más vale así. Se ahorra usted el trabajo...
—No, no señora —dije procurando dominarme—. No; yo quería que fuese
puesto en libertad en toda regla, después de un _sobreséase_ como un
templo. De este modo estaría más seguro, y podría vivir tranquilamente
donde mejor le conviniera, mientras que habiéndose fugado de la cárcel,
le perseguirán, le cogerán de nuevo, y entonces sí que será ahorcado.
—¡Ahorcado! —gritó con ira—. ¡Ay! Me asusto. Yo estaba contenta y usted
ha venido a afligirme otra vez.
—¿Sabe usted dónde está?
—Lo sé, sí señor. De eso iba a tratar cuando usted me ha puesto en
ascuas.
—¿Dónde, dónde?
—Despacio. No está en casa de su padre, al cual ha desagradado con su
escapatoria, por el temor de que se le persiga más.
—Es claro.
—Gasparito se ha refugiado en una casa humilde, muy humilde, desde la
cual me ha escrito, contándome todo. ¡Ay!, qué dolor tan grande —añadió
dando un suspiro—. Está muerto de hambre y lleno de inquietudes, por
miedo a que le denuncien los amos de la casa.
—Y harán perfectamente. Bien merecido le estará a ese jovenzuelo
imprudente su última calaverada, y el no aguardar, quietecito en la
cárcel, a que yo le salvara.
—Sea lo que quiera —dijo la niña en tono de mujer seria—, es preciso
sacarle de la terrible situación en que está.
—¡Sacarle! y ¿cómo?
—Yo tenía un proyecto —indicó sonriendo con toda su gracia exquisita—,
un proyectillo... y contaba con usted, sí señor, con usted, para que me
ayudara.
—¡Conmigo!
—Con el hombre generoso y bueno, con el corazón de oro, con la
inteligencia sublime, con la voluntad firme, con Pipaón en fin.
—Eso es: Pipaón sirve para los apuros, para los peligros; pero en
tiempo de bonanza, Pipaón es un pobre hombre que no sirve sino para
burlas.
—Si vamos ahora a disputar sobre esto, no tendremos tiempo de ocuparnos
de lo otro —dijo con impaciencia.
—Veamos lo otro: siempre será otra... bromita.
—Pipaón —añadió con voz meliflua, y poniendo en sus ojos un abreviado
paraíso de dulzura, de hechizo y seducción—. Yo tengo un proyecto, en
el cual me ha de ayudar usted... Yo quiero ir esta noche a llevar algún
socorro a Gaspar, y cuento con que me acompañe, con que me lleve usted.
—¡Esta noche!... ¡Los dos! —exclamé absorto, sin saber si negarme o
aceptar.
—¡Esta noche!... ¡solitos!... mejor dicho, con doña Salomé, que irá
conmigo, porque también quiere dar ella algún auxilio al pobre muchacho.
La ilustre y ya marchita dama, que hasta entonces no había desplegado
sus labios, me miró con cierto vislumbrillo de enojo, y dijo:
—Si el señor don Juan no gusta de ir con nosotras, no faltará un galán
cortés y fino que nos acompañe.
—¿Acaso he dicho yo algo, señoras? —repuse con humildad, considerando
que la expedición era muy conveniente para mí por todos conceptos—.
Vamos a donde ustedes quieran, aunque sea al fin del mundo.
—No es tan lejos —indicó Presentación—, aunque por ahora no se le
revelará a usted la calle ni la casa.
—Yendo conmigo, la condesa dejará salir a Presentación. Salimos al
oscurecer —dijo doña Salomé, revelando en su rostro de tafetán el
deleite que aquellos livianos pensamientos de escapatoria le causaban—.
Decimos que vamos a la novena del Ángel de la Guarda, y que a la vuelta
subimos un ratito a casa de la marquesa, que ha dado a luz dos niñas de
un parto.
—Y luego que veamos al pobre Gasparito, y le consolemos y le demos
algún socorro —añadió la muchacha—, le sacaremos de allí; y como no hay
lugar más seguro que la vivienda de un cortesano del despotismo, don
Juan se le llevará a su casa.
—¡A mi casa! ¡Llevar a mi casa a un prófugo, a un reo de lesa
majestad!...
—Vamos, amigo —dijo la niña con donaire, plantándome su divina manecita
en el hombro—, no nos venga usted aquí con palabrotas. Aquí no hay
delito ni majestades. Si usted no le lleva a su casa, si usted no le
esconde, reñiremos para siempre. No me mire usted, no me hable, no se
ponga donde yo le vea.
Como prometer no era cumplir, ni la aquiescencia verbal equivalía
a positivas concesiones de mi parte, prometí cuanto me pidieron, y
convine en todo lo que tuvieron a bien proponerme, con reserva de hacer
después lo que me pareciera más conforme a la justicia, al bien del
estado, y a mi propio sagrado interés.
* * * * *
Y para no cansar, aquí me tienen ustedes embozado en mi pañosa, con
el sombrero hasta las cejas (si bien la oscuridad de la noche y el
macilento alumbrado de la villa ahorraban precauciones), llevando
una madama pendiente de cada brazo, como en los buenos tiempos de
cuchilladas y amoríos, pasando de calle a callejón y de callejón a
plazuela, ora de prisa para huir de un grupo de curiosos, ora despacito
para recrearnos con el majo cantar que por las rejas de una casa
humilde salía, a veces callados los tres, a ratos hablando y riendo,
regocijadas ellas de la libertad que gozaban, mientras las severas
matronas nos suponían carcomidos de devoción en la novena del bendito
Arcángel.
A mí me gustaba también el paseo, porque eso de llevar dos damas, una a
cada costado, en la oscuridad de la noche y en un pueblo como Madrid,
donde se abren tantas puertas al aventurero amor y a los locos deseos,
no es cosa de despreciar. Yo oprimía con suave delectación el brazo de
la de Rumblar, dejando el de la otra en libertad de que juntara o no su
flaqueza con la del mío.
—¿Pero llegamos o no? —pregunté a la muchacha.
—Ya pronto. ¿Es esta la calle del Águila?
—La del Águila es.
—Bueno... ahora a la del Rosario.
—Pues a la del Rosario. Supongo que no será para rezarlo. Parece
mentira que en una casa que lleva ese nombre tan devoto se esconda un
reo de lesa majestad.
Presentacioncita me clavó sus dedos en el brazo con tanta fuerza, que
lancé un grito.
—Por infame y deslenguado —dijo ella.
Al entrar en la mencionada calle, doña Salomé preguntó, señalando una
casa:
—¿No es por aquí?
—Aquí —dijo Presentación, señalando la inmediata, y acompañando su
ademán de amoroso suspiro—. Creo que es núm. 4...
—El 4 es. ¿Llamamos?
Llamé a la puerta, no sin cierta zozobra de que algún bárbaro malsín
apareciera y me solfease de lo lindo. Según habíamos convenido,
pregunté a la mujer que franqueó la puerta si vivía en aquellos
aposentos un joven llamado don Federico, el cual había venido poco
ha de Toledo. Díjonos la mujer con muy malos modos que el joven se
había marchado de aquella honrada casa para ir a otra de la calle del
Bastero, núm. 6, donde de seguro le encontraríamos, porque andaba muy
tapujado y no salía a la calle.
Fuimos a la del Bastero, y en su núm. 6 nos detuvimos para decidir qué
resolución se tomaría, porque no era prudente arriesgarse en aventuras
por tales sitios. Yo estaba ya arrepentido de haber metido mis manos en
aquel fregado, mayormente cuando oí rumor de pendencias en la inmediata
calle del Carnero.
—¿Qué hacemos? —pregunté a la decidida Presentación.
—Llamar.
Doña Salomé, que participaba de mis temores, dijo:
—Es demasiado tarde y esto está muy lejos. Me arrepiento de haber
venido aquí. Opino que debemos retirarnos.
—Llame usted, Pipaón, y pregunte —ordenó la joven.
En el piso bajo había una taberna, lo que me pareció de malísimo
augurio, y las voces y juramentos que de ella como de un antro infernal
brotaban, ponían miedo en el más esforzado corazón. Pero no hubo más
remedio: llamé, y hecha mi pregunta salió un portero rufián, el cual
con muchísima sandunga nos dijo que entrásemos, y que si no el doncel
buscado (de quien no podía asegurar estuviese en la casa), había otros
muchos que recibirían bien a las madamas.
A regañadientes entré yo, empujado más que conducido por la amante
doncella, y bien pronto nos hallamos en un patio de esos que sirven de
centro a una casa de Tócame-Roque.
—¿En dónde nos hemos metido? —preguntó con zozobra doña Salomé.
—Eso digo yo. ¿En dónde nos hemos metido?
—¿Conque por quién preguntan ustedes? —dijo el vejete portero con
una sonrisa truhanesca que me heló la sangre en las venas—. ¿Por el
oficialito, por el abate, por...?
—Por ninguno de esos, camarada —repuse—, porque ahora mismo nos
volvemos a la calle.
—No hagamos caso de este buen hombre —dijo con afán la muchacha—.
Subamos, e iremos preguntando de puerta en puerta.
—¡Está usted loca! ¿Sabe usted qué clase de gente es la que vive en
estas casas?
—Gente muy honrada y cabal —afirmó el portero—. Una señora que fue
doncella de Su Alteza la infanta doña María Josefa... un autor de
diccionarios, siete poetas, dos grabadores de retratos, un torero, uno
que fue magistrado del Crimen...
Oíase rumor de disputas en los pisos altos de aquella colmena, el
cual convidaba a salir cuanto antes en busca del silencio de la
calle. Cerrábanse y se abrían con estrépito las puertas, dando paso
a la claridad de las luces y al rumor de las voces, y un enjambre
de chicuelos corría por los pasillos jugando a la caballería ligera
y pesada. Dos traperos amontonaban no sé qué inmundos despojos en
medio del patio, y tres mujeres se ponían como ropa de pascuas por la
precedencia en sacar agua del pozo.
—Ábranos usted la puerta —dije resueltamente al Cancerbero, sacando
una moneda, con la cual pensaba ponerle de parte nuestra si ocurría
cualquier accidente desgraciado.
Diciendo y haciendo, di algunos pasos hacia la puerta, cuando en esta
sonaron fuertes y repetidos golpes, acompañados de gran gritería y
algazara de fuera, a la que respondió al punto otra no menos discorde
en los corredores.
—¿Qué es esto, portero?
—Nada, señor —respondió con socarronería—: es la policía que viene en
busca de un señoritico lameplatos, mamón y liberal, que se nos refugió
aquí esta mañana. Yo di parte...
—¡Él! ¡Dios mío! ¿Dónde está? —gritó Presentación con angustia.
—Se descubrió que se había escapado de la cárcel, donde estaba por
injurias a nuestro querido rey —añadió el portero, corriendo a abrir.
—Escondámonos... salgamos de aquí —dijo doña Salomé, agarrándome el
brazo y tirando de mí.
—¿Pero por dónde? Vamos a tropezar con la policía.
—Escondámonos.
—Adelante.
—Subamos.
—Bajemos.
—Busquemos otra salida. Si nos ven...
—Señoras, no somos criminales —dije procurando sosegarlas—. Si la
policía nos ve, nos verá. ¿Qué importa?
Diciéndolo, vi que entraban hasta media docena de alguaciles,
asistidos de otros tantos soldados, y tras ellos una multitud de
personas del bajo pueblo, todos los que a la sazón bullían en la
taberna, muchas mujeres de la vecindad, y el contingente completo de la
chiquillería de la calle. Vociferaban, gruñían, chillaban y reían en
bestial coro.
Una aprehensión en aquellos tiempos no era gran novedad; pero por viejo
y gastado que el asunto fuese, siempre tenía irresistibles encantos
para el pueblo, muy soliviantado entonces, y enfurecido contra todo lo
que a liberal o afrancesado transcendiera.
—¡Le van a matar! —murmuró entre sollozos Presentación, llorando sin
consuelo.
—Veamos si podemos escabullimos —dije yo.
—No... no —gritó la afligida señorita—. Veamos si le podemos salvar.
Pipaón, diga usted que es un consejero de Castilla, un ministro; que es
amigo de los señores obispos, del nuncio, del rey.
—Chitón... no se gastan bromas con esta gente.
—¡Yo quiero subir, yo quiero hablar a la policía! —exclamó, alzando
la voz con desesperación—. Ustedes no tienen alma... yo estoy loca.
¡Socorro!
Maldita la gracia que me hacía aquella situación, que empezó a ser
apuradísima desde que la dolorida muchacha puso el grito en el cielo,
atenta solo a su amorosa aflicción, y sin hacer caso de lo demás. No
sé en qué hubiera parado trance tan amargo, si el agudísimo y tunante
portero, conociendo al vuelo el apuro en que yo estaba, no viniera en
nuestro auxilio, cuando ya la gente de la vecindad nos rodeaba, nos
observaba, señalándonos como a tres entes extrañísimos en aquel sitio.
—Vengan usías por aquí —dijo el vejete, llevándonos al fondo del
patio—. Pues no se puede salir, entren en mi cuarto, y aguarden a que
pase esta batahola.
Mucho trabajo costó llevar a Presentacioncita al oscuro albergue del
señor portero; mas a fuerza de ruegos y prometiéndole yo que al día
siguiente haría poner al preso en libertad, se aplacó un tanto. El
portero, luego que nos puso en seguridad dentro de su aposento, nos
dijo:
—Aquí no les molestará nadie. Cerraré la puerta. Cuando la policía
se lleve al barbilindo, y se despeje el patio, y se tranquilice la
vecindad, saldrán ustedes. Esto no es un palacio; pero aquí estarán las
señoras como en su casa... Pueden sentarse... hay silla y media... Mi
cama es blanda, y sobre este trombón (porque soy músico)... sobre este
trombón, digo, puede sentarse el caballero.
—Gracias, gracias.
El miserable hablaba con diabólica truhanería. Después de ponderar las
comodidades de su alojamiento, salió, y cerrando por fuera la puerta,
nos dejó dentro de aquel sepulcro.