¡El duque!... ¡Oh!, no puedo escribir una palabra más sin hablar del
duque largamente, para que se conozca a uno de los personajes más
extraordinarios de aquella eminente y nunca bien ponderada Corte.
¿Quién no hablaba entonces del duque, aunque solo fuera para referir
sus antecedentes, y contar los pasos todos de su rápido encumbramiento,
pues fue hombre que en cuatro años pasó de la nada de _Paquito Córdoba_
al ducado de Alagón con grandeza de España, toisón de oro, grandes
cruces, y el mando de la Guardia de la Real persona? Era espejo de los
libertinos de buena cepa, cabeza de los cortesanos, y hombre de sutiles
trazas para zurcir y descoser voluntades palaciegas.
Gozaba el privilegio de una buena presencia, aunque se le iba gastando,
porque nada es menos duradero que la hermosura, y el duque, con sus
cuarenta y cinco años a la espalda, principiaba a ser una muestra
gloriosa, una sombra de grandezas pasadas. Su trato y sus modales eran
finos; su conversación poco agradable en lo que no fuese del dominio
de la intriga, porque no eran muchas sus humanidades. Verdad es que
maldita la falta que esto hacía a un señorón de sus condiciones, y
que no había de ponerse a maestro de escuela. Bastábale, y aun le
sobraba para realzar su nobleza nativa y la posición conquistada, un
conocimiento profundo de todas las suertes del toreo, desde las más
antiguas hasta las más modernas, picando en esto casi tan alto como
Pedro Romero, a quien por entonces le empezaba a despuntar sobre
el coleto la borla de doctor y el birrete de maestro en las aulas
de Sevilla. Paquito Córdoba era además en cuestión de caballos un
centauro, es decir, tan buen caballero que con el caballo se confundía.
¡Qué ojo el suyo para adivinar las buenas y malas prendas de sangre sin
más que ver el pelaje de aquellos nobles brutos! ¡Qué mano la suya para
entrar en razón al más díscolo, para quitar resabios y dar aplomo al
ligero, gracia y desenvoltura al pesado, formalidad al querencioso!
No se crea por esto que el duque era aficionado a la guerra. El ruido
le daba dolor de cabeza, y además, ¿para qué se había de molestar,
cuando había tantos que por un sueldo mezquino peleaban y morían por
la patria? Militar era el personaje que describo, y bien lo probaba su
noble pecho, lleno de cuanto Dios crió en materia de cruces, galones
y cintas... Y no se hable de improvisaciones y ascensos de golpe y
porrazo, que hasta los nueve años no tuvo mi niño su real despacho,
merced a los _méritos contraídos por su madre como dama de honor_.
A los once ya le lucían sobre los hombros dos charreteras como dos
soles, sin omitir el sueldo, que no era mucho para el trabajo ímprobo
de ir todos los meses a presentarse a la revista. A los veinte pescó
una encomienda de Santiago, y luego fueron cayéndole los grados, no
atropelladamente y sin motivo, como los cazan estos que se elevan
por el favor y la torpe intriga, sino despacito y en solemnidades
nacionales como un besamanos, el parto de la reina, los días del rey y
otras fiestas de gran regocijo privado y público. Bien ganados se los
tenía, pues reinando Godoy, no costaba pocas cortesías, morisquetas
y genuflexiones el coger un grado en aquella inmensa Babel de los
salones de la casa de ministerios, donde se chocaban unas contra otras,
produciendo mareo y rumor indefinible, grandes oleadas de pretendientes
de ambos sexos.
Nombrole Fernando capitán de su Guardia en 1814, cargo que desempeñaba
a pedir de boca. Daba gusto ver aquella Guardia. Paquito la puso en tan
buen pie, que no parecía sino cosa de teatro. Verdad es que se gastaban
en su equipo sumas colosales, de las cuales nunca se dio al Tesoro, ni
había para qué, la correspondiente cuenta y razón. Carecían de límite
los dineros asignados a tan importante fin, y en ley de tal, el duque
iba pidiendo, pidiendo, y el Tesoro dando, dando; pero como era para
mayor esplendor de la Corona, los ministros no chistaban. Acontecía
que muchas veces los oficiales del ejército de línea no veían una paga
en diez meses; pero, ¡qué demonio!, no se podía atender a todo, y eso
de que cualquier oficialete en activo servicio dé en la manía de estar
siempre piando, piando por dinero, es cosa que aburre y mortifica a los
más sabios gobernantes.
No sé cómo les aguantaban. Especialmente los marinos, a quienes se
debía la bicoca de _setenta_ pagas, no dejaban pasar un año sin
importunar al gobierno con ridículos memoriales que destilaban
lágrimas. Harto hizo Su Majestad permitiéndoles consagrarse a la
pesca, oficio denigrante para tan noble instituto, y no lo tolerara
ciertamente el sabio poder absoluto, si no aconteciera que un oficial
que había estado en Trafalgar muriese de hambre en el Ferrol, y que
otros cometieran la villanía de ponerse a servir de criados para poder
subsistir.
De seguro que los guardias de la real persona y su capitán el duque
de Alagón no se quejaban de falta de pagas, pues este las recibía
puntualmente, con la añadidura de mil valiosas regalillos que el
rey por cualquier motivo le hacía. Los hombres que logran subir a
posición tan alta, no deben sufrir denigrantes escaseces; que eso
sería deslustrar el brillo del absolutismo, y rebajar la dignidad de
todo el reino; y como Paquito Córdoba no había heredado de sus padres
cosa mayor, Su Majestad le hizo cesión, a él y a otros individuos, de
una parte del territorio de las Floridas, que no era ningún erial. No
bastando esto, concediósele también el privilegio de introducir harinas
en la isla de Cuba con bandera extranjera, el cual derecho valía por
una minita de oro. Para explotarla, Alagón tenía por socio a un barón
de Colly, de quien no se sabía si era irlandés o francés; aventurero,
arbitrista, proyectista, hombre incalificable que años atrás había
intentado sacar de Valencey al príncipe cautivo y traerle a España.
Murmuraban muchos del privilegio de las harinas... que es muy común eso
de no ver con buenos ojos al prójimo que saca el pie de la miseria.
¡Válgame Dios! ¿Por qué no se había de permitir al duque que se
redondeara? Pues qué, ¿no es muy conveniente para la república que
abunden en ella los hombres ricos? ¿Y por qué no había de serlo el
duque, cuando con ello no perjudicaba más que a los tunantes labradores
de toda Castilla, hombres ambiciosos, tan comidos de envidia como de
miseria, y que todo lo quieren para sí?
Íntima amistad enlazaba al duque con su soberano. Algunos decían que
Alagón era un hombre _asiático_. ¡Qué vil calumnia! ¡Llamarle así
porque gustaba de servir dignamente a su amigo! Buen tonto habría sido
el duque si hubiera permitido que otro se encargara de las comisiones
que él sabía desempeñar a maravilla. Sobre que el resultado habría
sido el mismo, llevábase el provecho cualquier hidalguete de gotera o
capigorrón entrometido.
Público es y notorio que ni uno ni otro gustaban de escándalos: nada de
eso. En las recepciones públicas y audiencias privadas, amo y siervo
tenían un sistema de señales mímicas, por las cuales se telegrafiaban
cuanto había que comunicar respecto a las damas postulantes. Como
aficionado a estudiar por sí las costumbres del pueblo para aliviar
sus necesidades y ver prácticamente los beneficios de su gobierno
absolutísimo, Fernando salía por las noches del regio alcázar, para lo
cual, puesto de acuerdo el duque con el oficial de la guardia, eran
alejados del paso todos los soldados. ¡Qué llaneza y familiaridad en
un príncipe autócrata! ¡Que elevación en su humildad, y cuánto se
sublimaba abatiéndose hasta tocar con sus augustos codos los harapos
del pueblo!... Porque rey y favorito no salían para visitar los
palacios de los grandes, ni darse tono en las principales calles y
sitios públicos, entre galas y boato, sino que callandito y sin pompa
se iban muy a menudo, en la oscuridad de la noche, a visitar a los
pobres.
Y daban muy buenas limosnas; vaya... Me lo contó Juana la Naranjera.